355 500 произведений, 25 200 авторов.

Электронная библиотека книг » Владимир Набоков » Ada o el ardor » Текст книги (страница 15)
Ada o el ardor
  • Текст добавлен: 8 октября 2016, 16:48

Текст книги "Ada o el ardor"


Автор книги: Владимир Набоков



сообщить о нарушении

Текущая страница: 15 (всего у книги 39 страниц)

Cuando se dirigía hacia el brillante sol de la puerta del balcón oyó a Ada que explicaba algo a Lucette. Era algo divertido, relacionado con... no lo sé, y no puedo inventarlo. Ada tenía un modo rápido de acabar una frase antes de que la acometiese la hilaridad; pero a veces, como pasó entonces, un estallido breve e imprevisto cortaba sus palabras. Entonces se las arreglaba para atraparlas y para acabar su frase, con una precipitación aún mayor, atando corto su alegría. Y su última palabra era seguida por la triple carambola de una risa gutural sonora, erótica y más bien blanda.

—Y ahora, corazón —añadió, colocando sendos besos en los hoyuelos de Lucette—, hazme un favor. Baja a decirle a esa maldita Belle que ya es hora de que tomes tu leche y tus galletas. Jivo(¡rápido!). Mientras tanto, Van y yo vamos a retirarnos al cuarto de baño, o a donde dispongamos de un buen espejo, y le cortaré el pelo. Le hace muchísima taita. ¿Verdad, Van? ¡Ah, ya sé a dónde iremos! Corre, corre, Lucette.

XXXIV



Los retozos bajo el sauce llorón resultaron un error. En cuanto escapaba a la vigilancia de su esquizofrénica institutriz, cuando no le leían, o la paseaban, o la metían en la cama, Lucette se convertía en una plaga. A la caída de la noche, y siempre que Marina no se encontrase en los alrededores —ocupada, por ejemplo, en beber con sus invitados bajo los globos dorados de las nuevas lámparas del jardín, que lucían de trecho en trecho entre el verde bruscamente revelado y mezclaban el olor del petróleo con los aromas de heliotropo y jazmín—, los dos amantes podían deslizarse entre las tinieblas más profundas y permanecer solos hasta la hora en que la nocturna—fina brisa de medianoche– venía a remover el follaje, troussant la raimée, como decía Sore, el oscilante guarda nocturno. Una noche, Sore, armado de su linterna esmeralda, cayó sobre ellos. Y en varias ocasiones vieron deslizarse a una Blanche fantasmagórica, con una risa ligera, que iba a emparejarse, en algún escondrijo más humilde, con la vieja y robusta luciérnaga convenientemente sobornada. Pero esperar durante todo el día una noche favorable era más de lo que podían soportar nuestros impacientes amantes. La mayor parte de las veces estaban ya agotados antes de la cena, lo mismo que en el pasado. No obstante, se hubiera dicho que detrás de cada biombo, detrás de cada espejo, se escondía una Lucette al acecho.

Probaron en el granero, pero observaron, justo a tiempo, una rendija del suelo, a través de la cual se distinguía un rincón del cuarto de la plancha, y a French, la segunda doncella, que iba y venía en corsé y enaguas. Miraron a su alrededor sin poder comprender cómo habían sido alguna vez capaces de hacer tan tiernamente el amor entre cajas erizadas de clavos y de astillas, o deslizarse por la trampilla del tejado, que cualquier diablillo verde de piel cobriza podía observar a placer desde una horcadura del olmo gigante.

Todavía les quedaba la galería de armas, con su rincón oriental abuhardillado. Pero por entonces, este rincón estaba infestado de chinches, apestaba a cerveza rancia y tenía tanta mugre y tanta grasa que a nadie se le ocurriría desnudarse allí ni utilizar el pequeño diván. Todo lo que Van pudo contemplar allí de su nueva Ada fueron los muslos y las caderas marfileñas. Y la mismísima primera vez que hizo presa en ellas Ada le ordenó, cuando él estaba en lo mejor de su goce, que mirase sobré su hombro y por encima del alféizar de la ventana donde ella aferraba las manos todavía con las pulsaciones decrecientes del propio orgasmo: por un sendero del bosquecillo se acercaba Lucette, saltando a la comba.

Aquellas intrusiones se repitieron dos o tres veces. Lucette se aproximaba cada vez más, ya fuese cogiendo una seta que fingía comerse cruda, ya fuese poniéndose-a gatas para cazar un saltamontes o imitando los ademanes de cualquier persecución indiferente y juguetona. Avanzaba hasta el centro del herboso terreno de juego que se extendía ante el pabellón prohibido, y luego, con un aire de soñadora inocencia, ponía en movimiento el asiento de un antiguo columpio que colgaba de la rama más alta y más larga de Baldy, viejo roble privado de parte de sus hojas, pero aún vigoroso (y que figuraba —¿te acuerdas, Van?– en una litografía centenaria de Ardis, obra de Peter de Rast, como un joven coloso que protegía a cuatro vacas y a un vaquerillo cuyos harapos dejaban ver su hombro desnudo). Cuando nuestros amantes (te gusta el posesivo de autor, ¿verdad, Van?) daban otro vistazo hacia el exterior, Lucette estaba meciendo al triste dachsund, o elevaba los ojos hacia un imaginario picamaderos, o se instalaba calmosamente, con varias y graciosas contorsiones, en el asiento del columpio y se columpiaba suavemente, precavidamente, como si nunca lo hubiera hecho antes, mientras el tonto de Dack ladraba ante la puerta atrancada del pabellón. Iba aumentando el alcance de su balanceo con tal circunspección que Ada y su jinete, en la disculpable ceguera del placer creciente, no sorprendían nunca el instante en que el rostro redondo y rosado, con todas las pecas encendidas, aparecía ante la ventana y dos ojos verdes se clavaban sobre el asombroso tándem.

La sombra Lucette les seguía, pues, desde el césped a los graneros, desde el pabellón de la entrada hasta las cuadras, desde un cuarto de duchas construido poco después de la piscina hasta el antiguo cuarto de baño del primer piso. Lucette, como un Lucifer de resorte, salía de una caja de sorpresas, emergía de un baúl cualquiera y exigía que la llevasen a pasear, que jugasen con ella a arre, caballito»... Y Van y Ada intercambiaban miradas sombrías.

Ada elaboró un plan que no era ni sencillo ni juicioso, y que, por añadidura, salió mal. Quizás ella lo quisiera así. (Suprime eso, Van, suprímelo, por favor). La idea consistía en que Van se burlase de Lucette mimándola en presencia de Ada a la vez que besaba a ésta, y que besase y acariciase a la pequeña mientras Ada estaba en el bosque (en «herborizaciones botánicas»). Aquella estrategia presentaba, según Ada, una doble ventaja: apaciguaba los celos de la niña y podía servir de coartada en caso de que Lucette fuese testigo de retozos más equívocos.

Los tres se besaron y se acariciaron tan frecuentemente y con tanta convicción que, una tarde que jugaban en el diván negro que tantas cosas había soportado ya, Ada y Van no pudieron contener por más tiempo su ardor amoroso. Con el absurdo pretexto de jugar al escondite encerraron a Lucette en una alacena donde se alineaban los volúmenes encuadernados de Las aguas de Kalugay El sol de Kaluga, e hicieron el amor con frenesí, mientras Lucette gritaba, aporreaba y daba puntapiés a la puerta... hasta que acabó por caerse la llave y el ojo de la cerradura se encendió con un irritado color verde.

No obstante, lo que más costaba soportar a Ada no eran los accesos de mal humor de Lucette, sino los aires de languidez y de éxtasis que mostraban sus facciones cuando se abrazaba estrechamente a Van ayudándose con los brazos, con las rodillas y con la cola prensil, como si su primo se hubiese convertido en un tronco de árbol, aunque ambulante. Abrazo al que Ada sólo podía poner fin a fuerza de cachetes o de azotes.

—Tengo que reconocer —decía Ada, sentada junto a Van en una barca roja que les llevaba a flor de agua hacia un islote de Ladore oculto por una cortina de sauces—, tengo que reconocer, con vergüenza y con pena, que mi plan ha fracasado. Creo que la cría es una pequeña depravada. Creo que está criminalmente enamorada de ti. Creo que voy a decirle que eres su hermano uterino, y que flirtear con un hermano uterino es algo ilegal y absolutamente abominable. Las palabras feas, las palabras tenebrosas, le dan miedo, lo sé. También a mí me daban miedo cuando tenía cuatro años. Pero hay que tener en cuenta que Lucette es una niña algo obtusa, y hay que protegerla de quimeras y de pesadillas. Si no quiere entrar en razón, siempre me quedará el recurso de decirle a Marina que nos molesta en nuestros estudios y nuestras meditaciones. ¿O acaso a ti no te molesta? ¿Tal vez incluso te excita? Confiésalo, ¿te excita?

—Este verano es mucho más triste que el anterior —dijo suavemente Van.

XXXV



Hénos ahora en un islote plantado de sauces y rodeado por el brazo más tranquilo del azul Ladore. A un lado se extienden praderas inundadas, al otro puede verse, en la lejanía, la torre del Castillo de Bryant, románticamente sombría, en su colina de encinas.

Es en aquel retiro oval donde Van somete a la nueva Ada a un estudio comparativo. El cotejo era fácil porque la niña que tan detalladamente había conocido cuatro años antes permanecía luminosamente presente en la pantalla de su memoria, sobre el mismo telón de fondo de azul tornasolado.

La extensión de la frente parecía haber disminuido, y no sólo como un efecto del crecimiento, sino porque se peinaba de otra manera, con un remolino delantero muy efectista. La blancura de la piel, ahora limpia de toda imperfección, había adquirido un singular tono mate. Alguna arruga superficial parecía sugerir que había fruncido demasiado el ceño, aquellos últimos años, pobre Ada.

Las cejas eran regias, más espesas que nunca.

Los ojos... Van volvía a encontrar los pliegues voluptuosos de los párpados, las pestañas que parecían incrustaciones de azabache, la posición hindo-hipnótica del iris, situado muy alto. Los párpados no eran más capaces que antes de permanecer bien abiertos durante el más breve abrazo. Pero la expresión de aquellos ojos —cuando comía una manzana, o examinaba algún hallazgo, o simplemente escuchaba a un animal o a una persona– se había transformado; parecía como si hubiesen ido acumulándose sucesivas capas de tristeza y taciturnidad que velaban a medias las pupilas mientras que, en sus órbitas adorablemente alargadas, los globos de esmalte se desplazaban con una movilidad más inquieta: Mademoiselle Hipno-Kuch, «cuyas miradas no se posan nunca en usted, y, sin embargo, le taladran».

La nariz no había adquirido el grosor de línea hiberniana que poseía ahora la de Van, pero su arista se había acusado singularmente, y su extremo, arremangado con más audacia, presentaba un ligero surco vertical que Van no recordaba haber visto antaño en la muchachita de doce años.

Si la luz era intensa podía verse entre la nariz y la boca la sombra discreta de una pelusa negra y sedosa (semejante a la que tapizaba su antebrazo), pero Ada anunció que estaba condenada a desaparecer en la primera «sesión estética» de la temporada de otoño. Un levísimo toque de lápiz de labios daba a éstos el aire de hosquedad de una máscara; en contraste, se dejaba sentir con tanta más fuerza el choque de la belleza viva cuando, alegre o golosa, mostraba el brillo húmedo de sus anchos dientes y los rojos tesoros de su lengua y su paladar.

El cuello había sido, y seguía siendo, el trozo más delicado de su persona, sobre todo cuando el cabello le caía libremente sobre los hombros y, en los intervalos de sus ondas negras y lustrosas, aparecía la piel blanca, tibia, adorable. Furúnculos y mosquitos habían dejado de martirizarla, pero Van le descubrió, justo por debajo del talle, la pálida cicatriz de un arañazo como de tres centímetros de largo, que corría paralelo a la columna vertebral, causado el anterior mes de agosto por un alfiler de sombrero dssprendido... o más bien por alguna ramita espinosa oculta en el césped hospitalario.

(Van, no tienes piedad.)

En el secreto islote (prohibido a las parejas domingueras: era propiedad de los Veen, y un cartel anunciaba plácidamente que «los intrusos se exponían a ser abatidos por los cazadores de Ardis Hall», texto del tío Dan), la vegetación consistía en tres sauces llorones, una hilera de alisos, hierbas de todas clases, espadañas, juncos aromáticos y algunas orquídeas con el pétalo superior color violeta, ante las cuales Ada lanzaba enternecidas quejas como lo hacía ante los perritos o los gatitos.

Bajo el dosel de los alisos neurasténicos Van proseguía su examen...

Los hombros eran de una gracia intolerable: yo nunca permitiría a mi mujer que se exhibiese descotada con unos hombros como aquéllos... Pero, ¿cómo podía Ada ser mi mujer? En la versión inglesa del cuento más bien cómico de Monparnasse, Rennie dice a Nellie: «La infame sombra de nuestra antinatural relación nos seguirá hasta las hondas profundidades del Infierno que nuestro Padre que está en el cielo nos muestra con su soberbio dígito». Por alguna misteriosa razón, las peores traducciones no son del chino, sino simplemente del francés.

El pezón, ahora rojo y atrevido, estaba rodeado de finos pelos negros, que también desaparecerían pronto, decía Ada, porque resultaban unschicklich. Van se preguntó de dónde habría sacado aquella horrible palabra. Los pechos estaban bien formados, redondos y pálidos, pero Van casi añoraba las tiernas turgencias de otros tiempos, con sus botones mates e informes.

Reconoció el encogimiento elegante, familiar y característico del vientre plano, su «juego» maravilloso, la expresión franca y ardiente de los músculos oblicuos y la «sonrisa» del ombligo (tomamos los términos del vocabulario de la danza del vientre).

Un día Van llegó consigo su máquina de afeitar, y la ayudó a desembarazarse de los tres mechones de pelos negros de su cuerpo.

—Soy Scheher —dijo– y tú, su Ada. Y esto es tu alfombra verde de oración.

Sus visitas al islote quedaron grabadas en el recuerdo de aquel verano, en medio de enmarañamientos después inextricables. Se veían allí, en pie, enlazados, vestidos solamente con las sombras móviles de las hojas, contemplando la barca roja con su moviente marquetería de ondas reflejadas, y luego sobre la barca, agitando interminablemente sus pañuelos. Y el misterio de estas secuencias mixtas se realzaba aún más con imágenes tales como la de la barca que regresaba hacia ellos sin dejar de alejarse, los remos rotos por la refracción, las lentejuelas de luz vibrando al revés por el mismo efecto estroboscopio que nos hace ver girar al revés las ruedas de un coche que pasa. El tiempo les mistificaba, hacía que uno hiciese una pregunta memorable a la cual daba el otro una respuerta olvidada. Un día, en el pequeño alisal que se repetía, negro, en el río azul, descubrieron una liga; era de Ada, que no pudo negarlo, pero Van estaba absolutamente seguro de que nunca la había llevado en sus excursiones estivales al islote mágico, al que siempre iba sin medias.

Sus bellas piernas vigorosas tal vez se habían alargado algo, pero conservaban la lisa blancura y la levedad de sus años de nínfula. Todavía podía, si le venía en gana, chuparse el dedo grueso del pie. El dorso de la mano izquierda y el empeine del pie derecho tenían la misma manchita de nacimiento, suficientemente discreta sin duda, pero imborrable y sagrada, con que la naturaleza había marcado la mano derecha y el pie izquierdo de Van. Ada se esforzaba en cubrir sus uñas con laca Scherezada (moda bien ridícula de los años ochenta), pero era poco cuidadosa de su persona: el barniz caía en escamas y dejaba unas manchas indecorosas, y Van le pidió que volviese al estado de «sin lustrar». En compensación, le compró en Ladore, donde presumían de elegancia, una esclava de oro para el tobillo; por desgraciadla perdió en una de sus fogosas citas y se inundó inesperadamente en lágrimas cuando él le dijo que no tenía importancia, que algún otro amante la encontraría cualquier día. Su brillantez, su genio. Desde luego, había cambiado en cuatro años, pero también él había cambiado, y sus cambios paralelos habían hecho por grados correspondientes, de modo que sus mentes y sus sentidos seguían al unísono, como iban a seguir siempre, más allá de todas las separaciones. Ninguno de los dos era ya el desenvuelto Wunderkindde 1884, pero ambos aventajaban a los jóvenes de su edad en saber libresco en un grado todavía más asombroso que cuando eran niños. En términos oficiales, Ada (nacida el 21 de julio de 1872) había ya acabado sus estudios medios, mientras que Van, dos años y medio mayor, esperaba obtener la licenciatura a finales de 1889. La conversación de Ada acaso era menos alegre, menos chispeante, y dejaba ya presentir (al menos retrospectivamente) las primeras fugaces sombras de lo que más tarde llamaría su «destino acarpo» ( pustotsvetnost), pero la vivacidad innata de su talento se había hecho más profunda, y unas corrientes de fondo extrañamente «metaempíricas» (según las llamaba Van) parecían duplicar interiormente —y, en consecuencia, enriquecer —la más sencilla expresión de sus pensamiento más sencillos. Leía con tanta voracidad como él, y casi con igual falta de exigencia en la elección de sus lecturas, pero cada uno de ellos tenía, más o menos, su capricho particular: él, el dominio terrológico de la psiquiatría; ella, el teatro (especialmente el ruso), que Van creía (en el caso de Ada) un capricho demasiado fácil y deseaba que fuese una veleidad pasajera. Ada, ¡ay!, no se había curado de su florimanía; pero, desde la muerte de Krolik, fulminado en el jardín por un ataque al corazón (1886), había depositado todas sus crisálidas vivas en el ataúd abierto donde yacía su amigo, tan regordete y sonrosado, decía Ada, como in vivo.

En su adolescencia, dolorosa e irresoluta en todos los demás aspectos, la Ada enamorada era aún más agresiva y complaciente que en su infancia, apasionada ya hasta la anomalía. Asiduo compulsador de casos célebres, el doctor Van Veen no acertó nunca a catalogar a Ada, ardiente jovencita de doce años, en el mismo apartado que a cualquiera de las inglesitas espiritualmente felices, no delincuentes, no ninfómanas y de excelente nivel mental que figuraban en sus fichas (a pesar de que gran número de muchachas de la misma vena hubieran florecido —y granado —en los viejos castillos de Francia y de Estocilandia, según nos muestran tantos extravagantes escritos novelescos y tantas memorias seniles). Hay que decir que Van experimentaba una dificultad aún mayor en describir y analizar su propia pasión por Ada. Cuando recordaba, caricia por caricia, las sesiones en Villa Venus o sus visitas más antiguas a los burdeles flotantes de los ríos Ranta o Lívida, no podía por menos de reconocer que las reacciones engendradas por Ada eran inconmensurables, puesto que podía, con el más suave contacto de su dedo o de sus labios a lo largo de una vena hinchada, prodigarla una deliciano sólo más intensa, sino esencialmente distinta que el más lento masaje de género Winslowde la joven golfa más refinada. ¿Qué era, pues, entonces, lo que elevaba el acto bestial a un nivel más alto que el alcanzado por las artes más exactas o por los más impetuosos vuelos de la ciencia pura? No era suficiente decir que, al hacer el amor con Ada, Van descubría la angustia, el agon, la agonía de la «realidad» suprema. Digamos más bien que la realidad se despojaba entonces de las comillas que llevaba como garras, en un mundo en que las inteligencias independientes y originales deben adherirse a las cosas o desgarrarlas si quieren escapar a la locura o a la muerte (que es la principal locura). En un espasmo o dos estaba fuera de peligro. La nueva y desnuda realidad ya no tenía necesidad de ancla ni de tentáculo. Sólo duraba un instante, pero podía renovarse durante todo el tiempo que él y ella fuesen capaces de hacer el amor. El color, la llama de aquella realidad instantánea sólo dependían de la identidad de Ada tal como él la percibía. No tenían nada que ver con la virtud ni con la vanidad de la virtud en el más amplio sentido; a decir verdad, Van pensaría más tarde que ni un solo día, en el curso de aquel ardiente verano, se había hecho la menor ilusión, que instintivamente sabía que Ada le había sido, y le seguía siendo, atrozmente infiel, lo mismo que ella sabía, mucho tiempo antes de que él se lo hubiese confesado, que durante el tiempo de su separación había utilizado en numerosas ocasiones aquellas máquinas vivas que los machos sobretensos pueden alquilar por unos minutos y que se describían con gran acopio de grabados en madera y fotografías, en una Historia de la prostituciónen tres volúmenes que Ada había leído, a la edad de diez u once años, entre Hamlety las Microgalaxiasdel capitán Grant.

En consideración a los eruditos que lean estas memorias prohibidas con secretos estremecimientos sensuales (como humanos que son) en los abismos secretos de las bibliotecas (donde se conservan piadosamente las charlatanerías, las copulaciones y los sobos de los pornógrafos en descomposición), el autor debe añadir en el margen de las galeradas que corrige heroicamente un anciano enfermo (porque esas largas culebras resbaladizas arañen un último suplicio a los tormentos del escritor) algunas... [El final de la frase es ilegible; pero, felizmente, el párrafo siguiente está garrapateado aparte, en una hoja de bloc. Nota del editor.]

...a propósito del éxtasis de su identidad. Los asnos que pudieran creer realmente que a la luz sideral de la eternidad la conjunción de yo, Van Veen, y de ella, Ada Veen, en algún lugar de América del Norte y en el siglo diecinueve, no representa más que una milmillonésima de la milmillonésima parte de la significación general de un planeta puntiforme, pueden irse a rebuznar ailleurs, ailleurs, ailleurs(si tradujéramos la palabra francesa perdería su valor onomatopéyico; el viejo Veen está lleno de deferencias), porque el éxtasis de su identidad, colocado bajo el microscopio de la realidad (que es la única realidad) revela un sistema complejo de esas pasarelas sutiles que atraviesan los sentidos, rientes, enlazadas, lanzando flores al aire, entre el alma y la carne laminada, y que siempre ha sido una forma de recuerdo, incluso en el instante de su percepción. Estoy agotado. Escribo mal. Quizá muera esta noche. Mi alfombra voladora no se desliza ya sobre el dosel formado por las copas de las selvas tropicales, sobre los pajaritos de abierto pico y sobre las más raras de tus orquídeas. Inserción.

XXXVI



La pedante Ada dijo una vez que la búsqueda de palabras en un diccionario, cuando no tiene por objeto la voluntad de instruirse o las exigencias del arte, es una actividad que se encuentra en una zona intermedia entre la confección de un ramillete decorativo (labor no exenta de cierto atractivo romántico para una jovencita delicada) y los collages«artísticos» de alas de mariposa heterogéneas (que son siempre vulgares y a menudo criminales). Per contra, sugirió a Van que las payasadas verbales, « poodle-doodles», «palabras acróbatas», y otros juegos parecidos, podían encontrar una justificación en la calidad de trabajo cerebral requerida por la creación de un bello logogrifo o el hallazgo de un retruécano inspirado, y no debían eliminar el recurso al diccionario, áspero o complaciente.

Esa era la razón de que admitiese el «Flavita». El nombre se derivaba de Alfavit, antiguo juego ruso de azar y habilidad basado en el enredo y desenredo de las letras del alfabeto. El Alfavithabía estado muy de moda en Estocia y en Canadia hacía 1790. Renovado a comienzos del siglo diecinueve por los « Madhatters» (como se llamó en otros tiempos a los habitantes de Nueva Amsterdam), alcanzó, tras una etapa de decaimiento, una nueva boga hacia 1860, y, un siglo más tarde, dicen que vuelve a estar de moda bajo el nuevo nombre de Scrabble; algún hombre ingenioso lo habría reinventado, sin haber tenido conocimiento de su forma o de sus formas originales.

La versión rusa de nuestro juego, muy difundido por los hogares campesinos ricos cuando Ada era niña, se jugaba con 125 fichas en forma de cuadraditos con letras. Se trataba de que el jugador compusiese palabras, en líneas horizontales o verticales, sobre un tablero de 225 casillas, 24 de las cuales eran de color marrón, 12 negras, 16 naranja, 8 rojas y el resto de un amarillo dorado (también llamadas «flávidas», para justificar el nombre original del juego). A cada letra del alfabeto cirílico correspondía un cierto número de puntos (la F, excepcional en ruso, valía hasta diez puntos; la A, de las más comunes, sólo uno). En una casilla marrón, el valor numérico de una letra se duplicaba, y en una casilla negra se triplicaba. El naranja doblaba la suma de puntos correspondientes a la palabra entera, y el rojo la triplicaba. Lucette recordaría más tarde las formas monstruosas que habían revestido en su delirio (durante una fiebre aguda de origen estreptocócico que contrajo en California en septiembre de 1888) los insolentes triunfos de su hermana, que multiplicaba por dos, por tres e incluso por nueve (en cuanto por dos casillas rojas) la puntuación de sus hallazgos verbales.

A cada ronda del juego, cada jugador se servía, a ciegas, siete fichas, y formaba su palabra en el tablero. El que iniciaba el juego y trabajaba, por tanto, en terreno virgen, se conformaba con colocar dos letras (o más, si podía) utilizando la casilla central marcada con un heptágono llameante. A continuación, cada uno colocaba su palabra (de izquierda a derecha, o de arriba abajo) alrededor del punto catalítico formado por una de las letras ya presentes en el tablero. El que reunía mayor número de puntos por letras y por palabras había ganado la partida.

El juego que había ofrecido en 1884 a nuestros amiguitos el barón Klim Avidov, «un viejo amigo de la familia» (título que llevaban por tradición los antiguos amantes de Marina), constaba de un gran tablero plegable forrado de cuero y de un cofrecillo lleno de pesados cuadrados de ébano con las letras incrustadas en platino, una sola de las cuales, la J, pertenecía al alfabeto latino; era la marca de los dos comodines, cuyo descubrimiento resultaba tan emocionante como el de un cheque en blanco firmado por Júpiter o Jurojin. El personaje que hemos citado era, dicho sea incidentalmente, aquel mismo Avidov, amable pero susceptible, cuyo nombre aparece tantas veces en las picantes crónicas de la época y que, cierto día, en Venecia la Roja, catapultó de un gancho a la mandíbula, en el salón de conciertos del Gritz, a un desgraciado turista británico que había hecho observar en broma lo astuto que era separar la primera letra de su nombre para servirse de ella como de una partícula: «de», o «D'».

Cuando llegó el mes de julio, las diez A se habían reducido a nueve, y las cuatro D ya no eran más que tres. Finalmente apareció la A que faltaba, bajo un armario alsaciano. Pero la D había desaparecido totalmente, del mismo modo que su apostrofable doble en la imaginación de un tal Walter C. Keyway, esq., un instante antes de que éste aterrizase, junto con dos tarjetas postales sin franquear, en los brazos de un políglota mudo de sorpresa, con levita y botones dorados. La inspiración de los Veen es inagotable (nota marginal de Ada).

Yan, jugador de ajedrez emérito (en 1887 ganaría un campeonato en Chose, derrotando a Pat Rishin, de Minsk, campeón de Underhill y Wilson, N. C), siempre se había asombrado de que la brillante Ada fuese incapaz de elevar la calidad de su juego por encima de un nivel que podría satisfacer a una joven salida de una novela de la Biblioteca Azul o de esos anuncios de loción anti caspa que exhiben, fotografiada en Archicolor, una linda modelo (muchacha hecha para juegos que no son de ajedrez) con los ojos fijos en los hombros de su antagonista, no menos compuesto que ella, por encima de un absurdo embotellamiento de piezas rojas y blancas tan elaboradamente esculpidas que resultan irreconocibles —el ajedrez de Lalla Rookh —con las que ni un cretino accedería a jugar, aun cuando hubiera sido retribuido regiamente por el envilecimiento de la idea más simple bajo el cuero cabelludo más sarnoso.

Sin embargo, Ada llegaba a imaginar en ocasiones un sacrificio táctico, abandonando, por ejemplo, su reina, y conseguía una engañosa victoria en dos o tres movimientos; pero sólo veía un aspecto de la cuestión, y, por una extraña parálisis del pensamiento, prefería ignorar la contra-combinación, sin embargo evidente, que la habría llevado inevitablemente a la derrota si el heroico sacrificio hubiese sido rechazado. Por el contrario, en la mesa de Scrabble, la misma débil y alocada Ada se transformaba en una especie de elegante computadora, dotada, además, de una suerte fenomenal, y preparaba las palabras más largas y atractivas con las migajas y sobras menos prometedoras. En este terreno, dominaba ampliamente a Van, tanto por su perspicacia y su presciencia como por su arte para sacar partido de la ocasión. Van encontraba aquel juego bastante fatigoso: hacia el final de la partida, jugaban con una precipitación negligente y no se dignaba verificar las posibilidades de los términos «raros» o «desusados», aunque perfectamente admisibles, que podría porporcionarle un diccionario leal.

En cuanto a la ambiciosa, la incompetente, la impetuosa Lucette, a sus doce años no podía todavía valerse sin los consejos discretos de Van, que le prestaba de buena gana aquel servicio para ganar tiempo y hacer un poco más próximo el feliz instante en que la pequeña, enviada finalmente al cuarto de las niñas, dejaba a Ada disponible para el tercer o cuarto retozo de la jornada, de la cálida jornada estival. Van encontraba especialmente fastidiosas las disputas de las chicas a propósito de la legitimidad de tal o cual palabra: los nombres de personas y los de lugares eran tabú, pero a veces se presentaban casos dudosos, fuente de interminables escrúpulos, y daba lástima ver cómo Lucette se obstinaba sobre sus cinco últimas letras (cuando ya no quedaba ninguna en la casa, para componer el soberbio ARDIS; su institutriz le había dicho que el nombre significaba «punta de flecha»... pero, ay, en griego solamente.

Y nada más exasperante que ver a las dos hermanas, irritadas o despectivas, disputar sobre una palabra dudosa en los múltiples diccionarios desplegados a su alrededor (en pie, tumbados, sentados, tirados por el suelo, bajo la silla en que Lucette estaba arrodillada, en el diván, en la gran mesa redonda ocupada ya por el tablero y las fichas, y sobre una cómoda próxima). La rivalidad entre un inepto Ojegov (un gran volumen azul mal encuadernado que contenía 52.872 palabras) y un pequeño Edmundsen reducido en la respetuosa versión del doctor Gerschijevski, la taciturnidad de los abreviados y la audaz magnanimidad de un Dahl en cuatro volúmenes («mi querido Dahlia», murmuraba Ada, agradecida, cuando arrancaba al amable etnólogo barbudo algún término inusitado de una rara jerga), todo eso habría resultado insoportable y fastidioso para Van si su curiosidad de sabio no se hubiese interesado por la comprobación de singulares afinidades entre el Scrabble y la planchette. Hizo la observación por primera vez un anochecer de agosto de 1884, en el balcón del cuarto de los niños, bajo un cielo crepuscular cuyos últimos fulgores ondulaban sobre el gran estanque como una serpiente de fuego, estimulando a las últimas golondrinas y haciendo llamear el rojo de los bucles de Lucette. El tablero de cuero estaba abierto sobre una mesa de madera de pino constelada de manchas de tinta, muescas y monogramas. La linda Blanche, también tocada por los rosas del crepúsculo en el lóbulo de una oreja y en la uña de un pulgar, y toda impregnada de un perfume que las doncellas de la casa llamaban Almizcle Petigrís, acababa de traer la lámpara que se encendería más tarde. Habían echado suertes: Ada, que debía comenzar la partida, se sirvió siete veces, con un gesto automático y distraído, de la caja abierta, donde los pequeños bloques de letras, colocados cada uno en su alvéolo de terciopelo color de miel, mostraban únicamente su anónimo dorso negro. Mientras se servía, Ada dijo:


    Ваша оценка произведения:

Популярные книги за неделю