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Veneno Y Sombra Y Adiós
  • Текст добавлен: 5 октября 2016, 20:32

Текст книги "Veneno Y Sombra Y Adiós"


Автор книги: Javier Marias



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Le miré los pies, los zapatos, como había hecho en uno de nuestros iniciales encuentros, temiendo que calzara cualquier aberración, botas cortas de color verde, piel de caimán como el Mariscal Bonanza, o hasta zuecos. No era así, llevaba siempre elegantes zapatos marrones o negros, con cordones, en modo alguno eran de palurdo, sólo resultaban dudosos los chalecos de los que rara vez prescindía, si bien se los veía más anticuados o fechados que nada, como un vestigio de los años setenta en los que él habría comenzado a asomarse a la vida en serio, quiero decir con verdadero conocimiento de causa y responsabilidades, o con sentido cabal de sus opciones. Había en él algo disonante, de todas formas: con su trabajo^ con sus gestos, con su entorno, su acento, hasta con su propia casa tan de inglés acomodado, tan de manual o de película cara, o de ilustración de cuento. Quizá eran los abundantes rizos sobre el abultado cráneo, o los caracolillos de las sienes aparentemente tintados, quizá la boca mullida y como carente de consistencia, un chicle aún no endurecido. Sin duda parecía atractivo a mucha gente, pese al elemento repulsivo en él, nunca sabía identificarlo del todo, aislarlo con exactitud, señalarlo, puede que no dependiera de un rasgo y que fuera más bien el conjunto. Quizá lo veía yo sólo, las mujeres no debían de captarlo. Ni siquiera las perspicaces como Pérez Nuix, acostumbrada a percibirlo y adivinarlo todo, con la que seguramente se había acostado. Eso tendríamos ya en común, Tupra y yo, o era yo y Reresby. O Ure, o Dundas.

–Y en vista de eso te permites darle una paliza y un susto de muerte a un pobre idiota inofensivo, y además con mi ayuda; si llego a saber lo que le preparabas. Por nada, porque sí, porque no hay que tener en mucho a la muerte. No puedo estar más en desacuerdo. Creo que ese verso es de Rimbaud —añadí para acomplejado, ya me había comido demasiado terreno. Me arriesgué, no estaba seguro en absoluto.

Pero él no atendió al dato; yo era culto, conocía lenguas, había enseñado en Oxford en el pasado, no me concedió ningún mérito. Quémennos, que yo reconociera una cita. Rió con sequedad, una sola vez, como si imitara amargura.

–No hay nadie inofensivo, Jack. Nadie —dijo—. Y no pareces tener en cuenta que la culpa ha sido tuya. Piénsalo un poco.

–¿Qué quieres decir? ¿Por haberle dejado acercarse, congeniar con la señora? Ella estaba deseando ser cortejada, por el primer mameluco, por quien fuese. No te remontes tan lejos. Tú mismo me lo advertiste. —Se me había quedado rondando la palabra desde que me la confirmó Manola en italiano, y las palabras no se disipan hasta que uno las suelta cuantas veces haga falta. Claro que en inglés sonaba más rebuscada, 'mameluke'e inapropiada, ni siquiera tiene nuestro más frecuente significado.

–No sólo por eso. Te pedí que los encontraras, que trajeras a Flavia de vuelta, que no te entretuvieras y que quitaras de en medio a ese Garza. No fuiste capaz de hacerlo. Tuve que ir yo en vuestra busca y arreglarlo. Y todavía te quejas. Para cuando di con ellos, Mrs Manoia ya tenía la mejilla marcada. Si yo no me hubiera ocupado, la cosa habría sido peor, no conoces al marido, yo sí. No podía limitarme a hacer que expulsaran al español de mierda. —Pensé que se olvidaba a veces de que yo también lo era, español, tal vez de mierda. Con una señal, con una herida en la cara de Flavia, eso a él no le habría bastado. Se habría ido por tu amigo y le habría arrancado un brazo con suerte, si es que no la cabeza. Me reprochas estupideces sin la menor importancia, vives en un mundo minúsculo que apenas existe, a resguardo de la violencia que ha sido la norma en todo tiempo y lo es en casi todas partes, es como tomar un interludio por la función entera, no tenéis ni idea, los que nunca salís de esta época ni de estos países nuestros en los que hasta anteayer mandó también la violencia. Lo que hice no fue nada. El mal menor. Y por tu culpa.

El mal menor. Así que Tupra pertenecía a esos hombres inconfundibles que siempre han existido y que también conozco en mi tiempo, son siempre tantos. A los que se justifican diciendo: 'Fue necesario y evité así un mal mayor, o eso creía; otros se habrían encargado de hacer lo mismo, sólo que con mucha más crueldad y más daño. Maté a uno para que no mataran a diez, y a diez para que no mataran a cien, no me corresponde el castigo, sino que merezco un premio'. O bien a los que responden: 'Fue necesario, defendía a mi Dios, a mi Rey, mi patria, mi cultura, mi raza; mi bandera, mi leyenda, mi lengua, mi clase, mi espacio; mi honor, a los míos, mi caja fuerte, mi monedero y mis calcetines. Y en resumen, tuve miedo'. El miedo, que exculpa tanto como el amor, del que es tan fácil decir y creer 'Es más fuerte que yo, no está en mi mano evitarlo', o que permite recurrir a la frase 'Es que yo te quiero tanto', como explicación de los actos, como coartada o disculpa o atenuante. Quizá pertenecía incluso a los que aducirían: 'Ah no, fue la época, quien no la haya vivido no puede entenderlo. Ah no, fue el lugar, era malsano, era oprimente, quien no haya estado allí no puede ni figurarse nuestra enajenación y su hechizo'. No sería, en cambio, al menos, de los que escurrirían todo el bulto, él nunca pronunciaría estas otras palabras: 'Oh no, yo no quería, yo fui ajeno, ocurrió sin mi voluntad, como en las humaredas tortuosas del sueño, eso fue cosa de mi vida teórica o entre paréntesis, de la que en realidad no cuenta, no pasó más que a medias y sin mi consentimiento pleno'. No, Tupra no llegaría a esa bajeza a la que yo sí he llegado a vecces ,para contarme algunos pasos. Pero entonces preferí no adentrarme en estos aspectos, sino que contesté a lo último que me había dicho:

–Yo trabajo para ti, Bertram, pero en lo que trabajo. No me pidas más. Yo estoy para interpretar y dar informes, no para reducir a gañanes borrachos. Ni siquiera para entretener a señoras declinantes, y clavármelas hasta el esternón en el pecho.

Tupra no podía evitar que le hiciera gracia lo que se la hacía. Hasta ahora no nos habíamos dado ocasión de comentar el suplicio, menos aún de reírnos, o él de mí, por mi mala suerte y mi estoicismo imperfecto.

–Picos duros, ¿eh? —Y soltó una carcajada sincera—. Ni loco habría aceptado yo su invitación al baile, con esos bastiones. —Dijo 'bulwarks’quizá sería más ceñida su traducción por 'baluartes'.

Lo había logrado otra vez. También a mí me hace gracia lo que me la hace. No pude reprimir la risa, el enfado se deshizo momentáneamente, o se aplazó cuando ya no tocaba. Durante unos segundos reímos los dos a la vez, juntos, sin dilación ni adelanto, con la risa que une a los hombres desinteresadamente entre sí y que suspende o disuelve sus diferencias. Lo cual significaba que, pese a mi cabreo y a mi aprensión en aumento —o era ya malestar, aversión, repugnancia—, yo no le había retirado la mía del todo. Quizá llevaba camino de racionársela, pero no me había sustraído aún a ella ni se la había negado. No del todo, aún, la risa.



Tendríamos eso en común, habernos acostado con la joven Pérez Nuix ambos, estaba casi seguro aunque no se me había ocurrido preguntárselo, a él ni aún menos a ella, y eso que compartir una cama despiertos marca arbitrariamente la frontera entre la discreción y la confianza, entre el secreto y las revelaciones, entre el deferente silencio y las preguntas con sus respuestas o con sus evasivas a veces, como si entrar en el cuerpo de otro con brevedad suprimiera, además de las físicas, otras barreras de paso: biográficas, sentimentales, sin duda las del disimulo o la precaución o reserva, es algo absurdo que dos personas, tras enlazarse, se sientan más facultadas o impunes para indagar en la vida y los pensamientos del que estuvo encima o debajo, o en pie de espaldas o de frente si la cama no hizo falta, o para relatarlos prolijamente, verbosos y hasta abstraídos, hay quienes follan con alguien sólo para rajar luego a destajo, como si se hubieran ganado una patente en el entrecruzamiento. Eso me ha molestado a menudo en mis aventuras ocasionales, de una sola noche o mañana o tarde, y todas son así en primera instancia, mientras la repetición no se aparece, todas son así cuando se inauguran y no se sabe si se clausurarán acto seguido, o lo sabe una de las partes, al instante lo sabe y se lo calla educadamente y da lugar al malentendido (la educación es un veneno, nos pierde); finge que eso no va a interrumpirse en seguida, sino que en efecto algo se ha abierto que no tiene por qué cerrarse, y entonces a lo que da pie es a un gran engorro. Y a veces lo sabe uno antes incluso de la entrada en el nuevo cuerpo, sabe que quiere probar sólo esa vez, cerciorarse, quizá jactarse para sus adentros o escandalizarse de sí mismo, y hasta puede que anotar el dato con vistas a rememorarlo o es más bien a recordarlo; o aún más tenue, a tener constancia: 'Esto ha ocurrido en mi vida', podrá decirse uno ya siempre, sobre todo en la vejez o en la edad madura, cuando el pasado invade mucho el presente y éste, desinteresado o escéptico, mira rara vez ya hacia adelante.

Sí, me ha fastidiado a menudo que luego me hayan expuesto sus características e interioridades, que me hayan dibujado un retrato de sus personalidades, desviado inevitablemente, o que hayan intentado singularizarme ('Nunca me había pasado esto con ningún hombre'), en parte para halagarme y en parte para salvar su reputación que nadie había puesto en entredicho. Me ha irritado que a partir de ese momento se hayan movido por mi casa, si en ella estábamos, con excesiva familiaridad o soltura y actitud apropiativa ('¿Dónde tienes el café?', por ejemplo, dando por sentado que yo guardaba café y que podían hacérselo ellas directamente; o bien 'Voy al cuarto de baño', en vez de preguntar si pueden ir a él, como habrían hecho un rato antes, aún vestidas o sin todavía ensartarse; una exageración, este verbo). Me ha sublevado que se hayan dispuesto a dormir una noche entera en mi cama sin ni siquiera consultármelo, dando por descontado que quedaban invitadas a demorarse en sus sábanas por haber yacido sobre su colcha un rato o haber apoyado las manos en ella para procurarse equilibrio mientras permanecían de pie, inclinadas, de espaldas a mí, more ferarum, subida la falda, los tacones firmes de los zapatos puestos. Me ha airado que uno o dos días después se presentaran sin avisar en mi casa, para saludar cariñosa y espontáneamente, pero en realidad para repetir con premeditación y asentarse, con la seguridad infundada de que les franquearía el paso y les dedicaría tiempo a cualquier hora y en cualquier circunstancia, estuviese o no atareado, acompañado o no de otras visitas, contento o arrepentido (pero más probablemente olvidado) de haberles permitido poner pie ayer en mi territorio. Deseoso de estar solo o echando de menos a Luisa. Y me ha reventado que me llamaran por teléfono más tarde diciendo 'Hola, soy yo', como si el trato carnal ya pretérito confiriera exclusividad o unicidad, o acentuara la identidad, o garantizara un alto grado de ocupación de mis pensamientos, o me obligara a reconocer una voz de la que acaso —eso con suerte– brotó sólo un gemido, o unos cuantos educadamente.

Pero lo que más me ha enfurecido, a veces, ha sido sentirme en deuda (absurdamente, en estos tiempos) por haberme acostado con ellas. Sin duda un vestigio de mi época de infancia, cuando aún se consideraba que el interés y la insistencia venían del varón siempre y que la mujer cedía, o aún es más, concedía u otorgaba, y era ella la que hacía un regalo valioso o un favor grande. No siempre, pero con demasiada frecuencia, me he juzgado artífice o responsable último de lo habido entre ellas y yo, aunque yo no lo hubiera buscado ni anticipado —si es que no lo he visto venir en la mayoría de las ocasiones, no me lo he maliciado—, y he supuesto que lo lamentarían nada más concluirlo y yo retirarme o hacerme a un lado, o mientras se volvían a vestir o se alisaban la ropa y se la enderezaban (hubo una casada que me solicitó una plancha: hecha un acordeón su ceñida falda, marchaba directamente a una cena de matrimonios muy finos sin poder pasar antes por casa; le presté mi buena plancha y salió muy ufana, su prenda silenciosa y sin huella de sus avatares), o si no más adelante, cuando se quedaran a solas y meditabundas, o rememorativas, mirando la misma luna a la que yo no haría caso, desde sus ventanas sentidas como nupciales de pronto, en la duermevela de la madrugada.

Y así he tenido a menudo el impulso de compensarlas en el instante, mostrándome delicado, paciente o propenso a escucharlas; atendiendo suavemente a sus cuitas o sosteniéndoles su cháchara; velando su desconocido sueño o haciéndoles caricias que no venían a cuento y que a mí no me salían, pero que me sacaba; fraguando enrevesadas excusas para irme de sus casas antes del amanecer, como un vampiro, o para salir de la mía en plena noche y darles así a entender que no podían pernoctar en ella y que debían vestirse y acompañarme abajo y conducir sus coches o coger un taxi (y he pagado de antemano al chófer), en lugar de confesarles que ahora ya no quería seguir viéndolas más, ni oyéndolas, ni respirar adormecido a su lado. Y alguna vez el impulso ha sido de recompensarlas, simbólica y ridículamente, y entonces les he improvisado un regalo o les he preparado un buen desayuno si la hora llegaba y nos encontraba aún juntos, o he accedido a un deseo que estuviera a mi alcance cumplirles y que hubieran expresado no a mí sino al aire, o a una petición sí a mí, pero implícita o no formulada, o lo bastante distanciada en el tiempo para no resultar asociable, o sólo si uno se empeñaba en vincular verbo con carne. No, en cambio, si la petición era explícita y cercana, porque en esos casos no he logrado sustraerme a una desagradable sensación de transacción o de cambalache, que falsificaba el conjunto y lo tornaba sórdido, o de hecho lo suprimía, como si no hubiera sucedido.

Quizá por eso Pérez Nuix me pidió su favor mucho antes, cuando aún no había pasado por mi cabeza que aquella noche pudiéramos acabarla tan cerca, y aun alcanzar la mañana sin habernos desprendido del todo, uno de otro. O bueno, sí había cruzado mi pensamiento, pero no como posibilidad posible sino como improbabilidad hipotética (ocurrencias en la recámara, saber que uno aceptaría lo que en modo alguno va a darse), y la primera vez había sido mientras ella bajaba y subía las cremalleras de sus botas y se secaba con mi toalla, y se le soltaba el punto de una media que degeneró en carrera ancha y larga, y sus muslos se mostraban sin preocuparse y al hacerlo no me excluían. 'Ella no me descarta, no es más que eso', había pensado. 'Nada más, eso es todo, soy yo quien se fija y lo tiene en cuenta. En realidad no es nada.' Y también: 'Y todavía medía un abismo entre el deseo y el no rechazo, entre la afirmación y la incógnita, entre la voluntariedad y la pura ausencia de planteamiento, entre un "Sí" y un "Puede", entre un "Ya" y un "Veremos" o es menos que eso, es un "En fin" o un "Ah bueno" o es ni siquiera pensarlo, un limbo, un hueco, un vacío, no me lo planteo ni se me ocurre ni tan siquiera ha cruzado mi mente'. Para ella yo era aún invisible cuando me pidió el favor, o lo fui toda la noche, y aun por la mañana. Excepto quizá el breve rato de noche en que me puso sobre las mejillas las palmas bien abiertas de sus manos como si me profesara afecto, los dos tumbados y metidos ya en mi cama para dormirnos, las palmas suaves; en que me miró a los ojos y me sonrió y se rió y con delicadeza me cogió la cara, como a veces hacía Luisa cuando su cama era aún la mía y no teníamos todavía sueño, o no el bastante para darnos las buenas noches y la espalda hasta la mañana.

Pero aquel rato vino más tarde. Y, como ocurre casi siempre cuando uno hace más de una pregunta sin pausa, la joven Pérez Nuix empezó por contestar la última. 'Aún no me has pedido el favor del todo, todavía ignoro en qué consiste, exactamente. Y qué particulares son esos, qué particulares particulares', habían sido mis dos preguntas, repitiendo esa expresión de ella, 'particulares particulares'.

–Por extraño que hoy nos resulte, Jaime, con los nervios siempre de punta y el permanente pánico al terrorismo —dijo—, ha habido unos cuantos años, y además recientes aunque nos parezcan lejanos, en los que al MI5 y al MI6, digamos que les faltó trabajo. Desde la caída del Muro de Berlín sus funciones disminuyeron tanto como sus preocupaciones, y los presupuestos de que disponían se derrumbaron, ahora se ha visto que fue una gran imprudencia. Se pasó, por ejemplo, de casi novecientos millones de libras para el MI5 en 1994 a menos de setecientos en el 98. Luego fueron subiendo otra vez, tímidamente y poco a poco, pero hasta los atentados de las Torres Gemelas en 2001, que hicieron dispararse las alarmas, trajeron golpes de pecho y destituciones de cargos intermedios, hubo un periodo de siete u ocho años en el que buena parte de los Servicios de Inteligencia del mundo, y desde luego de los nuestros, se sintió casi inútil y superflua, cómo decir, desocupada, prescindible, ociosa, y lo peor, aburrida. Mucha de la gente dedicada durante décadas a estudiar a la Unión Soviética se encontró, si no en el paro, casi sobrante, con la sensación de haber perdido no sólo el tiempo, sino una gran porción de su vida, que de repente concluía. Con la abrupta sensación de ser pasado. Quienes sabían alemán, búlgaro, húngaro, polaco, checo, dejaron de ser llamados con la frecuencia habitual, y hasta los expertos en ruso perdieron protagonismo y tareas. De pronto había una especie de excedente no reconocido, de pronto personas fundamentales ya no servían, o sólo para asuntos menores. Fue tan deprimente que hasta los jefes se dieron cuenta de lo desmoralizador de la situación, y te aseguro que son siempre los más ciegos, como en todos los trabajos y en todas partes, para advertir los problemas de sus subordinados. Bueno, la verdad es que se percataron los últimos, con increíble tardanza, y tan sólo unos días antes del 11 de septiembre, si mal no recuerdo, la prensa, The Independentcreo, sacó la noticia de que el MI5, a través del entonces Director General Sir Stephen Lander, se aprestaba a ofrecer sus servicios de espionaje a las grandes empresas del país, como British Telecom, Allied Domecq, Cadbury Schweppes y otras, a las que podía proporcionar información muy útil sobre sus competidores extranjeros. Al parecer fue la agencia la que se ofreció a las compañías, y no a la inversa, en el curso de un seminario celebrado en su sede ahí en Millbank, al que fueron invitados, por primera vez en la historia si no me equivoco, representantes de la industria y de las finanzas, tanto del sector público como sobre todo del privado. La coartada era que resultaba tan patriótico y vital ayudar a la economía británica y hacerla más competitiva en el mundo, así como resguardar a nuestras grandes firmas de los espías ajenos que sin duda existen, como proteger a la nación de los peligros y amenazas contra su seguridad, interiores y exteriores, políticos, bélicos y terroristas. La idea era, de hecho, comercializar las actividades del SIS —recordé las siglas, se las había oído a Tupra o a Wheeler: Secret Intelligence Service, a ella le salieron en inglés aunque habláramos en español, s, i, s, o es, ai, es, a nuestros oídos– y conseguir lucrativos contratos que equivalían a privatizar parcialmente la agencia, obtener de inmediato grandes beneficios y rescatar del hastío a buen número de ociosos y de deprimidos, destinándolos al servicio más o menos directo de las empresas. Y eso, claro está, implicaba el riesgo seguro de repartir sus fidelidades. Lander lo negó todo tajantemente a través de un portavoz, quien aseguró que ofrecerse a espiar para compañías privadas a cambio de remuneraciones excedía las competencias del MI5 y que semejante propuesta sería ilegal. Admitió que el MI5 ya montaba, desde hacía tiempo, operaciones con vistas a descubrir la presencia de espías extranjeros en nuestras compañías, y que asesoraba, gratuita y principalmente, a las industrias de defensa y nuevas tecnologías cuando se disponían a firmar contratos importantes o ante sospechas de fraude informático. Pero aseveró que la controvertida ponencia de Lander durante aquel seminario, cuyo tema había sido Trabajo secreto en una sociedad abierta, había versado tan sólo sobre la amenaza creciente de los hackers,y que, sin cargo alguno, habían aconsejado a las empresas públicas y privadas acerca de los mejores métodos para precaverse de ellos y combatir el pirateo informático. Varios de los invitados, sin embargo, reconocieron bajo anonimato que la iniciativa de Lander había sido otra, y que les había prometido beneficiarlos en sus negocios con información privilegiada y constante sobre compañías e individuos, si ellos se lo 'pedían'.

La joven Pérez Nuix hizo un alto y ahora sí me aceptó alguna bebida, se le estaría secando la boca con su parlamento, boca de atractivos labios firmes y encarnados, labios de Sigrid o de tebeo, uno mira siempre los de quien le habla seguido, los alumnos los de los profesores, los oyentes los de los conferenciantes, los auditorios los de los intérpretes, los espectadores los de los locutores y los políticos (éstos salen tan mal parados). Me levanté, fui a la cocina, y desde allí (no mucha distancia, era mediano mi apartamento) le voceé lo que había en casa, solamente Coca-Cola, cerveza, vino y agua, un mal anfitrión porque en Londres no tenía apenas costumbre de serlo, casi todas las personas que venían a verme, muy pocas, venían nada más que a eso, a estar brevemente ocupadas conmigo. También le ofrecí café y leche, o café con leche si le apetecía algo caliente, me contestó que vino si lo había blanco y estaba frío. Recordé que también guardaba seis botellas intactas de Sangre y Trabajadero, que me había enviado un antiguo y amable amigo de Cádiz, pero me daba pereza ponerme a abrir a aquellas horas una caja claveteada.

–Aquí tienes. Para mi gusto está frío, no sé para el tuyo —le dije, depositando ante sus rodillas, sobre sendos posavasos (soy un hombre de limpieza) la botella de un Ruländer que descorché allí mismo (entiendo poco de vinos) y una copa no del todo adecuada, que me permitió llenarle hasta casi el borde. 'Como lo beba por sed, pronto va a emborracharse', pensé al ver que nunca alzaba en horizontal la mano, para interrumpirme. La carrera de la media le crecía siempre, cada vez que hacía un movimiento, por pequeño o delicado que fuese, o cruzaba las piernas, y las cruzaba y descruzaba a menudo, con el consiguiente retroceso de la falda, mínimo en cada cruce pero más subida paulatinamente la falda (hasta que de un tirón se la bajase). Seguía sin percatarse del estropicio en marcha, cuando tal vez ya le tocaba. Dentro de lo que son las carreras, no le sentaba mal a su pierna, aunque parecía destinada a convertirle en andrajos las medias si nuestra conversación duraba lo bastante, y ella ya había olvidado enteramente su anuncio de 'un momentito', y quizá yo también, en parte. Me di cuenta de que, tras la estrañeza y el sentimiento de provisionalidad iniciales, me agradaba tener visita larga, y además con perro a los pies, si se están quietos hacen que uno se sienta más apacible, y aun acomodado. El animal, en apariencia ya mucho más seco, seguía adormilándose con un ojo abierto, echado cerca de su dueña. ( 'Sleep with one eye open, when you slumber', canturreo y cito a veces para mis adentros.) Se lo veía bondadoso e ingenuo y recto, lo contrario de un chistoso y de un vivales.

–¿Tú no te sirves? —me preguntó Pérez Nuix—. No me digas que no me acompañas. Qué bochorno, beber yo sola. —Y lo superó al instante, porque dejó vacía la copa de un solo trago como si fuera Lord Rymer la Frasca en sus momentos más ávidos. Tenía sed, sin duda, era normal tras la caminata bajo la lluvia, lo raro era que no me hubiera pedido algo antes. Volví a llenársela, no tan alta.

–Luego, dentro de unos minutos me sirvo —le contesté—. Continúa. —Y para que aquello no sonara a orden, me incliné y acaricié otra vez al perro en la cabeza y el lomo, huesos menudos. Ahora ya ni siquiera irguió el cuello, se habría acostumbrado a mi presencia y no me hizo maldito el caso, era muy digno aquel pointer. Pero todo el mundo cree suavizarse si muestra afecto a los animales, y con mi maniobra yo busqué ese efecto. (Si hay algo que no soporto es a esos escritores, hay cientos, que se fotografían con sus perros o gatos para dar una imagen afable, cuando solamente la dan afectada y cursi.) Aproveché mi inclinación amistosa para mirarle a la joven Pérez Nuix los muslos a su altura y con detenimiento, no negaré que me iban llamando. Supongo que ella fingió no darse cuenta, no se los cubrió ni los apartó un milímetro. Ahora sí me sentí tan pueril como De la Garza, pero la admiración sexual previa al sexo es pueril siempre, qué puede hacerse.

–Esas medidas no sé en qué quedaron, posiblemente fueron adelante, pero bajo cuerda y con menos énfasis del previsto —prosiguió entonces ella, tras soplarse también, sin pausa, la mitad del vino de la copa segunda: esperaba que no se le pusiera la lengua gorda—. Porque poco después vino el 11 de septiembre y a partir de aquel día nadie volvió a ser enteramente superfluo. Pero esas medidas, sobre todo, si eran ciertas, llegaban demasiado tarde y no eran originales, sino la oficialización de lo que ya venía ocurriendo desde hacía años sin intervención ni casi conocimiento de los altos mandos, o bueno, conocimiento lo había a medias, pero acompañado de pasividad, vista gorda, algo de curiosidad y manga ancha. Los agentes más desocupados, una vez superado el prolongado periodo de desconcierto tras la caída del Muro, se habían ido procurando sus clientes externos, ocasionales o no, cada uno dentro de sus respectivos ámbitos y posibilidades. Unos pocos arrumbados incluso renunciaron, los que pudieron se dieron de baja (según la responsabilidad adquirida eso aquí no es fácil, a veces ni es factible). Pero la mayoría no lo logró o simplemente no lo quiso, y sin embargo empezaron a trabajar aquí y allá desde dentro, y a servir, por tanto, a diferentes amos. Ofrecieron sus habilidades al mejor postor o aceptaron los encargos mejor pagados. ¿Y qué clase de personas o de entidades particulares tenían o tienen interés en contratar a agentes? Sí, a algunos les cayeron tareas propias de detectives, comprobar una infidelidad, investigar desfalcos o malversaciones, cobrar deudas a morosos; o de guardaespaldas, proteger a figuras del espectáculo o a potentados en actos públicos, cosas así. Otros echaron una mano o las dos a aquellos de sus excompañeros convertidos en mercenarios, de éstos ha habido unos cuantos, no les falta actividad en África. Pero el círculo de encargos se fue ampliando, con el tiempo los agentes de campo rasos se los propusieron y luego se los proporcionaron a los cargos intermedios, y me imagino que para el 2001 éstos habían convencido a los altos mandos de las ventajas de trabajar no sólo para el Estado. Lo cierto es que durante esos siete u ocho años, durante aquel largo intervalo sin principal enemigo, se creó una red paralela de clientes diversos, de todo tipo. Más de una vez, seguramente, miembros del MI5 y del MI6, ignorándolo o sabiéndolo, o no queriéndolo saber pero intuyéndolo, habrán prestado servicios a delincuentes, o incluso al crimen organizado, o quizá a Gobiernos extranjeros al final de la cadena, en la remota sombra. Puede ser, nadie lo sabe ni va a averiguarlo, a estas alturas nada es muy nítido y todo está muy mezclado. Uno se acostumbra a no preguntar a quienes lo recompensan, y además casi todo se tramita y se ventila a través de intermediarios y de testaferros. Si uno tuviera que llevar a cabo una investigación previa para saber quién está detrás de cada encomienda, no se acabaría ni se empezaría nunca, y el negocio no valdría la pena.

La joven Pérez Nuix se detuvo y dio cuenta de la segunda mitad de su copa segunda. Dudé, pero por cortesía hice un ademán mínimo de volver a llenársela, sin llegar a tocar la botella. Hasta ahora no le había notado ningún titubeo ni dificultad en el habla, pero si continuaba a aquel ritmo podrían aparecerle en cualquier instante, o la incoherencia, o la somnolencia, y yo ya quería oírlo todo. De nada de eso había indicios, debía de estar habituada al vino. Hasta su vocabulario era escogido y preciso, de persona leída, no se me había escapado su utilización de vocablos no demasiado frecuentes, 'arrumbados', 'encomienda', 'rasos'. Tal vez era, pese a su ascendencia paterna, como esos ingleses que han aprendido mi lengua más en los libros que hablándola, y su español resulta libresco. Así que me levanté y le anuncié, antes de que ella pudiera decir 'Sí' o 'No' a mi amago de gesto interrogativo:

–Voy por una copa para mí, ahora ya sí me apetece. —Y a continuación me permití la advertencia, o la reserva—: No sé si a ti te convendría una tercera, en tan poco tiempo. Eso sería beber como una inglesa, no como una española. Traeré algo de picar, en todo caso.

Cuando regresé con mi copa y unas aceitunas y unas patatas fritas de bolsa en sendos cuencos, la pillé inspeccionándose la carrera. Desde el pasillo, antes de entrar, casi oculto a ella—me detuve y la espié unos segundos: uno, dos, tres; y cuatro—, la vi mirándosela y pasándole un índice con cuidado (acaso un índice ensalivado, o acaso con una gota de esmalte de uñas, como se ponían antiguamente las mujeres en el punto suelto para frenar el corrimiento, a ver si la media les aguantaba aparente al menos hasta volver a casa; aunque para frenar nada era ya tarde). Cuando volvió a tenerme delante, cruzada ella de brazos y también de piernas, no hizo referencia alguna al desperfecto indumentario, lo cual era extraño: habría sido el momento para sorprenderse, lamentarse y hasta disculparse si hubiera querido, por el aspecto teóricamente tirado que la raya le confería, a mí no me desagradaba ni me producía mal efecto, y aun me entretenía, observar con discreción su avance. Me pregunté cuánto más tiempo mantendría la ficción de no haberse enterado, y por qué la mantenía, aquello era ya indisimulable. Y entonces me vino por primera vez aquella noche —y por primera vez nunca– la idea de que no era sólo que no me descartase, sino que, sin palabras y sin rozarme, sin ni siquiera mirarme —o me miraba sólo de frente al hablarme, como si allí no hubiera más mirar que el del habla explicativa y neutra—, me estaba diciendo que podía suceder lo que sucedió finalmente, bastante más tarde y cuando no era de esperar, pese a la cercanía insistente de los dos en mi cama, que no era tan amplia: la abertura de la seda o nylon como símil y como promesa o anuncio, sus progresivas longitud y ensanchamiento, el no suprimirla ni ponerle remedio yendo al cuarto de baño a quitarse la prenda o incluso a cambiársela (conozco a mujeres que llevan siempre en el bolso un par de repuesto, y Luisa es una de ellas), el dejar la carrera ir creciendo e ir desnudando mayor superficie de muslo y pronto, posiblemente, alguna de la parte anterior de la pantorrilla, que nunca he sabido cómo se llama o si tiene nombre, quizá es garrón, quizá canilla, no le sienta bien ninguno; aunque esa zona la cubrían las botas, que sin embargo también se habían abierto fugazmente antes, por sus cremalleras, nada más llegar su dueña empapada y sentarse; sí, la carrera en la media como cremallera sin dientes, incivilizada y autónoma e incontrolable, con el elemento salvaje de lo que en realidad se rasga, sólo que este era un rasgado en el que no intervenía mi mano ni la de nadie, la tela se separaba sola y aun así quedaba pegada a la pierna, cubriendo y descubriendo al tiempo y marcando el contraste, avanzando en ambas direcciones la carne sin velo, hacia abajo y hacia arriba, hacia la rodilla suave y hacia el muslo alto, y casi todos los varones sabemos lo que se encierra o se abre al final de un muslo femenino alto. (Yo lo distinguiría sin querer más adelante —un pico oscuro– en el lavabo de mujeres de una discoteca, donde se me diría con desparpajo: 'You come and see'o 'Ven tú a verlo'.)


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