Текст книги "Guerra y paz"
Автор книги: Leon Tolstoi
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Классическая проза
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–Dicen que han llegado ustedes a una paz con los turcos, ¿es verdad?
Bálashov inclinó afirmativamente la cabeza.
–Se ha firmado la paz...– comenzó.
Pero Napoleón no lo dejó seguir. Necesitaba hablar él solo y proseguía su discurso con elocuencia e irritación no contenida a la que son proclives las personas mimadas por la fortuna.
–Lo sé, lo sé; han firmado una paz con los turcos sin conseguir Moldavia ni Valaquia; yo, en cambio, habría dado esas provincias a su Emperador, lo mismo que le di Finlandia. Sí– continuó, —lo había prometido y estaba dispuesto a entregar al emperador Alejandro Moldavia y Valaquia. Pero ahora no tendrá esas hermosas provincias. Habría podido incorporarlas a su Imperio y ampliar el territorio ruso, en un solo reinado, desde el golfo de Botnia a la desembocadura del Danubio. Catalina la Grande no habría podido hacer más– prosiguió Napoleón, enardeciéndose a medida que hablaba, sin dejar de pasear por la estancia y repitiendo a Bálashov casi las mismas palabras que había dicho al propio Alejandro en Tilsitt. —Tout cela il l'aurait dû à mon amitié. Ah! quel beau règne, quel beau règne!...– repitió varias veces y, deteniéndose, sacó la tabaquera de oro, sorbiendo rapé con avidez. —Quel beau règne aurait pu être celui de l'empereur Alexandre! 355
Miró con lástima a Bálashov, y cuando éste quiso decir algo, se apresuró a seguir.
–¿Qué podía desear o buscar que no hallara en mi amistad?– dijo, perplejo, encogiéndose de hombros. —Pero no, ha preferido rodearse de mis enemigos. ¿Y de quiénes? Ha llamado a los Stein, a los Armfeld, a los Bennigsen y a los Wintzingerode. Stein es un traidor expulsado de su patria; Armfeld, un disoluto e intrigante; Wintzingerode, un súbdito francés huido. Bennigsen es más militar que los demás, aunque no deja de ser un incapaz; no pudo hacer nada en 1807 y debería suscitar en el emperador Alejandro terribles recuerdos... Si todavía fueran hombres capaces de algo se los podría utilizar– prosiguió Napoleón, a quien le empezaba a ser difícil concretar en palabras el torrente de consideraciones que nacían sin descanso en su mente y que probaban su derecho o su fuerza (lo que en su opinión era lo mismo); —pero ni para eso sirven. No son buenos ni para la guerra ni para la paz. Dicen que Barclay es más hábil que los otros, pero yo no lo afirmaría, si juzgamos sus primeros movimientos. ¡Y qué hacen, qué hacen todos esos cortesanos! Pfull propone, Armfeld discute, Bennigsen examina y Barclay, encargado de actuar, no sabe nunca qué decidir y el tiempo pasa sin hacer nada. Sólo Bagration es un militar. Es tonto, pero no le falta experiencia, golpe de vista y decisión... ¿Y qué lugar ocupa su joven Emperador en medio de esa muchedumbre de nulidades? No hacen más que comprometerlo y descargar sobre él la responsabilidad de cuanto se hace. Un souverain ne doit être à l'armée que quand il est général 356– dijo, dando a esas palabras el sentido de una provocación. Napoleón conocía los deseos de Alejandro de ser un verdadero caudillo militar. —Hace una semana que comenzó la campaña y no han sabido ustedes defender Vilna. Su ejército está dividido en dos y lo hemos expulsado de las provincias polacas. En las tropas cunde el descontento.
–Todo lo contrario, Majestad– dijo Bálashov, que pugnaba por retener cuanto decía Napoleón y seguir aquel torrente de palabras. —Nuestros soldados arden en deseos...
–Lo sé todo– lo interrumpió Napoleón, —lo sé todo, conozco el número de sus batallones tan bien como el de los míos. Apenas cuenta con doscientos mil hombres, y yo tengo tres veces más; je vous donne ma parole d'honneur que j'ai cinq cent trente mille hommes de ce côté de la Vistule 357– dijo Napoleón, olvidando que su palabra de honor no podía tener ninguna importancia. —Los turcos no valen para nada, lo han demostrado haciendo esa paz con ustedes. Los suecos... su destino es ser gobernados por reyes locos. Su rey era un demente; lo cambiaron por otro, Bemadotte, que ha enloquecido en seguida, puesto que sólo un loco puede, siendo sueco, firmar una alianza con Rusia.
Napoleón, con malévola sonrisa, sacó de nuevo la tabaquera.
A cada frase de Napoleón, Bálashov quería objetar, pero cuando intentaba decir algo, Napoleón lo interrumpía. Contra la locura de los suecos, Bálashov habría querido decir que Suecia es una isla cuando está respaldada por Rusia, pero Napoleón gritó malhumorado para sofocar sus palabras. El Emperador francés se hallaba en ese estado de irritación en el que es preciso hablar, hablar y hablar sólo para demostrarse a sí mismo tener razón.
La situación de Bálashov se hacía penosa. Temía ver menoscabada su dignidad de embajador y sentía la necesidad de objetar algo; pero como hombre se contraía moralmente ante aquella ira sin motivo, con olvido de sí mismo, que se había apoderado de Napoleón. Sabía que todas las palabras dichas por él en aquel momento carecían de importancia y que él mismo se avergonzaría más tarde de haberlas pronunciado. Bálashov, de pie y con los ojos bajos, miraba las gruesas y temblorosas piernas de Napoleón, tratando de evitar su mirada.
–¿Qué me importan sus aliados?– seguía el Emperador. —Buenos aliados son los míos, los polacos. Son ochenta mil y pelean como leones. Y llegarán a doscientos mil.
Irritado aún más después de esta evidente mentira, y al ver a Bálashov resignado a su suerte, silencioso e inmóvil, se volvió con brusquedad y gritó, acercándose a la cara misma de Bálashov y moviendo enérgicamente sus blancas manos.
–¡Sepa que si arrastran a Prusia contra mí, la borraré del mapa!
Su rostro estaba pálido, desfigurado por la ira. Con gesto enérgico, juntó sus manos blancas y pequeñas en una palmada:
–¡Sí! Los rechazaré hasta más allá del Dvina y el Dniéper y restableceré contra ustedes la barrera que Europa, ciega y criminal, permitió derribar en otro tiempo. Eso es lo que haré; eso es lo que saldrán ganando por haberse alejado de mí– y recorrió en silencio varias veces la habitación; sus amplios hombros se estremecían. Guardó la tabaquera en el bolsillo del chaleco, pero la volvió a sacar, la llevó varias veces a la nariz y se detuvo frente a Bálashov. Silencioso, fijó su irónica mirada en el rostro del general y dijo en voz baja: —Et cependant, quel beau règne aurait pu avoir votre maître! 358
Bálashov, sintiendo la necesidad de objetar algo, dijo que, por parte de Rusia, las cosas no presentaban un aspecto tan sombrío. Napoleón guardó silencio y siguió mirándolo con aire burlón, evidentemente sin escucharlo. Bálashov añadió que Rusia depositaba grandes esperanzas en aquella guerra. Napoleón inclinó condescendiente la cabeza, como queriendo decir: “Lo sé, su obligación es hablarme así, pero ni usted mismo cree en lo que dice, yo lo he convencido”.
Cuando Bálashov dejó de hablar, Napoleón sacó de nuevo la tabaquera, tomó rapé y, como haciendo una señal, dio dos veces en el suelo con el pie. Se abrió la puerta y un chambelán, entre profundas reverencias, entregó al Emperador el sombrero y los guantes; otro le presentó un pañuelo; Napoleón, sin mirarlos, se volvió a Bálashov —Asegure, en mi nombre, al emperador Alejandro que cuenta con mi afecto de antes. Lo conozco muy bien y aprecio mucho sus altas cualidades– y tomó el sombrero. —Je ne vous retiens plus, général, vous recevrez ma lettre à l'Empereur 359– y se dirigió rápidamente a la puerta.
Todos los que estaban en la sala de espera se precipitaron escaleras abajo.
VII
Después de cuanto le había dicho Napoleón, de sus accesos de cólera y de sus últimas palabras dichas secamente: “Je ne vous retiens plus, général, vous recevrez ma lettre" —pronunciadas con frialdad—, Bálashov estaba convencido de que Napoleón no sólo no quería verlo más, sino que procuraría evitar cualquier entrevista con un embajador ofendido, testigo, además, de sus indignantes transportes de ira. Pero, con gran asombro de su parte, recibió por mediación de Duroc la invitación para sentarse aquel día a la mesa del Emperador.
Bessières, Caulaincourt y Berthier asistían a la comida.
Napoleón recibió a Bálashov con aire alegre y afable. Lejos de mostrar embarazo o vergüenza por su cólera de la mañana, trataba de animar a Bálashov. Era evidente que, desde hacía tiempo, Napoleón no admitía la posibilidad de equivocarse y estaba persuadido de que todo cuanto hacía estaba bien, no porque sus actos respondieran a una concepción del bien y del mal, sino porque era élquien los hacía.
El Emperador se mostraba muy alegre, después del paseo a caballo por Vilna, donde la muchedumbre lo había aclamado con entusiasmo. Todas las ventanas de las calles del trayecto estaban engalanadas con tapices, banderas y monogramas con su nombre; muchas damas polacas lo habían saludado desde las ventanas, agitando sus pañuelos.
Durante la comida, Napoleón no sólo se mostró cortés con Bálashov, a quien sentó a su lado, sino que parecía tratarlo como a uno de sus cortesanos, o como a una persona que simpatizaba con sus proyectos y se alegrase de sus éxitos. Entre otras cosas, habló de Moscú e hizo varias preguntas a Bálashov sobre la capital rusa no como un curioso viajero, que se informa sobre un lugar nuevo que le interesa visitar, sino convencido de que esas preguntas debían halagar a Bálashov como ruso.
–¿Cuántos habitantes tiene Moscú? ¿Cuántos edificios? ¿Es verdad que la llaman Moscou la sainte? 360¿Cuántas iglesias tiene?– preguntaba Napoleón.
Al oír que eran más de doscientas las iglesias de Moscú, Napoleón exclamó:
–¿Para qué tantas?
–Los rusos son muy religiosos– replicó Bálashov.
–Pero el gran número de iglesias y monasterios es siempre índice del atraso de un pueblo– dijo Napoleón mirando a Caulaincourt en busca de su conformidad.
Bálashov, respetuosamente, se permitió discrepar de la opinión del Soberano francés.
–Cada nación tiene sus costumbres– dijo.
–Pero en ningún lugar de Europa existe algo semejante– afirmó Napoleón.
–Perdone, Su Majestad– dijo Bálashov, —pero además de Rusia está España, que tiene también muchos conventos e iglesias.
Esta frase de Bálashov, que aludía a la reciente derrota de Napoleón en España, fue, según había de contar después el mismo Bálashov, muy celebrada en la Corte del emperador Alejandro, pero en la mesa de Napoleón pasó inadvertida.
A juzgar por las caras indiferentes y perplejas de los mariscales franceses, era evidente que no habían comprendido la intención de la respuesta a la que parecía aludir el tono de voz del general ruso. "Si era una agudeza, no la entendimos o es que no existe", parecían decir las caras de los mariscales; tan inadvertida pasó la alusión, que Napoleón no reparó en ella en absoluto y preguntó ingenuamente a Bálashov por qué ciudades pasaba el camino directo de Vilna a Moscú. Bálashov, que desde el principio de la comida estaba alerta, replicó que comme tout chemin mèneà Rome, tout chemin mène a Moscou, 361que había muchos, y uno de ellos, el que pasaba por Poltava, fue el escogido por Carlos XII. Y Bálashov enrojeció satisfecho del acierto de su respuesta.
Apenas había terminado de decir “Poltava”, cuando ya Caulaincourt sacó a colación la incomodidad del camino de San Petersburgo a Moscú y sus recuerdos de aquella ciudad.
Después de la comida pasaron al despacho de Napoleón para tomar café: era el mismo despacho que, cuatro días antes, ocupaba el emperador Alejandro. Napoleón se sentó y removió su café, servido en taza de Sèvres; señaló a Bálashov una silla junto a él.
Existe en el ser humano, después de comer, una disposición de ánimo que, más fuerte que cualquier otra causa racional, lo lleva a sentirse satisfecho de sí mismo y a ver en cada uno de cuantos lo rodean un amigo. El Emperador estaba en esa disposición: le parecía estar en medio de hombres que lo adoraban, que hasta Bálashov, después de la comida, era un amigo y un adorador. Napoleón se volvió a él con una sonrisa amable y un tanto burlona.
–Me han dicho que esta misma habitación la ocupaba el emperador Alejandro. Es extraño... ¿verdad, general?– dijo, sin dudar, por lo visto, que semejante recuerdo debía ser agradable a su interlocutor, puesto que era una prueba de su superioridad sobre el Soberano ruso.
Bálashov no pudo contestar nada e inclinó la cabeza en silencio.
–Sí, en esta misma estancia, hace apenas cuatro días, discutían Wintzingerode y Stein– prosiguió Napoleón seguro de sí mismo, con la misma sonrisa burlona. —Lo que no puedo entender es que el emperador Alejandro se haya rodeado de todos mis enemigos personales. No lo... entiendo. ¿No ha pensado que yo podría hacer lo mismo?– preguntó a Bálashov. Ese recuerdo lo llevaba de nuevo, sin duda, hacia la pendiente de la cólera de aquella mañana, todavía fresca en él.
–Él debe saber que lo haré– añadió, apartando con la mano su taza y levantándose. —Expulsaré de Alemania a todos sus parientes: los Würtemberg, los Baden, los Weimar... Sí, los expulsaré a todos. ¡Que vaya pensando en prepararles refugio en Rusia!
Bálashov inclinó la cabeza, dando a entender con su aspecto que desearía retirarse y que si escuchaba lo que le estaban diciendo era porque no podía hacer otra cosa. Napoleón no lo advirtió siquiera. Hablaba a Bálashov no como a un embajador de su enemigo, sino como a un hombre que le fuera absolutamente fiel ahora y que debía alegrarse de la humillación de su antiguo señor.
–¿Y para qué tomó el emperador Alejandro el mando de sus tropas? ¿Por qué? La guerra es mi oficio; el suyo es reinar, no mandar ejércitos. ¿Por qué ha tomado esa responsabilidad?
Napoleón sacó una vez más su tabaquera; dio unos pasos en silencio y, de pronto, inesperadamente, se acercó a Bálashov; y con una ligera sonrisa, con seguridad, rápida y sencillamente, como si esto fuera no sólo importante, sino muy agradable para Bálashov, levantó la mano hacia el rostro del general ruso, un hombre de cuarenta años, y le tiró ligeramente de la oreja sin dejar de sonreír.
Avoir l’oreille tirée par l'Empereur 362era, en la Corte francesa, el mayor de los honores y una gran merced.
–Eh bien, vous ne dites ríen, admirateur et courtisan de l'empereur Alexandre? 363– preguntó, como si le pareciera algo ridículo el que una persona, en su presencia, pudiera ser courtisan y admirateurde otro que no fuera él. —¿Están dispuestos los caballos del general?– añadió, inclinando apenas la cabeza en respuesta al saludo de Bálashov. —Que le den los míos. Tiene que ir lejos...
La carta confiada a Bálashov era la última carta de Napoleón para Alejandro. Bálashov explicó detalladamente al Emperador ruso su entrevista con Napoleón y la guerra dio comienzo.
VIII
Después de su entrevista con Pierre en Moscú, el príncipe Andréi marchó a San Petersburgo a resolver unos asuntos, según dijo a su familia, pero en realidad para buscar allí al príncipe Kuraguin, a quien consideraba necesario ver. Llegado a San Petersburgo, se informó del paradero de Anatole y supo que ya no estaba allí. Pierre había hecho saber a su cuñado que el príncipe Andréi lo buscaba y Kuraguin recibió en seguida un nuevo destino del ministro de la Guerra y se incorporó al ejército en Moldavia.
En San Petersburgo el príncipe Andréi encontró a Kutúzov, su antiguo general, siempre tan bien dispuesto hacia él, y éste le propuso ir con él al ejército de Moldavia, del que había sido nombrado comandante en jefe. Cuando el príncipe Andréi fue destinado al Estado Mayor del Cuartel General partió hacia Turquía.
Bolkonski no estimaba oportuno escribir a Kuraguin y provocarlo sin un nuevo pretexto para el duelo. Pensaba que haciéndolo comprometería a la condesa Rostova, y por ese motivo buscaba un encuentro personal con él y una nueva razón para batirse. Pero tampoco en el ejército turco consiguió encontrar a Kuraguin, quien, poco después de la llegada del príncipe Andréi, había regresado a Rusia. En un país desconocido y en condiciones de vida completamente nuevas, el príncipe Andréi sintió cierto alivio. Cuanto más intenso era su dolor por la traición de su prometida, tanto mayor esfuerzo hacía para disimular sus sentimientos ante los demás; aquella vida en la que tan feliz había sido en otros tiempos se le hacía cada vez más penosa, lo mismo que su libertad y su independencia, que tanto había valorado anteriormente. No lo asaltaban los viejos pensamientos que acudieron a su memoria por primera vez a la vista del cielo en el campo de Austerlitz, pensamientos que le gustaba comentar con Pierre y que habían llenado su soledad en Boguchárovo y después en Suiza y Roma. Temía su solo recuerdo, que le abría horizontes infinitos y claros. Ahora sólo ocupaban su espíritu cuestiones inmediatas y prácticas, sin relación alguna con el pasado. Y tanto más ávidamente se aferraba a esos problemas cuanto más se ocultaban y alejaban de él sus ideas de antes. Como si aquel cielo infinito que se elevaba sobre él se hubiera convertido repentinamente en una cúpula baja y definida, que lo oprimía, donde todo era evidente y no había nada eterno ni misterioso.
De todas las ocupaciones que se le ofrecían, el servicio militar le parecía la más sencilla y la que mejor conocía. En sus funciones de general de servicio en el Estado Mayor de Kutúzov, se ocupaba con tesón de los asuntos y asombraba al comandante en jefe por su celo y su orden en el trabajo. Al no encontrar a Kuraguin en Turquía, no creyó necesario volver tras él a Rusia; sabía, sin embargo, que, al encontrarlo, por largo que fuera el tiempo transcurrido, a pesar de todo su desprecio de aquel hombre y de todas las razones que lo inclinaban a considerar indigno rebajarse hasta un choque con él, no dejaría de provocarlo. De la misma manera que el hambriento no puede dejar de lanzarse sobre la comida, la conciencia de no haber lavado aún la ofensa, de sentir aún la cólera en el corazón, envenenaba aquella ficticia tranquilidad que el príncipe Andréi había conseguido en Turquía, bajo la apariencia de una actividad llena de ambición y vanidad.
En 1812, cuando la noticia de la guerra contra Napoleón llegó a Bucarest (donde vivía Kutúzov desde hacía dos meses, pasando días y noches con su valaca), el príncipe Andréi pidió al comandante en jefe su traslado al Ejército del oeste. Kutúzov, que estaba ya un tanto cansado de la actividad de Bolkonski, viendo en ella un constante reproche a su propia pereza, lo dejó marchar muy gustoso y le encargó una misión cerca de Barclay de Tolly.
Antes de incorporarse al ejército, que en mayo estaba acampado en Drissa, el príncipe Andréi pasó por Lisie-Gori, que estaba en su camino y a tan sólo tres kilómetros del camino que llevaba a Smolensk. Había experimentado tantas conmociones en los tres últimos años, había pensado, sentido y visto tanto en sus viajes por Oriente y Occidente, que le causó asombro encontrar, al acercarse a Lisie-Gori, el mismo modo de vivir aun en sus mínimos detalles. Recorrió el camino central y pasó las puertas de la finca como si entrara en un castillo encantado y dormido. La misma limpieza y mesura, el mismo silencio de antes reinaban en aquella morada; idénticos muebles, las mismas paredes, iguales rumores y olores; las tímidas caras de siempre, si bien un poco envejecidas. La princesa María seguía siendo la joven —algo envejecida ahora– tímida de otros tiempos, fea, siempre atemorizada y atormentada por sufrimientos morales, cuyos mejores años pasaban estériles, sin alegría alguna. Mademoiselle Bourienne era la misma muchacha coqueta, que gozaba feliz de cada momento de la vida, contenta de sí misma y poseída de las más alegres esperanzas. Ahora tenía mayor seguridad o al menos eso le pareció al príncipe Andréi. Dessalles, el preceptor traído de Suiza, vestía una levita a la moda rusa, chapurreaba el ruso con los criados y seguía siendo el mismo preceptor de limitada inteligencia, instruido, virtuoso y pedante. En el viejo príncipe, el cambio físico se reducía a la falta de un diente en un lado de la boca; moralmente seguía siendo el de antes, todavía más irritable y desconfiado con respecto a la realidad de cuanto ocurría en el mundo. Sólo Nikólenka había cambiado: estaba más alto, tenía excelente color y unos rizados cabellos oscuros. Al reír levantaba el labio superior de su linda boca, igual que su madre, la difunta pequeña princesa. Sólo él quebrantaba la ley de la inmutabilidad en aquel castillo encantado y dormido. Sin embargo, aunque exteriormente todo permaneciese como antes, las relaciones internas de todas aquellas personas habían sufrido cambios desde la última vez que las viera el príncipe Andréi. Los miembros de la familia se habían dividido en dos bandos extraños y hostiles entre sí, que tan sólo en su presencia y en honor a él se reunían alterando su modo de vida habitual. El viejo príncipe, mademoiselle Bourienne y el arquitecto formaban uno de esos bandos; la princesa María, Dessalles, Nikólenka y todas las ayas y niñeras integraban el otro.
Durante la estancia del príncipe Andréi en Lisie-Gori todos los miembros de la familia comían juntos, pero se sentían incómodos y Andréi Bolkonski acabó por sentirse un huésped por quien hacían una excepción y cuya presencia estorbaba a todos. El primer día, durante la comida, el príncipe Andréi —que se daba cuenta de que algo ocurría– guardó silencio, y el viejo príncipe, al advertirlo, se mantuvo taciturno y sombrío y se retiró a sus habitaciones en cuanto acabó la comida. Cuando, al anochecer, el príncipe Andréi fue a verlo y, para distraerlo, habló de la campaña del joven conde Kámenski, el viejo príncipe, de pronto, empezó a hablar de la princesa María, censurando su superstición y su falta de cariño por mademoiselle Bourienne, que, según sus palabras, era la única persona que de veras le era fiel.
Acusaba a la princesa María de ser la causante de sus enfermedades, de atormentarlo y provocarlo a propósito y de echar a perder al pequeño Nikolái con sus mimos y sus necias historias. El viejo Bolkonski sabía muy bien que era él quien atormentaba a su hija, cuya vida resultaba muy penosa; pero sabía también que era incapaz de dejar de atormentarla y que ella se lo merecía. "¿Por qué el príncipe Andréi, que lo ve, no me dice nada de su hermana? —se preguntaba—. ¿Qué piensa de todo esto? ¿Que soy un malvado o un viejo imbécil que se aleja sin motivo de su hija y busca la compañía de la francesa? No me comprende, por eso necesito explicárselo, es menester que me oiga.” Y expuso las razones por las que no podía soportar el carácter irracional de su hija.
–No quería hablar de eso– contestó el príncipe Andréi, sin mirar a su padre (a quien censuraba por primera vez en su vida), —pero, si me pregunta, le diré francamente lo que pienso de todo eso. Si existe algún malentendido entre usted y María, no puedo atribuírselo a ella– prosiguió irritándose, cosa a la que era propenso desde hacía algún tiempo; —una cosa puedo decirle: si hay malentendido, la culpa es de una mujer que no vale nada y no debería ser amiga de mi hermana.
Al principio, el viejo miró con ojos inexpresivos a su hijo, esbozó una sonrisa falsa, dejando ver la falta del diente, a lo cual el príncipe Andréi no podía acostumbrarse.
–¿A qué amiga te refieres, querido? ¿Eh? ¡Ya lo habéis comentado! ¡Eh!
–Padre, yo no quería ser juez– siguió el príncipe Andréi con voz biliosa y áspera, —pero me obliga a ello, he dicho y diré que María no es culpable... que la culpa... la culpa es de la francesa...
–¡Ah, ya me has condenado!... ¡Me has condenado!– dijo el viejo con voz tan baja que al príncipe Andréi le pareció que estaba confuso. Mas, de pronto, se puso en pie y gritó: —¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡Que no vuelva a verte en esta casa!...
El príncipe Andréi quería irse en seguida, pero la princesa María le suplicó que se quedara un día más. Durante esa jornada, el príncipe Andréi no vio a su padre, que no salió de sus habitaciones ni recibió a nadie, salvo a mademoiselle Bourienne y a Tijón, y preguntó varias veces si su hijo se había ido. Al día siguiente, antes de partir, el príncipe Andréi fue a la habitación de su niño. El chiquillo, robusto y de cabellos rizados como los de su madre, se sentó en sus rodillas. El príncipe Andréi comenzó a contarle el cuento de Barba Azul, pero no lo concluyó y se quedó pensativo. No pensaba en el hermoso niño, en su hijo, mientras lo tenía sobre las rodillas, sino en sí mismo. Buscaba desesperado y no encontraba dentro de sí el arrepentimiento por haber irritado a su padre ni la pena por separarse de él, por primera vez en su vida, en aquel estado de discordia.
Pero lo más importante era que no hallaba tampoco en sí la ternura que antes sentía por su hijo y que confiaba reavivar acariciando al niño y sentándolo en sus rodillas.
–¡Cuenta, cuenta!– decía el pequeño.
Sin contestarle, el príncipe Andréi bajó al niño de sus rodillas y salió de la habitación.
En cuanto el príncipe Andréi dejó sus ocupaciones diarias, y, sobre todo, cuando volvió a la vida anterior, cuando era feliz, la angustia vital se apoderó de él con la fuerza de siempre; tenía prisa por alejarse cuanto antes de esos recuerdos y encontrar una ocupación cualquiera.
–¿Decididamente te vas, Andréi?– le preguntó su hermana.
–Sí, y doy gracias a Dios de poder hacerlo– contestó, —y lamento mucho que tú no puedas.
–¿Por qué dices eso? ¿Por qué lo dices ahora cuando te vas a esa horrible guerra y él es ya tan viejo? Mademoiselle Bourienne dijo que ha preguntado por ti...
En cuanto comenzó a hablar, le temblaron los labios y las lágrimas brotaron de sus ojos. El hermano se apartó de ella y comenzó a pasear de un lado a otro.
–¡Ah, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Y pensar que seres que nada valen pueden hacer desgraciados a otros!– dijo con una rabia que asustó a la princesa María.
Comprendió que no se refería sólo a mademoiselle Bourienne (que era la culpable de su desgracia), sino también al hombre que había destruido la suya.
–André, una cosa te pido, te suplico– dijo tocando el brazo de su hermano y mirándolo con sus ojos resplandecientes a través de las lágrimas. —Te comprendo bien– y bajó los ojos. —No creas que el dolor viene de los hombres; ellos no son más que un instrumento de Dios– miró con seguridad algo por encima del príncipe Andréi, de la manera como se mira hacia un lugar conocido donde hay un retrato. —El dolor nos lo envía Dios, no es culpa de los hombres. Los hombres no son más que un instrumento; no son culpables. Si te parece que alguno es culpable ante ti, olvídalo y perdona. No tenemos el derecho de castigar, y entonces comprenderás la felicidad que hay en el perdón.
–Si yo, Marie, fuese mujer, lo haría– dijo él. —Es una virtud de mujeres. El hombre no puede ni debe olvidar y perdonar.
Y aunque hasta aquel momento no pensaba en Kuraguin, toda la ira no descargada revivió.
“Si la princesa María procura convencerme de que perdone, significa que hace tiempo debía haber castigado”, pensó. Y sin contestar a su hermana imaginó, con malévola alegría, el feliz instante de su encuentro con Kuraguin, de quien sabía que se hallaba en el ejército.
La princesa rogaba a su hermano que esperara un día más. Decía estar segura de la desolación de su padre si se iba sin reconciliarse con él. Pero el príncipe Andréi contestó que seguramente volvería pronto, que escribiría a su padre y que cuanto más estuviese en Lisie-Gori, más se acentuaría la discordia entre ambos.
–Adieu, André. Rappelez-vous que les malheurs viennent de Dieu et que les hommes ne sont jamais coupables 364– fueron las últimas palabras de María al despedir a su hermano.
“Tenía que suceder —pensó el príncipe Andréi al salir de la avenida de Lisie-Gori—. María, pobre criatura inocente, queda sola a merced de un viejo chiflado. Él se da cuenta de su culpa, pero ya no puede traicionarse. Mi hijo crece y sonríe a una vida en la que pronto va a ser como todos, o engañado o engañador. Yo voy al ejército, sin saber por qué, y deseo hallar al hombre a quien desprecio para darle ocasión de matarme y reírse de mí.” También antes existían las mismas condiciones de vida; pero antes todo armonizaba entre sí y ahora todo parecía disgregarse. En su imaginación surgían, una tras otra, imágenes absurdas, carentes de relación entre sí.
IX
El príncipe Andréi llegó al Cuartel General del Ejército a fines de junio. Las tropas del primer ejército, aquel donde se hallaba el Emperador, ocupaban el campo fortificado de Drissa; las del segundo retrocedían tratando de reunirse con el primero, del que, según se decía, estaban separadas por considerables fuerzas francesas. Todos en el ejército se sentían disgustados por el desarrollo de las operaciones militares, pero nadie pensaba que había peligro de invasión de las provincias rusas; nadie suponía que la guerra pudiera trasladarse más allá de las provincias occidentales de Polonia.
El príncipe Andréi encontró a Barclay de Tolly, a cuyo cuartel general fue destinado, en las orillas del Drissa. Como no había pueblos grandes ni pequeños en los alrededores del campamento, el enorme número de generales y cortesanos que iban con el ejército se hallaban dispersos a unos diez kilómetros, ocupando las casas mejores de la comarca, a uno y otro lado del río. Barclay de Tolly vivía a cuatro kilómetros del Emperador.
Recibió a Bolkonski con seca frialdad y, hablando con acento alemán, le dijo que informaría al Emperador sobre su llegada y que, en espera del destino, le rogaba que permaneciera en su cuartel general. Anatole Kuraguin, a quien el príncipe Andréi esperaba encontrar en el ejército, no estaba allí. Había vuelto a San Petersburgo, y esa noticia agradó a Bolkonski.
Todo el interés se centraba ahora en aquella inmensa guerra, y el príncipe Andréi se sintió contento de verse por algún tiempo libre de la distracción que le proporcionaba pensar en Kuraguin. Durante los cuatro primeros días, en los que nadie le exigió nada, el príncipe Andréi recorrió el campo fortificado y trató, con ayuda de su propia experiencia y las explicaciones de personas bien informadas, de hacerse una idea clara de la situación. Sin embargo, la cuestión de si aquel campamento era o no útil permaneció para él insoluble. Su experiencia militar le decía que los proyectos mejor meditados no significan nada en la guerra (recordaba la batalla de Austerlitz), que todo dependía del modo de reaccionar ante las acciones inesperadas, imposibles de prever, del enemigo; que todo depende de quién dirige la acción y de cómo la dirige. Para ver claro en este último punto, el príncipe Andréi, aprovechando su posición y sus relaciones, trató de conocer cómo se dirigía el ejército, qué personas y grupos participaban en esa dirección; y de todo ello dedujo sus apreciaciones personales sobre la situación militar.







