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Veneno Y Sombra Y Adiós
  • Текст добавлен: 5 октября 2016, 20:32

Текст книги "Veneno Y Sombra Y Adiós"


Автор книги: Javier Marias



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'Para nada. Para imaginármelos. ¿Y qué viste?'

'Qué iba a ver, pues nada. Ella se saltó el semáforo en rojo al cruzar Mayor, tan apurada iba, como diez minutos tarde. Lo único que me llamó la atención fue que se había puesto a llover, y él, en vez de guarecerse en el portal (no tenía más que retroceder dos pasos), la esperaba fuera, mojándose. Quizá estaba allí para otear mejor, por la impaciencia.'

'O quizá para añadir motivos de reproche por el retraso', dije yo torcidamente, 'Así podría crearle aún peor conciencia, decirle que por su culpa se había empapado, o incluso resfriado. ¿Cómo la recibió? ¿Se abrazaron, le dio un beso, la cogió de la cintura?'

'Creo que no, que no se tocaron. Por la actitud y algún gesto me pareció que ella se apresuraba a excusarse, señaló hacia mi coche, le daba explicaciones, ¿qué importa eso?'

'¿Llegaste a verlos entrar?'

'Sí, justo antes de que se me pusiera en verde el semáforo. Ahora que me preguntas tanto, puede que él estuviera algo enfadado, porque entró antes que ella sin cederle el paso, Luisa iba detrás poniéndole una mano en el hombro, como si quisiera calmarlo o que se le fuera el disgusto; como todavía disculpándose.'

'Ya. Un tipo colérico, un artistoide, un histérico. Poco caballeroso, en todo caso.'

'Bueno, tampoco tanto, no sé, fue un momento. De caballeroso no va, desde luego. Bien vestido sí, con corbata siempre, muy clásico. Pero su éxito consiste, supongo, en que va más bien de rufianesco, eso atrae a muchas mujeres. A mí no, para nada, pero yo soy rara o es que ya he conocido a unos cuantos, y no compensan. Aquel día, con el pelo hacia atrás, todo mojado, resultaba un poco inquietante. Da la impresión de ser un hombre tenso, concentrado, con nervio, quiero decir en tensión permanente. De vista me pareció siempre algo sombrío. Cordial y seductor, pero sombrío.'

'¿Qué edad tiene?'

'No sé, ahora rondará los cincuenta, me imagino. Aunque aparenta menos.'

'Diez o doce años mayor que Luisa. Eso es malo, le tendrá autoridad, o influencia. ¿Sabes cómo se llama de nombre?'

'Esteban, creo. Espera. Sí, Esteban. Luisa lo ha llamado así alguna vez, aunque suele referirse a él más por el apellido, como si quisiera distanciarse o hacer ver que en realidad no es tan íntimo.' 'También yo llamo a la joven Pérez Nuix por su apellido', pensé, 'pero no es en absoluto el mismo caso.' 'Ya te he dicho, a ratos es como si le diera vergüenza tener un novio. Con hijos, después de ti, todo eso.'

'Esteban Custardoy. ¿No estás segura? ¿Como pintor no es conocido? Quiero decir, ¿su nombre no sale en los periódicos, no hace exposiciones y eso?'

'No, que yo sepa; pero tampoco me fijo, lo último que puede interesarme es la pintura contemporánea. Yo creo que es más copista. Luisa me mencionó que a veces le encargan cuadros del Prado y se pasa allí las horas muertas, estudiando y copiando. O de otros museos de fuera, y entonces viaja para verlos unos días al menos, a cualquier lugar de Europa. Ranz me dijo que había aprendido con el padre, Custardoy el viejo lo llamaban, que ya le hacía copias al suyo, al de Ranz me refiero. A él lo llamaban al principio Custardoy el joven. No sé si ahora.'

Me quedé callado un momento. Encendí un Karelias, me había traído diez paquetes, en Madrid no podría comprarlos.

'Hay algo que no casa mucho, Cristina. No me pega que Luisa tolere a un individuo que la maltrate, menos aún si lo ha conocido hace nada, hace unos meses. Si nuestras sospechas son ciertas, no le ha pegado una vez, sino dos. No entendería que aún lo viera y se acostara con él como si nada; que no hubiese cortado a la primera, no digamos a la segunda. Ayer mismo me lo negaba; en cierto modo lo protegía, o se protegía, quiero decir su relación con él, que nadie la toque ni se inmiscuya, que nadie se meta. Se puede comprender que yo sea el último con el que esté dispuesta a hablar de un novio, más aún si es problemático, y aunque le represente un peligro. Pero, ¿contigo? ¿Cómo te explicarías tanto aguante? Y encima en una mujer nada sumisa como ella'. Me di cuenta de que era la primera vez que lo decía y también que lo pensaba o me lo figuraba de veras, como algo real y regular, continuado:'... y se acostara con él como si nada', había salido de mi boca. Sí, claro, se acostaban, es una de las gracias de los noviazgos y es la costumbre. Pero eso no significa mucho, no por fuerza', me apresuré a pensar para rebajar la imaginación fugaz y las palabras; 'también yo me he acostado con Pérez Nuix y con otras y es casi como si no hubiera ocurrido. No están en mi pensamiento, no me acuerdo de ellas, o sólo de tarde en tarde y sin emoción alguna. Bueno, con Pérez Nuix es distinto, porque la veo a diario y cada vez que la veo me acuerdo o más bien lo sé, aunque mi polvo con ella fuera el más impersonal, cómo decir, casi a ciegas, casi anónimo, silente. También me acosté con otras mujeres regular y continuadamente, en el pasado, con Clare Bayes en Inglaterra sin ir más lejos, o con aquella novia en la Toscana a la que debo mi italiano. Y qué, son sólo datos de un archivo, registrados hechos que desde hace mucho no me condicionan ni influyen. No, eso no significa gran cosa, una vez que cesa. Lo único es que lo de Luisa está sucediendo y aún no ha cesado, y además le hace daño y nos amenaza a todos, a los cuatro.'

Ahora fue Cristina la que se quedó pensativa unos segundos. La oí resoplar al otro lado del hilo, quizá se había hartado ya de la charla o debía reanudar sus preparativos de viaje.

'Yo qué sé, Jaime. A lo mejor estamos equivocados y no le ha hecho nada, se dio contra un pivote y contra la puerta del garaje, una mala racha. Lo malo es que ni tú ni yo nos creemos eso. A mí me da que está empeñada en tirar adelante con él, por mucho que se haga la tonta o la distanciada, y en estos casos todo es posible, cuando alguien quiere querer no lo disuade nada circunstancial ni externo. Sólo el querido cuando rechaza su querer, y ni así a veces. La gente tiene mucho más aguante de lo que pensamos. Una vez enredadas, las personas lo aguantan casi todo, al menos durante un tiempo, lo sé por propia experiencia. Creen que podrán hacer cambiar lo malo, o que lo malo es pasajero. Y Luisa es paciente, tiene mucha correa, mira cuánto tardó en terminar contigo. Lo que no sé es por qué estamos hablando. Ella de momento no nos va a decir ni a contar nada, ya lo hemos visto. Ni siquiera podríamos intentar convencerla. No veo que nada esté en nuestra mano. Tengo que seguir con mis asuntos, Jaime, me voy mañana y esta conversación no nos lleva a ningún lado, aparte de a alimentarnos la preocupación mutuamente.' Me quedé callado, me quedé pensando en sus palabras: 'Una vez enredadas, las personas lo aguantan casi todo, al menos durante un tiempo'. 'Todo es cuestión de enredar al otro, de intervenir, de pedirle, de preguntar, exigirle. De hablar con él y entrometerse', seguí pensando y seguí callado. 'Jaime, ¿estás ahí?'

'Podríamos intentar convencerlo a él', dije entonces.

'¿A él? No lo conocemos, sobre todo tú. Vaya ocurrencia. Conmigo no cuentes. Además me voy mañana. Y si fueras a hablar tú con él, lo mismo se te reía en la cara o te soltaba un puñetazo, ¿no te das cuenta?, si efectivamente es un violento. ¿O es que le vas a ofrecer dinero para que se quite de en medio, como un padre antiguo? Bah, por lo que yo sé, ni siquiera lo necesita, trabaja para coleccionistas forrados. Luego le iría con el cuento a Luisa, y ya me dirás cómo ibas a justificarle a ella semejante intromisión en su vida, estáis separados. No te volvería a dirigir la palabra, eso lo sabes, ¿no? Te haces cargo.'

Pero tal vez nada de eso ocurriría con mi tentativa de convencimiento. De modo que hice caso omiso de sus objeciones y me limité a preguntarle, como si ahora no la hubiera oído:

'Aparte de la coleta, dime: ¿cómo es, qué aspecto tiene?'



Había aprendido de Reresby y Ure y Dundas y hasta me había contagiado algo de Tupra, pero todavía no era como él ni deseaba serlo, excepto en alguna ocasión suelta, aquella era una ocasión suelta. Tal vez no se pueda imitar a la gente tan sólo a ratos y a conveniencia, y para actuar una vez como el modelo —una vez única– antes deba asemejársele uno en todo momento y circunstancia, es decir, también a solas y cuando no le hace falta, y para eso hay que tener motivos más fuertes que los encontrados, esto es, que los que vienen de fuera y nos asaltan. Hay que tener una necesidad profunda, una íntima voluntad de cambio, no era mi caso. Me comporté como pensaba que él se habría comportado, inicialmente, pero llegó un instante en el que ya no estuve seguro o no supe imaginármelo, o preferí no estarlo o no me imaginé a mí mismo, y me entraron dudas, lo que él no debía de padecer casi nunca; y así volví a pensar que podría ayudarme, o al menos darme consejo y reafirmarme, o al menos no disuadirme. No lo llamé hasta entonces, cuando habían pasado ya unos días desde mi llegada y mi primera visita a los niños, mi robada visión de Luisa, mi encuentro con mi hermana y mi padre, mi conversación telefónica con mi cuñada Cristina Juárez, y tras haber dado unos pocos pasos en su estela imaginaria.

Empecé por consultar el listín y buscar aquel infrecuente apellido, Custardoy. Descubrí que me había quedado corto en mis suposiciones, porque no es que figuraran pocos, sino que en todo Madrid sólo había uno: vivía en la calle de Embajadores y por desgracia la inicial de su nombre no era la E de Esteban, sino una maldita R de Roberto, Ricardo, Raúl, Ramón o Ramiro, quién los quería. Estaría su número bajo otro nombre, acaso el de su casero si vivía en régimen de alquiler, aunque me parecía improbable que no poseyera casa o estudio propios, si le pagaban tan bien los coleccionistas, seguramente por falsificaciones con las que dar un cambiazo en una iglesia mal vigilada o que vender como auténticos a museos ingenuos y provinciales, ya había decidido que aquel hombre era un estafador, un corrupto, en mi composición de lugar, en mi pensamiento. También podía ser que apareciera bajo su segundo apellido, algunas personas recurren a eso para no ser muy molestadas, a él lo alterarían los timbrazos cuando trabajaba, le harían perder precisión, concentración, daría pinceladas erróneas o agujerearía el lienzo por los nervios, la pintura se le correría, era un artístico, quién sabía su segundo apellido, ni siquiera Luisa, probablemente. Llamé a Información por si acaso, y pregunté por un Custardoy en la calle Mayor, no tenían noticia de ninguno, sólo del de Embajadores de nuevo. Entonces me desplacé hasta el tramo breve de esa primera calle, el tramo más allá de Bailén y anterior al inicio de la Cuesta de la Vega y al inmediato parque, llamado de Atenas, que no conocía más que de atravesarlo en coche algún remoto día, y allí tuve suerte, porque sólo había dos portales y uno se correspondía con dependencias del Ayuntamiento cercano, deduje que sería el otro, el número 81. En el portero automático no figuraban nombres sino tan sólo los pisos, cuatro y un bajo. Era casi la hora de comer —un mal cálculo mío– y la enorme puerta de madera historiada estaba cerrada, luego no pude saber si además había portero de carne y hueso al que preguntar en otro momento. Pensé en llamar a un par de timbres e inquirir por Custardoy, pero si por casualidad acertaba y me contestaba él en persona, furioso por la inesperada interrupción de sus fraudulencias, tendría que improvisar algún invento, decir que le traía un telegrama y no subir luego, cuando me abriera, los empleados de Correos son informales e incomprensibles, se quedaría un rato aguardando, lanzaría maldiciones y se olvidaría en seguida, reclamado por su arte falso. Probé con un timbre cualquiera y no respondió nadie. Probé con un segundo y al cabo de un rato oí la voz de una señora.

'¿Don Esteban Custardoy, por favor?', dije.

'¿Quién dice?' Era una señora de cierta edad, sin duda.

'Cus-tar-doy', lo pronuncié lento y claro. 'Don Es-te-ban.'

'No, aquí no es.'

'Me habré equivocado de piso. ¿Sería tan amable de decirme cuál es, señora? Le traigo un telegrama.'

'¿Me trae un telegrama? ¿De quién? Aquí no recibimos telegramas.'

'A usted no, señora.' Me di cuenta de que con ella no llegaría a ninguna parte. 'Es para su vecino, el señor Custardoy. ¿Qué piso es, si me hace el favor?'

'¿Aquí? Es el segundo derecha', contestó. 'Pero no hay ningún Bujaraloz, se ha equivocado.' Siempre suenan fatal esos telefonillos, pero aquella mujer, además, debía de ser aragonesa y sorda, como Goya, para que le saliera tan fluido y fácil el nombre de ese pueblo zaragozano no tan famoso, Bujaraloz. Me disculpé y le di las gracias, lo dejé estar.

Me atreví a probar con un tercer timbre y no hubo respuesta, la gente sale a almorzar fuera como loca en Madrid. Aún probé con un cuarto, y al instante oí otra voz femenina, era más joven y esperanzadora.

'¿Esteban Buscató?', me dijo. Aquel era el apellido de un antiguo jugador de baloncesto, sería aficionada, pensé. 'No, no lo conozco, no me suena que viva aquí.' Se oían crujidos y un mar de fondo, era como si tuviera una caracola pegada al oído y hubiera por allí un barco a punto de naufragar.

'Es Custardoy', repetí. 'Cus-tar-doy. Un señor que es pintor, quizá pueda decirme en qué piso vive o tiene su estudio. Es pintor, el pintor.'

'Aquí no hemos pedido ningún pintor.'

'No, yo no soy el pintor, señora', insistí ya con poca fe. 'Traigo un telegrama para el señor Custardoy. Éles el pintor. ¿No le suena que viva un pintor aquí? Un pintor, no de brocha, sino como Goya, ¿no le suena?'

'Sí, claro que me suena Goya. Es el de La maja' Y sonó un poco ofendida. 'Pero, como puede usted imaginar, no vive aquí. Ni en ningún otro sitio, no sé si se ha enterado de que ya murió.'

Maldije para mis adentros el extraño apellido del falsificador y abandoné. No podía estarme allí tanto rato, llamando a todos los timbres, o lo haría en otra ocasión (de dos en dos, no debía abusar), o regresaría a otra hora en la que pudiera estar el portero humano, si es que lo había. De todas formas se me ocurrió que quizá Custardoy hubiera alquilado o comprado su piso o estudio bajo un nombre falso, como correspondería a un delincuente, o bien con su verdadero nombre y que Custardoy fuera un pseudónimo. En ninguno de esos dos casos nadie de aquella casa sabría darme razón de él.

No se me escapaba que Tupra, ante semejante fracaso parcial (tenía la casi seguridad del edificio, lo cual ya era mucho, pero había de cerciorarme y averiguar piso y puerta), no habría tenido reparo en apostarse frente a mi casa desde temprano —esto es, frente a la de Luisa—, esperar a verla salir y seguirla cuantas veces hiciera falta, en la certidumbre de que en alguna de ellas se dirigiría hacia aquella zona del Palacio Real y el adefesio catedralicio, de la Cuesta de la Vega y el Parque de Atenas, de los Jardines de Sabatini y el Campo del Moro, del Viaducto y las Vistillas o lo que quedara de ellas, había leído que entre el Ayuntamiento y la Iglesia planeaban cargárselas para sacar buen provecho al terreno con oficinas episcopales o viviendas semiclericales o un aparcamiento o algo así; hacia el Madrid de los Austrias, que se mezclaba con el de Carlos III, hasta desembocar en aquél u otro portal. Pero yo sí tenía reparo. No era sólo que seguirla a escondidas me pareciera mal, o ruin, sino que sobre todo temía ser descubierto y entonces todos mis planes se vendrían abajo: ella se pondría alerta, se enfadaría a buen seguro y me prohibiría entrometerme en cualquier aspecto o rincón de su vida, yo ya no podría hablar con Custardoy ni influirle sin que ella me atribuyera el resultado o el cambio, me culparía de la deseable ruptura o retirada del estafador y no me volvería a dirigir la palabra, como había vaticinado su hermana: si no ya nunca, durante largo tiempo. Había de salvarla sin que sospechara mi intervención, o lo menos posible. Algo se maliciaría siempre, por la coincidencia de mi estancia en la ciudad: justo cuando yo aparecía o poco después, su novio haría mutis, era demasiada casualidad y se quedaría con el convencimiento de que yo había tenido algo que ver. Pero si lo hacía bien y sin exponerme ante ella, sería un convencimiento sin pruebas ni tan siquiera indicios, y esos suelen debilitarse pronto, para acabar arrojados a la bolsa de las suspicacias y las figuraciones.

Durante los días siguientes visité o saqué por ahí a los niños lo más que pude, cruzándome en alguna ocasión con Luisa, al recogerlos o devolverlos, y en la mayoría no, sólo con la canguro polaca. Evité remolonear, como había hecho la primera noche; evité preguntarle a Luisa más por su golpe, o a lo más que me atrevía era a comentarios laterales y neutros: 'Veo que eso ya va mejor, a ver si tienes más cuidado'. Tampoco insistí en que quedáramos a solas un día, en que saliéramos a cenar y a charlar con tranquilidad, era preferible no verla apenas durante aquella estancia y lograr arrancarla de la relación siniestra en que se había metido, aunque ella no la considerara así o la atrajera, aún peor. Y en el caso de que llegara a extrañarse por mi falta de insistencia, siempre podría decirle con caballerosidad: 'Eres tú la más ocupada aquí. Yo estoy sólo de paso, soy casi un turista. He juzgado lo más correcto dejarte la iniciativa a ti. Además voy a ver a menudo a mi padre, que no está bien. Te envía sus saludos, pregunta por ti'. Así que procuré apartarme, no coincidir más que cuando en verdad coincidiera, no hacerme muy visible ni el encontradizo, como habría sido mi tentación y tendencia de no haberme sentido con aquella tarea imprevista, concreta, urgente, vital, nada más llegar a Madrid. No es que me resultara fácil guardar una actitud tan discreta, sobre todo porque pasaron los días de la primera semana sin que Luisa pareciera lamentar desaprovecharme ni —lo más hiriente– mostrara curiosidad por mi vida en Londres ni por el que yo era allí, por saber a quién trataba ni si me había convertido en otro, aunque fuera superficialmente, ni por mi actual trabajo del que por teléfono le había contado tan poco, hasta el punto de más bien rehuir sus ocasionales preguntas, quizá hechas perfunctoriamente y por educación, pero preguntas al fin. Ahora no había ninguna de ninguna clase, ni buscaba la oportunidad de formulármelas: durante aquella primera semana no partió de ella nada, ni vernos ni encontrarnos ni salir a almorzar, ni invitarme a quedarme un rato en la casa, a cenar o a tomar una copa en su compañía, cuando yo traía a Guillermo y Marina al atardecer tras haberlos llevado al cine o al Retiro o a cualquier otro lugar. Era como si no tuviera casi espacio mental para ocuparse de nada que no fuera su relación con Custardoy, o eso era lo que yo suponía que se lo llenaría entero, qué otra cosa podía ser. La veía embebida, enfrascada. Pero no era el enfrascamiento propio de la mera ilusión, ni de la plenitud. Tampoco el de la simple zozobra o el tormento o la angustia, sino el de quien está esforzándose por comprender, o por desentrañar.

Y en efecto vi a mi padre, y a mis hermanos y a unos pocos amigos, y fui a librerías de viejo y paseé. A uno de aquellos libreros le compré un regalo para Sir Peter, un gran libro de carteles propagandísticos de nuestra Guerra Civil, vi que se reproducían unos cuantos con el mismo motivo de lo que en su país se llamó 'careless talk'o 'conversación imprudente', con advertencias muy similares, a mí me sonaba haber visto algunos españoles con anterioridad y a él no, le gustaría conocer el precedente y a la señora Berry también. Tenía que ir a visitarlo sin falta, nada más regresar. Y volví por aquella zona, por la de Custardoy, y miré el portal de su casa o estudio de la calle Mayor desde la acera de enfrente una mañana. El portal seguía cerrado, luego era posible que no hubiera portero o que tuviera horarios breves o perezosos o excéntricos. Finalmente había decidido no preguntarle en todo caso, si coincidía con él: más valía que nadie me viera ni me pudiera identificar, menos aún asociar con Custardoy. Si me interesaba a cara descubierta por aquel copista y falsificador, podía quedar ya vendido según lo que después se diera entre él y yo, nunca se sabe cuando dos hombres se encaran y además discuten, cuando uno intenta sacarle algo al otro, o exigírselo, u obligarlo o convencerlo o disuadirlo o ahuyentarlo. Desde el lateral de la abominable Almudena miré hacia arriba, hacia los balcones, en la peregrina idea de tener la gran suerte de que mientras yo estaba allí Custardoy fuera a asomarse al suyo, lo reconocería por la coleta y por la desganada descripción de Cristina, y sabría entonces, sin más esfuerzo ni indagación, en qué piso trabajaba o vivía. Había balcones en los tres primeros pisos y en el cuarto sólo ventanas, parecía un poco abuhardillado. Los balcones del que quedaba sobre el enorme portón eran de piedra, con columnitas, los de los dos siguientes de hierro forjado con filigranas, todos con contraventanas de tablillas que estaban abiertas, señal de que todo estaba habitado y ningún vecino ausente o de viaje, Custardoy en la ciudad. Observé cada balcón y cada ventana, tratando de asimilar —más que de imaginar, eso me parecía un ejercicio desagradable y superfluo– que tras alguno de ellos Luisa y Custardoy se encontraban y se acostaban, reían y hablaban, se relataban su día, quizá discutían y él le soltaba un guantazo en la mejilla con la mano abierta o un puñetazo en el ojo con la mano cerrada. Tenía que ser iracundo aquel individuo, o tal vez no, tal vez era frío y lo hacía con cálculo, para advertirle pronto, y para recordarle, de qué y de cuánto era capaz. Y podía ser que alguna noche mi mujer saliera por aquel historiado portal que tenía enfrente, tiritando de miedo y de excitación, espantada y a la vez cautiva. No, no me gustaba aquel tipo, cuanto sabía de él y cuanto imaginaba.

También me dio por acercarme por las mañanas al Museo del Prado, antes de cualquier otro paso y nada más desayunar, no tenía más que cruzar una calle desde mi hotel. No era sólo que lo disfrutara y que ahora llevara mucho tiempo sin asomarme al lugar. También tenía presente la frase de mi cuñada Cristina relativa a Custardoy: '...a veces le encargan cuadros del Prado y se pasa allí las horas muertas, estudiando y copiando'. De modo que lo primero que hice, el primer día que entré en el Museo y antes de dirigir mi vista hacia pintura alguna, fue recorrerlo de arriba abajo y de punta a punta fijándome en cuantos copistas trabajaban allí, buscando a un hombre de unos cincuenta años, con coleta en el pelo y éste echado hacia atrás, dispuesto a pasarse las horas muertas delante de algún cuadro por él no elegido, bueno, regular o malo. No hace falta decir que no vi a ninguno de esas características, sino que aún es más, la mayoría eran mujeres bastante jóvenes, aunque no todas tanto como para ser estudiantes de Bellas Artes sin excepción. Quizá sea uno más de los oficios de los que la población femenina se ha apropiado y hace bien, el de copista como el de restaurador. Tampoco el segundo día vi a nadie así. Hice el mismo recorrido previo, aunque ya con menos fe o superstición: esa tarea es tan lenta que lo más probable era que allí siguieran sólo los de la jornada anterior, como así me pareció; habría sido una casualidad extraordinaria que Custardoy diera comienzo a una de sus copias o falsificaciones entonces, justo en aquella fecha en la que yo estaba allí, y tan alerta. Eso no me fue obstáculo, sin embargo, para mantener la costumbre en mis posteriores visitas, y antes de nada recorría siempre a buen paso todas las salas, mirando con detenimiento a las personas —no muchas– que, sentadas ante sus caballetes o alguna de pie, se afanaban en reproducir lo que tenían ante sus ojos, lo ya existente, y por lo general mejor pintado varios siglos atrás.

Al quinto día me levanté a las tantas, tras una noche de relativa farra con viejos amigos de la ciudad, y sólo me acerqué al Prado, por tanto, hacia la una del mediodía, unas dos horas más tarde de lo habitual. Quería mirar algunas salas de italianos que hacía años que no veía, y como los responsables de ese Museo tienen la ridícula manía de cambiarlo todo de sitio cada poco tiempo —como si rigieran un supermercado– ypreveía que me llevaría un rato dar con la actual ubicación de aquellos cuadros, prescindí de mi caminata preliminar o inspección de los copistas. Y fue allí y entonces, en una de aquellas salas grandes y alargadas del piso de abajo, cuando al pasar vi a un sujeto con breve coleta de piratería o taurina que no estaba copiando nada, pero que tomaba notas o hacía esbozos a lápiz delante de una pintura, en un cuaderno de apreciable tamaño, aunque no tanto como para no poder sujetarlo con la otra mano. El hombre estaba de pie, bastante cerca del óleo y por lo tanto de espaldas a mí o a cualquiera que no se hubiera puesto a su altura o hubiera decidido entorpecer su visión. Yo estaba en mi derecho práctico a ambas cosas, no son pocas las ocasiones en que hoy en día los turistas groseros —casi una redundancia– o los groseros nativos de cualquier ciudad se interponen sin la menor paciencia ni miramiento entre un cuadro y su espectador, y aun le dan a éste un par de codazos escasamente disimulados para que se aparte y ocupar su sitio más centrado, el estilo del mundo del que hablaba Tupra se ha hecho maleducado y en España más, aunque de hecho se trate de un fenómeno cuasi universal. Yo me mantuve a cierta distancia, y no sólo para no incurrir en eso. En principio lo observé desde detrás, pero así como a su derecha no había espacio sino un cordón y la pared lateral, a la izquierda del cuadro había una puerta alta y a la izquierda de ésta otro cuadro (eran los dos únicos de la pared del fondo), de modo que me desplacé precavidamente hacia aquel lado, para adquirir la mayor perspectiva posible de su perfil, procurando no entrar, eso sí, o lo mínimo, en su campo visual. En seguida comprendí que no debía preocuparme apenas por esto último, él estaba muy concentrado en el cuadro y en su cuaderno de dibujante, hacía oscilar los ojos del uno al otro con gran rapidez, sin atención para nada más, ni siquiera lo distraía el continuo tráfico de la turistada, eminentemente italiana allí (iban a admirar las obras de sus connacionales antiguos), la cual, curiosamente, no se empeñaba en agolparse donde estaba él y mirar lo que él miraba importunándolo, sino que, al verlo tan absorto y trabajador, seguía de largo sin detenerse ante aquel óleo, como si se sintiera intimidada por la figura inmóvil y tensa y estuviera dispuesta a cedérselo para su exclusivo y momentáneo usufructo. Vi que lucía bigote y patillas no muy largas, pero algo más de lo que hoy es normal, o quizá resultaban llamativas porque, así como su pelo era liso y rubiáceo en conjunto y sin visibles canas, esas patillas se veían rizadas y mucho más oscuras, casi negras pero también más entreveradas de blanco y gris, como si la vejez hubiera decidido empezar su tarea por los flancos, dejando la clara cúpula para después. Era bastante alto y delgado, quizá con un poco de acumulada cerveza en torno a la cintura, pero la impresión general era de un tipo enjuto y huesudo, y lo que lograba adivinar de los pómulos y la amplia frente acentuaba esa impresión, lo mismo que su mano derecha, la que mostraba activa y veloz, de dedos largos y fuertes como los de un pianista profesional; en realidad dedos como teclas que infunden temor. Al no poder mirarlo de frente, y no verle por tanto los ojos ni los labios ni la dentadura ni la expresión (la nariz sí, de perfil), me resultaba imposible interpretarlo, quiero decir de la manera en que lo hacía en el edificio sin nombre con tantos rostros famosos o desconocidos, a los que sin embargo casi siempre oía hablar, tanto en persona como en los vídeos. Por lo que alcanzaba a distinguir (lo más que se me ofrecía era el lado izquierdo, cuando fingía contemplar el otro cuadro separado del suyo por la elevada puerta y me atrevía a colocarme a su altura, protegido por la distancia), todo podía coincidir, o nada entraba en contradicción, con la perezosa pero a la postre precisa descripción que Cristina me había hecho de Custardoy. Le había preguntado por su aspecto sólo al final, cuando ella ya estaba cansada y con prisas por acabar. 'No sé', había contestado, 'un tipo huesudo o todo nervio, con una nariz larga como de cantante agitanado, ¿sabes Ketama?' (me sonaba que era un grupo musical semiflamenco), 'y unos ojos raros negros, no sé decirte en qué consiste, pero tienen algo raro, singular, poco grato para mí. A veces lleva bigote y a veces no, como que se lo afeita y se lo deja crecer o algo así, lo he visto con él y sin él.' '¿Y qué más? Dime más', la había instado yo, como me instaban a mí Tupra o Mulryan o Rendel o Pérez Nuix en las sesiones, uno más que los otros. 'Nada más. No sé. Ten en cuenta que lo conozco sólo de vista. Me lo he ido encontrando durante años aquí y allá, sé quién es y he oído hablar de él como de tanta otra gente (bueno, hasta lo de Luisa, ahora más). Pero nunca hemos sido presentados, que yo recuerde, jamás lo he tenido muy cerca ni he cruzado una palabra con él.' 'En algo más te habrás fijado', le había insistido yo, sabedor de que si uno estruja siempre acaba por salir eso, algo más. 'Bueno, ya te he dicho que siempre va con corbata, como si quisiera compensar la pinta algo bohemia que le dan la coleta y ese bigote a medio crecer con que lo he visto a veces: un contraste, una originalidad. Viste muy correcto, muy clásico, aspira a ser elegante, supongo, no llega a tanto. Quizá eso le sea incompatible con la cara tan salaz que tiene, no sé cómo explicártelo, una de esas caras que despiden sexualidad, una exageración, puede que sea por eso por lo que tiene éxito en parte, se le huele. Nada más verlo de lejos, uno ya sabe por dónde va. Al menos siendo mujer. Te mira con descaro, te mide. Te repasa en un santiamén, de la cabeza a los píes, deteniéndose sin disimulo en los pechos y en el culo, si estás sentada en los muslos. Se lo he visto hacer con muchas mujeres en Chicote y en el Cock, hace años, según entraban; y alguna vez, a distancia, me lo ha hecho también a mí, le da lo mismo que vayas acompañada o no. No debí de atraerlo mucho o vio que a mí su estilo no me va, nunca se me aproximó en ningún local. Según dice Ranz, él sabe en seguida dónde hay una presa y dónde no, y aún más rápido sabe si le interesa hincarle el diente o si le da completamente igual.' Me había molestado pensar que en Luisa sí había visto una presa y que la habría calado al instante, nada más echarle el ojo, vista la actual situación. Y a continuación no había podido evitar preguntarme si también habría percibido lo mismo de haberse producido su encuentro cuando ella y yo estábamos juntos. El siguiente pensamiento había sido aún peor: no era imposible que se hubieran conocido antes de mi salida de casa y de mi marcha a Londres, antes de nuestra separación. Ya no aguanté pensar más, ahí lo dejé.


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