Текст книги "La Comunidad del Anillo"
Автор книги: John Ronald Reuel Tolkien
Жанр:
Эпическая фантастика
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—¡Se acercan! —gritó Legolas.
—No podemos salir —dijo Gimli.
—¡Atrapados! —gritó Gandalf—. ¿Por qué me retrasé? Aquí estamos, encerrados como ellos antes. Pero entonces yo no estaba aquí. Veremos qué...
Bum, bum; el redoble sacudió las paredes.
—¡Cerrad las puertas y atrancadlas! —gritó Aragorn—. Y no descarguéis los bultos mientras os sea posible. Quizá aún tengamos posibilidad de escapar.
—¡No! —dijo Gandalf—. Mejor que no nos encerremos. ¡Dejad entreabierta la puerta del este! Iremos por ahí, si nos dejan.
Otra ronca llamada de cuerno, y unos gritos agudos que reverberaron en las paredes. Unos pies venían corriendo por el pasillo. Hubo un entrechocar de metales mientras la Compañía desenvainaba las espadas. Glamdring brilló con una luz pálida, y los filos de Dardo centellearon. Boromir apoyó el hombro contra la puerta occidental.
—¡Un momento! ¡No la cierres aún! —dijo Gandalf.
Alcanzó de un salto a Boromir, y levantó la cabeza enderezándose.
—¿Quién viene aquí a perturbar el descanso de Balin Señor de Moria? —gritó con una voz estentórea.
Hubo una cascada de risas roncas, como piedras que se deslizan y caen en un pozo; en medio del clamor se alzó una voz grave, dando órdenes. Bum, bum, bum, redoblaban los tambores en los abismos.
Con rápido movimiento Gandalf fue hacia el hueco de la puerta, y estiró el brazo adelantando la vara. Un relámpago enceguecedor iluminó el cuarto y el pasadizo. El mago se asomó un instante, miró, y dio un salto atrás mientras las flechas volaban alrededor siseando y silbando.
—Son orcos, muchos —dijo—. Y algunos son corpulentos y malvados: uruks negros de Mordor. No se han decidido a atacar todavía, pero hay algo más ahí. Un gran troll de las cavernas, creo, o más que uno. No hay esperanzas de poder escapar por ese lado.
—Y ninguna esperanza si vienen también por la otra puerta —dijo Boromir.
—Aquí no se oye nada todavía —dijo Aragorn que estaba de pie junto a la puerta del este, escuchando—. El pasadizo de este lado desciende directamente a una escalera, y es obvio que no lleva de vuelta a la sala. Pero no serviría de nada huir ciegamente por ahí, con los enemigos pisándonos los talones. No podemos bloquear la puerta. No hay llave, y la cerradura está rota, y se abre hacia dentro. Ante todo trataremos de demorarlos. ¡Haremos que teman a la Cámara de Mazarbul! —dijo torvamente, pasando el dedo por el filo de la espada, Andúril.
Unos pies pesados resonaron en el corredor. Boromir se lanzó contra la puerta y la cerró empujándola con el hombro; luego la sujetó acuñándola con hojas de espada quebradas y astillas de madera. La Compañía se retiró al otro extremo del cuarto. Pero aún no tenían ninguna posibilidad de escapar. Un golpe estremeció la puerta, que en seguida comenzó a abrirse lentamente, rechinando, desplazando las cuñas. Un brazo y un hombro voluminosos, de piel oscura, escamosa y verde, aparecieron en la abertura, ensanchándola. Luego un pie grande, chato y sin dedos, entró empujando, deslizándose por el suelo. Fuera había un silencio de muerte.
Boromir saltó hacia delante y lanzó un mandoble contra el brazo, pero la espada golpeó resonando, se desvió a un lado, y se le cayó de la mano temblorosa. La hoja estaba mellada.
De pronto, y algo sorprendido pues no se reconocía a sí mismo, Frodo sintió que una cólera ardiente le inflamaba el corazón.
—¡La Comarca! —gritó, y saltando al lado de Boromir se inclinó, y descargó a Dardo contra el pie. Se oyó un aullido, y el pie se retiró bruscamente, casi arrancando a Dardo de la mano de Frodo. Unas gotas negras cayeron de la hoja y humearon en el suelo. Boromir se arrojó otra vez contra la puerta y la cerró con violencia.
—¡Un tanto para la Comarca! —gritó Aragorn—. ¡La mordedura del hobbit es profunda! ¡Tienes una buena hoja, Frodo hijo de Drogo!
Un golpe resonó en la puerta, y luego otro y otro. Los orcos atacaban ahora con martillos y arietes. Al fin la puerta crujió y se tambaleó hacia atrás, y de pronto la abertura se ensanchó. Las flechas llegaron silbando, pero todas fueron a dar contra la pared del norte, y cayeron al suelo. Un cuerno llamó en seguida y unos pies se apresuraron y los orcos entraron saltando en la cámara.
Cuántos eran, la Compañía no pudo saberlo. En un principio los orcos atacaron decididamente, pero el furor de la defensa los desanimó muy pronto. Legolas les atravesó la garganta a dos de ellos. Gimli le cortó las piernas a otro que se había subido a la tumba de Balin. Boromir y Aragorn mataron a muchos. Cuando ya habían caído trece, el resto huyó chillando, dejando a los defensores indemnes, excepto Sam que tenía un rasguño a lo largo del cuero cabelludo. Un rápido movimiento lo había salvado, y había matado al orco: un golpe certero con la espada tumularia. En los ojos castaños le ardía un fuego de brasas que habría hecho retroceder a Ted Arenas, si lo hubiera visto.
—¡Ahora es el momento! —gritó Gandalf—. ¡Vamos, antes que el troll vuelva!
Pero mientras aún retrocedían, y antes que Pippin y Merry hubieran llegado a la escalera exterior, un enorme jefe orco, casi de la altura de un hombre, vestido con malla negra de la cabeza a los pies, entró de un salto en la cámara; lo seguían otros, que se apretaron en la puerta. La cara ancha y chata era morena, los ojos como carbones, la lengua roja; esgrimía una lanza larga. Con un golpe de escudo desvió la espada de Boromir, y lo hizo retroceder, tirándolo al suelo. Eludiendo la espada de Aragorn con la rapidez de una serpiente, cargó contra la Compañía, apuntando a Frodo con la lanza. El golpe alcanzó a Frodo en el lado derecho y lo arrojó contra la pared. Sam con un grito quebró de un hachazo el extremo de la lanza. Aún estaba el orco dejando caer el asta, y sacando la cimitarra, cuando Andúril le cayó sobre el yelmo. Hubo un estallido, como una llama, y el yelmo se abrió en dos. El orco cayó, la cabeza hendida. Los que venían detrás huyeron dando gritos, y Aragorn y Boromir acometieron contra ellos.
Bum, bum, continuaban los tambores allá abajo. La gran voz resonó otra vez.
—¡Ahora! —gritó Gandalf—. Es nuestra última posibilidad. ¡Corramos!
Aragorn recogió a Frodo, que yacía junto a la pared, y se precipitó hacia la escalera, empujando delante de él a Merry y a Pippin. Los otros los siguieron; pero Gimli tuvo que ser arrastrado por Legolas; a pesar del peligro se había detenido cabizbajo junto a la tumba de Balin. Boromir tiró de la puerta este, y los goznes chillaron. Había a cada lado un gran anillo de hierro, pero no era posible sujetar la puerta.
—Me encuentro bien —jadeó Frodo—. Puedo caminar. ¡Bájame!
Aragorn, asombrado, casi lo dejó caer.
—¡Pensé que estabas muerto! —exclamó.
—¡No todavía! —dijo Gandalf—. Pero éste no es momento de asombrarse. ¡Adelante todos, escaleras abajo! Esperadme al pie unos minutos, pero si no llego en seguida, ¡continuad! Marchad rápidamente siempre a la derecha y abajo.
—¡No podemos dejar que defiendas la puerta tú solo! —dijo Aragorn.
—¡Haz como digo! —dijo Gandalf con furia—. Aquí ya no sirven las espadas. ¡Adelante!
Ninguna abertura iluminaba el pasaje, y la oscuridad era completa. Descendieron una larga escalera tanteando las paredes, y luego miraron atrás. No vieron nada, excepto el débil resplandor de la vara del mago, muy arriba. Parecía que Gandalf estaba todavía de guardia junto a la puerta cerrada. Frodo respiraba pesadamente y se apoyó en Sam, que lo sostuvo con un brazo. Se quedaron así un rato espiando la oscuridad de la escalera, Frodo creyó oír la voz de Gandalf arriba, murmurando palabras que descendían a lo largo de la bóveda inclinada como ecos de suspiros. No alcanzaba a entender lo que decían. Parecía que las paredes temblaban. De vez en cuando se oían de nuevo los redobles de tambor: bum, bum.
De pronto una luz blanca se encendió un momento en lo alto de la escalera. En seguida se oyó un rumor sordo y un golpe pesado. El tambor redobló furiosamente, bum, bum, bum, y enmudeció. Gandalf se precipitó escaleras abajo y cayó en medio de la Compañía.
—¡Bien, bien! ¡Problema terminado! —dijo el mago incorporándose con trabajo—. He hecho lo que he podido. Pero encontré la horma de mi zapato y estuvieron a punto de destruirme. ¡Pero no os quedéis ahí! ¡Vamos! Tendréis que ir sin luz un rato, pues estoy un poco sacudido. ¡Vamos! ¡Vamos! ¿Dónde estás, Gimli? ¡Ven adelante conmigo! ¡Seguidnos los demás, y no os separéis!
Todos fueron tropezando detrás de él y preguntándose qué habría ocurrido. Bum, bum, sonaron otra vez los golpes de tambor; les llegaban ahora apagados y lejanos, pero venían siguiéndolos. No había ninguna otra señal de persecución, ningún ajetreo de pisadas, ninguna voz. Gandalf no se volvió ni a la izquierda ni a la derecha, pues el pasaje parecía seguir la dirección que él deseaba. De cuando en cuando encontraban un tramo de cincuenta o más escalones que llevaba a un nivel más bajo. Por el momento éste era el peligro principal, pues en la oscuridad no alcanzaban a ver las escaleras, hasta que ya estaban bajando, o habían puesto un pie en el vacío. Gandalf tanteaba el suelo con la vara, como un ciego.
Al cabo de una hora habían avanzado una milla, o quizá un poco más, y habían descendido muchos tramos de escalera. No se oía aún ningún sonido de persecución. Hasta empezaban a creer que quizá escaparían. Al pie del séptimo tramo, Gandalf se detuvo.
—¡Está haciendo calor! —jadeó—. Ya tendríamos que estar por lo menos al nivel de las Puertas. Pronto habrá que buscar un túnel a la izquierda, que nos lleve al este. Espero que no esté lejos. Me siento muy fatigado. Tengo que descansar aquí unos instantes, aunque todos los orcos que alguna vez han sido caigan ahora sobre nosotros.
Gimli lo ayudó a sentarse en el escalón.
—¿Qué pasó allá arriba en la puerta? —le preguntó—. ¿Descubriste al que toca el tambor?
—No lo sé —respondió Gandalf—. Pero de pronto me encontré enfrentado a algo que yo no conocía. No supe qué hacer, excepto recurrir a algún conjuro que mantuviera cerrada la puerta. Conozco muchos, pero estas cosas requieren tiempo, y aun así el enemigo podría forzar la entrada.
”Mientras estaba ahí oí voces de orcos que venían del otro lado, pero en ningún momento se me ocurrió que podían echar abajo la puerta. No alcanzaba a oír lo que se decía; parecían estar hablando en ese horrible lenguaje de ellos. Todo lo que entendí fue ghâsh, «fuego». En seguida algo entró en la cámara; pude sentirlo a través de la puerta, y los mismos orcos se asustaron y callaron. El recién llegado tocó el anillo de hierro, y en ese momento advirtió mi presencia y mi conjuro.
”Qué era eso, no puedo imaginarlo, pero nunca me había encontrado con nada semejante. El contraconjuro fue terrible. Casi me hace pedazos. Durante un instante perdí el dominio de la puerta, ¡que comenzó a abrirse! Tuve que pronunciar un mandato. El esfuerzo resultó ser excesivo. La puerta estalló. Algo oscuro como una nube estaba ocultando toda la luz, y fui arrojado hacia atrás escaleras abajo. La pared entera cedió, y también el techo de la cámara, me parece.
”Temo que Balin esté sepultado muy profundamente, y quizá también alguna otra cosa. No puedo decirlo. Pero por lo menos el pasaje que quedó a nuestras espaldas está completamente bloqueado. ¡Ah! Nunca me he sentido tan agotado, pero ya pasa. ¿Y qué me dices de ti, Frodo? No hubo tiempo de decírtelo, pero nunca en mi vida tuve una alegría mayor que cuando tú hablaste. Temí que fuera un hobbit valiente pero muerto lo que Aragorn llevaba en brazos.
—¿Qué digo de mí? —preguntó Frodo—. Estoy vivo, y entero, creo. Me siento lastimado y dolorido, pero no es grave.
—Bueno —dijo Aragorn—, sólo puedo decir que los hobbits son de un material tan resistente que nunca encontré nada parecido. Si yo lo hubiera sabido antes, ¡habría hablado con más prudencia en la taberna de Bree! ¡Ese lanzazo hubiese podido atravesar a un jabalí de parte a parte!
—Bueno, no estoy atravesado de parte a parte, me complace decirlo —dijo Frodo—, aunque me siento como si hubiese estado apresado entre un martillo y un yunque.
No dijo más. Le costaba respirar.
—Te pareces a Bilbo —dijo Gandalf—. Hay en ti más de lo que se advierte a simple vista, como dije de él hace tiempo.
Frodo se quedó pensando si esta observación no tendría algún otro significado.
Prosiguieron la marcha. Al rato Gimli habló. Tenía una vista penetrante en la oscuridad.
—Creo —dijo– que hay una luz adelante. Pero no es la luz del día. Es roja. ¿Qué puede ser?
– Ghâsh!—murmuró Gandalf—. Me pregunto si era eso a lo que se referían, que los niveles inferiores están en llamas. Sin embargo, no podemos hacer otra cosa que continuar.
Pronto la luz fue inconfundible, y todos pudieron verla. Vacilaba y reverberaba en las paredes del pasadizo. Ahora podían ver por dónde iban: descendían una pendiente rápida, y un poco más adelante había un arco bajo; de allí venía la claridad creciente. El aire era casi sofocante.
Cuando llegaron al arco, Gandalf se adelantó indicándoles que se detuvieran. Fue poco más allá de la abertura y los otros vieron que un resplandor le encendía la cara. El mago dio un paso atrás.
—Esto es alguna nueva diablura —dijo Gandalf– preparada sin duda para darnos la bienvenida. Pero sé dónde estamos: hemos llegado al Primer Nivel, inmediatamente debajo de las Puertas. Ésta es la Segunda Sala de la Antigua Moria, y las Puertas están cerca: más allá del extremo este, a la izquierda, a un cuarto de milla. Hay que cruzar el Puente, subir por una ancha escalinata, luego un pasaje ancho que atraviesa la Primera Sala, ¡y fuera! ¡Pero venid y mirad!
Espiaron y vieron otra sala cavernosa. Era más ancha y mucho más larga que aquella en que habían dormido. Estaban cerca de la pared del este; se prolongaba hacia el oeste perdiéndose en la oscuridad. Todo a lo largo del centro se alzaba una doble fila de pilares majestuosos. Habían sido tallados como grandes troncos de árboles, y una intrincada tracería de piedra imitaba las ramas que parecían sostener el cielo raso. Los tallos eran lisos y negros, pero reflejaban oscuramente a los lados un resplandor rojizo. Justo ante ellos, a los pies de dos enormes pilares, se había abierto una gran fisura. De allí venía una ardiente luz roja, y de vez en cuando las llamas lamían los bordes y abrazaban la base de las columnas. Unas cintas de humo negro flotaban en el aire cálido.
—Si hubiésemos venido por la ruta principal desde las salas de más arriba, nos hubieran atrapado aquí —dijo Gandalf—. Esperemos que el fuego se alce ahora entre nosotros y quienes nos persiguen. ¡Vamos! No hay tiempo que perder.
Aun mientras hablaban escucharon de nuevo el insistente redoble de tambor: bum, bum, bum. Más allá de las sombras en el extremo oeste de la sala estallaron unos gritos y llamadas de cuerno. Bum, bum: los pilares parecían temblar y las llamas oscilaban.
—¡Ahora la última carrera! —dijo Gandalf—. Si fuera brilla el sol, aún podemos escapar. ¡Seguidme!
Se volvió a la izquierda y echó a correr por el piso liso de la sala. La distancia era mayor de lo que habían creído. Mientras corrían oyeron los golpeteos y los ecos de muchos pies que venían detrás. Se oyó un chillido agudo: los habían visto. Hubo luego un clamor y un repiqueteo de aceros. Una flecha silbó por encima de la cabeza de Frodo.
Boromir rió. —No lo esperaban —dijo—. El fuego les cortó el paso. ¡Estamos en el lado malo!
—¡Mirad adelante! —llamó Gandalf—. Nos acercamos al Puente. Es angosto y peligroso.
De pronto Frodo vio ante él un abismo negro. En el extremo de la sala el piso desapareció y cayó a pique a profundidades desconocidas. No había otro modo de llegar a la puerta exterior que un estrecho puente de piedra, sin barandilla ni parapeto, que describía una curva de cincuenta pies sobre el abismo. Era una antigua defensa de los Enanos contra cualquier enemigo que pusiera el pie en la primera sala y los pasadizos exteriores. No se podía cruzar sino en fila de a uno. Gandalf se detuvo al borde del precipicio y los otros se agruparon detrás.
—¡Tú adelante, Gimli! —dijo—. Luego Pippin y Merry. ¡Derecho al principio, y escaleras arriba después de la puerta!
Las flechas cayeron entre ellos. Una golpeó a Frodo y rebotó. Otra atravesó el sombrero de Gandalf, y allí se quedó sujeta como una pluma negra. Frodo miró hacia atrás. Más allá del fuego vio un enjambre de figuras oscuras, que parecían ser centenares de orcos. Esgrimían lanzas y cimitarras que brillaban rojas como la sangre a la luz del fuego. Bum, bum, resonaba el redoble de tambores, cada vez más alto y más alto, bum, bum.
Legolas se volvió y puso una flecha en la cuerda, aunque la distancia era excesiva para aquel arco tan pequeño. Iba a tirar de la cuerda cuando de pronto soltó la mano dando un grito de desesperación y terror. La flecha cayó al suelo. Dos grandes trolls se acercaron cargando unas pesadas losas y las echaron al suelo para utilizarlas como un puente sobre las llamas. Pero no eran los trolls lo que había aterrorizado al Elfo. Las filas de los orcos se habían abierto, y retrocedían como si ellos mismos estuviesen asustados. Algo asomaba detrás de los orcos. No se alcanzaba a ver lo que era; parecía una gran sombra, y en medio de esa sombra había una forma oscura, quizá una forma de hombre, pero más grande, y en esa sombra había un poder y un terror que iban delante de ella.
Llegó al borde del fuego y la luz se apagó como detrás de una nube. Luego, y con un salto, la sombra pasó por encima de la grieta. Las llamas subieron rugiendo a darle la bienvenida, y se retorcieron alrededor; y un humo negro giró en el aire. Las crines flotantes de la sombra se encendieron y ardieron detrás. En la mano derecha llevaba una hoja como una penetrante lengua de fuego, y en la mano izquierda empuñaba un látigo de muchas colas.
—¡Ay, ay! —se quejó Legolas—. ¡Un Balrog! ¡Ha venido un Balrog!
Gimli miraba con los ojos muy abiertos.
—¡El Daño de Durin! —gritó, y dejando caer el hacha se cubrió la cara con las manos.
—Un Balrog —murmuró Gandalf—. Ahora entiendo. —Trastabilló y se apoyó pesadamente en la vara—. ¡Qué mala suerte! Y estoy tan cansado...
La figura oscura de estela de fuego corrió hacia ellos. Los orcos aullaron y se desplomaron sobre las losas que servían como puentes. Boromir alzó entonces el cuerno y sopló. El desafío resonó y rugió como el grito de muchas gargantas bajo la bóveda cavernosa. Los orcos titubearon un momento y la sombra ardiente se detuvo. En seguida los ecos murieron, como una llama apagada por el soplo de un viento oscuro, y el enemigo avanzó otra vez.
—¡Por el puente! —gritó Gandalf, recurriendo a todas sus fuerzas—. ¡Huid! Es un enemigo que supera todos vuestros poderes. Yo le cerraré aquí el paso. ¡Huid!
Aragorn y Boromir hicieron caso omiso de la orden y afirmando los pies en el suelo se quedaron juntos detrás de Gandalf en el extremo del puente. Los otros se detuvieron en el umbral del extremo de la sala, y miraron desde allí, incapaces de dejar que Gandalf se enfrentara solo al enemigo.
El Balrog llegó al puente. Gandalf aguardaba en el medio, apoyándose en la vara que tenía en la mano izquierda; pero en la otra relampagueaba Glamdring, fría y blanca. El enemigo se detuvo de nuevo, enfrentándolo, y la sombra que lo envolvía se abrió a los lados como dos vastas alas. En seguida esgrimió el látigo, y las colas crujieron y gimieron. Un fuego le salía de la nariz. Pero Gandalf no se movió.
—No puedes pasar —dijo. Los orcos permanecieron inmóviles, y un silencio de muerte cayó alrededor—. Soy un servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la llama de Anor. No puedes pasar. El fuego oscuro no te servirá de nada, llama de Udûn. ¡Vuelve a la Sombra! No puedes pasar.
El Balrog no respondió. El fuego pareció extinguirse y la oscuridad creció todavía más. El Balrog avanzó lentamente, y de pronto se enderezó hasta alcanzar una gran estatura, extendiendo las alas de muro a muro; pero Gandalf era todavía visible, como un débil resplandor en las tinieblas; parecía pequeño, y completamente solo; gris e inclinado, como un árbol seco poco antes de estallar la tormenta.
De la sombra brotó llameando una espada roja.
Glamdring respondió con un resplandor blanco.
Hubo un sonido de metales que se entrechocaban y una estocada de fuego blanco. El Balrog cayó de espaldas y la hoja le saltó de la mano en pedazos fundidos. El mago vaciló en el puente, dio un paso atrás, y luego se irguió otra vez, inmóvil.
—¡No puedes pasar! —dijo.
El Balrog dio un salto y cayó en medio del puente. El látigo restalló y silbó.
—¡No podrá resistir solo! —gritó Aragorn de pronto y corrió de vuelta por el puente—. ¡Elendil!—gritó—. ¡Estoy contigo, Gandalf!
—¡Gondor! —gritó Boromir, y dando un salto fue detrás de Aragorn.
En ese momento, Gandalf alzó la vara y dando un grito golpeó el puente ante él. La vara se quebró en dos y le cayó de la mano. Una cortina enceguecedora de fuego blanco subió en el aire. El puente crujió, rompiéndose justo debajo de los pies del Balrog, y la piedra que lo sostenía se precipitó al abismo mientras el resto permanecía allí, en equilibrio, estremeciéndose como una lengua de roca que se asoma al vacío.
Con un grito terrible el Balrog se precipitó hacia delante; la sombra se hundió y desapareció. Pero aun mientras caía sacudió el látigo, y las colas azotaron y envolvieron las rodillas del mago, arrastrándolo al borde del precipicio. Gandalf se tambaleó y cayó al suelo, tratando vanamente de asirse a la piedra, deslizándose al abismo.
—¡Huid, insensatos! —gritó, y desapareció.
El fuego se extinguió, y volvió la oscuridad. La Compañía estaba como clavada al suelo, mirando el pozo, horrorizada. En el momento en que Aragorn y Boromir regresaban de prisa, el resto del puente crujió y cayó. Aragorn, llamó a todos con un grito.
—¡Venid! ¡Yo os guiaré ahora! Tenemos que obedecer la última orden de Gandalf. ¡Seguidme!
Subieron atropellándose por las grandes escaleras que estaban más allá de la puerta. Aragorn adelante, Boromir detrás. Arriba había un pasadizo ancho y habitado de ecos. Corrieron por allí. Frodo oyó que Sam lloraba junto a él, y en seguida descubrió que él también lloraba y corría. Bum, bum, bum, resonaban detrás los redobles, ahora lúgubres y lentos; bum.
Siguieron corriendo. La luz crecía delante; grandes aberturas traspasaban el techo. Corrieron más rápido. Llegaron a una sala con ventanas altas que miraban al este y donde entraba directamente la luz del día. Cruzaron la sala, pasando por unas puertas grandes y rotas, y de pronto se abrieron ante ellos las Grandes Puertas, un arco de luz resplandeciente.
Había una guardia de orcos que acechaba en la sombra detrás de los montantes a un lado y a otro, pero las puertas mismas estaban rotas y caídas en el suelo. Aragorn abatió al capitán que le cerraba el paso, y el resto huyó aterrorizado. La Compañía pasó de largo, sin prestarles atención. Ya fuera de las Puertas bajaron corriendo los amplios y gastados escalones, el umbral de Moria.
Así, al fin, y contra toda esperanza, estuvieron otra vez bajo el cielo y sintieron el viento en las caras.
No se detuvieron hasta encontrarse fuera del alcance de las flechas que venían de los muros. El Valle del Arroyo Sombrío se extendía alrededor. La sombra de las Montañas Nubladas caía en el valle, pero hacia el este había una luz dorada sobre la tierra. No había pasado una hora desde el mediodía. El sol brillaba; la luz era alta y blanca.
Miraron atrás. Las Puertas oscuras bostezaban a la sombra de la montaña. Los lentos redobles subterráneos resonaban lejanos y débiles. Bum. Un tenue humo negro salía arrastrándose. No se veía nada más; el valle estaba vacío. Bum. La pena los dominó a todos al fin, y lloraron: algunos de pie y en silencio, otros caídos en tierra. Bum, bum. El redoble se apagó.
6
LOTHLÓRIEN
—Ay, temo que no podamos demorarnos aquí —dijo Aragorn. Miró hacia las montañas y alzó la espada—. ¡Adiós, Gandalf! —gritó—. ¿No te dije: si cruzas las puertas de Moria, ten cuidado? Ay, cómo no me equivoqué. ¿Qué esperanzas nos quedan sin ti?
Se volvió hacia la Compañía.
—Dejemos de lado la esperanza —dijo—. Al menos quizá seamos vengados. Apretemos las mandíbulas y dejemos de llorar. ¡Vamos! Tenemos por delante un largo camino, y muchas cosas todavía pendientes.
Se incorporaron y miraron alrededor. Hacia el norte el valle corría por una garganta oscura entre dos grandes brazos de las montañas, y en la cima brillaban tres picos blancos: Celebdil, Fanuidhol, Caradhras: las Montañas de Moria. De lo alto de la garganta venía un torrente, como un encaje blanco sobre una larga escalera de pequeños saltos, y una niebla de espuma colgaba en el aire a los pies de las montañas.
—Allá está la Escalera del Arroyo Sombrío —dijo Aragorn apuntando a las cascadas—. Tendríamos que haber venido por ese camino profundo que corre junto al torrente, si la fortuna nos hubiese sido más propicia.
—O Caradhras menos cruel —dijo Gimli—. ¡Helo ahí, sonriendo al sol!
Amenazó con el puño al más distante de los picos nevados y dio media vuelta.
Al este el brazo adelantado de las montañas terminaba bruscamente, y más allá podían verse unas tierras lejanas, vastas e imprecisas. Hacia el sur las Montañas Nubladas se perdían de vista a la distancia. A menos de una milla, y un poco por debajo de ellos, pues estaban aún a regular altura al costado oeste del valle, había una laguna. Era larga y ovalada, como una punta de lanza clavada profundamente en la garganta del norte; pero el extremo sur se extendía más allá de las sombras bajo el cielo soleado. Sin embargo, las aguas eran oscuras: un azul profundo como el cielo claro de la noche visto desde un cuarto donde arde una lámpara. La superficie estaba tranquila, sin una arruga. Todo alrededor una hierba suave descendía por las laderas hasta la orilla lisa y uniforme.
—He ahí el Lago Espejo, ¡el profundo Kheled-zâram! —dijo Gimli tristemente—. Recuerdo que él mismo dijo: «¡Ojalá tengáis la alegría de verlo! Pero no podremos demorarnos allí!» Mucho tendré que viajar antes de sentir alguna alegría. Soy yo quien tiene que apresurarse, y él quien ha de quedarse.
La Compañía descendió ahora por el camino que nacía en las Puertas. Era abrupto y quebrado, y se convertía casi en seguida en un sendero, y corría serpeando entre los brezos y retamas que crecían en las grietas de las piedras. Pero todavía podía verse que en otro tiempo un camino pavimentado y sinuoso había subido desde las tierras bajas del Reino de los Enanos. En algunos lugares había construcciones de piedra arruinadas junto al camino, y montículos verdes coronados por esbeltos abedules, o abetos que suspiraban en el viento. Una curva que iba hacia el este los llevó al prado de la laguna, y allí, no lejos del camino, se alzaba una columna de ápice quebrado.
—¡La Piedra de Durin! —exclamó Gimli—. ¡No puedo seguir sin apartarme un momento a mirar la maravilla del valle!
—¡Apresúrate entonces! —dijo Aragorn, volviendo la cabeza hacia las Puertas—. El sol se pone temprano. Quizá los orcos no salgan antes del crepúsculo, pero para entonces tendríamos que estar muy lejos. No hay luna casi, y la noche será oscura.
—¡Ven conmigo, Frodo! —llamó el enano, saltando fuera del camino—. No te dejaré ir sin que veas el Kheled-zâram.
Bajó corriendo la ancha ladera verde. Frodo lo siguió lentamente, atraído por las tranquilas aguas azules, a pesar de la pena y el cansancio. Sam se apresuró y lo alcanzó.
Gimli se detuvo junto a la columna y alzó los ojos. La piedra estaba agrietada y carcomida por el tiempo, y había unas runas escritas a un lado, tan borrosas que no se podían leer.
—Este pilar señala el sitio donde Durin miró por primera vez en el Lago Espejo —dijo el enano—. Miremos nosotros una vez, antes de irnos.
Se inclinaron sobre el agua oscura. Al principio no pudieron ver nada. Luego lentamente distinguieron las formas de las montañas de alrededor reflejadas en un profundo azul, y los picos eran como penachos de fuego blanco sobre ellas; más allá había un espacio de cielo. Allí como joyas en el fondo del lago brillaban unas estrellas titilantes, aunque la luz del sol estuviera muy alta. De ellos mismos, inclinados, no veían ninguna sombra.
—¡Oh bello y maravilloso Kheled-zâram! —dijo Gimli—. Allí descansa la corona de Durin, hasta que despierte. ¡Adiós!
Saludó con una reverencia, dio media vuelta, y subió de prisa por la pendiente verde hasta el camino.
—¿Qué viste? —le preguntó Pippin a Sam, pero Sam estaba demasiado perdido en sus propios pensamientos y no contestó.
El camino corría ahora hacia el sur y descendía rápidamente, alejándose de los brazos del valle. Un poco por debajo del lago tropezaron con un manantial profundo, claro como el cristal; el agua fresca caía sobre un reborde y descendía centelleando y gorgoteando por un canal abrupto abierto en la piedra.
—Éste es el manantial donde nace el Cauce de Plata —dijo Gimli—. ¡No bebáis! Es frío como el hielo.
—Pronto se transforma en un río rápido que se va alimentando de muchas otras corrientes montañosas —dijo Aragorn—. Nuestro camino lo bordea durante muchas millas. Pues os llevaré por el camino que Gandalf eligió, y mi primera esperanza es llegar a los bosques donde el Cauce de Plata desemboca en el Río Grande, y más allá.
Miraron adonde señalaba Aragorn, y vieron ante ellos que la corriente descendía saltando por el valle, y luego corría hacia las tierras más bajas perdiéndose en una niebla de oro.
—¡Allí están los bosques de Lothlórien! —dijo Legolas—. La más hermosa de las moradas de mi pueblo. No hay árboles como ésos. Pues en el otoño las hojas no caen, aunque amarillean. Sólo cuando llega la primavera y aparecen los nuevos brotes, caen las hojas, y para ese entonces las ramas ya están cargadas de flores amarillas; y el suelo del bosque es dorado, y el techo es dorado, y los pilares del bosque son de plata, pues la corteza de los árboles es lisa y gris. ¡Cómo se me alegraría el corazón si me encontrara bajo las enramadas de ese bosque, y fuera primavera!
—A mí también se me alegraría el corazón, aunque fuera invierno —dijo Aragorn—. Pero el bosque está a muchas millas de distancia. ¡De prisa!








