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Cyteen 1 - La Traicion
  • Текст добавлен: 26 октября 2016, 21:27

Текст книги "Cyteen 1 - La Traicion "


Автор книги: C. J. Cherryh



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Catlin abrió la puerta de un apartamento que él nunca había visto; sobre todo travestino de ante y muebles blancos, muy caros, el tipo de lujo que Ari se podía permitir y el resto de los mortales sólo veía en lugares como el Salón de Estado, en las noticias. Y la rubia Catlin, coronada de trenzas, inmaculada en su uniforme negro muy formal; pero claro, Catlin siempre era formal.

–Buenas noches —le saludó Catlin, una de las primeras veces en que le oía una palabra amable.

–Buenas noches —respondió mientras ella cerraba la puerta. Había un fondo musical, apenas audible, flauta electrónica, fría como las habitaciones de piedra a través de las que se movían. Justin sintió que le flaqueaban las fuerzas. No había comido nada excepto esas pocas patatas fritas en el almuerzo y un pedazo de tostada a la hora de la cena, pensando que si se metía comida en el estómago tal vez tendría ganas de vomitar. Ahora sentía las rodillas flojas y la cabeza lejana e insegura y lamentaba no haber comido.

–Sera no recibe a nadie en este extremo del apartamento —comentó Catlin mientras lo llevaba por otra habitación—. Esto es sólo por las apariencias. Cuidado, ser, estas alfombras resbalan sobre el mármol. Siempre se lo digo a sera. ¿Sabe algo de Grant?

–No. —El estómago de Justin se encogió ante ese ataque súbito por el flanco—. No, no esperaba noticias suyas.

–Me alegro de que esté a salvo —dijo Catlin confidencialmente, como si hubiera comentado «qué tiempo tan agradable», la misma voz sedosa. Justin no estaba seguro de que Catlin se alegrara o se entristeciera por nada, nunca. Era fría y hermosa como la música, como la habitación por la que lo conducía; y su opuesto los recibió al final de la habitación, en un cuarto más bajo y enorme, tapizado con paneles de madera brillante, toda gris azulada y con una textura como una pátina de plástico, el suelo cubierto por una alfombra larga y blanca de pelaje largo, los muebles, sillas gris verdosas y un gran sillón beige. Florian llegó desde la otra habitación, también en uniforme, oscuro y leve frente a las formas atléticas de Catlin. Apoyó una mano confortante sobre el hombro de Justin.

–Dile a sera que ya ha llegado su huésped —le dijo a Catlin—. ¿Le sirvo una copa, ser?

–Sí —aceptó—. Vodka y pechi,si hay. —El pechiera de importación, bastante extravagante; y él todavía estaba impresionado por la riqueza que guardaba Ari dentro de Reseune. Observó las estatuas de los downer en el rincón detrás del bar, imágenes rituales de ojos muy abiertos; las esculturas en acero y las pocas pinturas sobre las paredes de madera, Dios, las había visto en cintas como clásicos de las naves que viajaban a velocidades infralumínicas. En ese lugar, donde sólo podían disfrutarlas los invitados de Ari.

Era un monumento a la autoindulgencia.

Y pensó en los azi de nueve años que había mencionado su padre.

Florian le sirvió la bebida.

–Siéntese, por favor —le invitó Florian, pero él paseó por la habitación, en realidad una galería de arte, contemplando las pinturas, una detrás de otra, saboreando la bebida que sólo había probado una vez en su vida y tratando de calmarse.

Oyó un rumor detrás y se dio la vuelta cuando Ari se le acercaba, Ari, ataviada con una bata de dibujos geométricos atada en la cintura que brillaba con las luces, decididamente un vestido poco apropiado para hablar de negocios. Él la miró fijamente; el corazón le latía en el pecho mientras se daba cuenta de que Ari era muy real, de que él estaba metido en una situación de la que ignoraba los límites, una situación sin salida.

–¿Disfrutando de mi colección? —Ella indicó la pintura que el joven había estado admirando—. Esa es de mi tío. Un buen artista.

–Muy bueno. —Justin había perdido el control. Lo último que había esperado era que Ari le saliera con recuerdos.

–Era bueno en muchas cosas. ¿Lo conociste? Claro que no. Murió en el 45.

–Antes de que yo naciera.

–Maldita sea, resulta difícil recordar las fechas.

–Ella pasó un brazo sobre el de Justin y lo guió hacia la otra pintura—. Esa es realmente valiosa. Fausberg. Un artista naif,pero es la primera visión de Alfa Centauro. Donde los humanos no van ahora. Me encanta este cuadro.

–Es impresionante. —Él lo miró con una extraña sensación de tiempo y antigüedad, mientras se daba cuenta de que aquel cuadro era real, de que había salido de las manos de alguien que estuvo allí, en una estrella que la humanidad había perdido.

–Hubo un tiempo en que nadie conocía el valor de estas obras —explicó ella—. Yo sí lo sabía. Había una serie de artistas primitivos en las primeras naves. El espacio a velocidades infralumínicas les daba mucho tiempo para crear. Fausberg trabajó en lápices ópticos y acrílicos, y maldita sea, tuvieron que inventar toda una técnica de conservación en la estación, yo misma insistí en que lo hicieran. Mi tío compró todo el lote. Yo quería que se conservaran y por eso se salvaron las pinturas de Argo.La mayoría de ellas está en un museo en Novgorod. Ahora la estación Sol quiere uno de los 61 Cygnide Fausberg. Los quieren en serio. Y tal vez aceptemos, a cambio de algo realmente valioso. Estoy pensando en un Corot.

–¿Quién es Corot?

–Dios, hijo. Árboles. Árboles verdes. ¿Has visto las cintas de la Tierra?

–Muchas. —Justin olvidó su ansiedad por un momento y recordó una profusión de paisajes más extraños que el Cyteen nativo.

–Bueno, Corot pintaba paisajes. Entre otras cosas. Debería prestarte algunas de mis cintas. O mejor, ponerlas esta noche, Catlin, ¿tienes la serie Orígenes del Arte?

–Desde luego, sera. Voy a buscarla.

–Entre otras... Este, amigo mío, es de uno de los nuestros. Shevchenki. Lo tenemos en el archivo. Murió el pobre, por falta de apoyo cuando estaban instalando Pytho, en la costa. Pero realizó un trabajo admirable.

Acantilados rojos yel azul de los arbustos. Demasiado familiar para que Justin se sintiera interesado. El mismo habría podido hacerlo, pensó para sí. Pero era demasiado amable para decirlo. Justin dibujaba. A veces pintaba, o lo que había hecho antes, cuando estaba imbuido de la inspiración de los pintores exploradores. Atado al suelo, se imaginaba estrellas y mundos extraños. Y nunca en la vida había esperado salir de Reseune.

Ahora, tal vez, porque parecía que Jordan iba a lograrlo.

Florian se acercó a ellos y le ofreció una copa a Ari, un líquido brillante y dorado en un vaso de cristal tallado.

–Naranja y vodka —le informó ella—. ¿Has probado la naranja alguna vez?

–Sintética —respondió. Todos tomaban naranja sintética.

–No, natural. Anda pruébala.

Él tomó un sorbo del vaso que le ofrecía. Saboreó un gusto extraño, complicado, dulce y ácido al mismo tiempo, bajo el aroma del alcohol. Un gusto de la vieja Tierra si ella no mentía, y nadie que poseyera esas pinturas en sus paredes mentiría al respecto.

–Está bueno —dijo él.

–Más que bueno. Es maravilloso. AG va a intentar algo con los árboles. Hemos pensado establecer un lugar para ellos, y no someterlos a manipulaciones genéticas: creemos que se adaptarán a las Zonas sin tener que alterar la Tierra. Producen una fruta brillante y anaranjada, como el nombre que reciben. Llena de cosas buenas. Vamos. Tómalo. Florian, hazme otro, ¿quieres? —Ella le apretó el brazo con más fuerza y lo llevó hasta los escalones y luego abajo, al sillón—. ¿Qué le has dicho a Jordan?

–Sólo que Grant se había ido y que todo estaba bien. —Se sentó, tomó un trago del vaso y luego lo apoyó sobre la mesa de cobre detrás del sillón. Ahora se sentía tranquilo, tan controlado como era posible en un lugar como ése y en la compañía en la que estaba—. No le he dicho nada más. Supongo que el resto es asunto mío.

–¿Tú crees? —Ari se sentó muy cerca de él y el estómago de Justin se encogió. Sintió que le acechaba la náusea. Ari le apoyó una mano sobre la pierna y se recostó sobre él, y Justin sólo podía pensar en los azi de los que había hablado Jordan, los que ella había destruido sin razón ,y los pobres azi ni siquiera habían sabido que estaban muriendo, sólo habían recibido una orden para ir al médico—. Siéntate cerca, querido. Así está bien. Es agradable, ¿no te parece? Hazme caso, no deberías estar tan tenso, tan nervioso. —Le pasó un brazo por las costillas y le frotó la espalda—. Así está mejor, relájate. Te sientes bien, ¿verdad? Date la vuelta y déjame ayudarte con esos hombros.

Era como cuando lo había atrapado en el laboratorio. Justin trató de pensar en qué responder si ella le decía algo terrible o escandalizador, pero fracasó por completo. Levantó el vaso y tomó un par de tragos largos y no oyó lo que ella le preguntaba. Y la mano de ella no detuvo el lento movimiento.

–Estás demasiado tenso. Mira, es un trato muy sencillo. Y no tienes por qué estar aquí. No tienes más que salir por la puerta.

–Claro.

–¿Por qué no vamos al dormitorio, caray?

Las manos de él casi temblaban. El frío del hielo del vaso le caló los dedos hasta el hueso. Terminó la copa sin mirarla.

Podría matarla,pensó, sin enojo. Sólo para solucionar lo insoluble. Antes de que Florian y Catlin pudieran detenerme, podría romperle el cuello. ¿Qué podrían hacer ellos?

Podrían pasarme un psicotest y descubrir lo que ella hacía. Eso terminaría con su reputación.

Tal vez ésa es la única salida. Tal vez sea la forma de solucionar este callejón sin salida.

–Florian, Justin no tiene zumo de naranja. Tráele otro. Ven, querido, relájate. Es evidente que no puedes hacerlo, tú lo sabes tan bien como yo. Quieres intentarlo, ¿no? ¿Es ése el problema?

–Quiero la copa —murmuró él. La situación le parecía irreal, como una pesadilla. Dentro de un momento, ella empezaría a hablar tal como lo hacía en las entrevistas, y esto formaba parte del asunto, un asunto sórdido, sucio, que él no sabía cómo afrontar. Quería estar muy borracho, demasiado borracho, así tal vez vomitaría, sería incapaz de cualquier cosa y ella tendría que dejarlo ir y darse por vencida.

–¿Dijiste que nunca lo habías experimentado? —preguntó Ari—. Sólo las cintas. ¿Es verdad?

El no le contestó. Sólo se volvió en el sillón para ver cuánto tardaría Florian en traerle la copa para que hubiera algún motivo de distracción que le sacara del conflicto.

–¿Te consideras normal? —preguntó Ari. El continuó sin responder. Miró la espalda de Florian mientras el azi preparaba el combinado. Sintió las manos de Ari en la espalda, sintió cómo cedía el almohadón cuando ella se recostó en él.

Florian le dio la copa y él se inclinó con el codo sobre el sillón. Se tomó la naranja y sintió el movimiento lento, leve, de las manos de Ari en la espalda.

–Déjame decirte una cosa —dijo Ari con suavidad, detrás de él—. ¿Recuerdas lo que te dije sobre las relaciones en la Familia? ¿Que son una desventaja, un problema? Voy a hacerte un gran favor. Pregúntame qué.

–¿Qué? —preguntó porque no tenía más remedio.

Ari lo abrazó y él cogió la copa, tratando de ignorar la náusea que le revolvía las tripas cuando ella se acercaba.

–Tú crees que la ternura debería tener alguna relación con esto —dijo Ari—. Craso error. La ternura no tiene nada, nada que ver. El sexo se hace por uno mismo, por tus propias razones, cariño, sólo porque uno se siente bien al hacerlo. Eso es todo. Claro que a veces te acercas mucho a alguien y quieres hacerlo de ida y vuelta, de acuerdo, tal vez confías en esa persona, pero no deberías hacerlo. No deberías. Lo primero que tienes que aprender es que lo puedes conseguir en cualquier parte. Lo segundo es que te ata a personas que no pertenecen a la Familia y confunde tu razonamiento y tu inteligencia a menos que recuerdes la primera regla. Éste será mi favor, encanto. No podrás confundir lo que suceda entre nosotros. ¿Te hace sentir bien esto?

Le resultaba difícil respirar. Resultaba difícil pensar. El corazón le golpeaba muy fuerte en el pecho mientras las manos de Ari le hacían cosas silenciosas, perturbadoras, que sensibilizaban su piel; todo al borde del placer, o de una intensa incomodidad. Ya no estaba seguro de sus sentimientos. Bebió un largo sorbo de naranja y vodka y trató de pensar en otra cosa, en cualquier cosa, mientras se movía en una especie de niebla en la cual tenía cada vez menos control sobre sí mismo.

–¿Cómo te encuentras, querido?

No estoy bien, pensó él y comprendió que estaba borracho. Pero al borde de los sentidos experimentó una dislocación, una dificultad para comprender las relaciones espaciales, como si Ari estuviera a miles de kilómetros de distancia y su voz le llegara desde atrás, y no desde atrás directamente, sino de lado de forma extraña y asimétrica.

Era catafórico. Droga para el estudio en cinta. El pánico le dominó el cerebro; caótico, estímulos que llegaban demasiado rápido mientras el cuerpo parecía flotar en una atmósfera de melaza. No era una dosis alta. Se daba cuenta de eso. Todavía sintió que Ari le quitaba la camisa, le pasaba las manos por la piel desnuda mientras el sentido de equilibrio lo traicionaba y sentía que la razón le daba vueltas y toda la habitación giraba. Perdió el vaso y sintió el frío del líquido y el hielo que se le desparramaba por la cadera y bajo las piernas.

–Ah, cariño. Florian, arregla eso.

Se hundía. Todavía percibía la realidad. Trató de moverse, pero la confusión lo rodeó, un remolino rugiente de sonido y sensaciones. Trató de sudar. Eso era lo peor. Se daba cuenta de que Florian había rescatado el vaso y de que su propia cabeza descansaba ahora sobre la falda de Ari, en el hueco de sus piernas cruzadas, de que estaba mirando la cara de Ari al revés en el aire y de que ella le estaba desnudando.

No sólo hacia eso. Oyó un murmullo de voces, pero no tenían nada que ver con él.

–Justin —susurró una voz y Ari le acarició la cabeza—. Puedes parpadear cuando quieras —murmuró como hacen las cintas—. ¿Estás cómodo?

Él no lo sabía. Estaba aterrorizado y avergonzado, una larga pesadilla en la que sentía que lo tocaban, sentía que lo levantaban y lo apoyaban en el suelo.

Catlin y Florian. Catlin y Florian lo tocaban, lo movían y le hacían cosas que percibía en una especie de vaguedad sin espacio, cosas que estaban mal, que eran malas, terribles.

Basta,pensó. Basta. No quiero hacer esto.

No quiero esto.

Pero sentía placer. Había una explosión en sus sentidos en algún lugar infinito, en algún lugar oscuro.

Ayúdame.

No quiero esto.

Estaba sólo consciente a medias, cuando Ari le dijo:

–Estás despierto, ¿verdad? ¿Entiendes ahora? No hay nada más que esto. Esto es lo máximo que se puede sentir. No hay nada más sea quien sea tu pareja. Son sólo reacciones biológicas. Ésta es la primera y segunda regla. Mira la pantalla.

Pasaban una cinta. Era erótica. Se fundía con lo que le estaba pasando. Le hacía sentir bien. Él no quería que sucediera eso, pero no era responsable de lo que pasaba, no era responsable de nada, no era culpa suya.

–Creo que está despejándose...

–Dale un poco más. Estará en la gloria.

–Nada puede hacer por ti tanto como la cinta, ¿no te parece muchacho? No importa quien sea. Son reacciones biológicas. Lo que la cinta hace...

–No se mueva, ser.

–El dolor y el placer, cariño, están muy cerca. Puedes cruzar la línea mil veces en un minuto y el dolor se convierte en placer. Puedo enseñártelo. Recordarás lo que puedo hacer por ti, encanto, y nunca nada será igual. Lo pensarás, lo pensarás durante el resto de tu vida, y nunca nada será igual...

Él abrió los ojos y descubrió una sombra sobre él, estaba desnudo en la cama desconocida y una mano le palmeaba el hombro y le apartaba el cabello de la frente.

–Bueno, bien despierto —dijo Ari.

Era su peso el que lo empujaba al borde del colchón. Ari, que estaba sentada y vestida mientras él...

–Me voy a la oficina, cariño. Puedes dormir aquí, si quieres. Florian te servirá el desayuno.

–Me voy a casa —murmuró él y arrastró la sábana para cubrirse.

–Como quieras. —Ariane se levantó y fue a mirar por la pared ventana con una muestra de desinterés que lastimó los nervios de Justin y le revolvió el estómago—. Ven cuando quieras. Habla con Jordan si quieres.

–¿Qué espera usted que haga?

–Lo que quieras.

–¿Quiere que me quede aquí? —El pánico le aflautaba la voz. Sabía que Ari lo captaría y que eso era peligroso, era peligroso porque actuaría sobre ese pánico, trabajaría con él. Lo que acababa de decir era una amenaza. Al menos eso creía. El tono de la doctora era inexpresivo, no le daba pistas. Su voz le retorció los nervios y le hizo olvidar durante unos buenos segundos que él tenía un arma defensiva en Grant, río abajo—. No va a salir bien.

–¿No? —Ari le acarició el cabello. Estaba elegante, en un traje castaño. Se dio la vuelta y le sonrió—. Ven cuando quieras. Puedes irte a tu casa esta noche. Tal vez lo repitamos, ¿quién sabe? Tal vez puedas contárselo a tu padre, él te consolará, ¿no? Dile lo que quieras. Claro que tenía un grabador en marcha. Tengo muchas pruebas si quiere ir al Departamento.

Justin sintió frío, mucho frío. Trató de no demostrarlo. La miró con ira, la mandíbula dura, mientras ella sonreía y salía por la puerta. Y durante un largo rato, se quedó allí, frío como el hielo, marcado, con punzadas de dolor que le recorrían el cerebro desde la punta del cráneo hasta la nuca. Sentía la piel hipersensible, abierta en algunas partes. Tenía el brazo magullado, donde se observaban marcas de dedos.

Florian...

Un destello le inundó la mente, sensación e imagen desde la oscuridad, y él hundió la cara entre las manos mientras trataba de olvidar. Destello de cinta. Cinta profunda. Vendrían más y más. No sabía lo que podía recordar. Y vendrían jirones de recuerdos flotando hacia la superficie y mostrándose un momento, restos de palabras, sentimientos e imágenes, antes de que rodaran y se hundieran de nuevo en la oscuridad, nada coherente, sólo más y más recuerdos cada vez. Ya no podría detenerlo.

Apartó las sábanas y salió de la cama tratando de no mirar su propio cuerpo. Fue hasta el baño, abrió la ducha y se bañó, se enjabonó repetidas veces, frotando sin mirarse, tratando de no sentir nada, de no recordar nada, de no preguntarse nada. Se frotó la cara y el cabello, hasta la boca, con jabón perfumado, porque no sabía si había otra cosa que pudiera usar; y escupió, escupió, y tuvo náuseas por el jabón amargo y espumoso, pero no se sintió limpio. Era un perfume que le recordaba a ella. Ahora él tenía ese perfume y sentía el sabor en el fondo de la garganta.

Y cuando se secó en el aparato de la ducha y salió al aire frío del baño, entró Florian con un montón de ropa.

–Hay café, ser, si quiere.

Tranquilo como si nada hubiera pasado. Como si nada fuera real.

–¿Dónde puedo afeitarme? —preguntó él.

–En la mesa, ser. —Florian hizo un gesto hacia la pared con espejos del baño—. Cepillo de dientes, peine, loción. ¿Necesitará alguna otra cosa?

–No. —Justin mantuvo la voz tranquila. Pensó en irse a casa. Pensó en suicidarse. En los cuchillos de la cocina. En las pastillas del botiquín. Pero la investigación abriría toda la situación a la política, y la política se tragaría a su padre. En ese mismo momento, pensó en subliminales, subliminales que podrían haber sepultado en su mente la noche anterior, deseos de suicidio de Dios sabía qué. Cualquier pensamiento irracional resultaba sospechoso. Ya no podía confiar en esos pensamientos. Una serie de destellos de cinta pasaron por su mente, sensaciones, visiones eróticas, paisajes y viejas obras de arte.

Luego sucesos reales, en el futuro. Imágenes de la rabia de Jordan. El mismo, muerto, sobre el suelo de su cocina. Reconstruyó la imagen y trató de hacerla exótica; él mismo caminando más allá de las torres del precipicio, los aviones rastreadores encontrarían horas después el cuerpo como un harapo blanco.

–Lo lamento, ser, parece que lo encontramos.

Pero no era una prueba tangible para detectar subliminales que Ari hubiera introducido en su cinta. Cuando una mente bebe del estudio en cinta, lo incorpora. Las imágenes de cinta se diluyen y la memoria se entreteje con la estructura implantada y crecen a su manera, cada vez más. No hay forma fiable de detectar una orden implantada allí; pero no podría hacerlo actuar en estado de vigilia, a menos que disparara muy bien una predisposición anterior. Sólo cuando las drogas le disminuyeran el umbral de la conciencia, aceptaría estímulos sin pensarlos, contestaría lo que le preguntaran, haría lo que le pidieran.

Cualquier cosa que le pidieran, cualquier cosa que le dijeran, si pasaba las barreras subconscientes de sus grupos de valores y sus bloqueadores naturales. Con tiempo, un cirujano psíquico podía obtener respuestas que revelaran los grupos y sus configuraciones y luego simplemente insertar una idea o dos para confundir la lógica interna, volver a arreglar el grupo después, crear una nueva microestructura y unirla con lo que él quisiera como cirujano.

Todas aquellas preguntas, aquellas preguntas en las malditas pruebas psicológicas que Ari le había hecho con la excusa de que eran rutinarias para los ayudantes del Ala Uno, preguntas sobre su trabajo, sus creencias, sus experiencias sexuales, preguntas que él, en su estupidez, había interpretado sólo como un tormento más al que le sometía.

Se vistió evitando mirar los espejos. Se afeitó, se lavó los dientes y se peinó. No había nada raro en su cara, ninguna señal, nada que dijera lo que había pasado. Era la misma cara de siempre. La cara de Jordan.

Seguramente ella había disfrutado con eso.

Se sonrió a sí mismo, para ver si podía controlarse. Podía. Conservaría el control mientras no tuviera que enfrentarse a Ari. Podía manejar a los dos azi.

Bueno, podía manejar a Florian. Gracias a Dios había sido él quien se había quedado y no Catlin, y luego con un temblor frenético de terror quiso saber por qué reaccionaba de esa forma, por qué la idea de enfrentarse a Catlin-cubo-de-hielo enviaba una onda de desorganización por sus nervios. ¿Miedo de las mujeres?

¿Tienes miedo de las mujeres, cariño? Sé que tu padre es así.

Se peinó. Quería vomitar. Sonrió, como prueba de control y se masajeó cuidadosamente la zona dolorida de los músculos alrededor de los ojos, relajó la tensión de los hombros. Luego salió caminando y dirigió a Florian aquella sonrisa.

Él se lo dirá aAri . No puedo pensar con este terrible dolor de cabeza. Maldita sea, que le diga que ya estaba bien, es lo único que debo hacer, conseguir que mi cara siga inexpresiva y salir de aquí.

El salón, la alfombra blanca, las pinturas en las paredes le trajeron un destello de memoria, de dolor y sensaciones eróticas.

Pero todo le había pasado a él. Era como una especie de armadura. No había nada que temer. Tomó la taza que le ofrecía Florian y bebió un sorbo, mientras detenía el temblor de la mano, un temblor que lo golpeó de pronto cuando el frío interno y una ráfaga del aire acondicionado coincidieron.

–Tengo frío —comentó—. Creo que es la resaca.

–Lo lamento —dijo Florian y lo miró con la honestidad ansiosa y sincera de los azi; al menos parecía eso y probablemente era muy real. No había nada de moralidad en eso, claro, excepto la moralidad de un azi: evitar peleas con ciudadanos que después podían encontrar formas de vengarse. Florian tenía muchos motivos de preocupación en este caso.

Florian, anoche: No quiero hacerle daño. Relájese, relájese...

La cara no tenía nada que ver con la mente. La cara seguía sonriendo.

–Gracias.

Mucho, mucho más fácil atormentar a Florian. Si hubiera sido Ari, Justin se habría derrumbado. Lo había hecho la noche anterior. Ver a Florian asustado...

Dolor y placer. Interfases.

Sonrió y se tomó el café y disfrutó de lo que estaba haciendo con un placer amargo, feo, a pesar de que sus propios pensamientos le asustaban, manipular a uno de los azi de Ari; y lo asustaba dos veces más el hecho de que pudiera disfrutar de la situación. Era sólo un impulso humano, se dijo, sólo un impulso humano: quería vengarse por su humillación. Habría pensado lo mismo, habría hecho lo mismo el día anterior.

Sólo que no habría sabido por quélo disfrutaba, ni siquiera que lo estaba disfrutando. No habría pensado en una docena de formas de hacer sudar a Florian y no habría imaginado con placer el hecho de que, si conseguía poner a Florian en una situación comprometida, por ejemplo, en los corrales de AG, lejos de la Casa, o en términos que no tuvieran que ver con la protección de Ari, podría ajustar las cuentas con Florian de alguna forma. Este era un azi y tenía miles de puntos vulnerables si Ari no estaba cerca.

Florian lo sabía, eso era evidente. Y como Florian pertenecía a Ari, ésta probablemente alimentaba su incomodidad, dejándolo con Justin. Era una idea que cuadraba bien con todo lo demás.

–Me das lástima —dijo Justin. Apoyó la mano en el hombro de Florian y lo apretó. Casi hasta el dolor—. Estás en una posición incómoda, ¿no? ¿Te gusta Ari?

Lo primero que tienes que aprender es que lo puedes conseguir en cualquier parte. Lo segundo es que te ata a personas que no pertenecen a la Familia y confunde tu razonamiento a menos que recuerdes la primera regla. Este será mi favor, encanto. No podrás confundir lo que suceda entre nosotros.

Florian lo miró con los ojos muy abiertos, sin moverse. A pesar de que la mano en el hombro debía de dolerle, y a pesar de que Florian podía acabar con el dolor con sólo encogerse un poco. Y tal vez el brazo también le dolía. La paciencia estoica era lo que cabía esperar en su situación de azi de Ari, pensó Justin.

–¿Qué quiere Ari que haga? —preguntó—. ¿Se te ha ocurrido? ¿Se supone que debo quedarme aquí? ¿O debo irme a casa?

Como si él y Florian fueran la misma cosa. Conspiradores, los dos azi. Odiaba la idea. Pero Florian era, en cierto modo, su aliado, una página que podía leer y un tema que manejaba; y todavía no podía leer la verdad en los ojos de Ari, ni siquiera cuando ella le contestaba preguntas con el rostro muy serio.

–Espera que usted se vaya a casa, ser.

–¿Me volverá a invitar?

–Creo que sí —respondió Florian en voz extraordinariamente tranquila.

–¿Esta noche?

–No lo sé —dijo Florian, y agregó—: Es probable que sera duerma esta noche.

Como si se tratara de un hecho habitual.

El estómago de Justin se movió, inquieto. Todos estaban Atrapados en esto.

Pose, hubiera dicho Jordan. Todo es pose. Puedes hacer lo que quieras si tienes el control. Debes saber qué vas a ganar al hacerlo, eso es todo.

La vida no era pago suficiente para cambiar por un alma. Pero el poder, el poder para detener todo aquello y vengarse, eso sí valía la pena. La seguridad de su padre valía la pena. La esperanza de que algún día estaría en una posición que le permitiera hacer algo con Ariane Emory, eso valía la pena.

–Me voy a casa —le dijo a Florian—, tomaré algo para el dolor de razón ,recogeré mis mensajes e iré a la oficina. No creo que mi padre haya llamado a mi apartamento.

–Lo ignoro, ser.

–Pensé que estabas al corriente de estos detalles —observó, suave y agudo como un abrecartas. Apoyó la taza de café, recordó dónde estaba la puerta principal y se alejó por las habitaciones, con Florian siguiéndole como una sombra ansiosa. El guardia de Ari, demasiado amable para demostrar que lo era y demasiado preocupado para dejarlo pasear sin vigilancia a través de las estancias de Ari.

Durante un segundo, Justin pensó en la seguridad de sus propias habitaciones y esperó que Grant estuviera allí para ocuparse de eso, los dos pensarían qué hacer, era la costumbre, un reflejo estúpido que de pronto le retorció el estómago sacudido porque había recibido poca comida, demasiado alcohol, demasiadas drogas, demasiada tensión. Seguía con la cabeza liviana y distraída, caminando de la misma forma, recordando cómo salir de allí, que era un camino recto hasta un vestíbulo decorado con mesas frágiles y porcelana aún más frágil.

Y el arco triple después, sí, de pilares cuadrados de travertino. Y la habitación de recepción, ésa que Catlin habían dicho que era para guardar las apariencias. Recordaba la advertencia sobre las alfombras y el suelo; caminó como pudo por los escalones de travertino y cruzó la habitación por la pequeña rampa hacia arriba, hacia la puerta.

Llegó al cerrojo solo, pero Florian interpuso la mano y lo descorrió él mismo.

–Vaya con cuidado, ser —dijo Florian. Era una frase que sin lugar a dudas no sólo se aplicaba a su vuelta a casa.

Recordó a los niños de nueve años. Y a los azi que Ari había matado. Recordó lo vulnerables que eran todos los azi, incluso Grant. Y vio la vulnerabilidad de Florian, que nunca había tenido una oportunidad desde el día en que fue creado y que, excepto por su lado oscuro, era honesto y amable como un santo, porque estaba hecho de esa forma y las cintas lo mantenían así a pesar de todo lo que Ari le había obligado a ser.

Cuando salió al pasillo aún rumiaba este enigma, confuso por la visión turbia y la debilidad, que formaban parte de la pesadilla que se le hundía en los sentidos, fugaces imágenes, de cinta y agotamiento físico.

Ari había dado forma a Florian, en los dos aspectos, con todas sus características, la luz y la oscuridad. Tal vez no lo había hecho al comienzo, pero lo había mantenido de acuerdo al diseño original, desde joven.

¿Para tener una víctima?, se preguntó Justin. ¿Para eso?

¿Como sujeto de prueba para un proyecto que estaba en marcha?

Interfase,la respuesta llegó rodando hacia la conciencia y se hundió de nuevo, como un cuerpo de ahogado en una pesadilla. Cruzar la línea.

La verdad está en la interfase de los extremos.

Los opuestos se necesitan mutuamente.

Placer y dolor, cariño.

Todo oscila, o no hay nada. Todo puede estar en otro estado, o permanecer inalterable. Las naves se mueven por ese principio. Las estrellas arden de ese modo. Las especies evolucionan.

Llegó al ascensor. Entró y se apoyó contra la pared hasta que la puerta se abrió. Avanzó por un pasillo que parecía inclinarse, mantuvo el equilibrio hasta su apartamento y logró encajar la llave.

—Ninguna entrada desde la última vez que se usó esta llave.

No puedo confiar en eso,pensó en su desconcierto, en una debilidad súbita que hacía que el sillón pareciera muy, muy lejos y nada fuera seguro. No puedo confiar en nada. Ella puede entrar en cualquier parte, hasta en los sistemas de seguridad. Seguramente ha llenado de espías el lugar mientras yo estaba fuera. Sería muy capaz de hacer una cosa así.Y no sé si el Cuidador puede detectar su tecnología, lo último en tecnología. Material muy caro. Material secreto. Podría conseguirlo.


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