355 500 произведений, 25 200 авторов.

Электронная библиотека книг » Федор Достоевский » Los hermanos Karamazov » Текст книги (страница 42)
Los hermanos Karamazov
  • Текст добавлен: 10 октября 2016, 05:12

Текст книги "Los hermanos Karamazov"


Автор книги: Федор Достоевский



сообщить о нарушении

Текущая страница: 42 (всего у книги 57 страниц)

—¿Has dicho que a veces está agitado?

—Sí; unas veces agitado y otras contento. Francamente, Aliocha, tu hermano me sorprende. Sabiendo lo que le espera, se echa reír a veces por cualquier minucia. Se diría que es un niño.

—¿De modo que te ha prohibido hablar con Iván?

—Sí, pero a quien teme Mitia es a ti. Tienen un secreto: él mismo me lo ha dicho... Aliocha, mi querido Aliocha: procura saber qué secreto es ése y ven a decírmelo, para que yo conozca mi maldita suerte. Para eso lo he llamado.

—¿Crees que ese secreto te afecta? Si fuera así, no te habría hablado de él.

—Acaso no se atreve a decírmelo, y tampoco quiere dejar de advertirme. Lo cierto es que tiene un secreto.

—En resumen, ¿tú qué opinas?

—Yo creo que todo ha terminado para mí. Tres personas se han aliado en contra de mí. Katia forma parte del complot; es el elemento principal. Mitia me previene con alusiones. Piensa abandonarme: éste es el secreto. Mis tres enemigos son Mitia, Katia e iván Fiodorovitch. Hace ocho días, Mitia me dijo que Iván está enamorado de Katia y que por eso va con tanta frecuencia a su casa. ¿Es esto verdad, Aliocha? Contéstame con franqueza.

—Iván no ama a Catalina Ivanovna. Créeme; nunca te engañaré.

—Eso mismo pensé yo enseguida. Mitia miente descaradamente. Y se muestra celoso para poder acusarme cuando llegue el momento. Pero es demasiado imbécil, y también demasiado franco, para saber disimular... ¡Me las pagará!.. «¡Crees que yo soy el asesino!» Hasta esto se atreve a reprocharme. ¡Que Dios lo perdone! Esa Katia se las verá conmigo ante los jueces. ¡Lo contaré todo! ¡No me callaré nada!

Se echó a llorar.

—Lo que te puedo asegurar, Gruchegnka —dijo Aliocha levantándose—, es que Mitia te ama más que a nada en el mundo. Y te ama sólo a ti. Puedes creerme; estoy completamente seguro. Y ahora te advierto que no trataré de arrancarle su secreto, y, si él me lo revela, le diré que te he prometido ponerte al corriente a ti. En este caso, volveré hoy mismo para informarte. Me parece que Catalina Ivanovna no tiene ninguna relación con este asunto; el secreto debe de referirse a otra cosa. Ya veremos. Adiós.

Aliocha le estrechó la mano. Gruchegnka seguía llorando. Aliocha advirtió que su amiga no creía en sus palabras de consuelo, pero lo cierto era que había conseguido aliviarla con su efusiva sinceridad. Le daba pena dejarla en aquel estado, pero se le hacía tarde: tenía aún muchas cosas que hacer.

CAPITULO II



El pie hinchado



Aliocha quería ir primero a casa de la señora de Khokhlakov y terminar cuanto antes para no retrasar demasiado su visita a Mitia. La señora de Khokhlakov estaba indispuesta desde hacía una semana. Tenía un pie hinchado y, si bien no guardaba cama, pasaba el día en su gabinete, echada en una meridiana, envuelta en una elegante pero decorosa bata casera. Aliocha había observado, con una sonrisa inocente, que la señora de Khokhlakov coqueteaba, a pesar de su enfermedad: lucía lazos, cintas y otros vistosos adornos. Desde hacía dos meses, el joven Perkhotine la visitaba con frecuencia. Aliocha no había ido a verla desde hacía cuatro días. Al llegar se dirigió a las habitaciones de Lise, que el día anterior había enviado a decirle que fuera a verla sin pérdida de tiempo para tratar de un «asunto de gran importancia». Esta visita interesaba a Aliocha por ciertas razones. Pero mientras la doncella iba a anunciarlo, la señora de Khokhlakov, enterada de su llegada, lo requirió «sólo para un minuto». Aliocha consideró que lo mejor era atender enseguida a la madre, ya que, de lo contrario, estaría mandándole recados a cada momento. Tendida en la meridiana, vestida como para una fiesta, daba muestras de viva agitación. Acogió a Aliocha con gritos de entusiasmo.

—¡Hace un siglo que no lo veo! ¡Una semana entera! ¡Ah! Sé que vino usted hace cuatro días, el miércoles pasado. Ahora va usted a ver a Lise. Estoy segura de que habrá entrado de puntillas para que yo no le oyese. ¡Si supiera usted lo inquieta que estoy por ella, mi querido Alexei Fiodorovitch! Esto es lo principal, pero ya hablaremos de ello después. Le confío enteramente a mi Lise. Desaparecido el staretsZósimo, que descanse en paz —y se santiguó—, usted es para mí un asceta, aunque le sienta muy bien su nueva ropa. ¿Cómo ha podido encontrar un sastre tan bueno en nuestra localidad? Ya hablaremos de esto después; es un asunto sin importancia. Perdóneme que me permita llamarlo de vez en cuando, Aliocha. A una vieja como yo, todo se le puede consentir.

Sonrió, coqueta, y continuó:

—Pero dejemos también esto para después. Lo que más me interesa es no olvidarme de lo principal. Le ruego que me avise si divago. Desde el momento en que Lise ha retirado su promesa..., una promesa infantil, Alexei Fiodorovitch..., de casarse con usted, habrá comprendido que su palabra fue un capricho de muchacha enferma, de jovencita que ha permanecido largo tiempo en un sillón. Gracias a Dios, ahora ya puede andar. El nuevo médico que Katia ha hecho venir de Moscú para el asunto de su infortunado hermano, al que mañana... ¿Qué pasará mañana? Sólo de pensarlo, me siento morir. Sobre todo, de curiosidad... El caso es que ese doctor vino ayer a ver a Lise... Le pagué cincuenta rublos por la visita. Pero esto no importa ahora. Como ve, me he armado un lío. No sé por qué he de apresurarme. Ya no me acuerdo de dónde estaba. Lo veo todo como una enredada madeja. Temo enojarlo y que usted se vaya. No hablo con nadie más que con usted... ¿Dónde tengo la cabeza, Dios santo? Ante todo, hemos de tomar café. ¡Trae café, Julia!

Aliocha se apresuró a darle las gracias y a decirle que acababa de tomarlo.

—¿Dónde?

—En casa de Agrafena Alejandrovna.

—¿Ha tomado café con esa mujer? Ella es la causante de todo. Bien es verdad que he oído decir que su conducta actual es irreprochable; pero ya es un poco tarde. Esa conducta debió seguirla antes, cuando pudo serle de provecho. Ahora ya no le sirve para nada. Cállese, Alexei Fiodorovitch, pues tengo tantas cosas que decirle, que acabaré no diciendo ninguna... ¡Ese horrible proceso!... Yo iré sin falta; estoy dispuesta. Me llevarán en un sillón; puedo estar sentada. Ya sabe que estoy citada como testigo. ¿Qué diré? Lo ignoro. Hay que prestar juramento, ¿verdad?

—Sí, pero me parece que no podrá usted ir.

—Ya le he dicho que puedo estar sentada. ¡Oh, usted me aturde! Ese proceso, ese acto salvaje, esas personas que se van a Siberia, esas otras que se casan... ¡Y todo deprisa, deprisa! Y al fin todo el mundo envejece y mira hacia la tumba... ¡Ay, qué fatigada me siento! Esa Katia, cette charmante personne, me ha decepcionado. Se marchará con uno de sus hermanos a Siberia; el otro la seguirá y se instalará en la ciudad más próxima. Y todos ellos se amargarán la vida mutuamente. Todo esto me tiene trastornada. Pero lo que más me preocupa es la publicidad que se le ha dado. Se ha hablado del asunto miles de veces en los periódicos de Petersburgo y Moscú. E incluso se ha mezclado mi nombre con el de los protagonistas del suceso. Se ha dicho que yo era... una «buena amiga» de su hermano..., y digo «buena amiga» para no repetir el vil calificativo que se me ha aplicado.

—¡Es increíble! ¿Dónde se ha publicado eso?

—Lo va usted a ver. Ha aparecido en un periódico de Petersburgo que recibí ayer. Se titula Sloukhi, Rumores... Estos Rumores empezaron a publicarse hace meses. Como a mí me encanta la murmuración, me suscribí. Y ya lo ve: he quedado bien servida de rumores... Mire; aquí lo tiene; lea...

Entregó a Aliocha un periódico que sacó de debajo de la almohada.

La señora de Khokhlakov no estaba indignada, sino abatida. Como ella misma había dicho, en su cerebro reinaba la más completa confusión. El suelto era un buen ejemplo de murmuración periodística, y se comprendía que la hubiera impresionado. Pero, afortunadamente, en aquel momento era incapaz de concentrarse en nada; podía incluso olvidarse del periódico y pasar a otra cosa.

Aliocha estaba al corriente desde hacía tiempo de la resonancia que había adquirido el asunto en toda Rusia, y sólo Dios sabe las noticias imaginarias que, entre otras verídicas, había tenido ocasión de leer en los dos meses últimos sobre su hermano, sobre todos los Karamazov y acerca de él mismo. Un periódico incluso llegó a decir que Aliocha, aterrado por el crimen de su hermano, se había recluido en un convento. Otro desmentía este rumor y afirmaba que, en alianza con el staretsZósimo, había fracturado la caja del monasterio, tras lo cual se había dado a la fuga.

El suelto publicado en Sloukhi se titulaba: «Noticias de Skotoprigonievsk (éste es el nombre, que hemos ocultado hasta ahora, de la localidad en cuestión) sobre el proceso Karamazov.» La noticia era breve y el nombre de la señora de Khokhlakov no figuraba en ella. Se decía simplemente que el criminal al que se estaba a punto de juzgar con tanta ceremonia era un capitán retirado, insolente, holgazán y partidario de la esclavitud; que tenía enredos amorosos y contaba con la influencia de «ciertas damas a las que pesaba su soledad». Una de ellas, «viuda abrumada por el tedio» y que pretendía ser joven aunque tenía una hija mayor se había encaprichado de él hasta el extremo de ofrecerle, dos horas antes del crimen, tres mil rublos para partir en su compañía hacia las minas de oro. Pero el desalmado había preferido procurarse los tres mil rublos matando a su padre —contaba con la impunidad– que pasear por Siberia los encantos cuadragenarios de la dama. El alegre suelto terminaba, ¿cómo no?, con palabras de noble indignación contra la inmoralidad del parricida y de la servidumbre. Después de haber leído la noticia atentamente, Aliocha dobló el periódico y se lo devolvió a la señora de Khokhlakov.

—Como usted ve —dijo la dama—, el corresponsal se refiere a mí. En efecto, poco antes del crimen le aconsejé que se fuera a las minas de oro. ¿Pero quiere esto decir que le ofreciera mis «encantos cuadragenarios», como afirma ese informador? ¡Que el Juez Soberano le perdone esta calumnia como se la perdono yo! ¿Pero sabe usted de dónde ha salido todo esto? De su amigo Rakitine.

—Es posible —convino Aliocha—. Pero yo no he oído decir nada sobre ello.

—No me cabe duda de que todo ha sido cosa suya. Por algo le eché de mi casa. ¿Está usted enterado de esto?

—Sé que usted rogó que dejara de visitarla, pero los motivos exactos los ignoro. Por lo menos, no los sé por usted.

—Entonces, lo sabe por él. Por lo visto, va hablando mal de mí.

—En efecto; pero hay que tener en cuenta que él habla mal de todo el mundo. Rakitine no me ha dicho por qué lo echó usted de casa. Hablo con él raras veces. No somos amigos.

—Bien. Se lo voy a contar todo. Hay un punto sobre el que estoy arrepentida, porque me siento culpable. ¡Claro que es un detalle insignificante!

La señora de Khokhlakov adoptó un aire juvenil y dejó escapar una sonrisa enigmática.

—Yo sospecho que... Le advierto que le hablo como una madre... No, no; todo lo contrario: le hablo como una hija, pues una madre no pinta nada aquí... Mejor dicho, le hablo como le hablaría al staretsZósimo en confesión. La comparación es exacta, ya que acabo de llamarle asceta... Pues bien, he aquí que ese pobre muchacho... ¡Ah, no puedo enojarme con él!... En fin, en una palabra, ese atolondrado creyó..., por lo menos así me parece..., enamorarse de mí. Yo no me di cuenta de ello hasta algún tiempo después, hasta hace un mes aproximadamente. Entonces fue cuando empezó a visitarme con frecuencia. Antes ya nos conocíamos. Total, que yo no sospechaba nada, y de pronto tuve como un relámpago de clarividencia... Ya sabe usted que hace unos dos meses empecé a recibir en mi casa a Piotr Ilitch Perkhotine, ese hombre joven, cortés y modesto que es funcionario y desempeña su cargo en nuestra localidad. Usted se ha encontrado con él más de una vez. ¿Verdad que es un hombre inteligente y que va siempre bien vestido? A mí me encanta la juventud, Aliocha, cuando en ella se reúnen las dos cualidades de talento y modestia, como en usted... Perkhotine es poco menos que un hombre de Estado; hay que ver cómo habla. Lo recomendaría a cualquiera sin vacilar. Es un futuro diplomático. Aquel fatídico día casi me salvó la vida al venir a verme por la noche. En cambio, Rakitine va siempre arrastrando sus pesados zapatos por las alfombras... Bueno, el caso es que un día empezó a hacer ciertas alusiones. Una vez, mientras charlábamos, me apretó la mano con fuerza. Desde entonces tengo el pie malo. Ya se había encontrado con Piotr Ilitch en mi casa, y siempre, no sé por qué, sin motivo alguno, hablaba mal de él, lo censuraba implacablemente. Yo me limitaba a observarlos a los dos, riendo para mis adentros y preguntándome cómo terminaría la cosa. Un día en que me hallaba sola, más que sentada, echada, Mikhail Ivanovitch vino a verme, ¿y sabe usted lo que me trajo? Unos versos. Eran muy cortos y se referían a la enfermedad de mi pie. Escuche... ¿Cómo eran?... Me parece que...


»Ese piececito encantador

está un poco hinchado...


»o algo parecido. No me acuerdo bien. Los tengo allí; ya se los enseñaré. Son muy bonitos. No hablan de mi pie solamente. Son muy decentes y tienen un algo delicioso que en este momento no recuerdo. En fin, que son dignos de figurar en un álbum. Naturalmente, le di las gracias, y él se sintió halagado. Aún no había terminado de dárselas, cuando entró Piotr Ilitch. Mikhail Ivanovitch se puso tan sombrío como la noche. Advertí que Piotr Ilitch le molestaba. Mikhail Ivanovitch quería decirme algo, no cabía duda, después de leerme los versos..., sí, lo presentí, y he aquí que en ese momento entra Piotr Ilitch. Yo mostré a éste los versos sin decir de quién eran, pero él lo supuso en el acto, estoy segura, aunque lo ha negado siempre. Piotr Ilitch se echó a reír y empezó a criticar. Los versos eran malos; parecían escritos por un seminarista audaz. Entonces su amigo, en vez de echarse a reír, se encolerizó. ¡Dios mío, creí que iban a llegar a las manos!

»—Son míos —dijo el autor—. Los he escrito por puro entretenimiento, pues a mí me parece ridículo escribir versos... Pero éstos son buenos. Se quiere levantar una estatua a Pushkin por haber cantado los pies de las mujeres. Mis versos tienen un matiz moral. Usted, en cambio, no es más que un reaccionario, un ser refractario al progreso de la humanidad, ajeno a la evolución de las ideas, un burócrata que toma propinas.

»Entonces yo empecé a gritar, a suplicarles que se reportaran. Piotr Ilitch, bien lo sabe usted, no es un hombre asustadizo. Adoptó una actitud digna, lo miró irónicamente y le presentó excusas.

»—Ignoraba que fuera usted el autor —le dijo—. De lo contrario, me habría expresado de otro modo: habría alabado sus versos. Sé que los poetas son personas irascibles.

»En resumen, ironías expresadas con toda seriedad. Él mismo me confesó más tarde que ironizaba, pero yo me dejé engañar. Entonces yo estaba echada como estoy ahora y pensaba: “¿Debo poner en la calle a Mikhail Ivanovitch por las palabras groseras que, ha dirigido a un amigo mío en mi casa?” Puede creerme: estaba echada, con los ojos cerrados y sin conseguir tomar una decisión. Estaba desesperada, mi corazón latía con violencia. ¿Debía gritar o no debía gritar? Una voz me decía: “Grita.” Y otra me aconsejaba: “No grites.” Apenas oí esta segunda voz, empecé a gritar. Después perdí el conocimiento. Naturalmente, fue una escena espantosa. De pronto me levanté y dije a Mikhail Ivanovitch:

»—Lo lamento mucho, pero no quiero volver a verlo en mi casa.

»Éstas fueron las palabras con que lo puse en la calle. ¡Oh, Alexei Fiodorovitch! Sé muy bien que obré mal. Mentí: yo no estaba enojada contra él. Le despedí porque me pareció que la escena era muy apropiada a la situación... Desde luego, fue una escena muy natural, pues yo lloraba de veras, e incluso estuve varios días llorando. Al fin, un día después del desayuno me olvidé de todo. Hacía dos semanas que su amigo había dejado de visitarme. Yo me preguntaba: “¿Será posible que no vuelve más?” Esto fue ayer. Y he aquí que ayer mismo, por la tarde, recibí este ejemplar de Rumores. Lo leí y me quedé boquiabierta. ¿De dónde habría salido la noticia?... ¡De él! Apenas volvió a su casa, escribió esto y lo mandó al periódico. Reconozco que hablo atolondradamente, Aliocha; pero no lo puedo remediar...

—Se me va a hacer tarde para ir a ver a mi hermano —balbució Aliocha.

—Eso me recuerda una pregunta que quería hacerle. Dígame: ¿qué es la obsesión?

—¿A qué obsesión se refiere? —preguntó Aliocha, sorprendido.

—A la obsesión judicial, esa obsesión que da lugar a que todo se perdone. Cualquiera que sea el delito que uno comete, se le perdona.

—¿Por qué me hace esa pregunta?

—Se lo explicaré. Esa Katia es una criatura encantadora, pero ignoro de quién está enamorada. Estuvo aquí el otro día y no lo pude averiguar. Se limita a hablar en términos generales y especialmente de mi salud. Incluso adopta cierto tonillo afectado. Y yo me he dicho: «¡Alabado sea Dios!»... Bueno, volvamos a la obsesión. Ya sabe que ha venido de Moscú un doctor. Tiene que saberlo, puesto que lo ha traído usted... No, no: lo ha traído Katia. ¡Ah, siempre esa Katia! Bueno, a lo que íbamos. Un hombre es normal, pero de pronto sufre una obsesión; su lucidez era completa, se daba perfecta cuenta de sus actos, pero sufre una obsesión. Pues bien, esto es seguramente lo que le ha ocurrido a Dmitri Fiodorovitch. Es un descubrimiento y una ventaja de la nueva justicia. Ese doctor vino a visitarme y me hizo una serie de preguntas relacionadas con la noche fatídica, o sea sobre las minas de oro. «¿Cómo estaba entonces el acusado?» Yo le dije que no cabía duda de que estaba bajo los efectos de una obsesión. Esto era seguro, pues gritaba: «¡Quiero dinero, quiero dinero! ¡Deme tres mil rublos!» Y después se marchó y cometió el asesinato. «¡No quiero matar! ¡No quiero matar!», decía. Y, sin embargo, mató. Pero, aunque tratara, se le perdonará por su deseo de no matar.

—Es que él no mató —replicó en el acto Aliocha, cuya agitación e impaciencia iban en aumento.

—Ya lo sé. El asesino fue el viejo Grigori.

—¿Grigori?

—Sí, fue Grigori. Estuvo un rato sin conocimiento a causa del golpe que le propinó Dmitri Fiodorovitch.

—¿Pero por qué?

—Obró bajo el imperativo de una obsesión. Al volver en sí después de haber recibido el golpe en la cabeza, la obsesión le impulsó a cometer el crimen. Él dice que no lo cometió, pero puede ser que lo cometiera y no se acuerde... Pero, bien mirado, sería preferible que lo hubiera cometido Dmitri Fiodorovitch... Sí, aunque estoy acusando a Grigori, seguramente fue Dmitri el autor del delito, y esto es mejor, mucho mejor. Esto no quiere decir que yo apruebe que los hijos maten a sus padres. Por el contrario, creo que los hijos deben respetar a los autores de sus días. Pero es preferible que el culpable sea Dmitri, ya que en este caso no tendrá usted que preocuparse, puesto que habrá cometido el crimen inconscientemente, o tal vez conscientemente, pero sin saber por qué razón... Se le debe absolver, sería un acto humanitario, un ejemplo de los beneficios que se desprenden de la nueva justicia. Yo no sabía nada de esto. Me han dicho que es cosa antigua, pero yo no me enteré hasta ayer. Y me sentí tan impresionada, que de buena gana habría enviado en su busca enseguida. Si se le absuelve, lo invitaré a comer sin pérdida de tiempo, invitaré también a todas mis amistades y beberemos a la salud de los nuevos jueces. No creo que Dmitri sea peligroso; además, seremos tantos, que se le podría meter en cintura fácilmente si intentara cometer alguna locura. Andando el tiempo, podrá ser juez de paz o algo parecido, ya que los mejores magistrados son aquellos que han sufrido adversidades. El caso es que hoy en día no hay nadie que no tenga obsesiones. Las tiene usted, las tengo yo, y tantos y tantos otros... Un individuo se dispone a cantar una canción. De pronto, ve algo que lo enoja, empuña una pistola y mata al primero que llega. A este individuo se le absuelve. Lo he leído hace poco, y todos los doctores lo han confirmado. Ahora lo confirman todo. También Lise tiene obsesiones. Me hizo llorar ayer y anteayer. Hoy he comprendido que todo se debía a una simple obsesión... ¡Oh! Lise me preocupa mucho. A veces creo que ha perdido la razón. ¿Para qué le ha hecho venir? ¿O acaso ha venido por propia iniciativa?

—Lise me ha llamado y voy a ver qué quiere —dijo Aliocha resueltamente y poniéndose en pie.

La señora de Khokhlakov se echó a llorar.

—Hemos llegado al punto principal, mi querido Alexei Fiodorovitch. Bien sabe Dios que le confío sinceramente a Lise, y no me importa que le haya llamado a usted sin decírmelo. En cambio, a su hermano Iván..., usted me perdonará, pero no puedo confiarle así a mi hija, aunque lo considero como un ejemplo de caballerosidad entre los jóvenes de hoy. ¿Sabe usted que vino a ver a Lise sin que yo me enterase?

—¿Es posible? ¿Cuándo? —exclamó Aliocha, estupefacto.

—Se lo voy a contar todo. Aunque no me acuerdo bien, creo que por esto le he hecho venir. Iván Fiodorovitch me había visitado dos veces desde que llegó de Moscú. Primero vino simplemente para saludarme. La segunda visita ha sido reciente. Katia estaba aquí y él lo supo. Le advierto que yo no deseaba ver en mi casa con frecuencia a un hombre que tiene tan graves problemas con su hermano, vous comprenez, cette affaire et la mort terrible de votre papa. Pero, de pronto, supe que había venido nuevamente. Vino hace seis días, y no a verme a mí, sino a ver a Lise, con la que estuvo cinco minutos. Me enteré tres días después por una de mis sirvientas. La noticia me impresionó. Llamé enseguida a Lise, que se echó a reír.

»—Creyó que estabas durmiendo —me explicó—. Vino a preguntar por ti.

»Seguro que dijo la verdad. ¡Pero qué pena me da Lise, Dios mío! Hace cuatro días, por la noche, después de verlo a usted, tuvo un ataque de nervios. Gritaba, gemía... ¿Por qué no tendré yo nunca ataques de nervios? Al día siguiente y al otro se repitieron los ataques. Y ayer, la obsesión de que le he hablado. De pronto, empezó a gritar:

»—¡Detesto a Iván Fiodorovitch! ¡Te exijo que no lo vuelvas a recibir, que le prohíbas la entrada en esta casa!

»Yo le contesté, estupefacta:

»—¿Por qué tratar así a un joven que reúne tantos méritos, tan culto y además, tan desgraciado?

»Pues todas estas complicaciones son una desgracia más que otra cosa, ¿no le parece? Ella se echó a reír al oír mis palabras, se echó a reír con risa hiriente. Yo me alegré: creí que la había divertido y que los ataques cesarían. Por otra parte, yo había pensado poner, por mi propia iniciativa, punto final a las extrañas visitas que Iván Fiodorovitch había iniciado sin mi permiso. También me había propuesto pedirle explicaciones. Esta mañana, al despertar, Lise se ha enojado con Julia hasta el extremo de abofetearla. Comprenderá usted que esto es monstruoso. Yo trato de “usted” a mis sirvientas. Media hora después, mi hija abrazaba a Julia y le besaba los pies. Me envió a decir que no la esperase, que nunca más vendría a verme, y cuando fui, poco menos que arrastrándome, a sus habitaciones, se echó a llorar y me cubrió de besos. Después me empujó hacia la puerta sin decir palabra, de modo que no pude enterarme de nada. Ahora, querido Alexei Fiodorovitch, pongo todas mis esperanzas en usted. Mi destino está en sus manos. Le ruego que vaya a ver a Lise y aclare todo esto, como sólo usted sabe hacerlo, y luego haga el favor de venir a contármelo a mí, a la madre. Pues le aseguro a usted que si esto continúa me moriré o dejaré esta casa. No puedo más. Tengo mucha paciencia, pero podría perderla, y si la perdiese..., si la perdiese..., ¡ah, sería terrible!

De pronto, al ver entrar a Piotr Ilitch Perkhotine, exclamó radiante de alegría:

—¡Gracias a Dios que llega usted, Piotr Ilitch! Se ha retrasado bastante... Bueno, siéntese y hable.. ¿Qué dice nuestro abogado?... ¿Adónde va, Alexei Fiodorovitch?

—A ver a Lise.

—¡Ah, sí! Le suplico que no se olvide de mi encargo. Está en juego mi destino.

—No lo olvidaré... Es decir, si es posible, pues voy a ver a su hija con gran retraso —murmuró Aliocha mientras se alejaba.

—No admito ese «si es posible»; ha de venir sin falta —gritó a sus espaldas la señora de Khokhlakov—. ¡Si no viene, me moriré!

Pero Aliocha había desaparecido ya.

CAPITULO III



Un diablillo



Encontró a Lise recostada en el sillón en que la transportaban cuando no podía andar. Lise no se levantó al verlo aparecer, pero lo taladró con una mirada penetrante y ardiente. Aliocha se asombró del cambio que se había operado en ella desde que la había visto por última vez tres días atrás. Había adelgazado. Lise no le tendió la mano. Aliocha rozó con la suya los frágiles dedos, inmóviles sobre el vestido, y se sentó frente a ella sin decir palabra.

—Ya sé que tiene usted prisa —dijo de súbito Lise—. Ha de ir a la cárcel y mi madre lo ha retenido durante dos horas. Le ha hablado de Julia y de mí.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo he escuchado. ¿Por qué me mira usted así? Cuando quiero, escucho, pues no hay ningún mal en ello. No voy a pedir perdón por tan poca cosa.

—¿Está molesta por algo?

—Nada de eso: me siento perfectamente bien. Hace un momento estaba pensando por enésima vez lo acertada que estuve al retirar la palabra de matrimonio que le di. Usted no me conviene como marido. Si me casara con usted y le pidiera que llevara una misiva a un pretendiente mío, usted lo haría, e incluso me traería la respuesta. Y, cuando tuviera cuarenta años, seguiría sirviéndome de cartero para cartas de esta índole.

Y se echó a reír.

—Hay en usted algo maligno a la vez que ingenuo —dijo Aliocha sonriendo.

—Precisamente porque soy ingenua no siento vergüenza ante usted. No sólo no siento vergüenza, sino que no quiero sentirla. Oiga, Aliocha: ¿por qué no lo respetaré a usted? Lo aprecio mucho, pero no lo respeto. Si lo respetara, no le podría hablar sin avergonzarme, ¿no le parece?

—Sí.

—Entonces, ¿cree usted que su persona no me inspira vergüenza?

—No, no lo creo.

Lise se volvió a echar a reír nerviosamente. Hablaba muy deprisa.

—He enviado unos bombones a su hermano Dmitri, a la cárcel. ¡Oh, Aliocha! ¡Qué amable es usted! Siempre le querré por haberme permitido con tanta facilidad dejar de quererlo.

—¿Para qué me ha hecho venir?

—Para hablarle de un deseo que se ha adueñado de mí. Ansío que alguien me haga sufrir; que se case conmigo, me torture, me engañe y, al fin, me abandone. No quiero ser feliz.

—¿Está enamorada del desorden?

—Sí, me gusta el desorden. Quisiera prender fuego a la casa. Me parece estar viendo la escena. Le prendo fuego disimuladamente, sin que nadie lo advierta. Se lucha por apagar el incendio. La casa arde. Yo sé por qué arde, pero me callo. ¡Ah, qué estupidez! ¡Y qué horror!

Hizo un gesto de repugnancia.

—Usted vive como una persona rica —dijo Aliocha en voz baja.

—¿Acaso es mejor vivir como pobre?

—Sí.

—Eso se lo dijo su difunto starets, ¿verdad? Aunque sólo yo fuera rica y todos los demás pobres, comería golosinas, bebería licores y no invitaría a nadie. ¡No, no hable; no diga nada! —exclamó levantando la mano, aunque Aliocha no había abierto la boca—. Eso ya me lo ha dicho muchas veces; lo sé de memoria... ¡Qué fastidio! Si yo fuera pobre, mataría a alguien..., y acaso mate siendo rica... ¡No se mortifique!... Quiero segar, segar campos de trigo... Seré su esposa y usted se convertirá en un campesino, en un verdadero campesino... Y tendremos un caballo, ¿no le parece? ¿Conoce usted a Kalganov?

—Sí.

—Sueña despierto. Dice: «¿Para qué vivir? Es preferible soñar.» Se pueden soñar las cosas más alegres; la vida, en cambio, es un fastidio... Pronto se casará. A mí también se me ha declarado. ¿Usted sabe hacer bailar una peonza?

—Sí.

—Pues él es como una peonza. Hay que ponerlo en movimiento, lanzarlo y no dejarlo parar. Si me caso con él, lo estaré haciendo bailar toda la vida. ¿Le da vergüenza estar conmigo?

—No.

—Usted está disgustado conmigo porque no hablo de cosas santas. Yo no quiero ser santa. ¿Cómo se castiga en el otro mundo el pecado más grave? Usted ha de estar bien enterado.

—Dios condena —dijo Aliocha, mirándola fijamente.

—Eso es lo que quiero. Llegaré, me condenarán y me echaré a reír en la cara de todos. Quiero, deseo vivamente prender fuego a la casa, Aliocha, ¡a mi casa! ¿No me cree usted?

—¿Por qué no he de creerla? Hay niños que a los doce años sienten la necesidad de prender fuego a algo y lo prenden. Es una especie de enfermedad.

—No es cierto, no es cierto. Hay muchos niños así, pero el motivo es otro.

—Usted confunde el mal con el bien. Es un estado anormal pasajero, que procede sin duda de su reciente enfermedad.

—Usted me menosprecia. Yo no quiero hacer ningún bien, sencillamente; quiero obrar mal. No hay ninguna enfermedad en esto.

—¿Qué adelantará usted obrando mal?

—Destruirlo todo. ¡Cómo me gustaría destruirlo todo! Huya, Aliocha. A veces me acomete el deseo de hacer grandes males, las cosas más viles, durante largo tiempo, a escondidas... De pronto, todos se enterarán, me rodearán y me señalarán con el dedo. Y yo los miraré a la cara. Será muy agradable. ¿Por qué me será tan agradable, Aliocha?

—A veces se siente la necesidad de destruir algo bueno, de prender fuego a algo, como usted acaba de decir. Sí, eso suele suceder.

—No me contentaré con decirlo: lo haré.

—Lo creo.

—¡Ah, cuánto le agradezco esas palabras! “Lo creo”... Y estoy segura de que lo cree, porque usted no miente nunca. Pero acaso suponga que digo todo esto con el único fin de mortificarlo.

—No, no he pensado en ello..., aunque reconozco que es usted capaz de sentir esa necesidad.

—Hasta cierto punto, la siento —y añadió con un vivo resplandor en la mirada—: A usted no le miento nunca.

Lo que más impresionaba a Aliocha era la seriedad con que hablaba Lise. No había la menor sombra de malicia ni de burla en su rostro, siendo así que otras veces, incluso en los momentos más graves, conservaba la alegría.

—Hay momentos en que el hombre se siente atraído hacia el crimen —dijo Aliocha, pensativo.


    Ваша оценка произведения:

Популярные книги за неделю