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Los hermanos Karamazov
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Текст книги "Los hermanos Karamazov"


Автор книги: Федор Достоевский



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Cuando terminó, Mitia tenía una expresión de extravío en la mirada. Había apoyado las manos en los hombros de Aliocha y lo miraba ávidamente.

—¿Pueden casarse los forzados? —le preguntó una vez más, con acento suplicante.

Aliocha estaba sorprendido e impresionado.

—Dime, Dmitri: ¿insiste Iván en que huyas? ¿De quién ha sido esta idea?

—Suya, y no cesa de repetirme que debo huir. Llevaba mucho tiempo sin verlo. Hace ocho días, se presentó aquí y empezó por hablarme de la fuga. No propone, ordena. Está seguro de que le obedeceré, aunque le he abierto mi corazón y le he hablado del himno. Me ha expuesto su plan. Volveremos a hablar de esto. Desea ardientemente que huya. Incluso me ofrece una suma considerable: diez mil rublos para huir y veinte mil cuando esté en América. Dice que con diez mil rublos se puede organizar una huida perfecta.

—¿Te ha pedido que no me hables de esto?

—Sí, me ha dicho que no le hable a nadie, y menos a ti. Teme que puedas ser algo así como la encarnación de mi conciencia. Te ruego que no le digas que te lo he contado todo.

—Has dicho bien: no se puede tomar ninguna decisión antes de que se pronuncie la sentencia. Cuando conozcas el fallo, habrá en ti un hombre nuevo capaz de tomar por sí mismo la determinación más conveniente.

—Un hombre nuevo o tal vez Bernard que tomará la decisión propia de un Bernard.

Y añadió con una amarga sonrisa:

—Me parece que también yo soy un vil Bernard.

Aliocha preguntó:

—¿Cómo es posible que no esperes justificarte mañana?

Mitia movió la cabeza negativamente. De pronto, dijo:

—Aliocha, es hora de que te vayas. Oigo los pasos del inspector en el patio. Pronto estará aquí y verá que hemos faltado al reglamento, ya que a estas horas están prohibidas las visitas. Despídete de mí ahora mismo. Dame un beso y haz ante mí la señal de la cruz para que me sea posible hacer frente al calvario de mañana.

Se abrazaron y se besaron.

—Incluso Iván, que me propone huir, cree que he cometido el crimen.

Mitia sonreía tristemente.

—¿Se lo has preguntado? —dijo Aliocha.

—No; me propuse hacerlo, pero no me atreví. Lo sé porque lo he leído en sus ojos. Bueno, adiós.

Se besaron de nuevo. Cuando Aliocha se dirigía a la puerta, Mitia lo llamó.

—Ponte ante mí; así.

Volvió a apoyar las manos en los hombros de Aliocha. Su cara se cubrió de una palidez mortal, sus labios se contrajeron, su mirada sondeó la de su hermano.

—Dime la verdad, Aliocha; habla como si estuvieras ante Dios. ¿Crees que he cometido el crimen? No mientas; quiero saber la verdad.

Aliocha vacilaba. Sentía como si le estrujasen el corazón. Tan impresionado estaba, que apenas pudo murmurar:

—Pero..., ¿qué dices?

—¡Dime toda la verdad; no mientas!

—Jamás, en ningún momento he creído que seas un asesino —respondió Aliocha, levantando la mano como si tomara a Dios por testigo.

El semblante de Mitia reflejó una infinita felicidad.

—Gracias —dijo, suspirando profundamente. Y añadió—: Me has vuelto a la vida. Incluso a ti, ¡a ti!, temía hacerte esta pregunta. ¡Vete, vete ya! Me has dado fuerzas para mañana. Que Dios te bendiga. ¡Vete!... ¡Y quiere a Iván!

Aliocha se marchó con los ojos llenos de lágrimas. La desconfianza de Mitia, incluso hacia él, revelaba que su desgraciado hermano era presa de una desesperación sin límites. Una infinita compasión se apoderó de él... «¡Quiere a Iván!» De pronto, acudieron a su memoria estas palabras de Mitia. Precisamente iba a casa de Iván, al que todo el día había estado deseando ver. Iván le inquietaba tanto como Mitia, y más ahora, después de su entrevista con Dmitri.

CAPITULO V



Esto no es todo



Para ir a casa de su hermano tenía que pasar ante la de Catalina Ivanovna. Vio luz en las ventanas y se detuvo, decidido a entrar, no sólo porque hacía más de una semana que no había visto a la joven, sino porque se dijo que tal vez Iván estuviera con ella, ya que al día siguiente se tenía que juzgar a Dmitri. En la escalera, débilmente iluminada por una lámpara china, se cruzó con un hombre en el que reconoció a Iván.

—¡Ah! ¿Eres tú? —dijo Iván Fiodorovitch secamente—. ¿Vas a su casa?

—Sí.

—Yo de ti no iría. Está muy agitada y tu visita la trastornará más aún.

—¡No no se vaya, Alexei Fiodorovitch! —gritó una voz desde lo alto de la escalera—. ¿Viene usted de verlo?

—Sí, lo acabo de ver.

—¿Y tiene algo que decirme de su parte? Suba, Aliocha. Y usted también, Iván Fiodorovitch. ¿Oye?

La voz de Katia era tan imperiosa, que Iván, tras un instante de vacilación, decidió volver a subir con Alexei.

—Estaba escuchando —murmuró Iván para sí. Pero Aliocha lo oyó.

Y al entrar en el salón, Iván dijo en voz alta:

—Permítame que no me quite el abrigo. Sólo estaré con ustedes un minuto.

—Siéntese, Alexei Fiodorovitch —dijo Catalina Ivanovna, permaneciendo de pie.

No había cambiado mucho. En sus oscuros ojos brillaba una luz maligna. Aliocha recordó más tarde que la joven le había parecido extraordinariamente hermosa en aquellos momentos.

—¿Qué me tiene usted que decir de su parte?

—Sólo esto —dijo Aliocha, mirándola a los ojos—: que se domine usted y no hable en la audiencia de lo que... pasó entre ustedes cuando se vieron por primera vez.

—¡Ah! De mi profunda reverencia para darle las gracias por el dinero —dijo Catalina Ivanovna, riendo amargamente—. ¿Teme por él o por mí? Conteste, Alexei Fiodorovitch.

Aliocha la miró atentamente. Trataba de comprenderla.

—Por los dos: por usted y por él.

Catalina Ivanovna enrojeció.

—Usted no me conoce todavía, Alexei Fiodorovitch. Bien es verdad que tampoco yo me conozco a mí misma. Acaso me deteste usted mañana después de mi declaración como testigo.

—Estoy seguro de que declarará usted lealmente —dijo Aliocha—. No hace falta más.

—Las mujeres no somos siempre leales. Hace una hora temía encontrarme con ese monstruo, con ese reptil. Sin embargo, sigue siendo para mí un ser humano... ¿Pero es un asesino? —exclamó volviéndose hacia Iván.

Aliocha comprendió en el acto que, antes de su llegada, Catalina había hecho esta pregunta una y otra vez a su hermano, y que habían terminado discutiendo.

—He ido a ver a Smerdiakov —continuó Catalina Ivanovna—. Me convenciste de que es un parricida. Te creí.

Iván sonrió un poco turbado. Aliocha se estremeció al oír el tuteo. No sospechaba que existiera entre ellos tal intimidad.

—¡Bueno, basta! —exclamó Iván—. Me voy. Hasta mañana.

Salió de la habitación y se dirigió a la escalera. Catalina Ivanovna se apoderó de las manos de Aliocha.

—¡Sígalo! ¡Dele alcance! No lo deje un momento solo. Está loco. ¿No sabe que se ha vuelto loco? Me lo ha dicho el médico. ¡Corra!

Aliocha corrió hasta alcanzar a Iván, que sólo había recorrido unos cincuenta pasos.

—¿Qué quieres? —preguntó Iván volviéndose hacia Aliocha—. Te ha dicho ella que me sigas porque estoy loco, ¿verdad? ¡Lo sé! ¡Estoy seguro! —añadió, irritado.

—En eso se equivoca, desde luego; pero no cabe duda de que estás enfermo. Hace un momento te miraba, Iván, y me horrorizaba de ver la mala cara que tienes.

Iván no se había detenido. Aliocha iba a su lado.

—¿Cómo se vuelve loco uno, Alexei Fiodorovitch? ¿Lo sabes? —preguntó Iván.

Hablaba con calma y en su voz había un matiz de curiosidad.

—No, no lo sé. Pero creo que hay muchas clases de locura.

—¿Puede notar uno mismo que se vuelve loco?

—Pues —repuso Aliocha un poco desconcertado– yo creo que uno no puede observarse a sí mismo en tales casos.

Iván estuvo callado un momento. De pronto, dijo:

—Si quieres hablar conmigo, habremos de cambiar de conversación.

—¡Ah, se me olvidaba! —dijo Aliocha tímidamente, entregando a su hermano la carta de Lise—. Tengo esta carta para ti.

Estaban cerca de un farol. Iván reconoció la letra de Lise.

—¡Demonio de chica!

Con una sonrisa maligna, hizo pedazos la carta sin abrir el sobre. El viento dispersó los trocitos de papel.

—Aún no tiene dieciséis años, y ya se ofrece —dijo en un tono de desprecio.

—¿Se ofrece? ¿Qué quieres decir?

—¡Lo que he dicho, diablo: que se ofrece como una cualquiera!

—¡No digas eso, Iván! —protestó Aliocha, profundamente apenado—. ¡Es una niña; estás insultando a una niña! Esa muchacha está también muy enferma; acaso se vuelva loca. Yo tenía que entregarte su carta. Quiero salvarla y esperaba que tú me explicases...

—No tengo nada que explicarte. Si ella es una niña, yo no soy su nodriza. ¡No, no insistas, Alexei! No quiero ni siquiera pensar en ella.

Hubo un nuevo silencio. Iván lo interrumpió, sarcástico:

—Se pasará la noche rezando a la Virgen para saber lo que ha de hacer mañana.

—¿Te refieres a Catalina Ivanovna?

—Sí. ¿Salvará a Mitia con su declaración, o lo perderá? Pedirá a Dios que la ilumine. Aún no sabe lo que tiene que hacer; no ha tenido tiempo para prepararse. ¡Otra que me ha tomado por su nodriza! ¡Quiere que la meza en mis brazos!

Aliocha dijo tristemente:

—Catalina Ivanovna te ama, hermano.

—Es posible. Pero a mí no me gusta ella.

Aliocha replicó tímidamente:

—Está atormentada... ¿Por qué le has dicho a veces cosas esperanzadoras? Sé que lo has hecho. Perdona que te hable así.

—¡Ya sé que debería hablarle francamente y romper con ella!—exclamó Iván, arrebatado—. Pero no puedo hacerlo. Hay que esperar a que juzguen al asesino. Si rompiera con ella ahora, mañana, por venganza, perdería a ese miserable. Lo odia y sabe que lo odia. Estamos representando una farsa. Mientras conserve la esperanza, Katia no perderá a ese monstruo, ya que sabe que yo quiero salvarlo. ¡Ansío que se pronuncie esa maldita sentencia!

Las palabras «asesino» y «monstruo» impresionaron a Aliocha profundamente.

—¿Pero qué puede perder a nuestro hermano Mitia? ¿Qué puede haber de malo en su declaración?

—Mucho. Posee una carta de Mitia que prueba su culpabilidad.

—¡No es posible! —exclamó Aliocha.

—¡Ah!, ¿no? La he leído con mis propios ojos.

—Esa carta no puede existir —exclamó Aliocha con vehemencia—, por la sencilla razón de que Mitia no es el asesino. Mitia no ha matado a nuestro padre.

—Entonces, ¿quién crees que lo ha matado? —preguntó fríamente, con arrogancia.

—Tú lo sabes perfectamente —dijo Aliocha, recalcando las palabras.

—¿También tú crees en la fábula que circula sobre ese idiota, ese epiléptico de Smerdiakov?

—Lo sabes perfectamente —repitió Aliocha en el término de sus fuerzas, temblando, jadeando

—¿Pero quién ha sido? ¡Dilo!

Iván estaba ciego de rabia; no era dueño de sí mismo.

—Yo sólo sé —dijo Aliocha en voz baja– que tú no has matado a nuestro padre.

—¿Que yo no lo he matado? No lo entiendo.

—No, tú no lo has matado —repitió Aliocha con firmeza.

Hubo una pausa.

—¡Pues claro que no! ¡Eso ya lo sé!

Iván estaba pálido y miraba a Aliocha con una sonrisa que tenía mucho de mueca. De nuevo se hallaban bajo la luz de un farol.

—Eso no es cierto, Iván. Tú lo has dicho muchas veces que eres el asesino.

—¿Yo? —exclamó Iván impresionado—. ¿Cuándo he dicho eso? Yo estaba en Moscú. Contesta. ¿Cuándo he dicho eso?

—Te lo has repetido infinidad de veces, estando solo, durante estos dos meses horribles.

Aliocha parecía hablar a la fuerza, como obedeciendo a una orden imperiosa.

—Te has acusado —continuó—. Has reconocido que el asesino no ha sido nadie más que tú. Pero estás equivocado. No has sido tú, ¿oyes?, no has sido tú. Dios me ha enviado a decírtelo.

Los dos guardaron silencio durante unos instantes. Estaban pálidos y se miraban a los ojos. De pronto, Iván se estremeció y cogió a Aliocha por los hombros.

—Tú estabas en mi casa —murmuró con los dientes apretados—, tú estabas en mi casa la noche en que «él» vino... ¿Lo viste?

—No sé de quién me hablas —dijo Aliocha, sin comprender—. ¿Te refieres a Mitia?

—No, no me refiero a ese monstruo. ¡Que se vaya al diablo! —vociferó Iván—. Dime: ¿cómo has sabido que «él» viene a verme?

—¿Pero quién es «él»? —preguntó Aliocha, aterrado—. No sé de quién me hablas.

—Sí que lo sabes. De lo contrario no sabrías que...

Se detuvo. Permaneció un momento pensativo. Una extraña sonrisa plegaba sus labios.

—Iván —dijo Aliocha con una voz que la emoción hacía temblar—, te he hablado así porque sé que me crees. Te lo digo y te lo repetiré toda la vida: ¡No has sido tú!¿Oyes? ¡No has sido tú!Dios me ha inspirado estas palabras, y te las digo, aun a costa de atraerme tu odio eterno.

Iván volvía a ser dueño de sí mismo.

—Alexei Fiodorovitch —dijo, sonriendo fríamente—, bien sabes que no me gustan los profetas ni los epilépticos, y menos aún los enviados de Dios. En este momento rompo contigo, y para siempre. Te agradeceré que me dejes en esta esquina. Te vendrá bien, pues esta calle conduce a casa. Y sobre todo, oye esto bien: no quiero volver a verte hoy.

Dio media vuelta y se alejó con paso firme, sin volverse.

—¡Iván! —gritó Aliocha—. ¡Si hoy te pasa algo, piensa en mí!

Iván no le contestó. Aliocha permaneció en la esquina, cerca del farol, hasta que su hermano desapareció en la oscuridad. Luego echó a andar lentamente, camino de su casa. Ni Iván ni él habían querido vivir en la mansión solitaria de su padre. Aliocha había alquilado una habitación amueblada en una casa particular. Iván ocupaba un departamento, espacioso y cómodo, en casa de una dama de edad, viuda de un funcionario. Lo servía una vieja sorda y reumática, que se levantaba a las seis de la mañana y se acostaba a las seis de la tarde. Desde hacía dos meses, Iván Fiodorovitch se mostraba muy poco exigente. Además, le gustaba estar solo. Se arreglaba él mismo la habitación y era muy raro que saliera a las otras.

Al llegar al portal de casa, Iván cogió el cordón de la campanilla, pero no la hizo sonar. Había experimentado un repentino estremecimiento de cólera. Soltó el cordón en un arrebato de despecho y echó a andar hacia el otro extremo de la ciudad, hacia una casita de techo bajo que estaba a una media legua de distancia. En ella habitaba María Kondratievna, la antigua vecina de Fiodor Pavlovitch, que solía ir a casa de éste a pedir un plato de sopa y a oír las canciones con que la obsequiaba Smerdiakov acompañándose de su guitarra. María Kondratievna había vendido su casa y vivía con su madre en una especie de isba. Smerdiakov, ya tan enfermo que parecía estar al borde de la muerte, se había ido a vivir con ellas. A esta casucha se dirigió Iván Fiodorovitch, obedeciendo a un impulso repentino, irresistible.

CAPITULO VI



Primera entrevista con Smerdiakov



Era la tercera vez que Iván Fiodorovitch iba a hablar con Smerdiakov desde su regreso de Moscú. Lo había visto el mismo día de su llegada, después del drama, y lo había vuelto a ver dos semanas más tarde. Pero aquella noche hacía más de un mes que no había hablado con Smerdiakov ni sabía nada de él.

Iván Fiodorovitch había regresado de Moscú sólo cinco días después de la muerte de su padre y al siguiente de su entierro. Aliocha ignoraba la dirección de su hermano en Moscú y, para darle la noticia, había recurrido a Catalina Ivanovna, la cual había telefoneado a sus padres, creyendo que Iván Fiodorovitch los habría ido a visitar el mismo día de su llegada. Pero Iván no fue a verlos hasta cuatro días después. Entonces había leído el telegrama y regresado a toda prisa. Con el primero que habló del crimen fue con Aliocha, y se asombró de oírle decir que Mitia era inocente y que el asesino era Smerdiakov, afirmación contraria a la opinión general. Después visitó al ispravnik, y cuando se hubo informado con todo detalle de los interrogatorios y de los motivos en que se basaba la acusación, le pareció aún más inexacta la opinión de Aliocha y la atribuyó a un exceso de cariño fraternal. Expliquemos de una vez los sentimientos que experimentaba Iván por su hermano Dmitri. No sentía por él el menor afecto; la compasión que le inspiraba tenía algo de desprecio e incluso de aversión. Mitia le era en extremo antipático, incluso físicamente. Ante el amor de Catalina Ivanovna por este pobre diablo, Iván sentía verdadera indignación. Había visitado a Mitia inmediatamente después de su regreso de Moscú, y esta visita había reforzado su convicción. Dmitri se hallaba bajo los efectos de una agitación morbosa; hablaba mucho, pero con cierta incoherencia y sin prestar atención a lo que decía. Se expresaba con brusquedad, acusaba a Smerdiakov y se embrollaba. Repetía que el difunto le había robado tres mil rublos. «Este dinero me pertenecía —afirmaba—. Aunque se lo hubiera robado, no se me habría podido tachar de injusto.» Apenas hablaba de los cargos que se le hacían, y cuando se refería a los hechos favorables, a su inculpabilidad, lo hacía confusa y torpemente, como si no quisiera justificarse ante Iván. Se enojaba, desdeñaba las acusaciones, se enfurecía, profería insultos. Se reía de que Grigori afirmara que la puerta estaba abierta. «¡La debió de abrir el diablo!», exclamaba. Pero no podía explicar satisfactoriamente este detalle. Incluso había ofendido a Iván al hablar de ello en su primera entrevista, diciendo de pronto que quienes sostenían que todo estaba permitido no tenían derecho a sospechar de él ni de interrogarlo. En resumidas cuentas, que había tratado a Iván sin la menor consideración.

Éste, después de su diálogo con Mitia, había ido a visitar a Smerdiakov. En el tren que le traía de Moscú no había cesado de pensar en este sirviente epiléptico y en la conversación que había tenido con él la víspera del día de su marcha. Recordó muchos detalles de la conducta de Smerdiakov que le parecían sospechosos. Pero, al declarar ante el juez de instrucción, Iván no había hecho la menor alusión a ellos. Antes de tocar esos puntos quería ver a Smerdiakov, que entonces estaba en el hospital. Herzenstube y el doctor Varvinski, médico del hospital, dijeron categóricamente a Iván, contestando a sus preguntas, que no cabía duda de que Smerdiakov era un epiléptico. Incluso se sorprendieron de que Iván les preguntase si el enfermo podía haber fingido el ataque que sufrió el día del drama. Le contestaron que el ataque había sido violentísimo y que se había repetido en los días siguientes, poniendo en peligro la vida del enfermo. Gracias a las medidas que se habían tomado, se podía afirmar que había pasado el peligro de muerte, pero el doctor Herzenstube añadió que el paciente tendría la razón trastornada durante mucho tiempo y que este trastorno podía ser incluso definitivo. Iván Fiodorovitch preguntó si había perdido la razón por completo, y le contestaron que no podía decirle si estaba loco, pero que presentaba ciertos síntomas de locura. Iván decidió entonces observar su estado directamente y obtuvo permiso para visitarlo. Smerdiakov estaba acostado en una habitación de dos camas. El otro lecho lo ocupaba un enfermo de hidropesía que no podía durar más de cuarenta y ocho horas. Por lo tanto, este desgraciado no podía ser un obstáculo para la conversación de Iván con Smerdiakov. Éste sonrió con desconfianza e incluso mostró cierta inquietud al ver a Iván Fiodorovitch. Por lo menos, ésta fue la impresión del visitante. Pero el paciente cambió de actitud enseguida, tanto, que Iván Fiodorovitch incluso se asombró de su serenidad. La evidente gravedad de su estado impresionó profundamente a Iván. Smerdiakov estaba exhausto, hablaba lentamente, con gran dificultad, había adelgazado mucho y su palidez era extrema. Durante los veinte minutos que duró la conversación se quejó sin cesar de que le dolían la cabeza y todos los miembros. Su cara de eunuco se había reducido. El cabello le caía revuelto sobre las sienes. Sólo un delgado mechón se levantaba a modo de tupé. Únicamente los continuos y nerviosos guiños del ojo izquierdo recordaban al Smerdiakov de siempre. Iván se acordó inmediatamente de su frase «da gusto hablar con un hombre inteligente». Se sentó en un taburete, junto a los pies de la cama. Smerdiakov se movió un poco entre gemidos, pero guardó silencio. No demostraba la menor curiosidad.

—¿Podemos hablar? No te molestaré mucho tiempo.

—Claro que podemos hablar —repuso Smerdiakov con voz débil—. ¿Hace mucho que ha llegado? —añadió como para animar al visitante, que estaba algo cohibido.

—He llegado hoy mismo... He venido para aclarar ciertas cosas.

Smerdiakov lanzó un suspiro.

—¿Por qué suspiras? —preguntó Iván—. ¿Sabes a qué me refiero?

—¿Cómo no lo he de saber? —repuso Smerdiakov tras una pausa—. Se veía claramente que la cosa terminaría mal, pero no se podía prever que acabara así.

—Nada de subterfugios. Dijiste que te daría un ataque en cuanto bajaras a la bodega. Mencionaste la bodega claramente.

—¿Lo ha dicho usted en su declaración? —preguntó Smerdiakov, impasible.

—Todavía no, pero lo diré. Me debes ciertas explicaciones, querido, y te aseguro que no permitiré que te burles de mí.

—¿Burlarme de usted? ¡Pero si sólo confío en usted, si confío en usted lo mismo que en Dios! —replicó Smerdiakov, inconmovible.

—Hay un hecho indiscutible, y es que nadie puede prever un ataque de epilepsia. Me he informado; es inútil que pretendas engañarme. ¿Cómo pudiste, pues, predecir el día, la hora e incluso el lugar? ¿Cómo pudiste saber que sufrirías un ataque precisamente en la bodega?

—Yo tenía que ir a la bodega varias veces al día —replicó lentamente Smerdiakov—. También me caí del granero hace un año. Desde luego, no se puede prever el día y la hora de un ataque, pero uno puede tener un presentimiento.

—¡Tú predijiste el día y la hora!

—En lo que concierne a mi enfermedad, señor, acuda a los médicos. Ellos le dirán si es verdadera o fingida. Yo de esto no sé nada.

—¿Pero cómo pudiste prever que sufrirías un ataque en la bodega?

—La bodega lo obsesiona, señor. Cuando empecé a bajar la escalera, el miedo y la desconfianza se apoderaron de mí. Mi miedo se debía a que usted se había marchado y en la casa no quedaba nadie que me defendiera. Yo pensaba: «Te va a dar un ataque, vas a caer.» Esta misma aprensión formó un nudo en mi garganta. Y caí rodando por la escalera... Todo esto, así como la conversación que tuve con usted el día anterior, en el portal de la casa, cuando le comuniqué mis temores, sin dejar de mencionar la bodega, lo expliqué detalladamente al doctor Herzenstube y al juez de instrucción Nicolás Parthenovitch, que lo hizo anotar en el expediente. El médico del hospital, el doctor Varvinski, dijo que la simple aprensión podía haber provocado el ataque, y también esto se consignó en las actas.

Smerdiakov daba muestras de agotamiento y respiraba con dificultad.

—¿De modo que ya has declarado todo eso? —preguntó Iván Fiodorovitch, un tanto desconcertado.

Iván pretendía atemorizar a Smerdiakov amenazándole con explicar la conversación que había tenido con él, pero el enfermo se le había anticipado.

—¿Por qué no lo había de declarar? —dijo Smerdiakov, imperturbable—. No tengo nada que temer y la verdad debe saberse.

—¿Repetiste exactamente nuestra conversación en el portal?

—Exactamente, no.

—¿Dijiste que eres capaz de simular un ataque, como me confesaste a mí dándote importancia?

—No.

—Otra cosa. ¿Por qué tenías tanto interés en que me fuera a Tchermachnia?

—No quería que se marchara usted a Moscú. Tchermachnia está más cerca.

—Mientes. Lo que tú deseabas era alejarme. «Apártese del pecado», me dijiste.

—Lo hice por amistad, por el afecto que le tengo. Presentía una desgracia y quería advertirle. Pero mi seguridad era para mí primero que usted. Por eso le dije: «Apártese del pecado.» Con esto quería darle a entender que iba a ocurrir algo grave y que usted debía quedarse aquí para defender a su padre.

—¡Debiste hablarme con franqueza, imbécil!

—¿Acaso podía? Yo estaba atemorizado. Además, pensé que usted podía enojarse. Se podía temer que Dmitri Fiodorovitch provocase un escándalo y se llevara ese dinero que él consideraba suyo, ¿pero quién iba a figurarse que cometería un asesinato? Yo creía que Dmitri Fiodorovitch se limitaría a apoderarse del sobre que contenía los tres mil rublos y que estaba escondido debajo del colchón. Pero no se conformó con robar, sino que asesinó. Esto no se podía prever.

—En este caso, ¿cómo iba a preverlo yo y a quedarme? Esto no está claro.

—Usted debió comprender por qué le pedí que fuera a Tchermachnia y no a Moscú.

—Eso no prueba nada.

Smerdiakov hubo de hacer una nueva pausa. Parecía en el límite de sus fuerzas.

—Usted debió comprender que si yo insistía en que fuera a Tchermachnia era porque deseaba tenerlo cerca, ya que Moscú está muy lejos. Sabiendo que estaba usted a dos pasos de aquí, Dmitri Fiodorovitch tal vez no se habría atrevido a hacer lo que hizo. Y, en caso necesario, usted habría acudido en mi ayuda, y más habiéndole advertido que Grigori Vasilievitch estaba enfermo y que yo temía que me diera un ataque. Además, le expliqué que, utilizando ciertas señales, se podía entrar en casa de Fiodor Pavlovitch, y que Dmitri Fiodorovitch conocía esta contraseña porque yo se la había revelado. Esto era otra razón para que yo creyese que usted, temiendo que su hermano se dejase llevar de su carácter violento, no se fuera ni siquiera a Tchermachnia, sino que se quedase aquí.

Iván se dijo: «Habla en serio, aunque balbucea. No comprendo por qué Herzenstube dice que tiene perturbado el juicio.»

—¡No eres sincero, canalla! —exclamó.

—Lo soy —dijo Smerdiakov con firmeza—. Francamente, en aquel momento creí que usted me había comprendido.

—Si te hubiera comprendido, me habría quedado.

—¡Y yo que pensé que usted se marchaba porque tenía miedo!

—Por lo visto, crees que todos son tan cobardes como tú.

—Perdóneme por haber creído que usted era como yo.

—Desde luego, debo ser más previsor. Por otra parte, temí que cometieras alguna villanía. —De pronto tuvo un recuerdo que le hizo exclamar—: ¡Mientes, mientes otra vez! Recuerdo que, cuando me despedí de ti, me dijiste: «Da gusto hablar con una persona inteligente.» Esa amabilidad era buena prueba de que te alegrabas de que me marchase.

Smerdiakov suspiró varias veces y pareció sentirse abochornado.

—Yo me alegré —dijo haciendo un gran esfuerzo– de que decidiera usted ir a Tchermachnia y no a Moscú. Tchermachnia está más cerca. Pero mis palabras no eran de agradecimiento, sino de reproche. Usted no me comprendió.

—¿Por qué eran de reproche?

—Porque, aun presintiendo una desgracia, abandonaba usted a su padre. Además, me dejaba a mí indefenso, pues se me podía atribuir el robo de los tres mil rubios.

—¡Vete al diablo! ¡Ah! Una pregunta: ¿hablaste a los jueces de la contraseña, de los golpes de llamada?

—Sí, lo expliqué con todo detalle.

Iván Fiodorovitch tuvo de nuevo un gesto de asombro.

—Lo único que pensé al marcharme fue que cometerlas alguna infamia. Creía a Dmitri capaz de matar, pero no de robar. ¿Por qué me dijiste que sabías fingir un ataque?

—Fue una chiquillada. Jamás he simulado un ataque. Lo dije por presumir. Entonces lo quería a usted mucho y le hablaba con ingenuidad infantil.

—Mi hermano te acusa. Dice que fuiste tú el que cometiste el robo y el crimen.

—¿Él qué ha de decir? —replicó Smerdiakov con una amarga sonrisa—. ¿Pero quién lo creerá, sabiéndose los cargos que pesan sobre él? Grigori Vasilievitch vio la puerta abierta. Es una prueba decisiva. En fin, que Dios le perdone. Tiene miedo y trata de salvarse.

Reflexionó un momento y añadió:

—Es lo de siempre. Quiere descargar sobre mí la culpa del crimen. Ya lo había oído decir. ¿Pero le habría dicho yo a usted que podía simular un ataque de epilepsia si hubiese tenido el propósito de matar a su padre? ¿Habría cometido la necedad de ofrecer por anticipado semejante prueba y nada menos que al hijo de la víctima? ¿Es esto verosímil? Nadie, excepto Dios, está escuchando esta conversación, pero si usted la transmitiera al procurador y a Nicolás Parthenovitch, esto me favorecería, pues no es posible que un desalmado obre con tanta ingenuidad. Todo el mundo razonará de este modo.

—Óyeme —dijo Iván Fiodorovitch levantándose, impresionado por este último argumento—. No sospecho de ti. Sería una necedad acusarte. Incluso te agradezco que me hayas tranquilizado. Ya volveré, pero ahora me voy. Adiós; que te mejores. ¿Necesitas algo?

—Gracias. Marta Ignatievna no me olvida, y como es tan buena, viene en mi ayuda siempre que me hace falta. Todos los días vienen a verme buenos amigos.

—Hasta más ver. No diré que dijiste que sabías simular un ataque. Te aconsejo que tampoco tú vuelvas a hablar de ello —dijo Iván, sin saber por qué.

—De acuerdo. Si usted no dice lo de la simulación, tampoco yo diré nada de nuestra charla en el portal.

Iván Fiodorovitch salió de la habitación. Cuando había dado unos diez pasos por el corredor se dio cuenta de que la última frase de Smerdiakov tenía algo de ofensivo para él. Por un momento pensó volver atrás, pero cambió de opinión, se encogió de hombros y salió del hospital.

Se había tranquilizado al saber que el culpable no era Smerdiakov, como parecía lógico suponer, sino Mitia. ¿Por qué había cometido su hermano el crimen? No intentó dilucidarlo; le repugnaban estos análisis psíquicos. Anhelaba olvidar. En los siguientes días acabó de convencerse de la culpabilidad de Mitia, al estudiar a fondo las pruebas que se acumulaban contra él. Personas tan humildes como Fenia y su madre habían hecho declaraciones abrumadoras. Y no hablemos de Perkhotine, los clientes de la taberna, los comerciantes Plotnikov y los testigos de Mokroie. Había detalles que eran cargos decisivos. El de la llamada mediante una serie de golpes convenida había impresionado al juez y al procurador casi tanto como la afirmación de Grigori de que la puerta estaba abierta. Marta Ignatievna, al interrogarla Iván Fiodorovitch, dijo que Smerdiakov había pasado la noche muy cerca de su lecho, al otro lado del tabique, y que más de una vez se había despertado al oír los gemidos del enfermo. «Se lamentaba sin cesar.» Iván habló también con el doctor Herzenstube y le expuso sus dudas acerca de la demencia de Smerdiakov, que a él le había parecido simplemente un hombre extenuado.

—¿Sabe usted en qué se ocupa ahora? Escribe palabras francesas con caracteres rusos en un cuaderno y se las aprende de memoria.

Al fin desaparecieron hasta las últimas dudas de Iván. Ya no podía pensar en Dmitri sin experimentar cierta aversión. Sin embargo, le sorprendía la persistencia con que Aliocha afirmaba que el asesino no era Dmitri y que había «muchas probabilidades» de que fuera Smerdiakov. Iván había respetado siempre las opiniones de Aliocha, y ésta, la referente a la culpabilidad del epiléptico, lo desconcertaba. Otro detalle sorprendía a Iván: Aliocha no era nunca el primero en hablar de Mitia, sino que se limitaba a contestar a las preguntas que él le hacía sobre Dmitri. Además de éstas, Iván tenía otra preocupación: desde que había regresado de Moscú estaba locamente enamorado de Catalina Ivanovna.


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