355 500 произведений, 25 200 авторов.

Электронная библиотека книг » Федор Достоевский » Los hermanos Karamazov » Текст книги (страница 41)
Los hermanos Karamazov
  • Текст добавлен: 10 октября 2016, 05:12

Текст книги "Los hermanos Karamazov"


Автор книги: Федор Достоевский



сообщить о нарушении

Текущая страница: 41 (всего у книги 57 страниц)

—¡Es verdad! —exclamó Kolia echándose a reír—. ¡La pura verdad! ¡Bravo por el alemán! Sin embargo, ese cabeza cuadrada no se ha detenido a observar el lado favorable de nuestra conducta. ¿No lo ves tú así? Admito nuestra presunción, ya que es propia de la juventud. Pero esto se corrige, si verdaderamente hay que corregirlo. En compensación, ahí está el espíritu de independencia desde la más tierna infancia, la audacia de las ideas y las convicciones en vez del servilismo rastrero ante la autoridad de toda índole. No cabe duda de que el alemán ha dicho la verdad. ¡Bravo por el alemán! Sin embargo, hay que apretar los tornillos a los alemanes. Aunque sean unos sabios en las cuestiones científicas, hay que apretarles los tornillos.

—¿Por qué? —preguntó Aliocha con una sonrisa.

—Admito que soy un osado, una especie de enfant terrible, que no me detengo ante nada cuando una cosa me gusta y que digo las mayores tonterías... Pero, oye: estamos charlando desde hace un buen rato y ese doctor no termina su visita. A lo mejor, está reconociendo también a «mamá» y a Nina. Te confieso que Nina me ha encantado. Cuando he pasado junto a ella al salir de la habitación, me ha susurrado en un tono de reproche: «¿Por qué no has venido antes?» Me ha parecido que esa chica es toda bondad.

—Desde luego, tiene un gran corazón. Como desde ahora vendrás con frecuencia, ya la conocerás a fondo. Necesitas conocer personas así para aprender muchas cosas que sólo su compañía te puede enseñar.

Y Aliocha añadió calurosamente:

—No hay medio mejor para que te transformes.

—¡Qué arrepentido estoy de no haber venido antes! —exclamó Kolia amargamente.

—Sí, ha sido un error. Ya has visto la alegría que le has dado al pobre Iliucha. No puedes imaginarte cómo lo consumía el deseo de que vinieras.

—Calla: no aumentes mi pena... Pero lo tengo bien merecido. No he venido antes por culpa de mi orgullo, de mi egoísmo, de un bajo despotismo que nunca he podido acallar, pese a mi empeño en dominarlo. Ahora me convenzo de que soy un miserable en muchos aspectos.

—Nada de eso; posees excelentes prendas, pero las disfrazas —dijo Aliocha con calurosa franqueza—. Comprendo que hayas influido tan profundamente en ese muchacho de noble corazón y sensibilidad enfermiza.

—No esperaba oírte decir eso —declaró Kolia—. Desde que he llegado aquí, he pensado más de una vez que me despreciabas. Si supieras lo mucho que me importa tu opinión...

—¿Cómo es posible que seas tan desconfiado a tu edad? Hace un momento, viéndote y oyéndote hablar, me decía precisamente que debías de ser muy desconfiado.

—Lo creo. ¡Eres tan sagaz! Sin duda, ha sido cuando estaba refiriendo lo del ganso. Entonces me he dicho que debías de despreciarme profundamente al notar que me esforzaba por aparecer como un desalmado. Entonces te he detestado y he empezado a discursear. Después, cuando ya estábamos aquí y he dicho que si Dios no existía habría que inventarlo, me ha parecido que mi exhibición de cultura ha sido demasiado precipitada, ya que he leído esta frase en alguna parte. Pero te aseguro que no me ha impulsado la vanidad; lo he hecho no sé por qué, dejándome llevar de mi alegría... Sí, creo que mi alegría ha sido la culpable de todo. Claro que no es correcto molestar a las personas porque uno esté contento; esto ya lo sé. Pero también sé, y esto es una compensación para mí, que no me desprecias, que mis temores han sido falsos. ¡Oh, Karamazov! Soy profundamente desgraciado. A veces me imagino, sabe Dios por qué, que todo el mundo se burla de mí, y entonces me siento impulsado a trastornarlo todo.

—Y atormentas a los que te rodean —dijo Aliocha sin dejar de sonreír.

—Cierto, y sobre todo a mi madre. ¿Verdad, Karamazov, que te parezco ridículo?

—¡Eso ni pensarlo! —exclamó Aliocha—. Además, ¿qué es el ridículo? Nadie sabe cuándo un hombre es ridículo o lo parece. Además, actualmente casi todas las personas capacitadas temen demasiado al ridículo, y este temor las hace desgraciadas. Pero me asombra que tú padezcas de este mal que observo desde hace mucho tiempo sobre todo en los adolescentes. Es una especie de locura. El diablo se ha transformado en amor propio para apoderarse de la generación actual. Sí, el diablo —repitió Aliocha sin ironía, aunque Kolia, que lo miraba fijamente, creyó lo contrario—. Tú eres como todos, mejor dicho, como la mayoría. Y no hay que ser como todos.

—Pero si todos son así...

—Aunque todos sean así, tú debes procurar no ser como ellos. Bien mirado, tú no eres como todos, ya que no has vacilado en confesar un defecto, incluso un defecto ridículo. ¿Quién es hoy capaz de eso? Nadie, porque nadie siente la necesidad de condenarse a sí mismo. No seas como nosotros, aunque te quedes solo.

—Así lo haré... Te juzgué certeramente: sabes consolar. ¡Si supieras hasta qué punto me sentía atraído hacia ti, Karamazov! Hacía mucho tiempo que deseaba conocerte. ¿De veras deseabas también tú conocerme a mí? Hace un momento lo has dicho.

—Sí, oía hablar de ti y pensaba en ti... Y si es el amor propio el que te ha llevado a hacer esa pregunta, no importa.

—¿No has observado, Karamazov, que estas explicaciones parecen una declaración de amor? —preguntó Kolia en voz baja y como avergonzado—. ¿No es esto ridículo?

—De ningún modo —repuso Aliocha firmemente y con una radiante sonrisa—. Y aunque fuera ridículo no importaría, puesto que estamos obrando bien.

—Reconoce, Karamazov, que también tú estás un poco avergonzado. Lo veo en tus ojos.

Kolia sonreía, ladino y feliz.

—No sé por qué he de avergonzarme —dijo Aliocha.

—Sin embargo, has enrojecido.

—¡Porque tú me has hecho enrojecer! —exclamó Aliocha riendo y, en efecto, sonrojado. Un tanto aturdido, añadió—: En verdad, estoy un poco avergonzado, pero no sé por qué...

—En este momento te aprecio y te quiero mucho más —exclamó Kolia con vehemencia—, precisamente porque te sonrojas como yo, porque eres como yo.

Sus mejillas echaban fuego; sus ojos centelleaban.

—Oye, Kolia —dijo de pronto Aliocha—,vas a ser muy desgraciado en la vida.

—Lo sé, lo sé —respondió Kolia en el acto—. Todo lo adivinas.

—Sin embargo, la vida, el conjunto de la vida, merecerá tu bendición.

—¡De acuerdo! ¡Magnífico! ¡Eres un profeta! ¡Qué bien vamos a entendernos, Karamazov! ¿Sabes lo que más me gusta de ti? Que me trates como a un igual. Sin embargo, no somos iguales: tú eres superior a mí. Pero nos entenderemos. Hace un mes que me venía diciendo: «O nos haremos amigos enseguida y para siempre, o nos separaremos como enemigos para toda la vida.»

—Pensabas así porque ya me querías.

—Sí, sentía un gran afecto por ti, hasta soñaba contigo. Todo, todo lo adivinas... Mira, ya viene el doctor. Está diciendo algo al capitán. ¡Dios mío, qué cara pone!

CAPITULO VII



Iliucha



El doctor se dirigió a la puerta de la isba, bien envuelto en su abrigo y con el gorro encasquetado. En su semblante se reflejaba una contrariedad que estaba muy cerca de la indignación. Se diría que temía mancharse.

Paseó una mirada por el vestíbulo y la detuvo un momento, severamente, sobre Kolia y Aliocha. Éste hizo una seña al cochero, que acercó el coche a la puerta.

El capitán salió, presuroso, detrás del médico y, doblando la espalda, murmurando excusas, lo detuvo para hacerle las últimas preguntas. El infeliz estaba profundamente abatido; en su mirada se leía la desesperación.

—¿Es posible, excelencia, es posible?

No pudo continuar. Había enlazado las manos con un gesto de imploración y fijaba en el médico una mirada de súplica, como si una palabra de éste bastase para cambiar la suerte de su pobre hijo.

—Yo no puedo hacer nada —repuso el doctor, indiferente y con su habitual gravedad—. Yo no soy Dios.

—Doctor..., excelencia..., ¿será muy pronto?

—Esté preparado para todo —respondió el doctor, recalcando las palabras.

Después bajó los ojos y se dispuso a franquear el umbral para subir al coche. El capitán, aterrado, volvió a detenerlo.

—Por Dios, excelencia. ¿De verdad no se puede hacer nada, absolutamente nada, para salvarlo?

—Eso no depende de mí —contestó el doctor, impaciente. De pronto se detuvo y añadió—: Sin embargo, si usted pudiera enviar al enfermo inmediatamente a Siracusa... —el capitán se estremeció ante el tono, casi colérico, en que el doctor pronunció estas últimas palabras—. En tal caso, gracias al clima excelente del país, podría producirse un...

—¿A Siracusa? —preguntó el capitán como si no comprendiera.

—Siracusa está en Sicilia —dijo Kolia levantando la voz.

El doctor lo miró.

—¿En Sicilia? —exclamó el capitán, aterrado—. Pero su excelencia puede ver...

Sin separar las manos, el capitán se dirigía al interior de su hogar.

—¿Y mi mujer? ¿Y mi familia?

—Su familia no irá a Sicilia, sino al Cáucaso, en primavera; y cuando su esposa haya tomado allí las aguas para curarse del reumatismo, habrá que enviarla a Paris sin pérdida de tiempo, a la clínica de Lepelletier, especialista en enfermedades mentales, a quien la puedo recomendar... Si procede usted de este modo, podrá producirse...

—Pero, doctor; ya ve usted que...

El capitán mostró de nuevo, con un gesto de desesperación, las desnudas paredes del vestíbulo.

—Eso no es de mi incumbencia —manifestó el doctor con una sonrisa—. Me he limitado a decirle lo único que puede responder la ciencia a su pregunta de si se puede hacer algo más. Lamentándolo mucho, los demás problemas que pueda usted tener...

—No tema, «curandero», mi perro no le morderá —dijo Kolia, volviendo a levantar la voz, al ver que el médico miraba con recelo a Carillón, echado en el umbral. Su acento era mordaz. Poco después, Kolia manifestó que había llamado «curandero» al doctor porque sabía que esto era para él un insulto.

—¿Qué dices? —preguntó el médico, mirando a Kolia sorprendido—. ¿Quién es? —inquirió dirigiéndose a Aliocha en el tono del que pide cuentas.

—Soy el dueño de Carillón, curandero. Mi identidad no importa.

¿Carillón?—preguntó el doctor sin comprender.

—Adiós, curandero. Ya nos veremos en Siracusa.

—¿Pero quién es éste? —exclamó el doctor, iracundo.

—Es un colegial, doctor —dijo Aliocha, malhumorado—, un chico travieso. No le haga caso... ¡Silencio, Kolia! —Y volvió a decir al doctor, sin disimular su enojo—: No le haga caso.

—Merece que lo azoten, ¡que lo azoten! —exclamó el doctor, furioso.

—Le advierto, curandero, que Carillónpodría morderlo —dijo Kolia, pálido, con voz trémula y ojos centelleantes—. ¡Aquí, Carillón!

—¡Kolia! —gritó Aliocha—. Si dices una palabra más, rompo contigo para siempre.

—Curandero, sólo hay una persona en el mundo que puede mandar a Nicolás Krasotkine: aquí está —dijo señalando a Aliocha—. Me someto. Adiós.

Abrió la puerta y volvió a entrar en la habitación. Carillónse lanzó en pos de él. El doctor estuvo un instante petrificado, miró a Aliocha, escupió y exclamó:

—¡Es intolerable!

El capitán lo siguió servilmente. Aliocha entró también en la habitación. Kolia estaba ya al lado del enfermo. Éste le tenía cogido de la mano y llamaba a su padre. El capitán volvió enseguida.

—Papá, papá, ven aquí —dijo Iliucha, agitado—. Yo...

Pero no tuvo fuerzas para continuar. Tendió sus esqueléticos bracitos, rodeó con ellos a Kolia y a su padre y, uniéndolos a los dos en un solo abrazo, los estrechó contra su pecho. El capitán fue sacudido por un llanto silencioso. Kolia estaba a punto de echarse a llorar.

—¡Qué pena me das, papá! —gimió Iliucha.

—Iliucha, mi querido Iliucha... El doctor ha dicho... que te curarás... ¡Qué felices vamos a ser!

—Papá, sé muy bien lo que el doctor ha dicho de mí —declaró Iliucha—. Lo he visto en su cara.

Lo apretó de nuevo con todas sus fuerzas y escondió la cara en el hombro de su padre.

—No llores, papá. Cuando me muera, adopta a otro niño. Que sea un buen chico. El mejor que encuentres. Llámale Iliucha y quiérelo como me quieres a mí.

—¡Cállate! —ordenó Krasotkine bruscamente—. ¡Te curarás!

—Pero a mí no me olvides nunca, papá —continuó Iliucha—. Ven a mi tumba. Entiérrame cerca de nuestra gran piedra, la que visitábamos en nuestros paseos, y ve allí por las tardes con Krasotkine y Carillón... Os esperaré, papá.

Su voz se apagó. Los tres permanecieron abrazados, sin decir nada. Nina lloraba silenciosamente en su sillón, y «mamá», viendo que todos lloraban, empezó a sollozar también.

—¡Iliucha! ¡Iliucha! —gritaba.

Krasotkine se desprendió del brazo de Iliucha.

—Adiós, muchacho; mi madre me está esperando para almorzar —dijo atropelladamente—. Es una lástima que no la haya advertido. Ya estará inquieta por mi tardanza. Después de almorzar volveré, y estaré contigo toda la tarde. Te contaré muchas cosas. Traeré a Carillón. Ahora me lo llevo, porque si lo dejara, al no verme, empezaría a aullar y te molestaría. Hasta luego.

Salió corriendo al vestíbulo. No quería llorar, pero al fin no pudo contenerse. Llorando lo encontró Aliocha.

—Kolia —encareció Karamazov—. Has de hacer honor a tu palabra y volver esta tarde. Si no vienes, le darás un gran disgusto.

—¡Claro que vendré! —murmuró Kolia sin ocultar sus lágrimas—. ¡Qué arrepentido estoy de no haber venido antes!

En este momento apareció el capitán. Cerró la puerta de la habitación a sus espaldas. En sus ojos había una expresión de desvarío; sus labios temblaban. Se detuvo ante los dos jóvenes y levantó los brazos.

—No quiero ningún buen chico, no quiero ningún otro —murmuró, desesperado, con acento feroz—. «Si lo olvido, Jerusalén, que la lengua se me pegue al paladar...»

No pudo seguir, le faltó la voz y se echó de bruces en un banco de madera que tenía a su lado. Con la cabeza entre los puños empezó a sollozar y gemir, ahogando sus lamentos para que no llegaran a la habitación de Iliucha. Kolia corrió hacia la puerta.

—¡Adiós, Karamazov! —dijo rudamente—. ¿Vendrás tú también?

—Al atardecer, sin falta.

—¿Qué ha dicho de Jerusalén?

—Es una frase inspirada en la Biblia. «Si lo olvido, Jerusalén...». Ha querido decir que si olvida lo que más ama, se le castigue con la muerte.

—Comprendido. No dejes de venir. ¡Vamos, Carillón! —ordenó, furioso, a su perro.

Y se alejó a largos pasos.

LIBRO XI



IVÁN FIODOROVITCH


.


CAPITULO PRIMERO



En casa de Gruchegnka



Aliocha se dirigió a la plaza de la Iglesia, donde vivía Gruchegnka, que aquella mañana le había enviado a Fenia para rogarle que fuera a verla lo antes posible. Aliocha supo por la sirvienta que Gruchegnka estaba agitadísima desde el día anterior.

Durante los dos meses que llevaba Mitia detenido, Aliocha había visitado con frecuencia la casa de Morozov, unas veces por impulso propio y otras atendiendo a los deseos de su hermano. Tres días después del drama, Gruchegnka cayó enferma de gravedad y hubo de guardar cama durante cinco semanas, la primera sin conocimiento.

Gruchegnka había cambiado mucho. Estaba más delgada y había perdido el color. Hasta quince días después de haberse puesto enferma no pudo salir a la calle. Para Aliocha, Gruchegnka estaba entonces más seductora. Durante sus conversaciones con ella, le encantaba que las miradas de los dos se cruzasen. Los ojos de la enferma habían cobrado un matiz de resolución, una expresión serena pero inflexible, que se manifestaba en todo su ser. Entre sus cejas había aparecido un ligero pliegue vertical que daba a su hermoso rostro una expresión reconcentrada y algo severa a primera vista. De su reciente frivolidad no quedaba el menor rastro.

Para asombro de Aliocha, Gruchegnka conservaba la alegría de siempre, a pesar de su infortunio —su compromiso matrimonial con un hombre al que momentos después detendrían como presunto culpable de un crimen horrendo– y pese también a su enfermedad y a que la condena del acusado parecía segura. De su mirada había desaparecido la altivez, para ceder su puesto a una especie de brillante dulzura a la que a veces se mezclaban maléficos resplandores. Esto ocurría cuando la asaltaba cierta inquietud, que, lejos de calmarse, se avivaba en su corazón. La causante del mal era Catalina Ivanovna, a la que Gruchegnka nombraba durante su enfermedad, en los momentos de delirio. Aliocha comprendió que la enferma estaba celosa, aunque Catalina no había visitado ni una sola vez a Mitia en la cárcel, cosa que podía haber hecho perfectamente. Todo esto ponía a Aliocha en un verdadero compromiso. Gruchegnka le confiaba todos sus problemas, cosa que no hacía con nadie, y le pedía consejo tras consejo. A veces, él no sabía qué decirle.

Aliocha llegó a casa de Gruchegnka visiblemente preocupado. Hacía media hora que la joven había vuelto de la prisión, y a él le bastó ver la prisa con que ella se levantaba e iba a su encuentro para deducir que lo estaba esperando con impaciencia.

En la mesa había una baraja y en el diván de cuero arreglado para servir de cama estaba recostado Maximov, enfermo, desfallecido, pero sonriente. Este viejo sin hogar había llegado hacía dos meses de Mokroie con Gruchegnka y no se había separado de ella desde entonces. Después del viaje sobre el barro y bajo la lluvia, se había sentado en el diván, petrificado por el frío y el miedo. Luego había dirigido a Gruchegnka una mirada silenciosa, acompañada de una sonrisa de imploración. La joven, abrumada por el pesar y por la fiebre que ya se había apoderado de ella y dominada por otras preocupaciones, no le hizo caso al principio; pero después, de pronto, le miró fijamente, y él le correspondió con un gesto de turbación y una sonrisa lastimosa. Gruchegnka llamó a Fenia y le dijo que le diera de comer. Durante todo el día, Maximov guardó una inmovilidad casi completa. Al anochecer, Fenia cerró las ventanas y preguntó a su ama:

—¿Ha de quedarse a dormir este señor?

—Sí —respondió Gruchegnka—; hazle la cama en el diván.

Por las respuestas que recibió a sus preguntas, Gruchegnka comprendió que Maximov no tenía adónde ir.

—El señor Kalganov, mi protector, me ha dicho francamente que no volverá a recibirme. Y me ha dado cinco rublos.

—¡Qué le vamos a hacer! —exclamó Gruchegnka con una sonrisa de compasión.

Esta sonrisa conmovió al viejo, cuyos labios temblaron de emoción. Así fue como Maximov se quedó en casa de Gruchegnka en calidad de parásito. Ni siquiera durante la enfermedad de la joven dejó la casa. Fenia y su abuela —la cocinera– no lo echaron, sino que siguieron dándole de comer y haciéndole la cama en el diván. Gruchegnka se acostumbró a él, y cuando volvía de visitar a Mitia, al que había empezado a ir a ver apenas se repuso de su enfermedad, se entretenía comentando nimiedades con «Maximuchka» para olvidar sus penas. Resultó que el viejo tenía cierto talento narrativo; así que incluso llegó a no poder pasar sin él. Aparte Aliocha, cuyas visitas eran siempre breves, Gruchegnka apenas recibía a nadie. El viejo comerciante Samsonov estaba gravemente enfermo, «se iba», según la expresión que circulaba por la ciudad. Efectivamente, falleció tres días después de verse la causa contra Mitia.

Tres semanas antes de su muerte, presintiendo su próximo fin, Samsonov llamó a sus hijos, que acudieron con sus familias, y les pidió a todos que no se separasen de su lado. Seguidamente ordenó a los domésticos que no permitiesen la entrada a Gruchegnka, en caso de que se presentara con la intención de verle, y que le dijeran de su parte que le deseaba muchos años de vida feliz y que no lo olvidara por completo.

Pero Gruchegnka se limitaba a enviar casi todos los días a preguntar por él.

—¡Al fin has llegado! —exclamó la joven alegremente al ver aparecer a Aliocha—. Maximuchka me ha asustado diciéndome que no vendrías más. No te puedes figurar la falta que me haces. Siéntate. ¿Quieres café?

—Desde luego —repuso Aliocha sentándose—. Estoy hambriento.

—¡Fenia, Fenia; café! Hace rato que está hecho... ¡Trae también empanadillas calientes...! Tengo que contarte algo sobre estas empanadillas, Aliocha. Se las he llevado a Mitia a la cárcel, y las ha rechazado. Incluso ha pisoteado una. Yo le he dicho: «Se las dejo a tu guardián. Si no las aceptas, habrás de alimentarte de tu maldad.» Luego me he marchado. Una vez más hemos reñido: cada visita una riña.

Gruchegnka hablaba con agitación. Maximov bajó los ojos, sonriendo tímidamente.

—¿Pero cuál ha sido la causa de la riña de hoy? —preguntó Aliocha.

—Algo completamente inesperado para mí. ¡Está celoso de mi primer amor! Me ha dicho que no sabe por qué he de alimentarlo, de gastar dinero con él. ¡Siempre está celoso! La semana pasada lo estuvo hasta de Kuzma.

—Pero mi hermano conoce al polaco.

—Claro que lo conoce. Está enterado de nuestras relaciones desde el principio. Hoy me ha insultado. Me da vergüenza repetir sus palabras. ¡El muy imbécil! Rakitka se marchaba cuando yo he llegado. Él debe de haber sido el causante de su excitación. ¿No lo crees también tú?

—Te ama y ha perdido el dominio de sus nervios.

—¿Cómo podía conservarlo sabiendo que lo van a juzgar mañana? Precisamente he ido a darle ánimos. Pues lo confieso, Aliocha, que me aterra pensar lo que mañana puede ocurrir. Dices que está nervioso. ¡También lo estoy yo! ¡Pensar en el polaco! ¡Qué imbecilidad! ¡Menos mal que Maximuchka no tiene celos!

—También mi mujer estaba celosa —observó Maximov.

Gruchegnka se echó a reír sin poder contenerse.

—¿Celosa de ti? ¿Y de quién tenía celos?

—De las sirvientas.

—¡Calla, Maximuchka! No tengo humor para bromas. Y no mires las empanadillas: te podrían sentar mal. Mi casa se ha convertido en un hospital.

Gruchegnka dijo esto sonriendo. Maximov lloriqueó:

—No merezco sus cuidados; soy un ser insignificante. Dedique sus atenciones a quien pueda serle más necesario que yo.

—¡Calla, Maximuchka! ¡Todos somos necesarios! Pero es muy difícil saber quién lo es más y quién lo es menos. ¡Si no existiera ese polaco...! También él dice que hoy está enfermo. He ido a visitarlo. Le mandaré empanadillas. Nunca lo había hecho, pero ya que Mitia me ha acusado de hacerlo, lo haré. Aquí viene Fenia con una carta. Será de los polacos; volverán a pedirme dinero.

Era el panMusalowizc, en efecto, el que le escribía. En una larga y ampulosa carta le rogaba que le prestase tres rublos. Con la carta le enviaba un recibo en el que se comprometía a devolver en el plazo de tres meses la cantidad solicitada. El panWrublewski firmaba también. Gruchegnka había recibido ya de Musalowizc muchas cartas con reconocimientos de deuda semejante. Las peticiones habían empezado hacía dos semanas, al iniciarse la convalecencia de Gruchegnka. Ésta sabía que los dos panowiese habían presentado en la casa para preguntar por ella durante su enfermedad. La primera carta fue escrita en una hoja de gran tamaño y en ella figuraba un sello familiar. Era larga y prolija. Gruchegnka sólo leyó la mitad y la tiró sin haberla comprendido. Acabó por reírse de estas cartas. A la primera siguió otra un día después, en la que el panMusalowizc pedía un préstamo de dos mil rublos. Gruchegnka la dejó, como la anterior, sin respuesta. A continuación recibió una serie de misivas en las que la suma solicitada iba disminuyendo gradualmente. De cien rublos bajó a veinticinco, y de veinticinco a diez. Finalmente, Gruchegnka recibió una carta en la que los panowiemendigaban un rublo y le enviaban un recibo firmado por los dos. La joven se compadeció de pronto y, al atardecer, fue a casa de los polacos. Los encontró en la más negra miseria: hambrientos, sin fuego, sin tabaco y en deuda con la patrona. Los doscientos rublos ganados a Mitia se habían esfumado rápidamente. Sin embargo, Gruchegnka fue recibida por los panowie—cosa que le sorprendió, como es natural– con gentil arrogancia. Esto le hizo gracia. Dio diez rublos a su «ex amor» y, entre risas, se lo contó todo a Mitia, que no demostró ni sombra de celos. Desde entonces, los panowieno dieron tregua a Gruchegnka: la bombardearon a diario con sus demandas de dinero, y ella siempre les enviaba algo. Y he aquí que, inesperadamente, Mitia se había mostrado ferozmente celoso.

Gruchegnka continuó, trivial y voluble:

—Como una tonta, he pasado por casa de Musalowizc al saber que estaba enfermo, y luego se lo he contado entre risas a Mitia. «Mi polaco —le he dicho– me ha cantado, acompañándose con la guitarra, las mismas canciones que me cantaba en otro tiempo. Por lo visto, quería enternecerme.» Y entonces Mitia ha empezado a insultarme... Por eso voy a mandar ahora mismo empanadillas a los polacos... Fenia, da tres rublos a la muchacha que han enviado y entrégale también una docena de empanadillas envueltas en un papel. Y tú, Aliocha, ya le contarás esto a Mitia.

—¡Eso nunca! —dijo Aliocha sonriendo.

—¿Crees que le importa? —exclamó Gruchegnka, amargada—. Se finge celoso, pero en el fondo se burla de mí.

—¿De modo que sus celos te parecen una ficción?

—¡Pues claro! ¡Qué ingenuo eres, Aliocha! Con todo tu talento, no comprendes nada. Sus celos no me ofenderían; lo que me ofende es que no los tenga. Yo soy así. Admito los celos, porque yo misma soy celosa. Lo que me molesta es que no me ame y, sin embargo, quiera darme celos. ¿Crees que soy ciega? No hace más que alabar a Katia en mi presencia: que si ha hecho venir de Moscú a un especialista famoso, que si ha llamado al mejor abogado de Petersburgo para que lo defienda... Estos elogios en mi presencia demuestran que la ama. Se siente culpable ante mí y se anticipa a acusarme para ocultar su culpa. «Has tenido relaciones con el polaco antes que conmigo. Por lo tanto, bien puedo tenerlas yo ahora con Katia.» No es más que esto. Quiere echar toda la culpa sobre mí. Por eso me insulta. Y yo...

No pudo continuar. Se llevó el pañuelo a los ojos y se echó a llorar.

—Mitia no quiere a Catalina Ivanovna —dijo Aliocha firmemente.

—Pronto sabré si la quiere o no —replicó Gruchegnka con voz amenazadora.

Su rostro se transfiguró. Ante su gesto de sombría indignación, Aliocha se sintió profundamente apenado.

—¡No más tonterías! —exclamó Gruchegnka de pronto—. No te he hecho venir para que soportes mis lágrimas. ¿Qué pasará mañana, mi querido Aliocha? Esto es lo que me inquieta. Estoy sola. Los demás no piensan en el juicio de Mitia: no les interesa. Pero a ti sí que debe interesarte. ¿Cuál será el resultado, Señor? El asesino es ese lacayo. ¿Es posible que se permita condenar a Mitia, que nadie salga en su defensa? ¿Se ha pensado en Smerdiakov?

—Lo han interrogado largamente, y todos han llegado a la conclusión de que no es el culpable. Desde que tuvo los últimos ataques está gravemente enfermo.

—¡Dios mío! Debes ir a ver al abogado e informarlo de todo. Creo que ha costado tres mil rublos hacerlo venir de Petersburgo.

—Sí, eso se le ha pagado. Entre Iván, Catalina Ivanovna y yo hemos reunido los tres mil rublos. Al especialista lo ha hecho venir Katia por su exclusiva cuenta, lo que le ha supuesto un gasto de dos mil rublos. El abogado, Fetiukovitch, habría pedido más si este asunto no se hubiera divulgado por toda Rusia; ha aceptado más por la gloria que por el dinero. Ayer fui a visitarlo.

—¡Ah!, ¿sí? ¿Y qué te dijo?

—Me escuchó en silencio. Luego me hizo saber que ya tiene formada su propia opinión, pero me prometió que tendría en cuenta cuanto le había dicho.

—¡Que tendría en cuenta! ¡Qué cretinos! Perderán a tu hermano. ¿Para qué ha traído Katia al especialista?

—Para que intervenga como perito. Pretenden demostrar —Aliocha sonrió tristemente– que Mitia está loco y que cometió el crimen en un ataque de demencia. Pero mi hermano no aceptará esta solución.

—Eso podría admitirse si fuera él el asesino. Tu hermano estaba loco entonces, completamente loco... ¡Y todo por culpa mía! ¡Soy una infame!... Pero Mitia no es el asesino aunque todo el mundo lo crea. Incluso Fenia ha hecho una declaración que parece presentar a tu hermano como culpable. Y también le acusan los de la tienda, y ese funcionario, y los clientes de la taberna, que fueron los primeros en oír sus bravatas.

—Sí —dijo Aliocha, amargado—. Las declaraciones adversas son numerosas.

—Y Grigori Vasilitch insiste en que la puerta estaba abierta y afirma que la vio. No hay medio de sacarlo de su ofuscación. He ido a hablar con él, e incluso me ha insultado.

—Ciertamente, esa declaración es la que más perjudica a mi hermano —dijo Aliocha.

—Yo creo que Mitia está verdaderamente trastornado —declaró Gruchegnka, preocupada y en un tono misterioso—. Hace tiempo que quería decírtelo, Aliocha. Voy a verlo todos los días y esto desconcertada. Dime qué te parece a ti, qué significan esas cosa raras que ahora dice y repite. Al principio creí que se trataba d algo profundo y que estaba fuera de mis alcances, pero hoy ha sido distinto: me ha hablado de un «pequeñuelo». «¿Por qué es pobre esa criaturita? Por ella voy a ir a Siberia. Yo no he matado a nadie pero es preciso que vaya a Siberia.» ¿A qué criaturita se refiere. ¿Qué habrá querido decir? No he comprendido absolutamente nada. Me he echado a llorar, y él ha llorado conmigo. Hemos llora do los dos, y él me ha besado y hecho sobre mí la señal de la cruz ¿Qué significa esto, Aliocha? ¿Quién es esa «criaturita»?

—Rakitine lo visita casi a diario —dijo Aliocha sonriendo. Pero esto no es cosa de Rakitine. Ayer no fui a ver a Mitia. Iré hoy.

—El que lo trastorna no es Rakitka, sino Iván Fiodorovitch Ha ido a visitarlo y...

Gruchegnka enmudeció repentinamente. Aliocha la miró, sorprendido.

—¿Cómo? ¿Iván va a verlo? Mitia me ha dicho que no lo ha visto ni una sola vez.

—¡Qué tonta soy! —exclamó Gruchegnka, enrojeciendo—. Se me ha ido la lengua... En fin, Aliocha, ya que he empezado, te lo voy a contar todo. Iván ha ido dos veces a verle; la primera, apena volvió de Moscú, y la segunda, hace ocho días. Lo ha visitado a escondidas y ha prohibido a Mitia que te lo dijera.

Aliocha estuvo un momento pensativo. La noticia lo había impresionado profundamente.

—Iván no me ha dicho nada de Mitia. Bien es verdad que hablo poco con él. Cuando iba a verlo, tenía la impresión de que no me recibía a gusto; por eso no he ido a visitarlo desde hace tres semanas... ¿Dices que lo ha visto hace ocho días?... Pues hace precisamente una semana que Mitia ha cambiado.

—Sí —dijo con vehemencia Gruchegnka—. Tienen un secreto Mitia me lo ha dicho. Es un secreto que lo atormenta. Antes estaba siempre contento. Ahora sigue estándolo, pero cuando empieza mover la cabeza, a ir de un lado a otro, a retorcerse el pelo de la sienes, puedo decir con toda seguridad que está agitado. Por otra parte, incluso hoy estaba a ratos contento.


    Ваша оценка произведения:

Популярные книги за неделю