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Los hermanos Karamazov
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Текст книги "Los hermanos Karamazov"


Автор книги: Федор Достоевский



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»Se marcha Iván y, una hora después aproximadamente, Smerdiakov sufre un ataque, por cierto muy comprensible. Hemos de hacer constar que durante aquellos días Smerdiakov, presa de la desesperación y el miedo, presentía que iba a ser víctima de un ataque, ya que le acometían siempre en momentos de ansiedad y viva emoción. Es evidente que nadie puede prever el día y la hora en que va a sufrir un ataque, pero no es menos cierto que el epiléptico puede reconocer los síntomas que lo anuncian. Así lo dicen los médicos.

»Poco después de haberse marchado Iván Fiodorovitch, Smerdiakov, sintiéndose abandonado e indefenso, se dirige a la bodega y, al bajar la escalera, se le ocurre pensar que puede sufrir un ataque. Y precisamente este temor, este estado de ánimo provocan el espasmo de la garganta precursor del accidente. Smerdiakov rueda por la escalera sin conocimiento. Se ha pretendido ver en este ataque una simulación. Pero no puedo menos de preguntarme: ¿por qué fingió?, ¿qué adelantaba fingiendo?... Prescindo de la medicina. Me dirán que la ciencia se equivoca, que los médicos no saben distinguir la verdad de la simulación en estos casos. De acuerdo. Pero respondedme a esta pregunta: ¿qué motivo tenía Smerdiakov para fingir? ¿Puede admitirse que pretendiera atraer la atención sobre él, suponiendo que tuviera el propósito de cometer un asesinato...? Señores del jurado: había cinco personas en casa de Fiodor Pavlovitch, que, evidentemente, no fue el autor de su propia muerte; la segunda persona era el criado Grigori, que fue gravemente herido; la tercera, la esposa de Grigori, Marta Ignatievna, de la que sería disparatado sospechar. Sólo nos quedan dos: Smerdiakov y el acusado. Y como el acusado asegura que no es el asesino, forzosamente se ha de achacar la culpa a Smerdiakov, ya que no tenemos ninguna otra persona a la que culpar. He aquí todo el fundamento de la inaudita acusación dirigida contra el infeliz idiota que se suicidó ayer. No se tenía a nadie más a mano. Si hubiera existido una sexta persona a la que poder atribuir el más leve indicio de culpa, estoy seguro de que el acusado no se habría atrevido a culpar a Smerdiakov, sino que habría dirigido su acusación contra esa sexta persona, ya que no cabe duda de que es perfectamente absurdo achacar el crimen a Smerdiakov.

»Señores: dejemos a un lado la psicología, la medicina e incluso la lógica; atengámonos a los hechos, exclusivamente a los hechos, y guiémonos por lo que éstos nos dicen. Admitamos que Smerdiakov ha matado. ¿Pero cómo? ¿Solo o en complicidad con el acusado? Empecemos por examinar el primer caso, es decir, el del asesinato cometido únicamente por Smerdiakov. Evidentemente, el crimen debe tener un móvil; pero como no puede ser ninguno de los que impulsan al acusado, es decir, el odio, los celos, etcétera, Smerdiakov solamente puede haber cometido el crimen para robar, para apoderarse de los tres mil rublos que su dueño había guardado en un sobre en su presencia. Y he aquí que, una vez decidido a cometer el crimen, comunica a otra persona, precisamente a la más interesada en el asunto, el acusado, todo lo concerniente al dinero (el sitio donde está escondido, la inscripción que hay en el sobre, el detalle de que está atado con una cinta de color de rosa) y, lo que es más importante, la contraseña que le permitirá entrar en la casa. ¿Por qué obra así? No podemos pensar que quiera traicionarse a sí mismo. ¿Acaso para procurarse un cómplice que comparta sus deseos de apoderarse del sobre? Se me dirá que procedió así impulsado por el miedo. ¿Pero es eso posible? ¿Se comprende que un hombre capaz de concebir un acto tan audaz, tan feroz, y de cometerlo, haga semejantes revelaciones, que sólo él conoce y que nadie puede adivinar? No; por cobarde que sea, ese hombre, una vez dispuesto a cometer el crimen, no hablará a nadie del sobre ni de la contraseña, ya que ello equivale a traicionarse a sí mismo. Si se ve obligado a dar algún informe, lo inventará: de ningún modo será sincero. Si no hubiera dicho nada del dinero y se lo hubiera apropiado después de cometer el crimen, nadie habría podido acusarlo de haber asesinado para robar, ya que él era el único que estaba enterado de la existencia de ese dinero. Aun en el caso de que se le hubiera atribuido el crimen, se habría pensado en un móvil distinto. Pero nadie habría sospechado que era él el asesino, puesto que todos sabían que gozaba del afecto y la confianza de su amo. Las sospechas habrían recaído en un hombre que tenía motivos para vengarse y que, lejos de mantener en secreto sus propósitos, los había pregonado jactanciosamente; en una palabra, se habría sospechado de Dmitri Fiodorovitch. Para Smerdiakov, asesino y ladrón, habría sido una ventaja que acusaran a Dmitri Fiodorovitch, ¿no es así? Pues bien, es precisamente a este hombre a quien Smerdiakov, después de haber planeado su crimen, habla del dinero, del sobre, de la contraseña... ¿Es esto lógico, tiene algún viso de realidad?

»Es el día del crimen. Smerdiakov, que lo tiene todo bien planeado, finge un ataque y cae por la escalerilla de la bodega. ¿Con qué objeto obra así? Veamos cuáles pueden ser las consecuencias de su simulación. Grigori, que tenía el propósito de acostarse, renuncia a hacerlo, en vista de que la casa queda sin vigilancia y debe vigilarla él. Fiodor Pavlovitch, viéndose abandonado y temiendo que se presente su hijo, cosa que ha confesado, siente crecer su desconfianza y redobla sus precauciones. Además, se transporta inmediatamente a Smerdiakov, desde un lugar donde está solo, a la habitación inmediata a la de Grigori y su esposa, piezas separadas sólo por un tabique, como se hace siempre que el sirviente es víctima de un ataque de epilepsia, porque así lo ha indicado el dueño de la casa, con la aprobación de la compasiva Marta Ignatievna. Una vez en esta habitación, Smerdiakov, para que no se dude de que está enfermo, se pasa la noche gimiendo y despertando a cada momento a Marta Ignatievna y a Grigori. ¿Es esto propio de un hombre que pretende levantarse furtivamente e ir a matar a su dueño?

»Tal vez se me diga que fingió el ataque precisamente para alejar de él las sospechas, y que reveló al acusado los secretos del sobre y la contraseña para impulsarlo a cometer el crimen. Bien. Ya está el crimen cometido. El acusado se retira con el dinero, y he aquí que entonces se levanta Smerdiakov para... ¿Para qué, señores? ¿Para asesinar de nuevo a Fiodor Pavlovitch y volverle a robar el dinero que ya le han robado? ¿Puede mantenerse una tesis tan disparatada? Sin embargo, esto es lo que afirma el acusado. Dmitri Fiodorovitch sostiene que, cuando ya se había marchado, tras haber abatido a Grigori y sembrado la alarma, Smerdiakov se levantó para asesinar y robar. Prescindamos de que Smerdiakov no podía calcular el desarrollo de los acontecimientos, la llegada de ese hijo desesperado pero que se limita a mirar respetuosamente por la ventana y se retira, abandonando la presa al sirviente, a pesar de que conoce la contraseña. Me limito a preguntar en qué momento cometió el crimen Smerdiakov. Y si no me contestan ustedes, habrán de admitir que la acusación contra el suicida no tiene ningún fundamento.

»Supongamos que el ataque no fue fingido. El enfermo recobra el conocimiento, oye un grito y sale del pabellón. ¿Qué hace entonces? Se da cuenta de que el momento no puede ser más propicio y se dice: «Voy a matar a mi amo.» ¿Pero cómo puede darse cuenta de la situación si hasta hace unos instantes ha estado sin conocimiento? ¡La fantasía tiene sus límites, señores!

»Los más suspicaces pueden creer que tal vez estuvieran los dos de acuerdo, que fueran cómplices y se repartieran el dinero una vez cometido el crimen.

»¿Tiene algún viso de realidad esta suposición? El acusado se encarga de todo, de matar y de robar, mientras Smerdiakov permanece en cama, presa de un ataque que siembra la alarma en la casa y quita el sueño a Grigori y a la víctima. Nos preguntamos qué razón podían tener los dos cómplices para urdir un plan tan absurdo.

»Examinemos ahora la hipótesis de que la complicidad de Smerdiakov fuera enteramente pasiva. El sirviente, atemorizado, se limita a no poner obstáculos al asesino y, presintiendo que se le acusará de haber consentido el asesinato, de no haber hecho nada por defender a su dueño, consigue que Dmitri Karamazov le permita permanecer en cama, simulando un ataque. Su posición equivale a decir: «Mátalo si quieres. Eso a mí no me importa.» Pero Dmitri Fiodorovitch sabía que el ataque pondría en estado de alarma a toda la casa y, por lo tanto, no pudo aceptar semejante convenio. Pero, aun suponiendo que aceptara, el acusado no deja de ser el asesino y Smerdiakov un simple y pasivo cómplice, un cómplice que, contra su voluntad y por temor, permite actuar al criminal.

»Veamos lo que ocurre después. Cuando lo detienen, el acusado echa todas las culpas a Smerdiakov: dice que ha cometido el crimen él solo; o sea, que no lo acusa de complicidad, sino de haber robado y matado con sus propias manos. ¿Habéis visto alguna vez que los cómplices se ataquen desde el primer momento? Observad el riesgo que corre Karamazov. Es él el asesino, el principal culpable, y, sin embargo, arremete contra su cómplice, que se ha limitado a permitirle obrar. Smerdiakov pudo enojarse y decir toda la verdad, aunque sólo fuera por instinto de conservación; pudo haber declarado: «Los dos somos culpables; pero yo no he cometido el crimen: yo me he limitado, por temor, a permitírselo cometer a él.» Smerdiakov pudo hacer esta declaración, no dudando de que la justicia determinaría fácilmente cuál era su grado de responsabilidad y le aplicaría un castigo mucho menos riguroso que el que aplicase al verdadero asesino. Además, Dmitri Karamazov se habría visto obligado a decir la verdad. Pero Smerdiakov no dice ni una palabra de su complicidad, a pesar de que el asesino lo señala insistentemente como el único autor del crimen.

»Por otra parte, al instruirse el sumario, Smerdiakov declaró espontáneamente que había hablado al acusado del sobre que contenía el dinero y de la contraseña que le podía abrir la puerta de la casa, y que, si no le hubiera hecho estas revelaciones, Dmitri Fiodorovitch no habría conocido tales secretos jamás.

»Y digo yo: ¿habría hablado así Smerdiakov, por su propia voluntad, si verdaderamente hubiera sido cómplice del asesino? No, habría hablado de modo muy distinto, habría falseado o atenuado los hechos. Es decir, que sólo un inocente que no teme ser acusado de complicidad pudo expresarse como lo hizo Smerdiakov.

»Trastornado por su reciente ataque de epilepsia y por el drama ocurrido en la casa donde vivía, Smerdiakov se ahorcó ayer, dejando escrita una nota que decía: «Pongo fin a mi vida voluntariamente. Que no se culpe a nadie de mi muerte.» ¿Qué le costaba haber añadido: «Soy yo el asesino, y no Karamazov?» Pero no añadió ni una palabra: tenía la conciencia tranquila.

»Hace unos momentos, uno de los testigos ha traído cierta cantidad de dinero al tribunal y ha declarado: «Estos billetes son los que estaban en ese sobre que perteneció a Fiodor Pavlovitch. Me los entregó ayer Smerdiakov.» Pero ya han presenciado ustedes, señores del jurado, la triste escena. No volveré a describir los detalles; me limitaré a recordar dos o tres de los más insignificantes para evitar que se olviden. Desde luego, fue el remordimiento lo que ayer impulsó a Smerdiakov a devolver el dinero y a ahorcarse: sólo así se explica que obrase de este modo. Es evidente que hasta ayer no confesó a nadie su crimen, como ha declarado Iván Fiodorovitch. Si éste hubiera recibido antes la confidencia, no se comprendería que se hubiese callado hasta hoy. Lo cierto es que Smerdiakov confesó. Y vuelvo a preguntarme por qué no diría toda la verdad en su última nota, sabiendo que veinticuatro horas después se había de juzgar a un inocente. El dinero solo no constituye ninguna prueba. Hace ocho días me enteré casualmente, a la vez que dos personas que están en esta sala, de que Iván Fiodorovitch cambió en la capital del distrito dos obligaciones al cinco por ciento de cinco mil rublos cada una, con lo que obtuvo diez mil rublos en total. Digo esto para demostrar que es posible procurarse dinero para una fecha determinada y que los tres mil rublos que se han entregado al tribunal pueden no ser los mismos que estaban en el interior del sobre. Otro detalle digno de mención es que Iván Fiodorovitch, aunque recibió ayer la confesión del verdadero asesino, después de oírla se fue a casa. ¿Por qué no denunció el hecho inmediatamente? ¿Por qué ha esperado hasta hoy? No es difícil deducir el motivo. Estaba enfermo desde hacía una semana, había confesado al médico que sufría alucinaciones y se encontraba en la calle con personas que habían fallecido; estaba, en fin, amenazado por la locura que se le ha declarado hoy. De pronto, se entera del suicidio de Smerdiakov y se hace este razonamiento: «Como Smerdiakov ha muerto, lo puedo acusar impunemente, y así salvaré a mi hermano. Tengo dinero. Presentaré al tribunal un fajo de billetes y diré que me los entregó Smerdiakov antes de morir.» Diréis que no es ninguna falta mentir para salvar a un hermano, y menos cargando la culpa a una persona que ha muerto. De acuerdo. Pero pensad que puede haber mentido inconscientemente, que su mente trastornada por la muerte repentina de Smerdiakov puede haber tomado por realidad lo que ha sido pura imaginación. Ya habéis visto el estado en que se hallaba ese hombre. Se mantenía de pie, hablaba; ¿pero dónde estaba su razón?

»A la declaración de Iván Fiodorovitch ha seguido la carta del acusado a la señorita Verkhotsev, escrita dos días antes del suceso y en la que se exponía un plan detallado del crimen. Huelga hablar de ese plan y de sus autores. Todo ocurrió como se anunciaba en la carta y hubo un solo autor. Sí, señores del jurado: todo sucedió tal como el acusado dijo por escrito que sucedería. Dmitri Fiodorovitch no se apartó respetuosamente de la ventana de la habitación donde suponía que estaba su amada con su padre. No, esto es absurdo, inverosímil. El acusado entró y llegó hasta el fin. Sin duda, al ver a su rival, se arrojó sobre él ciego de cólera, enarbolando la mano de mortero, y lo mató de un solo golpe. Pero después registra minuciosamente la habitación y, una vez convencido de que su amada no está allí, introduce la mano debajo de la almohada y se apodera de ese sobre, ahora abierto y vacío, que vemos entre los cuerpos del delito.

»Hablo de este sobre para que observen ustedes cierto detalle importante. Un asesino experto, sereno, que sólo pensara en el robo, no lo habría dejado en el suelo, cerca del cadáver. Incluso Smerdiakov se habría llevado el sobre cerrado, sin entretenerse en abrirlo junto a su víctima, ya que estaría seguro de que dentro estaba el dinero, puesto que los billetes se habían introducido en él, y éste escondido en su presencia. Señores del jurado, convengan conmigo en que Smerdiakov no se habría dejado el sobre en el suelo. Esta conducta sólo es propia de un asesino incapaz de reflexionar, que no ha robado nunca y que se apodera del dinero, no como un vulgar malhechor, sino como el que recobra lo que cree que le pertenece, que es lo que ocurre con esos tres mil rublos que obsesionaban a Dmitri Fiodorovitch.

»El acusado, al tener en sus manos el sobre que ve por primera vez, lo abre para cerciorarse de que contiene el dinero, saca los billetes y huye con ellos, después de arrojar al suelo el sobre, sin sospechar que deja a sus espaldas una prueba abrumadora. Pues el culpable no es Smerdiakov, sino Karamazov, que ni reflexionaba ni en aquel momento tenía tiempo para reflexionar. El asesino huye, oye un grito de Grigori, el criado lo alcanza y lo sujeta, pero enseguida cae, al recibir un fuerte golpe con la mano de mortero. El acusado salta al suelo desde lo alto de la tapia. Según dice, lo hizo por compasión, para ver si podía hacer algo por el herido. ¿Pero es lógico que se enterneciera? No; Dmitri Fiodorovitch bajó de la tapia para ver si el único testigo de su crimen vivía aún. Ningún otro motivo, ningún otro sentimiento tendrían explicación. Se inclina sobre Grigori, le limpia la cabeza con el pañuelo, cree que está muerto, y entonces, trastornado, manchado de sangre, corre de nuevo a casa de su amada. ¿Cómo no se le ocurrió pensar que mostrarse en aquel estado era como denunciarse a sí mismo? El propio acusado nos ha dicho que en aquellos momentos no se daba cuenta de nada. Esto es natural, a todos los criminales les ocurre. Por una parte, el asesino pierde la facultad de razonar; por otra, está ofuscado por un complejo de ideas infernales. En aquel momento, Dmitri Fiodorovitch se hacía una sola pregunta: “¿Dónde estará Gruchegnka?” Ansioso de averiguarlo, corre a su casa y allí recibe una noticia imprevista y abrumadora: ella se ha ido a Mokroie para reunirse con su primer amante.

CAPITULO IX



La troika desenfrenada



Hipólito Kirillovitch había escogido, evidentemente, el método de exposición rigurosamente histórica preferido por todos los oradores nerviosos, los cuales procuran desenvolverse en ámbitos limitados a fin de poner freno a su fogosidad. Al llegar a este punto de su discurso, habló extensamente del primer amante, «cuyo derecho es indiscutible», y expuso una serie de ideas interesantes. Karamazov, celoso de todos hasta la ferocidad, se retira y desaparece ante el primer amante, «el indiscutible».

—Esto es sumamente extraño, sobre todo si tenemos en cuenta que antes no había prestado atención al peligro que para él suponía este poderoso rival. Ello se debe a que el acusado vela este peligro como algo remoto, y a él sólo le preocupan las cosas presentes. Sin duda, lo consideraba como una cosa irreal. Pero, de pronto, comprende que el reciente engaño de su amada procede del hecho de que el nuevo rival no es un mero capricho para ella, sino toda su esperanza y toda su vida, y entonces, al comprender esto, se resigna. Señores del jurado: no puedo dejar de mencionar esta actitud inesperada de Dmitri Fiodorovitch Karamazov, que experimenta de pronto una sed de verdad, la necesidad imperiosa de respetar a la mujer amada y reconocer los derechos de su corazón, precisamente en el momento en que por ella acababa de mancharse las manos con la sangre de su padre. Verdad es que esta sangre clamaba ya venganza, que el asesino, viendo perdida su alma y aniquilada su vida terrenal, debía de preguntarse en aquel momento: «¿Qué puedo ser ya para ella, para esa criatura a la que quiero más que a nada en el mundo, comparado con ese primer a "indiscutible" amante; con ese hombre que vuelve arrepentido al lado de la mujer seducida por él antaño; que vuelve con un nuevo amor, con propósitos nobles, con la promesa de una vida nueva y feliz?»

»Karamazov comprendió que su crimen le cerraba el paso, que era un asesino, que no se libraría del castigo y no merecía vivir. Esta idea lo abruma, lo aniquila. De pronto, se aferra a un plan insensato que, dado su carácter, le parece la única salida posible a su insoportable situación: el suicidio. Inmediatamente, se dirige a casa del señor Perkhotine para desempeñar sus pistolas y, por el camino, saca del bolsillo el dinero por cuya posesión se ha manchado las manos con la sangre de su padre. Nunca ha necesitado tanto el dinero como ahora. Va a morir, se va a matar y lo hará de modo que todo el mundo se acuerde de él. No en vano es un poeta, no en vano ha quemado su vida como una vela encendida por los dos extremos. Irá a reunirse con Gruchegnka y organizará una fiesta por todo lo alto, una fiesta nunca vista, que se recuerde siempre y de la que se hable durante mucho tiempo. Entre gritos salvajes, locas canciones y danzas de cíngaros, levantará su copa por la nueva felicidad de su amada, y ante ella, a sus pies, se matará de un tiro en la cabeza para expiar sus faltas. Así, Gruchegnka se acordará siempre de Mitia Karamazov, comprenderá lo mucho que la ama y se compadecerá de él. Está en plena exaltación novelesca; volvemos a hallarnos ante la sensualidad y el ímpetu salvaje de los Karamazov. Pero hay algo más, señores del jurado, algo que es como un mortal veneno: la conciencia, el remordimiento, el juicio que se avecina. Pero la pistola lo resuelve todo, es la única salida. En cuanto al más allá, ignoro si Dmitri Karamazov piensa en él, si es capaz de pensar como Hamlet. Pero no lo creo, señores del jurado: Hamlet es un ser de un país lejano; aquí no tenemos todavía más que hombres como Karamazov.

Al llegar a este punto, Hipólito Kirillovitch presentó un cuadro detallado de las hazañas de Mitia. Describió sus escenas en casa de Perkhotine, en la tienda, con los cocheros; refirió una serie de conversaciones confirmadas por testigos, y convenció al auditorio. El conjunto de los hechos era impresionante. La culpa de aquel ser desorientado, al que no preocupaba su seguridad personal, saltaba a la vista.

—¿Qué le importaba ser prudente? —confirmó el fiscal—. Dos o tres veces estuvo a punto de confesarlo todo, e incluso empezó a hacerlo con alusiones, según han declarado varios testigos. Llegó al extremo de decirle al cochero por el camino: «¿Sabes que llevas en tu coche a un asesino?» Pero no podía decirlo todo: tenía que llegar a Mokroie y poner fin a su poema. No sabemos lo que esperaba encontrar en Mokroie. Lo cierto es que, al llegar a esta población, se da cuenta de que su rival no es un hombre irresistible. En fin, ya sabemos lo que ocurrió entonces, señores del jurado. El triunfo de Dmitri Fiodorovitch sobre su adversario es completo. Y entonces empezó para él una situación espantosa, la más horrible que ha conocido en su vida. No cabe duda, señores del jurado, de que las heridas morales constituyen un castigo más duro que todos los que pueda aplicar la justicia humana. Por otra parte, las penas que ésta impone alivian el sufrimiento que ocasionan las otras, y, a veces, incluso son necesarias para salvar de la desesperación al criminal. Pues no puedo imaginarme el horror y la desesperación de Karamazov al enterarse de que ella lo quería, de que rechazaba por él a su antiguo amante, de que lo invitaba a una vida honrada y feliz, cuando todo había terminado para él, cuando ya nada era posible.

»He aquí un detalle que explica el estado de ánimo del acusado en aquel momento: la mujer que era objeto de su amor se mantuvo inaccesible para él, aun dándose cuenta de la vehemencia con que la amaba su pretendiente, hasta el final, es decir, hasta el momento en que Karamazov fue detenido. ¿Por qué no se había suicidado Dmitri Fiodorovitch cuando se veía despreciado por su amada? ¿Por qué había renunciado a este propósito e incluso se había olvidado de su pistola? Su ávida sed de amor y la esperanza de saciarla enseguida lo frenaron. En la embriaguez de la gesta, se aferra a su amada, que se divierte con él, más seductora que nunca. No la deja ni un momento y la admira tanto, que se deja eclipsar por ella. Esta pasión pudo incluso ahogar por un instante su remordimiento y el temor de ser detenido. ¡Pero sólo por un instante! En mi imaginación veo el estado de ánimo del criminal bajo el dominio de tres elementos de los que no puede liberarse. Uno es la embriaguez, las nubes de alcohol mezcladas con el bullicio de la danza y los cantos; otro ella, con la tez encendida por las libaciones, sonriéndole, cantando y bailando, ebria también; y, en fin, la idea consoladora de que el fatal desenlace está todavía lejos, que no lo prenderán hasta la mañana siguiente. Varias horas de tregua es mucho. En este tiempo pueden ocurrir infinidad de cosas. Sin duda, experimenta la sensación del condenado al que conducen al patíbulo. Hay que recorrer lentamente una larga calle ante millares de espectadores. De esta calle se ha de pasar a otra, al final de la cual está la plaza fatídica. Al principio del trayecto, el reo, en la ignominiosa carreta, se figura que aún le queda mucho tiempo de vida. Las casas se suceden, la carreta avanza; pero ¿qué importa? El patíbulo está todavía lejos, en la última esquina de la segunda calle. Mira con arrogancia a derecha a izquierda, a los miles de espectadores que lo observan con indiferencia, y le parece que es una persona como cualquiera de las que lo están mirando. La carreta entra en la segunda calle, pero el condenado no se inquieta: todavía falta un buen trecho para llegar. Ve desfilar las casas, pero se repite que el final está todavía lejos. Y ésta es su actitud hasta que llega a la plaza donde está preparada su ejecución. Esto es, sin duda, lo que experimenta Karamazov. Se dice: «Todavía no han descubierto el crimen. Aún tengo tiempo para urdir un plan de defensa. Ahora, ¡viva la vida! ¡Es tan deliciosa!...»

»Está trastornado e inquieto. Sin embargo, puede apartar la mirada de los tres mil rublos que ha robado de debajo de la almohada de su padre. Ya en Mokroie, adonde ha ido a divertirse, entra en una vieja casa de madera, de la que conoce todos los rincones. A mi juicio, poco antes de que lo detuvieran debió de ocultar esa parte de su dinero en alguna grieta, bajo una tabla del entarimado, en algún rincón, en cualquier lugar de la casa. Se me preguntará qué motivos tenía para obrar así. He aquí mi respuesta. Se avecina una catástrofe; no hemos pensado en afrontarla, por falta de tiempo; las sienes nos laten con violencia; ella nos atrae como un imán... Pero el dinero siempre es necesario; uno es siempre alguien si tiene dinero. Esta previsión en tales momentos tal vez les parezca a ustedes extraña; pero piensen que el propio acusado ha dicho que un mes atrás, en circunstancias igualmente criticas, apartó y guardó en una bolsita la mitad de tres mil rublos. Aunque esto sea una invención, como enseguida demostraré, es lo cierto que Karamazov lo ha pensado y se ha familiarizado con este pensamiento. Es más, al manifestar al juez de instrucción que había escondido mil quinientos rublos en una bolsita (que nunca ha existido), tal vez improvisó esta mentira precisamente porque hacía dos horas había ocultado la mitad de lo que poseía en algún lugar de la fonda de Mokroie, obedeciendo a una inspiración súbita, para no llevarlos encima, y pensando recogerlos a la mañana siguiente. Recuerden, señores del jurado, que Karamazov puede contemplar dos abismos a la vez.

»Hemos registrado inútilmente la fonda de Mokroie. Es posible que el dinero esté allí todavía; acaso desapareció al día siguiente y el acusado lo tenga ya en su poder. Lo cierto es que, cuando se le detuvo, estaba de rodillas al lado de su amante, que se había echado en un sofá. Dmitri Karamazov se había olvidado de todo hasta el punto de que no oyó a los que llegaban para detenerlo. Lo cogieron desprevenido y no tuvo tiempo de inventar ninguna respuesta.

»Y ahora vedlo ante sus jueces, ante los que van a decidir su futuro. Señores del jurado: en el ejercicio de nuestras funciones hay momentos en que incluso a nosotros nos da miedo la humanidad. Esto nos ocurre cuando advertimos el temor animal del culpable, que se ve perdido, pero que no cesa de luchar; esto nos sucede cuando se despierta en el criminal el instinto de conservación, y el desgraciado fija en nosotros una mirada penetrante, llena de ansiedad y angustia, tratando de leer en nuestro semblante, en nuestro pensamiento, y preguntándose desde qué punto partirá el ataque. En medio de su confusión, urde en un instante mil respuestas, pero no se atreve a dar ninguna: teme delatarse. Estos momentos de cruel humillación para el alma humana, este calvario, esta avidez irracional de salvación es algo verdaderamente espantoso, algo que hace temblar a veces a los miembros de un tribunal de justicia y despierta su compasión.

»Primero, aturdido y aterrado, deja escapar unas palabras comprometedoras. «¡Sangre! ¡Merezco este castigo!» Pero enseguida se contiene. No sabe todavía qué decir y sólo puede responder con una vana negativa: «¡No soy culpable de la muerte de mi padre!» Es el primer parapeto. Tras esta defensa, abre nuevas trincheras el acusado. Sin esperar a que se lo preguntemos, trata de explicar sus primeras exclamaciones comprometedoras, diciendo que sólo se considera culpable de la muerte del viejo criado Grigori. «He agredido a Grigori, pero ¿quién ha matado a mi padre?, ¿quién ha cometido este crimen que no he cometido yo?» Observen el detalle. Nos dirige esta pregunta a nosotros, que estamos aquí precisamente para hacérsela a él. ¿Comprenden el motivo de que se anticipe a decir que no es el autor del crimen? Es una trapacería, una ingenuidad, un acto de impaciencia digno de un Karamazov. Con ello pretende alejar de nosotros la creencia de que el culpable es él. Luego se apresura a manifestar: «Deseaba matarlo, señores, pero no lo he hecho: soy inocente.» Confiesa que deseaba cometer el crimen. Pero ¿con qué fin hace esta confesión? Con el de convencernos de que es sincero, ya que, si nos convence, habremos de creer en su inocencia. En estos casos, el criminal suele demostrar un aturdimiento y una candidez inauditos. Cuando se instruyó el sumario, se le hizo, con aparente indiferencia, esta pregunta: «¿No será Smerdiakov el asesino?» Y sucedió lo que esperábamos: el acusado se enojó al ver que nos habíamos adelantado a sus planes, cogiéndolo desprevenido y no dándole tiempo a elegir el momento más favorable para acusar a Smerdiakov. Su temperamento le lleva en el acto a adoptar una actitud extrema y afirma enérgicamente que Smerdiakov es incapaz de cometer un asesinato. Sin embargo, no hay que creerlo: es sólo una astucia. El acusado no renuncia a acusar a Smerdiakov, puesto que no hay otro al que poder achacar el crimen; pero lo hará más adelante, ya que por el momento su plan ha fracasado. Al día siguiente, o varios días después, dirá: «Ya saben ustedes que yo fui el primero en negar que el asesino fuera Smerdiakov. Ahora no tengo más remedio que aceptar que no puede haber sido nadie más que él.»

»Por el momento se limita a negar con vehemencia, y la cólera y la excitación nerviosa le sugieren las explicaciones más absurdas. Dice que observó a su padre a través de la ventana y que luego se alejó prudentemente. Ignoraba la importante declaración que iba a hacer Grigori. Cuando inspeccionamos sus ropas, esta operación lo exaspera, pero se tranquiliza al ver que sólo se encuentran mil quinientos de los tres mil rublos. Entonces, en estos momentos de indignación reprimida, acude a su mente por primera vez la idea de la bolsita. Sin duda, se da cuenta de la inverosimilitud de su revelación y trata de hacerla más aceptable inventando una novela que tenga más visos de realidad. En estos casos los magistrados no deben dar al culpable tiempo para reponerse; deben lanzar inmediatamente sobre él una serie de rápidos ataques: sólo así conseguirán que revele sus pensamientos más íntimos. El mejor procedimiento para hacer hablar a un criminal es revelarle de pronto, y como sin intención alguna, un hecho de extrema importancia que para él resulte una novedad por no haberlo advertido. Nosotros teníamos preparado un hecho de esta índole: la declaración del criado Grigori respecto a la puerta abierta por donde acababa de salir el acusado. Él se había olvidado de esta puerta por completo y no creía que Grigori se hubiera fijado en ella. El efecto de la alusión a la puerta fue extraordinario. Karamazov se levantó en el acto y exclamó: «¡Es Smerdiakov el asesino! ¡Estoy seguro de que es Smerdiakov!» Así expresa un íntimo pensamiento nacido del deseo de salvarse, idea absurda, pues no cae en la cuenta de que Smerdiakov, para cometer el crimen, tenía que haber esperado a que él abatiera a Grigori y huyese. Esto explica que Karamazov quedara paralizado de espanto cuando supo que Grigori había visto la puerta abierta antes de que él lo agrediera, y que el criado, al levantarse de la cama, había oído a Smerdiakov gemir al otro lado del tabique. Mi colega, el honorable e inteligente Nicolás Parthenovitch, me ha contado que en aquel momento su emoción fue tan profunda, que le faltó poco para echarse a llorar.


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