Текст книги "Mónica"
Автор книги: Caridad Bravo Adams
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–Harta de todo eso, ¿qué? Faltaste, me engañaste, ¿verdad?
–¡No... no! No hice nada que tuviera importancia... Fueron niñerías, bobadas... y por culpa de ella...
Largo rato ha sollozado Aimée, cubierto el rostro con las manos, inclinada sobre la baranda de piedra, mientras Renato la contempla sin que acudan a sus labios palabras, sin que pueda siquiera ordenar los pensamientos que en loco torbellino sacuden su alma... Luego, Aimée se incorpora muy despacio, y seca sus lágrimas...
–¿Qué hiciste por culpa de ella? ¡Habla!
–Yo... pues... no hice nada grave, Renato... Juan del Diablo empezó a rondar nuestra casa... Por eso te dije antes que me cortejaba...
–¿A ti, o a ella?
–En realidad, a mí, Renato. Comenzó a cortejarme a mí... Ella había venido del convento, vestía de hábito... Él, como comprenderás, se dirigió a mí. No sabía nada, absolutamente nada de nuestro noviazgo... Un día se fijó en Mónica, y yo le dije que todavía no había profesado, que podía dejar los hábitos, que era hermosa y que necesitaba un amor... Fue una ligereza, una niñería... Nunca pensé que él iba a tomarlo en serio, ni que ella iba a enojarse tanto. Pero él cambió de rumbo, y yo, por travesura, sin medir el alcance de lo que hacía, lo animaba, le daba a entender que Mónica iba a corresponderle, que sólo se estaba haciendo la esquiva para interesarlo más, y él...
–Y él, ¿qué? ¡Sigue... sigue...!
–Yo tuve la culpa de que él se engañara. Ese es mi pecado, Renato, el pecado que no quería confesarte. Yo, en nombre de ella, le escribí una carta diciéndole que viniera a buscarla a Campo Real. Jugué con los sentimientos de ambos, y cuando él vino y ella lo rechazó, se puso furioso, juró vengarse, y entonces fue inútil que yo quisiera alejarlo de aquí...
–¿Quieres decir que Mónica no le había correspondido? ¿Que, en realidad, no le quiso jamás? ¿Que nunca se entregó a él ni fue su amante?
–¡Eso, Renato, es...! Se enredaron las cosas... Yo le dije a Mónica que tú ibas a matarme, y ella aceptó el sacrificio. Por eso era mi angustia, mi desesperación cuando la obligaste a casarse, cuando él se la llevó tan lejos... Por ligereza fui mala, cruel y mala hermana... Esa es la verdad... Ese es mi único pecado... ¡Perdónamelo, Renato! ¡Perdónamelo tú, ya que ella no podrá perdonarme jamás!
Casi sin fuerzas ya, perdida ella misma en la maraña de sus falsedades, enloquecida de angustia pero decidida a no cejar, llora Aimée tras aquellas palabras en que una vez más ha mentido... Ha mentido jugándose el todo por el todo, escudándose definitivamente en un nuevo engaño, acorralada por las circunstancias en las que mentir es su único camino, acumulando, una sobre otra, calumnias, falsedades, con la violenta audacia de quien va a una brutal lucha a vida o muerte... y al mismo tiempo llorando con lágrimas de espanto, asustada del nuevo abismo en que acaba de lanzarse, espiando con ansia infinita la expresión de aquel rostro demudado, también como el suyo pálido de espanto...
–¡No puede ser! ¡Es imposible! ¡Si es verdad lo que dices, has condenado a tu hermana inocente! ¡La has entregado indefensa a un hombre brutal!
–Es horrible, ¿verdad? Tú te empeñaste...
–Pero, ¿por qué no me dijiste la verdad? —se exaspera Renato—. ¿Por qué no hablaste entonces, como hablas ahora? ¿Por qué calló ella, soportando una cosa semejante?
–Por salvarme. Juraste que me matarías... Y también por salvarte a ti. No olvides que te amaba... Tú la obligaste amenazándola con matar a Juan... ¡Y lo habrías hecho!
–Tal vez... Pero no hubiera cometido una horrenda injusticia. Si tú me hubieras dicho la verdad...
–Hubo un momento en que fui a decírtela, a confesártela jugándome el todo por el todo, pero me dijiste que ese hombre era tu hermano... ¿Cómo podía yo ponerlos frente a frente? ¿Convertirte en su asesino o en su víctima? ¡No, Renato, no, porque tú eres mi amor y mi vida, y porque voy a darte un hijo...!
Renato ha retrocedido sintiendo que enloquece, pero Aimée respira, se afirma, se afianza. Sabe que él la ha creído... está libre de la única mancha que sabe irremediable... Redoblando la audacia, corre a sus brazos:
–¡Mi Renato, eres el único hombre a quien he amado! Por ti soy y he sido capaz de todo... He sacrificado a mi hermana, he hundido en la desesperación a mi madre, he mentido, he calumniado, he sido egoísta, cruel, inhumana; pero fue sólo por conservar tu amor, por defender tu vida, porque no te manchases de sangre... ¡He querido salvarte aunque se hundiese el mundo!
–Salvarme... salvarme... —desprecia Renato con infinita amargura.
–Tú no lo permitiste. Has seguido dudando, has creído de mí lo peor, has convertido nuestra vida en un infierno. Reniegas y maldices hasta del hijo tuyo que llevo en las entrañas, y por dura que sea la verdad he tenido que decírtela, que ponértela en las manos... Lo merezco todo, ya lo sé: el odio de mi hermana, la maldición de mi madre, el desprecio de las gentes honradas... Merezco todo, menos que tú me rechaces, porque todo lo hice por ti, por defender tu amor...
Ha caído de rodillas, juntas las manos en las que hunde la frente, y queda inmóvil, aguardando, pendiente de las palabras que al brotar de labios de Renato señalarán su camino para siempre. Pero Renato no va hacia ella, no la levanta del suelo, no la estrecha en sus brazos, sino que mira a todas partes con los ojos de demente, y al fin grita a una sombra que pasa:
–¡Esteban... pronto, ensíllame un caballo!
–Renato, ¿adonde vas? —se sobresalta Aimée.
–¿Dónde he de ir sino a buscar a nuestras madres? Sé que están en Saint-Pierre, que han ido a ver al Gobernador para rogarle que detenga ese barco... Estoy seguro que están luchando con todas sus fuerzas para salvar a Mónica, que lo hacen a espaldas mías porque, como yo hasta hace un momento, la creen culpable, acaso porque creen que han de poner en una balanza su vida contra la tuya, acaso porque tienen escrúpulos, porque temen al escándalo, quizás porque temen a mi violencia. Pero todo va a cambiar. Ahora soy yo, yo, quien va a hacer detener ese barco. Yo, quien rescataré a Mónica, pase lo que pase...
10
–ESTA ES LA colina del azufre... Brimstone Hill, que dicen los británicos. En este viejo Fuerte se libraron grandes batallas... Un poco más allá de Basseterre hay otro Fuerte con ruinas tan importantes como éstas: Fuerte Tyson...
Juan ha extendido el brazo señalando a lo lejos, sobre la herrumbrosa muralla almenada en que rematan las altas terrazas del viejo Fuerte de la colina del azufre... Están sobre la tierra de San Cristóbal, otra dé aquellas islas volcánicas de altas montañas, de boscajes fértiles, acantilados imponentes y playas soleadas; un nuevo rincón de aquél múltiple paraíso de tierra y mar que los ojos de Mónica han ido poco a poco contemplando, primero con asombro, con trémula admiración más tarde, ahora casi casi como un éxtasis...
Apoyada en el brazo de Juan, llevada por él, oyendo su voz cálida, siente que las horas pasan tan blandamente como la brisa que ahora despeina sus dorados cabellos, tan suavemente como el mar que extiende allá abajo, sobre la playa rubia, su pañuelo de espumas...
–Cuando tengas apetito, bajaremos a almorzar. Junto a aquellas palmeras nos está esperando un buen asado. Y la tripulación, vestida de gala, me ha pedido como un favor especial el gran honor de acompañarnos a la mesa. Ellos te adoran, te miran como a la estrella de la mañana. Quieren obsequiarte. Algunos fueron hasta Charles Tow en busca de vinos, dulces y otras golosinas. Los harás muy felices aceptando sus obsequios.
–Ellos me hacen muy feliz a mí demostrándome un afecto que... que no hice nada por ganar...
–Tal vez no hiciste más de lo que piensas. Nuestra vida ha cambiado para hacerse infinitamente mejor.
–¿También la de usted, Juan?
–La mía la primera, desde luego... Pero no hables, si es para recordarlo. Hoy no quiero volver atrás la cabeza, no quiero pensar en el pasado, ni en el más próximo ni en el más lejano. Veinticuatro horas en San Cristóbal es el único acto de nuestro programa. ¿Te agrada?
Ha sonreído mirándola al fondo de las pupilas claras, y ella no halla respuesta, porque la voz no suena en su garganta... Es demasiado profundo lo que siente, es demasiado cálida la emoción que la embarga, creé vivir un sueño o soñar otra vida...
Como si no pudiera retenerla más tiempo, la pregunta de Juan sube tímida y anhelante a sus labios: —No te sientes mal, Mónica, ¿verdad?
–No sé cómo se llama lo que siento, Juan... Acaso... acaso estoy cerca de la felicidad.
Juan se ha erguido echando hacia atrás la cabeza. Apenas puede creer lo que ha escuchado. ¿Es realmente esa extraña palabra, que apenas tiene sentido en sus vidas turbulentas y atormentadas? Felicidad... Mónica ha dicho felicidad... Como si creyera soñar, mira hacia todas partes... Pero sí... Es ella la que habla, y él quien está frente a ella, bajo aquel cielo, ante aquel mar, que ahora parecen diferentes, como si una luz distinta y radiante los bañara... Ella ha vuelto a ruborizarse, a sentir que sus mejillas se encienden como una flor, y que no hay palabras en sus labios. Tímidamente extiende la mano que él toma entre las suyas, y, sin una palabra, bajan juntos por la estrecha escalera mientras sus corazones laten con ritmo igual...
—Gracias por haberme recibido en el acto, Gobernador.
–Pase, mi joven amigo, pase y hágame el favor de sentarse. —Gentil y llano, el Gobernador de la Martinica ha extendido la mano señalando una silla próxima a su amplio escritorio. Son más de las diez de la noche y el aire del mar entra por las abiertas ventanas moviendo las cortinas de encaje—. Supongo que le trae a usted el mismo desdichado asunto que hizo a doña Sofía honrarme con su presencia.
–Efectivamente, Gobernador. No tengo la absoluta seguridad, pero todo parece indicar que se trata del mismo asunto. Sé que mi madre tenía un empeño especial...
–Respecto a eso, no sé qué decirle, mi joven amigo. Doña Sofía deseaba, y no deseaba al mismo tiempo, que fuese detenido el Luzbel.Creo que luchaba entre dos sentimientos encontrados. Deseaba que ayudásemos a su protegida, la señora de Molnar... ésa sí desesperadamente empeñada en el rescate de su hija. Pero, por otra parte, creo que su mamá, juiciosamente, teme mucho al escándalo, Renato.
–¡Pues yo no temo al escándalo ni a nadie!
–Es una actitud que no sé si alabarle. Vivimos unos de los otros, el buen juicio de los demás puede ser definitivo, y un nombre como el de ustedes...
Ha callado, observando el rostro de Renato, duro, tenso, contraído, en lucha feroz consigo mismo. ¡Qué extraordinariamente cambiado le halla desde aquella mañana de sus bodas! Parece envejecido en diez años. Su expresión es, a la vez, dolorosa y fiera, y hay algo en sus palabras, áspero, impaciente, casi cortante:
–Yo vengo a pedir algo que es de justicia, Gobernador.
–Debo empezar por decirle algo que ya dije a la señora de Molnar. Hay justicia legal y justicia moral. No siempre puede hacerse la segunda en nombre de la primera. Legalmente, yo no tengo ningún motivo para detener a Juan del Diablo. Por eso, con todo el dolor de mi alma, rehusé a la petición de la señora de Molnar. No debo, no puedo detener a ese Juan por haberse casado legalmente y llevarse a su esposa en un barco de su propiedad...
–Pero sí puede usted hacer volver a Saint-Pierre a un barco que ilegalmente dejó el puerto. Sí puede detener a un hombre cuya persona y propiedades están embargadas por una deuda denunciada y comprobada. Hay una montaña de papeles legales en los que se le acusa por riña tumultuaria, desacato a la autoridad y heridas a un hombre que aun no está completamente curado.
–Ese hombre recibió una indemnización en metálico. Alguien pagó por Juan del Diablo, saliendo después fiador para que quedase en libertad. Hice traer los archivos del puerto y ese alguien...
–Ese alguien soy yo. Gobernador, dígalo claro, no dé más vueltas... He venido para poner las cosas en su lugar. Yo fui su fiador, vengo a retirar la fianza, y exijo que el proceso detenido siga en marcha.
–¿Para condenarle en ausencia, en rebeldía...? Es extraordinario, y me atrevo a decir más: es inhumano. Tendría usted que presentar una denuncia firmada, que hacerse totalmente responsable...
–Firmaré esa denuncia aceptando toda la responsabilidad. Puede usted pedir informes cablegráficos a las islas. Corre de mi cuenta toda la investigación que sea necesaria.
–Si está usted decidido a hacer las cosas de esa manera, le diré que, por casualidad, informes de esa clase no me faltan. El Luzbelancló en la isla de Saba. Fondeó también en Basseterre, San Cristóbal. Pasó por la Antigua y siguió vía al Sur, ayer por la tarde. Por razones obvias, no es fácil que se detengan en Guadalupe ni en María Galante, pero podemos poner sobre aviso a las autoridades de Dominica, Granada, San Vicente y Tobago. No creo que puedan ir más allá sin reponer las provisiones. Y si usted insiste...
–¡Hágalo, Gobernador, hágalo!
Proa al Sur, henchidas las velas, inclinado a estribor, cortando blandamente las aguas azules del Caribe, sigue el Luzbelsu ruta soleada...
Juan del Diablo va ahora al timón, mientras cae la tarde. Las montañas de Guadalupe han quedado atrás, así como también el ancho canal de María Galante. Otra isla recortada en el cielo la línea altanera de sus montañas... otra isla sobre la que hondea la bandera británica...
–Mónica, mira allá. ¿Qué ves?
–¡Tierra! ¡Otra isla...!
–La más bella de todas. ¿Quieres guiar hasta allá tú misma al Luzbel? Ven acá. Toma el timón. No pierdas de vista las velas. Mantén el rumbo. Media vuelta a estribor... Bien... Ya vamos enderezando. Mañana anclaremos en la Bahía del Príncipe Ruperto, y tú misma mandarás echar el ancla...
Mónica ha entornado los párpados y tiemblan las manos blancas sobre la rueda del timón, mientras Juan sonríe de un modo extraño, cuando indaga:
–¿Qué te pasa? ¿Piensas que dejé atrás a Guadalupe y María Galante para no volver a ver a tu doctor Faber?
–No pienso nada...
–Pues piénsalo si te da la gana. No quise volver a verlo... Me es profundamente antipático. Es natural que tú no compartas mis sentimientos...
–Creo que me salvó la vida. Por ingrata que sea, no puedo olvidarlo...
–Eres dueña de sentir por él toda la gratitud que quieras; pero yo, en tu lugar, no sentiría tanta... Al fin y al cabo, te hizo más mal que bien...
–En eso no creo que es usted justo, Juan.
–Tal vez no sea justo en nada, pero me guío por el instinto... y ese doctor Faber... ese doctor Faber... Por culpa de él tomé una resolución definitiva... ¡No echaremos el ancla en ningún puerto francés! —Bruscamente ha expresado Juan su pensamiento, y, alejándose un poco, llama alzando la voz—: ¡Segundo... Segundo... Hazte cargo del barco...
Se ha alejado con aire tan sombrío, que Mónica le sigue con ojos angustiados, soltando con viveza el timón que aún sostiene, cuando la juvenil figura de Segundo Duelos llega hasta ella con paso apresurado:
–¿Se sintió mal, patrona? ¿Qué le pasa? Usted está triste, y estaba tan contenta en días pasados...
–Sí, Segundo, pero hay aires que sólo de acercarse a ellos, hacen daño...
Segundo ha mirado a todas partes, ha seguido después la figura alta y recia que se aleja a lo largo de la cubierta, para detenerse en la misma proa, contra un mástil, cruzados los brazos, y comenta como al azar:
–El patrón tiene miedo de tocar tierra francesa, y es natural. Si yo estuviera en su lugar, también tendría miedo de perderla... Perdóneme... Quiero decir que tendría miedo de perderla, pero que no la retendría contra su voluntad... ¡Oh, dispénseme!
Se ha mordido los labios, ha esquivado la mirada de angustia con que Mónica pretende asomarse a su pensamiento, pero ella se aproxima más, encendidas ya sus ansias de saber:
–Segundo, ¿fue usted quien le dio el aviso que nos hizo huir de María Galante?
–Sí, patrona, fui yo. Lo siento si hice mal, pero como segundo del Luzbel...
–Cumplió con su deber, ya lo sé. Pero tanto usted como él se equivocaron... El doctor Faber no iba a hacer nada malo contra el Luzbel... Yo sólo le pedí que escribiese una carta a mi madre para darle tranquilidad sobre el estado de mi salud. ¿Comprende?
–¿Sólo eso? ¿Y el patrón lo sabe?
–Es difícil para mí hablar con Juan de ciertas cosas... No quiero disgustarlo...
–¡Él ha cambiado! Es otro hombre desde que está usted en el barco, patrona... Pero sin disgustarlo, si usted todavía quiere mandarle una carta a su señora madre, cuente con Segundo Duelos para ponerla en el correo...
–¿Serías capaz...?
–Pues, claro. Y no es por alabarme, pues cualquiera de los muchachos harían lo mismo. Damos la vida por Juan, pero tratándose de usted... —Se ha interrumpido para quedarse mirándola, como en breve lucha con su conciencia. Al fin, se inclina para hablarle muy bajo—: El amo es desconfiado... Lo traicionaron todos desde que era niño, y ve traiciones hasta donde no las hay. Yo sé que usted es muy buena, patrona, que no va a hacerle ningún daño... Y si esta noche escribe una carta para su señora madre, mañana la pongo yo en el correo de Portsmouth. ¿Quiere escribirla? ¿Quiere dármela?
–No sé todavía —duda Mónica; pero al fin parece reaccionar bruscamente—: Está bien. Segundo, confiaré en su promesa... Escribiré esa carta a mi madre...
Y dejando a Segundo con las manos sobre el timón, se dirige hacia la cabina del barco, donde, apenas traspuesto el umbral, divisa a Colibrí y le interpela cariñosamente:
–¿Cómo estabas aquí? ¿Qué haces?
–Esperarla, mi ama...
El niño negro, a flor de labios la sonrisa blanca, responde a la pregunta de Mónica ladeando levemente la rizada cabeza... Lleva mucho rato aguardando en el centro de aquella cabina, como si aguardase, cual un milagro, la dulce aparición de aquella a quien la devoción de todos envuelve como en una atmósfera brillante y cálida sin que ella ni siquiera haya llegado a advertirlo.
–¿Va a quedarse aquí dentro, patrona?
–Sí, Colibrí, voy a quedarme, pero necesito quedarme sola, ¿entiendes? Debo estar sola, necesito hacer algo íntimo, personal... —Ha mirado a todas partes como buscando. No pensó antes en la dificultad material... no dispone de nada de lo necesario para escribir. Sin embargo, recuerda haber visto escribir alguna vez a Juan, y rápidamente toma en sus manos el libro de bitácora—. ¿Conoces este libro. Colibrí?
–¡Cómo no, mi ama! Es el libro en el que el patrón escribe todo lo que pasa en el barco.
–Escribe... ¿Con qué escribe? ¿Lo sabes tú?
–Con pluma y tinta que están en ese armario. Ahí es donde guarda el amo todas las cosas que no quiere que se pierdan...
–Aquí hay pluma, un tintero, papel... ¡banderas!
Hay banderas de varios países, así como pequeñas banderas de señales, y entre ella un pequeño envoltorio de paño negro que las manos de Mónica despliegan con impaciencia. Es el traje inútilmente buscado. Tiene desgarrado el corpiño, arrancados los broches... Es la triste tela que delata una lucha feroz, la que sin duda sostuvo aquella noche defendiendo su pudor contra Juan del Diablo...
Largo rato ha retenido el roto vestido entre sus manos. Luego, como si tomase una resolución repentina, lo arroja al fondo del armario, toma lo necesario para escribir y cierra bruscamente la puerta del rústico mueble, como si quisiera alzar una barrera, alejarse desesperadamente del dolor del pasado... Pero una lágrima rebelde rueda por su pálida mejilla, y, apenado e ingenuo, indaga Colibrí:
–¿Que le pasa, patrona, está llorando?
–Sí, Colibrí, no he podido evitarlo... ¡He llorado mis últimas lágrimas por Mónica de Molnar!
Entreabiertos los labios de asombro, Noel se ha detenido en el umbral de aquella puerta que franquea una de tantas habitaciones del hotel. Ambiente frío, muebles escasos, una mesa central cubierta con un viejo tapete, y sobre ella, en una bandeja, una botella, una jarra de jugo de piña, varios vasos...
–Pase, Noel... adelante —invita Renato al viejo notario—. Al fin se recibió una noticia concreta: el Luzbelestá en Dominica, frente a Portsmouth, y ha aceptado carga para San José y Roseau... Pero, supongo que viene usted a buscarme por encargo de mi madre, ¿no?
–Fue grande su angustia al no encontrarle a usted en Campo Real, al saber que había salido de aquella manera, sin dar apenas tiempo a que le ensillaran un caballo... ¿Por qué hizo eso? ¿Piensa que su pobre madre no ha sufrida ya bastante?
–Pienso que todos hemos sufrido lo suficiente para reventar... Pero, ¿qué vamos a hacerle? Parece ser que esto es la vida. Siéntese y beba, o al menos acepte un cigarro. Yo, como usted ve, estoy aguardando...
Ha mirado una vez más el reloj de bolsillo, colocado sobre el tapete oscuro. Luego se aleja hasta llegar a la ventana que abre sobre la calle. Hay varios barcos mercantes anclados en la rada de Saint-Pierre, y los pasajeros, en escala obligada de su viaje desde Europa, invaden la rica y populosa capital de la Martinica, saboreando en ella los mil detalles del mundo tropical... La brisa que viene desde el mar no alcanza a refrescar las ardientes calles y hay en el cielo un extraño tono rojizo, como si gravitase sobre la ciudad el resplandor de un fuego misterioso, como si un presentimiento cósmico flotase sobre los jardines floridos y las lujosas moradas...
–Hablemos seriamente, Renato. ¿Qué se ha propuesto? ¿Qué ha venido a hacer a Saint-Pierre? ¿Con qué relaciona la noticia de que el Luzbelestá en la Dominica y haya tomado carga para un puerto o para otro?
–El Luzbelserá detenido apenas fondee frente a Roseau, y su patrón apresado en nombre de las leyes de Francia. Puede volver a Campo Real y decírselo a mi madre: voy a rescatar a Mónica cueste lo que cueste y pase lo que pase...
–¿Rescatar a Mónica? Entonces, ¿es verdad lo que me han informado? Usted retiró su fianza a Juan y encabezó una acusación en forma contra él...
—No me quedó otro camino para que el Gobernador consintiera en pedirlo, por extradición, como fugitivo bajo proceso...
–¡Pero lo traerán preso, se incautarán del barco... ¡Un momento... un momento, porque a veces me parece que yo también estoy trastornado... Cuando Juan llegó de su último viaje, traía suficiente dinero para pagarle a usted... es más, me aseguró que lo haría, y tengo entendido que, por lo menos, trató de hacerlo... Y hasta juraría haber visto una bolsa con monedas sobre la mesa de su despacho... Eso es... la recogí yo mismo... la guardé en la caja principal... ¡Juan cumplió fielmente sus compromisos!
–No puede probarlo —rechaza Renato con dureza—. Y, además, no es su dinero lo que persigo...
–Ya lo sé, ya lo sé... Pero acusarlo de esa manera, hacerlo volver así, es, por dura que sea la palabra, una infamia... ¡Una infamia!
–¡Peores ha cometido Juan del Diablo! —se revuelve iracundo Renato—. Cualquier camino es bueno cuando nos lleva a donde hay que llegar a toda costa. ¿No comprende, Noel? Mónica es inocente, no tiene nada que reprocharse... Yo tengo que detener ese barco, tengo que arrancarla de las manos del bárbaro a quien la entregué, loco de celos, ciego de desesperación y de rabia, sin más derecho que el que me daba mi cólera...
–¿Y quién le dijo a usted...?
–Quien lo sabe mejor que nadie... ¡Las diez! Es la hora que esperaba... El Gobernador está aguardándome para combinar los últimos detalles... Tengo que dejarle, Noel, y me parece muy buena hora para que tome su coche si quiere regresar esta misma noche a Campo Real... No se quede en Saint-Pierre... Serán inútiles sus esfuerzos por defender a Juan del Diablo...
—¿Llegó la comprobación, Gobernador?
–Puede leer por sí mismo el cablegrama, amigo D'Autremont. La goleta Luzbeltomó carga de ron, cacao y carne salada en Portsmouth, parte para el puerto de San José, y otra para Roseau, donde ya las autoridades están avisadas. Como primera formalidad debe llevar a la Capitanía del Puerto la matrícula del barco para poder desembarcar la carne, y en ese momento será detenido.
–Bien; sólo me resta aclara un punto que quedó pendiente esta tarde: la suerte que correrá en todo esto Mónica de Molnar.
–Bueno, legalmente es la esposa del patrón apresado. De todos modos, confío en que las autoridades inglesas de Dominica no olviden la caballerosidad. Todo depende de la actitud que ella adopte...
–Su actitud sólo puede ser la de una prisionera rescatada.
–Tengo mis dudas, mientras más leo y releo la carta de ese doctor Faber...
–Muy respetable la opinión de Faber, y la suya propia, Gobernador, pero perdóneme que me atenga sólo a mis propias seguridades. ¿Cuándo saldrá el guardacosta?
–Dentro de veinte minutos exactos. Mi coche aguarda abajo. Tal como le prometí, le haré conducir a usted a los muelles con las facilidades de hablar con el capitán...
–No deseo sino una facilidad, Gobernador: ir yo en ese barco.
–¿Usted? ¿Usted personalmente? —se sorprende el Gobernador—. Ningún civil debe viajar en un barco de guerra...
–Se lo pido como un gran favor. Son circunstancias muy especiales...
–Por ellas me será preciso complacerle, plegándome a su voluntad en absoluto. Le extenderé un salvoconducto. Una vez más le recomiendo prudencia y sangre fría. Los últimos informes que me han dado de Juan del Diablo, le acreditan como hombre muy peligroso.
–¡Una razón más para que no me detenga nada, Gobernador!
El Luzbelestá anclado frente a la villa inglesa de Portsmouth, un semicírculo de pequeñas casas multicolores, extendidas a lo largo de la abierta bahía de Príncipe Ruperto. Son las primeras horas de una noche estrellada, y, arrimadas al costado de la goleta, tres barcazas vierten su carga en el casco fino, fuerte y estrecho, de aquel barco bohemio y pirata que, por una vez, cumple la misión para la que ha sido matriculado.
–¿Todo en orden, Segundo?
–Todo en orden, patrón. La carga está en la bodega, perfectamente resguardada...
Juan se ha alejado con firme paso, y Segundo lo observa curioso, viéndolo detenerse un instante frente a la cerrada puerta de la cabina. Ahí está ella, tras aquella débil barrera de tablas, indefensa, suya, puesta en sus manos por las leyes y la sociedad, dócil y blanda en aquella vida nueva y extraña. Piensa Juan que acaso Mónica de Molnar no le rechace ahora, piensa que acaso en ella también toda ha cambiado... Pero es sólo un chispazo de luz entre las sombras, y muy despacio vuelve la vista para quedarse mirando a aquellas estrellas que se reflejan en el agua, tan altas, tan puras, tan lejanas como aquélla con quien sin querer las compara, y musita:
–¡No... no es mía... no lo será jamás...!
—Soy suya... suya para siempre...
Estremecida, temblorosa, exaltada, Mónica ha dejado escapar estas palabras que ante su propia conciencia desnudan la verdad de su alma. Durante largo rato ha mirado también aquella débil puerta, con el temor y el ansia de que se abra, con la esperanza inconfesable de que tras ella aguarde Juan... En ella chocan los pensamientos; contra ella van a estrellarse, tras la búsqueda inútil de sus almas perdidas. Bastarían unos pasos, una palabra, un desnudarse el corazón sin rubor... Pero ninguno de los dos da aquellos pasos, ninguno de ellos pronuncia aquella palabra, y, como Juan, ella ha vuelto la espalda, ha apoyado la frente atormentada en el redondo cerco de las estrechas ventanillas marineras, ha mirado el temblor de las estrellas sobre el mar... Si él la mirase de otro modo, si llegase hasta ella tierno o apasionado, si pudiera pronunciar en su oído aquel nombre que inútilmente repiten sus labios:
–Juan... Juan... ¡Si tú me amaras...!
—¿A buscar a Mónica? ¿Personalmente a buscar a Mónica? Pero; ¿está usted seguro, Noel?
–Con estos ojos lo vi abordar el barco. Él había rechazado mi compañía, ordenándome que regresara, sin ocuparme más de sus asuntos, cosa que, como usted comprenderá, no me fue posible hacer... Fui con él hasta la casa del Gobernador, le aguardé en la antesala, seguí después el coche que lo condujo hasta los muelles, lo vi embarcar en el guardacostas y me informé con plenitud de las diligencias hechas y de la absoluta cooperación del Gobernador. Renato logró lo que a ustedes se les había negado, y aun más: la orden de extradición inmediata...
Sofía D'Autremont se ha pasado por las sienes el pañuelo de encajes y extiende la mano para tomar el frasco de sales que, silenciosa y diligente, acaba Yanina de proporcionarle. Media ya la cálida mañana de Mayo cuando, con aire consternado, hace su relato el viejo notario:
–Dijo que su cuñada era totalmente inocente y que tenía que arrancarla, a costa de lo que fuese, de las manos de aquel bárbaro a quien en un momento de locura y de celos la había entregado...
–¿Inocente? ¿Totalmente inocente? ¿Con quién habló mi hijo antes de tomar esa resolución? ¿Qué han podido decirle? ¿Y cómo, cuándo? ¿Quién? Yanina, ¿con quién habló mi hijo ayer por la tarde? ¿Puedes decírmelo?
–Habló con la señora Aimée, doña Sofía, durante largo rato... Hablaron mucho en el pasillo del frente. El señor Renato miraba con impaciencia hacia el camino, sin duda esperando verla regresar a usted. Al final, la conversación pareció adquirir un tono violento...
–¿Dónde está Aimée? No la encontré en estas habitaciones, no la vi al llegar... —se inquieta vivamente Sofía—. ¿Qué fue de ella?
–Eso justamente iba a preguntar yo —apunta Noel—, porque su desaparición coincide...
–La señora Aimée no ha desaparecido —afirma Yanina en tono despectivo—. Está en su departamento. Ordenó que lo limpiasen y lo arreglasen de un modo especial, y mandó a Ana que pusiera flores en los jarrones. Allí se hizo servir anoche la cena, y el desayuno esta mañana. Me permito decírselo al señor notario para que no piense en tragedias que no han sucedido... ni probablemente sucederán...
Sofía D'Autremont se ha puesto de pie, conteniéndose. Apretadas las manos sobre el fino pañuelo de encaje, un momento parece vacilar, y al fin va hacia la puerta, volviendo la cabeza desde el umbral para advertir:
–Tenga la bondad de esperarme en la biblioteca, Noel. Voy a hablar con mi nuera en el acto...
Con las velas henchidas, levemente ladeado a estribor, surcando las aguas al impulso fuerte y cálido de la brisa de Mayo, llega ya el Luzbela la vista de la capital de Dominica... Apartándose del espejo, se acerca Mónica hasta la puerta que la mano nerviosa de Segundo Duelos acaba de golpear, pero no la franquea repentinamente, contiene su primer impulso de abrirla, y vuelve la cabeza para contemplarse en el espejo que la retrata...







