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Cyteen 1 - La Traicion
  • Текст добавлен: 26 октября 2016, 21:27

Текст книги "Cyteen 1 - La Traicion "


Автор книги: C. J. Cherryh



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De pronto supo adonde iría Grant, por el camino que habían soñado de niños, sentados en la orilla del Novaya Volga mientras enviaban botes fabricados con latas viejas sobre las aguas para que la gente de la ciudad se maravillara. Y más tarde, algunas noches en que habían hablado sobre el traslado de Jordan, sobre la posibilidad de que los hicieran quedarse hasta que Jordan pudiera sacarlos de allí.

Ahora era el peor momento, pensó Justin y no, el asunto no era como lo habían planeado, pero se trataba de la única oportunidad de que disponían.

Fue hasta la habitación de Grant, le puso un dedo sobre los labios para que no hablara porque había controles de Seguridad: Jordan se lo había dicho. Cogió a Grant por el brazo, lo llevó con rapidez y cuidado a la sala, hacia la puerta, cogió su chaqueta del baño, había que hacerlo, en el exterior la temperatura era casi de congelación, la gente iba y venía de ala en ala al aire libre, era lo bastante normal. Le dio su chaqueta a Grant y lo condujo al vestíbulo.

¿Adonde?,decía la mirada preocupada de Grant. Justin, ¿estás haciendo algo estúpido?

Justin lo tomó del brazo y lo llevó por el pasillo hacia el ascensor.

Apretó la T, para el nivel del túnel. El ascensor descendió. Dios, que no haya paradas.

–Justin..

Él apretó a Grant contra la pared del ascensor, lo mantuvo allí quieto y no le importó que Grant fuera un poco más alto.

–Cállate —le dijo—. Es una orden. Ni una palabra. Nada. ¿Me oyes?

Nunca le hablaba así a Grant. Nunca. Estaba temblando. Grant apretó la mandíbula y asintió, aterrorizado, mientras la puerta del ascensor se abría sobre el hormigón sucio de los túneles de tormenta. Justin arrastró a Grant, lo apretó contra la pared de nuevo. Esta vez con más calma.

–Ahora oye. Vamos a ir a la Ciudad...

–Yo...

–Óyeme. Quiero que te pongas en blanco. Estado profundo, hasta el fondo. Ahora mismo. Hazlo. Y quédate así. Es una orden, Grant. Hazlo aunque nunca lo hayas hecho antes. ¡Ahora! ¿Me oyes?

Grant respiró hondo, y su rostro quedó vacío de expresión en dos inspiraciones desesperadas.

Ya no estaba aterrorizado. Se sentía seguro:

–Bien —dijo Justin—. Ahora ponte la chaqueta y ven.

Otro ascensor hacia el ala de Administración, la más antigua; hacia atrás por el ala vieja de las cocinas de Ad, donde el turno de noche limpiaba los cacharros de la cena y preparaba el desayuno para el servicio de suministros. Era la ruta de escape que habían usado todos los niños de la Casa tarde o temprano: a través de las cocinas, donde estaban los hornos, donde el aire acondicionado nunca era suficiente, donde una generación tras otra de personal dejaba abierta la puerta de emergencia con latas de basura para que entrara algo de brisa. Los trabajadores de la cocina no solían informar que los niños salían por allí, no a menos que alguien lo preguntara, y Administración no detenía esa práctica: que los vagabundos y pillos CIUD juveniles pasaran junto a testigos que, si les preguntaban, dirían inmediatamente que sí, que Justin Warrick y su azi habían pasado por aquella puerta, pero no hasta que advirtieran su ausencia.

Shhh, hizo a los azi de la cocina que lo observaron con sorpresa y algo asustados por lo tardío de la hora y la edad de los fugitivos, más crecidos que la mayoría.

Más allá de las latas de basura y por la escalera, hacia la oscuridad congelada.

Grant llegó hasta Justin junto al refugio de la bomba, que era el primer lugar para ocultarse sobre la colina justo antes de que ésta descendiera rápidamente hacia el camino.

–Iremos por allá —dijo Justin—. Vamos a tomar el barco.

–¿Y Jordan? —objetó Grant.

–Él estará bien. Vamos.

Echó a correr y Grant le imitó, bajando la colina en trasversal para llegar al camino. Luego, empezaron a andar a un ritmo más normal a través de las iluminadas intersecciones de los depósitos, los talleres, las calles de la Ciudad baja. Los escasos guardias que había despiertos a esa hora estaban en los perímetros y se ocupaban de las vallas y los informes del tiempo, no de dos muchachos de la Casa que avanzaban hacia el camino del aeropuerto. La panadería y los molinos funcionaban a pleno rendimiento toda la noche, pero estaban lejos, al otro lado de la Ciudad, un brillo distante de luces cuando pasaron la última barraca.

–¿Jordan llamará a Merild? —preguntó Grant.

–Confía en mí. Sé lo que estoy haciendo.

–Justin...

–Cállate, Grant. ¿Me oyes?

Llegaron al extremo del puerto. Las luces del campo estaban apagadas, pero el faro seguía emitiendo su firme luz estroboscópica de siempre a la oscuridad de un mundo casi vacío. A lo lejos, se distinguían con claridad los depósitos de flete y el enorme hangar de las LINEAS AÉREAS RESEUNE, muy iluminados, con el personal nocturno y de mantenimiento alrededor de un avión comercial.

–Justin, ¿Jordan lo sabe?

–Se las arreglará. Ven.

Justin volvió a correr para que Grant no pudiera hacerle preguntas. Avanzaba por el camino que transcurría al final de la pista hacia el muelle y por el puente de hormigón hacia los depósitos bajos junto al río.

Nadie cerraba las puertas en el pequeño refugio de botes. No era necesario. Justin empujó la puerta del almacén prefabricado y se encogió al oír el crujido. En el interior, restos de hierro murmuraron, vacíos, bajo sus pies. El agua golpeaba y lamía los pilares y amarraderos, y las estrellas se reflejaban, húmedas, alrededor de las siluetas de los botes. Todo el lugar olía a agua de río y a aceite, y el aire quemaba de tan frío.

–Justin —dijo Grant—. Por amor de Dios...

–Todo va bien. Te vas exactamente como lo planeamos.

–Yo me voy...

–Yo no me voy. Tú sí.

–¡Estás loco! ¡Justin!

Justin subió al bote más cercano, abrió la puerta de la cabina presurizada y no le dejó otra alternativa que seguirlo con sus objeciones.

–Justin, si te quedas, te pueden arrestar.

–Y si te llevo, no habrá ninguna posibilidad de que me concedan el permiso para estar contigo, ya lo sabes. Así que no estoy aquí esta noche. No sé nada de esto. Vuelvo, digo que nunca dejé mi habitación, ¿cómo voy a saber adonde te fuiste? Tal vez te comió un escamado y tuvo indigestión. —Tocó el arranque, controló las marchas, las palancas, una por una—. Ahí está, todo está lleno, las baterías cargadas. Es hermoso ver cómo cuidan las cosas aquí, ¿verdad?

–Justin. —La voz de Grant temblaba. Tenía las manos en los bolsillos. El aire era cortante cerca del agua—. Escúchame ahora, pongamos un poco de sentido común en todo esto. Soy azi. Me pasaban cintas ya en la cuna, por Dios. Si ella me aplica algo, puedo manejarlo, puedo entender las estructuras y decirte si hay errores.

–¡A la mierda con eso! No puedes.

–Puedo sobrevivir a las pruebas, pero Ari no puede recortar mi Contrato, de ninguna forma. No hay un código para hacerlo. Sé que no lo hay, conozco mis estructuras, Justin. Olvidemos esto, subamos la colina y pensemos en otra forma de solucionarlo. Si las cosas se ponen feas, siempre nos quedará esta opción.

–Cállate y escucha. Recuerda cómo organizamos esto: las primeras luces que veas a tu derecha todavía son Reseune; es la estación número diez de precipitados. Las luces a la izquierda unos dos klicks más adelante son Moreyville. Si avanzas totalmente a oscuras puedes llegar antes de que Ari se entere y es una noche muy clara. Recuerda, quédate en el centro del canal, es la única forma de no tropezar con las barras. Y por Dios, ten cuidado con los troncos sumergidos. La corriente viene de la izquierda cuando llegas al Kennicutt. Dobla en esa corriente y las primeras luces que veas después de dos o tres horas serán de los Kruger. Les dices quién eres y les das esto. —Encendió una linterna de luz suave para leer mapas y escribió un número en el papel que había sobre el tablero. Debajo del número escribió: MERILD—. Diles que llamen a Merild, no importa la hora que sea. Cuando llegue Merild dile... dile que Ari está chantajeando a Jordan a través de mí, maldita sea, y eso es todo lo que necesita saber. Dile que no podré ir hasta que mi padre quede libre, pero que tenía que sacarte de aquí, tú eres un rehén demasiado valioso para presionar a Jordan. ¿Entiendes?

–Sí —dijo Grant con voz desmayada, como un azi.

–Los Kruger no te traicionarán. Diles que les doy permiso para que hundan el bote si es necesario. Es de Emory. Merild se ocupará de todo lo demás.

–Ari llamará a la policía.

–Está bien. Que lo haga. No trates de pasar el Kennicutt. Si tienes que hacerlo, el próximo lugar por el Volga es Avery, y eso te llevará toda la noche o más; ella podría interceptarte. Además, estarías dentro del sistema legal de Cyteen y la policía, y ya sabes lo que eso puede representar. Tienes que detenerte en Kruger. —Justin miró el rostro de Grant en el brillo apagado de la luz de mapas y de pronto se dio cuenta de que tal vez no volvería a verlo—. Ten cuidado. Por Dios, ten cuidado.

–Justin. —Grant lo abrazó con fuerza—. Ten cuidado tú también. Por favor.

–Empujaré el bote. Vete. Deja las velas abajo.

–El otro bote... —dijo Grant.

–Yo me ocuparé de eso. ¡Vete!

Justin se dio la vuelta y salió por la puerta, saltó al muelle y luego a la grava llena de ruidos. Soltó las amarras, las arrojó sobre el bote, empujó la quilla con el pie y con las manos hasta que el bote flotó, libre, rozando las gomas que protegían el muelle. Luego viró, inerte y oscuro, y tomó la corriente que lo alejó de los muelles, siguiendo el ritmo del río hasta que viró de nuevo.

Justin abrió el segundo bote y sacó la tapa del motor.

El arranque era electrónico. Sacó el panel de control hecho en tecnología de estado sólido, le quitó la cubierta, cerró el gancho detrás de él y arrojó el panel al agua antes de saltar entre el bote y la reja metálica del muelle.

En ese momento, oyó la tos distante, sorda, del motor del bote de Grant.

Sólida, alejándose.

Abandonó el muelle y el refugio, cerró la puerta y corrió. Era peligroso estar junto al río, en la oscuridad, peligroso en un lugar tan poco controlado donde algo nativo podría haberse adentrado en Reseune, hiedras en las zanjas, seres que volaran por el aire, cualquier cosa. Trató de no pensar en ello. Corrió, tomó el camino de nuevo y anduvo mientras sentía una punzada en el costado. Esperaba conmoción. Esperaba que alguien del turno de noche en el aeropuerto hubiera descubierto el bote u oído el ruido del motor. Pero el trabajo en los hangares era muy ruidoso. Tal vez alguien tenía una grúa eléctrica en marcha. Tal vez pensaron que era un bote de Moreyville o del alto Volga con el motor un poco estropeado. Y las luces brillantes los cegaban.

Hasta ese momento, la suerte les había acompañado.

Se sentó un rato en los escalones; le castañeteaban los dientes mientras trataba de pensar y daba tiempo al bote para que adelantara un poco su camino. Pero si permanecía ahí toda la noche, comprenderían sin duda que era su cómplice.

Si él les daba alguna pista....

Todo caería sobre los hombros de Jordan.

Así que no podía hacer absolutamente nada excepto usar su llave y activar las alarmas silenciosas, que para entonces debían estar conectadas.

Seguridad fue a su encuentro en el vestíbulo de las cocinas.

–Ser —dijo el azi que estaba a cargo—, ¿de dónde viene usted?

–Tenía ganas de pasear —respondió—. Eso es todo. Bebí demasiado y quería tomar el fresco.

El azi llamó a la oficina de Seguridad; Justin esperó, y observó la cara del hombre, para ver cómo cambiaba cuando le dieran una orden. Pero el azi simplemente asintió.

–Buenas noches, ser.

El se alejó, las rodillas flojas, subió por el ascensor y luego caminó por el pasillo solitario hasta su apartamento.

Las luces se encendieron.

Ninguna entrada desde la última vez que se usó esta llave—cantó la dulce voz del Cuidador.

Justin fue a la habitación de Grant. Recogió las cosas y volvió a colocarlas en el armario y en los cajones. Encontró objetos extraños y pequeños entre las posesiones de Grant: un recuerdo que Jordan había traído de unas vacaciones en Novgorod; un pedazo curioso y barato de material del espacio del carguero Kittyhawkque Jordan había comprado en el aeropuerto de Novgorod para Grant, a quien se le había negado el permiso para hacer el viaje; una foto de los dos, de hacía cuatro años, Grant, la piel pálida, flaco y totalmente pelirrojo, y Justin con aquel estúpido sombrero que entonces le había parecido de persona mayor, cavando en el jardín con el azi; otra foto de los dos a los diez años, de pie sobre el cerco del ganado vivo, descalzos, los dedos gordos enroscados como los de las palomas sobre el alambre, los brazos debajo del mentón, los dos sonriendo como tontos.

Dios. Era como si le hubieran cortado un miembro y el dolor, el horror, la angustia, sin llegar al cerebro todavía, le hubieran golpeado las entrañas, y eso le indicaba que se sentiría mucho peor después.

Ahora lo llamaría Ari, no le cabía ninguna duda.

Volvió a la sala, se sentó sobre el sillón, se abrazó a sí mismo y miró las formas de la madera de la mesa, cualquier cosa menos cerrar los ojos y recordar el bote y el río.

O pensar en Ari.

¿Sólo Grant?,preguntaría Merild cuando recibiera el mensaje telefónico. Merild se preocuparía. Merild tal vez llamaría a Reseune, e intentaría hablar con Jordan; Justin no podía permitirlo: trató de pensar lo que diría, cómo lo encubriría. Grant tal vez contaría a Merild lo suficiente para hacer que éste empezara a pensar en un rescate; pero, por Dios, si el asunto de Ari con él llegaba a oídos de Jordan, ya fuera a través de Grant, de Merild o de Ari misma, y si Jordan estallaba...

No. Jordan era demasiado astuto para hacer algo sin pensarlo muy bien.

Pasó el tiempo. El aire del departamento parecía tan frío como el del exterior; Justin quería ir a acostarse y taparse con las mantas, pero le pidió más calor al Cuidador y se quedó en la sala, luchando por mantenerse despierto, con miedo de pasar por alto una llamada.

Nadie llamó.

Muchos botecitos salían de un puerto y nunca llegaban a otro, eso era todo. Les pasaba incluso a los pilotos más experimentados.

Pensó en cada uno de los pasos que había seguido, en cada elección que había hecho, una y otra vez. Pensó en llamar a Jordan y contárselo todo.

No, se dijo. No. Él mismo lo arreglaría con Ari. Jordan necesitaba ayuda, y el plan funcionaría sólo si Jordan continuaba ignorándolo.

IV

Pasó un avión. Grant lo oyó por encima del ruido continuado de su propio motor y las manos se le llena ron de sudor en el timón mientras avanzaba por el centro del río, su velocidad media acelerada por la corriente. No llevaba las luces encendidas, ni siquiera la pequeña luz de los mapas sobre el tablero, porque temía que lo descubrieran. No se atrevía a aumentar la velocidad del motor porque tenía miedo de ensanchar el rulo ancho y blanco de la estela y de que eso lo hiciera visible a los ojos de sus perseguidores.

El avión pasó y se perdió en la oscuridad, a lo lejos.

Pero al cabo de un rato, volvió trazando un círculo; Grant lo vio venir por el río a sus espaldas, con una luz de búsqueda jugando sobre las aguas negras.

Puso la válvula de estrangulación al máximo y sintió cómo el suave movimiento del bote se convertía en una vibración creciente de oleaje. A la mierda con la estela y con los restos flotantes que habían hundido muchos botes sobre el Novaya Volga.

Si habían enviado botes desde Moreyville o desde el otro extremo de Reseune y si alguien en esos botes llevaba un revólver, los disparos atravesarían la cabina, romperían el bote fatalmente aun si no le herían a él o atravesarían el casco y golpearían los tanques de combustible, pero tal vez sólo querrían agujerear el bote y aminorar su marcha con el agua de los compartimentos estancos. Si tenían elección, lo querrían vivo, estaba seguro.

El no quería perjudicar a Justin, ésa era su primera determinación: que no pudieran utilizarlo contra Justin ni contra Jordan. Y después de eso, hasta un azi tenía derecho a mostrarse egoísta.

El avión rugió justo sobre su cabeza y las cubiertas se llenaron de luz, de brillo cegador a través de las ventanillas de la cabina. El rayo duró un instante y lo dejó medio ciego en la brusca oscuridad. Vio que los árboles del otro lado del río se iluminaban, el gris pálido del follaje nativo contra la noche.

De pronto, la proa giró bruscamente a estribor y la visión llena de luz de la orilla apareció sobre la proa, más allá del rayo. En un momento de terror, Grant pensó que tal vez la hélice se había trabado, pero luego comprendió que había entrado en la corriente, la entrada del Kennicut en el Volga.

Soltó el timón, ciego todavía excepto por la visión pasajera de la orilla boscosa del otro lado. Podía dirigirse hacia tierra. No se atrevió a encender las luces.

Luego vio la sombra de los acantilados de la orilla, árboles altos y negros contra el cielo de la noche a ambos lados de un espacio abierto de agua iluminada por las estrellas.

Se acercó a la orilla, el bote tembló y se detuvo bruscamente al chocar la quilla con un banco de arena y el golpe lo arrojó con violencia cuando perdía el control.

Se aferró al tablero, vio una pared negra frente a él y viró el bote al máximo.

Algo golpeó contra la proa y raspó hacia babor. Un resto flotante. Un banco de arena y un tronco tal vez. Lo oyó pasar, vio el agua clara frente a él y suplicó a Dios que el río donde se encontraba después del incidente fuera el Kennicutt y no el Volga. No lo sabía. Parecían idénticos, sólo agua negra que lo miraba con los ojos de las estrellas.

Se arriesgó a encender la luz de mapas un instante pera echar un vistazo a la brújula. Se dirigía al noreste. El Volga podía tomar esta dirección, pero pensaba que debía de ser el Kennicutt. El avión no había vuelto. Tal vez los había confundido la maniobra y por suerte él no estaba navegando con el Localizador en funcionamiento. Así tenía suficiente poder para conseguir que la estación Cyteen lo persiguiera y el rayo de ese avión podría guiar con bastante exactitud a los satélites de vigilancia geosincrónicos. Pero, por lo que sabía, los Localizadores no tenían capacidad de disparo, y esperaba poder ser más rápido que cualquier misión desde Moreyville o más abajo que el Volga.

Las primeras luces después del cruce, había dicho Justin. Dos, tal vez tres horas sobre un río que no tenía otra colonia en sus orillas. La estación de los Kruger era un puesto minero, casi totalmente automático, en el que todos se relacionaban con todos; los azi que llevaban allí conseguían antes de un año sus documentos de CIUD además de una parte de las acciones de las Minas Kruger, y una asignación que era un sueño, el tipo de lugar que los azi se murmuraban unos a otros que existía si uno era muy, muy bueno...

Y si se tenía el Contrato disponible, claro.

Nada de eso existía para un azi de diecisiete años con una X en el número, y el sentido político que podía llegar a tener un muchacho que vivía en Reseune y en la Casa le indicaba que lo que había hecho Justin para salvarlo era una locura desde cualquier punto de vista.

Le indicaba que los Kruger tal vez habrían dado la bienvenida a un Warrick y a un azi bajo un Contrato de Warrick, pero que había buenas razones para que no quisieran al azi solo.

Ya vería.

Cuanto más tiempo lo pensaba, más comprendía que él mismo representaba un peligro, excepto por lo que pudiera saber sobre Reseune, Ari y el asunto Warrick; la gente tal vez insistiría en que lo contara y él no tenía instrucciones al respecto. Era un Alfa, pero era joven y era azi, y todo lo que había aprendido le confirmaba que sus respuestas eran condicionadas, su conocimiento limitado, sus razonamientos potencialmente erróneos. (Nunca te preocupes por tus cintas, le había dicho Jordan con amabilidad. Si alguna vez te parece que estás en problemas, ven a verme y dime lo que crees y lo que sientes, y yo encontraré la respuesta por ti. Recuerda que tengo tus planos. Todo está bien.)

En aquella época Grant tenía siete años. Había llorado en brazos de Jordan, lo cual le había avergonzado, pero Jordan le había acariciado la espalda y lo había abrazado como hacía con Justin, lo había llamado su otro hijo y le había asegurado que hasta los hombres nacidos por medios naturales cometían errores y se sentían confundidos.

Eso lo había consolado y aturdido: saber que los hombres habían evolucionado en la Tierra por ensayo y error, y que cuando Ari había decidido que él debía existir, hizo lo mismo. Ensayo y error. Y éste era el significado de la X para un niño de siete años.

Entonces no comprendió que su auténtico significado era que Jordan no podía concederle lo que le prometía y que su vida pertenecía a Reseune y no a Jordan. Se había aferrado a ese «mi otro hijo» como al aire y a la luz del sol, un nuevo horizonte de existencia.

Luego, había ido creciendo, y cuando él y Justin tenían doce años y Justin descubrió a las chicas, Grant comprendió que el sexo cambiaba las cosas en gran medida.

–¿Por qué? —le había preguntado a Jordan y éste le había acompañado hasta la cocina, apoyándole el brazo sobre los hombros, mientras le explicaba que un Alfa siempre estaba mutando las instrucciones que le proporcionaban las cintas, que un Alfa era muy brillante, y que su cuerpo estaba cambiando y desarrollándose, y que debería ir a ver a los azi que se especializaban en eso.

–¿Y si dejo a alguien embarazada? —le había preguntado él.

–No lo harás —había dicho Jordan. Entonces no se atrevió a preguntar por qué, aunque después se había arrepentido—. Simplemente no puedes ir y cortejar a cualquier miembro de la Casa. No tienen permiso.

El se había enfurecido. Y pensaba que había algo irónico en el asunto.

–¿Y eso es porque soy un Alfa? Quieres decir que cualquiera que vaya a la cama conmigo...

–Debe tener permiso. No se consigue el permiso a tu edad. O sea que debes descartar a las chicas de tu edad. Y no quiero que duermas con la vieja tía Mari, ¿de acuerdo?

Este comentario le había parecido casi gracioso. En aquella época, Mari Warrick estaba decrépita, al final de la rejuv.

Luego le pareció menos gracioso. Resultaba difícil permanecer frío con una chica Carnath que le ponía las manos donde no debía y se reía en su oído y decir, como se suponía que era su obligación:

–Lo lamento, sera, no puedo.

Mientras Justin, el pobre Justin, conseguía sólo risitas y evasivas, porque él era de la Familia; y el azi de Justin era un juego divertido, o lo habría sido de haber sido un Beta.

–¿Préstamelo, quieres? —le había dicho sin ambages Julia Carnath a Justin en presencia de Grant, cuando éste sabía muy bien que Justin estaba cortejando a Julia para sí mismo. Grant había deseado que se lo tragara la tierra. Pero sólo se había puesto pálido y tenso, y todavía más cuando Justin lo miró después y le contó que Julia lo había rechazado.

–Tú eres más atractivo —se había quejado Justin—. Ari te hizo perfecto, maldita sea. ¿Qué posibilidades puedo tener yo?

–Yo preferiría ser tú —había contestado él con voz débil mientras se daba cuenta por primera vez de que lo que decía era cierto. Y había llorado, por segunda vez en su vida, según recordaba, lloró aunque no sabía la razón excepto que Justin le había tocado un nervio sensible. O una estructura de cinta.

Porque él estaba hecho de las dos cosas.

Nunca se había sentido seguro después de este incidente, hasta que Jordan le había dejado ver las estructuras de sus propias cintas cuando cumplió dieciséis años y empezaba sus estudios avanzados en diseño. Había comprendido lo bastante sobre las estructuras de cinta sin ayuda y Jordan había abierto el libro y le había dejado ver de qué estaba hecho; y él no había descubierto ninguna línea indicativa de que podía tener miedo del sexo.

Pero los Alfas mutaban su condición constantemente. Era una prueba de equilibrismo sobre un abismo de caos. Nada podía dominar a nada. Equilibrio en todo, el mundo se transformaba en caos.

Disfunción.

Un azi que se convirtiera en su propio consejero se estaba buscando problemas. Un azi era algo tan terriblemente frágil. Y mostraba una gran tendencia a meterse en situaciones que no podía dominar, en juegos mayores de los que nadie se hubiera molestado en enseñarle.

¡Maldición, Justin!

Se enjugó los ojos con la mano izquierda y manejó el timón con la derecha, tratando de fijarse bien en la dirección que estaba tomando. Estaba actuando como un tonto, se dijo a sí mismo.

Como un hombre. Como si yo fuera uno de ellos.

Se supone que soy más inteligente. Se supone que soy un genio, maldita sea. Pero las cintas no funcionan así y no soy lo que ellos pretendían que fuera.

Tal vez no uso lo que tengo en mí mismo.

¿Por qué no hablé con más firmeza? ¿Por qué no arrastré a Justin a ver a su padre aunque tuviera que pegarle para hacerlo?

Porque soy un azi, por eso. Porque me falta determinación cuando alguien actúa como si supiera lo que está haciendo y dejo de usar la cabeza, por eso. ¡Mierda, mierda, mierda! Debería haberlo detenido, debería haberlo arrastrado a bordo conmigo, debería habérmelo llevado con los Kruger y ponerlo a salvo, y entonces él habría podido protegernos a los dos; y Jordan estaría libre para actuar. ¿En qué estaba pensando Justin?

¿En algo que no alcancé a comprender?

Maldita sea, éste es el problema, no tengo confianza, siempre quiero estar seguro antes de hacer algo y me quedo bloqueado, sólo obedezco órdenes, porque esas cintas me clavan sus garras. Nunca me dijeron que dudara, sólo me obligan a ello, eso es todo, porque las cintas están seguras, están tan seguras, mierda, y nada es así en el mundo real.

Y por eso nunca nos decidimos. Conocemos algo que nunca duda y los hombres no lo conocen.Y éste es nuestro problema.

El bote golpeó con algo que hizo saltar la cubierta y Grant soltó el timón primero y después corrigió la ruta, con furia, cubierto de sudor.

Tonto, tonto, tonto. De pronto comprendió el sentido y casi olvidó el bote, que es el tipo de reacción que tienen los hombres, diría Justin, todos; y así estaban las cosas, una segunda verdad universal en sesenta segundos. Su mente trabajaba bien o estaba tan asustado que funcionaba más rápido de lo normal, porque de pronto se le ofreció la imagen de lo que era ser un hombre, y ser un tonto además de entenderlo todo; uno tenía que tragarse las dudas y jugarse el todo por el todo, como le había dicho Jordan tantas veces. Las dudas no son cinta. Son la vida, hijo. El universo no se va a derrumbar si tú te equivocas. Ni siquiera se derrumba si te rompes el cuello. El único que desaparece es tu propio universo privado. ¿Entiendes?

Creo que sí, había respondido él. Pero era mentira. Hasta ese momento, hasta que no lo tuvo ante los ojos. Soy libre,pensó. Aquí, entre este lugar y las minas Kruger soy libre, estoy solo por primera vez en mi vida.Y luego pensó: No estoy seguro de que me guste.

Tonto. Despierta. Presta atención. Ay, Dios mío, ¿está volviendo el avión?

Una luz apareció de pronto tras él.

Un bote. Dios, Dios, es un bote.

Hizo girar la válvula de estrangulamiento. El bote levantó la proa y rugió por el Kennicutt. Él encendió las luces. Brillaron sobre el agua negra, sobre un agua llena de corrientes; las orillas estaban más cercanas que en el Volga, riberas inundadas por las formas alargadas de los espíritus llorones, árboles que tendían a romperse con la edad y la podredumbre, árboles que arrojaban enormes pedazos de madera muerta al río y que se convertían en peligros más terribles que las rocas para la navegación, porque flotaban y se movían continuamente.

Las luces eran mejor que navegar a ciegas, se dijo.

Pero tal vez habría armas a sus espaldas. Tal vez un bote más veloz que el suyo. Le hubiera sorprendido saber que Moreyville disponía de algo así, le hubiera sorprendido mucho, pensó, con un nudo frío de miedo en el estómago mientras miraba la luz que parpadeaba en un meandro del río y que luego reaparecía por su espejo retrovisor.

Un bote de la estación diez, tal vez; tal vez ese sector de Reseune tenía botes. No lo sabía.

Miró hacia delante. Hacia el centro del canal, tal como le había indicado Justin. El al menos había conducido en alguna ocasión el bote ida y vuelta hasta Moreyville, y luego a la estación diez; y había hablado con los habitantes de Moreyville, que habían recorrido todo el río hasta Novgorod.

Justin le había hablado de eso, y entonces Grant recordó la parte de Novgorod, porque eso era lo que le llamaba la atención. El y Justin, hablando sobre llevar un bote a lo lejos un día, con sólo ponerlo sobre la corriente, río abajo.

Timoneó con furia alrededor de un tronco que flotaba con una rama en alto.

Todo un árbol, ése. Vio la masa de podredumbre que seguía como una pared de arbustos enredados junto al bote y volvió a girar, desesperado.

Dios, si uno de esos se acercara flotando de costado y la proa se enganchara...

Siguió adelante.

Y la luz siguió detrás de él hasta que vio las otras luces, esas que le había prometido Justin, brillando a la derecha, sobre la oscuridad... Emboscada, pensó un instante después de haberlas visto, porque ahora todo era una trampa, todo era un truco del enemigo.

Pero estaban demasiado arriba, eran demasiadas: luces que brillaban detrás de la pantalla de espíritus llorones y árboles de papel, luces que quedaban demasiado alejadas para estar en el río, luces rojas sobre las colinas, como aviso para los aviones de los obstáculos de las torres de los precipicios.

Luego se le aflojaron las rodillas y le empezaron a temblar los brazos. La luz que estaba detrás había desaparecido cuando volvió a mirar; y por primera vez pensó en ponerse la nota de Justin en el bolsillo y tomar el papel que había debajo en caso de que alguien devolviera el bote a Reseune.

Miró alrededor, buscando un muelle, y se asustó cuando la luz le mostró una pared baja y oxidada sobre la orilla, y otra, más adelante.

Barcazas, pensó de pronto. Kruger era un establecimiento minero. Había barcazas, aunque no tan grandes como las que venían del norte; pero todo el lugar era un puerto y había un embarcadero para los botes pequeños, una escalera que llevaba de un muelle bajo hacia uno alto, lo cual significaba que ya no estaba en zona deshabitada y podía hablar por radio. Pero no lo hizo. No creía que fuera prudente usar la radio, porque Justin no le había dicho nada al respecto, y de todos modos no estaba seguro de saber cómo funcionaba. Así que se limitó a hacer sonar la bocina, una y otra vez, hasta que alguien encendió las luces del puerto y la gente se acercó a ver lo que les había llegado por el río.


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