355 500 произведений, 25 200 авторов.

Электронная библиотека книг » Владимир Набоков » Ada o el ardor » Текст книги (страница 22)
Ada o el ardor
  • Текст добавлен: 8 октября 2016, 16:48

Текст книги "Ada o el ardor"


Автор книги: Владимир Набоков



сообщить о нарушении

Текущая страница: 22 (всего у книги 39 страниц)

Con un gesto que no nos es desconocido, Van renunció al borrador de su discurso y pasó a decir:

—Abra los ojos, señor Rack. Soy yo, Van Veen. Una visita.

Durante unos instantes el largo rostro de palidez de cera, mejillas hundidas, nariz más bien gruesa, mentón más bien redondeado, permaneció desprovisto de toda expresión. Pero los hermosos ojos se habían abierto; los ojos elocuentes, ambarinos, límpidos, de largas pestañas patéticas. Después, una débil sonrisa agitó vagamente sus partes bucales, y extendió una mano, sin levantar la cabeza de la almohada, protegida por un rectángulo de tela encerada (¿por qué encerada?).

Van, sentado en su silla de ruedas, puso sobre Rack la punta de su bastón, y el enfermo se asió a ella y la palpó cortésmente creyendo que le ofrecían un apoyo.

—No, todavía no puedo andar ni un paso —dijo muy claramente, con el acento alemán que, sin duda, constituiría el grupo más duradero de sus células fantasmas.

Van retiró su arma inútil y, tratando de dominarse, asestó un golpe sordo al estribo de su cochecito. Dorofey levantó los ojos de su periódico... y volvió a sumergirse en la lectura de un artículo que le interesaba mucho: «Un cerdito inteligente» (extracto de las memorias de un amaestrador), o «La guerra de Crimea: los guerrilleros tártaros ayudan a las tropas chinas». En el mismo instante una minúscula enfermera salía de detrás del biombo más lejano para volver a desaparecer en seguida.

¿Va a pedirme que le transmita un mensaje? ¿Me negaré? ¿Aceptaré... para no transmitirlo?

—¿Se han ido ya todos a Hollywood? Dígamelo, por favor, barón von Wien.

—No sé nada. Probablemente, sí. En realidad, yo...

—Porque he enviado mi última melodía para flauta y una carta a toda la familia y no he recibido respuesta. Ahora tengo que vomitar. Llamo yo mismo.

La microscópica enfermera, encaramada en unos tacones blancos de altura prodigiosa, desplegó un biombo ante el lecho de Rack, separándole del melancólico joven dandy recién afeitado, ligeramente herido y recosido, a quien el eficaz Dorofey se llevó de la habitación.

Al volver a la suya, clara y fresca, donde el sol y la lluvia jugaban a luces en el cristal de la ventana entreabierta, Van, con pie todavía inseguro, se acercó al espejo, se sonrió a sí mismo en señal de bienvenida y se metió en la cama sin ayuda de Dorofey. La encantadora Tatiana entró y le preguntó si deseaba una taza de té.

—Preciosa —dijo Van—, es usted lo que deseo. Mire esta «sólida torre».

—¡Si usted supiese —dijo Tatiana, mirándole por encima del hombro– cuántos enfermos lascivos me insultan de esa manera...!

Escribió a Córdula una breve carta, diciendo que había sufrido un pequeño accidente, que ocupaba el apartamento de los príncipes caídos en el Hospital Vista del Lago, de Kalugano, y que el martes siguiente se pondría a sus pies. Escribió a Marina una nota aún más corta, en francés, para darle las gracias por el delicioso verano que había pasado en Ardis Hall —nota que, luego de reflexionar, decidió que enviaría desde manhattan al Pisang Palace Hotel de Los Ángeles—. Y, finalmente, redactó una tercera carta, ésta dirigida a Bernard Rattner, su mejor amigo de Chose y sobrino del gran Rattner. «Tu tío tiene honestos puntos de vista —escribió, entre otras cosas—, pero pronto pienso demolérselos.»

El lunes, hacia mediodía, Van fue autorizado a sentarse en aquella tumbona colocada sobre el césped que, durante días, había contemplado envidiosamente desde su ventana. El doctor Fitzbishop le había dicho, frotándose las manos, que el laboratorio de Luga creía que se trataba del peligroso, pero no mortal, arethusoides, pero que aquello no tenía ninguna importancia práctica, porque había todas las razones para creer que el infortunado maestro de música y compositor no sólo no pasaría la noche en Demonia, sino que llegaría a Terra —¡ja-ja! —a tiempo para rezar las vísperas. El doctor Fitz era lo que se llama en ruso un poshlyak(espíritu vulgar y pretencioso), y por alguna oscura razón Van sintió alivio al no poder gozarse en el martirio del desgraciado Rack.

Un gran pino proyectaba su sombra sobre Van y sobre el libro que estaba leyendo. Lo había descubierto en un estante entre obras de medicina, cuentos policíacos manoseados y una selección de cuentos de Monparnasse titulada La Rivière de diamants. El volumen desparejado de los Anales de la ciencia modernaque había elegido contenía un intrincado ensayo de Ripley sobre «La estructura del espacio». Van se batía desde hacía unos días con sus fórmulas y diagramas, y ahora tenía que rendirse a la evidencia de que no habría logrado dilucidar todas las dificultades antes de su salida del hospital, prevista para la mañana siguiente. Se sintió tocado por un cálido rayo de sol, y, dejando caer el volumen rojo, se levantó de su asiento: Conforme recobraba la salud, la imagen de Ada se fortalecía de nuevo en él, como una ola amarga y brillante dispuesta a engullirle. Le habían quitado las vendas; su torso ya sólo estaba envuelto en una especie de camiseta de franela, muy ajustada y gruesa, pero que no llegaba a protegerle contra la flecha envenenada de Ardis. Arrowhead Manar, El Castillo de la Flecha, Flesh Hall.

Dio algunos pasos sobre el césped estriado de sombras. Su pijama negro y su bata granate le daban demasiado calor. Un muro de ladrillos separaba de la calle aquella parte del jardín, y una puerta de doble batiente se abría a una cinta de asfalto que describía un arco hasta la entrada principal del alargado edificio del hospital. Van iba a regresar a su tumbona cuando un elegante coche, de cuatro puertas y con carrocería gris perla, apareció en el camino de entrada y se detuvo ante él. La portezuela se abrió antes de que el chófer, un hombre maduro con guardapolvo y botas altas, tuviese tiempo de ofrecer la mano a Córdula, que saltó al césped y se lanzó hacia Van con movimientos de bailarina. Él la recibió con entusiasmo, la estrechó entre sus brazos, besó sus mejillas rojas y ardientes y amasó su cuerpo suave y felino, protegido por un vestido de seda negra. ¡Deliciosa sorpresa!

Córdula venía de Manhattan y había hecho todo el recorrido a cien kilómetros por hora, temiendo que Van hubiese abandonado ya el hospital, aunque él le había escrito que su partida estaba fijada para el día siguiente.

—¡Una idea! —exclamó Van—. Me llevas contigo, en seguida. Sí, tal como estoy.

—O.K. —dijo Córdula—. Vivirás en mi casa. Tengo una bonita habitación de invitados.

Era una buena jugadora, la pequeña Córdula de Prey. Un instante después Van estaba sentado a su lado, en el coche que hacía marcha atrás, para dirigirse a la puerta. Dos enfermeras les persiguieron a la carrera, gesticulando, y el chófer preguntó en francés si la condesa deseaba que se detuviera.

—¡No, no, no! —gritó Van, con una explosión de alegría. Y escaparon a toda velocidad.

Córdula, que no había llegado a recuperar el aliento, dijo:

—Mi madre me ha llamado desde Malorukino (era la casa de campo propiedad de los de Prey en Malbrook, Mayne). Los periódicos locales decían que habías tenido un duelo. ¡Pero tienes un aspecto sólido como una torre! ¡Me alegro mucho! Sabía que había pasado algo desagradable, porque el pequeño Russel —¿recuerdas?, el nieto del doctor Platonov —te vio, desde la ventanilla del tren, pegando a un oficial en el andén. Pero, ante todo, Van – net, pozhaluysta, on nas vidit(no, por favor, que nos ven)—, tengo una triste noticia que darte. El joven Fraser, que acaba de ser repatriado desde Yalta, vio morir a Percy el segundo día de la invasión, menos de una semana después de haber salido del aeródromo de Goodson. Fraser te contará toda la historia (siempre añade al relato unos detalles cada vez más atroces). No creo que se haya cubierto de gloria en el combate, y, sin duda, trata de embellecer las cosas.

Bill Fraser, hijo del juez Fraser de Wellington, había asistido a la muerte de Percy de Prey desde una zanja providencial disimulada por nísperos y otros arbustos. Naturalmente, nada había podido hacer para salvar al jefe de su pelotón. Por varias razones, que enumeró concienzudamente en su informe, pero que sería muy fastidioso y embarazoso recoger aquí. Percy había sido herido en un muslo durante una escaramuza con guerrilleros khazar, en una hondonada cercana a Chew-Foot-Calais, pronunciación americana de Chufutkale, nombre de un espolón rocoso fortificado. Quedó convencido, con esa extraña seguridad de los que están ya en manos de la muerte, de que había salido del paso con una herida superficial. Perdía tanta sangre que se desmayó (como lo hizo el propio Fraser) al tratar de dirigirse reptando, o más bien retorciéndose, hacia el refugio de un bosquecillo de robles y de arbustos espinosos, donde otro herido ya se había instalado cómodamente. Cuando recuperó el conocimiento, dos minutos más tarde, Percy, todavía el conde Percy de Prey, se dio cuenta de que no estaba solo en su rudo lecho de hierbas y guijarros. Un viejo tártaro de cara sonriente, que llevaba, con su beshmet, pantalones vaqueros americanos (conjunto heteróclito, pero que producía un cierto alivio), le contemplaba con mansedumbre, acurrucado junto a él. Bedniy, bedniy(mi pobre amigo), murmuraba aquel buen hombre, sacudiendo la cabeza afeitada. ¿ Bol'no? (¿duele?). Percy contestó, en su ruso igualmente primitivo, que no se sentía muy mal herido. Karasho, karasho, ne bol'no(bueno, bueno), dijo el amable viejo; y así diciendo, recogió la pistola que Percy había dejado caer, la examinó con ingenuo placer y le disparó un balazo en la sien. Uno se pregunta, uno se preguntará siempre, qué serie de impresiones, breve y rápida, pudo experimentar la víctima (serie de impresiones que debe estar registrada en algún lugar, en alguna forma desconocida, en una vasta biblioteca de últimas impresiones recogidas en microfilm) entre dos momentos esenciales: en el caso que nos ocupa, aquél en que nuestro amigo ve esas arruguitas amistosas y casi algonquinas que irradian para él sobre un cielo azul como el de Ladore, y aquel otro en que las fauces de acero penetran brutalmente en la piel tierna y en el hueso que estalla. Uno puede imaginar una especie de suitepara flauta cuyos diferentes movimientos llevarían por título: Estoy vivo —¿quién es? —un civil —simpatía —sed —hija con cántaro —¡la pistola es mía! —¡no!—, et cétera. O, mejor, nada de cétera... Mientras tanto, Bill Brazo Quebrado, reventando de miedo, reza a su divinidad romana para que permita que el tártaro acabe su obra y se marche. Naturalmente, el descubrimiento en la misma banda de pensamientos —quizás a continuación del cántaro —de algún reflejo, alguna sombra, algún aguijonazo de Ardis, hubiese constituido un detalle inestimable.

—¡Qué extraño! ¡Qué extraño! —murmuró Van, cuando Córdula le contó la aventura, en una versión mucho menos elaborada que aquélla con la que más tarde le obsequiaría Bill Fraser.

¡Extraña coincidencia! O bien las fatales flechas de Ada estaban en juego, o bien, de un modo u otro, Van había conseguido eliminar a sus desgraciados rivales en un duelo con un maniquí.

Y lo que era aún más extraño es que, al escuchar hablar a la pequeña Córdula, Van no experimentaba ninguna singular emoción, a no ser, tal vez, una especie de asombro neutro. Hombre de un solo camino en asuntos de placer, el extraño Van, el hijo del extraño Demon, se preocupaba de momento bastante más por la perspectiva de poseer a Córdula tan pronto como le fuese humana y humanitariamente posible, satánica e itinerariamente realizable, que en deplorar la suerte de un muchacho a quien apenas había conocido. Y aunque vio una o dos veces brillar una lágrima en los ojos azules de Córdula, sabía muy bien que la chica no había tratado mucho —y, desde luego, no había amado– a su primo segundo.

Córdula dijo a Edmond:

—Párese en Luga, cerca de... ¿cómo se llama?, sí, Albion, la tienda pour messieurs.

Y como Van, contrariado, deplorase no poder reintegrarse a la civilización en pijama, ella le respondió, en un tono que no admitía réplica:

—Voy a comprarte alguna ropa, mientras Edmond se toma un café.

Córdula adquirió un pantalón y un impermeable, mientras Van, enclaustrado en el coche, la esperaba con impaciencia. Con el pretexto de que ahora tenía que cambiarse de ropa, pidió a Córdula que le condujese a un lugar apartado, mientras Edmond, donde quiera que estuviese, se tomaba otro café.

Tan pronto como llegaron a un lugar propicio, Van tomó a Córdula sobre sus rodillas y la poseyó muy cómodamente, con tales aullidos que la chica se sintió conmovida y halagada.

—¡Despreocupada Córdula! —comentó alegremente la despreocupada Córdula—. Esto significará seguramente otro aborto..., otro pequeño fantasma, como decía la doncella de mi pobre tía cada vez que le ocurría eso. ¿Es que he dicho algo que esté mal?

—¡No, no, nada! —dijo Van, besándola con ternura. Y regresaron al café.

XLIII


Van hizo una cura de un mes en el apartamento de Córdula, en la avenida Alexis, Manhattan. Muy cortésmente, Córdula visitaba a su madre dos o tres veces por semana en su castillo de Malbrook. Van no la acompañaba allí, como tampoco a las múltiples reuniones de sociedad a las que asistía en la ciudad, porque era un pequeño ser frívolo y ávido de diversiones. No obstante, Córdula renunció a algunas fiestas y se mantuvo decididamente apartada de su último amante, el doctor F. S. Fraser, psicotécnico de moda y primo del feliz compañero de armas de P. de P. Van habló varias veces por teléfono con su padre (que se dedicaba a un profundo estudio de los casinos mejicanos) y le gestionó diversos asuntos en la ciudad. Invitaba con frecuencia a Córdula a los restaurantes franceses del lugar y la llevaba a ver películas inglesas y tragedias varangianas, todo lo cual resultaba plenamente satisfactorio: Córdula saboreaba cada bocado, cada trago, cada palabra graciosa, cada suspiro, y Van se maravillaba del rosa aterciopeldo de sus mejillas y del límpido azul celeste de sus ojos, pintados como para una fiesta permanente, a los que una diadema de espesas pestañas de negro azulado, cuya curva se prolongaba hasta la comisura de los párpados, añadía lo que entonces se llamaba el «oblicuo arlequín».

Un domingo, mientras Córdula descansaba indolente en su baño perfumado (encantador espectáculo, singularmente nuevo para su huésped y que hacía las delicias de éste dos veces al día), Van, posando «en academia» (su nueva enamorada creía de buen tono sustituir por esta divertida locución la palabra «desnudo»), trató, por primera vez después de un mes de abstinencia forzosa, de caminar sobre las manos. Creía haber recuperado sus fuerzas y su destreza, y se puso alegremente en «primera posición» en medio de la terraza inundada de sol. Un segundo más tarde yacía de espaldas. Hizo un nuevo intento, y también perdió el equilibrio. Su brazo izquierdo se había quedado más corto que el derecho (impresión errónea, pero pavorosa). Se preguntó si algún día volvería a ser capaz de bailar sobre las manos. King Wing le había advertido que si permanecía dos o tres meses sin practicar podía perder definitivamente el secreto de un arte tan excepcional. El mismo día (ambos desagradables episodios deberían quedar enlazados para siempre en su memoria), Van cogió el dorófono al oír una llamada: una voz cavernosa, que tomó por la voz de un hombre, preguntaba por Córdula. Error: era una antigua amiga de pensión. Córdula fingió estar encantada de oírla, pero, a la vez, hacía guiños a Van por encima del receptor, y se excusaba, alegando numerosos e inverosímiles compromisos.

—Es una chica espantosa —exclamó, después de la melodiosa despedida—. Se llama Vanda Broom, y hace poco he sabido lo que nunca había sospechado en el pensionado: que es una verdadera tribadka. La pobre Grace Erminin me ha revelado que, en Brownhill, Vanda no dejaba de darle pasadas, a ella ya... otra chica. Mira, aquí hay una fotografía suya.

La voz de Córdula se había transformado súbitamente. Puso ante los ojos de Van un álbum del colegio coquetonamente encuadernado, fechado en la primavera de 1887 y que Van ya había visto en Ardis, pero sin fijarse en el rostro sombrío y en las gruesas cejas de la pobre Vanda. De todas maneras, aquello ya no tenía ninguna importancia. Y Córdula no tardó en guardar el álbum en un cajón. Pero Van se acordaba muy bien de que, entre otras contribuciones más o menos recatadas, contenía un astuto pastiche de la distribución de los párrafos y los finales de capítulo de Tolstoi, compuesto por Ada Veen; y, bajo su foto, muy relamida, había añadido esta cuarteta, característica de su estilo:

He aquí la parodia de una vieja mansión,

he aquí sus estancias y todas sus verandas,

y la gigante fronda propia de la estación

de los jacarandás de Ardis y sus demandas.

¡Ninguna importancia, ninguna importancia! ¡Rómpelo y olvida! Pero una mariposa en el parque, o una orquídea en el escaparate de unos almacenes, resucitaban todas las cosas en un deslumbramiento interior de violenta desesperación.

Van pasaba la mayor parte de sus horas de actividad en la Biblioteca Pública, aquel admirable y formidable palacio de columnas de granito, separado del dulce nido de Córdula por muy pocas calles. Hay una irresistible tentación a comparar las náuseas, los extraños anhelos, los éxtasis complicados que acompañan a la elaboración del primer libro de un joven autor con las impresiones experimentadas por una mujer encinta. Van se encontraba todavía en el estadio nupcial. Más tarde (si queremos llevar adelante la metáfora) conocería el coche-cama de la sucia desfloración, la primera terraza de los desayunos en la luna de miel, con la primera avispa. Córdula no podía ser comparada, en ningún sentido, a la musa de nuestros poetas. Pero el camino de regreso a su apartamento, al anochecer, a paso de paseo, combinaba, de muy agradable manera, el eco del trabajo realizado y la promesa de próximas caricias. Van veía venir con un particular placer aquellas noches en que Córdula hacía subir una cena selecta del «Mónaco», famoso restaurante situado en el entresuelo del alto edificio que quedaba coronado por el ático y la gran terraza de Córdula. La dulce trivialidad de su pequeño romance era para Van un estímulo mucho más eficaz que la compañía de Demon, cuya agitación y cuyo ardor no conocían punto de reposo (padre e hijo se encontraron pocas veces en Manhattan, pero pronto iban a pasar dos semanas juntos, en París, antes del regreso de Van a Chose).

Aparte del parloteo —un parloteo mariposante—, Córdula no tenía conversación; y eso también facilitaba la vida. Instintivamente, había comprendido en seguida que Ada y Ardis eran palabras que no debía pronunciar nunca. Van, por su parte, no se hacía la menor ilusión acerca de los sentimientos que ella alimentaba a propósito de él. Córdula no le amaba verdaderamente. Su cuerpecito rosa, tierno, suave y almohadillado resultaba delicioso de acariciar, y el no disimulado asombro que le producían el vigor y la variedad de las proezas amorosas de su amante proporcionaban un no despreciable bálsamo a lo que Van conservaba aún de vanidad viril. Córdula dormitaba entre dos besos. Van, cuando no conseguía dormir, cosa que ahora le ocurría bastante a menudo, se retiraba al salón para consultar sus libros y hacer anotaciones, o bien recorría en todas direcciones la terraza abierta, bajo una bruma de estrellas, en recogida meditación, hasta que el primer tranvía ponía sus tintineos y chirridos en el abismo renaciente de la gran ciudad.

Cuando, en los primeros días de septiembre, dejó Manhattan, con destino a Lute, Van Veen estaba ya en estado interesante.


SEGUNDA PARTE


I



En el aeropuerto de Goodson, en uno de los grandes espejos de la sala de espera rococó, Van descubrió el sombrero de seda de su padre, el cual le esperaba sentado en una butaca de imitación madera-mármol, detrás de un periódico abierto en el que se leía, en letras invertidas, «CRIMEA... CAPITULACIÓN». En el mismo momento, un hombre cubierto con un impermeable y cuyo rostro rosado, algo porcino, no le era desagradable, se aproximó a Van. Era el representante de una famosa agencia internacional, la CMC, que se encargaba de la entrega en propia mano de Cartas Muy Confidenciales. Tras un primer movimiento de sorpresa, Van reflexionó que Ada Veen, una de sus últimas amantes, no podía haber elegido un medio más smart(en todos los sentidos de la palabra) de hacerle llegar un mensaje. Aquel sistema de transmisión, insensatamente precioso o insensatamente preciado, era una garantía de absoluto secreto: ni la tortura ni el hipnotismo habían logrado quebrantarlo en las horas sombrías de 1859 y se decía que el presidente Gamaliel, cuando iba a París (lo que, ¡ay!, no hacía ya con tanta frecuencia como en otros tiempos), y el rey Victor de Inglaterra, en sus visitas (todavía bastante frecuentes) a Cuba o a Hécuba, y, por supuesto, el vigoroso lord Goal, virrey de Francia, en sus alegres paseos por Canadia, preferían confiarse a la infalibilidad prodigiosamente discreta y —digámoslo– casi sobrenatural de la CMC, antes que a las facilidades oficiales que se ofrecen a la sexualidad famélica de los potentados deseosos de engañar a sus esposas. El mensajero de hoy se hacía llamar James Jones, una fórmula cuya absoluta falta de connotación la convertía en un seudónimo ideal, aun en el caso de que fuese su verdadero nombre. En el espejo, la impaciencia comenzaba a batir sus alas, pero Van se prohibió cualquier reacción precipitada, y, para ganar tiempo (porque, al haberle sido presentadas por separado las armas de Ada, comprendía que tenía que decidir si aceptaba o no su carta), empezó por examinar atentamente la insignia en forma de as de corazones que J. J. enarbolaba con disculpable orgullo. El joven detective rogó a Van que abriese la carta, se asegurase de su autenticidad y firmase en una tarjeta, que inmediatamente desapareció en algún bolsillo o bolsa marsupial oculta en sus ropas o en su anatomía. Las impacientes exclamaciones de bienvenida de su padre (envuelto, para su viaje a Francia, en una capa negra con forro de seda escarlata) decidieron finalmente a Van a interrumpir su diálogo con James y a tomar la carta, que deslizó en su bolsillo (y leyó algunos minutos más tarde, en los lavabos, antes de ocupar su plaza en el avión trasatlántico).

—Las acciones suben casi en vertical —dijo Demon—. Nuestros triunfos territoriales, etc., etc. Un gobernador norteamericano, mi amigo Bessborodko, va a instalarse en Besarabia, y un gobernador británico, Armborough, va a gobernar en Armenia. Te he visto abrazado a tu condesita cerca del parque de estacionamiento. Si te casas con ella, te desheredo. Está muy por debajo de nuestro nivel.

—De aquí a un par de años —dijo Van —entraré en posesión de mis propios milloncetes (se refería a la fortuna que Aqua le había dejado). Pero no tienes que preocuparte, hemos interrumpido, de común acuerdo, nuestras relaciones por una temporada... hasta que yo vuelva a vivir en su girlinière(argot de Canadia).

Demon, no poco orgulloso de su olfato, quiso saber si Van, o bien su amiguita, tenían dificultades con la policía. Y al mismo tiempo indicó, con un movimiento de cabeza, hacia Jim o John, mientras éste, que tenía algún otro mensaje que entregar, esperaba sentado ojeando el periódico (Crimen... Copulación... Besarmenia...).

—¿Por qué gris? —preguntó Demon, refiriéndose al gabán de Van—. ¿Y por qué ese corte militar? Ya es demasiado tarde para alistarse.

—Yo no podría alistarme. En la caja de recluta me mandarían a casa.

—¿Cómo va la herida?

Komsi-komsa.Ahora parece que el cirujano de Kalugano me ha hecho una chapuza. La cicatriz se ha vuelto roja y sanguinolenta, sin ninguna razón, y tengo un bulto en la axila. Habrá que recurrir otra vez a la cirugía... pero ahora será en Londres, donde los carniceros cortan mucho mejor. Pero, ¿dónde está aquí el mestechko? ¡Ah, ya lo veo! Encantador: una genciana en la puerta de caballeros y un helecho hembra en la otra. ¡Corramos al herbario!

Van no contestó a la carta, y, quince días más tarde, John James, disfrazado esta vez de turista alemán (pseudo– tweeda cuadros de la cabeza a los pies), entregaba a Van un segundo mensaje en pleno Louvre, ante el Bateau ivredel Bosco, aquél en que se ve a un bufón vaciando su copa en los obenques. (¡Dan, el pobre viejo, lo creía más o menos inspirado en el poema satírico de Brandt!)

Van no deseaba contestar, aunque, según observó el honrado mensajero, el importe de la respuesta estaba incluido en el precio del mensaje.

Nevaba, pero James, en un acceso de abstracta obstinación, de pie ante la puerta de la elegante casita de campo de Van en el Ranta, cerca de Chose, se abanicaba con una tercera carta. Van le rogó que dejase de llevarle mensajes.

En el curso de los dos años siguientes dos misivas más le fueron entregadas, ambas en Londres, en el vestíbulo del Albania Palace Hotel, por otro emisario de la CMC, un señor maduro, con sombrero hongo, cuyo aspecto prosaico y propio de un empresario de pompas fúnebres quizás irritase menos al señor Van Veen, según el modesto y sensible Jim, que el de un detective privado de novela. Una sexta carta llegó a Park Lane por la vía normal. El conjunto de estos escritos (a excepción del último, que trataba exclusivamente de las empresas escénicas y cinematográficas de Ada) es reproducido en las páginas siguientes. Ada desdeñaba las fechas; pero hemos podido restablecerlas aproximadamente.


[Los Angeles, primeros días de septiembre de 1888]

Tienes que perdonarme por haber hecho uso de un medio tan snob, y, al mismo tiempo, tan vulgar, de hacerte llegar una carta; pero no he podido encontrar otro más seguro.

Al decirte que me era imposible hablarte y que te escribiría, quería decir que no me habría sido posible encontrar sin reflexión las palabras precisas: te imploro. Me daba cuenta de que no había podido sacar de mí esas palabras, ni disponerlas en su orden conveniente. Te imploro. Me daba cuenta de que una palabra inoportuna o mal colocada me sería fatal, que te alejarías de mí, como lo has hecho, y que volverías a marcharte, una vez, y otra, y otra. Te imploro: intenta comprender todo lo que suflo [así, en lugar de «sufro». Nota del editor]. Pero ahora creo que hubiera debido arriesgarme a hablar, a tartamudear, porque descubro que me es igual de difícil, de espantosamente difícil, poner en letra escrita mi corazón y mi honor. Y aún más difícil: porque, al hablar, un balbuceo puede servirnos de velo; podemos invocar un accidental defecto de pronunciación, como la liebre ensangrentada a la que un disparo ha volado media mandíbula, o bien podemos zigzaguear y mejorar la posición, mientras que sobre un fondo de nieve (aunque sea la nieve azul de este papel de cartas) los desatinos quedan grabados en rojo y son definitivos. Te imploro.

Una cosa debe quedar bien establecida, de una vez para todas, irreversiblemente. No he amado, ni amo, ni amaré a nadie más que a ti. Te imploro y te amo con un sufrimiento y una pasión que durarán siempre, amor mío. Ti tut stoyal (tú viviste aquí), en este karavansaray, Van presente en el corazón de todas las cosas, siempre, siempre tú, cuando yo no debía tener más de siete u ocho años. ¿No es así?


[Los Ángeles, mediados de septiembre de 1888]

Ésta es mi segunda llamada iz ada (desde el Hades). De un modo extraño, me he enterado el mismo día y por tres fuentes diferentes, de tu duelo en K., de la muerte de P. y de tu convalecencia en casa de su prima («felicis», como nos decíamos ella y yo). La he telefoneado y me ha dicho que habías salido para París, y que también R. había muerto, no a tus manos, como creí al principio, sino a las de su mujer. Ni él ni P. habían sido técnicamente amantes míos, pero eso ya no tiene importancia, ahora que los dos están en Terra.


[Los Ángeles, 1889]

Seguimos en el albergue rosa-caramelo y verde-pisang en el que tú te hospedaste una vez con tu padre, quien, dicho sea de paso, es extraordinariamente amable conmigo. Me gusta viajar con él. Hemos ido a jugar a Nevada, la ciudad que rima con mi nombre; pero tú también estás allí, como el río legendario de la Vieja Rus. ¡Da! Oh, Van, escríbeme una cartita. ¡Me esfuerzo tanto en complacerte! ¿Quieres alguna otra (desesperada) pequeña noticia? El nuevo director-espiritual artístico de Marina define el Infinito como el punto más alejado de la cámara cuya imagen no está aún desenfocada. Marina tiene que hacer el papel de Varvara, la monja sorda (que es, en cierta manera, la más interesante de las Cuatro Hermanas de Chejov). De acuerdo con el precepto de Stan, según el cual el actor debe impregnarse de su personaje hasta en los detalles de la vida cotidiana, en el comedor del hotel quiere seguir siendo Varvara, bebe el té v prikusku («mordisqueando» azúcar entre sorbo y sorbo) y finge comprender mal lo que se le pregunta, de la misma curiosa forma que tiene Varvara de fingir estupidez (un doble embrollo que importuna a todo el mundo, pero que, no sé por qué, hace que yo me sienta más hija suya de lo que me sentía en los tiempos de Ardis). En conjunto, tiene aquí un gran éxito. Le han dado (no del todo gratis, me temo) un bungalow especial en la Universal City, con el rótulo MARINA DURMA-NOVA. En cuanto a mí, sólo soy una criada episódica que aparece fugazmente en un western de cuarto orden, moviendo las caderas entre borrachos que golpean en las mesas; pero no me disgusta el ambiente de Houssaie, su arte concienzudo, sus caminos sinuosos bordeando colinas, y un pueblo artificial con sus calles y su plaza pública, y un letrero malva en una casa de madera muy adornada, y, a medio día, los extras con trajes de época haciendo cola ante una cabina de cristal. Sólo yo no tengo a quién telefonear.

A propósito de conferencias, la otra noche vi, con Demon, una maravillosa película ornitológica. Nunca había captado el hecho de que los suimangas paleotropicales (busca en el Austin) son «mimotipos» de los colibríes del Nuevo Mundo, y de que todos mis pensamientos, amor mío, son los mimotipos de los tuyos. ¡Ya sé, ya sé! Ya sé que has dejado de leer al llegar a «ornitológica»... como en los viejos tiempos.


    Ваша оценка произведения:

Популярные книги за неделю