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Los hermanos Karamazov
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Текст книги "Los hermanos Karamazov"


Автор книги: Федор Достоевский



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Kolia empezó por examinar minuciosamente el ferrocarril y su funcionamiento, a fin de poder deslumbrar a sus camaradas con sus nuevos conocimientos. Entre tanto, se unió a un grupo de seis o siete chiquillos de doce a quince años, dos de ellos procedentes de la ciudad y los demás del pueblo. La alegre banda se dedicaba a toda suerte de travesuras y pronto surgió en ella la idea de hacer una apuesta verdaderamente estúpida en la que la cantidad apostada eran dos rublos. Kolia, que era uno de los más jóvenes del grupo, en un alarde de amor propio o de temeridad, apostó a que permanecería echado entre los raíles, sin moverse, mientras el tren de las once de la noche pasaba sobre él a toda marcha. Verdaderamente, un examen previo le había permitido comprobar que una persona podía aplanarse sobre el suelo, entre los raíles, sin que el tren ni siquiera rozara su cuerpo. ¡Pero qué momento tan terrible pasaría! Kolia juró hacerlo. Se burlaron de él y le llamaron fanfarrón, lo que lo excitó más todavía. Aquellos muchachos de quince años se mostraban verdaderamente arrogantes. Al principio, incluso se habían resistido a considerarle como un camarada. Fue una ofensa intolerable.

Una noche sin luna se fueron a una versta de la estación, donde el tren habría tornado ya velocidad. A dicha hora Kolia se echó entre los raíles. Los cinco que habían apostado contra él se colocaron al pie del talud, entre la maleza, y allí esperaron, con el corazón latiéndoles con violencia, y pronto atenazados por el espanto y el remordimiento. No tardaron en oír que el tren se ponía en marcha. Dos luces rojas aparecieron en las tinieblas. El monstruo de hierro se acercaba ruidosamente.

—¡Huye! ¡Huye! —gritaron los cinco espectadores, aterrados.

Pero ya no había tiempo. El tren pasó y desapareció. Los cinco muchachos corrieron hacia Kolia. Lo encontraron exánime y empezaron a sacudirlo y a levantarlo. De pronto, Kolia se puso en pie y dijo que había fingido un desvanecimiento para asustarlos. Sin embargo, era verdad que se había desvanecido, como él mismo confesó días después a su madre.

Esta proeza cimentó definitivamente su fama de héroe. Volvió a su casa blanco como la cal. Al día siguiente tuvo fiebre, a consecuencia de su excitación nerviosa. Sin embargo, estaba contento. El suceso se divulgó en la ciudad y llegó a conocimiento de las autoridades escolares. La madre de Kolia fue a pedirles que perdonaran a su hijo. Al fin, un profesor estimado e influyente, Dardanelov, salió en su defensa y ganó la causa. El asunto no tuvo consecuencias. Este Dardanelov, soltero y todavía joven, estaba enamorado desde hacía largo tiempo de la señora de Krasotkine. Hacía un año, temblando de emoción, se había atrevido a ofrecerle su mano, pero ella lo rechazó, pues casarse en segundas nupcias le parecía cometer una traición contra su hijo. Sin embargo, ciertos indicios permitían al pretendiente decirse que no era del todo antipático a aquella viuda encantadora, aunque exageradamente casta y delicada. La loca temeridad de Kolia rompió el hielo, pues tras la intervención de Dardanelov, éste advirtió que podía alimentar ciertas esperanzas. No obstante, como él era también un ejemplo de castidad y delicadeza, se conformó con esta esperanza remota que le hacía feliz. Quería al muchacho, pero consideraba una humillación adularlo, y se mostraba con él severo y exigente.

Kolia también mantenía a su profesor a distancia. Hacía perfectamente sus deberes, ocupaba el segundo puesto y todos sus compañeros estaban convencidos de que en historia universal aventajaba al mismo Dardanelov. Esto quedó demostrado una vez que Kolia preguntó al profesor quién había fundado Troya. El profesor repuso con una serie de consideraciones acerca de los pueblos y sus emigraciones, la noche de los tiempos y las leyendas, pero no pudo responder concretamente a la pregunta sobre la fundación de Troya. Incluso llegó a decir que la cuestión carecía de importancia. Los alumnos quedaron convencidos de que el profesor ignoraba por completo quién había fundado la famosa ciudad. Kolia se había informado de este acontecimiento en una obra de Smagaradov que figuraba en la biblioteca de su padre. Todos acabaron por interesarse en la fundación de Troya, pero Kolia Krasotkine guardó su secreto. Su prestigio quedó intacto.

Tras el incidente del ferrocarril, se produjo un cambio en la actitud de Kolia hacia su madre. Cuando Ana Fiodorovna se enteró de la proeza de su hijo, estuvo a punto de perder la razón. Durante varios días sufrió fuertes ataques de nervios. Kolia se asustó hasta el punto de que le prometió, bajo palabra de honor, no cometer de nuevo semejante locura. Lo juró de rodillas ante el icono y por la memoria de su padre, tal como la señora de Krasotkine le exigió. La escena fue tan emocionante, que el intrépido Kolia lloró como un niño de seis años. Madre a hijo pasaron el día arrojándose el uno en brazos del otro y derramando lágrimas.

Al día siguiente, Kolia volvió a mostrarse «insensible», pero se había convertido en un muchacho más silencioso, más reflexivo, más modesto. Mes y medio más tarde reincidió, y en el asunto intervino el juez de paz. Pero esta vez se trataba de una granujada diferente, ridícula e incluso estúpida, cometida por otros y de la que él era únicamente cómplice. Ya volveremos a hablar de esto.

La madre volvió a sus temblores y tormentos, y las esperanzas de Dardanelov aumentaban con las lágrimas de la viuda. Hay que advertir que Kolia conocía las aspiraciones de Dardanelov, al que detestaba profundamente por estos sentimientos. Anteriormente incluso cometía la indelicadeza de expresar ante su madre su desprecio hacia el profesor, haciendo vagas alusiones a los propósitos del enamorado. Pero después del incidente del ferrocarril, su actitud cambió también con respecto a este punto, pues no hacía alusiones molestas a Dardanelov y hablaba con más respeto de él ante su madre. La sensitiva Ana Fiodorovna notó al punto este cambio y lo agradeció infinito. No obstante, a la menor alusión a Dardanelov en presencia de Kolia, aunque la hiciera un extraño, la viuda se ponía roja como la grana. En estas ocasiones, Kolia miraba por la ventana con el ceño fruncido, o se contemplaba los zapatos, o llamaba con acento iracundo a Carillón, un perrazo feo y de larga pelambre, que había recogido hacía un mes y del que no había dicho una palabra a sus amigos. Kolia se comportaba con el animal como un tirano. Le enseñó a hacer muchas cosas. Así, el pobre Carillón, que aullaba cuando Kolia se iba al colegio, al verlo volver ladraba alegremente, saltaba como un loco, se pavoneaba, se hacía el muerto, etc., etc.; en una palabra, hacía cuanto Kolia le había enseñado, pero no porque éste se lo ordenara, sino espontáneamente, por el gran cariño que profesaba a su dueño.

Ahora caigo en que me he olvidado decir que Kolia Krasotkine fue el muchacho al que Iliucha, ya conocido por nuestros lectores, hijo del capitán retirado Snieguiriov, había herido con su cortaplumas al salir en defensa de su padre, del que sus compañeros de clase se burlaban llamándole «Barba de Estropajo».

CAPÍTULO II



Los rapaces



Aquella mañana glacial y brumosa de noviembre se quedó en casa Kolia Krasotkine. Era domingo y no tenía clase. No obstante, acababan de dar las once y necesitaba salir «para un asunto importantísimo». Pero había el inconveniente de que estaba solo en la casa y no la podía abandonar. Las personas mayores habían tenido que marcharse al producirse un acontecimiento imprevisto. La viuda de Krasotkine tenía alquilado un departamento de dos piezas —el único que había en la casa– a la esposa de un médico que era madre de dos hijos pequeños. Esta señora era gran amiga de Ana Fiodorovna y tenía la misma edad que ella. El médico se había marchado a Orenburgo, y de allí a Tachkent. Hacía seis meses que la esposa no recibía noticias del marido, de modo que la infortunada se habría pasado el tiempo llorando si no hubiera tenido el consuelo de la amistad de Ana Fiodorovna. Para colmo de desdichas, Catalina, la única sirvienta de la doctora, había comunicado repentinamente a la doctora, ya de noche, que notaba que iba a dar a luz a la mañana siguiente. Aunque parezca mentira, nadie se había dado cuenta del estado de la joven. En medio de su estupor, la doctora decidió, puesto que aún había tiempo, trasladar a Catalina a casa de una comadrona que admitía futuras madres a pensión. Come tenía gran cariño a esta sirvienta, puso inmediatamente en práctica este proyecto e incluso se quedó al lado de la internada. A la mañana siguiente hubo que recurrir a la ayuda de la señora de Krasotkine para que hiciera cierta diligencia y adoptara su protección. Por lo tanto, las dos damas estaban ausentes, así como Ágata, la sirvienta de la viuda de Krasotkine, que se había ido al mercado, y Kolia se había quedado como guardián de los pequeñuelos, el niño y la piña de la doctora.

La vigilancia de la casa no inquietaba a Kolia, y menos teniendo a su lado a Carillón. Éste había recibido la orden de echarse debajo de un banco del vestíbulo y estar allí sin moverse. Cada vez que veía pasar a su dueño, el perro levantaba la cabeza y golpeaba el suelo con la cola, mientras dirigía a Kolia una mirada suplicante. Pero, ¡ay!, sus ruegos eran inútiles. En respuesta a ellos, Kolia miraba severamente al infortunado animal, que volvía a su inmovilidad de estatua.

A Kolia sólo le preocupaban los pequeñuelos. La aventura de Catalina le inspiraba un profundo desprecio. Le encantaban aquellos niños y ya les había dado un divertido libro infantil para que se distrajeran. Nastia, la mayor, tenía ocho años y sabía leer; Kostia [79]tenía siete y escuchaba con gusto a su hermanita. Kolia habría podido entretenerlos jugando con ellos a los soldados o al escondite por toda la casa, y no le importaba hacerlo cuando se presentaba la ocasión, a pesar de que en el colegio se rumoreaba que Krasotkine jugaba en su casa a las troikascon los niños de la inquilina, y que hacía el caballo y galopaba con la cabeza baja. Kolia rechazaba indignado esta acusación, diciendo que se habría avergonzado, «en nuestra época», de jugar a los caballos con chicos de su edad, pero que él lo hacía por los niños, porque los quería, y que nadie tenía derecho a pedirle cuentas de sus sentimientos.

En compensación, los dos pequeñuelos lo adoraban. Pero aquella mañana Kolia no estaba para juegos. Tenía un compromiso importante e incluso un tanto misterioso. Pero el tiempo pasaba, y Ágata, a la que se podían confiar los niños, no volvía de la compra. Kolia había cruzado el vestíbulo varias veces, abierto la puerta del departamento de la inquilina y echado una mirada cariñosa a los niños, que estaban leyendo, como él les había indicado. Cada vez que Kolia aparecía, los niños le obsequiaban con una larga sonrisa, que era una clara invitación a que pasara para hacer algo que los divirtiera. Pero Kolia estaba preocupado y no entraba.

Cuando dieron las once, Krasotkine se dijo resueltamente que si, transcurridos diez minutes, la «maldita» Ágata no había vuelto, se marcharía sin esperar más, claro que no sin antes advertir a los niños y hacerles prometer que no tendrían miedo durante su ausencia, que no llorarían ni harían diabluras.

Se puso, pues, su gabancito acolchado, se echó un talego al hombre, y aunque su madre le había dicho más de una vez que no saliera a la calle sin ponerse los chanclos cuando hiciese tanto frío como aquella mañana, Kolia se limitó a dirigirles una mirada de desdén al pasar por el vestíbulo. Carillón, al verlo vestido para salir, empezó a mover todo su cuerpo mientras golpeaba el suelo con la cola, e incluso llegó a soltar un aullido quejumbroso. Kolia juzgó que esta entusiasta demostración de afecto era contraria a la disciplina, y tuvo al perro todavía un minuto debajo del banco; no le silbó hasta que abrió la puerta del vestíbulo. Entonces Carillónse lanzó hacia él como una flecha y empezó a saltar alegremente.

El muchacho fue a echar una mirada a los niños. Habían dejado el libro y discutían acaloradamente, cosa que hacían con frecuencia. Nastia, por ser mayor que su hermano, solía triunfar en la polémica, pero, a veces, Kostia no se sometía y llamaba a Kolia Krasotkine para que fallara, fallo que admitían las dos partes sin rechistar.

Esta vez, la discusión de los dos niños interesó a Kolia, que se quedó en el umbral escuchando. Los pequeñuelos, al verle, redoblaron el ardor de su disputa.

—Nunca he creído —decía, convencida, Nastia– que las comadronas encuentren a los niños en las coles. Estamos en invierno y no hay coles. De modo que la comadrona no puede haber encontrado en esas plantas una nena para Catalina.

—¡Basta! —exclamó Kolia.

—De alguna parte traen a los niños —dijo Nastia—, pero sólo a las que están casadas.

Kostia, que había escuchado gravemente a su hermana, la miró fijamente, pensativo.

—Eres una tonta, Nastia —dijo al fin, con toda calma—. Catalina no está casada. ¿Cómo se puede tener un hijo?

Nastia se indignó.

—No entiendes nada. A lo mejor está casada y tiene al marido en la cárcel.

—Así, ¿tiene un marido en la cárcel? —preguntó el práctico Kostia.

Nastia abandonó su hipótesis y exclamó con su ímpetu habitual:

—También puede ser que no esté casada, como tú dices. Así que tienes razón. Pero quiere casarse, y a fuerza de pensar y pensar en tener un marido, ha terminado por tener un niño.

—Puede ser —admitió Kostia—. Pero yo no podía saber eso, porque tú no me lo habías dicho.

Kolia avanzó hacia ellos.

—Por lo que veo, renacuajos, sois temibles.

—¡Si está contigo Carillón! —exclamó alegremente Kostia, que empezó a chascar los dedos y a llamarlo.

—Amiguitos, estoy en un apuro —empezó a decir Kolia solemnemente—. ¿Queréis ayudarme? Ágata debe de haberse roto una pierna, puesto que no ha regresado. No cabe duda de que se la ha roto. Tengo que marcharme. ¿Me permitís que me vaya?

Los niños se miraron. Sus rostros sonrientes tenían una expresión de inquietud. No acababan de comprender lo que Kolia les pedía.

—¿Me prometéis no hacer ninguna diablura durante mi ausencia? ¿No subiros al armario para exponeros a romperos una pierna? ¿No llorar de miedo al veros solos?

En las dos caritas se reflejó la angustia.

—Si os portáis bien os enseñaré una cosa: un cañoncito de acero que se carga con pólvora de verdad.

Las dos caritas se iluminaron.

—Enséñanos el cañón —dijo Kostia, radiante.

Krasotkine sacó de su talego un cañoncito que depositó en la mesa.

—Mirad, tiene ruedas —dijo, haciéndolo rodar—. Se puede cargar con perdigones y disparar.

—¿Y puede matar?

—Puede matar a cualquiera. Basta apuntar bien.

Kolia explicó cómo había que poner la pólvora y los perdigones, señaló la ranura por la que se prendía fuego a la carga y dijo que el cañón tenía retroceso. Los niños lo escuchaban con ávida curiosidad. Lo del retroceso es lo que más les impresionó.

Nastia preguntó:

—¿Tienes pólvora?

—Sí.

—A verla —imploró la niña, sonriendo.

Krasotkine extrajo del talego un frasquito que contenía un poco de auténtica pólvora y unos cuantos perdigones envueltos en un papel. Destapó el frasquito y echó un poco de pólvora en la palma de su mano.

—Miradla. ¡Pero cuidado con acercarla al fuego! —dijo para asustarlos—. Se produciría una explosión y moriríamos todos.

Los niños examinaron la pólvora con un terror que avivaba su entusiasmo. A Kostia le encantaron especialmente los granos de plomo.

—¿Se inflaman los perdigones? —preguntó.

—No.

—Dame unos cuantos —dijo en tono suplicante.

—Aquí los tienes. Pero no se los enseñes a tu madre antes de que yo vuelva. Creerá que estallan como la pólvora, se asustará y os pegará.

—Mamá no nos pega nunca —dijo Nastia.

—Ya lo sé: lo he dicho para hacer una frase. No mintáis nunca a vuestra madre, salvo en esta ocasión y sólo hasta que yo vuelva. Bueno, amiguitos, ¿me puedo marchar? ¿No lloraréis de miedo mientras no estoy aquí?

—Sí que lloraremos —dijo lentamente Kostia mientras se disponía a hacerlo.

—Seguro que lloraremos —confirmó Nastia, atemorizada.

—¡Qué niños éstos! ¡Estáis en la peor edad! Ya veo que no puedo hacer nada. Tendré que quedarme con vosotros hasta Dios sabe cuándo. ¡Con lo que vale el tiempo!

—Dile a Carillónque haga el muerto —solicitó Kostia.

—Bien; recurramos a Carillón. ¡Aquí, Carillón!

Kolia ordenó al can que exhibiera sus habilidades. Era un perro de pelo largo, de color gris violáceo, del tamaño de un mastín corriente, tuerto del ojo derecho y que tenía partida la oreja izquierda. Se pavoneaba, andaba sobre las patas traseras, se echaba boca arriba y permanecía inmóvil, como muerto...

Durante este último ejercicio se abrió la puerta y apareció Ágata, la sirvienta, mujer obesa, picada de viruelas, de unos cuarenta años, que, con la red de la compra en la mano, se detuvo en el umbral para presenciar el espectáculo. Kolia, a pesar de la prisa que tenía, no interrumpió la representación. Al fin, emitió un silbido, y el animal se levantó y empezó a saltar con gran alegría de haber cumplido con su deber.

—¡Eso es un perro! —exclamó Ágata.

—¿Se puede saber por qué has tardado tanto? —preguntó severamente Kolia.

—¡A mí no me hables así, mocoso!

—¿Mocoso?

—Sí, mocoso. No te metas en lo que no te importa. He tardado porque ha sido preciso.

Ágata dijo esto mientras empezaba a trajinar en la cocina. No hablaba con irritación, sino que parecía sentirse feliz de poder enfrentarse otra vez con aquel señorito tan gracioso.

—Óyeme, vieja loca: me vas a jurar por lo más sagrado que vigilarás a estos pequeñuelos durante mi ausencia. Tengo que marcharme.

—Nada de juramentos —repuso Ágata, echándose a reír—. Los vigilaré y basta.

—No basta; quiero que me lo jures por tu eterna salvación. Si no me lo juras, no me marcho.

—Allá tú. A mí me da lo mismo. Está helando. Lo mejor que puedes hacer es quedarte en casita.

—Oíd, rapazuelos. Esta mujer os hará compañía hasta que yo vuelva o hasta que venga vuestra madre, que ya no puede tardar. Si tarda, Ágata os dará el almuerzo. ¿No es así, Ágata?

—Nada tan fácil.

—Hasta la vuelta, hijitos. Me voy con toda tranquilidad.

Y al pasar por el lado de la sirvienta le dijo, en serio y en voz baja.

—Cuidado, abuela, con empezar a explicarles lo de Catalina. Hay que respetar su inocencia... ¡Vamos, Carillón!

Esta vez Ágata se indignó de verdad.

—¿Quieres callarte? ¡Merecerías que te azotasen por decir esas cosas!

CAPÍTULO III



El colegial



Pero Kolia ya no la oía. Al fin estaba libre. Al salir a la calle hundió momentáneamente la cabeza entre los hombros y exclamó: «¡Vaya frío!», y tomó el camino de la plaza del Mercado. Antes de llegar a la plaza se detuvo ante un edificio, sacó del bolsillo un silbato y lo hizo sonar con todas sus fuerzas. Sin duda, era una señal convenida. Un minutó después salió de su casa un niño de once años, de tez colorada y protegido, como Kolia, por un recio y elegante gabán. Este muchacho era Smurov, alumno de la clase preparatoria (Kolia estaba ya en la sexta) a hijo de un funcionario acomodado, al que sus padres habían prohibido que fuera con Krasotkine, cuya conducta les parecía vergonzosa; de modo que Smurov había tenido que salir de su casa furtivamente.

Como el lector recordará, Smurov formaba parte del grupo que había apedreado a Iliucha hacía dos meses, y él fue el que habló con Aliocha Karamazov.

—He estado una hora esperándote, Krasotkine —dijo sin rodeos Smurov.

Los dos chicos siguieron el camino de la plaza.

—Si me he retrasado —repuso Kolia—, la culpa no ha sido mía, sino de las circunstancias. ¿No te azotarán por haberte reunido conmigo?

—¡Qué ocurrencia! A mí no me azotan nunca... Ya veo que está aquí Carillón.

—Sí, lo he traído.

—¿Para que nos acompañe hasta la casa?

—Sí.

—¡Lástima que no sea Escarabajo!

—Escarabajono puede ser, porque ha desaparecido. Nadie debe saber dónde está.

Smurov se detuvo de pronto.

—Oye, Kolia: Iliucha dice que Escarabajotenía el pelo largo y de un gris violáceo, o sea como el de Carillón. ¿Y si le dijéramos que Carillónes Escarabajo? A lo mejor, lo creía.

—Escucha, colegial: detesta la mentira, incluso la mentira piadosa... Supongo que no le habrás dicho ni una palabra de mi visita.

—A Dios gracias, sé lo que debo hacer —dijo Smurov, y añadió con un suspiro—: No creo que Carillónpueda consolarlo. Su padre, el capitán, nos ha dicho que hoy le regalará un cachorro de moloso auténtico, con el hocico negro. Cree que este animalito consolará a Iliucha, pero yo no opino así.

—¿Cómo está Iliucha?

—Mal, muy mal. A mí me parece que está tísico. Conserva todo el conocimiento, pero respira con gran dificultad. El otro día pidió que lo llevaran a dar un paseo, le pusieron los zapatos, y el pobre cayó después de dar unos pasos. «Ya te dije, papá, que estos zapatos no me venían bien. Siempre he tenido dificultad para andar con ellos.» Creyó que se había caído por culpa de los zapatos, y era la debilidad lo que le había hecho caer. No creo que viva toda esta semana. Herzenstube lo visita. Vuelven a tener dinero en abundancia.

—¡Los muy canallas!

—¿Quiénes?

—Los médicos, toda esa chusma doctoral, individual y colectivamente. Detesto la medicina; no sirve para nada. En fin, ya estudiaré a fondo esta cuestión. Oye, os habéis vuelto muy sentimentales los de tu clase: creo que vais todos los días a visitar al enfermo.

—Todos no. Somos unos diez los que lo vamos a ver todos los días.

—Lo que más me sorprende es la conducta de Alexei Karamazov. Mañana o pasado se va a juzgar a su hermano por un crimen espantoso y esto no le impide ponerse sentimental con los colegiales.

—Aquí nadie se pone sentimental. Piensa que tú mismo vas a reconciliarte con Iliucha.

—¿A reconciliarme? Es una palabra que me repugna. Por otra parte, no permito a nadie que analice mil actos.

—Ya verás qué contento se pone Iliucha al verte. No sabe nada de tu visita. ¿Por qué has tardado tanto en decidirte? —exclamó con vehemencia Smurov.

—Eso es cosa mía y no tuya. Yo voy por mi propia voluntad; vosotros, en cambio, vais porque os llevó Alexei Karamazov. De modo que no es lo mismo. Además, tú no sabes por qué voy yo. A lo mejor, no pretendo reconciliarme. ¡Qué expresión tan estúpida!

—Karamazov no está allí. Desde luego, al principio fuimos con él, pero después nos acostumbramos a ir solos, primero uno y después otro, y todo con la mayor naturalidad, sin sentimentalismos. Su padre se conmovió al vernos. Perderá la razón cuando Iliucha se muera. Se da cuenta de que no time salvación. No puedes figurarte lo que se alegró al ver que nos reconciliábamos con Iliucha. Éste ha preguntado por ti, pero no ha dicho nada más. Su padre acabará loco o se ahorcará. Antes ya tenía el aspecto de un demente. Es un buen hombre, ¿sabes?, que ha sido víctima de un error. Ese parricida no debió maltratarlo como lo hizo días atrás en la taberna.

—Dmitri Karamazov es para mí un enigma. Hace tiempo que podía haber hecho amistad con él, pero hay momentos en que me alegro de haberlo mantenido a distancia. Además, tengo de él un concepto que quiero comprobar.

Dicho esto, Kolia se sumió en un grave silencio, que compartió su amigo. Smurov respetaba a Kolia Krasotkine y no osaba, ni mucho menos, compararse con él. Kolia había despertado su curiosidad al decir que iba a ver a Iliucha espontáneamente. Sin duda, había una razón misteriosa para que Krasotkine hubiera adoptado de pronto esta resolución.

Iban por la plaza del Mercado, sorteando carros y aves de corral. Bajo los sobradillos de las tiendas había mujeres que vendían tortas, hilos y otros muchos géneros. En nuestra ciudad llaman ingenuamente ferias a estos mercadillos domingueros que se celebran en gran número durante el año.

Carillóncorría alegremente, desviándose de continuo a derecha e izquierda para olfatear algo. Y cuando se encontraba con algún congénere, le oliscaba también del mejor grado, según las reglas en use entre los perros.

—Me gusta observar la realidad, Smurov —dijo de pronto Kolia—. ¿Te has fijado en que los perros se olfatean cuando se encuentran? Esto es entre ellos una ley natural.

—Una ley ridícula.

—Pues no, te equivocas. No hay nada ridículo en la Naturaleza, aunque el hombre, con sus prejuicios, crea lo contrario. Si los perros pudieran razonar y criticar, verían en nosotros tantas cosas ridículas como nosotros vemos en ellos, tantas o más, pues estoy convencido de que son numerosísimas en las relaciones humanas. Esta idea es de Rakitine y me parece acertadísima. Soy socialista, Smurov.

—¿Qué es el socialismo? —preguntó Smurov.

—La igualdad para todos, la comunidad de opiniones, la supresión del matrimonio, la libertad de observar la religión y las leyes que a uno le convengan, etc., etc. Tú eres todavía demasiado joven para comprender estas colas... Hace frío, ¿verdad?

—Sí, doce bajo cero: mi padre acaba de verlo en el termómetro.

—¿Has observado que en pleno invierno, cuando estamos a quince e incluso a dieciocho grados bajo cero, el frío es más soportable que ahora, al principio, cuando hay todavía poca nieve y hiela de pronto a los doce grados? Esto sucede porque las personas no están todavía habituadas al frío. En nosotros todo es un hábito, incluso la política. Mira qué tipo tan gracioso.

Kolia señalaba a un campesino de considerable estatura, enfundado en una pelliza de piel de cordero, de aire bonachón, que, al lado de su carreta, se calentaba las manos, protegidas por mitones, dando fuertes palmadas. Su barba estaba cubierta de escarcha.

—Tienes la barba helada, amigo —dijo Kolia levantando la voz y en un tonillo mordaz cuando pasó por su lado.

—Hay muchas barbas heladas —replicó el campesino sentenciosamente.

—No te molestes —suplicó Smurov.

—No temas, no se enfadará. Es un buen hombre. ¡Adiós, Mateo!

—Adiós.

—¿De veras te llamas Mateo?

—Sí. ¿No lo sabías?

—No. He dicho el nombre al azar.

—¡Qué casualidad! ¿Eres estudiante?

—Exacto.

—¿Te azotan?

—Sí.

—¿Fuerte?

—A veces.

—La vida es dura —suspiró el buen hombre.

—Adiós, Mateo.

—Adiós. Eres un muchacho simpático.

Los dos colegiales continuaron su camino.

—Es una buena persona —dijo Koila—. Me gusta hablar con la gente del pueblo. Hacerle justicia.

—¿Por qué le has dicho que nos azotan? —preguntó Smurov.

—Para darle gusto.

—No lo entiendo.

—Oye, Smurov: no me gusta dialogar con los que no me comprenden desde un principio. Hay cosas imposibles de explicar. A ese hombre se le ha metido en la cabeza que a los colegiales hay que azotarlos, que el colegial que no recibe este castigo no es colegial. Si yo le hubiera dicho que no me azotan, lo habría confundido. En fin, tú no puedes comprender estas cosas. Hay que saber hablar al pueblo.

—Pero nada de burlas, te lo ruego.

—¿Times miedo?

—Sí, Kolia; tengo miedo. Mi padre se pondría furioso si se enterase de estas bromas. Me ha prohibido que vaya contigo.

—No temas: esta vez no ocurrirá nada. ¡Buenos días, Natacha —gritó a una vendedora.

La mujer, todavía joven, respondió a grandes voces:

—¡Yo no me llamo Natacha, sino María!

—¡Bonito nombre! ¡Adiós, María!

—¡El muy granuja! No es más alto que una bola de montar y ya se mete con la gente.

—No tengo tiempo de escucharte. Ya me lo contarás el próximo domingo —dijo Kolia braceando y como si fuera ella la que hubiese empezado a importunarle.

—¡Yo no tengo nada que contarte el domingo próximo! ¡Eres tú el que me ha tirado de la lengua, mocoso! ¡Una buena azotaina es lo que necesitas! ¡Ya te conozco, bribón!

Las vendedoras que estaban cerca de María se echaron a reír a coro. De pronto, salió de una arcada un hombre que daba muestras de gran agitación. Tenía el aspecto de un dependiente de comercio y no era de nuestra ciudad. Usaba gorra y llevaba un caftán de largos faldones. Era todavía joven, tenía el cabello castaño y ensortijado, y el rostro pálido y picado de viruelas. Muy excitado, no se sabía por qué, empezó a amenazar a Kolia con el puño.

—¡Te conozco! —gritó—. ¡Te conozco!

Kolia lo miró atentamente. No se acordaba de haber disputado con aquel hombre. Por otra parte, sus altercados en la calle eran demasiado frecuentes para que pudiera acordarse de todos.

—¿De modo que me conoces? —preguntó irónicamente.

—Sí, te conozco —repitió el forastero.

—Es una suerte para ti. Bueno, adiós. Tengo prisa.

—Eres un insolente. Ya te he dicho que te conozco.

—Si soy un insolente, amigo, esto no es cuenta tuya —dijo Kolia deteniéndose y mirando fijamente al desconocido.

—¡Ah! ¿Sí?

—Sí.

—Entonces, ¿de quién es cuenta?

—De Trifón Nikititch.

—¿De quién?

El forastero, todavía acalorado, miraba a Kolia con cara estúpida. El muchacho le respondió midiéndolo gravemente con la mirada.

—¿Has ido á la iglesia de la Ascensión? —preguntó Kolia enérgicamente.

—¿Yo? ¿Para qué? —repuso el forastero, desconcertado—. No, no he ido.

—¿Conoces a Sabaniev? —preguntó Kolia con la misma energía.

—¿A Sabaniev? No, no lo conozco.

—Entonces, vete al diablo —dijo Kolia. Y, desviándose hacia la derecha, se alejó con paso rápido, como si no se dignase hablar con un hombre tan tonto que ni siquiera conocía a Sabaniev.

—Espera —dijo el forastero, volviendo a ponerse nervioso—. ¿A qué Sabaniev te refieres?

Y preguntó a las vendedoras, mirándolas estúpidamente:

—¿De qué Sabaniev habla?

Las mujeres se echaron a reír.

—Ese rapaz es un tunante —dijo una de ellas.

—¿Pero de qué Sabaniev habla? —volvió a preguntar el del pelo rizado, haciendo grandes aspavientos.

—Debe de referirse al Sabaniev que trabajaba en casa de Kuzmitchev —conjeturó una de las vendedoras—. Sí, ése debe de ser.

El forastero la miró, perplejo.

—¿Kuzmitchev? —dijo otra—. Entonces no se llama Trifón, sino Kuzma. Y ese chico ha hablado de Trifón Nikititch. O sea que no es él.

—No, no es Trifón, y tampoco Sabaniev, sino Tchijov —dijo una tercera vendedora que había escuchado con toda seriedad—. Sí, es Alexei Ivanovitch Tchijov.

El forastero miraba, aturdido, tan pronto a una como a otra.

—Entonces, ¿por qué me ha hecho esa pregunta? —exclamó desesperado—. Díganme, amigas mías, ¿por qué me ha preguntado ese chico si conozco a Sabaniev?

—¡Qué cabeza tan dura tienes! Te hemos dicho que no es Sabaniev, sino Tchijov, Alexei Ivanovitch Tchijov.


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