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Veneno Y Sombra Y Adiós
  • Текст добавлен: 5 октября 2016, 20:32

Текст книги "Veneno Y Sombra Y Adiós"


Автор книги: Javier Marias



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–No es ninguna coña, y que te calles. Vamos arriba, a tu piso, por la escalera. Despacito y tranquilo, pero sin pararse. Si aparece algún vecino, vamos juntos. Quítate el sombrero y sujétalo con las dos manos. Que no se te caigan las llaves, te sobra mano. —Aquel día no llevaba cartera, quizá no venía del Prado. Le seguía hablando a la nuca, tal vez Luisa se la besaría, podía olerle el pelo, le olía a algo, no mal, se lo lavaría a diario. Me obedeció, se quitó el sombrero ridículo. Ahora ya sabría que yo era de aquí, no del Este ni del Magreb ni hispanoamericano, mi acento no era albanés ni ucraniano, ni árabe ni colombiano ni ecuatoriano, no se me había ocurrido fingir otro o disimular el mío, y había hablado lo suficiente para resultar español inequívocamente, luego ya sabría también que yo era blanco, qué poco tiempo pueden ocultarse las cosas, tampoco había pensado en dirigirme a él en inglés, por ejemplo, a eso estaba acostumbrado—. ¿Tú sabes lo que te hace una bala en la columna? Pues mejor que no te la aloje. Andando. —Ahora además sabría que era una persona semiinstruida, no todo el mundo tiene el verbo 'alojar' tan en la lengua.

–Oiga, si lo que quiere es pasta, se habla y se llega a un acuerdo. No hace falta que subamos ni que me clave el cañón todo el rato. Ni que me exagere el tono.

Ahora ya no sonó tan altivo, pero tampoco amedrentado. Me daba el 'usted', pero aquí no era una forma de respeto, sino de mantener las distancias. Yo lo tuteaba, él a mí no, era una tentativa de manifestar superioridad en medio de su inferioridad evidente, yo tenía la pistola, yo tenía el reloj, como la Muerte del cuadro. No tiraba de él, como el semiesqueleto del Caballero que agarraba del brazo a la anciana, pero estaba a su espalda y lo empujaba, venía a ser lo mismo, yo era el dueño del tiempo y lo encaminaba hacia arriba, él trataba de detener la arena hablando, o el agua, es así como tantos han intentado el aplazamiento y salvarse, en vez de estarse callados. La altivez no lo había abandonado del todo, así me lo indicaba su última frase antes de que lo interrumpiera, 'Ni que me exagere el tono'. Era como si me hubiera dicho 'A mí no me levante usted el tono', sólo que eso no habría cabido, porque le hablaba en susurros.

Entonces saqué el arma del bolsillo un momento y le di un fuerte golpe en el costado derecho con el cañón de la Llama, el gesto fue como de bofetada, sólo que contra las costillas y con la pistola, no en la cara ni con la mano, hizo mucho menos ruido, y además la gabardina encima. Se tambaleó un poco pero no cayó. Tampoco soltó el sombrero pero sí las llaves.

–Que te calles, cómo tengo que decírtelo. Recoge las llaves y andando. —También fue un susurro calmado, que asusta más que un grito, eso creía. Me sorprendió que no me costara propinarle ese golpe, y que no me diera aprensión hacerlo con el arma cargada, quien no está acostumbrado a usar una siempre teme que se le dispare, por mucha precaución que esté tomando. Prevaleció en mí la idea de que tenía que meterle miedo, supongo, o me molestó su última frase, o la palabra 'gilipollez' de antes, o me acordé del ojo de Luisa con sus mil lentos colores, atraía hacia mí aquella imagen cada poco rato, me convenía, me cargaba de razón y de furia fría, me fortalecía. No estaba de más que Custardoy probara el daño, algo de daño, ahora se llevó la mano al costado instintivamente y se lo frotó, pero yo le dije en seguida—: Las manos en el sombrero. —Y a quién no le complace dar órdenes que por fuerza van a ser obedecidas, también me di cuenta de eso. A una parte de mi conciencia no le gustó que me gustara, pero no estaba para hacerle caso entonces, el resto estaba ya muy ocupada, tenía algo de lo que ocuparme, no era posible dejarlo a medias, ya había empezado.

Echamos a andar, un escalón tras otro a buen paso, yo pegado a él y agarrándole de la coleta en los giros para que no pudiera aprovechar el segundo en que dejara de encañonarlo de frente, subir el tramo corriendo y encerrarse en su casa si lograba ser muy veloz con la llave (no lo conseguiría en ningún caso, pero prefería que ni lo intentase), debía de sentir como una humillación que le tocara el pelo, me abstuve de darle tirones, bien podía haberlo hecho. Tuvimos suerte, quiero decir que yo la tuve y él no, porque subimos hasta el tercer piso sin cruzarnos con nadie, era uno de los que tenían balcones.

–Aquí estamos —dijo ante su puerta—. Ahora qué.

–Ahora abre. —Así lo hizo, dos llaves, una larga del cerrojo y otra corta de la cerradura—. Vamos al salón, tú guías. Pero ni un solo movimiento raro. La espina dorsal, acuérdate. —Yo seguía notando mi cañón contra su hueso, bien centrado, al entrar se lo había elevado hasta el atlas, el arma fuera ya del bolsillo en cuanto cerré la puerta a mi espalda.

Recorrimos un breve pasillo y desembocamos en un salón o estudio muy amplio con buena luz pese al cielo nublado ('Aquí ha estado Luisa', pensé al instante, le será familiar este espacio'). En seguida vi cuadros en el suelo, vueltos contra las paredes, apiñados unos tras otros, formando filas, como si dijéramos, de tres o cuatro, puede que algunos estuvieran sin pintar todavía, en blanco. O le encargaban muchos retratos o hacía numerosas copias hasta alcanzar la definitiva; porque solicitado estaba y vender vendía, en aquel salón había buenos muebles y bienestar y hasta lujo, en medio de cierto desorden, me dio envidia una chimenea. Vi en los muros algunas pinturas colgadas, estas sí de cara, seguramente no eran suyas, aunque quién sabía, si era tan excelente copista, al primer golpe de vista me pareció distinguir un pequeño Meissonier de caballero fumando en pipa y un retrato más grande de Mané Katz o de alguien por el estilo, algún ruso o ucraniano pasado por París (si eran originales no eran nada baratas, pero no tan caras como las de casa de Tupra). Vi un caballete, el lienzo que sostenía también estaba de espaldas, tal vez Custardoy quitaba de su vista siempre aquello en lo que trabajara, en cuanto paraba de trabajar en ello, para no tener que seguirlo viendo durante sus descansos, quizá fuera el retrato de la Condesa y sus hijos, en el que ya había empezado. Podía mirarlo si quería, era el dueño del tiempo y de todo. Pero no lo hice, estaba ocupado.

Ya era hora de que se volviese, y por lo tanto de que me viera el rostro. No sabía si me reconocería de algo, del Prado o de nuestro recorrido o de las posibles fotos que Luisa le hubiera mostrado, la gente es muy dada a enseñar viejas fotos, como si quisiera que se la conociera antes del tiempo en que se la ha conocido, sucede sobre todo entre los amantes, 'Así era yo', parecen decirse el uno al otro, '¿también entonces me habrías querido? Y si así es, ¿por qué no estabas?'. Antes de permitirle volverse y ordenarle que se sentara tuve un momento de desconcierto: 'Qué hago yo aquí con una pistola en la mano', pensé o me dije, y me respondí en seguida: 'No, en absoluto debo extrañarme. Esto tiene razón de ser y hasta necesidad puede que tenga: voy a salvar a Luisa de la zozobra y de la amenaza y de su mala vida futura, voy a hacer que respire tranquila y que pueda dormir por las noches sin miedo, voy a impedir que mis hijos padezcan y que a ella le hagan daño y heridas, o aún más daño o que le den la muerte'; y justamente al responderme eso me vino a la memoria otra cita, la del fantasma de una mujer, la Reina Ana que tanto sufrió entre las sábanas de su segundo marido porque 'el pesar rondó tu cama', el sanguinario Rey Ricardo que había apuñalado en Tewkesbury al primero, 'in my angry mood' según dijo para sus adentros una vez el asesino, esto es, 'en mi humor airado'; y así ella, una vez muerta, le deseó lo peor en el campo de Bosworth al alba, cuando ya era demasiado tarde para rehuir el combate, y en sueños le susurró esto: 'Tu mujer, esa desdichada Ana, tu mujer, Ricardo, que nunca durmió una hora tranquila contigo, llena ahora tu sueño de perturbaciones. Mañana en la batalla piensa en mí, y caiga tu espada sin filo: desespera y muere'. Yo no podía dejar que eso le sucediera a Luisa, que nunca durmiera una hora tranquila con Custardoy si un día él ocupaba mi almohada y el hueco en mi cama tibia o ya fría, yo era el primer marido pero nadie iba a apuñalarme en su humor airado ni a cavar mi tumba aún más hondo, en la que ya estaba sepultado, mi recuerdo suprimido con el primer terror y la primera súplica y la primera orden, todo yo convertido en una sombra envenenada que va diciendo adiós poco a poco mientras languidece y se transforma en Londres expulsado del tiempo de ella y del de los niños (y tonto yo, yo insustancial, tonto yo y frívolo y crédulo). 'No, ella no es aún una viuda ni yo soy un muerto merecedor de duelo', pensé, 'y como no lo soy no se me puede sustituir tan pronto, del mismo modo que las manchas de sangre no salen a la primera y hay que frotarlas y limpiarlas con ahínco y a conciencia, y aun así parece que nunca vaya a desaparecer el cerco, lo que más cuesta borrar o lo que más se resiste —un susurro, una fiebre, un rasguño—. Sin duda ella no tendrá deseo ni intención de hacerlo, pero se verá obligada a decirle a su amante presente o futuro, o a decirse: "Todavía no, amor mío, espera, espera, no es aún tu hora y no me la arruines, dame tiempo y dáselo a él, a este muerto vivo, su tiempo que ya no avanza, dáselo para difuminarse, deja que se convierta en fantasma antes de ocupar tú su sitio y ahuyentar su carne, déjalo convertirse en nada y aguarda a que no quede olor en las sábanas ni en mi cuerpo que el pesar ronda y ronda, deja que lo que fue no haya sido". Pero yo soy aún, luego es seguro que he sido, y de mí nadie puede decir todavía: "No, esto no ha sido, nunca lo hubo, no cruzó el mundo ni pisó la tierra, no existió y nunca ha ocurrido". Soy además el que puede matar a ese segundo marido ahora mismo, con mis guantes puestos y en mi humor airado. Llevo una pistola en la mano y está cargada, sólo tendría que montarla y apretar el gatillo, y a este hombre aún lo tengo de espaldas, ni siquiera vería mi rostro, hoy ni mañana ni nunca, o hasta el Juicio Final si es que lo hubiera'.

En verdad daba lo mismo que me viera la cara, al fin y al cabo iba a hablarle de Luisa y en cuanto lo hiciera sabría quién era yo sin asomo de duda, y además era probable que ella le hubiera contado de mi aparición repentina en la ciudad, después de tantísimos meses, lo más seguro era que a estas alturas ya se imaginara que era el maldito marido imbécil el que lo encañonaba, qué plasta de tío y qué cretino y qué loco, por qué no se había quedado en su sitio. 'A menos que sea a mí a quien no le convenga verle a él la cara y los ojos de frente, la mirada', pensé, 'ni cruzar palabra con él más allá de las ya pronunciadas en el portal, esas han sido indiferentes y no entre individuos, sino meras órdenes impersonales. Siempre se dice que los sicarios evitan mirar a sus víctimas a los ojos, que hacerlo es lo único que puede crearles dudas e impedirles el degüello o el disparo o retardárselos al menos y dar tiempo al otro para decir algo o intentar defenderse, lo único que puede malograr su misión y conducirlos a errar el blanco, tal vez lo mejor sea terminar ahora mismo según la consigna de Tupra, sin esperar ni entretenerme, sin dar explicaciones y sin curiosidad alguna, como no se las dio ni la tuvo Reresby por De la Garza, sin que ni siquiera llegue a volverse, un tiro en la nuca y se acabó, adiós Custardoy, fuera del cuadro, asegurado, sin vuelta de hoja como todo acto cometido y todo hecho hecho, si hablo con él y le miro el rostro se me hará más difícil y empezaré a conocerlo y también para mí será alguien como ya lo es para Luisa, para ella es alguien importante a quien tiene miedo y devoción a la vez seguramente, quizá debo verlo y oírlo para imaginármelo, es a lo más que puedo aspirar, porque cómo lo mira ella a él, eso yo nunca lo voy a saber, y esa es mi condena eterna...'

Pero en realidad ignoraba lo que me tocaba hacer, para asegurarme, to just deal with himy make sure he was out of the picture, como me había indicado desdeñoso Tupra con su risa paternalista, ojalá hubiera sido más explícito o yo hubiera sido bilingüe y le hubiera entendido con exactitud absoluta, o acaso hay en todas las lenguas ambigüedades irresolubles. 'Si de verdad no sabes cómo, Jack, entonces es que no puedes hacerlo', me había dicho. No sabía cómo, en efecto, pero ya estaba metido en faena. No podía pegarle así como así a Custardoy un tiro y dejarlo seco por la espalda, no sin adentrarme en mi humor más airado y sin tener más certeza, Luisa había negado que él le hubiera hecho daño, a mí y a su hermana, yo no había visto la acción sino sólo los resultados, algo que en un juicio no me habría valido para probar nada en su contra. 'Sin embargo no estoy en un juicio', pensé, 'no se trata de eso, los hombres como Tupra y como Incompara, como Manoia y como tantos otros y como los que vi en los vídeos, como la mujer que apareció en uno de ellos con las faldas remangadas y un martillo en la mano con el que machacaba un cráneo, quién sabe si como Pérez Nuix y como Wheeler y Rylands, todos esos no celebran juicios ni reúnen pruebas sino que resuelven problemas o los cortan de raíz o abortan su posibilidad o se los quitan de encima, les basta con saber lo que saben porque lo han visto con su don o su maldición desde muy pronto, han tenido el valor de mirar a fondo y de traducir y de seguir pensando más allá de lo necesario ("Y qué más. No has hecho más que empezar. Sigue. Vamos, corre, date prisa, sigue pensando", nos decía mi padre a mis hermanos y a mí de niños, de jóvenes), y de adivinar lo que sucederá si no intervienen; ellos no detestan el conocimiento como la mayoría de las personas tan pusilánimes de nuestro tiempo, sino que lo afrontan y lo anticipan y lo incorporan y son de los que no avisan por tanto, o no a veces, de los que toman resoluciones en la distancia y sin que sus motivos sean apenas identificables para el que padece las consecuencias o para el ocasional testigo, o sin que los actos establezcan con esos motivos un vínculo de causa a efecto, y todavía menos las pruebas de la comisión de tales actos. Esos hombres y esas mujeres no las necesitan, en esas arbitrarias o fundamentadas veces en que no mandan la menor advertencia ni aviso antes de soltar el sablazo, ni siquiera necesitan en ellas las acciones cumplidas, los acontecimientos, los hechos. Tal vez les basta con lo que saben que se daría si en el mundo no hubiera coacciones ni impedimentos, con lo que ellos ven como capacidades seguras de las personas, que si no llegan a desplegarse con toda su fuerza y su daño es sólo porque alguien —yo, por ejemplo– las disuade o se lo impide, pero no por falta de cuajo ni de ganas en ellas, se lo dan por descontado, todo eso. Quizá les basta convencerse de lo que en cada caso habría si no lo frenaran ellos u otros centinelas —la autoridad o las leyes, el instinto, el crimen, la luna, el miedo, los invisibles vigías—, para adoptar medidas escarmentadoras si esas son las recomendables, las que tocan según su criterio. Son los que conocen y asumen y hacen suya —una segunda piel– esa actitud irreflexiva, resuelta (o es de una reflexión tan sólo, la primera), que también forma parte del estilo del mundo, ese estilo inmutable a través de los tiempos y de cualquier espacio, y así no hay por qué cuestionarla, como tampoco hay que hacerlo con la vigilia y el sueño, o el oído y la vista, o la respiración y el habla, o con cuanto se sabe que "así es y así será siempre".

Se suponía que yo era como ellos o uno de ellos, que poseía la misma capacidad de penetración e interpretación de la gente, de ver los rostros mañana y de describir lo aún no ocurrido, y con Custardoy estaba al cabo de la calle si no más allá todavía, no tenía certidumbre alguna pero sabía que no me engañaba: era un tipo peligroso y seductor y envolvente y violento, capaz de crear dependencia hasta de sus horrores y su falta de escrúpulos, de su despotismo y su desprecio, y yo no debía dejarle salida, no debía darle la oportunidad de explicarse, de negar ni de rebatir ni de argumentar ni de convencerme, ni tan siquiera de hablarme. Tupra llevaba razón a la postre: 'Pero yo creo que sí sabes cómo', me había dicho antes de colgarme. 'Lo sabemos todos siempre, aunque no estemos acostumbrados. Otra cosa es que no nos veamos en ello. Es cuestión de verse.' Quizá era sólo cuestión de verme como Sir Deathpor vez primera, al fin y al cabo ya tenía la pistola en la mano y ese era mi reloj de agua o arena, y tenía también los guantes puestos, sólo hacía falta amartillar el arma, pasar el índice del guardamonte al gatillo y a continuación apretarlo, todo estaba a un paso y había tan poca diferencia física entre una cosa y la otra, entre hacerlo y no hacerlo, tan poca distancia en el espacio... Y no, no necesitaba certezas ni pruebas si me convencía de ser enteramente, al menos durante aquel día, de la escuela de Tupra que era el estilo de tantos y quizá del mundo, porque su actitud no era preventiva, no exacta o exclusivamente, sino más bien punitiva o recompensadora según los casos y los sujetos, que él ya veía y juzgaba en seco y sin necesidad de ponerse en mojado, por utilizar las expresiones de Don Quijote al anunciarle a Sancho las locuras que haría por causa de Dulcinea sin que ella le diera quebrantos ni celos, luego cuántas más si se los daba. O bien los entendía, los casos, con la página sin aún escribirse, y quizá por eso para siempre en blanco. 'Pero no, si yo disparo la mía ya no estará en blanco', pensé, 'y si no lo hago tampoco lo estará totalmente, después de todo esto y de haberlo considerado y de haberle apuntado. Nunca nos libramos de contar algo, ni creyendo dejar nuestra página en blanco. Y ocurre entonces que las cosas, aunque no se cuenten ni tan siquiera pasen, jamás logran estarse quietas. Es horrible', me dije. 'No hay manera. Aunque ni siquiera se cuenten. Y aunque ni siquiera pasen.' Miré con atención la pistola al final de mi brazo, una vieja Llama, como miraba su reloj la Muerte en el cuadro de Baldung Grien, lo único por lo que se guiaba y no por los vivos que tenía a su lado, para qué, si ya estaba contemplando sus rostros mañana. 'Y entonces qué más da que pasen. "Tú y yo seremos de los que no imprimen huella", eso me dijo una vez Tupra, "dará lo mismo lo que hayamos hecho, nadie se ocupará de contarlo, ni siquiera de averiguarlo." Y además', me seguí diciendo, llegará un día en que todo esté nivelado y la vida sí que no será contable, y en que a nadie le importará nada nada.' Pero ese día aún no había llegado y tuve curiosidad y tuve miedo – And in short, I was afraid-—, y sobre todo tuve tiempo para preguntarme, como en aquellos versos que conocía y que aseguraban que lo habría sin duda: 'And indeed there will be time to wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?" Time to turn back and descend the stair...'. Tiempo para preguntarme si me atrevería y me atrevería, sabiendo que también lo habría para volverme atrás y descender la escalera, y hasta para hacerme la pregunta completa que en el poema viene un poco más tarde – 'Do I dare disturb the universe?'– y que nadie se hace antes de obrar ni antes de hablar porque todo el mundo se atreve a ello, a turbar el universo y a molestarlo, con sus rápidas y pequeñas lenguas y con sus mezquinos pasos, 'So how should I presume?'. Y eso fue lo que aún retuvo mi dedo sobre el guardamonte y mi mano sin amartillar el arma, eso fue lo que me pasó, y además sabía que siempre quedaría tiempo para apoyarlo en el gatillo y disparar, tras montarla con un solo gesto, me lo había enseñado Miquelín. —Date la vuelta y siéntate ahí —le dije a Custardoy, y le señalé con mi mano libre el sofá, seguro que se habría sentado en él con Luisa más de una vez, quizá hasta se habrían echado—. Las manos encima de la mesa, que las vea yo. —Delante había una mesita baja, como en casi todos los salones del mundo—. Apoya bien las palmas y no las muevas para nada.

Custardoy se dio la vuelta como le había ordenado y por fin le vi la cara de frente y sin trabas, lo mismo que él a mí. Sonreía un poco y eso me provocó irritación, con unos dientes largos que le iluminaban el agudo rostro y le conferían cordialidad o casi. Parecía tranquilo e incluso semidivertido, a pesar del golpe en el costado, eso le había tenido que doler y asustar. Pero probablemente sabía quién era yo para entonces, aunque sólo fuera por intuición y descarte, y tal vez contaba con su propia capacidad interpretativa, lo bastante buena para estar seguro de que el marido de Luisa no iba a pegarle un tiro o no todavía, esto es, no sin hablar antes con él. (Tampoco casi nadie piensa totalmente en serio que se lo van a pegar, ni siquiera cuando tiene delante un cañón.) Sus ojos enormes y separados y negros y sin apenas pestañas eran en verdad desagradables y en seguida noté su asimiento, cómo me repasaban con gran rapidez y —cómo decirlo– con una especie de afán de intimidación, extraño e impropio de las circunstancias. Su media sonrisa era en cambio afable, como si pudiera desdoblarse en dos personas a la vez. No entendía cómo a Luisa podía gustarle, si bien había en él algo chulesco y vulgar —obsceno y bronco y frío– que atrae a muchas mujeres, eso lo he visto y lo sé. Antes de sentarse se acarició el bigote, se centró la coleta con un ademán inevitablemente femenino, arrojó el sombrero sobre el sofá y me preguntó:

–¿Puedo encenderme un pitillo? Fumando también me verás las manos, ¿no? —Y a continuación se sentó cuidando de no arrugarse los faldones de la gabardina. Había pasado a tutearme, y eso me reafirmó en mi sospecha de que me había identificado.

–Yo te doy uno —le contesté, no quería que se llevara una mano al bolsillo. Le ofrecí un Karelias y saqué otro para mí. Los encendí sin cambiar de llama y los dos aspiramos el humo al mismo tiempo, durante un instante parecimos amigos, dando la primera calada en silencio. Los dos nos habíamos llevado un susto, el tabaco nos venía bien. Pero el susto no había terminado, y el suyo había de ser por fuerza mucho mayor que el mío, al fin y al cabo yo me lo daba tan sólo a mí mismo, al verme haciendo lo que estaba haciendo, y eso supone siempre un susto controlado y menor y al que puede uno poner fin. La conversación que siguió fue muy veloz.

–Bueno, qué coño te pasa —dijo Custardoy—. Tú eres Jaime, ¿verdad? —La utilización del taco denotaba aplomo y cierta falta de respeto, a menos que hablara normalmente así (tampoco tenía por qué guardármelo, le sobraban motivos para estar cabreado conmigo); fingidos o auténticos, pensé en todo caso que aún no le había metido suficiente miedo, cómo podía hacer. Me senté de lado en el brazo de un sillón, así quedaba no sólo de frente, sino a mayor altura que él.

–Quién te ha dicho que hables. Aún no te he dicho que hables. Sólo que fumes. Así que fuma y calla, joder. —Solté mi taco para no ser menos y balanceé un poco la Llama. Esperaba que él no estuviera familiarizado con el manejo de las armas de fuego, o notaría que el que no lo estaba era yo. No resulta fácil dar miedo si uno no está acostumbrado a darlo. Yo sabía que podía lograrlo (lo había hecho alguna vez), de la misma manera que me sabía o me suponía capaz de matar, o por lo menos no incapaz; pero para ambas cosas debía estar —quizá– fuera de mis casillas, en verdad soliviantado o furioso o poseído por una sostenida sed de venganza, y en aquel momento no me sentía así o no lo bastante, tal vez me había relajado al haber cumplido sin apenas contratiempos la primera fase de mi poco planeado plan, la de interceptar a Custardoy, subir hasta su piso y encerrarme allí con él. Me faltaba odio. Me faltaba conocimiento. Me sobraba tibieza. Me faltaba calor. Y, a diferencia de Tupra, también carecía de la suficiente frialdad.

–Bueno. Pues habla tú, ¿no? No dispongo de todo el puto día para memeces de trastornado. Qué me quieres con esa pistola. Dónde vas tú con eso, chaval. —Y amagó de nuevo una sonrisa con su dentadura luminosa y larga, que lo hacía casi simpático y restaba agresividad a su perfil. Seguía recordándome a alguien, ahora no tenía tiempo de recordar a quién.

Custardoy era valeroso o demasiado confiado. O trataba de no amilanarse pese al arma del trastornado apuntándole al pecho, o estaba convencido de que no haría uso de ella. Aquellas frases habían sido despreciativas, como si quisiera disminuirnos con ellas, a mí y al arma. Se había atrevido a llamarme 'chaval' (odio a la gente que dice 'chaval'), intentaba aniñarme, que me sintiera un crío ridículo con mi anticuada pistola en la mano. Si se trataba de lo segundo, de un exceso de confianza, me pregunté qué fallaba para que se mostrara aún tan altivo: le había dado ya un golpe, ya le había hecho algo de daño, él tenía que haber registrado que si era capaz de eso lo sería de más. Llevaba camino de enfurecerme —o de tocarme los cojones, en aquel contexto—, si continuaba así. Me convenía que continuara así. O tal vez no, tal vez consiguiera que me viera finalmente grotesco y pueril, en aquella situación.

–Escúchame bien —le dije—. Vas a dejar de ver a Luisa Juárez, desde hoy mismo. Se acabó. No más golpes ni cortes ni ojos morados. Tú ya no la vuelves a tocar.

Pensé que negaría esto último y que me contestaría 'No sé de qué me hablas' o algo así. Pero no fue eso lo que me respondió, no fue a lo que dio más importancia:

–¿Ah sí? ¿Porque lo dices tú? Tiene hostias, oye. Tiene hostias la pretensión. —Fue irritante su manera de decir esto, como si no se dirigiera a mí, sino a un tercero invisible, a un imaginario testigo con el que se permitiera hacer burla—. Eso lo tendríamos que decidir ella y yo, ¿no te parece?

Sí, claro que me parecía. No tenía derecho a inmiscuirme y todo eso, ella era libre, ella era adulta, a lo mejor hasta estaba muy contenta con él, no me había pedido opinión ni protección, ni siquiera se había dignado informarme de su vida actual, de su vida que no me atañía; claro que estaba de acuerdo. Pero todo eso ya sobraba, había resuelto inmiscuirme y emplear la fuerza y el miedo, y entonces uno debe dejar de lado los argumentos y los principios, el respeto y las reservas morales y los escrúpulos, porque uno ha decidido hacer lo que quiere hacer e imponerlo, conseguir sus propósitos sin más ni más, y ahí, como en cualquier guerra iniciada, ya no debe intervenir ni contar la razón. Una vez cruzada la raya, da lo mismo tenerla o no, se trata tan sólo de salirse uno con la suya, de vencer y someter y prevalecer. Él la pegaba y debía cesar, eso era todo. 'Just make sure he's out of the picture', me repetí. Yo tenía que salir de aquella casa con Custardoy suprimido, borrado como una mancha de sangre, eso era todo. Y me creció la determinación.

–Sí —le reconocí—, tendríais que decidirlo ella y tú. Pero no va a ser así. Lo vas a decidir tú. Tú la vas a abandonar hoy mismo. O a ella o el mundo, listo, tienes para elegir, tú sabrás lo que prefieres abandonar. Pero ya te darás cuenta de que a ella la abandonas de todas formas.

Por primera vez lo vi dudar, quizá hasta le vi temor. 'Meterle un tiro', pensé, 'se ha dado cuenta de que no es difícil, de que basta con no ser lo que uno es durante dos segundos, o con sí ser lo que uno no es —uno no es un asesino y de repente ya lo ha sido y lo es para la eternidad—, de que a cualquiera con un arma en la mano le puede dar la ventolera de pronto, le puede dar por ahí si durante un solo instante deja de percibir la magnitud del gesto, de un solo gesto sencillo o más bien de dos, amartillar el arma y apretar el disparador, pueden ser casi simultáneos como en las películas del Oeste levantar el percutor y darle al gatillo, esto aquí y esto allá, lo uno y lo otro, arriba y atrás y ya está, a cualquiera se le va la mano y luego el dedo, la mano que mete una bala en el cañón o recámara con un movimiento y a continuación el índice hacia atrás, esta arma pesa y cuesta sostenerla, pero la mano y el dedo se van ellos solos como si en verdad no los moviera nadie, ninguna conciencia ni voluntad, acarician y se deslizan y resbalan casi, ni siquiera hay que hacer el esfuerzo que siempre exige una espada, hay que alzarla primero y después abatirla y ambos movimientos requieren toda la fuerza del brazo o incluso de los dos, y así no pueden manejarla los niños ni muchas mujeres ni los hombres enclenques, y en cambio la pistola está al alcance del ser más débil y del más temeroso y del más idiota y del de menos mérito —mucho más todavía que la deshonrosa ballesta, la pistola democratiza el matar—, y cualquiera puede causar un daño irreparable con ella, no hace falta más que dejarse ir. Y si ahora yo monto el arma, Custardoy se aterrará.'

Y nada más pensarlo la monté, pese a la advertencia de Miquelín. Pero fue sólo una prueba y un instante, fue para ver cómo sus ojos negros y raros despedían una chispa de pánico, nada más que una chispa, pero yo se la vi. Y acto seguido puse el pulgar ante el percutor y bajé éste, y saqué el proyectil que ya había pasado al cañón o recámara o como se diga y me lo guardé, desmonté la Llama. Pero él ya se había dado cuenta de cuan rápido se la montaba y de que entonces las balas ya podían salir —un gesto más, y otro, y otro– hacia su cabeza o su pecho, hacia un brazo o una pierna, hacia su coquilla que quedaría hecha hilazas como la de la Muerte del cuadro o hacia donde se me antojase apuntar. 'Oh sí, qué extraña sensación', pensé, 'tener a un hombre a tu merced. Decidir que viva o muera, o ni siquiera es cuestión de decisión.'

Pero Custardoy aguantaba el tipo, o acaso es que quería tener razón, o, ya que no lo amparaba un arma, trataba de disuadirme o de amedrentarme o de hundirme, o de cavar mi tumba aún más hondo, con sus feas palabras y con su voz. Su voz no surgía nítida, sino que raspaba un poco, como si en su garganta hubiera unos diminutos pinchos semejantes a los del rodillo metálico de una caja de música, que son de hecho los que se enganchan con las varillas y determinan o marcan la melodía repetitiva y única. Lo que dijo salió arrastrándose, como si aquellas púas se lo hicieran lento de proferir. En todo caso mantenía las manos sobre la mesa. Se había acabado el cigarrillo pero no se olvidaba de obedecer mi orden anterior, eso era buena señal.


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