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Ada o el ardor
  • Текст добавлен: 8 октября 2016, 16:48

Текст книги "Ada o el ardor"


Автор книги: Владимир Набоков



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Era la primera vez que sus cuerpos se tocaban y tanto uno como otro experimentaron cierta incomodidad. Ella se sentó de espaldas a Van, volvió a acomodarse tras la sacudida del coche al arrancar y se removió un poco más para colocar a su gusto su amplia falda con olor a pino, de modo que envolvió a Van como si de un peinador de barbero se tratase. Él la sujetaba por las caderas, sumido en un trance de incómoda beatitud. Brillantes gotas de sol se deslizaban por el jersey acebrado de la jovencita y por la parte posterior de sus brazos desnudos. Y a Van le parecía sentir que proseguían su viaje por los subterráneos de su propio cuerpo.

—¿Por qué has llorado? —le preguntó, respirando sus cabellos y la tibieza de su oreja rosa. Ella se volvió y le miró un momento desde muy cerca, en un silencio enigmático.

(«¿Había llorado yo? No lo sé. Estaba trastornada. No sabría explicar por qué, pero sentía que en todo aquello había algo terrible, brutal, tenebroso... En fin, terrible.» Nota añadida en una época posterior).

—Perdón —dijo Van, mientras ella volvía la cabeza—. No lo haré nunca más delante de ti.

En todas las fibras de su ser, lleno de un ardor a punto de desbordar, Van experimentaba, con delicia, la presión de aquel cuerpo joven que respondía a cada bache del camino entreabriéndose en dos tiernas mitades y aplastando con su peso la inflación de un deseo que Van creía deber contener, por miedo de que un escurrimiento accidental de savia relajada sorprendiera la inocencia de Ada. Aun así, se habría abandonado, disuelto en licencia animal, si la institutriz no hubiese salvado la situación al dirigirse a él. El pobre Van transbordó a su rodilla derecha el trasero de Ada y, mediante aquella maniobra, dio una holgura, siquiera pequeña, a lo que en la jerga de la Cámara de Tortura se solía llamar «el ángulo de la agonía».

La calesa atravesaba el caserío de Gamlet. En la triste pesadez del deseo no satisfecho. Van veía desfilar una fila de isbas.

—No —decía Mlle. Laparure—. Nunca podré acostumbrarme al contraste entre la opulencia de la naturaleza y la indigencia de la vida humana. ¡Mirad a ese viejo mujikdescarnado, con la camisa rota! ¡Ved su miserable cabaña! Y, ahora, ¡contemplad esa ágil golondrina! ¡Qué feliz es la naturaleza y cuán desgraciado el hombre! Ninguno de vosotros me ha dicho qué pensaba de mi novela... ¿verdad, Van?

—Es un buen cuento de hadas —contestó el muchacho.

—Es un cuento de hadas —dijo Ada, más circunspecta.

—Pero, ¿cómo? —exclamó Mlle. Larivière—. ¡Nada de eso! Todos los detalles son de lo más realista. Es todo el drama de la pequeña burguesía, con sus problemas de clase, sus sueños de clase, su orgullo de clase.

Tal podía haber sido el intento de Mademoiselle, pero la anécdota estaba falta de «realismo», justamente en el sentido que ella asignaba al término, porque un empleadillo detallista y acostumbrado a las economías se las habría arreglado, ante todo, y por no importa qué medio, incluso contándoselo todo a la viuda si era necesario, para conocer exactamente el valor del collar perdido. Ahí radicaba el defecto que destruía el patetismo de la obra. Pero por entonces el joven Van y la jovencísima Ada no podían poner el dedo en la llaga, aunque su instinto les advirtiese que toda la historia era tan falsa como el collar en cuestión.

Una ligera conmoción se produjo en el asiento del cochero. Lucette se volvió, y, dirigiéndose a su hermana, dijo:

—Quiero sentarme a tu lado. Mne tut neudobno, ot nego nehorosho pakhnet(aquí estoy incómoda, y además él no huele bien).

—Llegaremos en seguida —replicó Ada—. Poterpi(ten un poco de paciencia).

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Mlle. Larivière.

—Nada grave —respondió Ada—. Que el cochero apesta...

—¡Oh, Dios mío! A veces me pregunto si es verdad que estuvo al servicio de ese famoso rajá...

XIV



El día siguiente... o el otro. Toda la familia tomaba el té en el jardín. Ada, sentada en la hierba, trataba pacientemente de componer una diadema de margaritas para el perro. Lucette contemplaba su trabajo, masticando la pasta calentita y crujiente de un bollo tostado. Marina tendía a su esposo, por encima de la mesa del jardín, un sombrero de paja de Italia. Permaneció casi un minuto en aquella posición, sin decir palabra. Finalmente, Dan sacudió la cabeza, dirigió una mirada incendiaria al Sol, que se la devolvió generosamente, y se retiró, llevando su copa y el número del día del Enquêteur de Toulouseal asiento rústico situado del otro lado del césped, bajo la sombra de un inmenso olmo.

—Me pregunto quién puede ser eso—murmuró Mlle. Larivière desde detrás del samovar (sobre cuyos flancos pulimentados se reflejaban, en imágenes fantásticas y de un estilo primitivo, los fragmentos del universo que le rodeaba), mientras observaba, entornando los párpados, una parte del paseo principal, visible entre las pilastras de una galería descubierta. Van, que estaba leyendo, acostado boca abajo junto a Ada, levantó los ojos de Atala, el libro que ésta le había prestado.

Un jovencito alto y de piel rosada, equipado con unos pantalones de montar de lo más distinguido, desmontó de un poney negro.

—Es el bonito poney nuevo de Greg —dijo Ada.

Después de haber presentado a Marina sus excusas de niño bien educado, Greg le devolvió el encendedor de platino que tía Ruth había encontrado en su bolso.

—¡Válgame Dios, ni siquiera he tenido tiempo de echarlo de menos! Y ¿cómo está Ruth?

Greg dijo que tía Ruth y Grace estaban en la cama, con una fuerte indigestión. —Pero sus maravillosos bocadillos no tienen nada que ver —se apresuró a añadir—. Las culpables fueron las bayas que recogieron de los arbustos.

Marina se disponía a agitar una campanilla de bronce para pedir al lacayo que trajese alguna tostada más, pero Greg dijo que le esperaban en casa de la condesa de Prey.

—Se ha consolado un poco pronto ( skorovato) —observó Marina, aludiendo a la muerte del conde, ocurrida dos años antes, en un duelo a pistola, en el terreno comunal de Boston.

—Es una mujer muy alegre y muy bella —dijo Greg.

—Cuando se piensa que tiene diez años más que yo...

Pero Lucette reclamó para sí la atención de su madre.

—¿Qué son los judíos?

—Cristianos secesionistas —contestó Marina.

—¿Por qué es judío Greg?

—¡Por qué, por qué! Porque sus padres son judíos.

—¿Y sus abuelos? ¿Y sus bisabuelos?

—La verdad es que no lo sé, hija. ¿Eran judíos tus antepasados, Greg?

—Bueno, no estoy seguro. Hebreos, sí... pero no judíos entre comillas. Quiero decir, no eran personajes de comedia, u hombres de negocios cristianos. Se trasladaron de Tartaria a Inglaterra hace quinientos años. Pero debo decir que un abuelo de mi madre fue un marqués francés que, eso sí lo sé, era de religión católica y tenía pasión por la banca, la bolsa y las joyas. Supongo que por eso decía la gente que era un judío.

—De todas maneras —dijo Marina —no es una religión muy antigua... es decir, para tratarse de una religión. ¿Me equivoco, Van? (Se había vuelto hacia éste, con la vaga intención de que la charla derivase hacia la India, donde ella había sido bailarina mucho antes de que Moisés o cualquier otro naciese entre las aguas cubiertas de lotos.)

—¡Qué nos importa eso! —dijo Van.

—¿Y Belle? —así llamaba Lucette a su institutriz—. ¿Es también una cristiana «secesionista»?

—¿Qué nos importa a nosotros? —siguió Van—. ¿A quién le importan todos esos viejos mitos, de Júpiter o de Jehová, de stabat o de mastaba, de ascetas, anacoretas o bonzos de bronce, del Espíritu o los espíritus, de relicarios, rosarios o costillas de dromedarios blanqueando en el desierto? No son más que polvo y espejismos de la mentalidad colectiva.

—Me gustaría saber quién ha empezado esta conversación idiota —dijo Ada, mientras contemplaba a Dack, parcialmente adornado, y movía la cabeza apreciativamente.

Mea culpa—confesó Mlle. Larivière, con tono de dignidad ofendida—. Todo lo que dije antes del pic-nic fue que Greg podía no querer bocadillos de jamón, porque los judíos y los tártaros no comen cerdo.

—Los romanos —dijo Greg—, los colonizadores romanos, que crucificaban a ios judíos cristianos, a los barabitas, y a otros desgraciados, tampoco comían cerdo. Pero yo lo como, y mis abuelos también.

Lucette había quedado perpleja ante un verbo que Greg acababa de emplear. Van se encargó de proporcionarle una definición ilustrada: juntó los tobillos, extendió los brazos horizontalmente y alzó los ojos al cielo.

—Cuando yo era niña —dijo Marina, con aire disgustado —nos enseñaban la historia de Mesopotamia, prácticamente desde la cuna.

—Pero no todas las niñas llegan a aprender todo lo que se les enseña —observó Ada.

—¿Nosotros somos mesopotámicos? —preguntó Lucette.

—Somos hipopotámicos —dijo Van—. Vamos, ven aquí. Hoy no hemos hecho el arado todavía.

Uno o dos días antes, Lucette le había pedido que la enseñase a caminar sobre las manos. Van la tomó por los tobillos, Lucette extendió sobre la hierba sus palmitas rojas y comenzó a avanzar, lentamente. De cuando en cuando daba en el suelo con la cara, o bien se detenía para coger con los labios una margarita. Dack ladraba sus estridentes protestas.

—Y, sin embargo —decía, crispando el rostro, la institutriz, de oído hipersensible—, yo he leído dos veces la adaptación, en forma de fábula, que ha hecho la Ségur de la obra de Shakespeare sobre el perverso usurero.

—También conoce —intervino Ada —el monólogo del rey loco, compuesto por él mismo y revisado por mí:

Ce beau jardin fleurit en mai,

mais en hiver

jamais, jamais, jamais, jamais, jamais

n'est vert, n'est vert, n'est vert, n'est vert,

n'est vert.

—¡Es estupendo! —exclamó Greg, con un verdadero sollozo de admiración.

—¡No tan energichno, niños! —gritó Marina, en dirección Van-Lucette.

Elle devient pourpre, se está poniendo roja —comentó la institutriz—. Sostengo que esa gimnasia indecente no le hace ningún bien.

Con la sonrisa en los ojos, Van sostenía en sus manos suaves y fuertes las piernas de Lucette, color de sopa de zanahorias fría, y «labraba la tierra» con Lucette como arado. Los luminosos cabellos de la niña le caían por la cara y sus braguitas se veían bajo el dobladillo de la falda; pero pedía al labrador que prosiguiese su tarea.

—¡Bueno, ya está bien por hoy! —dijo Marina al equipo de laboreo.

Van depositó suavemente en el suelo las piernas de la niña y volvió a poner en buen estado su vestido. Lucette permaneció un momento tendida, jadeante por el esfuerzo realizado.

—Mira, Ada, te lo prestaré con mucho gusto, y todo el tiempo por que quieras. Además, yo tengo otro, negro también.


Pero Ada, obstinadamente, sacudía la cabeza, que mantenía inclinada mientras continuaba entrelazando y trenzando las margaritas.

—Bien —dijo Greg, levantándose—, tengo que irme. Hasta la vista a todos. Hasta la vista, Ada. Mira, me parece que allí está tu padre debajo de la encina.

—No, es un olmo —dijo Ada.

Van miró por encima del césped, y dijo, con aire soñador, quizá con un punto de vanidad infantil:

—Me gustaría echar un vistazo al periódico cuando mi tío lo termine. Tenía que haber jugado el partido de cricketde ayer, con mi colegio. Veen, enfermo y sin alinearse, derrota del Riverlane.

XV



Una tarde, Ada y Van trepaban por las ramas lisas de un manzano, al fondo del jardín. Ocultas por una cortina de arbustos, pero perfectamente al alcance de la voz, Lucette y Mlle. Larivière jugaban a los aros. Por encima de los arbustos, o en los claros de éstos, se veía ir y venir el aro que volaba de una varita a la otra. La primera cigarra de la estación afinaba, incansable, su instrumento. Un skybab, especie de ardilla de plata y arena, saboreaba un piñón sentado en el respaldo de un banco.

Van, en traje azul de gimnasia, había conseguido encaramarse a una horqueta del árbol, a un nivel más bajo que su ágil compañera (naturalmente, más habituada a la confusa topografía de las ramas); pero, como no podía verle la cara, mantenía con ella una conversación muda agarrándole el tobillo entre el pulgar y el índice, como ella habría hecho con una mariposa de alas plegadas. Ada iba descalza. De pronto, resbaló. Los dos jovencitos se encontraron ignominiosamente enredados entre las ramas, bajo una lluvia de drupas y hojas, con la respiración entrecortada y apretados el uno contra el otro Apenas necesitaron un instante para restablecer mejor o peor el equilibrio... Pero la cabeza de Van, con sus cabellos cortos y su cara impasible, quedó aprisionada entre las piernas de Ada. Un último fruto cayó con un sonido mate, como un signo de admiración invertido. Ada llevaba el reloj de pulsera de Van y un vestido de algodón.

(—¿Te acuerdas?

—¿Que si me acuerdo? Tú me besaste ahí, en el hueco...

—Y tú quisiste estrangularme con esas rodillas de diablesa...

—Es que necesitaba algún punto de apoyo.)

Todo eso pudo muy bien ser verdad. Aunque, según una versión más reciente (considerablemente más reciente), estaban todavía en el árbol, con las mejillas acaloradas, cuando Van se sacó de entre los labios el hilo de seda de un nido de orugas mariposa, y comentó que la negligencia en el vestir llevada hasta ese extremo era una forma de histeria.

—En todo caso —dijo Ada, a horcajadas en su rama favorita—, Mlle. Larivière des Diamants (ahora, todos lo sabemos) no ve inconveniente alguno en que una jovencita histérica renuncia a su braga en el ardor de la canícula.

—Me niego a compartir con un manzano el ardor de tu pequeña canícula.

—Sin embargo, es el Árbol del Conocimiento... Un ejemplar de importación que nos han enviado hace ahora un año desde el Parque Nacional de Edén, donde el hijo del doctor Krolik es criador y director.

—Que ese joven críe y dirija lo que guste —dijo Van, a quien ya hacía tiempo que la historia natural de Ada le ponía nervioso—, pero te juro que no puede hacer que crezca un manzano en el Irak.

—Tienes razón. Pero nuestro manzano no es un manzano como los demás.

(«Tienes razón y no la tienes —comentó Ada, también mucho más tarde—. Sin duda, hemos debatido ya la cuestión, pero es muy cierto que entonces no habrías podido permitirte respuestas tan vulgares. ¡En un tiempo en que el más casto y raro de los azares te autorizaba todo lo más a "arrebatar", como suele decirse, un primer beso tímido! ¡Qué vergüenza! Y, además, no existía ningún Parque Nacional en Irak hace ochenta años.» «Es verdad —dijo Van—, y nunca encontré ni un solo nido de orugas en aquel árbol de nuestro vergel.» En aquella época, la Historia Natural se había convertido en Historia Antigua.)

Ada y Van escribían sus diarios. Poco tiempo después de haber gustado, como acabamos de ver, las primicias del conocimiento, fueron víctimas de un divertido error. Ada iba camino de la casa del doctor Krolik con una caja llena de mariposas recién salidas del capullo y debidamente cloroformizadas. Acababa de pasar el huerto de árboles frutales, cuando se detuvo bruscamente y lanzó un juramento (¡ chort!). En el mismo instante, Van, que había partido en dirección contraria para hacer prácticas de tiro en un pabellón vecino (provisto de una bolera y otras facilidades recreativas muy estimadas, en otros tiempos, por anteriores Veen), se detuvo con la misma súbita inquietud. Por una graciosa coincidencia, cada uno de ellos volvió corriendo a la casa, para ocultar el diario que temía haber dejado abierto en su habitación. Ada, que recelaba de la curiosidad de Lucette y de Blanche (de Larivière no había nada que temer, pues era una persona patológicamente desprovista de espíritu de observación), descubrió, aliviada, que se había inquietado inútilmente: el álbum, con su última anotación, estaba bien guardado. Van sabía que Ada era un poco curiosa, pero fue a Blanche a quien descubrió en su habitación, simulando hacerle la cama, que ya estaba hecha. El diario descansaba, abierto, en un taburete vecino. Van aplicó una benigna palmada en el trasero de Blanche, cerró las cubiertas de tafilete y llevó el objeto a un lugar más seguro. A continuación, Ada y Van se cruzaron en el pasillo: en un estadio menos avanzado de la Evolución de la Novela en la historia de la literatura, habría sido aquí donde intercambiaran su primer beso verdadero. Elegante apéndice del episodio del manzano. Pero en vez de eso cada uno se alejó por su lado, y Blanche, supongo, se fue a llorar a su torrecilla.

XVI



Sus primeras caricias francas y frenéticas fueron precedidas por un breve período de extrañas astucias, de disimulos solapados. El malhechor enmascarado era Van; pero Ada, al tolerar con pasividad sus aproximaciones, parecía reconocer tácitamente el carácter escandaloso, hasta monstruoso, de las mismas. Algunas semanas más tarde ambos consideraron aquella fase de estrategia amorosa con una indulgencia divertida. Pero, en su momento, la cobardía implícita que revelaba intrigaba a Ada y desolaba a Van (principalmente porque tenía conciencia de que la chica estaba desconcertada).

Ada no se enfadaba con facilidad, y su delicadeza no era nada excesiva: «Estoy loca por todo lo que repta.» Van no había tenido nunca ocasión de notar en ella el menor sobresalto de repulsión virginal. Sin embargo, le bastaba rememorar dos o tres sueños horribles para imaginársela —en la vida real, o, al menos, en el orden íntimo de sus propias responsabilidades —retrocediendo, con una mirada ofendida, relegando al agresor al desierto de su deseo mientras ella iba a hablar del asunto a su institutriz, a su madre o incluso a un gigantesco lacayo (inexistente en la vivienda, pero sí en sueños, en los que podía ser perforado a placer, como una vejiga de sangre que es posible reventar con una suela llena de clavos); incidente que él sabía que iría seguido por la expulsión definitiva de Ardis...

(Comentario manuscrito de Ada: protesto indignada contra esa «delicadeza» que no tenía «nada de excesiva». Es algo vago en la forma y falso en el fondo. Hay que suprimirlo. Van, en el margen: lo siento muchísimo, pajarito; tiene que mantenerse.)

...Pero aunque quisiera burlarse de aquella imagen para expulsarla de su conciencia, Van no podía en ningún caso sentirse orgulloso de su conducta. Las cosas que hacía, el modo como las hacía, los deleites secretos que sacaba de ellas, todo eso le daba la sensación de que engañaba a Ada, que abusaba de su inocencia, que la ponía en el compromiso de disimularle, a él, el disimulador, que entendía muy bien lo que él le ocultaba.

Después del primer encuentro, mudo y levísimo, de sus labios tiernos de adolescente con la piel aún más tierna de ella, allá, en el manzano, sin más vecino que aquella ardillita extraviada que les espiaba entre el follaje, nada pareció cambiar, en cierto sentido, y, por otra parte, todo estaba perdido. Esa clase de contactos acaban por establecer un cierto vínculo. Una sensación táctil es un punctum coecum: simples siluetas que se tocan. Así, en la indolencia ordinaria de los días, en ciertos accesos recurrentes de locura contenida, una señal secreta se alzaba y una cortina caía entre ella y él...

(Ada: Prácticamente han desaparecido de Ardis. Van: ¿Quiénes? ¡Ah, ya veo!)

...y esa cortina no podía volver a abrirse hasta que Van se liberaba de aquello que la necesidad de disimulo rebajaba al nivel de una miserable comezón.

(¡Qué cosas eres capaz de decir, Van!)

Más tarde tuvo ocasión de hablar con ella de aquellas cosas feas y algo patéticas, pero le habría sido difícil afirmar si había temido verdaderamente que su avournine(como diría más tarde Blanche, en su extraño francés) reaccionase con una explosión de cólera, verdadera o fingida ante la exhibición desvergonzada de su deseo, o si sus intentos sombríos y solapados le había sido dictados por consideraciones de decencia y piedad hacia una niña casta, cuyo encanto era demasiado irresistible para no gozar de él en secreto, y demasiado sagrado para ser profanado abiertamente. Pero allí había algo reprochable, eso, al menos, no era dudoso. Los vagos lugares comunes de un vago pudor, tan terriblemente vigentes hace ochenta años, las insoportables naderías de un enamorado tímido agobiado de novelerías arcaicas, arcadianas, todas esas modas y modos estaban latentes tras el silencio de las emboscadas de él y las tolerancias de ella. No disponemos de ningún documento que nos informe de cuál fuera el preciso día del verano en que Van inauguró sus roces minuciosos, sus caricias precavidas. Pero desde que Ada se dio cuenta de que en ciertos momentos él permanecía de pie tras ella, demasiado próximo para que la decencia pudiera quedar a salvo, con el aliento ardiente y los labios en libación, la chica supo que aquellas aproximaciones silenciosas, exóticas, debían habet comenzado mucho tiempo antes, en un pasado indefinido, infinito, y que no podía seguir oponiéndose a ellas sin reconocer que hasta entonces había aceptado tácitamente su repetición convertida ya en habitual.

En el calor implacable de las tarde de julio, Ada gustaba de sentarse en el salón de música, en una banqueta de piano con incrustaciones de marfil y deliciosamente fresca, que ella colocaba ante una mesa cubierta de hule blanco, y copiar en colores, sobre papel satinado, tal o cual flor extraña cuyo modelo encontraba en su atlas favorito, abierto ante sus ojos. Podía escoger una de esas orquídeas de forma de insecto que sabía ampliar con notable habilidad, de cambiar una especie con otra (desconocida, pero no imposible), introduciendo de su cosecha ciertas pequeñas transformaciones, ciertas alteraciones insólitas que podían parecer mórbidas en una chica tan joven y tan sucintamente vestida. Un rayo de luz oblicua pasaba por la rendija de la contraventana y proyectaba su fuego sobre el vaso tallado lleno de agua coloreada y sobre el esmalte de la caja de colores. Ada trazaba con pincel delicado un ocelo o el lóbulo de un pétalo, y, en el éxtasis de la concentración, la punta de su lengua se retorcía en la comisura de sus labios, y, bajo la mirada del sol, la fantástica niña de cabellos negro-azul-castaños parecía a su vez convertirse en la reproducción de una orquídea espejo-de-Venus. Su vestido ligero y flotante estaba tan abierto por la espalda que cada vez que la ahuecaba por un movimiento de sus omóplatos prominentes (bien porque, con la cabeza ladeada y el pincel en alto, contemplase apreciativamente su húmeda obra, bien porque apartase, con el dorso de la mano, algún mechón que le cayese por la sien), Van, que se había aproximado al taburete tanto como se lo permitía la prudencia, podía ver hasta el coxis su ensilladura marfileña y respirar todo el calor de su cuerpo. Con el corazón saltándole en el pecho, y la mano lamentablemente hundida en el bolsillo del pantalón (donde, para disimular su previsible situación, llevaba siempre un monedero que contenía media docena de monedas de diez dólares), se inclinaba sobre ella, mientras ella se inclinaba sobre su obra, y permitía a sus labios sedientos que se deslizasen ingrávidamente desde la cabellera tibia a la ardiente nuca. Era la sensación más dulce, más poderosa, más misteriosa, que nunca había experimentado. En la sórdida lujuria del invierno anterior nada podía haberle hecho presentir aquella ternura acariciadora, aquel desconsuelo del deseo. Habría querido permanecer indefinidamente sobre la redondez exquisita de la pequeña protuberancia ósea que destacaba por debajo de su nuca, si ella, indefinidamente, hubiera mantenido la cabeza inclinada, y si el pobre muchacho hubiese sido capaz de soportar por más tiempo el éxtasis de aquel contacto en su boca, convertida en cera inmóvil, sin apretujarse contra la chica en un loco abandono. El intenso enrojecimiento de una oreja visible y la progresiva torpeza que se apoderaba del ágil pincel eran los únicos —pero temibles —indicios de que Ada advertía la insistencia creciente de su caricia. Van se retiraba entonces furtivamente, subía a encerrarse en su habitación, cogía una toalla, se desnudaba, evocaba la imagen apenas desaparecida (imagen todavía intacta y clara como una llama que llevamos, de noche, haciéndole pantalla con las manos), y se apresuraba a liberarse de ella, con un celo brutal. Después, momentáneamente drenado, con los ríñones agotados y las pantorrillas vacilantes, regresaba a la inocencia de una sala bañada de>sol en la que una jovencita sudorosa continuaba pintando su flor: la flor maravillosa que imita una falena brillante que a su vez imita un escarabajo.

Si no hubiera tenido otra preocupación que la de aliviar (no importa de qué modo) sus ardores juveniles, en otros términos, si el amor no hubiese contado para nadu en el asunto, Van se habría acomodado sin duda, para un fugaz verano, a la ignominia y la ambigüedad de su conducta. Pero Van amaba a Ada. Aquel complicado desahogo no podía ser un fin en sí, o, mejor, era solamente el final de un callejón sin salida, puesto que no era compartido, y puesto que se escondía sórdidamente y nunca podría fundirse con otras delicias incomparablemente mayores que, como una cima entre la bruma, más allá de un collado amenazador, prometían ser algún día el verdadero punto culminante de su peligrosa aventura con Ada. Durante aquella semana, o quincena, de mitad de verano, y a pesar de sus etèreos besos cotidianos en los cabellos o en la nuca de Ada, Van se sintió aún más lejos de ella que antes del día en que su boca había dado, por azar, entre el dédalo de las ramas del manzano, con una parcela de carne apenas perceptible a sus sentidos.

Pero la naturaleza es movimiento y desarrollo. Un día, después de comer, en el salón de música, se le aproximó aún más discretamente que de costumbre, porque iba descalzo, y la pequeña Ada volvió la cabeza, cerró los ojos y apretó sus labios contra los de Van, a quien aquel beso de rosa fresca hundió en un éxtasis anonadante.

—Y ahora, vete —le dijo—. Vete en seguida, estoy ocupada. —Y, viendo que se quedaba allí plantado, como un tonto, ungió su frente enfebrecida con dos pinceladas que trazaron la señal de la cruz al estilo de los antiguos estocianos—. Tengo que acabar esto —añadió, indicando con el pincelito empapado de violeta un híbrido de Ophryx scolopaxy Ophryx veenae– y dentro de un minuto tendremos que vestirnos. Marina quiere que Kim nos fotografíe. Dame la mano, y una gran sonrisa.

(Una gran sonrisa, y vuelta a la odiosa flor.)

XVII



El más voluminoso diccionario de la biblioteca decía, en el artículo «Labio»: «Cada uno de los dos pliegues carnosos que rodean una abertura».

MileyshiyEmile (según llamaba Ada a monsieurLittré) lo decía así: «Parte exterior y carnosa que forma el contorno de la boca... Los dos bordes de una herida simple.» (Es que con nuestras heridas, hablamos; por nuestras heridas, tenemos hijos.) «Miembro que lame.» (¡Querido Emile!)

Una enciclopedia rusa, pequeña pero gruesa, no quería ver en la palabra gouba(«labio») más que un tribunal administrativo de la antigua Lyaska, o un golfo del Ártico.

Los labios de Van y Ada eran absurdamente idénticos, en color y en textura. Por su forma, el labio superior de Van recordaba un ave marina de largas alas vista de frente, y el inferior, grueso y hosco, comunicaba a su expresión habitual un aire de brutalidad. No era así, desde luego, en el caso de Ada; pero, por lo demás, la curva de su labio superior y el grosor del inferior, con su mueca desdeñosa y su color rosa opaco, eran la réplica, en estilo femenino, de la boca de Van. Durante la «fase de los besos» de sus amorcillos (quince días de largos besuqueos húmedos y pegajosos, nada recomendables para su salud de adolescentes), parecía que entre sus cuerpos sedientos se interponía una pantalla de extraña pudibundez; era, no obstante, inevitable que ciertos contactos y contracontactos atravesasen aquella pantalla, como lejanas vibraciones de gritos de socorro. Concienzudamente, incansablemente, delicadamente, Van pasaba y repasaba sus labios sobre los labios de Ada, atacando, a contrapelo, su terciopelo ardiente, de arriba abajo, de derecha a izquierda, hacia dentro, hacia fuera, hacia la vida y hacia la muerte, y encontraba un sabor deleitable en el contraste entre la caricia alada del idilio visible y la congestión brutal de la carne escondida.

Y la imaginación les pedía nuevos besos. —Querría —dijo él en cierta ocasión —probar el interior de tu boca. ¡Dios, cómo me gustaría ser un Gulliver minúsculo para poder explorar esa cueva!

—Puedo prestarte mi lengua —dijo la niña. Dicho y hecho.

Una gran fresa hervida, todavía muy caliente. Van la degustaba, se la tragaba todo lo dentro que ella se dejaba tragar, y luego, abrazando estrechamente a Ada, le lamía el paladar. Ambas barbillas se llenaban de saliva, «pañuelo», pidió la chica, y sin más preámbulo metió la mano en el bolsillo del pantalón de Van; pero la retiró al instante, y dijo a su compañero que le pasase el pañuelo él mismo. Huelgan comentarios.

(«Aprecié tu tacto», le dijo él un día que rememoraban, entre sonrisas y estremecimientos retrospectivos, aquellas delicias y aquellas dificultades. «Pero ¡cuánto tiempo perdimos!: ópalos irreparables.»)

Van se aprendió la cara de Ada. Nariz, mejilla, mentón, todo era de tal dulzura de contornos (asociaciones retrospectivas son nomeolvides, y flores en el cabello, y las cortesanas, terriblemente caras, de Wicklow), que un admirador extravagante habría evocado fácilmente en tomo a su perfil el pálido vello de una caña, hombre no pensante – pascaltrezza—, mientras que un dedo más infantil y más sensual se habría complacido —y se complacía, de hecho– en palpar aquella nariz, aquella mejilla y aquel mentón. Lo mismo que en Rembrandt, la rememoración es una fiesta en medio de las tinieblas. Los invitados al recuerdo se visten para las circunstancias, y se mantienen erguidos en sus asientos. La memoria es un estudio fotográfico de lujo en el infinito de una 5th Power Avenue. La cinta de terciopelo negro que sujetaba su cabellera aquel día (el día de la imagen mental) realzaba el lustre de su sien sedosa y la blancura de tiza de la raya de sus cabellos. La doble melena caía larga y lisa por el cuello, y se dividía a la altura de los hombros, de modo que entre las ondas de bronce negro se entreveía, en forma de elegante triángulo, la palidez mate de la piel.


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