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Trilogí­a de la huida
  • Текст добавлен: 14 сентября 2016, 21:06

Текст книги "Trilogí­a de la huida"


Автор книги: Dulce Chacón


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Pedro llevaba en el bolsillo su documentación y la de Aisha. Yunes y Farida estaban indocumentados. Al día siguiente, apareció una breve crónica en la prensa, en la página de sucesos, destacando que todo hacía sospechar un ajuste de cuentas entre traficantes de drogas. «Una banda compuesta por un español y tres magrebíes...» Ulises se indignó, y reclamó por vía judicial que se retractaran de la noticia.

En la comisaría, Ulises os anunció su decisión de cerrar Aguamarina después del entierro. Y os comunicó a Estanislao y a ti que renunciaba a producir la película. No pedisteis explicaciones, y él tampoco os las dio.

La sala donde os encontrabais se iluminaba tan sólo con un tubo fluorescente mortecino pegado al techo. Su único mobiliario consistía en un banco de madera contra la pared, pintada y desconchada de un verde pálido. La sordidez del ambiente añadía a vuestro aspecto derrotado una impresión de desamparo.

Andrea Rollán lloraba abrazada a Matilde, sentadas las dos, mientras Estela intelectualizaba el horror intentando una charla profunda con Estanislao que no la escuchaba.

Ulises se sentó al lado de Matilde. Hundido en su tristeza, repetía una y otra vez la misma frase mirando al vacío:

–No es posible, no es posible.

Federico Celada se colocó de pie junto a él.

–Les querías mucho, ¿verdad? —le dijo, y le pasó el brazo por encima del hombro.

Tú permaneciste de pie hasta que todos hubisteis declarado ante el comisario y un inspector de policía. Un funcionario recogió vuestras palabras aporreando con dos dedos una vieja máquina de escribir. Uno por uno traspasasteis la puerta que se encontraba frente al banco de madera, con idéntica inquietud, con un desasosiego contradictorio, que a un tiempo os hacía desear la denuncia contra los asesinos y temer revivir el asesinato. Las mismas preguntas os hicieron. Las mismas palabras usó el funcionario para redactar las respuestas en distintos folios, sin mucho detalle. Y el caso se cerró con vuestras declaraciones.

Matilde fue la última en declarar, ya había salido del despacho cuando se volvió hacia el comisario:

–Quiero ir a verlos —dijo.

–Eso no es posible.

–¿No es posible?

–No. Tienen que hacerles la autopsia.

–¿Y después?

–Estarán en una cámara frigorífica.

–¿Y cuándo podré verlos? Quiero velarlos.

–No puede ser. Ya se lo he dicho, estarán en una cámara frigorífica.

–¿Y nadie podrá velarlos?

–Si algún familiar reclama sus cuerpos y los saca del hospital, podrán velarlos. Si no, irán directos a la fosa común.

–Ellos no tienen familiares.

–Entonces...

–Entonces ¿qué?

–A la fosa.

Matilde se giró espantada hacia Ulises. Con los ojos muy abiertos susurró:

–A la fosa...

–No irán a la fosa —le dijo él, limpiándose las lágrimas—. No te preocupes. No lo permitiré. No irán a la fosa.

Ulises llamó a su administrador y a su abogado. Llegaron los dos juntos a Aguamarina a primera hora de la mañana.

Se encargaron de inmediato de que los cuatro cadáveres fueran trasladados al cortijo, y dispusieron cuanto fue necesario para que recibieran sepultura según la tradición musulmana.

Ninguno de vosotros pudo dormir esa noche, ni siquiera quiso intentarlo. Estela insinuó la necesidad de descansar un poco. Hizo intención de retirarse a su habitación, pero Estanislao no la siguió y ella no quiso irse sola. Nadie quería estar solo esa noche. Todos, incluso Andrea Rollán y Federico Celada, que se habían ido con vosotros a Aguamarina, esperasteis juntos la llegada del abogado y el administrador, y después continuasteis reunidos en el salón, en silencio, a la espera del resultado de sus gestiones.

Os encontrabais en un letargo insomne, entre la vigilia y el sueño, cuando os comunicaron que los cuerpos llegarían a Aguamarina en un par de horas. Agotados, en un duermevela involuntario, narcotizados por el dolor, os dispusisteis a una nueva espera. Matilde se levantó con la intención de hacer café.

–¿Por qué no duermes un poco? —le dijo Ulises.

–No. Nadie la vela allí.

–¿Cómo? —preguntaste tú.

–La estoy velando.

Se dirigió a la cocina y Andrea se ofreció a ayudarla. Cuando llegaron a la puerta, tu mujer se derrumbó en llanto cayendo al suelo. Agarrada al picaporte sin poder abrir, ni soltarlo:

–Aisha. Aisha, ¿qué te han hecho? ¿Qué te han hecho? Andrea tuvo que pedirte ayuda para arrancarla de allí.































































































































































































































































































La sirena de las dos ambulancias que llegaban a Aguamarina os levantó a todos de vuestros asientos. El Libro de las huidas y mudanzas por los climas del día y la nochecayó de las manos de Ulises. Todos corristeis hacia la puerta, y visteis cómo bajaban las cuatro camillas.

–¿Dónde los ponemos?

Los cadáveres iban envueltos en sábanas. El abogado de Ulises se había encargado de que los trasladaran sin féretro, el rito musulmán exige que el cuerpo tome tierra en un sudario blanco. Ulises destapó la cara de Pedro, de Aisha, de Yunes, de Farida, y les quitó la venda que sujetaba sus mandíbulas. Después, indicó a los camilleros el camino hacia la biblioteca, y les pidió que los colocaran en el suelo, a Pedro junto a Aisha, a Yunes junto a Farida.

En ese momento llegó el colectivo magrebí, los hombres y mujeres que no se habían reunido en la casa abandonada del paseo marítimo. Las mujeres lavaron los cuerpos de las mujeres, y Matilde las ayudó. Cuando limpiaba la cara de Aisha, comenzó a llorar en silencio. Secaba el agua de las mejillas blanquísimas y luego enjugaba sus lágrimas. Ulises había dispuesto que envolvieran los cuerpos en sábanas de lino de Aguamarina, y así lo hicieron.

Cuando Aisha estuvo envuelta en su sudario blanco, Matilde salió corriendo hacia la casa de los guardeses. Regresó con la mantilla española que Ulises le regaló en su boda. Qué pequeña estaba al lado de Pedro. Colocó la mantilla sobre ella y dijo que ya podían entrar los hombres a lavar a los hombres.

Cuando esperabais todos en el pasillo, Matilde volvió a salir corriendo. «Este cofre pequenio regaló Yunes a Pedro y Aisha, incienso que sobra de boda para entierro guardo dentro.»

Sobre la almohada de la cama de Aisha, Matilde encontró a Negritaacurrucada. Le acarició el lomo, la cogió en brazos y la besó. Después volvió a dejarla sobre la almohada, buscó el cofrecillo en el arcón y regresó corriendo al velatorio.

Los hombres avisaron que podíais entrar. Matilde entregó el incienso de La Meca a las mujeres. Las mujeres prendieron el incienso y los hombres comenzaron a recitar el Corán. Se habían repartido entre ellos todos los capítulos, cada uno leía un rezo distinto, y todos a un mismo tiempo. Los versículos del libro sagrado se mezclaban en las diferentes entonaciones de las voces que los salmodiaban, en una cacofonía que no terminó hasta que los cuerpos alcanzaron la tierra. EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO. «¿Qué te hará entender qué es un abismo?» «...Nos, lo hemos hecho descender en la noche del Destino.» «¿Qué te hará entender qué es la noche del Destino?» EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO.

Matilde se sentó en un sillón a escuchar las oraciones, envuelta en el aroma a incienso que se quemaba, y en el arrullo de los cantos del Corán, se quedó dormida. EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO.

«¡Paz!, ella dura hasta que sube la Aurora.» «Me refugio en el señor del Alba, ante el daño de lo que creó, ante el daño de la oscuridad.» «Quien te detesta es el mutilado.»

Estela y Estanislao se retiraron entonces a su dormitorio y Federico y Andrea se fueron a descansar a los sofás del salón. EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO. «¡Por el cielo y el astro nocturno! ¿Qué te hará entender qué es el astro nocturno?» «¡No toquéis a la camella de Dios, ni a su leche!» Ulises se acercó a Matilde, y tú le seguiste. EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO. Fue él quien la despertó con suavidad:

–Es mejor que subas y te eches un rato. Ya puedes descansar, la están velando.

Y tú la acompañaste a vuestra habitación.

–Voy a dejarte, Adrián —te dijo mientras subía las escaleras apoyada en tu brazo.

–¿Qué?

–Que voy a dejarte.

–Estás cansada. Ahora descansa.

–Voy a dejarte —repitió cuando se quitaba las sandalias.

–Descansa —volviste a decir. Te acostaste a su lado y te quedaste dormido.

Fue la última vez que dormiste junto a ella. Matilde se despertó a las pocas horas y bajó a la biblioteca. Tú continuaste durmiendo todo el día. Despertaste al anochecer, desorientado. Los suras del Corán que subían hasta tus oídos te dijeron que no había sido un sueño. «Somos de Dios y a Dios volveremos.» EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO. «El golpe. ¿Qué es el golpe? ¿Qué te hará entender lo que es el golpe? Es el día en que los hombres estarán como mariposas desorientadas...» EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO. «La rivalidad os distrae hasta el punto de que visitáis los cementerios. ¡No! ¡Pronto sabréis! Luego. ¡No! ¡Pronto sabréis! ¡Si supieseis la ciencia con certeza! ¡Veréis el infierno! ¡Lo veréis con el ojo de la certeza! En ese día se os interrogará sobre la felicidad.»































































































































































































































































































Si no hubieras dormido tanto —te reprochas ahora—, si hubieras dormido cuando ella dormía. Si hubieras despertado cuando ella despertó. La habrías visto buscar en el armario un vestido negro, y entrar enlutada a la biblioteca. Habrías visto cómo Ulises se acercaba a ella:

–¿Quieres ponerte de luto?

–Ya me he puesto de luto —contestó extrañada.

–Es que el luto para ellos es blanco.

Matilde regresó al dormitorio. Pero tú no la viste buscar de nuevo en el armario. No tenía ningún vestido blanco. Encontró el chal que alguien le trajo de Turquía —tú mismo lo compraste, ahora lo sabes—, se lo colocó sobre los hombros y regresó junto a los muertos cubriendo de luto blanco su luto negro.

Las mujeres magrebíes trajinaban en la cocina. Todas habían llevado algo de comer, según la costumbre, y lo estaban colocando. Adornaban las fuentes como si se tratara de una fiesta. El ruido que hacían con la vajilla estremeció a Matilde al pasar junto a la puerta cerrada. Se paró un momento y encontró las fuerzas que la ayudaron a seguir caminando. Ulises la vio entrar en la biblioteca y temió por ella, a causa de su palidez, y del espanto reflejado en su expresión:

–¿Quieres que te traigan un caldo?

–Bueno —contestó mirando los cuerpos tendidos—. Siempre los vemos desde lejos. En el suelo están más lejos.

–Forma parte del rito musulmán.

–Llevaba su vestido de boda. Muy cerca de la tierra. ¿Los encontrarán?

–A quiénes.

–Ahora sí voy de luto.

–Sí, Matilde, ahora sí vas de luto. Ven, siéntate.

–No los encontrarán.

Ulises cogió a Matilde por los hombros y la condujo hacia un sillón. Ella se dejó llevar por sus pasos con la mirada perdida, se detuvo y miró a Ulises:

–A los bestias. Tú sabes que no los buscan.

Ulises no contestó. Matilde se dio la vuelta y fijó sus ojos en la mantilla que cubría el cuerpo de Aisha.

–Llevaba su vestido de boda. ¿Sabes que no los encontrarán?

–Ven, mi amor, siéntate.

Tú también habrías deseado darle alguna respuesta, si hubieras estado con ella. Si la hubieses visto con la mirada perdida en Aisha, con la mente extraviada.

Pero si hubieras estado con ella, Ulises no la habría llamado mi amor. Y fue cuando la llamó mi amor cuando Matilde reaccionó.































































































































































































































































































Los días se confunden con las horas, y no puedes distinguirlos. Han pasado ya cuarenta noches desde que Matilde se fue. Cuarenta días. Los que necesita el alma para despedirse según las creencias musulmanas, los que dura el luto blanco, mientras el alma ronda. Aprendiste mucho en Punta Algorba. Ahora sabes que en el séptimo día tiene lugar la separación definitiva, la despedida, pero que el alma ronda hasta el día cuarenta. Estela te lo explicó todo, ella lo aprendió muy bien, para poder contarlo. Y te reveló el significado de los nombres de los muertos.

–Aisha es «La que vive», y murió su novio en el naufragio, y ella no. Farida significa «La única», y fue la única que sobrevivió de su familia. Yunes se traduce por Jonás, «El que fue engullido por una ballena». Y Pedro, como sabrás, es «Piedra», y tenía aspecto de ser el más duro de todos ellos.

Matilde no sabe nada. No sabe tampoco que Algorba significa «Expatriación», «Abandonar la patria».

–Una alegoría muy cruel —te había dicho Estela—, que dejen su país y lleguen a Punta Algorba, y sea para morir.

Sin saber nada, sólo sintiendo, Matilde tomó parte en los ritos, y se emocionó como si creyera en ellos, ignorando que en unos podía participar y en otros no debía hacerlo.

Caminó detrás de las parihuelas que llevaban a Aisha, a Pedro, a Yunes y a Farida hacia sus sepulturas, a pesar de que las mujeres no deben ir al cementerio. Comió higos secos. Asistió a las exequias sin saber que las tumbas se orientan hacia La Meca, y que se abren en el suelo porque en tierra se debe enterrar a los muertos. Anduvo entre los hombres, la cabeza cubierta con su chal blanco, ensimismada en las aleyas del Corán. Los salmos acompañaron a Pedro y Aisha, a Yunes y Farida, hasta sus tumbas, y la cacofonía de voces no dejó de sonar hasta que sus cuerpos estuvieron cubiertos de tierra. EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO. «No seáis como aquella que rompía el hilo después de haberlo hilado sólidamente.» Sí, también en el Corán aparece una Penélope —lo sabes ahora—, aquella mujer árabe llamada Raita Bint Saad ibn Taym pertenecía a la tribu de los quraysh. Estela memorizó los nombres, acumuló los datos.

Matilde no sabe nada. La recuerdas hacer lo que los demás hacían, sin preguntar. No se dio cuenta de que las mujeres se quedaban y se marchó con Ulises, siguiendo al cortejo fúnebre. Tú fuiste con Estanislao y Federico. Estela y Andrea se quedaron en el cortijo, junto a las mujeres, esperando vuestro regreso. El abogado y el administrador se quedaron también, disponiéndolo todo para cerrar la propiedad cuando os hubierais marchado, porque Ulises deseaba irse el primero de Aguamarina.

Aguamarina. Punta Algorba. Y las lágrimas de Matilde se confunden con los días y las horas, y con las tuyas. En un pequeño cementerio al borde del mar. Y se confunden con los versos de Adonis, los que Ulises escogió como epitafio y leyó ante las sepulturas:

Oigo una voz que arrastra por la arena

sus pesados días

escucho sus ensueños asesinados.

Cada sueño es una cabila

y las jaimas son gargantas sujetas

con cuerdas que imploran:

«Plántanos allá, en el palmeral y la hierba,

donde la vida.

¡Amárranos al agua...!».

«No hay agua ni protector y murieron ya los

profetas.»

Oigo bajo los pañuelos

y entre los cúmulos del alba,

cuando se rompe contra la tierra el cielo,

por los peldaños de sombra que se alzan y desploman,

entre la ciudad y el sol,

entre el gemido y el eco,

oigo un lamento,

como un latido de dulzura en una roca inconmovible,

como un borbotar de manantiales.



Llora Ulises. Llora Matilde. Y tú los ves llorar a los dos. Te acercas al Modigliani que ella enmarcó para ti. Y te mira sin ver. Le hablas, y no te responde. Vuelves a escuchar Turandot. Mi beso despertará el silencio que te hace mía. Pero Matilde no volverá. Hace cuarenta días que soportas su ausencia. Cuarenta noches en las que obsesivamente esperas al alba, escuchando Nessun dorma. Al alba venceré. Venceré. Venceré.































































































































































































































































































Cuando el entierro acabó, Matilde subió al deportivo rojo sin dirigirte la palabra. Al llegar a Aguamarina, subió deprisa al dormitorio y se dispuso a hacer la maleta. Entonces llegaste tú, y ella te entregó la carta.

Te cuesta ordenar las despedidas. Andrea Rollán. Federico Celada. El administrador. El abogado. Estela. Estanislao. Todos se despidieron de Matilde. Todos la vieron meter su maleta en el coche de Ulises.

Todos la vieron subir. Todos la vieron dejarte.

–Tenemos que hablar.

–No. Ya no.

No. La última palabra que oíste en la voz de Matilde, mientras Estanislao estrechaba la mano de Ulises y le abrazaba palmeando su espalda, y Estela lo besaba en las mejillas. ¿Y Andrea Rollán? ¿Y Federico Celada? ¿Y el administrador? ¿Y el abogado? ¿Y los hombres y las mujeres magrebíes?, los pierdes. Los pierdes.

Pero ves a la gata de Aisha. Busca a Matilde. Y ella baja del coche, y vuelve a subir. Y ves a Matilde, con la gata de Aisha sobre sus piernas. ¿Y Ulises?, también ves a Ulises. Se dirige hacia ti para despedirse, te tiende la mano y dice lo siento. Un abrazo sería exagerado. Te ofrece la mano. Él sabe que Matilde te dejó una carta. Sabe que tú sabes. Te ofrece la mano y espera la tuya. Controla bien las lágrimas, pero los ojos se le ven de agua. Y por fin, estrechas su mano, y sin saber cómo, de tus labios escapan dos palabras que te escuchas decir a ti mismo:

–Lo siento.

Se te escaparon. Lo siento. Y te quedaste perplejo. Y los que os rodeaban interpretaron tu perplejidad como un involuntario perdón, un gesto espontáneo, irreflexivo, negado cuando llega a la consciencia. Y los que os rodeaban interpretaron la humedad en los ojos de Ulises. La culpa. Pero tú sabías que era dolor. Tú lo sabías. Y no quisiste comparar tu dolor con el suyo, pero te sentiste agredido por sus lágrimas.

Cuarenta días han pasado desde que Estela y Estanislao te dejaron en la puerta del apartamento que compraste para Matilde, y se marcharon dejándote solo, y se dieron la mano delante de ti por primera vez. Solo. Cuarenta días, desde que tú le dijiste que querías hablar; y ella te contestó: No. Ya no.

Las palabras que no dijiste rondan, como las almas. Y hablas con el Modigliani que Matilde enmarcó para ti. Y no te responde.
































































































































































































































































































Allí murió mi voz,

allí vivió mi voz.

Mi voz era un profeta en cuyo sol arrojé mi túnica,

era un sol de llanto herido a mis espaldas.

ADONIS































































































































































































































































































A Federico Arbós, por su traducción de los poemas de Adonis.

A Maribel Verdú Rollán y a Federico Celada, que me dieron sus nombres.

Y a Malika Embarek y a Eduardo Alonso, que me ayudaron a escribir esta historia.


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