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Los hermanos Karamazov
  • Текст добавлен: 10 октября 2016, 05:12

Текст книги "Los hermanos Karamazov"


Автор книги: Федор Достоевский



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Volvimos a casa. Mi padrino no cesaba de gruñir, y yo lo abrazaba. Mis compañeros fueron informados aquel mismo día de todo y se reunieron para juzgarme.

—Ha deshonrado el uniforme. Debe dimitir.

Algunos me defendieron.

—Ha esperado a que disparasen contra él.

—Sí, pero no ha tenido valor para exponerse a nuevos disparos y ha pedido perdón sobre el terreno.

—Si le hubiese faltado valor —dijo uno de mis defensores—, habría disparado antes de pedir perdón. Lejos de hacerlo, arrojó al suelo la pistola cargada. No, no ha sido falta de valor. Ha ocurrido algo que no comprendemos.

Yo los escuchaba y los miraba regocijado.

—Queridos amigos y compañeros: no os preocupéis por mi dimisión, pues ya la he presentado. Sí, la he presentado esta mañana, y, cuando se me admita, ingresaré en un convento. Sólo con este fin he dimitido.

Al oír estas palabras, todos se echaron a reír.

—¡Haber empezado por ahí! Así todo se comprende. No se puede juzgar a un monje.

No cesaban de reír, pero sin burlarse, con una alegría bondadosa. Todos, sin excluir a mis más implacables acusadores, me miraban con afecto. Luego, durante todo el mes, hasta que pasé a la reserva, me pareció que me paseaban en triunfo.

—¡Mirad a nuestro monje!

Todos tenían para mí palabras amables. Trataban de disuadirme, incluso me compadecían.

—¿Sabes lo que vas a hacer?

Otro decía:

—Es un valiente. Habían disparado contra él y él podía disparar, pero no lo hizo porque la noche anterior había tenido un sueño que le impulsó a ingresar en un convento. Ésta es la clave del enigma.

Algo parecido ocurrió en la sociedad local. Hasta entonces no se me había prestado en ella demasiada atención: me recibían cordialmente y nada más. Ahora todos querían trabar amistad conmigo e invitarme. Se reían de mí, pero con afecto. Aunque se hablaba sin reservas de nuestro duelo, la cosa no había tenido consecuencias, pues mi adversario era pariente próximo de nuestro general, y como no se había derramado sangre y yo había dimitido, se tomó todo a broma. Entonces empecé a hablar en voz muy alta y sin temor alguno, a pesar de las risas que mis palabras levantaban, ya que no había en ellas malicia alguna. Conversaba especialmente con las damas, pues me escuchaban con gusto y obligaban a los hombres a escucharme.

—¿Cómo puedo yo ser culpable ante todos? —me preguntaban, riéndose en mis narices—. Dígame: ¿soy culpable ante usted, por ejemplo?

—Es muy natural que no pueda responderse usted a esas preguntas —les contestaba yo—, pues el mundo entero avanza desde hace tiempo por un camino de perdición. Nos parece verdad la mentira y exigimos a los demás que acepten nuestro modo de ver las cosas. Por primera vez he decidido obrar sinceramente, y ustedes me han tomado por loco. Me tienen simpatía, pero se burlan de mí.

—¿Cómo no sentir simpatía hacia usted? —dijo la dueña de la casa riendo con amable franqueza.

La concurrencia era numerosa. De pronto vi que se levantaba la mujer causante de mi duelo y a la que yo había pretendido hasta hacía poco. No me había dado cuenta de su llegada. Vino hacia mí y me tendió la mano.

—Permítame decirle —declaró– que, lejos de reírme de usted, le estoy verdaderamente agradecida y que me inspira respeto su modo de proceder.

Su marido se acercó a mí, y todas las miradas se concentraron en mi persona. Se me mimaba y yo me sentía feliz. En este momento me abordó un señor de edad madura, que atrajo toda mi atención. Sólo le conocía de nombre: nunca había hablado con él.


d) El visitante misterioso


Era funcionario y ocupaba desde hacía mucho tiempo un puesto importante en nuestra sociedad local. Gozaba del respeto de todos, era rico y tenía fama de altruista. Había hecho donación de una importante cantidad al hospicio y al orfanato y realizaba en secreto otras muchas obras de caridad, cosa que se supo después de su muerte. Contaba unos cincuenta años, tenía un aspecto severo y hablaba poco. Se había casado hacía diez años con una mujer todavía joven y tenía tres hijos de corta edad. Al día siguiente por la tarde, cuando me hallaba en mi casa, la puerta se abrió y entró el caballero que acabo de describir.

Debo advertir que mi alojamiento no era ya el de antes. Tan pronto como se aceptó mi dimisión me instalé en casa de una señora de edad, viuda de un funcionario, cuya doméstica me servía, pues el mismo día de mi desafío había enviado a Atanasio a su compañía, sin atreverme a mirarle a la cara después de lo sucedido, lo que demuestra que el laico desprovisto de preparación religiosa puede avergonzarse de los actos más justos.

—Hace ya varios días —me dijo al entrar– que le escucho con gran curiosidad. Deseo que me honre usted con su amistad y que conversemos detenidamente. ¿Quiere usted hacerme ese gran favor?

—Con mucho gusto —le respondí—. Será para mí un verdadero honor.

De tal modo me impresionó aquel hombre desde el primer momento, que me sentía un tanto atemorizado. Aunque todos me escuchaban con curiosidad, nadie me había mirado con una expresión tan grave. Además, había venido a mi casa para hablar conmigo.

Después de sentarse continuó:

—He observado que es usted un hombre de carácter, ya que no vaciló en decir la verdad en una cuestión en que su franqueza podía atraerle el desprecio general.

—Sus elogios son exagerados.

—Nada de eso. Lo que usted hizo requiere mucha más resolución de la que usted supone. Esto es lo que me impresionó y por eso he venido a verle. Tal vez mi curiosidad le parezca indiscreta, pero quisiera que me describiera usted sus sensaciones, en caso de que las recuerde, al decidir pedir perdón a su adversario en el terreno del duelo. No atribuya usted mi pregunta a ligereza. Es todo lo contrario. Se la hago con un fin secreto que seguramente le explicaré muy pronto, si Dios quiere que se entable entre nosotros una verdadera amistad.

Yo lo escuchaba mirándolo fijamente. De pronto sentí hacia él una confianza absoluta, al mismo tiempo que una viva curiosidad, pues percibí que su alma guardaba un secreto.

—Desea usted conocer mis sensaciones en el momento en que pedí perdón a mi adversario —dije—, pero será preferible que antes le refiera ciertos hechos que no he revelado a nadie.

Le describí mi escena con Atanasio y le dije que finalmente me había arrodillado ante él.

—Esto le permitirá comprender —terminé– que durante el duelo mi estado de ánimo había mejorado mucho. En mi casa había empezado a recorrer un nuevo camino y seguía adelante, no sólo libre de toda preocupación, sino alegremente.

El visitante me escuchó con atención y simpatía.

—Todo esto es muy curioso —dijo—. Volveré a visitarle.

Desde entonces vino a verme casi todas las tardes. En seguida habríamos trabado estrecha amistad si mi visitante me hubiera hablado de sí mismo. Pero se limitaba a hacerme preguntas sobre mí. No obstante, le tomé afecto y le abrí mi corazón. Me decía en mi fuero interno: «No necesito que me confíe sus secretos para estar persuadido de que es un hombre justo. Además, hay que tener en cuenta que es una persona sería y que viene a verme, a escucharme, a pesar de que tiene bastante más edad que yo.»

Aprendí mucho de él. Era un hombre de gran inteligencia.

—Yo también creo desde hace mucho tiempo que la vida es un paraíso —me dijo un día, mirándome y sonriendo—. Estoy incluso más convencido que usted, como le demostraré cuando llegue el momento.

Entonces me dije: «No cabe duda: tiene que hacerme una revelación.»

—Todos —continuó– llevamos un paraíso en el fondo de nuestro ser. En este momento yo llevo el mío dentro de mí y, si quisiera, mañana mismo podría convertirlo en realidad para toda mi vida.

Me hablaba afectuosamente, mirándome con una expresión enigmática, como si me interrogase.

—En cuanto a la culpabilidad de cada hombre ante todos, no sólo por sus pecados, sino por todo, sus juicios son justos. Es asombroso que haya podido concebir esta idea con tanta amplitud. Comprenderla supondrá para los hombres el advenimiento del reino de los cielos, no como un sueño, sino como una auténtica realidad.

—¿Pero cuándo llegará ese día? —exclamé, apenado—. Acaso esa idea no pase nunca de ser un sueño.

—¿Cómo es posible que no crea usted lo que predica? Ha de saber que ese sueño se realizará, pero no ahora, cuando todo está regido por leyes. Es un fenómeno moral, psicológico. Para que el mundo se renueve es preciso que los hombres cambien de rumbo. Mientras cada ser humano no se sienta verdaderamente hermano de su prójimo, no habrá fraternidad. Guiándose por la ciencia y el interés, los hombres no sabrán nunca repartir entre ellos la propiedad y los derechos; nadie se sentirá satisfecho y todos murmurarán, se envidiarán, se exterminarán... Usted se pregunta cuándo se realizará su ideal. Pues bien, se realizará cuando termine la etapa del aislamiento humano.

—¿El aislamiento humano? —pregunté.

—Sí. Hoy reina en todas partes y no ha llegado aún la hora de su fin. Hoy todos aspiran a separar su personalidad de las demás personalidades, gozar individualmente de la plenitud de la vida. Sin embargo, los esfuerzos de los hombres, lejos de alcanzar sus fines, conducen a un suicidio total, ya que, en vez de conseguir la plena afirmación de su personalidad, los seres humanos caen en la soledad más completa. En nuestro siglo, todos los hombres se han fraccionado en unidades. Cada cual se aísla en su agujero, se aparta de los demás, se oculta con sus bienes, se aleja de sus semejantes y aleja a sus semejantes. Amasa riquezas él solo, se felicita de su poder y de su opulencia, y el insensato ignora que cuantas más riquezas reúne, más se hunde en una impotencia fatal. Porque se ha habituado a contar sólo consigo mismo y se ha desligado de la colectividad; se ha acostumbrado a no creer en la ayuda mutua, ni en su prójimo, ni en la humanidad, y tiembla ante la sola idea de perder su fortuna y los derechos que ésta le otorga. Hoy el espíritu humano empieza a perder de vista en todas partes, cosa ridícula, que la verdadera garantía del individuo radica no en su esfuerzo personal aislado, sino en su solidaridad. Este terrible aislamiento terminará algún día, y entonces todos los hombres comprenderán que su separación es contraria a todas las leyes de la naturaleza, y se asombrarán de haber permanecido tanto tiempo en las tinieblas, sin ver la luz. Y en ese momento aparecerá en el cielo el signo del Hijo del Hombre... Pero hasta entonces habrá que tener guardado el estandarte y predicar con el ejemplo, aun siendo uno solo el que lo haga. Ese uno deberá salir de su aislamiento y acercarse a sus hermanos, sin detenerse ante el riesgo de que le tomen por loco. Hay que proceder de este modo para evitar que se extinga una gran idea.

Estas conversaciones apasionantes ocupaban enteramente nuestras vidas. Incluso abandoné a la sociedad, a la que sólo acudía de tarde en tarde. Por otra parte, empecé a pasar de moda. No lo digo en son de queja, pues todos seguían demostrándome afecto y mirándome con buenos ojos; pero no cabe duda de que la moda desempeña un papel preponderante en el mundo. Acabé por sentirme entusiasmado ante mi misterioso visitante: su inteligencia me seducía. Además, mi intuición me decía que aquel hombre tenía algún proyecto, que se preparaba para realizar algún acto heroico. Sin duda, sabía que yo no tenía el propósito de desvelar su secreto, y que ni siquiera aludiría a él. Finalmente, advertí que le atormentaba el deseo de hacerme una confidencia. Esto ocurrió al cabo de un mes aproximadamente.

—¿Sabe usted —me preguntó un día– que somos el blanco de la curiosidad general? Mis frecuentes visitas a esta casa han atraído la atención de la gente... En fin, pronto se explicará todo.

A veces, le asaltaba repentinamente una agitación extraordinaria. Entonces casi siempre se levantaba y se iba. En otras ocasiones, fijaba en mí una mirada larga y penetrante. Yo me decía: «Ahora va a hablar.» Pero se arrepentía y empezaba a comentar algún hecho sin importancia.

Se quejaba de dolores de cabeza. Un día, tras una charla larga y vehemente, vi que palidecía de pronto. Sus facciones se contrajeron y me miró con gesto huraño.

—¿Qué le ocurre? —le pregunté—. ¿Se siente mal?

—No, es que yo... es que yo... he cometido un asesinato.

Hablaba sonriendo. Estaba blanco como la cal. Antes de que en mi pensamiento se restableciera el orden, una pregunta atravesó mi cerebro. «¿Por qué sonreirá?» Y también yo palidecí.

—¿Habla en serio? —exclamé.

Mi visitante seguía sonriendo tristemente.

—Me ha costado empezar, pero continuar no me será difícil.

Al principio no lo creí. Sólo le di crédito al cabo de tres días, cuando me lo hubo contado todo detalladamente. Empecé creyendo que estaba loco; después, con dolor y sorpresa, me convencí de que decía la verdad.

Hacía catorce años había asesinado a una dama rica, joven y encantadora, viuda de un terrateniente, que poseía una finca en los alrededores de nuestra ciudad. Se enamoró de ella apasionadamente, le declaró su amor y le pidió que se casara con él. Pero ella había entregado ya su corazón a otro, a un distinguido oficial que estaba en campaña y que había de regresar muy pronto. Rechazó la petición del pretendiente y le rogó que dejara de visitarla. El despechado conocía la disposición de la casa, y una noche se introdujo en ella. Atravesó el jardín y subió al tejado, con una audacia increíble, exponiéndose a que lo descubrieran. Pero suele ocurrir que los crímenes más audaces son los que más éxito tienen. Entró en el granero por un tragaluz y bajó a las habitaciones por una escalerilla, sabiendo que los sirvientes no cerraban siempre con llave la puerta de comunicación. Contó —y acertó– con la negligencia de los criados. A través de las sombras, se dirigió al dormitorio, donde ardía una lamparilla. Como hecho adrede, las dos doncellas habían salido a escondidas para asistir a una fiesta en casa de una amiga. Los demás domésticos estaban acostados en la planta baja. Al ver dormida a la dama, su pasión se despertó; después, los celos y el deseo de venganza se adueñaron de él y lo llevaron a clavarle un cuchillo en el corazón. Ella ni siquiera pudo gritar.

Con infernal astucia, hizo todo lo necesario para que las sospechas recayeran en los sirvientes. Se apoderó del monedero de la víctima, abrió la cómoda con las llaves que encontró bajo la almohada y robó, como un criado ignorante, el dinero y las joyas, eligiendo éstas por su volumen: desdeñó las más preciosas y tampoco tocó los valores. Se llevó también algunos recuerdos de los que hablaré más adelante. Realizada la fechoría, salió de la casa por el mismo camino que había seguido para entrar. Ni al día siguiente, cuando se conoció el hecho, ni más adelante tuvo nadie la menor idea de quién era el verdadero culpable. Se ignoraba su pasión por la víctima, pues era un hombre taciturno, encerrado en sí mismo y que no tenía amistades. Se le consideraba simplemente como conocido de la muerta, a la que, por cierto, no había visto desde hacía quince días. Se sospechó inmediatamente de un criado llamado Pedro, y todas las circunstancias contribuyeron a confirmar estas sospechas, pues el tal Pedro sabía que la dueña del lugar estaba decidida a incluirlo entre los reclutas que debía entregar, ya que era soltero y de mala conducta. Estando ebrio, había amenazado de muerte a una persona en la taberna. Dos días antes del asesinato había desaparecido y, al siguiente, lo encontraron en las cercanías de la ciudad, junto a la carretera, borracho perdido. Llevaba un cuchillo encima y en su mano derecha había manchas de sangre. Dijo que había sufrido un derrame nasal, pero no lo creyeron. Las doncellas declararon que habían salido y que habían dejado la puerta exterior abierta para poder entrar cuando regresaran. Se acumularon otros indicios análogos, que provocaron la detención del criado inocente. Se instruyó un proceso, pero, transcurrida una semana, el procesado contrajo unas fiebres y murió en el hospital sin haber recobrado el conocimiento. El sumario se archivó, se puso la causa en manos de Dios, y todos, jueces, autoridades y público, quedaron convencidos de que el autor del crimen había sido el difunto sirviente.

Entonces empezó el castigo. El misterioso visitante, ya unido a mí por lazos de amistad, me explicó que al principio no había sentido el menor remordimiento. Se limitaba a lamentar haber matado a una mujer querida, ya que, al darle muerte, había matado a su propio amor, un amor apasionado que hacía circular por sus venas una corriente de fuego. Casi se olvidaba de que había derramado sangre inocente, de que había dado muerte a un ser humano. No podía tolerar la idea de que su víctima hubiera sido la esposa de otro. Así, estuvo mucho tiempo convencido de que había obrado como tenía que obrar. La detención del criado le inquietó en el primer momento, pero su enfermedad y su muerte le tranquilizaron, ya que el desgraciado había muerto no a causa de la acusación que pesaba sobre él, sino por efecto de una pulmonía, contraída al permanecer toda una noche tendido sobre la tierra húmeda. El robo de joyas y dinero no le inquietaba, puesto que no había obrado por codicia, sino para alejar de si las sospechas. La cantidad era insignificante. Además, pronto entregó una suma mayor a un hospicio que se había fundado en nuestra ciudad. Hizo esto para descargar su conciencia, y lo consiguió —cosa notable– para mucho tiempo. Por su propia conveniencia, redobló sus actividades. Consiguió que le confiasen una ardua misión que duró dos años, y, gracias a la entereza de su carácter, casi se olvidó de su delito. A ello le ayudó su empeño de apartar de su mente la ingrata idea. Se dedicó a las buenas obras a hizo muchas en nuestra localidad. Su fama de filántropo llegó a las capitales, y en Petersburgo y en Moscú fue nombrado miembro de varias instituciones benéficas.

Al fin, se sintió dominado por vagas y dolorosas preocupaciones que eran superiores a sus fuerzas. Entonces se prendó de una encantadora muchacha con la que se casó muy pronto, con la esperanza de que el matrimonio, al poner fin a su soledad, disiparía sus angustias, y de que, al entregarse de lleno a sus deberes de esposo y de padre, desterraría los malos recuerdos. Pero sucedió todo lo contrario de lo que él esperaba. Desde el primer mes de matrimonio empezó a obsesionarle una idea atormentadora. «Mi mujer me quiere, pero ¿qué sucedería si lo supiera todo?» Cuando su esposa le anunció que estaba encinta de su primer hijo, él se turbó. «Yo que he quitado la vida, ahora la doy.» Cuando ya tenía más de un hijo, se preguntó: «¿Cómo puedo atreverme a quererlos, a educarlos, a hablarles de la virtud, yo que he matado?» Sus hijos eran hermosos. Anhelaba acariciarlos. «No puedo mirar sus caras inocentes; no soy digno de mirarlas.» Finalmente tuvo una visión siniestra y amenazadora de la sangre de su víctima, que clamaba venganza; de la vida joven que había aniquilado. Empezó a tener horribles pesadillas. Su entereza de ánimo le permitió resistir largo tiempo este suplicio. «Este sufrimiento secreto es la expiación de mi crimen.» Pero esta idea era una vana esperanza: su sufrimiento iba aumentando a medida que pasaba el tiempo. La gente lo respetaba por sus actividades filantrópicas, aunque su cara sombría y su carácter severo inspiraban temor. Pero cuanto más crecía este general respeto, más intolerable le resultaba. Me confesó que había pensado en el suicidio. Otra idea empezó a torturarle, una idea que al principio le pareció descabellada y absurda, pero que acabó por formar parte de su ser hasta el punto de no poder expulsarla. Esta idea fue la de confesar públicamente su crimen. Pasó tres años presa de esta obsesión que se presentaba de diversas formas. Al fin, creyó con toda sinceridad que esta confesión descargaría su conciencia y le devolvería la paz interior para siempre. Pero, pese a esta seguridad, se sintió atemorizado. ¿Cómo lo haría? Entonces se produjo el incidente de mi desafío.

—Ante su conducta —me dijo—, he decidido no retrasar mi confesión.

—¿Cómo es posible —exclamé juntando las manos– que un suceso tan insignificante haya engendrado semejante determinación?

—La tengo tomada desde hace tres años. Su conducta sólo ha servido para darle impulso.

Añadió rudamente:

—Al conocerlo a usted, me he colmado a mí mismo de reproches y le he envidiado.

—Pero han pasado ya catorce años: nadie le creerá.

—Tengo pruebas abrumadoras. Las exhibiré.

Me eché a llorar y lo abracé.

—Sólo quiero que me aconseje sobre un punto —me dijo como si todo dependiera de mi—. ¡Mi mujer, mis hijos...! Ella acaso muera de pesar. Mis hijos conservarán su categoría social, su fortuna; pero siempre serán los hijos de un presidiario. Y ya puede usted suponer el recuerdo que esos niños guardarán de mí.

Yo no respondí.

—Además, me resisto a separarme de ellos, a dejarlos para siempre...

Yo decía mentalmente una oración. Al fin, me levanté, aterrado.

—Contésteme —me dijo, mirándome fijamente.

—Haga su confesión pública —repuse—. Todo pasa; sólo la verdad permanece. Cuando sean mayores, sus hijos comprenderán la nobleza de su acto.

Al marcharse, no daba la menor muestra de irresolución. Sin embargo, estuvo quince días viniendo a verme todas las noches. Se preparaba para cumplir su propósito, pero no se decidía. Sus palabras me llenaban de angustia. A veces llegaba con un gesto de resolución y me decía, enternecido:

—Estoy seguro de que cuando lo haya confesado todo, me parecerá vivir en un paraíso. Durante catorce años he vivido en un infierno. Quiero sufrir. Cuando acepte este sufrimiento, empezaré a vivir. Ahora no me atrevo a amar al prójimo, no me atrevo a amar ni siquiera a mis hijos. Señor, estos niños se percatarán de lo mucho que he sufrido y no me censurarán.

—Todos comprenderán su proceder, si no ahora, más adelante, pues usted habrá rendido un servicio a la verdad, a la verdad superior, que no es la verdad de este mundo.

Se marchaba aparentemente consolado, pero volvía al día siguiente con semblante huraño, pálido y expresándose con amarga ironía.

—Cada vez que entro aquí, usted me observa con curiosidad. «¿Todavía no ha dicho nada?», parece preguntarme. Tenga calma y no me desprecie. No es tan fácil como usted supone. A lo mejor, no hago mi confesión nunca. Usted no me denunciará, ¿eh?

¡Denunciarle yo, que, lejos de sentir una curiosidad maligna, ni siquiera me atrevía a mirarle! Me sentía afligido, atormentado, con el alma llena de lágrimas. Por las noches no podía dormir.

—Hace un momento estaba con mi mujer. ¿Sabe usted lo que es una esposa? Al marcharme, me han gritado los niños: «Adiós, papá. Vuelve pronto para darnos clase de lectura.» No, usted no puede comprender esto. Las desgracias ajenas no nos instruyen.

Sus ojos centelleaban, temblaban sus labios. De pronto, aquel hombre tan reposado dio un fuerte puñetazo en la mesa. Todo lo que había sobre ella tembló.

—¿Debo denunciarme a mí mismo? ¿Es necesario que lo haga? No se ha condenado a nadie por mi crimen, no se ha enviado a nadie a presidio. El criado murió de enfermedad. He expiado con mis sufrimientos la sangre vertida. Por otra parte, no se me creerá, no se dará crédito a mis pruebas. ¿Debo confesar? Estoy dispuesto a expiar mi crimen hasta el fin con tal que no repercuta en mi mujer y mis hijos. ¿Es justo que los haga partícipes de mi perdición? ¿No sería esto un delito? ¿Dónde está la verdad? ¿Es capaz la gente de reconocerla, de apreciarla?

Yo me dije: «¡Pensar en la opinión ajena en estos momentos... !»

Me inspiraba tanta compasión, que de buena gana habría compartido su suerte sólo por aliviarlo. El pobre estaba profundamente trastornado. Me estremecí, pues lo comprendía y me daba perfecta cuenta de lo que para él suponía tomar semejante determinación.

—¡Dígame lo que debo hacer! —exclamó.

—Vaya a entregarse —murmuré con acento firme, aunque me faltaba la voz.

Cogí de la mesa la Biblia y le mostré el evangelio de San Juan, señalándole el versículo 24 del capítulo 12, que dice:

«En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo caído en la tierra no muere, quedará solo; pero si muere, producirá mucho fruto.»

Cuando él llegó, yo acababa de leer este versículo. Él lo leyó también.

—Es una gran verdad —dijo con una amarga sonrisa. Y añadió tras una pausa—: Es tremendo lo que dicen estos libros. Se le pueden poner a uno ante las narices. ¿Es posible que los escribieran los hombres?

—Todo fue obra del Espíritu Santo.

—Es muy fácil hablar —dijo, sonriendo de nuevo, pero casi con odio.

Volví a coger el libro, lo abrí por otra página y le mostré la Epístola a los Hebreos, capítulo 10, versículo 31.

«Es terrible caer en las manos de Dios viviente.»

Apartó de sí el libro, temblando.

—Es un versículo aterrador. ¡Bien ha sabido usted escogerlo!

Se levantó.

—Bueno, adiós. Acaso ya no vuelva a venir. Ya nos veremos en el paraíso. Sí, hace ya catorce años que «caí en manos de Dios viviente». Mañana suplicaré a estas manos que me suelten.

Mi deseo era abrazarlo, besarlo, pero no me atrevía. Daba pena ver sus facciones contraídas. Se marchó.

«¡Señor! —me dije—. ¿Adónde irá?»

Caí de rodillas ante el icono y rogué por él a la Santa Madre de Dios, mediadora y auxiliadora. Pasé una media hora entre lágrimas y rezos. Era ya tarde, casi medianoche. De pronto, se abrió la puerta. Era él. No pude ocultar mi sorpresa.

—¿Usted? —exclamé.

—Creo que me he dejado aquí el pañuelo... Pero eso poco importa: aunque no me lo hubiera dejado, permítame que me siente.

Se sentó. Yo permanecí en pie ante él.

—Siéntese usted también.

Lo hice. Estuvimos así dos largos minutos. Él me miraba fijamente. De pronto, sonrió. Después me estrechó entre sus brazos y me besó.

—Acuérdate de que he venido sólo para volver a verte. ¿Entiendes? Acuérdate.

Era la primera vez que me tuteaba. Se marchó. Yo me dije: «Mañana...» Y acerté. Como no me había movido de casa en los últimos días, ignoraba que al siguiente se celebraba su cumpleaños. Asistió toda la ciudad y la fiesta transcurrió como todas las de este género. Después del banquete, se situó en medio de la sala, entre sus invitados. Tenía en sus manos un escrito dirigido a sus superiores, que estaban presentes. Empezó a leer para toda la concurrencia. El escrito era un relato detallado de su crimen. Sus últimas palabras fueron: «Como corresponde a un monstruo, me separo de la sociedad. Dios me ha visitado. Quiero sufrir.» Seguidamente depositó sobre la mesa las pruebas guardadas durante catorce años: las joyas robadas a la víctima para desviar las sospechas, un medallón y una cruz que la muerta llevaba al cuello, su cuaderno de notas y dos cartas, una de su prometido, en la que le anunciaba su próxima llegada, y la de respuesta que ella había empezado con el propósito de cursarla al día siguiente. ¿Por qué se había apoderado de estas dos cartas y las había conservado durante catorce años, en vez de destruirlas, para presentarlas como pruebas? ¿Qué significaba esto? Todos se estremecieron de asombro y horror, pero no lo creyó nadie. Se le escuchó con extraordinaria curiosidad, como se escucha a un enfermo. Días después, todo el mundo había convenido que aquel hombre estaba loco.

Sus superiores y la justicia se vieron obligados a llevar adelante el asunto, pero pronto se archivó el proceso. Aunque las cartas y objetos presentados eran dignos de tenerse en cuenta, se estimó que, aun suponiendo que estas pruebas fuesen auténticas, no podían servir de base para una acusación en toda regla. La misma difunta podía habérselas confiado. Supe que su autenticidad había sido confirmada por numerosas amistades de la víctima. Pero tampoco esta vez llegaría el asunto a su fin. Cinco días después se supo que el infortunado estaba enfermo y que se temía por su vida. De su enfermedad sólo sé que se atribuía a trastornos cardíacos. A petición de su esposa, los médicos examinaron su estado mental y llegaron a la conclusión de que estaba loco. Yo no presencié ninguno de estos hechos. Sin embargo, me abrumaban a preguntas. Intenté visitarlo, pero se me negó la entrada. Esta prohibición duró largo tiempo, especialmente por la voluntad de su esposa.

—Ha sido usted —me dijo ésta– el que ha provocado su ruina moral. Mi marido fue siempre un hombre taciturno. En este último año su agitación y su extraña conducta han sorprendido a todo el mundo. Ha sido usted el causante de su perdición. Durante el mes pasado no ha cesado usted de inculcarle sus ideas. Mi esposo le ha visitado a diario.

No era sólo su mujer la que me acusaba, sino también todos los habitantes de la ciudad.

—La culpa es suya —me decían.

Yo callaba, con el corazón lleno de gozo por esta manifestación de la misericordia divina ante un hombre que se había condenado a sí mismo. No creí en su locura. Al fin me permitieron entrar en su casa. Él lo había pedido insistentemente, con el deseo de despedirse de mí. En seguida vi que sus días estaban contados. Era visible su agotamiento. Tenía la tez amarilla y las manos temblorosas. Respiraba con dificultad. Sin embargo, su mirada estaba saturada de emoción y de alegría.

—Ya está hecho —me dijo—. Hace tiempo que deseaba verte. ¿Por qué no has venido?

No quise decirle que no me habían permitido entrar.

—Dios se ha compadecido de mí y me llama a su lado. Sé que voy a morir, pero me siento feliz y tranquilo por primera vez desde hace muchos años. Después de mi confesión me sentí como en un paraíso. Ahora ya me atrevo a querer a mis hijos y a abrazarlos. Nadie me cree, nadie me ha creído; ni mi esposa ni los jueces. Mis hijos no lo creerán nunca. Veo en ello una prueba de la misericordia divina hacia esas criaturas. Heredarán un nombre sin tacha. Ahora presiento a Dios. Mi corazón rebosa de gozo... He cumplido con mi deber.

Estuvo unos momentos jadeante, sin poder hablar. Me estrechaba las manos, me miraba con un brillo de exaltación en los ojos. Pero no pudimos seguir hablando mucho tiempo. Su mujer nos vigilaba furtivamente. No obstante, mi amigo pudo murmurar:

—¿Te acuerdas de aquella vez que volví a tu casa a medianoche? ¿Te acuerdas de que te dije que no lo olvidaras? Pues bien, ¿sabes por qué volví? Porque había decidido matarte.


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