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Veneno Y Sombra Y Adiós
  • Текст добавлен: 5 октября 2016, 20:32

Текст книги "Veneno Y Sombra Y Adiós"


Автор книги: Javier Marias



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Una mujer con humor, si era mujer quien se la había enviado. De hecho con un humor sobresaliente, fuera de lo común, porque una foto como esa divierte sobre todo a los hombres y por eso me reí con ganas del aprensivo rabillo del ojo de Sofía Loren, de su encogimiento y recelo ante el victorioso e intimidatorio escote transatlántico, reímos al unísono Reresby y yo con la risa que une desinteresadamente, igual que aquella vez en su despacho, cuando le hablé de los posibles zuecos del tiranuelo elegido, votado, y del estampado de estrellas patrióticas que le había visto en la camisa por televisión, y al decir yo 'liki-liki', esa palabra cómica que es imposible escuchar o leer sin querer repetirla inmediatamente: liki-liki, ya está. Me había preguntado en aquella ocasión, al reparar en las risas que tanto desarman, en la suya y la mía unidas, si en el futuro quedaría él desarmado o lo quedaría yo, o tal vez los dos. Parte de aquel mañana estaba ya aquí, y de momento, me di bien cuenta, el desarmado era yo.

'Tiene cojones', pensé con grosería a lo De la Garza, con irritación; 'ha logrado que me ría desenfadadamente en su compañía. Hace apenas un rato estaba furioso con él y en realidad lo estoy aún, esto va a durar; hace muy poco más que he asistido a su brutalidad, he temido que matara a un desgraciado con frialdad metódica, que le rebanara el cuello sin razones de peso, si es que alguna lo puede ser; que lo estrangulara con su propia redecilla ridicula y lo ahogara en el agua azul; y he visto de cerca la paliza que le ha propinado sin recurrir a sus manos para asestarle un solo golpe, pese a los guantes puestos amenazadores.' Tupra no se había olvidado de ellos; lo primero que había hecho tras avivar el fuego había sido sacarlos del bolsillo de su abrigo y arrojarlos a las llamas con las tiras de papel toalla en que los había envuelto. Por fin se iba disipando el olor a cuero y a lana quemados o era predominante el de la leña, se habrían secado bastante desde nuestra salida del cuarto de baño de los discapacitados, 'La peste no durará', había dicho al lanzarlos con gesto casi maquinal, como depositar las llaves o las monedas al regresar de la calle. Los había conservado hasta poder destruirlos, eso no se me había escapado, y en su propia casa además. Era cauto hasta con lo que no había que serlo. 'Y ahora ya está tan tranquilo, enseñándome una foto chistosa y comentándola con jovialidad. (En el abrigo sigue la espada, cuándo va a sacarla, cuándo la guardará.) Y también yo estoy tan tranquilo, viéndole la gracia a la escena y riéndome con él, oh sí, resulta un hombre simpático, en primera yen penúltima instancia, y no podemos evitarlo, tendemos a llevarnos, a caernos bien.' (Ya no lo resultaba en la última, pero esa no solía llegar, aquel día sí.) Rastreé rápida, mentalmente (algo era algo, aunque no mucho para mi recobrado enfado) el origen de la postal. Durante unos instantes hasta había perdido de vista qué hacía allí aquella foto, y qué hacíamos allí él y yo. No era una noche para reírse, y sin embargo nos habíamos reído juntos poco después de que él se convirtiera en Sir Punishment. O en el Caballero Venganza, quizá Sir Revenge. Pero en ese caso de qué se había vengado, era un exagerado, un drástico: de una nimiedad, de una estupidez.

Le devolví la postal, él estaba junto a mi butaca, de pie, mirando por encima de mi hombro cómo yo miraba a las dos actrices o símbolos sexuales pretéritos —uno mucho más remoto que el otro—, compartiendo o más bien contemplando mi inesperada diversión.

–¿Qué pasa con Jayne Mansfield? —le pregunté—. ¿Qué tiene que ver con Kennedy? ¿El Presidente Kennedy, supongo? ¿También fue amante suya? ¿No era Marilyn Monroe la que se cuenta que estuvo con él y no sé qué historia de un cumpleaños sensual? Mansfield debió de ser una imitación, ¿no?

–Oh, sí, hubo varias —respondió Tupra mientras volvía la foto al sobre, el sobre a la caja y la caja al estante, todo en orden—. Hasta en Inglaterra tuvimos una, Diana Dors, ¿no recordarás a Diana Dors? Fue casi sólo de consumo nacional. Era más basta, aunque no fea ni mala actriz, con cara un poco de bruta y cejas demasiado oscuras para su melena rubio platino, no sé por qué no se lo tiñeron todo igual. Yo la conocí, ya cuarentona; coincidíamos en locales del Soho que estaban de moda, a finales de los años sesenta o en los primeros setenta, ya empezaba a amatronarse entonces, había hecho siempre sus incursiones en la bohemia, creía que eso la rejuvenecía o la modernizaba. Sí, era más basta que Mansfield, y también algo más turbia, menos jovial —añadió como si lo hubiera sopesado un instante—. Pero de haber estado sentada a esa mesa de la postal, ya no sé quién habría asustado a quién. En su juventud tenía una figura de clepsidra. —E hizo con las manos el movimiento antiguo de muchos hombres para dibujar una mujer llena de curvas, yo creo que la botella de Coca-Cola imitó ese trazo en el aire y no al revés. 'She had an hourglass figure', eso dijo Tupra en inglés. Hacía largo tiempo que no veía a nadie hacer ese gesto, también ellos caen en desuso como las palabras, porque casi siempre son sustitutivos de éstas y corren por tanto su misma suerte: de hecho son decir sin decir, a veces con gravedad y eran motivo de duelo, aún lo son de desafío y muerte. Y así hasta cuando nada se dice todavía se habla y se significa y se cuenta, qué maldición; si yo me hubiera tocado la papada dos o tres veces seguidas con el envés de la mano en presencia de Manoia, él habría comprendido el ademán italiano de menosprecio o de oídos sordos al interlocutor y habría desenvainado su espada contra mí, si acaso llevaba también él una oculta, quién sabía, a su lado Reresby parecía razonable y manso.

Sí, Tupra me estaba distrayendo con sus anécdotas, con su conversación o era cháchara. Yo seguía cabreado aunque se me olvidara a ratos, y deseaba mostrárselo, pedirle cuentas por su acción salvaje, más en regla, más en serio que durante nuestra despedida falsa frente al portal de mi casa en la Square o plaza, pero él me iba conduciendo de una cosa a otra sin centrarse del todo en ninguna, sin ir al grano de lo que me había anunciado o casi exigido que oyera, dudaba que finalmente fuera a contarme nada de Constantinopla o de Tánger, había mencionado esos lugares sentado al volante, se había especializado en Historia Medieval, quién lo hubiera adivinado, en Oxford, y en ese campo sí podía haber sido oficioso discípulo de Toby Rylands, que a su pesar fue Toby Wheeler durante breve tiempo, en su lejana y borrada Nueva Zelanda, lo mismo que del hermano Peter. También me había prometido Tupra unos vídeos que guardaba en casa y no en la oficina, 'no son para que los vea cualquiera', había dicho, y en cambio a mí sí iba a enseñármelos, de qué serían y por qué había de verlos, quizá yo prefiriera no tenerlos ante mis ojos nunca; podría siempre cerrarlos, aunque cuando uno decide hacerlo se cierren inevitablemente un poco tarde, un poco demasiado tarde para no vislumbrar algo y hacerse una horrible idea, y para no enterarse. O bien cree, una vez apretados, que la visión o la escena han concluido cuando aún no lo han hecho —el sonido engaña, y aún más engaña el silencio– y entonces los abre demasiado pronto.

–¿Qué pasó con Jayne Mansfield? ¿Qué tuvo que ver con Kennedy? —le insistí. No iba a permitir que siguiera errando, con divagaciones, no aquella noche prolongada por su exigencia; que pasara de una cosa principal a otra secundaria y de ésta a un paréntesis y del paréntesis a un inciso, y que, como hacía a veces, no volviera nunca de sus inacabables bifurcaciones, llegaba casi siempre un momento en que sus desvíos no alcanzaban senda, sino tan sólo maleza o arena o ciénaga. Tupra era capaz de entretener a cualquiera indefinidamente, de irlo interesando en lo que carecía de interés y era accesorio, pertenecía a esa rara clase de individuos que llevan el interés consigo o lo crean, cómo decir, ellos lo traen y reside en sus labios. Son los más escurridizos de todos, también los más persuasores.

Me miró con ironía, sé que cedió porque quiso, habría podido hasta guardar largo silencio, aguantarlo tanto rato como para diluir en el aire mis dos preguntas y así borrarlas, lograr que se perdieran como si no las hubiera formulado nadie y allí yo no estuviera. Pero estaba.

–Nada. Sólo que son personas marcadas por sus episodios finales. Exageradamente señaladas por ellos, hasta el punto de que las definen o las configuran y casi anulan cuanto hicieron antes, aunque fueran cosas importantes y no las fueron las de Mansfield. Esas dos personas habrían tenido motivo para padecer de horror narrativo, como tú dijiste de Dick Dearlove, si hubieran sabido lo que las amenazaba a su término. Tanto John Kennedy como Jayne Mansfield habrían sufrido de su propio complejo, K-M según lo llamamos, si hubieran adivinado o temido sus respectivas muertes. Claro que habría muchos más, qué sé yo, desde James Dean a Abraham Lincoln, desde Keats a Jesucristo. Lo primero que recuerda todo el mundo de ellos, casi lo único, es su final llamativo o anómalo, o demasiado temprano, o extravagante: Dean muerto a los veinticuatro años en accidente de coche, cuando tenía ante sí una extraordinaria carrera de estrella y el mundo entero lo adoraba; Lincoln asesinado por John Wilkes Booth, bien teatralmente, en un palco, al poco de ganar la Guerra de Secesión y de haber sido reelegido; Keats fallecido en Roma, de tuberculosis, a los veinticinco, la literatura se perdió tantos poemas; Cristo en la cruz, un adulto en toda regla para su época, un hombre hecho y derecho y si acaso algo tardío en su obra, pero malogrado, joven sin serlo desde el punto de vista de nuestros remolones y longevos tiempos. Ya te he dicho que si lo llamamos K-M fue por empeño de Mulryan. Habría servido cualquiera de estos otros nombres, y muchos más, no son pocos quienes deben su celebridad máxima o su ausencia de olvido a su forma de morir, o a su hora, cuando habría uno dicho que aún no les tocaba, o que era injusto. Como si la muerte entendiera de justicia o le preocupara impartirla, o quisiera entender, es algo absurdo. A lo sumo es arbitraria, es caprichosa, quiero decir que establece un orden que no siempre cumple, y elige o descarta: a veces viene resuelta y con todas las probabilidades, se acerca, nos sobrevuela, mira, y de pronto decide dejarlo para otro día. Mucha memoria ha de tener para acordarse de cada vivo sin que se le escape nadie. La suya es una tarea infinita, y aun así la lleva a cabo con minuciosidad ejemplar desde hace siglos. Qué eficaz siervo, que nunca se cruza de brazos ni se cansa. Ni se olvida.

Su manera de referirse a la muerte, de personalizarla, me hizo pensar de nuevo que tenía más tratos con ella de los habituales, que la había visto actuar muchas veces y acaso la habría encarnado unas cuantas. Aquella misma noche había ido resuelto hacia De la Garza, se le había acercado, lo había sobrevolado con su lansquenete como aquel helicóptero con sus aletas que nos asustó a Wheeler y a mí en su jardín junto al río: al final se había limitado a despeinarnos, él se había limitado a cortarle la falsa coleta y a hundirle la cabeza en el agua ya golpearlo, lo había dejado para otro día, como si fuera Sir Deathefectivamente, en una noche de descartes. O quizá, como medievalista, aunque no practicante, Tupra estaba acostumbrado a la visión antropomórfica de los viejos siglos: la anciana decrépita con la guadaña o el Caballero Muerte con su armadura completa y su espada y su lanza, de quién la consideraría 'eficaz siervo', de Dios, del Demonio, de los hombres, o de la vida que sólo así se abre paso.

–Sé lo que le ocurrió, sé cómo acabó el Presidente Kennedy, como todo el mundo —le respondí—. Pero ignoro lo que le sucedió a Jayne Mansfield. De hecho lo ignoro casi todo sobre esa clepsidra apabullante. —Y, tras citarlo así humorísticamente, añadí una nota española a lo que había dicho—: Supongo que también habría valido para el complejo el nombre de García Lorca. No sería el mismo en nuestra evocación, no se lo recordaría ni leería de igual modo si no hubiera muerto como murió, fusilado y arrojado a una fosa común por los franquistas, antes de cumplir los cuarenta. Buen poeta como fue, no se lo añoraría ni ensalzaría tanto.

–Desde luego, ese es otro caso bien nítido de final determinante, de muerte siempre presente que envuelve y arrastra al personaje —contestó Tupra sin hacerme demasiado caso; me pregunté si estaría suficientemente enterado de las circunstancias del asesinato—. Jayne Mansfield, a lo largo de su breve carrera brillante y su no muy extensa declinante, hizo cuanto estuvo en su mano y a buen seguro en su busto para atraer la atención de la prensa y hacerse autopropaganda. Siempre tenía las puertas abiertas a los reporteros, allí donde estuviera, también en los hoteles cuando viajaba, en las suitesy aun en los cuartos de baño; le encantaba que vinieran a fotografiarla a su mansión de estilo español de Sunset Boulevard, en Beverly Hills, toda de color rosa y llena de perrillos y gatos, vestida con insinuantes prendas y en posturas provocativas, nada le parecía nunca ridículo ni desdeñable, recibía a cualquier idiota o malintencionado de la publicación más mediocre. Posó desnuda en Playboyun par de veces, se casó con un húngaro musculoso, mostraba con deleite su piscina y su cama, ambas en forma de corazón, al último aprendiz de provincias. Se divorció del forzudo y de algún otro marido, fue a Vietnam a animar a las tropas con sus picardías y sus jerseys ceñidos, y cuando hasta Las Vegas le quedó ya inalcanzable, erró por Europa con espectáculos de poca monta y figuró en películas italianas de Hércules. Se dio a la bebida, armó bulla, escandalizó laboriosamente, porque en el declive de su trayectoria lo conseguía a duras penas, se le hacía muy poco caso y ademas no estaba dotada. Se contó que se había hecho adepta a la Iglesia de Satanás, un disparate inventado por un tal Antón LaVey, su Sumo Sacerdote, un calvo con pueril perilla diabólica y cuernos postizos sobre la calva, de supuesto y falso origen húngaro o transilvano, ávido de publicidad igualmente y un farsante compulsivo: se reclamaba autor de la Biblia Satánica, plagiada de cuatro o cinco escritores dispares, entre ellos el famoso alquimista renacentista John Dee y el novelista H G Wells, bien rastreables; decía haber mantenido relaciones sexuales con Marilyn Monroe y no iba a ser menos con Mansfield. Fantasías ambas aventuras, pero ya sabes, la gente se cree cualquier bajeza de las celebridades, cualquier mal gusto. Él estaba loco por ella y ella lo llamaba a veces desde Beverly Hills, rodeada de amigos, para reírse y burlarse de sus demoniacos ardores, le calentaba la rasurada cabeza a distancia. Más tarde se rumoreó que el despechado LaVey le lanzó una maldición al amante de ella entonces, un abogado de nombre Brody, y aquí empieza la leyenda de la muerte de Jayne Mansfield. Viajaba una noche de junio de 1967, ya de madrugada, desde un lugar llamado Biloxi, en Mississippi, en uno de cuyos clubs actuaba en sustitución de su exuberante amiga y rival Mamie Van Doren, camino de Nueva Orleans, donde al día siguiente iba a ser entrevistada en un programa de la televisión local, se tomaba todas las molestias, nada le parecía insignificante. El Buick en el que se trasladaba iba atestado: un joven que conducía, el tal Brody, ella con tres de sus cinco hijos, los habidos con el musculoso húngaro, y cuatro perros chihuahua, no es de extrañar que se la pegaran. A unas veinte millas de su destino, el coche se empotró a gran velocidad contra un camión que había frenado al toparse con un lento vehículo municipal que rociaba las marismas con un insecticida antimosquitos, Mulryan hace hincapié siempre en este detalle sórdido, cenagoso y sureño. El choque fue tan violento que el techo del Buick quedó cercenado. Mansfield, el conductor y el amante murieron en el acto, sus cuerpos salieron despedidos a la carretera. Los tres críos, dormidos en la parte de atrás, sufrieron sólo magulladuras, y de los chihuahuas no hubo noticia, seguramente porque no les pasó nada y quizá escaparon.

–Tupra hizo una pausa, arrojó algo al fuego, para mí fue invisible, tal vez una mota que se había quitado de la chaqueta o una cerilla que no le había visto encender y que sostenía entre los dedos. Lo contaba todo como si fuera un informe que tenía en la cabeza, memorizado. Se me ocurrió que, dada su profesión, podía guardar centenares o millares de ellos, de lo sucedido y de lo posible, de lo comprobado y de lo aventurado, no sólo por él, sino por mí, por Pérez Nuix, Mulryan, Rendel y otros; y por otros también del pasado como Peter Wheeler y quién sabía si su mujer Valerie y Toby Rylands y hasta la señora Berry. Acaso Tupra era un archivo andante—. La ostentosa peluca rubia de Jayne Mansfield cayó sobre el guardabarros —continuó—, lo cual dio origen a dos rumores igualmente desagradables, y que probablemente por eso se instalaron en la imaginación de la gente: según uno, la actriz habría quedado escalpada en el accidente, su cuero cabelludo arrancado de cuajo como por un indio del Salvaje Oeste; según el otro, habría sido decapitada junto con el techo del Buick, y la cabeza habría rodado por el asfalto hasta caer a la zona pantanosa plagada de mosquitos y larvas, al borde de la carretera. Ambas ideas eran demasiado irresistibles para la malignidad popular: no era bastante que la mujer cuya abundancia adornó las paredes de los garajes, los talleres y los tugurios, los camiones y las taquillas de estudiantes y soldados durante un decenio hubiera muerto con gran violencia a los treinta y cuatro años, cuando aún era deseable pese a su veloz decaimiento y podía haber sacado más partido a sus esplendores; era mucho mejor si además había quedado calva y fea en la muerte, o grotescamente descabezada y con la cabeza en el fango. A la gente le gustan los castigos crueles, y los giros sarcásticos de la fortuna, y la desposesión repentina de quien lo tuvo todo, no digamos la desposesión absoluta que es la muerte inesperada, y todavía más si es con sangre.

'¿Por qué me habla precisamente de cabezas cortadas', pensé, 'cuando él ha estado a punto de segar una ante mis ojos, hace nada?' Y pensé que Tupra me conducía hacia algún lugar, más cercano que Nueva Orleans y Biloxi, con aquella truculenta historia. Pero no lo interrumpí con preguntas y me limité a citarlo, con aquella cita suya bien conocida desde nuestro primer encuentro:

–Y además todo tiene su tiempo para ser creído, ¿no es eso lo que tú piensas?

–No lo sabes tú bien, Jack, hasta qué punto todo lo tiene —me contestó, y reanudó su relato en seguida—: Fue entonces, tras su muerte, cuando LaVey empezó a presumir publicamente de su aventura con ella (ya sabes, los muertos son tan callados y no ponen objeciones), y a propagar en la prensa que el espectacular accidente se había debido a la maldición por él lanzada contra su amante Brody, de tal potencia que se la había llevado por delante a ella sin ningún miramiento, al ir a su lado, en el lugar del riesgo. Y la gente también adora las confabulaciones y los ajustes de cuentas, lo esotérico y lo peregrino y los peligros cumplidos. La mayoría de la gente niega el azar, lo detesta, la mayoría de la gente es tonta. —Recordé que le había oído decir lo mismo o algo parecido a Wheeler, quizá era una de las convicciones, una de las bases sobre las que nuestro grupo había trabajado siempre, al igual que todo Gobierno—. Si Jayne Mansfield se había fascinado o había coqueteado con la Iglesia de Satanás, nada menos, poco tenía de extraño que su agraciado rostro hubiera acabado así, en una ciénaga y mordisqueado por los bichos hasta que se lo recogieron; o bien con su célebre cabellera rubio platino desprendida del cráneo, había sido siempre su segundo rasgo más destacado después del que resulta conspicuo en la postal que te he enseñado. La chusma quiere explicaciones para todas las cosas —Tupra utilizó esa palabra, 'rabble', 'chusma', hoy tan mal vista—, pero las quiere ridiculas, inverosímiles, enrevesadas y conspirativas, y cuanto más lo sean más las acepta y se las traga y más la contentan. Incomprensible, pero ese es el estilo del mundo. Así que aquel mamarracho calvo y con cuernos fue escuchado y creído, hasta el extremo de que en quienes la recuerdan y aun la veneran (y no son pocos, échale un vistazo a Internet y te quedarás sorprendido), lo que prevalece de Jayne Mansfield no son sus cuatro o cinco divertidas comedias de Hollywood, ni sus dos clamorosas portadas de Playboy, ni sus voluntariosos escándalos libertinos, ni su mansión rosa demente de Sunset Boulevard, ni siquiera el hecho audaz de haber sido la primera estrella de la era moderna que enseñó las tetas en una película convencional americana, sino la tétrica leyenda de su muerte humillante para un símbolo sexual como ella, quizá provocada por un satanista, un depravado, un hechicero. Eso, irónicamente, causó más sensación y le trajo más publicidad que cuanto había inventado a lo largo de su vida para procurársela, renunciando a toda intimidad diariamente, no digamos a lo que suele llamar dignidad el agobiante común de las gentes. Fue una lástima que no pudiera disfrutar de los mil reportajes que hubo sobre su figura y sobre el suceso, ver las planas enteras dedicadas a su fallecimiento tan horrendo y novelesco. De nada sirvió que el ataúd en que se la enterró fuera asimismo rosa: su nombre quedó ya envuelto en el negro, en la negrura de una maldición mortal diabólica y de una vida pecaminosa coronada por el castigo, de una carretera lóbrega, rodeada de cieno, y de una linda cabeza separada de su voluptuoso cuerpo hasta el postrer fin de los tiempos. Y hoy, si no hubiera muerto de ese modo, con esos elementos atribuidos que encienden la imaginación de la chusma, estaría casi del todo olvidada. No lo estaría Kennedy, obviamente, si se hubiera limitado a sufrir un infarto en Dallas, pero no te quepa duda de que se lo recordaría infinitamente menos y con emoción sólo discreta si su nombre no se asociara al instante con su asesinato a tiros y con alambicadas conjuras jamás resueltas. En eso consiste el complejo Kennedy-Mansfield, en el temor a quedar marcado para siempre por la forma de terminar, desvirtuado, y a que la vida entera parezca haber sido sólo un trámite, un pretexto, para llegar a un acabamiento chillón que nos retratará eternamente. Ese peligro, ojo, lo corremos todos, aunque no seamos personajes públicos sino individuos oscuros, anónimos y secundarios. Cada cual asiste a su relato, Jack. Tú al tuyo y yo al mío.

–Pero no siempre es temor, lo que hay a eso —dije—. Hay quienes desean y buscan finales así, escénicos, espectaculares, incluso con recursos sólo verbales si no tienen otros a mano. No sabes cuántos escritores se han esmerado para pronunciar una memorable última fiase. Aunque sea difícil de calcular cuál va a ser de verdad la última, y más de uno la haya malgastado, al precipitarse y hablar a destiempo. Luego ya no se le ha ocurrido nada, o ha soltado una majadería, en el momento extremo.

–Oh sí, oh bueno. Siempre es temor. El que ansía ese final llamativo es porque teme no estar a la altura de su reputación, o de su grandeza, asignada por otros o por sí mismo a solas, qué más da. Aquel que siente el horror narrativo, según tus términos, como Dick Dearlove según tu criterio, teme que se le estropee la figura, o el cuento que se ha ido contando, tanto como el que se prepara un desenlace brillante y hasta teatral y hasta excéntrico, eso depende del carácter de cada uno y de la índole del borrón, que algunos confundirán con rúbrica, y la muerte es borrón siempre. Porque no es lo mismo matar a alguien que suicidarse que ser muerto por alguien. Ser verdugo que desesperado que víctima, ni víctima heroica que víctima estúpida. Dentro de lo malo de morir antes de tiempo, y además a lo bestia, a la Jayne Mansfield viva no le habría parecido desdeñable su leyenda de muerta, aunque sin duda habría preferido no llevar peluca en aquel viaje. Y no creo que vuestro Lorca ni aquel cineasta italiano rebelde y provocador, Pasolini, hubieran quedado insatisfechos del todo de la clase de borrón que les tocó en suerte, desde un punto de vista estético, o de nuevo narrativo si quieres. Eran artistas y eran algo exhibicionistas, y sus memorias se han visto beneficiadas por sus muertes injustas y violentas, casi asimilables al martirio, ¿no? Quiero decir por parte de los palurdos. Tú y yo sabemos que ni uno ni otro se sacrificaron por nada a conciencia, sólo tuvieron mala suerte.

Tupra había empleado dos veces la palabra 'chusma' y ahora hablaba de 'palurdos' (pero ya no recuerdo si lo que dijo fue 'boors' o yokels'). 'No debe de tener en mucho a la gente', pensé, 'para que le salgan esos vocablos con tanta facilidad y desenvoltura, y con desprecio natural, no subrayado. Aunque en el último esté incluyendo a personas cultas y cursis, desde biógrafos hasta periodistas, sociólogos, literatos e historiadores, a cuantos en efecto ven como mártires de causas políticas y aun sexuales a aquellos dos asesinados célebres, aún más célebres por sus asesinatos. Reresby no debe de considerar gran cosa la muerte, no le parecerá extraordinaria; tal vez por eso me ha preguntado por qué no se puede ir por ahí administrándola, quizá la juzgue un azar más yel azar él no lo niega ni lo detesta, ni requiere explicaciones para las cosas todas, a diferencia de la gente tonta, que necesita ver signos y concatenaciones y vínculos por todas partes. Puede que deteste tan poco el azar que no le_ importe fundirse en él de vez en cuando, y erigirse en Sir Deathcon su espada, y hacerse siervo del eficaz siervo. Él debió de ser un palurdo algún día, o mucho tiempo.'

–Tú no tienes en mucho a la gente, ¿verdad? —le dije—. Tú no tienes en mucho a la muerte. A la muerte de la gente.

Tupra se mojó los labios, no con la lengua sino con los propios labios, como si frotara uno con otro y eso bastara para humedecerlos, al fin y ai cabo eran muy carnosos y extensos y algo de saliva llevarían siempre. Luego bebió de su copa, tuve la sensación inquietante de que se relamía. Me ofreció licor de nuevo, ahora sí acepté, el paladar como con oblea o con un velo, me sirvió de la garrafa hasta que dije con la mano 'Basta'.

–Ahora por fin vas llegando —me contestó, y eso me hizo pensar otra vez que me conducía, hasta cuando era yo el que le pedía cuentas era él quien conducía. Mal acusado y mal testigo. Me miró con complacencia desde sus ojos azules o grises, desde sus pestañas como medias lunas, el fuego les prestaba brillo—. Ahora vas a volverme a hacer reproches, por qué he hecho lo que he hecho y todo eso. Eres de tu época, Jack, demasiado de tu época, y eso es lo peor que puede ser uno, porque se pasa mal si uno sufre por lo que sufren todos, no hay resquicio cuando todo el mundo está de acuerdo y ve lo mismo, y da importancia a las mismas cosas, y las mismas le parecen graves y las mismas insignificantes. En la unanimidad no hay claridad ni hay respiro, no hay ventilación, ni en el lugar común tan compartido. Uno tiene que salirse de eso para vivir mejor, más cómodo. También más de verdad, sin la adherencia del tiempo en el que ha nacido y en el que va a morir, nada oprime tanto, nada nubla como ese sello. Hoy se da enorme importancia a la muerte individual, se hace una falsa tragedia por cada persona que muere, más aún si es con violencia, más aún si es asesinada; aunque el pesar luego dure poco, y la condena: nadie viste ya de luto y eso es por algo, rápido el llanto pero más veloz el olvido. Hablo de nuestros países, claro, en otros sitios de la tierra no se ve así, qué remedio les queda, si en ellos tienen las muertes incorporadas al transcurrir del día. Pero aquí es cosa tremenda, en el instante al menos. Tal persona ha muerto, qué horrible desgracia; tantas se han estrellado o han volado por los aires, qué catástrofe, o qué infamia. Los políticos tienen que multiplicarse para asistir a funerales y entierros y no hacer de menos a nadie, el agudo dolor, o es el soberbio, los reclama como ornamento, porque consuelo no dan ni pueden darlo, es todo aparatosidad, aspaviento, vanidad y rango. De los vivos, el rango, pomposos y exagerados. Y sin embargo, si bien se piensa, ¿qué derecho tendríamos, cuál es el sentido de quejarnos y montar un drama con algo que ha visitado a todo bicho viviente para convertirlo en bicho muerto? ¿Qué puede haber tan grave en eso, en algo tan sumamente natural, tan corriente? Sucede en las mejores familias, ya sabes, desde hace siglos, y en las peores no digamos, con aún menos intervalos. Sucede además todo el rato y lo sabemos perfectamente, aunque finjamos asombrarnos, y asustarnos: cuenta los muertos que se mencionan en cualquier telediario, lee la lista de fallecimientos de cualquier periódico, en una sola ciudad, Madrid, Londres, esa lista es larga todos los días del año; mira las esquelas, y son muy pocos los que las ponen, mira las necrológicas, aun menos quienes las merecen, una infinitesimal minoría, pero no faltan ninguna mañana. Cuántos perecen cada fin de semana en las carreteras y cuántos han muerto en las incontables batallas. No siempre se vieron como hoy las pérdidas, a lo largo de la historia, o más bien casi nunca. Se estaba más familiarizado y también más conforme, se aceptaban el azar y la suerte, buena o mala, se admitía estar expuesto a ella a cada instante; la gente venía al mundo y desaparecía, era lo normal, a veces nada más entrar en él, la mortalidad infantil ha sido enorme hasta hace ochenta o setenta años, como la de las madres en el parto, se despedían del hijo nada más verle la cara, si les quedaban ganas, o les daba tiempo a tanto. Las plagas eran frecuentes y casi cualquier enfermedad mataba, de las que ahora ni nos enteramos o ni nos suenan los nombres; había hambrunas, había guerras continuas y además eran verdaderas, de lucha diaria y no esporádica como ahora, y los generales desdeñaban las bajas, los soldados caían y no pasaba gran cosa, sólo eran individuos para sí mismos, ni siquiera tanto para sus familias, no se libraba ni una de los cadáveres prematuros, era la regla; los gobernantes ponían cara de circunstancias y efectuaban nuevas levas, reclutaban más tropa y la enviaban al frente a seguir cayendo, casi nadie rechistaba. Se contaba con la muerte, Jack, no había tanto pánico a ella, no era una calamidad insuperable ni una tremenda injusticia; era lo que podía llegar y con frecuencia llegaba. Nos hemos hecho muy blandos, tenemos la piel muy fina, creemos que esto debe ser para siempre. Deberíamos estar acostumbrados a la provisionalidad, a lo contrario. Nos empeñamos en no estarlo, y por eso es tan fácil meternos miedo, ya lo has visto, basta con desenvainar una espada. Y así llevamos las de perder ante quienes todavía ven a los muertos como meros gajes del oficio, a los propios y a los ajenos, como accidentes del día. Ante los terroristas, por ejemplo, o ante los narcotraficantes de altura, o ante los mañosos multinacionales. Así que sí, Iago. —No me gustaba cuando me llamaba por el nombre del encizañador; me resonaba sucio, no me reconocía (yo, que me reconozco en tantos)—. Hace falta que algunos no tengamos en mucho a la muerte. A la muerte de la gente, como has dicho con escándalo, te lo he notado pese al tono neutro, buen disimulo pero insuficiente. Conviene que algunos nos salgamos de nuestra época y miremos como en tiempos más recios, los pasados y los futuros (porque volverán, te lo aseguro, aunque no sé si tú y yo los veremos), para que no nos pase colectivamente lo que dijo un poeta francés: 'Par délicatesse j'ai perdu ma vie’—Y se molestó en traducírmelo, ahí vi un restó del palurdo atrás dejado—: 'Por delicadeza he perdido la vida'.


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