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Mónica
  • Текст добавлен: 17 сентября 2016, 22:22

Текст книги "Mónica"


Автор книги: Caridad Bravo Adams



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–Pero, ¿estás loca, Mónica? —le reprocha Renato. Y alzando la voz protesta—: ¡Y yo pido su abstención, señor presidente! La ley no la obliga a declarar...

–¡No hay ley que me niegue el derecho a decir la verdad! —porfía Mónica con decisión—. ¡Pido ser citada como testigo! ¡Exijo ser escuchada!

–¡Si no se restablece el orden, mandaré suspender el juicio! —anuncia el presidente intentando en vano atajar los fuertes murmullos y los comentarios que la presencia de Mónica han prendido como reguero de pólvora.

–Un momento, señor presidente —reclama Renato—. Como acusador privado, he hecho citar a los testigos necesarios para comprobar mis acusaciones. Entre ellos, no está Mónica de Molnar.

–¡Puedo pedirla yo como testigo de descargo! —exclama Juan con voz fuerte y poderosa.

–¡No! ¡No en este momento! —rehúsa Renato. Y en tono angustiado, musita una súplica—: Mónica... Mónica...

–¡No en este momento, en efecto! —tercia el presidente—. Pero no puede rehusarse la declaración, si ella desea darla. La ley le permite abstenerse, señora. ¿Por qué no se acoge a esa ventaja?

–¡No deseo esa ventaja, señor presidente!

–Bien. Señor acusador privado, le ruego que ocupe su lugar —ordena el presidente—. Ese niño, a la sala de testigos. ¡Despejen el estrado, o haré despejar la sala! ¡Que pase el tercer testigo de la acusación!

Mónica ha retrocedido mirando a Juan. Desde que entrara, ha tenido el deseo casi irresistible de correr hacia él, de estrecharle en sus brazos olvidándolo todo, menos la enorme verdad que llena su alma... Y él también la mira, cruzados los brazos; la mira como si también a ella la desafiara, palideciendo un poco más cuando Renato D'Autremont la toma del brazo, cuando la hace retroceder, obligándola a tomar asiento muy cerca de él, cuando se inclina para hablarle casi al oído, en voz baja, como en un cuchicheo:

–Mónica, no pensé que llegases a este extremo.

–No vas a detenerme, hagas lo que hagas, Renato. Mi deber es estar junto a Juan...

–Me he propuesto rescatarte, aun contra ti misma, y he de lograrlo. Cuando seas absolutamente libre, harás lo que quieras, y bien sé que no volverás con Juan.

–Es mi esposo, y mientras exista ese lazo, le pertenezco. Los sentimientos no me importan.

–¡Por eso quiero romper ese lazo! Pero ahora, calla, Mónica...

Mónica alza la cabeza con angustia... Frente al presidente, el joven oficial levanta la mano para jurar y, entre los guardias que lo custodian, la mira desde lejos Juan con una máscara de rencor sobre el semblante, con un temblor de rabia en las anchas manos...

–Me limitaré al relato de los hechos, señor presidente —expone el Teniente Britton—. Encargado de hacer cumplir la orden de extradición, prendiendo al acusado Juan del Diablo y llevándolo a bordo del guardacostas Galiónhasta entregarlo a las autoridades que representa este tribunal, puse todo mi empeño en el cumplimiento de ese deber. Acaso el acusado tenga razón para calificar de duros los medios empleados para detenerlo, pero la única advertencia de los partes oficiales era que se trataba de un criminal extremadamente peligroso, y mi primer deber era salvaguardar la seguridad de los soldados a mi cargo. Otros dos tripulantes de la goleta Luzbelhicieron resistencia, y fueron encerrados con su patrón. Me estoy refiriendo al segundo, nombrado Segundo Duelos, y al grumete llamado Colibrí. Por elemental deber de humanidad bajé personalmente a abrir la bodega en la que estaban encerrados cuando, descompuestas las máquinas, arrastrados por el temporal hasta mares peligrosos, perdido el timonel y herido el capitán, el Galiónllegaba al mayor peligro de zozobrar...

–Entonces, ¿puso usted en libertad a los prisioneros?

–Dentro de aquel barco, a punto de hundirse, me fue preciso asumir la absoluta autoridad y, bajo responsabilidad propia, les dejé libres...

–Usted sabía que se trataba de marinos avezados. ¿No les prometió nada a cambio de que se hicieran cargo de tripular el guardacostas?

–No, señor presidente. Sólo pensé que no debía negarse a ningún hombre la última oportunidad de salvar su vida. Pero había muy pocas probabilidades de que nadie la salvara...

–¿Pidió a Juan del Diablo que se hiciera cargo del barco?

–Debo confesar que no, señor presidente. Él tomó, por propia iniciativa, el mando del barco, y comenzó a impartir inmediatamente las órdenes necesarias. Durante muchas horas esperé que Juan del Diablo ordenase nuestro asesinato. Era bien fácil arrojarnos por la borda y, libres de nuestro testimonio, llevar el barco en la dirección que se le antojase. Generosamente, nos concedió la vida. Hizo atender a los heridos y, usando de recursos insospechados, como improvisar velas y cordaje, burló uno de los peores temporales que recuerdo haber corrido en el Caribe. Es de justicia que yo declare, públicamente, no haber conocido marino más sereno y más audaz que el patrón del Luzbel...

–Puede ahorrarse el capítulo de alabanzas, oficial. ¿Puede decirnos cuándo recuperó usted el mando de la nave?

–Por tercera vez, y sin que esto entrañe una alabanza, señor presidente, debo confesar que me fue devuelto por impulso generoso y espontáneo del acusado. Fui el primer sorprendido cuando su orden de volver proa a la Martinica me trajo al cumplimiento de mi misión con sólo unas horas de retraso.

–¿Atribuye el hecho insólito a la gratitud del acusado por haber abierto usted las puertas de la bodega-calabozo, en que las circunstancias le condenaban a morir?

–No, señor presidente. El acusado, Juan del Diablo, deseaba presentarse ante este tribunal. Estaba seguro de poder desmentir los cargos, de probar su inocencia. No creo que ni por un momento me haya agradecido aquella oportunidad que, por otra parte, pagó con creces. En todo momento se mostró el mismo: irónico, agresivo, mordaz, igual atado en el fondo de la bodega que cuando mi vida y mi honor estaban en sus manos. Por lo tanto, y en nombre de una gratitud que yo sí siento, si algo puedo pedir a este tribunal es que se tome en cuenta, para el descargo de las faltas que puedan probárseles, que a él y a sus hombres se les debe la vida del capitán del guardacostas Galión, la de cinco tripulantes que sobrevivieron y la de los cuatro soldados que venían a mis órdenes con el encargo de custodiarlo... a más de la mía propia... por lo que públicamente quiero darle las gracias.

Tras el breve murmullo, un largo silencio expectante ha parecido flotar sobre la sala. Con el doblado papel que Aimée le diera, oculto en la mano derecha, retrocede el joven oficial mirando a Juan del Diablo, mientras el presidente se vuelve hacia Renato, cargado el gesto de involuntaria ironía:

–¿Tiene alguna pregunta que hacer a su testigo el señor acusador privado?

–Ninguna, señor presidente... O sí... Un momento... ¿De dónde provenía la orden de tratar a Juan como un criminal peligroso?

–Estaba circulando como tal en la isla de Jamaica —aclara el oficial.

–Eso es todo, señor presidente —señala Renato—, He querido aclarar públicamente que no era mi deseo, ni mucho menos mi empeño, el que fuese maltratado. Quiero también demostrar a este tribunal que no en todas partes se mostró tan generoso con sus enemigos como a bordo del guardacostas Galión...

–¡No! —estalla Juan con indomable violencia—. No siempre me he mostrado generoso con mis enemigos, y mucho menos he de mostrarme de ahora en adelante. El informe de Jamaica es exacto: puedo ser peligroso, puedo devolver golpe por golpe, infamia por infamia, y así será, Renato... ¡Yo te juro que así será!

–¡Basta! ¡Basta!

El presidente del tribunal ha hecho un esfuerzo para dominar el desbordado murmullo, la ola de encendidos comentarios que han levantado las palabras de Juan. Y es ése el instante que el oficial inglés ha aprovechado para acercarse al estrado, deslizando el doblado papel bajo la ancha mano de Juan, que se apoya en la baranda... Juan ha retrocedido con aquel extraño papel en la mano, y su primera mirada es para Mónica. ¿Acaso es de ella? Algo parecido a un soplo de esperanza ensancha su alma al imaginario, y sus pupilas buscan con ansia la respuesta de aquellos otros ojos. Pero junto a Mónica sigue Renato, otra vez se ha inclinado para hablarle casi al oído. Se diría que sostiene una violenta discusión con voz ahogada, y con ansia estruja Juan aquella carta que no quiere leer bajo tantas miradas clavadas en él, aquella carta que puede transformar su alma con una docena de palabras, aquella carta que, por encima de su valor, le hace temblar...

–Que pase el cuarto testigo de la acusación —ordena el presidente. Y el secretario, a su vez, alza la voz para repetir el llamado:

–¡El cuarto testigo de la acusación! ¡Benjamín Duval! ¡Benjamín Duval!

Pero Benjamín Duval, no se presenta.

–¡Silencio... Silencio! —recalca una vez más el presidente—, ¿Tiene alguna pregunta que hacer a su cuarto testigo el señor acusador privado?

–Comprendo perfectamente la ironía del señor presidente de este tribunal —acepta Renato con aparenté tranquilidad—. Yo mismo no puedo menos de sonreír frente a la forma en que mis dos últimos testigos han declarado. Pero no importa nada, para lo que se trata de probar. Benjamín Duval no niega, no puede negar el hecho comprobado. Juan del Diablo le hirió en una riña de taberna dejando inútil su brazo derecho como hasta el presente lo está, y es el cuarto hecho que, contra viento y marea, deseo hacer constar ante este tribunal. ¡Es cierto que Juan del Diablo trasladó y vendió mercancía robada! ¡Es cierto que Juan del Diablo ayudó a desvalijar, junto a las costas de Jamaica, un rico cargamento de café, tabaco y cacao! ¡Es cierto que sostuvo poco menos que una batalla con los traficantes de ron! ¡Es cierto que ha burlado todas las leyes de restricción del contrabando, en más de diez islas del Caribe, defraudando a los gobiernos coloniales de Francia, Inglaterra y Holanda! Es cierta, también, la lamentable riña de taberna en la que jugó y perdió su goleta Luzbel, levantando después un embargo gracias a una cantidad de dinero que aún no ha pagado...

–¡Que quise pagar, y cuyo pago tú no aceptaste! —refuta Juan sin poder dominar un acceso de ira—. ¿Por qué? ¿Para que? ¿A qué vino tanta hipocresía?

–¡Guarde silencio, acusado! —impone el presidente—, ¡Silencio...! Continúe el señor acusador privado.

–Y uno a uno probaré todos los cargos que contra él se han lanzado —prosigue Renato con más calma y amargura– pidiendo en el acto, a este tribunal, que comparezca el quinto testigo y que sea leída, ante él, el acta en que le acusan de secuestro, para que sea corroborada por las declaraciones del muchacho...

–¡Quinto testigo de la acusación! ¡El niño conocido por Colibrí! —llama el secretario. Diga su nombre, apellido, edad y profesión...

–Prescindamos de formulismos por esta vez, señor secretario —tercia el presidente—. El muchacho, según parece, no tiene apellido, y lo más probable es que no recuerde su edad. Siendo desde luego menor de los dieciocho años, no puede prestar juramento. Haga constar en el acta que su declaración es a todo riesgo... ¿Prometes decir la verdad, muchacho? ¿No tienes otro nombre más que el de Colibrí?

–Colibrí me llamó el patrón, señor presidente, y Colibrí me llaman todos en el Luzbel.

–¿Quieres decir que antes no te lo llamaban? ¿Cuál es tu nombre? Antes de que te llevase Juan del Diablo, ¿cómo te llamaban?

–Me llamaban haragán, negro sucio y perro sarnoso...

–¡Esos no son nombres! —rebate el presidente.

–Pues así me llamaban, señor presidente... Cada uno como le daba la gana, y con cada grito, un palo o una patada por que no andaba ligero. Era mucha la leña que había que cargar para el horno del alambique.

–¡Silencio! —insiste el presidente enarbolando la campanilla para aplacar los murmullos que suben de tono—. Secretario, dé lectura al acta...

Y el secretario, obedientemente, lee:

–"En la ciudad de Port Morant, ante el notario William Godman, los abajo firmantes declaran: Primero: Ser absolutos propietarios de una finca de cien cordeles que se extiende desde la margen izquierda del río Morant hasta el monte llamado Yall’s Hill, todos ellos terrenos cultivados con plátano, tabaco y caña. Segundo: Que cuentan, para la ayuda de ciertos trabajos en el alambique que poseen y explotan en dicha propiedad, con varios muchachos, uno de ellos pariente cercano, recogido y criado en la casa, por ser huérfano de padre y madre. Tercero: Que este muchacho, a cargo total de sus tutores, de la raza negra, estatura regular, aproximadamente de doce años de edad, desapareció una mañana, embarcando por el puerto de White Horses en la goleta llamada Luzbel, llevado hasta ella con engaños, o acaso por la violencia, por el patrón de la misma, apodado Juan del Diablo. También aseguran que el citado muchacho, dando pruebas de sin igual ingratitud para los que le habían amparado, cooperó al susodicho secuestro obedeciendo a la voz de Juan del Diablo, en lugar de a la de sus parientes, cuando éstos fueron a buscarlo. Cuarto: Que el llamado Juan derribó a puñetazos a los que quisieron entrar a la coleta en busca del muchacho, haciendo levar las anclas y partiendo del puerto de White Horses, siendo inútiles hasta la fecha sus denuncias y demandas. Que además, y por pura maldad, Juan del Diablo disparó contra las barricadas de ron propiedad de los firmantes, que aguardaban en el muelle de White Horses para ser embarcadas, haciendo que el líquido se derramara, con una pérdida de más de cien libras esterlinas, y gritándoles las peores injurias, con las que provocó una insubordinación entre los otros muchachos, con grave perjuicio del orden y la disciplina en la finca de su propiedad. Y firman, Burke, George y Jacobo Lancaster, con cuatro testigos que dan fe, vecinos-propietarios de la dudad de Port Morant, y la firma del notario autentificando el documento, William Godman. He dicho...

–¿Has oído, muchacho? —advierte el presidente—. ¿Recuerdas si reconoces haber sido secuestrado por el llamado Juan del Diablo?

–Yo me fui con el patrón... Yo le pedí que me llevara... Por culpa mía se había estropeado una paila de ron, y me iban a matar a palos. Me escapé muerto de miedo... No sé ni cómo pude llegar, y me caí en la playa cuando vi que todavía estaba allí el Luzbel. Entonces, el patrón me llevó adentro, y no sé qué más pasó...

–El cargo de secuestro queda totalmente probado —señala Renato.

–¡Yo me fui con él! —insiste Colibrí—. Yo le pedí que me llevara... Me iban a matar... El patrón era bueno conmigo... Dígales cómo fue... Dígales usted, patrón, dígales por qué me escapé de allá...

–¡Silencio! —clama el presidente por enésima vez—. ¿Tiene algo que decir en su defensa, acusado?

–Nada, señor presidente —responde Juan destilando ironía—. Tampoco creo que sea necesario decir nada en defensa del muchacho. Iba a pagar con su vida la pérdida de una paila de ron. Yo derramé el contenido de cien pailas, y no permití la entrada de intrusos en mi barco. No hay nada que añadir en mi defensa. Que busquen qué añadir a las suyas las autoridades de Port Morant, que toleran cosas como las que acaban de escuchar a las mismas puertas de una ciudad civilizada.

–¿Tiene algo que responder a esas palabras el señor acusador privado? —indaga el viejo presidente volviéndose hacia Renato.

–No creo que se trate, señor presidente, de discutir injusticias sociales con el acusado, sino de probar su responsabilidad en los hechos de que se le acusa. El hecho, ni él mismo lo niega: destruyó voluntariamente una propiedad ajena, se llevó a un muchacho de doce años sin autorización de nadie, contra la voluntad de los únicos que se declararon sus parientes, de los que le habían ofrecido amparo desde una infancia tan tierna, que ni el propio interesado recuerda otro hogar que la casa de los Lancaster...

–En la casa de los Lancaster, Colibrí no era más que un esclavo —rebate Juan—. Sí, un esclavo, aun cuando las leyes del país hayan abolido ya la infame trata. No creo en la existencia de ese lazo de sangre que dicen le une a sus verdugos. Eran cerca de una docena de muchachos, huérfanos o abandonados por sus padres, los que dormían hacinados en el fondo de una barranca inmunda, los que se alimentaban con sobras que los perros pueden despreciar, los que eran obligados a trabajar hasta más allá de sus fuerzas de niños, los que sólo recibían golpes, injurias y malos tratos a cambio de su trabajo... Pero, naturalmente, yo no era más que un entrometido, eso no me importaba nada...

–Pudo importarte y proceder de otro modo —observa Renato—. Con una denuncia a las autoridades...

–Evidentemente el señor acusador privado tiene razón —apoya el presidente—. Los hechos que usted refiere son lamentables, pero no le autorizaban a convertirse en juez y ejecutor de una justicia personal sin haber acudido antes a esa justicia legal que tan duramente ha criticado.

–Hubiera sido inútil, señor, presidente —desprecia Juan con su habitual sarcasmo—. Los Lancaster son personas muy bien miradas en Port Morant, pagan altas contribuciones y poseen lujosos carruajes... No, no los imaginéis como bárbaros, golpeando a este niño con sus propias manos. Ellos son incapaces de una acción repugnante. Para eso tienen sus capataces, sus caporales, sus perros a sueldo... Para eso dan absoluta autoridad a los que gobiernan a sus trabajadores... Y si un desdichado de éstos muere, importa poco, porque nadie va a ir a reclamar para saber si fue el paludismo o el hambre, los golpes o una indigestión, lo que lo mataron... Ellos son caballeros y viven como tales. No pueden llegar hasta ellos la denuncia de un patrón de goleta, tildado de pendenciero, de contrabandista y de pirata... ¡Están tan altos en la bella Jamaica, como Renato D'Autremont en la Martinica! ¡Sólo un imbécil perdería el tiempo denunciándolos!

Juan ha clavado en Renato su mirada de fuego, como aguardando una respuesta que no llega, que no puede llegar... Y Renato respira conteniéndose, sintiendo que es menos firme el suelo que pisa, que de los bancos del pueblo bajo llega hasta él una comenté hostil, violenta, a punto de estallar, hasta que la mano del presidente se alza!

–¡Lo que usted dice no tiene sentido, acusado! Bien claro dice esa denuncia que el muchacho en cuestión es pariente de los Lancaster...

–Parientes de empleados de los Lancaster... Es la fórmula usual para emplear niños en los peores trabajos. Están con sus parientes, tío segundos o primos terceros... acaso simplemente les reconocen como ahijados... ¿Qué más da? La fórmula es perfecta: Se paga a un desalmado cualquiera que ofrezca una cuadrilla de muchachos. Poco le cuesta decir a éste que son de su familia, y los amos no tienen nada que perder. Muy cómodo para los Lancaster...

–Pido la palabra, señor presidente, para una cuestión de orden —interviene Renato—. No creo que interese a este tribunal la forma de administración que tienen los señores Lancaster en la isla de Jamaica, ni otros señores en las islas vecinas, ni aun en la propia Martinica... Cada uno gobierna su casa como le place, y allá cada quién... Estamos aquí para probar los cargos que he lanzado contra Juan del Diablo, y uno a uno van probándose. ¡Señor presidente, pido haga usted constar en acta, que el cargo de secuestro y destrucción de propiedad ajena está plenamente probado!

–Su petición es justa. Hágalo constar en acta, señor secretario —indica el presidente. Y acto seguido, prosigue—: Ahora, para exponer su requisitoria, tiene la palabra el señor fiscal...

–Tomo sobre mí el cargo, señor presidente —tercia Renato. Ahora es en la tribuna reservada para los importantes, donde los comentarios suben de tono un momento para después callar. El fiscal hace un gesto de absoluta indiferencia, retirándose de nuevo hasta su butaca, y Renato D’Autremont avanza mirando uno a uno a aquellos hombres que forman el jurado, y cuyos ánimos sospecha ganados ya del todo para Juan:

–No trato de hacer ver como un monstruo al acusado. Demasiado bien sé que es un hombre que ha sufrido y luchado desde niño, un hombre en pugna con la sociedad. Nada he de decir a ustedes sobre la excusa moral que pueda representar, para su mala vida, su mala suerte; pero sí pido a todos, y a cada uno de ustedes, la conciencia de su responsabilidad. No acusé públicamente a Juan del Diablo por rencor ni capricho, no le acusé siquiera con el afán de castigar sus errores pasados, sino de prevenir futuras fechorías, de remediar males que aun pueden remediarse...

»Su ejemplo es pernicioso, nefasto. Si este tribunal, basado en razones sentimentales, ganado por el impacto moral de la piedad que ciertos relatos escuchados pueden causar en el corazón de cualquier hombre, si este tribunal, repito, da la razón a Juan del Diablo con una sentencia absolutoria, todos los vagabundos, todos los maleantes, todos los descontentos y resentidos de la Martinica adoptarán esa actitud pendenciera y hostil, erigiéndose a si mismos en gratuitos representantes de la justicia, impartiéndola por su propia mano, a espaldas de las leyes y de los tribunales...

»Quiero que cada uno de ustedes entienda que hablo sólo en defensa de nuestra sociedad, de esta sociedad a la que pertenecen nuestras esposas, a la que pertenecerán nuestros hijos mañana... No podemos permitir que, por la sospecha de que una denuncia no va a ser escuchada, se tome cada cual la justicia por su propia mano. La vida de Juan del Diablo puede tener la brillantez de una novela de aventuras, ganar la admiración de las mujeres y exaltar la imaginación de los muchachos, y por ello mismo es tan peligrosa, y es más fuerte nuestro deber como hombres, como jefes de familia, como clase directora de una sociedad civilizada, de dar otro rumbo a la justicia, otros procedimientos a la bondad humana, que puede coexistir con el respeto a las leyes y al derecho legal de los demás, aun cuando Juan del Diablo pretenda probamos lo contrario. Como el médico que se cura a sí mismo, descubriendo antes que las ajenas sus propias llagas, quiero hacer constar que no será extraño que una dama de mi propia familia, una dama de la que me considero defensor natural y obligado, tome partido a favor de Juan...

»Y esto puede ocurrirle a cualquiera de los cabezas de familia que me están escuchando. Si nuestras leyes son malas, debemos reformarlas; si nuestros tribunales no imparten verdadera justicia, debemos esforzamos por hacerlos mejores; si nuestras costumbres son vituperables, tratemos de modificar nuestras costumbres... Pero que todo se haga con la anuencia de los mejores ciudadanos, con el respaldo de las leyes de la metrópoli, con la justicia, el derecho y el apoyo de las instituciones, no según el capricho, más o menos sentimental, del primer resentido que se alza en rebeldía, sólo porque la sociedad lo tuvo siempre al margen...

»Pido, señores del jurado, piedad para Juan del Diablo, pero mayor piedad aun para la sociedad cuyos cimientos socava. Sus pecados pueden absolverlos el corazón, pero sus faltas deben ser castigadas, deben ser sancionadas, deben ser perseguidas y evitadas, en él y en cuantos pretendan seguir su ejemplo, como parecen querer seguirlo todos los hombres de su barco y hasta ese niño de doce años a quien bien pudiéramos llamar el ahijado del Diablo...

»Es absolutamente preciso hacerles comprender, al acusado y a todos, que ningún hombre es más fuerte que las leyes, que ningún ciudadano, por si solo, puede destruir lo que ha establecido la voluntad de millones de ciudadanos, que no es la violencia privada el camino de reparar la injusticia, que él no puede imponer una sanción caprichosa como en el caso de la destrucción de las barricas de ron de los señores Lancaster, porque eso no se llama justicia, se llama venganza, y este tribunal no puede alentar esos procedimientos, sino, por el contrario, ponerles coto, terminar con ellos, cortar toda posibilidad de que cosas así vuelvan a repetirse, por medio de un castigo justo, enérgico y adecuado para el quebrantador de todas las normas, para el acusado, Juan del Diablo. Por lo tanto, pido a este tribunal, para el acusado...

–¡No! ¡No, Renato! —le interrumpe Mónica acercándose a él, completamente fuera de si—. ¡Que no seas tú... que no sea tu boca... que no sean tus labios los que pidan el castigo de Juan!

–¡Silencio... Silencio! —se enfurece el presidente—. ¡Basta! ¡Voy a hacer despejar la sala! Señora Molnar, en su calidad de testigo, usted ha permanecido indebidamente en esta sala. Pase en seguida al departamento de testigos, o será detenida por desacato a la autoridad.

–¡Eso no! —protesta Renato.

–Ni ella ni nadie puede interrumpir de ese modo el orden de un juicio. Hablará a su tiempo, cuando sea interrogada. Y si tiene que decir algo en favor del acusado...

–¡Es el hombre más generoso de la tierra! ¡Si ustedes representan a la justicia, no pueden condenarlo!

Un grito unánime ha escapado de las tribunas del pueblo. Magistrados y jurados se han puesto de pie; los guardias cruzan los fusiles deteniendo al público que pretende saltar al estrado. Incapaz de contenerse por más tiempo, Mónica está frente al tribunal, se acerca a Juan, se vuelve hacia Renato... A una enérgica seña del presidente, un ujier va acercársele, pero no se atreve a tocarla. Se detiene frente a ella, inmóvil como todos, y se apagan los murmullos y las voces con el repentino y violento interés de escuchar sus palabras:

–¡Señores magistrados, señores jurados, ustedes no pueden condenar a Juan! Es preciso que los que van a juzgarle no cometan contra él una nueva crueldad... Por el amor de Dios, escuchadme. ¿Vais a castigarlo por ser generoso? ¿Por sentir piedad? ¿Por defender a los que nada tienen? ¿Por ser el apoyo de los desamparados? ¡No! La justicia no puede castigarle por luchar, defendiendo su propia vida y la de otros desgraciados, por ayudar a burlar conciencias inhumanas, por dar amparo a un niño fugitivo, por herir a un malvado en legítima defensa, que ése es el caso de Benjamín Duval...

–¡Señora Molnar, basta... Basta! —desaprueba el presidente—. Ha tomado usted el papel del abogado defensor, y en ningún casa podemos oiría en ese tono. No es para escuchar argumentos, sino hechos, para lo que este tribunal le concede el derecho de hablar.

–En seguida llegaré a los hechos, señor presidente. Solo quería suplicar a los señores del jurado que fuesen menos crueles con Juan de lo que el destino fue con él desde niño. Por lo demás, sus faltas, sus delitos, los cargos de que se le acusa han ocurrido en su mayor parte en otros países y bajo otras leyes...

–La testigo olvida que los principales cargos son, aparte de su riña con Benjamín Duval, el incumplimiento de su promesa de seguirle pagando una indemnización mediante la cual retiró él su demanda —recuerda el presidente—. El abuso de confianza que significa sacar del puerto un barco embargado antes de satisfacer la deuda que lo detenía a la disposición del que hoy lo acusa: el señor Renato D'Autremont y Valois...

–Justamente iba a llegar a ese asunto, señor presidente —interrumpe Mónica—. La forma en que Juan fue detenido, la severa incomunicación en que hasta ahora ha estado, me han impedido cruzar con él una sola palabra, participarle algo que su desinterés, su verdadero desprecio al dinero le hizo ignorar: la mujer con quien se casó en Campo Real cuenta aún con algunos bienes de fortuna. Una dote modesta. Con ella garantizo a este tribunal el pago de esa deuda. Hago promesa solemne, a los acreedores aquí presentes, de abonar hasta el último centavo, y espero que con ello sea bastante para dejar sin lugar el cargo de abuso de confianza.

–¿Puedo hacer una pregunta a la testigo? —inquiere Renato—. Sólo quería preguntar a la testigo, recordándole antes que declara bajo juramento, si fue también a causa de la bondad de Juan del Diablo que rogó al doctor Faber escribiese a su madre pidiendo ayuda, apoyo, auxilio para escapar de la goleta Luzbel, en donde era retenida contra prescripción facultativa, a pesar de estar gravemente enferma.

–Jamás pedí al doctor Faber que escribiera en esa forma, ni a mi madre ni a nadie —rebate Mónica con energía—. Sólo quise hacerle saber que aún vivía. Juro que ésa, y sólo ésa, fue mi súplica para el doctor Faber.

–Admitamos que el médico obró por iniciativa propia, que el dolor y el abandono de una compatriota, llevada a pesar suyo en aquel barquichuelo miserable, le conmovió al extremo de ir más allá de lo que se le rogara. ¿No son acaso hechos lo bastante claros para desmentir la pretendida bondad de Juan del Diablo?

–Sólo guardo gratitud para él durante ese viaje. A sabiendas acepté su pobreza. Y ningún tribunal puede acusarlo si yo no lo acuso, nadie puede sostener contra él una demanda que yo rechazo. Me considero deudora de una profunda gratitud para el acusado, y en nombre de esa profunda gratitud...

Ha callado, sintiendo que las fuerzas le faltan, pero una firme mano varonil la sostiene. Junto a ella está Renato que, aprovechando el instante, se vuelve al tribunal:

–Es profundamente doloroso para mí obligar a la testigo a tocar asuntos íntimos; es lamentable ventilar ante un tribunal público lo que sólo atañe al honor y a la dignidad de los que son ya miembros de mi familia; pero cuando se llega a un extremo tal, hay que apurar hasta la última gota del trago más amargo. Públicamente, y asumiendo de nuevo el cargo de fiscal en el que fui interrumpido, pido a los señores del jurado un veredicto de culpabilidad para que él presidente de este tribunal aplique la sanción más severa que marque la ley para los cargos probados y confesados por el propio acusado, y corroborados por los testigos que acaban de declarar. Pido la mayor pena que el código prevenga, para protección de esta sociedad a quien él maldice y ataca, para ejemplo de los que quieran seguir sus huellas, y en provecho de la mujer a quien, por desgracia, yo mismo puse legalmente en sus manos. Si ella, en su infinita nobleza, insiste en ser una esposa leal, yo pido a los señores jurados y a los señores magistrados que me ayuden a reparar mi gran falta, para poder seguir sintiéndome un hombre honrado.


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