Текст книги "Mónica"
Автор книги: Caridad Bravo Adams
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–¿Qué pasa, Segundo?
–Estamos entrando a Roseau... El patrón me mandó que la llamara...
De pies a cabeza, Mónica ha vuelto a contemplarse y tiembla ante el reflejo de su imagen, como temblara aquella primera vez que Juan la obligó a mirarse en las aguas... Sí, es bella, es deseable... Mira con ansia de interrogación sus ojos profundos, sus trémulos y encendidos labios... Con una profunda satisfacción, hasta ahora desconocida, piensa que Juan va a encontrarla hermosa, siente el anhelo intenso, irresistible, de mirarse en aquellos ojos oscuros y ardientes que son ya como una obsesión sobre su vida, goce y tormento de su alma...
–¿Y dónde está Juan?
–Marcha en aquel bote...
–¿Se fue sin esperarme?
–Fue a buscar el permiso para desembarcar la carga. Dijo que lo aguardara, que iba a volver con una sorpresa... ¡Que se pusiera su mejor traje!
Ha reprimido con esfuerzo el gesto de disgusto, la irrefrenable sensación de despecho que la invade. Se reprocha haber tardado tanto, haberse entretenido largas horas en aquel tocado que él no tiene ahora ocasión de ver. Apretando los labios se inclina sobre la borda y mira la barca que se aleja rápidamente al golpe de los remos. Junto a Juan se agita una figurilla oscura que alza las dos manos como si desde lejos la hubiera divisado.
–¿Fue Colibrí con Juan?
–Si, señora, consiguió que lo llevara. Iba más contento que unas pascuas. No sé cómo se las arregla el diablo de muchacho para salirse siempre con la suya.
–Juan lo quiere más que a nadie...
–Lo quiere, es verdad; pero no creo que sea más que a nadie... Digo, a menos que esté loco... y venas de locura tiene...
–¿Venas de locura?
–Sí, rachas... Anoche estaba como un tigre; no había quién se le arrimara. Horas y horas estuvo paseando cubierta arriba y abajo. De pronto cambió, fue a buscarme para que hiciéramos cuenta de la ganancia que iba a darle la carga. Más de veinte libras le quedan libres. Y entonces fue y me dijo: "¿Habrá en Roseau un anillo de novia? ¿Alcanzarán veinte libras para comprar un anillo de oro fino, con una piedra blanca que brille como el sol?" Y yo voy y le digo: "Claro que alcanza. Conozco a un joyero que vende brillantes bien baratos. ¡Como que se los traen del Transvaal, de contrabando!" Y va y me pide las señas de ese joyero. Yo se las doy, como es natural, y entonces me pregunta, enseñándome su dedo chiquito: "¿Será así el dedo de Mónica?"
–¿Qué es lo que está diciendo, Segundo? —se ruboriza Mónica gratamente emocionada.
–Palabra por palabra lo que me dijo el patrón esta madrugada. Creo que estoy hablando de más... pero ya sabe cual es la sorpresa... Dice que se casaron ustedes demasiado de prisa, y que no pudo comprarle el anillo, pero que más vale hacerlo tarde que no hacerlo nunca. Y yo pienso igual...
Mónica calla. Es demasiado grande su emoción para que pueda pronunciar una sola palabra. Es demasiado íntimo el sentimiento que la embarga para mostrarlo así, frente a un extraño. Pero sus manos se aferran a la tosca baranda y sus ojos perciben, sobre la azul superficie de las aguas, la huella de aquel bote que se aleja raudo al golpe de los remos que impulsan las manos de Juan, aquel bote que arrima ya en el embarcadero de Roseau.
—Mira, Colibrí, ¿te gusta este anillo? Vale veintidós libras, pero no me importa. Lo dejaré apartado y pasaremos a recogerlo cuando tome la carga.
–¡Qué lindo es... y qué piedra tan grande! ¿Es para el ama?
–¡Claro que es para el ama! Cómo brilla, ¿verdad? Es igual que una estrella... y como una estrella temblará en su mano.
Fulgiéndole los ojos de entusiasmo, contempla Juan aquella sortija de brillantes a través del menguado cristal del pequeño escaparate que se abre sobre una de las estrechas callejas de Roseau. Ha querido pasar por allí antes de llegar a la Capitanía del Puerto, deseando cuanto antes ver convertido en realidad el anhelo de aquel deseo.
–Fíjate bien dónde es, Colibrí, porque hemos de volver aquí más tarde...
–¿A buscar el anillo? Usted siempre le anda comprando cosas al ama, patrón. Pero el ama no se pone contenta, sino triste... Algunas veces hasta llora mirando las cosas que usted le trae...
–¿Qué llora? No tiene por qué llorar. Una vez me dijo que era feliz, que sentía algo que podía llamarse felicidad. Me lo dijo a mí mismo, me lo dijo bien claro, y no hace muchos días...
–Sí ,yo sé cuándo se lo dijo; pero después de eso, anteayer mismo, estuvo llorando. Yo la vi con éstos ojos... y le corrían las lágrimas. Primero con el vestido negro, ese todo roto que usted tiene guardado en el armario... Lo encontró, y estuvo mirándolo y llorando...
–¿Lloró? ¿Lloró mirando ese horrible hábito, ese trapo negro que parece la ropa de un ajusticiado? ¡Siento mucho no haberlo arrojado al mar! ¿Por que lloraba? ¿No te lo dijo, Colibrí?
–Habló alguna cosa... pero yo no le entendí muy bien. Dijo algo así como que lloraba por Mónica Molnar... Y tiró otra vez el vestido roto al fondo del armario, y se puso a escribir... y mientras escribía, llora que te llora...
–¿Escribía? ¿Escribió Mónica?
–Sí, mi amo, y es lo que iba a decirle. Si usted va a regalarle algo, ella seguro que quiere papel y sobre. Esa noche estuvo buscando y rebuscando, y al fin, para escribir la carta, le arrancó dos hojas de atrás al libro de bitácora...
–¿Una carta? ¿Has dicho una carta?
–Bueno, digo yo que sería una carta, porque, ¿qué otra cosa iba a hacer, mi amo? Escribió las dos hojas por los dos lados, las dobló en cuatro y luego se las dio a Segundo y le pidió que le comprara sobre y sello para poder echarla en el correo. Por eso digo yo que sería una carta... ¡Ay, mi amo!
Colibrí ha esquivado la mano de Juan que se aprieta sobre su brazo con brutal movimiento instintivo. Luego, mira con espanto el rostro sombrío cuyas cejas se juntan con rabia, y suplica sobresaltado:
–No se ponga bravo, patrón, a lo mejor me hice un lío y no es verdad nada de lo que estoy contando...
–¡Todo es verdad! —afirma Juan con ira concentrada—. Eres incapaz de mentir ni de inventar nada. Además, es perfectamente lógico. Mónica escribió una carta y Segundo Duelos se encargó de ponerla en el correo. ¿En qué isla? ¿En qué puerto?
–No me acuerdo... no sé nada... no se ponga bravo con el ama, patrón, ni vaya a decirle que yo le vine contando. Yo no sabía que le iba a dar rabia... Yo...
–¡Cállate! En Portsmouth, Segundo echó una carta. Me dijo que era para su hermana...
Ha mirado a todas partes, transfigurado el rostro de rabia, amarga la boca de desconfianza, y acaba de salvar la estrecha callejuela marchando con paso incierto de sonámbulo.
–¡Mi amo... mi amo, no se ponga bravo! Yo no sé nada... de veras que yo no sé nada. Pregúntele a ella, patrón... seguro que le dice la verdad. El ama es más buena que el pan...
Bruscamente se ha detenido Juan... Otra vez aquel chispazo de vida y de esperanza se enciende en su imaginación exaltada. Sí... ella es buena, es sincera, es generosa, es leal... y acaso le ama. Recuerda su mirada, su sonrisa, las palabras en las que su voz ha temblado, su muda emoción ante la belleza del paisaje, el lento renacer a la vida... Poco a poco su amargura repentina se calma.
–Tal vez tengas razón. No puedo juzgar sin haberle preguntado. Le hablaré más tarde... Hemos de ir a la Capitanía General. Tengo que ocuparme de la carga, de veinte cosas más, que no son caprichos ni cartas de mujeres. ¡Anda, vamos!
Juan y Colibrí han llegado a la Capitanía y un oficial se les acerca, preguntando:
–¿Es usted el patrón del Luzbel!
–Para servirle, oficial.
–Pase, pase al despacho. Precisamente lo estábamos esperando. Adelante...
Con gesto de extrañeza ha cruzado Juan el umbral de aquel despacho. Frente al ancho escritorio hay cuatro soldados guardando las puertas laterales, un escribiente, un edecán, y el oficial que, poniéndose tras él, le cierra el paso.
–¿Qué ocurre? Aquí está la matrícula de mi barco. Tengo en orden todos mis papeles. Traigo carga de Portsmouth y...
–¡Queda usted detenido en nombre del Gobierno de Francia!
Como el potente tigre de la selva que se revuelve al caer en las mallas de la trampa, como la fiera que lanza su rugido al caer atrapada, ha dado un salto Juan, enfrentándose al oficial que acaba de hablarle. Pero también éste se ha apartado de un salto, brilla un arma en su mano, y los cuatro soldados avanzan, amenazándolo con la negra boca de sus fusiles, al tiempo que el oficial ordena:
–¡Quieto! ¡Quieto! ¡No se mueva! ¡Levante las manos, o disparo!
–¡Al que me toque le cuesta la vida!! —se revuelve Juan enfurecido; pero uno de los soldados, con un rápido movimiento, le ha asestado un golpe traidor que lo hace derrumbarse al suelo.
–¡Amarradle! ¡Esposadle! —ordena el oficial—. El parte dice bien claro que es hombre muy peligroso. ¡Pronto, la cuerda! ¡Codo con codo... las manos a la espalda... y que se las entiendan con él sus paisanos!
11
TEMBLÁNDOLE EL ALMA, como si no le fuese posible asimilar la horrible verdad, trémula y espantada como si escuchase el relato de una pesadilla, ha oído Mónica las palabras del pequeño Colibrí, sola con él en la cubierta de la goleta abandonada...
–¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿Qué había hecho él? ¿Qué pasó antes?
–Nada, mi ama, nada. Iba con sus papeles para cobrar la carga y luego comprar una cosa que quería comprar... Pisó el portal y lo metieron adentro, y a mí me cerraron la puerta en la cara y me echaron a patadas, mi ama .Pero no me fui y oí gritar al amo: "Al que me toque le cuesta la vida". Casi seguro que le dieron un golpe en la cabeza, por detrás, porque ya no dijo nada más, y cuando lo sacaron por la otra puerta iba como desmayado. Yo quise ir corriendo, pero un soldado me dio aquí con el arma larga... Aquí, patrona, mire...
No, no es una pesadilla, no es un sueño... Colibrí le ha mostrado las huellas de un golpe brutal, unas manchas de sangre sobre su camisa blanca, y las pequeñas manos negras se juntan temblando, mientras parecen pedirle auxilio los grandes e ingenuos ojos espantados:
–¡Hay que hacer algo, mi ama!
–¡Naturalmente que hay que hacer algo! ¿Dónde están los demás? Segundo, Martín, Julián... ¿Dónde están? ¿Dónde estaban?
–En la taberna, mi ama. Todos tienen miedo de caer en chirona... Allí no le dan a los pobres sino calabozo y palos... Todos van a esconderse... Pero usted, usted y yo, que no tengo miedo de nada, aunque me maten...
–¡Pues ven conmigo!
–¡A donde usted me mande! Al pie de la escala está el bote. Seguro que a usted la tienen que dejar entrar... Seguro que a usted tienen que decirle... ¡Ay patrona...!
–¿Qué pasa?
Han corrido juntos a la borda. Cuatro botes, cargados de soldados, llegan, desparramándose como para rodear al Luzbel...El más grande se ha detenido bajo la misma escala. No lleva, como los otros, soldados coloniales ingleses, sino marinos del guardacostas, y ondea en su popa la bandera de Francia...
–¡Pronto... arriba! —ordena la voz autoritaria del oficial—, Aseguren el ancla. Tomen inmediatamente posesión de la goleta... ¡Echen mano a todos los tripulantes! ¡Que no escape nadie!
–¡Un momento, señor oficial —Mónica ha avanzado, encendida de una ira repentina, de una violenta indignación que le arde en la sangre—, ¿Qué significa esto?
–¡Caramba! —exclama el oficial, contemplándola con mirada sorprendida, en la que arde una especie de franca admiración– ¿Es usted la mujer de Juan del Diablo?
–¡Soy la esposa de Juan de Dios, patrón y dueño de esta goleta! Sé que le han detenido y apresado sin provocación ninguna de su parte, y ahora...
–¡Pongan mano en todo con cuidado, muchachos! ¡Miren si no hay en la bodega explosivos o armas! —recomienda el oficial, soslayando la protesta de Mónica. Y dirigiéndose luego a ésta, le explica—: Son las precauciones de costumbre, señora. Soy responsable de la vida de mis soldados...
–¿De quién viene la orden de apresar a Juan y apoderarse de su barco? —trata de saber Mónica—, ¿Qué ha hecho para...?
–Lo que ha hecho no lo sé ni me importa —la interrumpe altanero el oficial. Y dirigiéndose de nuevo a sus subalternos, ordena—: ¡Detengan a todo tripulante... amarren codo con codo al que se resista! Llévense al muchacho ése...
–¡Dios libre a nadie de tocar a este niño! —salta Mónica furiosa.
–¡Basta ya! Todo el mundo va detenido, y usted también, señora de Dios, o del Diablo, que a mí no me interesa cómo se llame.
–¡Tal vez debía interesarle por el honor de su uniforme! —rebate Mónica con la mayor dignidad.
—¡Mónica! ¡Mónica... mi pobre Mónica...!
–¡Renato...! —exclama Mónica en el colmo de la sorpresa. Sí, es Renato D'Autremont el que acaba de aparecer, salvando de un salto la borda del Luzbel,corriendo hacia Mónica, estrechándola entre sus brazos, y por un instante apoya ella la cabeza en aquel pecho, aceptando la protección, el cálido halago de aquella amistad inesperada... A una imperiosa seña del joven oficial, un soldado arrastra a Colibrí, que mudo de asombro no acierta a gritar, pero la actitud de Mónica sólo dura un instante. Rechazando los brazos de Renato, se yergue desafiadora y decidida:
–¿Qué es esto? ¿Qué significa este horror, este atropello?
–Te suplico que te calmes, Mónica. No está pasando nada, no va a pasar nada...
–¿Cómo que no pasa nada? ¡Este asalto al barco...! Han detenido a Juan... Debe haber una equivocación horrible... ¿Quién ha hecho esto?
–Yo... —confiesa Renato con serenidad.
–¿Tú... tú? —se sorprende Mónica llena de indignación—. ¡No puede ser! ¡Tienes que estar loco! ¿Qué han hecho de Juan? ¿Dónde está Juan?
–Ven conmigo. Lo sabrás todo con tiempo y con calma. ¡Juan está donde debe estar!
—Patrón... Patrón... ¿Cómo se siente? ¿Cómo está? Poco a poco, volviendo con esfuerzo del profundo y doloroso letargo, abre Juan los ojos tratando de mirar en la oscuridad que le rodea. Es casi completa en aquella especie de cueva, apenas ventilada por un pequeño ojo de buey, redondo y alto. El suelo es húmedo y viscoso, de las paredes cuelgan cadenas herrumbrosas, mazos de cuerdas, y se amontonan en los rincones los desechos de la carga. El aire es fétido y espeso, cargado de salitre y de moho...
–Segundo, ¿eres tú?
–Sí, patrón. Nos pescaron a todos. A usted en la Capitanía General. A nosotros, allí mismo, en la taberna del Gascón, nos echaron el guante...
–Y ahora, ¿dónde estamos?
–En la cala del Galión...
–¿El Galión?Pero, ¿por qué estamos en el Galión?
–Parece que lo mandaron a buscarnos desde Saint-Pierre, y bien cargado de polizontes...
–¿Dónde están los demás?
–En otra bodega, digo yo que estarán... A usted y a mí, como nos resistimos...
–¡A mí no me dieron tiempo de nada: ni de resistirme! Pero si están todos aquí, ¿qué es del Luzbel!¿Que es de Mónica? ¡Ah, canallas!
–Por la señora Mónica no pase usted cuidado... A ella no va a pasarle nada...
–¿Cómo? ¿Qué sabes, imbécil? ¡Buenos son éstos! ¡Tengo que gritar, que protestar, tengo que saber a dónde han llevado a Mónica! ¡Si creen que van a poder tratarla como a una mujer cualquiera...!
–En el Galiónha llegado uno que ya les dirá cómo tienen que tratarla: don Renato D'Autremont y Valois... Mientras nos traían, oí decir que ese señorón era su cuñado...
Juan se ha puesto de pie con esfuerzo gigante, a pesar de sus ligaduras. La cuerda que ataba sus pies ha saltado, dejando en los tobillos su huella cárdena. Agitando la cabeza como un tigre, se yergue y balbucea fuera de sí:
–¿Renato? ¡Malhaya! ¿Ha sido Renato quien...?
–Yo no digo que fuera don Renato... Digo que él llegó en este guardacostas, y que iba para el Luzbelcuando nos echaron la zarpa...
–¡Yo sí sé! ¡Ha sido él... él...!
–¡Llegan, patrón! —advierte Segundo—. ¡Cuidado! En efecto, hay un rumor de pasos tras la puerta, que es abierta de pronto, y alguien empuja violentamente un pequeño cuerpo que Juan reconoce de inmediato y que le obliga a exclamar imperioso, una vez que la pesada puerta de hierro ha vuelto a cerrarse:
–Colibrí, ¿dónde está tu ama? ¿Dónde está?
–Quedó en el barco, patrón... Quedó con el señor Renato...
–¿Con el señor Renato?
–Llegó cuando el ama estaba discutiendo con los soldados... Llegó corriendo y se abrazaron...
–¡Se abrazaron! —repite Juan mordiendo las palabras.
–Sí, patrón. Él dijo: "Al fin, mi pobre Mónica", Y ella se le abrazó llorando...
–¡No! ¡No puede ser! —rechaza Juan como si le desgarrasen el alma.
–Ya le dije, patrón —comenta Segundo con amarga calma—. Por el ama no pase usted cuidado... A ella no van a maltratarla...
—¿Quieres acabar de explicarme, Renato, por qué has hecho esto? ¿Qué significa? ¿Dónde está Juan?
–Mónica querida, un momento... Te lo explicaré todo, pero cálmate...
–¡No puedo más! Llevas horas sin acabar de hablarme claro. Cien veces te he pedido que me expliques. Dijiste que eras tú quien había hecho esto. ¿Por qué? ¡Quiero saber por qué lo has hecho! ¡Quiero saber por qué me has traído aquí! Y sobre todo, ¡quiero saber dónde está Juan! ¿Quieres acabar de explicármelo?
–Te lo explicaré todo, pero déjame hablar. No puedo responderte a diez preguntas al mismo tiempo. ¿Quieres sentarte y escucharme?
Mónica se ha mordido los labios, suspira, y un instante calla. Están en una amplia habitación de paredes encaladas, rejas; de labrada madera y brillantes pisos de ladrillo rojo... Es una casa aislada entre jardines, en las afueras de Rosean, maciza construcción que se empina, como tantas otras, en las estribaciones de la montaña, y desde cuyas ventanas abiertas se divisa el magnífico espectáculo del puerto, la bahía y el mar...
–¿Te has propuesto enloquecerme, Renato?
–Me he propuesto, enloquecido, remediar las consecuencias de mi pecado de incomprensión, de egoísmo, de ira, de crueldad... Es curioso y lamentable... Yo, que no me creía capaz de ser cruel, he sido despiadado, y lo he sido contigo, mi pobre Mónica...
–Si no me hablas más claro... —se impacienta Mónica.
–Lo que te estoy diciendo es diáfano. Ya sé que pretenderás no entenderme, que mentirás y fingirás heroicamente, como hasta ahora lo hiciste. Ya sé que sostendrás la farsa y que tomarás, a cuenta de ella, la defensa desesperada de Juan del Diablo. Ya sé que tienes madera de santa o de mártir...
–Te equivocas totalmente, Renato. Yo... yo...
–Tú has sido la víctima inocente. Yo cometí el crimen de arrojarte en los brazos de Juan; pero yo, yo solo, contra ti misma si es preciso, te libraré de ese canalla...
Renato ha hablado, temblando la pasión en su voz, aun cuando su mirada azul sea límpida y suave. Ha querido en un momento arrancarla de aquel ambiente para él horrible, empezar la obra de reparación de su mal; pero Mónica le rechaza, relampagueantes de ira los ojos:
–¡Juan no es un canalla! ¡Ni tú ni nadie dirá de él una cosa semejante delante de mí! ¿Dónde está y qué le han hecho?
–No corre ningún riesgo ni se le ha hecho aún ningún mal. Por otra parte, quiero empezar por decirte que te excuso, del esfuerzo de representar el papel de esposa preocupada...
–¡No estoy representando ningún papel! ¡No tengo ninguna queja de Juan!
–Si pudiera creer que dices la verdad, creo que le daría las gradas a Dios por haberme escuchado. ¡No sabes cómo he rogado desde el fondo de mi alma, qué horas de angustia he vivido desde que supe la verdad! Sí, Mónica... Aimée me dijo al fin toda la verdad...
–¡Jesús! ¡Pero tú... tú...! ¿Has tenido calma? —se sorprende Mónica, desplomándose anonadada en la cercana butaca.
–Mi dolor y mi desilusión han hallado la serenidad necesaria... Y no es mérito... Había sufrido tanto, había llegado a imaginar lo peor con tanta fuerza, con tan vivos colores creía tener entre las manos el horror de un engaño... De un engaño de otra índole, compréndeme. Sí, Mónica, he estado loco, ciego, desesperado... Sólo demente pude creer que tú, tan pura, tan altiva, habías sido capaz de entregarte así... Perdóname, Mónica, he sido un insensato... Si te acosé, si me revolví contra ti sin piedad, si me convertí en una fiera ,fue porque creí que Aimée era la culpable... la única culpable...
–Pero, Renato... —intenta protestar Mónica totalmente confusa.
–Y no culpable como es, en realidad, de un pecado de egoísmo, de ligereza imperdonable... No culpable como lo ha sido... como una niña demasiado mimada, capaz de arrojar sobre ti el fardo de todas las responsabilidades, sino culpable de otro, como una verdadera mujer adúltera y liviana... Sufría tanto yo mismo, que me era imposible medir el sufrimiento de los demás. Por eso te precipité al abismo, por eso te arrojé en brazos de ese salvaje...
–¡Óyeme, Renato! —trata de detener Mónica aquel torrente de explicaciones que todavía no alcanza a comprender en su verdadero sentido.
–Te oiré en seguida, pero déjame acabar. Fui más que injusto, llegué a ser inhumano. Y contigo... contigo, que es lo que me duele más hondo, que es lo que me reprocho más... Contigo, para quien sólo debiera yo tener gratitud, reverencia... ¡Oh!, no diré ninguna palabra que no debas escuchar; pero lo sé todo y no quiero ni debo ocultártelo. Lo sé todo, y me pondría de rodillas para pedirte que no te avergonzaras, porque el amor no puede avergonzar a nadie, y no ha habido sobre mi vida nada más hermoso que ese amor que tú supiste darme...
–¡Calla, Renato, calla...!
Se ha levantado, encendidas las mejillas, trémulos los labios, sintiendo que la tierra vacila bajo sus pies, que giran las paredes mientras golpea en sus sienes la sangre. Es una indescriptible mezcla de horror, de vergüenza, de angustia... un ansia de morir para luego resucitar sin aquel pasado, mientras él sonríe como si recogiese una flor:
–Gracias, Mónica... Gracias y perdón... Son las dos únicas palabras que frente a ti debo pronunciar...
–¡Aimée... Aimée... Aimée te ha dicho...! —tartamudea Mónica como obsesionada.
–Me ha dicho toda la verdad, ya te lo dije antes...
–¡Ella no es capaz de decir la verdad! —estalla Mónica sin poderse contener—. ¡Es una hipócrita, una embustera, una infame! ¡Es la más vil y más cobarde...!
–Es quizá todo eso, pero me ha dicho la verdad... la verdad que te limpia y te salva, mientras a ella la obliga a bajar la cabeza frente a ti y frente a mi mismo. Porque comprenderás que no puedo verla igual, que no puedo apreciarla igual, y ella lo sabe. Mi ilusión por ella ha muerto, mi fe en la diafanidad de su alma se ha roto en pedazos aunque va a darme un hijo...
Mónica se ha mordido la lengua, se ha mordido los labios, ha callado destrozándose, como si para callar tuviese que clavarse las uñas en la conciencia y en las entrañas... pero ha callado... Ha callado detenida por el impacto de aquella palabra... Ha callado, trémula ante aquella otra vida que se anuncia, y ha vuelto a caer cubriéndose el rostro con las manos. Quiere oír hasta el final lo que sabe Renato, pues esté bien segura de que Aimée sólo habló a medias. A fuerza de sufrir, ya casi no puede pensar, y oye, como a través de muchos velos, aquellas palabras de Renato, que le suenan estúpidas, ingenuas, trágicamente ridículas, en la emoción de aquella alma otra vez engañada. Y al fin, apremia:
–¡Habla, Renato, habla! ¿Qué te ha dicho Aimée?
–No repetiré cosas que sabes, cosas que yo había olvidado... He sido torpe y ciego, pero quiero que sepas que durante las horas de este viaje, con la mirada fija en las estrellas, no pensé sino en ti, con el alma desgarrada por el dolor del mal que te había hecho... Que me perdone tu pudor de mujer honesta, de mujer dignísima, de mujer inmaculada... Tu hermana me lo contó todo: sus celos, su miedo, la forma infantil pero infame, inconsciente pero baja, con que urdió alrededor tuyo los supuestos amores de Juan del Diablo... Cómo ilusionó a esa pobre bestia...
–¡No hables así de Juan! —se enardece Mónica ante el procaz insulto—. ¡No sabes lo que dices! ¡Cállate!
–Tienes derecho a enfurecerte, a insultarme... Tienes hasta el deber de defenderlo, ya que por mi culpa, por mi enorme culpa, y por la culpa lamentable de Aimée, ese hombre es tu marido, es tu esposo ante Dios y ante los hombres, es tu dueño y compañero del alma... Para romper el lazo que te ata a Juan sería necesario que el matrimonio no se hubiera realizado...
–¡Calla! ¡Calla!—se desespera Mónica.
–Perdóname, pero es indispensable que yo lo sepa... ¿Pudiste resistir? Para poder librarte de él...
. —¡No tienes que librarme! ¡No tienes que meterte en mi vida! ¡No tienes que hacer nada! ¡Devuélveme a Juan, Renato, devuélveme a Juan!
Grito del corazón, estallido del alma, torrente salvaje de un sentimiento real, oculto aun para ella misma, son aquellas palabras que han brotado de los labios de Mónica, y un instante, Renato D'Autremont retrocede desconcertado, para serenarse casi en seguida creyendo comprender...
–Tal vez no tengo ya derecho a pedirte que confíes en mí, pero de todos modos, por tu propio bien, te pido que lo hagas. Todo cuanto he hecho es por ti, para ti, para librarte, para librarte, para rescatarte... Que no te ciegue el rencor en este momento...
–No es rencor, estás completamente equivocado... Pero Juan no es el hombre que imaginas. Además, es mi esposo y no hay nada más que averiguar...
–¿Estás tratando de decirme que tienes por él el sentimiento normal de una esposa?
–¡No estoy tratando de decirte sino qué nos dejes en paz!
–Tendría gracia si fuese verdad —apostilla Renato con cierta amargura; pero reaccionando de inmediato, rechaza—: No, Mónica, no puedes engañarme... Aimée me dijo la verdad... la verdad que tú no has negado: Juan del Diablo no era para ti más que un extraño. Ahora, tu herida es demasiado profunda, lo sé, y tú eres de madera heroica. De otro modo, no hubieras resistido ni por amor a tu hermana ni por amor a mí...
–¡No hables más de eso! —repudia Mónica con ira.
–También comprendo que tu amor haya adquirido tintes de odio. Hemos sido inhumanos, pero, ¿por qué accediste a esa boda? ¡Ninguna mujer en el mundo hubiera soportado tanto! ¿Cómo es posible que llegaras...?
–Ibas a matar a Juan ,a mi hermana... Tus razones eran a filo de cuchillo...
–¡Yo no quería sino arrancar la verdad a quien la supiera! ¿Por qué no hablaste? Procedí como un loco, pero fue porque las circunstancias me enloquecieron. Cuando te vi aceptar a Juan, tuve que pensar que lo amabas, que lo habías amado o que habías cometido un pecado de amor, y, en ese caso, tal vez no era yo el que podía imponerte el castigo de ese matrimonio desigual, pero era justo... Al menos, comprende mi buena intención, no te revuelvas contra mí de esa manera...
–Bueno, pero, en realidad, no respondes jamás a mi pregunta: ¿dónde está Juan?
–Ven aquí, a esta ventana. Mira allá, en el puerto, en el mar, cerca del Fuerte... ¿Qué ves?
–Un guardacostas... Un guardacostas con la bandera de Francia...
–El Galión,primer centinela de las costas de la Martinica para combatir el contrabando y otras actividades en las que Juan no tiene muy limpias las manos... Son pecados veniales, pero de ellos tuve que valerme... Ahí está Juan...
–¿En el Galión?¿Detenido? ¿Preso?
–Reclamado por el Gobernador de la Martinica para ir a Saint-Pierre a dar cuenta de varias acusaciones por las que se pidió su extradición al Gobierno Colonial Británico de la Dominica...
–¿Lo has denunciado tú... tú...? ¿Lo has acusado de...?
–De lo único que podía acusarlo. Hice lo posible y lo imposible por rescatarte cuando supe la verdad, agravada por la circunstancia de una enfermedad que, según cierto doctor Faber, estabas sufriendo...
–Renato, ese barco se va... ¡Se va llevándose a Juan! —se angustia Mónica.
–Naturalmente. A Juan y a todos los tripulantes de su barco...
–¡Pero eso no es posible! ¡A él le llevan allá, y yo... yo...!
–Nosotros saldremos mañana o pasado, en un barco que reúna para ti las comodidades necesarias.
–¡Oh, no, no! ¿Sin verle? ¿Sin hablarle? ¡Haz que detengan ese barco! ¡Salgamos nosotros también inmediatamente!
–Inmediatamente no es posible. Te dije mañana o pasado, porque es cuando se espera aquí un barco de pasajeros y...
–El Luzbelestá listo.
–Ya veo que eres implacable. En fin, si te empeñas regresaremos en el Luzbeltan pronto como consiga tripulación con qué hacerlo a la mar.
–¿Dónde están los muchachos de Juan? Segundo puede guiarlo... y Colibrí... ¿Por qué me le arrancaron de las manos? ¿Por qué permitiste que esos hombres se lo llevaran?
–No le han hecho nada. La tripulación entera del Luzbelha sido apresada y viaja con su patrón en el guardacostas que viste alejarse. El niño era grumete del Luzbel,y a peores cosas estará acostumbrado. No vas a decirme que siendo sirviente de Juan...
–Juan es bondadoso con ese niño, generoso y humano con cuantos dependen de él —defiende Mónica vivamente—. En el Luzbelno he presenciado una sola crueldad, mientras que en tus tierras de Campo Real... Mejor es que me calle, Renato, pero, en realidad, tú no sabes nada, no puedes comprender nada... Quién es Juan... cómo es Juan...
–Admirable, ¿verdad? —apunta Renato con fina ironía.
–Sí. Aunque no puedas creerlo, aunque no quieras comprenderlo, has dicho la palabra justa: admirable...
–No te conocía como actriz, Mónica. Encuentro muy sutil y muy femenina tu forma de venganza. Tu apología de las virtudes de ese canalla, de ese salvaje...
–¡Juan no es un canalla ni un salvaje! —se encrespa Mónica francamente airada—, ¡Juan es el mejor hombre que he conocido!
–Mónica, ¿hasta dónde vas a llegar? Entiendo que debes estar loca, trastornada. Eres otra, sí... eres otra, de pies a cabeza has cambiado. Todo ha cambiado en ti, hasta ese traje de colorines, absurdo, impropio en una mujer de tu linaje, aun cuando con él te veas hermosa, como si con tu desdén y tu belleza quisieras castigarme. Hazlo, puedes hacerlo. ¡Lo merezco por no haber comprendido tu amor, por no haberte sabido amar!
Renato D'Autremont se ha acercado a Mónica con ademán apasionado, pero ella retrocede, y la luz que un instante ardiera en los ojos de él, se diluye, como se apaga una ilusión fugaz... Y después de mirarla, mueve la cabeza, como frente a una verdad que le desconcertara:
–Mónica, ¿puedo preguntarte si amas a Juan?
–¿Amarle...? No lo sé... pero es igual... Él no me quiere a mí, no me querrá jamás...
–¿Qué estás diciendo? —indaga Renato sorprendido y confuso– Entonces, cuanto hizo... ¿por qué lo hizo? ¿Por qué lo hizo?







