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Ada o el ardor
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Автор книги: Владимир Набоков



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(El narrador: aquel día de verano, Ada y Van, que habían entrado hacía poco en la fase «besos» de una aventura infinitamente prematura y, en muchos aspectos, fatal, se dirigían hacia el Pabellón de Armas, aliasGalería de Tiro. Habían descubierto allí, en el piso superior, una pequeña pieza de estilo oriental, con vitrinas empañadas que en otro tiempo habían contenido pistolas y puñales, a juzgar por los contornos sombreados impresos en el viejo terciopelo; un refugio melancólico y encantador, con un cierto olor a moho, un banquillo con almohadones en el hueco de una ventana y una lechuza disecada en un estante, al lado de una botella de cerveza vacía abandonada por un viejo jardinero muerto sin duda años antes; en la etiqueta, de una marca anticuada, se leía aún la fecha de 1842.)

—Procura que no hagan ruido las llaves —dijo Ada—. Lucette la que algún día estrangularé, nos está espiando.

Atravesaron un bosquecillo y pasaron ante una gruta.

—Oficialmente —dijo Ada– somos primos hermanos, y los primos pueden casarse con una licencia especial, siprometen esterilizar a sus cinco primeros hijos. Pero, al mismo tiempo, el suegro de mi madre era hermano de tu abuelo. ¿Estoy en lo cierto?

—Al menos, eso es lo que me han dicho —replicó Van, con seré-nidad.

—No es un parentesco lo bastante lejano —murmuró Ada—. ¿O quizás sí?

—Lo bastante para que seamos amantes.

—Es curioso... Acabo de ver esa frase escrita en pequeñas letras violetas, medio segundo antes de que tú la expreses en naranja. Como la nubécula de humo que precede al estampido del cañón lejano.

—Físicamente —continuó Ada– parecemos gemelos más que primos; y, evidentemente, los gemelos, como en general los hijos de los mismos padres, no tienen derecho a casarse; y, si lo hacen, son encarcelados; y, si reinciden, se les castra.

—A menos —dijo Van– que hayan sido declarados primos por un decreto especial.

(Van estaba ya ocupado en descorrer el cerrojo de la puerta, aquella puerta verde que tantas veces debían golpear con puños sin huesos en sus posteriores sueños separados.)

En otra ocasión, durante un paseo en bicicleta (salpimentado por algunas paradas) sobre caminos forestales y rutas agrestes, poco después de la Noche de la Granja Incendiada, pero antes de que hubiesen descubierto el herbario de la buhardilla y encontrado la confirmación de algo que uno y otro habían presentido oscuramente y de un modo divertido, más corporal que moral, Van mencionó que él había nacido en Suiza y había ido dos veces a Europa durante su infancia. Ada no había ido más que una vez. Solía pasar el verano en la casa de Ardis, y el invierno en Kaluga, en la vivienda urbana de sus padres: dos pisos altos del antiguo chertog(palacio) Zemski.

En 1880, Van, que entonces tenía diez años, había viajado en trenes de metal plateado equipados con baños-ducha en compañía de su padre, de la muy bella secretaria de su padre, de la hermana de la secretaria que, a los dieciocho años, llevaba guantes blancos (y servía algo así como de institutriz inglesa y de ordeñadora del niño) y de su propio, angélico y casto preceptor ruso Andrei Andreievich Aksakov («AAA»). Habían pasado unos días en alegres lugares turísticos de Luisiana y Nevada. Van recordaba que AAA había explicado a un negrito con el cual él se había peleado que Puchkin y Dumas tenían sangre africana en las venas, a lo cual el chiquillo contestó sacando la lengua a AAA, procedimiento nuevo e interesante que Van ensayó a la primera ocasión y que le valió un bofetón de la menor de las Miss Fortuna («¡métela en la boca!»). Van recordaba también a un alemán que le decía a otro, en el vestíbulo de un gran hotel, que el padre de Van, que acababa de pasar silbando uno de los tres aires de su repertorio, era un «paharro» (¿un pajarito? No, no; «un pájaro... de cuenta»).

Antes de su ingreso en el colegio, el joven Van pasaba los inviernos en casa de su padre, encantadora vivienda de estilo florentino que se alzaba entre dos terrenos desocupados, en el número 5 de Park Lane, en Manhattan (y que pronto se vería flanqueada por dos gigantescos guardas de corps dispuestos a hacerla saltar de allí), a menos que la familia viajase al extranjero. Radugalet, «el otro Ardis», era mucho más frío y triste en verano que «el verdadero Ardis», «el Ardis de Ada». Una vez, una sola (debió ser en 1878), Van había pasado allí el invierno yel verano.

Desde luego, desde luego, porque Ada recordaba que aquella fue la primera vez que le había visto, con su trajecito blanco de marinero y su gorra azul («un típico angelochek», comentó Van, en la jerga de Raduga). Él tenía ocho años y ella seis. Tío Dan había expresado inesperadamente el deseo de volver a ver la vieja propiedad. En el último momento Marina había anunciado que ella también iría, a pesar de las protestas de Dan, y había izado a la pequeña Ada (¡aúpa!) a la calesa con su aro. Tomaron, al parecer, el tren de Ladoga a Raduga, porque Ada se acordaba muy bien de cómo el jefe de estación avanzaba a lo largo del andén, con el pito colgando del cuello, cerrando una tras otra las seis portezuelas de cada vagón —consistente en seis carrozas de una sola ventanilla, soldadas en un mismo cuerpo. «Una torre en la bruma», sugirió Van (Ada llamaba así a todos sus buenos recuerdos). Poco después, el jefe de tren, subido al estribo de la carraca en marcha, avanzaba de vagón en vagón y volvía a abrir las puertas, para picar los billetes, repartirlos, cobrar, mojarse el pulgar y devolver el cambio —un trabajo sucio, sí, pero también «una torre malva». ¿Habían tomado un automóvil lando para trasladarse a Radugalet? Diez millas, calculaba Ada; diez verstas, afirmaba Van. Ella reconocía su error. Él había salido, suponía, na progulke(a pasear) por el tenebroso bosque de abetos, en compañía de Aksakov, su preceptor, y por el chico de un vecino, el nieto de Bagrov, a quien él embromaba y fastidiaba desconsideradamente, un simpático muchachito muy tranquilo que a su vez martirizaba y asesinaba a los topos y a todo cuanto tenía piel, comportamiento verosímilmente patológico. Pero, cuando llegaron, nuestros viajeros descubrieron que Demon no esperaba a las damas. Estaba en la terraza, bebiendo vino de oro (whisky dulce), en compañía de una huérfana que pretendía haber adoptado, una encantadora rosa silvestre de Irlanda en la que Marina reconoció a primera vista a la impúdica fregona que había trabajado algún tiempo en Ardis antes de hacerse raptar por un caballero desconocido... que ahora pasaba de golpe a ser perfectamente conocido. Por aquellos días, tío Dan, para copiar a su primo, llevaba un monóculo, que se ajustó para contemplar a Rosa, la cual, tal vez, también le había sido prometida (aquí Van interrumpió a su interlocutora para recomendarle que cuidase su vocabulario). La escena acabó en catástrofe. Con lánguidos gestos, la huérfana se quitó los pendientes de perlas para dárselos a admirar a Marina. El abuelo Bagrov, que acababa de echar un suefiecito en el gabinete, entró arrastrando los pies y tomó a Marina por una grande cocotte, o, al menos, eso fue lo que conjeturó la ofendida dama en la primera ocasión que tuvo de hacerse oír al desgraciado Dan. Marina renunció a pasar la noche en aquella pocilga, y salió con paso majestuoso, llamando a Ada, la cual había recibido la consigna de «jugar en el jardín» y estaba ocupada en mascullar, y en numerar en color de carne viva los troncos blancos de una hilera de abedules jóvenes, valiéndose de un lápiz de labios hurtado a Rosa en los preámbulos de un juego del que no se acordaba (¡qué lástima!, comentó Van). Su madre, tomándola impetuosamente de la mano, se la llevó a Ardis en el mismo taxi, abandonando a Dan a sus propios medios (y a sus sucios fines, nueva interpolación de Van). Llegaron a la salida del sol. Pero, añadió Ada, justo antes de ser sacada del jardín y privada de su lápiz (arrojado por Marina k chertyam sobach'im, a los perros del infierno, lo que nos recuerda, por asociación de ideas, al perrito de Rosa empeñado en apretar la pantorrilla de Dan), el azar le ofreció la encantadora visión del pequeño Van, que volvía a casa en compañía de otro tierno muchacho, y de Aksakov, con su blusa blanca y su barba rubia; y... ¡ah, sí!, había olvidado su aro... o no, el aro seguía en el taxi. Van, por su parte, no conservaba ni el menor recuerdo de aquella visita, ni siquiera de aquel verano en particular, y, de todos modos, la vida de su padre era una rosaleda en cualquier estación, y él mismo había sido muchas veces acariciado por las lindas manos sin guantes de la joven Miss Fortuna, lo que, desde luego, no era cosa que interesara a Ada.

¿Qué diremos de 1881? Las niñas, que tenían respectivamente ocho-nueve y cinco años, habían visitado la Riviera, Suiza y los lagos italianos en compañía de un amigo de Marina, el as del teatro, Gran D. du Mont (la D significaba también Duke, el nombre de soltera de su madre, «de la nobleza campesina irlandesa, qué se ha creído usted»). Gran D. viajaba, por discreción, en el tren siguiente al de las damas – Méditerranée Express, Simplon-Express, Orient Express, o cualquiera que fuese el tren de lujo que transportaba a las tres Veen, una institutriz francesa, una nurserusa y dos doncellas, mientras un Dan medio divorciado viajaba a África Ecuatorial para fotografiar tigres (que le extrañó no encontrar) y otras notorias fieras adiestradas para atravesar en puntos convenidos la ruta de los automovilistas, así como a algunas negritas regordetas que aparecían en el acogedor alojamiento de algún agente de turismo, en mitad de las soledades de Mozambique. Cuando Ada y Lucette se entretenían en confrontar sus impresiones de viaje, la mayor, por supuesto, recordaba mucho mejor que la pequeña todo lo que fuesen itinerarios, curiosidades botánicas, modas, trapos, galerías cubiertas llenas de almacenes de todas clases, y aquel guapo señor bronceado por el sol y de negro bigote que la miraba fijamente, sentado solo a su mesa, en un rincón del restaurante del Manhattan Palace, en Ginebra. Pero Lucette, aunque mucho más joven, se acordaba de multitud de bagatelas, «torrecillas», «pequeñas cascadas», biryul'ki proshlago. Ella, Lucette, era, como la joven heroína de Ah, cette Line(una novela popular), «una macedonia de intuición, estupidez, ingenuidad y astucia». Por otra parte, Lucette había confesado —o, mejor, Ada le había hechoconfesar, según sospechaba Van– que cuando caballero y dragón reaparecieron ante la afligida señorita, ésta, lejos de tratar de librarse de sus ataduras, lo que hacía era atarse de nuevo; en el intervalo se había liberado para espiar, entre los alerces, el combate de los dos fugitivos —¡Dios mío! —dijo Van– eso explica el episodio del jaboncito—. Pero, ¿qué importaba eso y a quién podía preocuparle? Ada sólo deseaba una cosa: que la pobre pequeña fuese, a su edad, tan feliz como ella lo era en aquel momento; amor mío, amor mío, amor mío, amor mío. Van confiaba en que las dos bicicletas ocultas entre los arbustos no revelasen, entre la hojarasca, su metal brillante a algún frecuentador de la ruta forestal.

Prosiguiendo su investigación, se esforzaron en establecer si los caminos que habían seguido aquel año en Europa había coincidido en alguna parte; o, al menos, si habían sido paralelos en cualquier momento. En la primavera de 1881, Van, que tenía once años, había pasado unos meses con su preceptor ruso y su ayuda de cámara inglés en el hotelito de su abuela, cerca de Niza, mientras Demon, en Cuba, se divertía mucho más que Dan en Mocuba. En junio, Van fue llevado a Florencia a Roma y a Capri, donde su padre hizo una breve aparición. Después volvieron a separarse. Demon regresó a América. Van y su preceptor fueron en primer lugar a Gardona, junto al lago de Garda, donde Aksakov mostró con veneración a su joven alumno las huellas de los pasos de Goethe y de D'Annunzio perpetuadas en mármol. Luego, llegado el otoño, pasaron unas semanas en un hotel construido en una pendiente montañosa sobre el lago Leman (por donde habían trepado en otro tiempo Karamzin y el conde Tolstoi). ¿Sospechó Marina que, durante todo el año de 1881, ella y Van habían vagabundeado por las mismas regiones? Probablemente no. En Cannes, Ada y Lucette habían cogido la escarlatina, mientras Marina visitaba España con su Grande. Después de haber confrontado metódicamente sus recuerdos, Ada y Van llegaron a la conclusión de que no era imposible que se hubiesen cruzado en alguna cornisa de la Costa, en sendas victorias de alquiler, verdes (los dos lo recordaban), con caballos de arneses verdes, o en dos trenes que iban quizás en la misma dirección: la niña, en la ventanilla de un coche-cama, mirando a un tren paralelo que se desviaba gradualmente para aproximarse al mar, que el niño veía brillar al sol, al otro lado de la vía. Coincidencia demasiado dulce para ser verdaderamente romántica. Igualmente, la idea de que hubiesen podido cruzarse al correr por los muelles de una ciudad suiza no les causaba ninguna emoción concreta. Pero al haber enfocado fortuitamente el proyector de la retrospección sobre el dédalo del pasado (cuyos estrechos senderos flanqueados de espejos no solamente se encaminaban en direcciones diferentes, sino que incluso discurrían a diferentes niveles, como la carreta tirada por la mula pasa bajo el arco de un viaducto sobre el cual corre un automóvil), Van se encontró, de un modo todavía vago y distraído, luchando con la ciencia que sería más tarde la preocupación obsesiva de su edad madura: los problemas del tiempo y el espacio, el espacio contra el tiempo, el espacio distorsionado por el tiempo, el tiempo como espacio y el espacio como tiempo, y el espacio, en fin, separándose del tiempo en el triunfo último y trágico de la reflexión humana: «muero, luego soy».

—¡Pero estosí es cierto! —exclamó Ada—. Es la realidad, el hecho en estado puro. Este bosque, este musgo, tu mano, esta mariquita que se ha posado en mi pierna, todo esto no puede sernos arrebatado. ¿O puede? (Lo sería. Lo fue.) Todo estose ha reunido aquí, a pesar de las sinuosidades, los recodos de los senderos recorridos: ¡no podía ser de otro modo!

—Por el momento —dijo Van—, tratemos de encontrar nuestras bicicletas. Estamos perdidos «en otra parte del bosque».

—¡Oh, no, no volvamos todavía! ¡Espera!

—Pero quiero asegurarme de nuestra situación en el espacio y en el tiempo. Es una exigencia filosófica.

El día se ensombrecía. Un luminoso vestigio del astro se demoraba, a occidente, sobre una playa del cielo oscurecido. Todos hemos tenido ocasión de contemplar esta pequeña escena: un hombre que acaba de saludar cordialmente a un amigo atraviesa la calle, con el rostro aún iluminado por la sonrisa... hasta que ésta es eclipsada por la mirada fija del extraño que, desconocedor de su causa, cree reconocer en el efecto el rictus radiante de la locura. Una vez extraído el jugo de esta metáfora, Ada y Van juzgaron que verdaderamente había llegado el momento de volver a casa. Cuando atravesaban Gamlet, la vista de un traktirruso les abrió el apetito hasta tal punto que descendieron de la bicicleta y empujaron la puerta de la oscura taberna. Un cochero bebía su té en el platito de la taza: lo levantaba con su ancha zarpa, y lo vaciaba a ruidosos sorbos, como si saliese directamente de una vieja novela de costumbres populares. En aquella madriguera llena de vaho no había más que una buena mujer tocada con un pañuelo, tratando de convencer a un tipo con camisa roja y las piernas bamboleantes, de que terminase su sopa de pescado. La mujer, que resultó ser la patrona del traktir, se levantó, «secándose las manos en su delantal», para servir a Ada (a quien reconoció en seguida) y a Van (a quien tomó, no sin razón, por el «joven amiguito» de la castellana) algunas de esas hamburguesas de estilo ruso llamadas bitochki. Cada uno devoró media docena antes de volver a recoger sus bicis, bajo los jazmines. Pronto tuvieron que encender las linternas de carburo. Hicieron un último alto antes de recogerse bajo las sombras de Ardis Park.

Por una especie de coincidencia lírica, Marina y Mlle. Larivière tomaban el té en la galería acristalada de estilo ruso, que no se utilizaba sino muy raramente. La novelista, vestida aún con su negligéefloreada (aunque ya estaba completamente restablecida), acababa de dar fin a la lectura de nueva novela, puesta en limpio por primera vez (y que debía ser mecanografiada al día siguiente). Marina, que la escuchaba dando traguitos a su tokai y que tenía el vino triste, parecía muy afectada por el suicidio del caballero «con cuello rojo y potente de viudo aún lleno de savia». Este hombre, horrorizado, por así decirlo, por el horror de su víctima, había apretado con excesiva fuerza el cuello de la jovencita a la que acababa de violar en un instante de «imperdonable glotonería».

Van bebió un vaso de leche y se sintió de pronto invadido por una ola de agotamiento tan deliciosa que decidió meterse en la cama sin más dilación.

—Tanto peor —dijo Ada, apoderándose ávidamente de un trozo de keks(tarta de frutas)—. ¿Hamaca? —inquirió. Pero Van, que ya no se tenía sobre sus piernas, sacudió la cabeza y se retiró, después de besar la melancólica mano de Marina.

—Tanto peor —repitió Ada, y con un invencible apetito se dedicó a colmar de mantequilla la superficie de la tarta, color amarillo de huevo, y sus ricas incrustaciones de cerezas, cabello de ángel y limón.

Mlle. Larivière observaba la maniobra con estupor y disgusto.

—Estoy soñando. No es posible que alguien ponga mantequilla encima de esta pasta británica, esta masa indigesta e inmunda.

—Y no es más que la primera rebanada —dijo Ada.

—¿Quieres una pizquita de canela en tu leche cuajada? —preguntó Marina—. Ya sabes, Belle(dirigiéndose a Mlle. Larivière), que ella llamaba a esto «nieve a la arena» cuando era chiquitina.

—Ada no fue nunca chiquitina —dijo Belle, enfáticamente—. Tenía fuerzas para desriñonar a su poney incluso antes de aprender a andar.

—Me pregunto cuántos kilómetros habréis podido hacer hoy. Nuestro atleta estaba completamente agotado.

—Solamente siete —respondió Ada, sonriente y sin dejar de masticar.

XXV



Una soleada mañana de septiembre, cuando los árboles estaban aún verdes pero en las hondonadas ya florecían el áster y la pulicaria, Van salió para Ladoga, N.A., donde debía pasar dos semanas junto a su padre y tres preceptores, antes de reintegrarse al colegio, en la fría Luga, Mayne.

Van besó a Lucette en ambos hoyuelos, y luego en el cuello, y saludó con un guiño de ojos a la envarada Larivière, que miró a Marina.

Había llegado la hora de separarse. Prácticamente todo el personal de la casa asistió a la despedida de Van: Marina, envuelta en su shlafrok; Lucette, apretando a Dack (como sucedáneo) contra su corazón; MademoiselleLarivière, sin saber todavía que su antiguo alumno no se llevaba consigo el übro dedicado que ella le había regalado la víspera, y una veintena de criados a quienes Van había concedido generosas propinas (y entre los cuales destacamos a Kim, el pinche de la cocina, armado con su cámara fotográfica). Sólo faltaban Blanche, que tenía jaqueca, y la meticulosa Ada, que había presentado sus excusas, porque había prometido visitar a un enfermo del pueblo (tenía, verdaderamente, un corazón de oro, esta chiquilla, como tan complacida y prudentemente hacía notar Marina).

El baúl negro, la maleta negra y las halteras negras (modelo grande) de Van fueron cargadas en el compartimento posterior del automóvil familiar. Bouteillan se puso una gorra de capitán, demasiado grande para él, y unas gruesas gafas azul verdosas. «Mueva el trasero —le dijo Van—, yo conduciré.» Y así acabó el verano de 1884.

—El coche rueda suavemente, señor —dijo Bouteillan, en su curioso inglés pasado de moda—. Todos los neumáticos son nuevos, pero, ay, en la carretera hay machas piedras y la juventud conduce tan a prisa... El señor hará bien en ser prudente. Los vientos de las soledades son indiscretos. Como un lirio silvestre confiado al desierto.

—Exactamente el viejo servidor de comedia, ¿no es eso? —le corto en seco Van.

—¡Oh, no, señor! —contestó Bouteillan, con la gorra entre las manos—. No. Sólo que yo aprecio mucho al señor y a la señorita.

—Si se refiere usted a la pequeña Blanche —dijo Van —será mejor que dedique las citas de Delille a su hijo, y no a mí: cualquier día la va a engordar.

El viejo francés contempló a Van por el rabillo del ojo. Pozheval gubami(se mordió los labios) y no dijo nada.

Cuando llegaban a la bifurcación del bosque, Van dijo:

—Nos detendremos aquí unos instantes —apenas acababan de ponerse en camino—. Quiero coger algunas setas para mi padre... a quien, ciertamente, transmitiré sus saludos (Bouteillan había esbozado un gesto de deferencia). Este freno de mano, el diablo le lleve, debía servir ya cuando Luis XVI emigró a Inglaterra.

—Necesita ser engrasado —dijo Bouteillan, consultando su reloj—. Sí, tenemos tiempo de sobra para coger el tren de las nueve y cuarto.

Van desapareció en las profundidades de la maleza. Llevaba una camisa de seda, una chaqueta de terciopelo, un pantalón negro y botas de montar con espuelas de estrella. El atavío no era de lo más adecuado para atravesar los arbustos espinosos y franquear un arroyo antes de reunirse con Ada en un cenador natural de álamos temblones. Se abrazaron estrechamente, después de lo cual Ada dijo:

—Sí... para que no te olvides, aquí tienes la clave que utilizaremos en nuestra correspondencia. Cuando te la hayas aprendido de memoria, te la tragas, como un buen espía.

—Lista de correos, en ambos sentidos. Y quiero al menos tres cartas por semana, mi blanca amada.

Era la primera vez que la veía con aquel vestido luminoso, casi tan vaporoso como un camisón. Llevaba el cabello trenzado y Van dijo que se parecía a la joven soprano Maria Kuznetsova, en la escena de la carta de Oneginy Olga, la ópera de Tschchaikow.

Ada, que hacía cuanto su feminidad le permitía para contener y disfrazar sus sollozos convirtiéndolos en exclamaciones emotivas, señaló con el dedo hacia un maldito insecto que se había posado en la corteza de un álamo.

(¿Maldito? ¿Maldito? Era la rarísima Vanesa, descrita hacía poquísimo; la Nymphalis danausNab., de un oscuro anaranjado y con la región apical negra con puntos blancos, que imita a la Danaide Monarca, aunque indirectamente, por así decirlo [como supo advertir su descubridor, el profesor Nabodinus, del colegio de Babylon, Nebraska], a través de una especie de un tercer género, el Sylvano Virrey, uno de los más célebres imitadores de la Danaide. Escrito por Ada, con pluma irritada.)

—Mañana volverás aquí con tu red verde, mariposa mía —dijo Van, con amargura.

Ella le besó en toda la cara, besó sus manos, y otra vez sus labios, sus párpados, sus cabellos negros y sedosos. Él la besó los tobillos, las rodillas, el toisón negro y sedoso.

—¿Cuándo, amor mío? ¿Cuándo será la próxima vez? ¿En Luga? ¿En Kaluga? ¿En Ladoga? ¿Dónde? ¿Cuándo?

—Ese no es el problema —exclamó Van, excitado—. El problema, el problema... es saber si me serás fiel.

—Ten cuidado con la saliva, amor —dijo Ada, limpiándose de la cara las salpicaduras de las «pes» y la «efe» de la anterior réplica de Van—. ¿Qué puedo contestarte? Te adoro. Nunca, hasta el día de mi muerte, amaré a nadie tanto como te adoro a ti. En ningún tiempo, en ningún lugar. Ni en la eternidad ni en la terrenidad, ni en Ladore ni en esa Terra a donde dicen que van nuestras almas. Pero... pero, amor mío, Van mío, yo soy carnal, terriblemente carnal. No puedo responderte. Soy franca, ya ves. No, amor mío, no me preguntes. En el colegio hay una chica que está enamorada de mí, ya no sé lo que estoy diciendo...

—Las chicas no importan —dijo Van—. Son los chicos. Mataré al que se te acerque. Anoche traté de escribir para ti un poema sobre eso, pero los versos no son mi fuerte. «Ada, nuestros ardores y nuestros árboles...» Pero esto sólo es el comienzo, y todo lo demás es bruma. Trata tú de imaginar el resto.

Se abrazaron por última vez. Él salió huyendo, sin mirar atrás.

Tropezando en los melones, decapitando furiosamente con su fusta los altos hinojos arrogantes, Van regresó a la bifurcación. Allí le esperaba el joven Moore, teniendo por la brida a Morio, su caballo negro favorito. Van gratificó al palafrenero con un puñado de ducados y partió al galope, con los guantes bañados en lágrimas.

XXVI



Para su correspondencia durante el primer período de su separación, Ada y Van habían elaborado un código que no dejaron de perfeccionar en el curso de los quince meses que siguieron a su despedida. Iban a permanecer cerca de cuatro años separados, desde septiembre de 1884 hasta junio de 1888. Aquella larga separación (nuestro negro arco iris, decía Ada) fue interrumpida por dos breves intermedios (en agosto de 1885 y en junio de 1886), de una felicidad casi insoportable, y por algunos encuentros fortuitos («a través de una verja de lluvia...») La descripción de los sistemas criptográficos es una cosa bastante aburrida; pero, aun así, no podemos por menos de facilitar al lector algunas indicaciones básicas.

Las palabras de una sola letra no experimentaban cambio alguno. En las demás palabras, cada letra era remplazada por una letra posterior en la serie alfabética, tal que su número de orden, contado a partir de la letra primitiva, viniese determinado por el número de letras de la palabra. Así, «amor», una palabra de cuatro letras, se escribía dpsv(pues «d» es la cuarta letra después de «a», «p» la cuarta después de «m», «s» la cuarta después de «o», y «v» la cuarta después de «r»). Una palabra más larga, como «abrazo» (seis letras), en la cual hay que volver a empezar la serie alfabética, porque se ha agotado, se convertía en devdCHs, ya que las letras de la nueva serie se escribían en caracteres mayúsculos (en el ejemplo propuesto, CH es la cuarta letra que sigue a «z» volviendo a empezar, por lo que va en mayúsculas).

Es un penoso momento para el lector de una obra de divulgación, sobre las grandes teorías cosmogónicas aquél en que el autor (que ha comenzado por párrafos fluidos, sencillos y directos) empieza bruscamente a soltar hileras de fórmulas matemáticas que obnubilan el entendimiento. Nosotros no llevaremos las cosas tan lejos. Sabiendo que se trata del código secreto de nuestro amantes (ese «nuestros» puede constituir, independientemente de su contexto, un motivo de irritación, pero no importa), no dudamos que el más ingenuo de nuestros lectores, a poco dispuesto que esté a considerar nuestras digresiones con un poco más de atención y un poco menos de antipatía, será perfectamente capaz de seguirnos.

Desgraciadamente, se presentaron complicaciones. Ada propuso ciertas mejoras, como comenzar cada carta en francés cifrado para pasar al inglés cifrado a partir de la primera palabra de dos letras, y volver al francés después de la primera palabra de tres letras, aparte de alguna otra complicación adicional. Gracias a esas mejoras los mensajes llegaron a ser aún más difíciles de leer que de escribir, tanto más cuanto que los dos corresponsales, enloquecidos por el exceso de pasión, sobrecargaban su texto con correcciones, recapitulaciones, añadidos tachados, erratas rehechas y faltas de ortografía y de criptografía, imputables tanto a su propia lucha contra su indecible aflicción cuanto a la misma extrema complicación de su código.

En el segundo período de su separación (comenzado en 1886) el código sufrió una transformación completa Ada y Van se sabían aún de memoria los setenta y dos versos del Garden, de Marvell, y los cuarenta versos de la Mémoire, de Rimbaud. Aquellos dos textos les proporcionaron la clave de su alfabeto Así, v.2.11.v.l.2.20.v.2.8. significaba love(amor), pues «v» y el número que acompañaba a esa letra designaban un verso del poema de Marvell, mientras que el número siguiente determinaba la posición en dicho verso de la letra buscada (así: v.2.11 = undécima letra del segundo verso). ¿Soy lo bastante claro. Último detalle: cuando, para hacer la pista aún más difícil de seguir, se utilizaba el poema de Rimbaud, la letra que precedía al número del verso iba escrita en mayúscula. Una vez más, este tipo de explicación es fastidioso y sólo resulta divertido si uno se propone buscar —en vano, por lo demás —errores en los ejemplos dados.

De cualquier manera, pronto se probó que este segundo código presentaba inconvenientes aún más graves que los del primero. La prudencia exigía que los corresponsales no poseyesen ninguna copia, impresa o manuscrita, de los dos poemas, y, por maravillosa que fuera su memoria, era fatal que la frecuencia de los errores cometidos tendiese a aumentar.

Durante el año 1886 se escribieron con tanta asiduidad como lo habían hecho anteriormente: nunca menos de una carta por semana. Por el contrario, cosa extraña, en el tercer período de su separación, de enero de 1887 a junio de 1888 (tras una conferencia telefónica de larga distancia y de muy larga duración, y una entrevista de las más breves) sus cartas se hicieron más raras: Ada escribió apenas una veintena (sólo dos o tres en la primavera de 1888) y Van más o menos el doble. No podremos citar ningún pasaje de esa correspondencia porque todas las cartas fueron destruidas en 1889. (Sugiero que este capítulo se suprima totalmente: Nota de Ada.)

XXVII



—Marina me habla de ti en los términos más calurosos, y dice 'uzhe chuvstvuetsya osen', lo que es muy ruso. Todos los años, en la misma fecha, tu abuela repetía muy puntualmente su fórmula meteorológica: «ya se nota el otoño», incluso si se trataba del día más cálido de la estación en Villa Armina: Marina no entendió nunca que el anagrama se refería al mar y no a ella. Tienes un aspecto espléndido, sinok moi(hijo mío), pero imagino que estarás harto de esas dos niñas. En consecuencia, voy a hacerte una proposición.

—Bueno, me han gustado muchísimo —murmuró Van—; sobre todo, la pequeña Lucette.

—Te propongo que me acompañes hoy a un cóctel. Lo ofrece la excelente viuda de un oscuro mayor de Prey oscuramente emparentado con nuestro difunto vecino, buena pistola, pero había mala luz en el Prado Comunal, y el camión de la basura tocó el claxon intempestivamente. En resumen, esa excelente e influyente dama, que desea ayudar a una de mis amigas (aquí Demon se aclaró la garganta), tiene, según me han dicho, una hija de quince primaveras llamada Córdula, la cual te compensará, a buen seguro, de haberte pasado el verano jugando a la gallina ciega con las «pulgarcitas» del bosque de Ardis.


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