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Los hermanos Karamazov
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Текст книги "Los hermanos Karamazov"


Автор книги: Федор Достоевский



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En su acento había algo de desafío. Entonces llegó para Fetiukovitch el momento de interrogarla.

—Pero eso debió de ser al principio de sus relaciones, ¿no? —preguntó el abogado defensor, presintiendo que iba a ocurrir algo favorable a su cliente.

(Entre paréntesis, el abogado de Petersburgo, aunque llamado por Catalina Ivanovna, ignoraba el episodio de los cinco mil rublos entregados por Mitia y el detalle de la «profunda reverencia». Catalina se lo había ocultado, inexplicablemente. Parece lógico suponer que la joven esperaba alguna inspiración y que por eso no se atrevió a hablar hasta el último instante.)

Jamás olvidaré aquel momento. Catalina Ivanovna lo contó todo, relató enteramente los hechos referidos por Mitia a Aliocha, el detalle de la profunda reverencia y sus causas, el papel que en esto había desempeñado su padre... No hizo la menor alusión al detalle de que Dmitri pidió que fuera ella misma a recoger el dinero. Guardó sobre este punto un silencio magnánimo y dijo que había ido por su propio impulso a casa del oficial, aunque esperaba que no le entregaría el dinero sin ninguna compensación, sin bien no sabía en qué podía consistir ésta. Fue algo emocionante. Yo me estremecí al oírla; el público era todo oídos. En la conducta de Catalina Ivanovna había algo inaudito. Nunca se podía esperar, ni siquiera de una muchacha tan enérgica y altiva como ella, tanta franqueza y un sacrificio tan extraordinario.

¿Y por qué todo esto? Por salvar al hombre que la había traicionado y ofendido, por contribuir a sacarlo del atolladero, presentando una imagen favorable de él. En efecto, la figura de aquel oficial que entregaba cinco mil rublos, todo lo que poseía, a la inocente muchacha y se inclinaba respetuosamente ante ella, resultaba simpática en extremo.

Pero no pude menos de experimentar una profunda inquietud. Temí que este sacrificio fuera terreno abonado para la calumnia, y mis temores se cumplieron. Con perversa ironía, se hizo correr por la ciudad la opinión de que el relato de Catalina Ivanovna no podía ser exacto en cierto punto: el de que el oficial le permitiera marcharse con sólo un respetuoso saludo. Se afirmaba que aquí había una laguna. «Aunque todo hubiera ocurrido así —decían las más respetables de nuestras damas—, no podría considerarse prudente la conducta de esa joven. Ni siquiera el propósito de salvar a un padre puede justificar semejante proceder.»

¿Es posible que Catalina Ivanovna, pese a su enfermiza perspicacia, no hubiera presentido estas habladurías? No, Catalina Ivanovna sabía lo que iba a suceder y, sin embargo, lo contó todo. Naturalmente, estas insultantes dudas sobre la veracidad del relato de Catalina Ivanovna no surgieron hasta más tarde: en el primer momento, la emoción fue general. Los magistrados escucharon la declaración con un silencio respetuoso. El fiscal no se permitió dirigir ni una sola pregunta sobre esta cuestión. Fetiukovitch se inclinó con reverencia ante Catalina. El defensor se sentía triunfante. Pretender que un hombre que, en un arranque de generosidad, se había desprendido de sus últimos cinco mil rublos, hubiera matado después a su padre para robarle tres mil, no tenía pies ni cabeza. Ahora Fetiukovitch podría, por lo menos, eliminar la acusación de robo. Las cosas tomaban un nuevo rumbo. Las simpatías se concentraban en Dmitri. Durante la declaración de Catalina Ivanovna, Mitia había intentado levantarse, pero, apenas iniciado el movimiento, había vuelto a dejarse caer en el banquillo, cubriéndose el rostro con las manos. Cuando la testigo terminó, Mitia exclamó tendiendo los brazos hacia ella:

—¿Por qué me has perdido, Katia?

Prorrumpió en sollozos, pero se recobró enseguida y añadió:

—¡Ahora estoy irremisiblemente condenado!

Y desde este instante permaneció rígido en su asiento, con las mandíbulas apretadas y los brazos cruzados.

Catalina Ivanovna se quedó en la sala de la audiencia. Estaba pálida y su mirada se fijaba en el suelo. Los que se hallaban a su alrededor contaron más tarde que temblaba como si tuviera fiebre. Le tocó el turno a Gruchegnka.

Ya explicaré por qué tenía razón Mitia al decir que estaba perdido. No me cabe duda —y todos los juristas acabaron por estar de acuerdo conmigo– que, de no haberse producido los incidentes que acabamos de referir, el culpable habría obtenido el beneficio de ciertas circunstancias atenuantes. Pero dejemos esto para más adelante; ahora hemos de hablar de Gruchegnka.

Se presentó también vestida de negro y con los hombros cubiertos por su magnífico chal. Avanzó hacia la barandilla con su paso silencioso y con un leve contoneo. Su mirada estaba fija en el presidente. A mi juicio, su aspecto era excelente y no estaba pálida, como dijeron las damas después. Se dijo también que tenía una expresión reconcentrada y maligna. A mi entender, sólo estaba molesta al sentir concentradas sobre ella las miradas despectivas y curiosas de un público ávido de escándalo. Era uno de esos caracteres altivos que no pueden sufrir el desdén ajeno y se dejan llevar de la cólera y el espíritu de resistencia apenas se ven despreciados. También había en ella, seguramente, algo de timidez y de la vergüenza de ser tímida, lo que explica la irregularidad de su voz, que oscilaba entre la irritación y el grosero desdén, y en la que a veces, cuando Gruchegnka se acusaba a sí misma, había una nota de sinceridad. En algunos momentos hablaba sin preocuparse por las consecuencias. «No me importa lo que venga después —pensaba—. Diré lo que tengo que decir.» Al referirse a sus relaciones con Fiodor Pavlovitch, observó con acento tajante:

—Eso son tonterías. Si se enamoró de mí, yo no tengo la culpa.

Y un momento después añadió:

—La culpa fue mía. Me burlaba del viejo y de su hijo; les hice perder la cabeza a los dos. Yo he sido la causante de todo.

Cuando se le habló de Samsonov, replicó violentamente:

—¡Eso no le importa a nadie! Ese hombre fue mi bienhechor. Él me recogió cuando los míos me echaron de casa y me encontré en la miseria.

El presidente le recordó que debía limitarse a responder a las preguntas que se le hicieran, sin entrar en detalles superfluos. Gruchegnka enrojeció y sus ojos relampaguearon. Luego declaró que no había visto el sobre de los tres mil rublos y que sólo sabía de él lo que le había dicho aquel «malvado».

—¡Pero eso es una estupidez! ¡Ni por todo el oro del mundo habría ido a casa de Fiodor Pavlovitch!

—¿A quién se refiere usted al decir «aquel malvado»? —preguntó el fiscal.

—A Smerdiakov, ese lacayo que mató a su dueño y se ahorcó ayer.

Naturalmente, se apresuraron a preguntarle en qué se fundaba para formular una acusación tan categórica, pero resultó que tampoco ella sabía nada en concreto.

—Me lo dijo Dmitri Fiodorovitch —repuso—, y pueden ustedes creerle. Esa mujer lo perdió —añadió temblando de odio—. Ella es la culpable de todo.

Se le preguntó a quién se refería y Gruchegnka contestó:

—A Catalina Ivanovna. Me hizo ir a su casa y me obsequió con golosinas para seducirme. Es una sinvergüenza.

El presidente le rogó que se expresara con más moderación. Pero Gruchegnka no tenía freno: los celos la cegaban.

—Cuando se detuvo a Dmitri Fiodorovitch en Mokroie —dijo el fiscal—, usted llegó de la habitación inmediata gritando: «¡Yo soy la culpable de todo! ¡Iremos juntos a presidio!» Por lo tanto, en aquel momento usted creía que el acusado era culpable.

—No recuerdo lo que pensaba entonces. Lo único que sé es que, al ver que todos lo acusaban, me sentí culpable, creyendo que Dmitri había cometido el crimen por mí. Pero cuando él me aseguró que era inocente, lo creí. Y siempre lo creeré. Dmitri Fiodorovitch no miente nunca.

Seguidamente, se concedió la palabra a Fetiukovitch, que interrogó a Gruchegnka sobre Rakitine y los veinticinco rublos de recompensa que le había ofrecido si llevaba a Alexei Fiodorovitch Karamazov.

Gruchegnka sonrió despectivamente.

—Eso no tiene nada de particular —repuso—. Venía a pedirme dinero con frecuencia. Algunos meses me sacó hasta treinta rublos. Y no por necesidad, pues no le faltaba para comer ni beber.

—¿Por qué era usted tan generosa con el señor Rakitine? —preguntó Fetiukovitch, sin importarle la mirada de reprobación que le dirigió el presidente.

—Porque somos primos. Nuestras madres eran hermanas. No lo dije nunca a nadie porque él me lo suplicó. Se avergonzaba de mí.

Esta revelación sorprendió a todo el mundo. Nadie, ni en la ciudad ni en el monasterio, tenía la menor idea de este parentesco. Rakitine enrojeció. Gruchegnka lo detestaba por haber declarado contra Mitia. La elocuencia de Rakitine, su fraseología sobre la servidumbre y el desorden cívico de Rusia perdieron todo su crédito en la opinión. Fetiukovitch estaba satisfechísimo: el cielo acudía en su ayuda. No se retuvo mucho tiempo a Gruchegnka, ya que pronto se vio que no podía hacer más revelaciones importantes. La testigo dejó en el público una impresión sumamente desfavorable. Multitud de miradas despectivas se fijaron en ella cuando, después de su declaración, fue a sentarse lejos de Catalina Ivanovna. Durante el interrogatorio de Gruchegnka, Mitia había permanecido en silencio, inmóvil, con la cabeza baja.

Compareció un nuevo testigo... Iván Fiodorovitch.

CAPITULO V



Desastre repentino



Se le había llamado antes que a Aliocha, pero el ujier dijo al presidente que una súbita indisposición impedía comparecer al testigo, y que tan pronto como se hubiera repuesto acudiría a declarar. Su llegada pasó casi inadvertida; se le prestó muy poca atención. Los principales testigos, y especialmente las dos rivales, habían declarado ya, y la curiosidad había desaparecido casi por completo: no se esperaba nada nuevo de los demás testigos.

Iván avanzó con lentitud extraña, sin mirar a nadie, absorto y con la cabeza baja. Iba bien vestido. En su rostro se percibían las huellas de su enfermedad; su tez, de un matiz terroso, hacía pensar en las de los moribundos. Levantó la cabeza y paseó por la sala una mirada llena de turbación. Aliocha se levantó y lanzó una exclamación de la que nadie hizo caso.

El presidente recordó al testigo que no tenía que prestar juramento y que podía dejar sin respuesta aquellas preguntas que considerase conveniente no contestar, pero que debía prestar declaración de acuerdo con su conciencia. Iván lo miraba distraídamente. De pronto, una sonrisa iluminó su semblante y cuando el presidente, visiblemente sorprendido por este cambio, terminó de hablar, Iván se echó a reír.

—¿Y qué más? —preguntó levantando la voz.

Silencio en la sala. El presidente tuvo un gesto de inquietud.

—¿Se siente indispuesto todavía? —le preguntó, mientras buscaba con la suya la mirada del ujier.

—Tranquilícese, señor —repuso Iván con calma—. Estoy perfectamente y puedo referirle algo curioso.

—¿O sea que tiene usted que decir algo importante? —preguntó el presidente, incrédulo.

Iván Fiodorovitch bajó la cabeza, guardó silencio durante unos segundos y respondió:

—No, no tengo nada importante que decir.

Lo interrogaron. Contestó lacónicamente y con creciente resistencia, aunque sus respuestas fueron perfectamente sensatas. Ignoraba, según dijo, muchas de las cosas que le preguntaron, entre ellas las referentes a las cuentas de su padre con Dmitri.

—Era un asunto que no me importaba lo más mínimo —dijo.

Declaró que había oído las amenazas del acusado contra su padre y que estaba enterado de la existencia del sobre por Smerdiakov.

De pronto, exclamó con un gesto de fatiga:

—¡Siempre lo mismo! ¡No puedo decir nada más al tribunal!

—Veo que está usted todavía trastornado y lo comprendo —dijo el presidente.

Y ya iba a preguntar al fiscal y al defensor si querían interrogar al testigo, cuando Iván dijo, extenuado:

—Permítame su señoría que me retire: no me siento bien.

Dicho esto, y sin esperar la autorización del presidente, se dirigió a la salida. Pero, después de dar algunos pasos, se detuvo, quedó un momento pensativo, sonrió y volvió atrás.

—Me parezco a esa joven campesina que decía: «Iré si quiero, pero si no quiero, no iré.» La vistieron para llevarla al altar y ella repitió lo que acababa de decir... Es una anécdota popular...

—¿Qué significa eso? —preguntó con severidad el presidente.

En vez de responder a esta pregunta, Iván sacó un fajo de billetes y lo exhibió ante el tribunal.

—¡Miren, miren! Son los billetes que estaban en ese sobre —dijo, señalando la mesa donde se hallaban los cuerpos del delito—, los billetes por los que mataron a mi padre. ¿Dónde hay que depositarlos? Señor ujier, ¿quiere usted entregar este dinero a quien corresponda?

El ujier cogió el fajo y lo entregó al presidente. Éste preguntó, sorprendido:

—¿Cómo se explica que haya traído usted este dinero..., si verdaderamente es el que estaba en el sobre?

—Me lo entregó ayer Smerdiakov, el asesino. Estuve en su casa antes de que se ahorcase. Fue él quien mató a mi padre, no mi hermano. Él lo mató y yo lo instigué a matarlo... ¿Quién no desea la muerte de su padre?

—¿Está usted en su juicio? —exclamó el presidente.

—Sí, estoy en mi juicio, un juicio vil como el de ustedes, y como el de todos esos... papanatas.

Se había vuelto hacia el público al decir esto. Irritado y despectivo, añadió:

—A lo mejor, han matado a sus padres, y ahora se fingen aterrados y se miran unos a otros haciendo aspavientos. ¡Farsantes! Todos desean la muerte de sus padres. Los reptiles se devoran unos a otros... Si de pronto supieran que aquí no ha habido parricidio, se marcharían, defraudados y furiosos. Panem et circenses!.. Pero yo no me quedo corto... ¿Tienen agua? ¡Por Dios, denme un vaso!

Hundió la cabeza entre las manos. El ujier se acercó a él, presuroso. Aliocha se puso en pie y gritó:

—¡No lo crean! ¡Está enfermo! ¡Desvaría!

Catalina Ivanovna se había levantado también precipitadamente y miraba a Iván Fiodorovitch, aterrada e inmóvil. Mitia, con una sonrisa que más parecía una mueca, escuchaba ansiosamente a su hermano.

—Tranquilícese —dijo Iván—. No estoy loco. He cometido un crimen, y no se puede pedir elocuencia a un asesino —añadió, sonriendo.

El fiscal, visiblemente nervioso, habló en voz baja al presidente. Los magistrados cambiaban comentarios también en susurros. Fetiukovitch aguzó el oído. El público esperaba con ansiedad. El presidente se tranquilizó.

—Debo advertirle —dijo– que se expresa usted en términos incomprensibles y que aquí no se pueden tolerar. Cálmese y hable..., si verdaderamente tiene algo que decir. ¿Podría usted demostrar todo lo que ha dicho, y así convencernos de que no está delirando?

—El caso es que no tengo testigos. Ese miserable de Smerdiakov no les enviará a ustedes una declaración desde el otro mundo... dentro de un sobre. Ustedes desearían recibir más sobres: no les basta con uno... No, no tengo testigos... Aunque, bien mirado, tal vez tenga uno.

Quedó ensimismado, sonriendo.

—¿Quién es ese testigo? —le preguntó el presidente.

—Tiene rabo. Es algo que está al margen de toda la regla. Le diable n’existe point.

De pronto, dejó de reír y dijo en tono confidencial:

—No le hagan caso: es un diablejo sin importancia. Debe de estar aquí, en la sala. Seguramente en la mesa de los cuerpos del delito. ¿En qué otra parte puede estar?... Yo le he dicho que no me callaría y él me ha hablado de un cataclismo geológico y de otras tonterías semejantes... Dejen al monstruo en libertad. Ha cantado un himno alegremente; es un ser optimista..., una especie de bribón borracho. «Para Piter ha partido Vanka», vocifera. Y yo, por sólo dos segundos de alegría, daría un cuatrillón de cuatrillones. Ustedes no me conocen. ¡Todo es necio entre ustedes!... En fin, deténganme. Para algo he venido... ¡Ah, cuánta estupidez hay en el mundo!

De nuevo paseó su mirada por la sala, como soñando. La emoción era general. Aliocha corrió hacia él. Pero el ujier había cogido ya a Iván del brazo.

—¡Suélteme! —gritó éste, mirando fijamente al ujier.

De pronto, lo cogió por los hombros y lo derribó. Los guardias acudieron rápidamente. Lo sujetaron. Iván empezó a vociferar como un energúmeno. Mientras se lo llevaban, no cesó de proferir palabras incoherentes.

El tumulto fue extraordinario. No recuerdo bien los detalles, pues la emoción me impedía ser un observador atento, pero puedo afirmar que, una vez restablecida la calma, el ujier recibió una reprimenda, a pesar de que explicó a las autoridades que el testigo parecía hallarse perfectamente después de haberlo reconocido el médico hacía una hora, cuando se sintió indispuesto. Hasta el momento de comparecer, se había expresado con la más completa cordura, de modo que no podía preverse lo ocurrido. Pero antes de que los ánimos se hubieran apaciguado se produjo un nuevo incidente: Catalina Ivanovna sufrió un ataque de nervios. Gemía y sollozaba, y no quería marcharse; se debatía y suplicaba que la dejaran permanecer en la sala. De pronto, exclamó, dirigiéndose al presidente:

—¡Tengo algo más que decir! ¡Y quiero decirlo ahora mismo!... ¡Lean esta carta, léanla! ¡La escribió ese monstruo! —señalaba a Mitia—. ¡Es el asesino de su padre! ¡En esta carta confiesa su propósito de matarlo! Iván Fiodorovitch está enfermo; hace tres días que no cesa de desvariar.

El ujier cogió la carta y se la entregó al presidente. Catalina Ivanovna se dejó caer en el asiento, se cubrió el rostro con las manos y empezó a llorar en silencio, ahogando los sollozos por terror a que la expulsaran. La carta era la escrita por Dmitri en la taberna «La Capital», aquella carta que Iván consideraba como una prueba categórica. Y así, ¡ay!, se consideró. De no haberse presentado esta carta ante el tribunal, seguramente Mitia no habría sido condenado, o, por lo menos, la sentencia hubiera sido más benigna.

He de decir una vez más que no puedo describir esta situación detalladamente. Incluso ahora estas escenas acuden a mi memoria sin orden ni concierto. El presidente debió de poner en conocimiento de ambas partes y del juez el contenido de esta carta. Luego preguntó a Catalina Ivanovna si se había repuesto y ella contestó resueltamente:

—Sí, ya estoy serena: puedo responder a sus preguntas.

Temía que no se la escuchara con la debida atención. Le rogaron que explicara detalladamente cuándo y cómo había recibido la carta de Dmitri Fiodorovitch.

—La recibí el día anterior al del crimen. Como ven, está escrita en la taberna, en el reverso de una factura. Dmitri me odiaba entonces porque me debía tres mil rublos y porque había cometido la vileza de seguir a esa mujer. Su deuda y su villanía lo abochornaban. Les diré exactamente lo que ocurrió. Les ruego que me escuchen atentamente. Tres semanas antes de dar muerte a su padre, se presentó en mi casa. Yo sabía que necesitaba dinero y que lo quería para atraerse a esa mujer y retenerla a su lado. Yo sabía que me traicionaba, que tenía el propósito de abandonarme, y, sin embargo, le di ese dinero con el pretexto de que lo enviase a mi familia. Cuando se lo entregué, le dije, mirándole a los ojos, que podría mandarlo cuando quisiera, «aunque tardara un mes». Es extraño que él no comprendiera que esto equivalía a decirle: «¿Necesitas dinero para traicionarme? Aquí lo tienes; yo misma te lo doy. Tómalo si no te da vergüenza.» Mi intención era confundirlo, pero él se llevó el dinero y lo dilapidó en una sola noche con esa mujer. Sin embargo, Dmitri Fiodorovitch se había dado cuenta de que yo lo había comprendido todo y le ofrecía el dinero sólo para probarlo, para ver si cometía la infamia de admitirlo. Nuestras miradas se cruzaron, él me comprendió, y, no obstante, tomó el dinero y se fue.

—¡Todo eso es verdad, Katia! —exclamó Mitia—. Comprendí por qué me ofrecías ese dinero y, sin embargo, lo tomé. ¡Despreciadme todos! ¡Lo merezco porque soy un miserable!

El presidente lo amenazó con expulsarlo de la sala si decía una palabra más.

—Ese dinero fue un tormento para él —continuó Katia precipitadamente—. Quería devolvérmelo, pero lo retenía porque lo necesitaba para esa mujer. Aunque mató a su padre para pagarme, no me dio ni un céntimo: se fue con su amiga a Mokroie para gastárselo alegremente. Un día antes de cometerse el crimen me escribió esta carta, estando ebrio, cosa que deduje enseguida, y ciego de cólera. Era evidente que estaba seguro de que yo no se la enseñaría a nadie, aunque cometiera el crimen, pues, de lo contrario, no la habría escrito. Léanla, léanla con atención. Verán ustedes cómo se explica por anticipado todo lo que ha de suceder: cómo matará a su padre, dónde está escondido el dinero... Observen sobre tocto que dice que cometerá el crimen apenas parta Iván. Por lo tanto, fue un crimen premeditado.

Catalina Ivanovna dijo esto pérfidamente. Se veía que había estudiado detalle por detalle la fatídica carta.

—Estando despejado, no me la habría escrito, pero es evidente que la carta revela un plan.

En su exaltación, despreciaba las consecuencias posibles de sus palabras, actitud muy diferente de la de un mes atrás, cuando se preguntaba, temblando de ira, si debía entregar al tribunal la carta reveladora. Al fin, había quemado las naves.

El secretario leyó la carta, que produjo una impresión tremenda. Se preguntó a Mitia si la reconocía.

—Sí, yo la escribí, aunque no la habría escrito si no hubiera bebido más de la cuenta... ¡Tú y yo, Katia, nos odiábamos por muchas razones; pero yo te amaba a pesar de mi odio, y tú a mí no!

Se había levantado y volvió a dejarse caer en el banquillo, retorciéndose las manos.

Tanto el fiscal como el defensor preguntaron a Catalina Ivanovna por qué no había hablado de aquella carta en su reciente declaración y a qué obedecía su cambio de actitud respecto al acusado.

—Tienen ustedes razón: he mentido, faltando a mi honor y a mi conciencia. He obrado así porque quería salvarlo, y quería salvarlo porque me odiaba y me despreciaba. Sí, me despreciaba; me despreció siempre, desde que me incliné ante él para darle las gracias por el dinero que me entregó. Me di cuenta de ese desprecio enseguida, pero tardé mucho tiempo en convencerme. ¡Cuántas veces he leído en sus ojos estas frase: «Viniste en persona a mi casa»! No me comprendió, no fue capaz de deducir por qué fui a verlo. En su mente sólo cabe la vileza. Juzga a los demás a través de sí mismo...

Katia había llegado al colmo de la exaltación. La ira la cegaba.

—Quería casarse conmigo —siguió diciendo– por el dinero, sólo por el dinero. Es un desalmado. Estaba seguro de que siempre, durante toda mi vida, me sentiría avergonzada ante él, y él podría manejarme a su antojo. Por eso quería casarse conmigo. Les estoy diciendo la pura verdad. Intenté vencerlo a fuerza de cariño, incluso estaba dispuesta a olvidar su traición; pero él no me comprendió, no comprendía nada. Es un monstruo. Recibí su carta al día siguiente por la tarde; hasta entonces no me la trajeron de la taberna. Pues bien, aquella misma mañana estaba dispuesta a perdonárselo todo, ¡incluso su traición!

El fiscal y el presidente procuraron calmarla. Estoy seguro de que les daba vergüenza aprovecharse de la exaltación de Katia para obtener las importantes declaraciones que estaban oyendo. Decían: «Comprendemos su pesar y lo compartimos.» Pero ello no les impedía escuchar las revelaciones de una mujer que había perdido el dominio de sus nervios. Finalmente, con una lucidez extraordinaria, como es frecuente en estos casos, explicó cómo se había trastornado en los dos meses últimos la razón de Iván Fiodorovitch, obsesionado por la idea de salvar a su hermano, el monstruo, el parricida.

—Estaba atormentado. Pretendía atenuar la falta de su hermano diciéndome que él tampoco quería a su padre y que incluso deseaba su muerte. Tiene un exceso de conciencia, y ésta es la causa de sus sufrimientos. No tenía secretos para mí. Venía a verme a diario, porque soy su única amiga. Sí, tengo el honor de ser su única amiga —repitió en un tono de reto, con los ojos brillantes—. Fue dos veces a visitar a Smerdiakov. Un día me dijo: «Si no fue mi hermano quien mató a mi padre si fue Smerdiakov, acaso sea también yo el culpable, pues Smerdiakov sabía que yo no quería a mi padre y acaso supusiera que deseaba su muerte.» Entonces le mostré esta carta y él quedó completamente convencido de la culpa de su hermano. Estaba aterrado; no podía soportar la idea de que su propio hermano fuera un parricida. Desde hace una semana está trastornado por estas inquietudes. Desvaría, le han oído hablar solo por la calle. El doctor que traje de Moscú lo reconoció anteayer y me dijo que estaba al borde de una grave perturbación mental. ¡Y todo por culpa de ese monstruo! El suicidio de Smerdiakov ha sido para él el golpe de gracia. ¡Todo a causa de ese mal hombre al que pretende salvar!

Generalmente, sólo se habla así una vez en la vida, cuando se está al borde de la muerte, al subir al cadalso, por ejemplo. Pero esta conducta estaba de acuerdo con el carácter de Katia. La Katia de aquel momento era la misma muchacha impulsiva que había corrido a casa de un joven libertino para salvar a su padre; la misma muchacha casta y altiva que hacía unos instantes había sacrificado su pudor virginal, refiriendo públicamente el «noble acto de Mitia», con el único fin de atenuar la suerte que le esperaba. Y ahora hacía el mismo sacrificio por otro al que tal vez hasta aquel momento no se había dado cuenta de que profesaba un profundo afecto. Se sacrificaba por él porque, de pronto, se había imaginado, aterrada, que lo había perdido con su declaración, al revelar que él, Iván, creía ser responsable de la muerte de su padre, en vez de serlo su hermano; se sacrificaba por Iván y por su reputación.

Una pregunta la atormentaba. ¿Había calumniado a Mitia al hablar del principio de sus relaciones con él? No, ella estaba convencida de que no mentía al decir que Dmitri la despreciaba por su profunda reverencia; creía sinceramente que Mitia la había adorado hasta aquel momento y que después su adoración se había convertido en burla y desprecio. Entonces se había sentido ligada a él por un amor que tenía algo de vanidad herida y que se parecía mucho a la venganza. Tal vez este falso amor se habría transformado en amor verdadero; tal vez Katia lo deseara; pero Mitia la había herido profundamente con su traición, y el alma de Katia no era de las que perdonan. De súbito, había llegado el momento de la venganza, y todo el rencor dolorosamente acumulado en el corazón de la mujer ofendida había hecho explosión en un instante. Acusando a Mitia, se acusaba a sí misma. Cuando hubo terminado, perdió el dominio de sus nervios, y una profunda vergüenza la invadió. Hubo que sacarla de la sala, presa de un nuevo ataque de nervios. Mientras se la llevaban, Gruchegnka corrió hacia Mitia gritando. Fue tan rápida su carrera, que no la pudieron contener.

—¡Esa víbora te ha perdido, Mitia! ¡Ya lo han visto ustedes! —exclamó, dirigiéndose al tribunal.

A una señal del presidente, la sujetaron y la condujeron hacia la puerta. Gruchegnka se debatía, tendiendo los brazos hacia Dmitri. Éste lanzó un grito e intentó correr hacia ella. Fue fácil detenerlo.

Estoy seguro de que las espectadoras quedaron satisfechas. El espectáculo fue realmente apasionante. El médico de Moscú, al que el presidente había mandado llamar para que asistiera a Iván Fiodorovitch, presentó su informe. Dijo que el enfermo atravesaba una grave crisis y que convenía llevarlo a su domicilio sin pérdida de tiempo. Dos días atrás, el paciente había ido a consultarlo, pero no había seguido el tratamiento, a pesar de la gravedad de su estado.

—Me dijo que tenía alucinaciones, que se encontraba en la calle con personas fallecidas y que Satanás lo visitaba todas las noches.

La carta recibida por Catalina Ivanovna se añadió a la pieza de autos. Después de deliberar, el tribunal decidió proseguir los debates y hacer constar en las actas las inesperadas declaraciones de Catalina Ivanovna y de Iván Fiodorovitch.

Las declaraciones de los últimos testigos confirmaron las anteriores, añadiéndoles, además, ciertos detalles significativos. En el informe del fiscal, que vamos a oír a continuación, se habla de todo lo dicho.

Los incidentes que se acababan de producir habían puesto los ánimos en tensión. Se esperaban con impaciencia los discursos de la acusación y la defensa, y el veredicto. La declaración de Catalina Ivanovna había sobrecogido a Fetiukovitch. El fiscal, en cambio, se sentía triunfante.

La vista se suspendió para reanudarse una hora después. Eran las ocho de la noche cuando empezó a informar el fiscal.

CAPITULO VI



El informe de la acusación



Cuando empezó su discurso, Hipólito Kirillovitch era presa de un temblor nervioso, tenía la frente y las sienes bañadas en frio sudor y lo sacudían frecuentes escalofríos, como él mismo confesó después. Consideraba este discurso como su chef-d'oeuvre, su chant du cygne, cosa que justificó muriendo tuberculoso nueve meses después. Puso en este informe toda su alma y toda su inteligencia, revelando un sentido cívico inesperado y un vivo interés por las cuestiones sensacionales. Lo que más cautivó a su auditorio fue su sinceridad. Creía realmente que Mitia era culpable, y no obraba solamente por cumplir su deber, sino también llevado del deseo de salvar a la sociedad. Incluso las damas, generalmente hostiles a Hipólito Kirillovitch, admitieron que había causado excelente impresión. Empezó con cierta inseguridad, pero su voz se afirmó muy pronto y se hizo tan potente que llegó incluso al rincón más apartado de la sala. Pero apenas terminó, estuvo a punto de desvanecerse. Éste fue su discurso:

—Señores del jurado: este asunto ha tenido resonancia en toda Rusia. Pero, bien mirado, no hay razón para que nos sorprendamos ni nos asustemos. ¿Acaso no estamos habituados a estos hechos? Ya casi no nos conmueven. Lo que nos debe inquietar es esta indiferencia y no la perversidad de tal o cual individuo. ¿A qué se debe que permanezcamos poco menos que insensibles ante estos hechos que nos presagian un sombrío porvenir? ¿Hay que atribuir esta indiferencia a la osadía, al agotamiento prematuro de la inteligencia y la imaginación de nuestra sociedad, joven todavía, pero ya débil; al relajamiento de nuestros principios morales o la ausencia total de tales principios? Dejo sin contestar estas preguntas que requieren la atención de todos los ciudadanos. Nuestra prensa, pese a su timidez, ha prestado buenos servicios a la sociedad, ya que, gracias a ella, todo el mundo está enterado de la inmoralidad y el desenfreno que reinan en nuestro país; todo el mundo y no sólo los que acuden a presenciar las audiencias, que han abierto sus puertas al público en el presente reinado. ¿Qué es lo que nos cuentan los periódicos? Atrocidades ante las cuales el asunto que nos ocupa palidece y resulta poco menos que una nimiedad. La mayoría de nuestras causas criminales demuestran una especie de perversidad general, un azote que se ha introducido en nuestras costumbres y que es sumamente difícil combatir. Aquí vemos a un joven y admirado oficial de la mejor sociedad, que asesina sin remordimiento alguno a un modesto funcionario, con el que está en deuda, y a su muchacha de servicio, para recobrar un pagaré. Y, además, roba el dinero que encuentra, para gastárselo alegremente. Después de cometer este doble crimen, pone una almohada debajo de la cabeza de cada una de sus víctimas y se marcha. En otro lugar, un héroe, joven también y de cuya bravura dan cuenta sus condecoraciones, estrangula, en una carretera, ni más ni menos que como un bandido, a la madre de su jefe, después de haber dicho a sus cómplices, para tranquilizarlos, que la buena señora no tomará ninguna precaución, ya que lo quiere como a un hijo y confía en él ciegamente. Estos asesinos, verdaderos monstruos, no son casos aislados. Otros no llegan a cometer crímenes, pero piensan como los criminales y, en su fuero interno, no son menos infames que ellos. Cuando se enfrentan con su conciencia, se preguntan: «¿Acaso no es un prejuicio el honor?» Tal vez se me objete que calumnio a nuestra sociedad, que desvarío, que exagero. Ojalá sea así; quiera Dios que me equivoque. No me creáis, miradme como se mira a un enfermo; pero no olvidéis mis palabras. Aunque no diga ni la vigésima parte de la verdad, esta pequeña parte es suficiente para que nos echemos a temblar. Observad cómo abundan los suicidas entre la gente joven. Y se matan sin preguntarse, como Hamlet, qué vendrá después. La inmortalidad del alma, la vida futura, no existe para ellos. Observad también nuestra corrupción. Fiodor Pavlovitch, la desdichada víctima de nuestro caso, es un niño inocente comparado con ellos. Todos lo conocíamos, porque vivía en esta población... Sin duda, la psicología del crimen en Rusia será estudiada algún día por hombres eminentes, tanto de nuestro país como de Europa, pues el tema es de gran importancia. Pero este estudio se realizará cuando todo haya pasado y se pueda proceder con calma, cuando la trágica incoherencia del momento actual no sea más que un recuerdo y pueda analizarse con una imparcialidad que hoy es imposible. Ahora nos horrorizamos o fingimos horrorizarnos, pero, al mismo tiempo, nos complacen las fuertes sensaciones que sacuden nuestro ocio; o, como los niños, escondemos la cabeza debajo de la almohada al ver pasar esos horribles espectros, y luego, en la inconsciencia de nuestras alegrías y nuestros placeres, los olvidamos. Pero un día a otro reflexionaremos, haremos examen de conciencia y nos daremos cuenta del estado de nuestra sociedad. Al final de una de sus obras maestras, un gran escritor de la generación pasada comparaba a Rusia con una impetuosa troikaque galopaba hacia una meta desconocida, y exclamaba: «¡Ah, troikaveloz como un ave! ¿Quién te ha inventado?» A continuación, decía en una explosión de entusiasmo que ante aquella troika sin freno todos los pueblos se apartaban respetuosamente [86]. Admito, señores, que esto es admirable, pero, en mi humilde opinión, el genial poeta, o se dejó llevar de un ingenuo idealismo o temió a la censura de la época, pues tirando de la troikacaballos tan poderosos como Sabakevitch, Nozdriov y Tchitchikov, sabe Dios adónde iríamos a parar, cualquiera que fuese el conductor. Y estamos hablando de corceles de otro tiempo. Ahora los tenemos mejores.


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