Текст книги "Trilogía de la huida"
Автор книги: Dulce Chacón
Жанр:
Прочая проза
сообщить о нарушении
Текущая страница: 13 (всего у книги 15 страниц)
Matilde no escuchó las arbórbolas, pero hablaba, al contarte la boda que Aisha imaginaba en Esauira, como si las hubiera escuchado. El sonido del uel uel que no has oído jamás se te cuela hasta el fondo. No puedes evitar el dolor. Matilde. Matilde, contándote la historia de Aisha, regresa, y te hiere.
–Explícame cómo suena una arbórbola, Aisha.
–Muy fuerte. El grito sale de garganta pero es lengua quien grita —Aisha le mostró la lengua, en movimientos rápidos y mudos. Y continuó su relato.
El segundo día de la boda en Esauira, en casa de Aisha, se habría ofrecido un té con pastas, sólo para mujeres. Todas se habrían ataviado con sus mejores caftanes, y una orquestita, también de mujeres, tocaría en el patio y las haría bailar entre ellas. Quemarían incienso traído de La Meca, su perfume rebasaría las tapias y las azoteas, y anunciaría su boda a los que aún no se hubieran enterado. Las invitadas serían rociadas con agua de azahar en almarraxas de plata.
–¿Y qué es almarraxa?
–Un frasquito pequenio con pitorrilio largo, ven seniorita Matilde te enseño almarraxa Farida regala a boda de Aisha con Pedro. Guardo en alcoba de mí. Ven, seniorita.
Abandonaron la cocina y se dirigieron a la casa de los guardeses. Matilde siguió a Aisha, y la gata las siguió a las dos.
El dormitorio era una pequeña habitación ordenada y limpia. Aisha se arrodilló en el suelo frente a un arcón. Antes de abrirlo, se frotó las manos en el delantal.
–Mira seniorita Matilde almarraxa de Farida —Aisha depositó en las manos de Matilde un pequeño frasco de metal labrado. Lo dejó sobre sus palmas extendidas, con mimo, con cuidado, después de haberle sacado brillo con el pañito de terciopelo en que lo guardaba—. Farida no mucho dinero no plata parece plata, Aisha limpia de vez en vez para que siempre brilia, ¿gusta?
Matilde mantuvo la almarraxa en sus manos abiertas, sin atreverse a tocarla, asintiendo con la cabeza, imaginando a Farida, tomándole cariño a través del objeto que ella escogió para Aisha.
–Este cofre pequenio regaló Yunes a Pedro y Aisha, incienso que sobra de boda para entierro guardo dentro. El senior Ulises regaló incienso de La Meca —Aisha sacaba uno a uno los recuerdos del arcón y los iba dejando sobre la cama—. Y esta mantilia espaniola regalo tamién a mí el senior Ulises. Yunes y Farida y el senior Ulises y Pedro y Aisha solos en boda en Aguamarina. Boda bunita pero no grande. Farida pintó pies y manos con pequenia jeringa. Incienso de La Meca arde en boda de Aisha y huele pueblo mío. Farida canta en boda de Aisha arbórbolas olor a Esauira. Boda bunita no grande pero bunita.
Aisha mostraba sus regalos de boda reales con la expresión iluminada con que antes había enumerado los imaginarios. Con idéntica ternura acariciaba los recuerdos que podía tocar y los que nunca había tenido.
–Boda bunita tamién si Aisha casado a Esauira a Munir el día segundo.
Matilde te contaba por las noches las historias que escuchaba por las mañanas, con el mismo detalle que Aisha se las relataba a ella, con la misma dulzura en su voz. Sentados los dos en las mecedoras de vuestro dormitorio, frente a la ventana, ella te hablaba hasta que te llegaba el sueño. Entonces te acostabas, Matilde se tendía a tu lado, y aún tú le pedías que siguiera hablando de Aisha, sabiendo que con ello aumentaban las palabras que podía decirte. La escuchabas en silencio y te quedabas dormido.
Arrullado por la voz de Matilde te dormías. Ella callaba entonces, y la siguiente noche le volvías a pedir que te hablara de Aisha. Matilde recuperaba la palabra, para ti, contenta de no haberlo perdido todo, y continuaba el relato de sus conversaciones en la cocina. Te miraba, balanceándose en la mecedora, y te sorprendía al cambiar el registro de su voz cuando imitaba la de Aisha.
–Y el día segundo, si Aisha caso a Munir, en Esauira...
Si Aisha se hubiera casado con Munir, en Esauira, el segundo día, a la caída del sol, las mujeres la habrían bajado al patio, la habrían acompañado con panderetas, panderos, arbórbolas, con canciones de boda, con fórmulas de bendiciones y felicidad. Y con velas encendidas entonarían la oración de las nupcias: «Rezos y Paz para ti, Profeta de Dios. Nuestro Señor Mahoma». Ella habría mantenido la mirada baja en señal de pureza. Siempre la mirada baja. Se habría dejado balancear sentada sobre una mesita redonda y achatada, a hombros de cuatro mujeres. Habría hecho esfuerzos por no llorar durante aquella danza. Se dejaría llevar por las mujeres, al ritmo de violines y panderos. Sentada la bailarían con canciones de bodas, rodeada de las llamas de las velas, envuelta en perfume a incienso, a azahar, a hierbabuena, en aroma a cera que se derrite. Habría hecho verdaderos esfuerzos por no llorar. Y pensaría en Munir, porque después de dos días de boda aún no habría visto a su novio. También se emocionaría Munir así, cuando los hombres lo bailaran a él de la misma forma.
Te hubiera gustado ver la expresión de Matilde, sentada en la cocina con Negritaacurrucada en su regazo, mientras escuchaba a Aisha.
Y al día siguiente, cerca de la medianoche, el novio, con los amigos más íntimos, iría a buscar a la novia. Aisha le esperaría engalanada, con un caftán brocado y verde, y los collares de Salima cayendo hasta su cintura. Un velo de gasa transparente, cuajado de pequeñas flores bordadas en hilos de seda, rojos, azules, blancos, amarillos, verdes, cubriría su cabeza.
La novia abandonaría su casa para acompañar al novio que le ofrecía la suya. A ella le hubiera gustado llegar a su nuevo hogar como su madre, en una especie de casita de madera policromada, con andas, a lomo de mulas, acompañada por músicos con panderos y gaitas. Pero se habría conformado con un automóvil, como exigen los tiempos modernos, y que Munir hubiera ido a recogerla tocando el claxon por toda la calle. Aisha habría visto sus ojos oscuros, su cabello rizado y negro, destacar en su atuendo blanco.
–Pedro tamién guapo, más raro en chilaba blanca grande, zaragüel grande blanco, babuchas tamién raro en pies de Pedro. Tarbuch grande tamién en cabeza de Pedro. Pedro se pone de marroquí para boda pero no parece marroquí en ropa de marroquí.
Chilaba blanca, zaragüelles blancos, chaleco y camisa blancos, todo bordado y blanco habría acudido Munir a buscar a Aisha para llevarla a su casa.
Para entregar a la novia la acompañarían los hombres de su familia, y para prepararla en su noche de bodas irían dos de sus tías.
En el umbral de la casa, la madre de Munir esperaría a Aisha y le ofrecería dátiles y un tazón de leche, como símbolo de fertilidad. Los hombres de las dos familias rezarían una oración con las manos abiertas a la altura del pecho y la cabeza inclinada hacia las palmas.
–¿Así? —Matilde juntó las manos.
–No, eso rezo cristiano, nosotros abrimos manos como si lavamos cara.
Como si se lavaran la cara, como si las manos fueran un libro, los hombres orarían por la felicidad de los novios. Y Aisha entraría en la casa de Munir con la mirada baja, acompañada de Fatma y Malika, que se quedarían a dormir allí para quitarle el caftán de novia, para vestirla con el camisón nupcial, y dejarla en manos de Munir. Él descubriría su cuerpo. Y al día siguiente, ella alzaría los ojos.
La madre de Munir ofrecería un té a las mujeres de las dos familias. Fatma y Malika vestirían a la novia con un caftán diferente al de la víspera y la adornarían de nuevo con los collares de Salima. Azafrán, caftán de color azafrán, bordado en oro, habría escogido Aisha para esa ceremonia. Tomaría el té con la mirada alta. Las mujeres de su familia se marcharían y Aisha se quedaría en casa de Munir, para vivir con él.
–Mira, seniorita Matilde, ¿gusta? —Aisha sacó del arcón un caftán azafrán y se lo acercó a su cuerpo—, ¿gusta?
Azafrán escogió Aisha para su boda con Pedro, Matilde insistió mucho cuando te lo contó:
–Azafrán, el color que hubiera escogido para el día siguiente a la noche de bodas con Munir, ¿te das cuenta?, ella se entregó primero a Munir, y después se casó con Pedro. Por eso no escogió el color verde para el vestido de su boda real, porque lo llevaba puesto en la que imaginó con Munir.
Matilde te describió a Aisha, luminosa, apoyándose el vestido en el pecho.
–¿Gusta? —volvió a repetir—. Toca, seniorita Matilde, toca —le acercó la mano a la seda—, ¿suave?
Aisha dejó el caftán sobre una silla después de que Matilde lo acariciara y volvió a buscar en el arcón. Sacó un tarbuch rojo con flecos cortos negros.
–¿Ves? Raro en cabeza de Pedro.
Después, Aisha extendió sobre la cama una chilaba blanca y la repasó con los dedos como si la planchara.
–Farida y Aisha mucho cosimos medida de Pedro grande mucho bordamos.
Miró a Matilde, y las dos sonrieron.
Después de comer os reuníais en el porche. Un pequeño descanso antes de que Estanislao y tú regresarais al trabajo. El final de la sobremesa lo marcaba Estela. Siempre de la misma forma: besaba a su marido en la mejilla, parpadeaba coqueta para ti, dirigía a Ulises una sonrisa, y le hablaba a Matilde:
–¿Qué le parece que hagamos hoy, querida?
En su manera de preguntar llevaba implícita su determinación de que el grupo no se deshiciera también por las tardes. Le dejaba escoger a Matilde, y se incluía en sus planes. Matilde proponía la actividad vespertina según su apetencia, un paseo por el campo, una visita a Punta Algorba, unas partidas de juegos de mesa, o escuchar algún disco en el gabinete de música, que era la mejor forma de mantener la boca cerrada, la propia, y también la de Estela.
Ulises y Matilde aprendieron pronto a disfrutar de las tardes con Estela, a gozar de su presencia impuesta. Supieron aprovechar la ventaja de su incómoda compañía: sentirse juntos sin verse abocados al deseo de estarlo más. Descubrieron para el otro un lenguaje de signos secretos, un código que elaboraron sin darse cuenta, y que entendieron desde un principio sin haberse revelado las claves. Y sin saber cómo, comenzaron a tutearse sin que Estela se incluyera en el tratamiento de tuteo.
–Mueve usted, querida.
–Ten cuidado, Matilde, la dama está en peligro.
–Va a perder, querida.
–La dama siempre está en peligro. Alguien me dijo una vez que éste es el juego de la elegancia. Sabré perder con elegancia, pero a lo mejor es que no me importa que la dama se pierda.
Los mensajes pasaban a través de Estela, la utilizaban como puente entre los dos. Las fichas en las damas, las piezas en el ajedrez, los naipes en las cartas, los árboles en el paisaje, o el mar en la distancia, cualquier excusa era buena para usarla como pasarela.
Una de esas tardes en que Ulises y Matilde jugaban a ser cómplices en secreto, se dieron una cita relacionando las palabras en desorden que habían formado con las letras que les tocaron en los dados. Estela compuso GRUTA, 37 puntos; Ulises escribió MAÑANA, 22 puntos; y Matilde le siguió con MEDIODÍA, 32 puntos. Gana Estela.
Sobre la mesa de juego quedó escrito el mensaje.
Estanislao y tú entrasteis al salón. Estela se levantó al veros. Ulises y Matilde se quedaron un momento mirando los dados, ninguno de los dos hizo ademán de guardarlos en el cubilete, como solían hacer. Ambos leyeron en voz baja, moviendo imperceptiblemente los labios.
Aisha anunció la cena y cuando os marchabais hacia el comedor, extrañada de que no hubieran recogido el juego, preguntó:
–¿Quieres senior Ulises que Aisha guarda cuadrados?
–No, Aisha, déjelo así, por favor —contestó.
Estanislao se sentó a la mesa frente a Matilde. Y también después de cenar, en la tertulia que hacíais en el salón, se sentó frente a ella. Matilde llevaba un vestido estrecho y al sentarse en el sofá, la falda se le subió dejando sus piernas bronceadas al descubierto. Estanislao la miraba más allá de los muslos buscando otras oscuridades. La gata de Aisha le dio la oportunidad de encontrar lo que buscaba. El animal entró al salón y se dirigió a tu esposa, ella abrió las piernas para inclinarse a cogerlo, y Estanislao pudo deleitarse imaginando el vello rojizo oculto por el triángulo de seda negra que llegó a ver entre sus piernas. Ella no vio la mirada de Estanislao, pero se dio cuenta de que su vestido resultaba demasiado corto, por eso la viste levantarse del sofá, y buscar un asiento más alto, tirando de su falda hacia abajo mientras cogía a la gata. Se sentó en una silla con Negritaen sus brazos y comenzó a acariciarla.
A Ulises no le pasaron desapercibidas las miradas de Estanislao, ni a Estela tampoco. Ella tomó asiento en el lugar que había dejado libre Matilde y te pidió que leyeras la escena que habíais escrito por la tarde. Su voz pretendía ser seductora, pero su esfuerzo rechinó como la tiza cuando resbala en la pizarra.
Secuencia 3
Exterior/tarde noche.
Nausicaa-Gerty.
Secuencia de miradas.
Las jóvenes juegan con los niños en la playa. Hay dos gemelos muy revoltosos.
Gerty (vestida de azul-ojos azules) le da una patada al balón mirando coqueta a Ulises-Leopold, vestido de negro. «Él la observaba como la serpiente observa a su víctima», en palabras de Joyce. Pero es ella quien le seduce con el movimiento de sus piernas. Un juego de miradas, al fondo el sonido de campanas. Miradas, más miradas. Fuegos artificiales de color azul. Todas las chicas, con los niños, corren hacia los fuegos de artificio. Excepto Gerty, que permanece sentada. Al fin solos. Gerty se reclina hacia atrás, sobre la arena, más atrás, sujetándose las rodillas. Más atrás, más miradas. Gerty separa las piernas, mueve el pelo, y enseña sin pudor las bragas blancas. Leopold la sigue mirando, y ella le sigue enseñando las bragas mientras mira al cielo. Un fogonazo azul.
–¡Gerty! ¡Gerty! —la llaman sus amigos para que se acerque.
Y él sabe que se llama Gerty. Ella regresa de su ensoñación y se encuentra con la mirada de Leopold que la sigue observando. Le saluda con el pañuelo, él recibe el olor de su perfume y recuerda un baile con Molly. Gerty se levanta, los dos se miran. Gerty echa a correr. Leopold descubre que es coja. (Hay que mostrar bien la cojera de Gerty, y la sorpresa morbosa de Leopold.) Leopold la sigue mirando mientras corre al encuentro de los demás. Ella no vuelve la cabeza hacia él. Sigue corriendo. Él la sigue mirando esperando que vuelva la cabeza.
–Mírame, tierna putita —susurra.
Sigue recordando el baile con Molly, el olor de su cuello, el beso que le dio en el hombro.
Un nuevo fogonazo azul. Todos miran al cielo. Excepto Gerty, que mira por fin a Leopold, y él la sigue mirando.
Estela había conseguido su objetivo: desviar la atención hacia ti, hacer que su marido dejara de mirar a tu esposa, y te preguntó por Nausicaa, cómo tomaría cuerpo en Gerty, para que siguieras hablando. Tú creíste que le interesaba realmente tu trabajo. Te disponías a contestar, pero fue Estanislao quien tomó la palabra:
–Ya hemos hablado bastante de Ulises en Irlanda. No hagas que aburramos más a Matilde, cariño, creo que hace tiempo que la hemos aburrido —dijo mordiendo su pipa.
–Oh, perdóneme, querida, olvidé que usted no ha leído el Ulises.
Estela se dirigió a Matilde con el desdén que lo hacía siempre, y le preguntó, por preguntarle algo, qué hacía todas las mañanas en la cocina. Ella le contestó que cocinar, y charlar con Aisha.
–Y ¿de qué habla con una criada, querida?
–De la vida.
–¿De la vida? —aventuró, esbozando una sonrisa que parecía de plástico, pretendiendo burlarse de ellas.
–Una persona que ha estado a punto de morir sabe bastante más que tú de la vida —a Estela se le plastificó definitivamente la sonrisa.
Te diste cuenta de que Matilde tuteó a Estela por primera vez, y de que no quiso mostrar con ello confianza, sino desprecio.
–No sabía que Aisha hubiera estado cerca de la muerte.
–Pues se le ahogó el novio. Y ella casi se ahoga también al intentar sacarlo del mar.
Matilde se levantó, dijo Buenas noches y se retiró. No quiso trivializar el drama de Aisha, convertirlo en una charla de salón. No quiso entretener a Estela.
Tu error fue conocer la historia. Y caíste en la trampa de contarla. Matilde te la había relatado con detalle, sobrecogida por la fuerza que le había transmitido aquella joven menuda y capaz; conmovida por la añoranza que expresaban sus ojos negros pintados de kohol; sacudida por la ternura maternal con que dominaba a Pedro, un marido que casi le doblaba la edad y el tamaño, un hombre rudo, destinado por su naturaleza a proteger, protegido amorosamente por ella. Matilde te había contado la historia para compartir contigo las emociones que sintió al escucharla de los labios de Aisha, en su media lengua mal aprendida. Para volver a emocionarse al contártela. Y cada noche te hablaba de Aisha hasta que te llegaba el sueño, aferrándose a la idea de que no lo habíais perdido todo. Y ahora te das cuenta, y ya es tarde.
Y fue tarde para ti desde el momento en que abriste la boca y comenzaste a hablar de Aisha para satisfacer la curiosidad de Estela. Y te das cuenta de que, al menos, podrías haber esperado a que Matilde saliera de la habitación, pero no lo hiciste. Comenzaste a hablar antes de que llegara a la puerta —ahora lo recuerdas muy bien—, comenzaste a hablar mirando la espalda de Matilde. Se alejaba cuando te oyó nombrar a Munir. Fue en su espalda donde notaste un estremecimiento.
La historia de Aisha. La contaste. Y a partir de aquella noche, Matilde se negó a mostrarte sus emociones.
Ulises se levantó cuando vio que tu mujer se marchaba. La siguió, y tú continuaste hablando sin advertirlo siquiera. Le contaste a Estela las bodas de Aisha, en presencia de Estanislao —a ella se lo contabas—. Y que Aisha había nacido en Esauira, una ciudad al sur de Marruecos. Le contaste cómo su familia la prometió en matrimonio nada más nacer, al hijo menor de una familia de ebanistas. Cómo ella se enamoró de Munir, el novio que le habían destinado, y cómo él se enamoró de ella. Su prometido se dejó seducir por las alharacas de Europa. Y Aisha le siguió en su seducción hasta una patera. Le contaste.
CUARTA PARTE
... como si el día
fuera piedra que horadase la vida,
como si el día
fuera caravana de lágrimas.
ADONIS
Deberías estar más tranquilo, ahora que la realidad te ha alcanzado. Pero tú no sabes qué hacer con la realidad. Tú que prefieres saberlo todo, habrías preferido la sospecha de la infamia. Habrías preferido incluso descubrir una traición. Tú que siempre habías sostenido que no soportabas la traición. ¿Quién la soporta? Matilde, no. Matilde no te traicionó, y no puedes dolerte de ello. Sería más fácil si la encontraras culpable, si pudieras utilizar su culpa contra tu inocencia. Buscas su abandono en tu memoria, como si se tratara de un espejo, para reconocerte víctima.
Matilde te abandonó antes de que tú quisieras verlo; y cuando comenzaste a contarle a Estela la historia de Aisha, te dio la espalda para siempre.
Ulises la alcanzó cuando se disponía a subir las escaleras:
–No te vayas así. Toma una copa conmigo.
Ella aceptó, y le tendió la mano.
Caminaron hacia el gabinete de música, apreciando los dos el calor en la mano del otro. Sobre el tapete verde destacaba el marfil de los dados. GRUTA MAÑANA MEDIODÍA.
–¿Sigue en pie?
–Sí, necesito volver a esa cueva.
Era la primera vez que se encontraban a solas, desde que llegasteis a Aguamarina. Desde que los dos se bajaron del automóvil de Ulises con la decisión de negarse a otro beso. Matilde deshizo el mensaje, reunió los dados y los depositó en las manos de Ulises:
–¿Quieres que juguemos?
–Sí.
Mientras tú contabas la historia de Aisha, ellos se intercambiaron palabras con el juego de azar.
Le tocaba jugar a Ulises, escribió MATILDE, y Matilde contestó con ULISES, cuando Estela, Estanislao y tú entrasteis al saloncito.
Ulises repetía en voz alta el nombre de tu mujer. Tú lo viste en sus labios, y sentiste que lo perdías.
Estela se colgó a tu brazo y al de Estanislao; por su pequeña estatura, parecía ir en volandas entre los dos:
–Matilde, querida —la estridencia de su voz al pronunciar el nombre de tu mujer chocó con la dulzura con la que Ulises lo retuvo en su boca—. La historia de la guardesa es realmente un drama emocionantísimo. He propuesto a estos caballeros que vayamos un día a la casa donde se reúnen los moros —ante la dureza de la mirada de Matilde, rectificó—. Perdón, el colectivo magrebí. Me gustaría conocer también a Farida y a Yunes.
–¿Qué le parece? —añadió Estanislao—, a mí esas reuniones me recuerdan a los primitivos cristianos, que se escondían en criptas para celebrar sus ritos. La congregación. ¿Qué le parece, Matilde, cree que Aisha querrá llevarnos?
Toda la indignación de Matilde se reflejó en su gesto: apretó los dientes y frunció el ceño antes de hablar:
–¿Pretenden que Aisha les lleve al circo?
–No se enfade, querida —contestó Estela—. La solidaridad empieza por la sensibilización.
–Esas son palabras bonitas. ¿Conoces también la de respeto?
–Vamos, vamos, querida —Estela se soltó de vosotros y buscó el brazo de Ulises—. Creo que es usted quien me está faltando al respeto.
Le falló la estrategia de atraerlo a su bando, de ponerlo en contra de Matilde, de dejarla sola ante los cuatro.
–Matilde tiene razón —le dijo, dándole palmaditas en la mano—. A usted tampoco le gustaría que un grupo como el nuestro la observara, ¿verdad, Estela?
Ella se zafó de Ulises, de las palmaditas que la convertían en una niña reprendida, instada a pedir perdón. Volvió a Estanislao, y lo encontró perplejo. La misma perplejidad la halló en tu reserva, porque tú aún no te habías pronunciado, seguías en silencio sin saber qué hacer ni qué decir. Resuelta a no dejarse abandonar por todos, recurrió a Matilde. Intentó haceros ver que tu mujer había creado el conflicto.
–Oh, querida, creo que ha sacado las cosas de quicio. Era sólo una idea, pero ya veo que si a usted no le apetece, a los demás tampoco. Vamos a dejarlo así. Será mejor que hagamos algo que a usted le guste, parece la mejor garantía para agradar a los hombres —Estela forzó una sonrisa—. ¿Le apetece escuchar música, querida? —sin darle tiempo a contestar, os preguntó a vosotros—: ¿Y a ustedes? —y se dirigió al tocadiscos sin esperar tampoco vuestra respuesta.
Un vals ocupó el silencio. Estela se movió al compás y entornó los ojos. Todos la mirasteis bailar sola. Tú te apiadaste de ella. Le pediste permiso para acompañarla. No percibiste la rabia con la que aceptó que abrazaras su cintura.
Matilde abandonó entonces el gabinete y se retiró a vuestra habitación. Cuando tú llegaste al dormitorio, ella fingía dormir.
La biblioteca era un espacio luminoso. Los libros estaban protegidos por cristales en cada una de las estanterías de madera de roble. Los reflejos del sol a mediodía obligaban a correr las cortinas para que no os deslumbrara la luz. Un rito que cumplía Ulises siempre a la misma hora. Pero Ulises se había excusado a las once y media, y se ausentó, de manera que fuiste tú quien se acercó en aquella ocasión al ventanal poco antes de las doce, y lo viste entrar en la cocina por la puerta del jardín.
Ulises se dirigió a Aisha, le dio cuatro invitaciones para la película de Fisher Arnld que se estrenaba en Punta Algorba por la noche:
–Las suyas, y las de Yunes y Farida, dígale a Pedro que tienen que llegar al Union Royal media hora antes.
–Muchas gracia, senior Ulises.
–Ah, Aisha, dígale también a Pedro que avise a los demás, deben cambiar el lugar de sus reuniones.
Aisha no podía creer que haberle revelado a Matilde un secreto supusiera un peligro. Ulises siguió hablando al descubrir que había alarmado a las mujeres:
–No se asusten, es sólo que hay que tomar precauciones. Han cometido las dos una imprudencia. Aisha al contártelo a ti, Matilde. Y tú por contárselo a Adrián. La mayoría de los que acuden a la casa abandonada del paseo marítimo son inmigrantes ilegales. Sólo ellos deben saber dónde se reúnen, es la única forma de evitar riesgos innecesarios.
–Perdóname, Aisha. Se lo conté a mi marido.
–Seniorita Matilde, no preocupes, Aisha todo tamién cuento al marido Pedro.
–Lo siento.
–Ahora digo a Pedro que senior Ulises dice a Aisha de cambio y problema ahora mismo arreglo. Seniorita Matilde, no pones esa cara de susto que asustas a mí.
Salieron los tres al jardín a un mismo tiempo. Tú ya habías corrido las cortinas, pero permaneciste apostado tras ellas, acechando por la rendija que dejaste abierta, un espacio suficiente para ver sin ser visto. Estanislao revolvía papeles en la mesa y no advirtió tu tardanza en regresar del ventanal.
Viste a Aisha caminar hacia la casita de los guardeses delante de su gata que la seguía, y observaste a Matilde y a Ulises hasta que desaparecieron por la parte trasera de la casa.
Tu mujer llevaba el vestido azul estampado de flores; lo último que pudiste divisar fue la mano de Ulises, subiendo un tirante del vestido de Matilde que había resbalado a su brazo desnudo, rozándole el hombro.
Sospechaste que irían a la playa. Tu sospecha era sólo una parte de la verdad, que ahora conoces entera.
–Tenía muchas ganas de hacer a pie este camino contigo —le dijo Ulises—, la primera vez te llevé demasiado deprisa.
Caminaron hasta llegar a la arena. Despacio, en silencio, disfrutando de su soledad y del paseo.
Las ramas secas se enredaron en el vestido de Matilde al entrar en la gruta y le desgarraron la falda.
–Por favor, Ulises, no enciendas la linterna.
–¿No quieres ver qué le ha pasado a tu vestido?
–No.
Adaptaban sus ojos a la penumbra, parados uno frente al otro, cuando Matilde exclamó:
–¿Por qué tuviste que llamar a Adrián para hacer esta película?
–Por su ambición.
–¿Por su ambición?
–Sí, por su ambición, y por la mía.
–¿Y adónde va a llevarnos vuestra ambición?
Matilde se mantenía al borde del grito, controlando el tono de su voz:
–¿Adónde? —volvió a preguntar.
Ulises se alegró de que el sol no entrara hasta el fondo de la cueva. Matilde no pudo ver su vergüenza. Sólo oyó su voz apagada:
–No voy a hacer esa película.
Se lo dijo a Matilde antes que a ti, antes que a Estanislao, incluso antes de decírselo a sí mismo, su decisión llegó a sus labios antes de tomarla siquiera.
–No voy a hacer esa película —repitió para Matilde, para sí, en voz decidida y alta.
–¿Y el guión?
–Lo guardaré en aquella caja. Hay películas que no llegan a hacerse nunca. Hablaré mañana con Adrián y Estanislao.
Pero no pudo esperar al día siguiente, esa misma noche, después del estreno en Punta Algorba, en comisaría, mientras esperabais para prestar declaración, os dijo que abandonaba el proyecto. Pensaste que el motivo era la desgracia que acababa de ocurrir, y no le preguntaste siquiera el porqué de su renuncia.
Matilde vislumbraba el rostro de Ulises, buscó sus ojos, su expresión la desconcertó.
–¿Te encuentras bien?
–Mejor que nunca.
Ella no se atrevió a decir que se encontraba peor que nunca. Pensaba en ti, en Estela, en Estanislao.
–Quiero irme de Aguamarina.
–Nos iremos.
Pensaba en la intimidad traicionada de Aisha.
–Necesito gritar —dijo apretando los puños.
–Pues grita, aquí nadie podrá oírte.
El grito de Matilde retumbó en los muros de roca. Un alarido. Una queja. Por su boca abierta escapaba de golpe todo su desasosiego. Ella sentía en los labios el roce de su aullido al salir.
Ulises la escuchaba sin alarmarse, buscó sus manos y encontró sus puños cerrados. Matilde abrió los dedos y los entrelazó a los de Ulises, apretaron los dos y él comenzó también a gritar.
Sus bocas se acercaron para unirse en el grito, para compartirlo de cerca. El grito les llevó al silencio, y los labios al beso.
Se abrazaron, con la misma energía con la que habían gritado; se buscaron, con la misma intensidad con la que hasta entonces se habían negado. La urgencia escapó de sus cuerpos, y se entregaron, recuperando el grito para lanzarse su amor, mezclando palabras soeces con arrullos, con peticiones obscenas y tiernas.
–Quiero irme de Aguamarina.
–Nos iremos —Ulises atrajo a Matilde hacia sí, para que siguiera mordiéndole el hombro—. Ven aquí —para que siguiera arañándole el pecho.
El vestíbulo del Union Royal se llenó de caras conocidas. Actores, actrices, productores, guionistas y directores se mezclaban con críticos, periodistas y literatos. Fotógrafos y cámaras de televisión corrían de un lado a otro persiguiendo con sus objetivos a las celebridades. La mirada de los curiosos que se arremolinaban a la entrada, agolpados contra las puertas de cristal que les cerraban el paso, convertía a los espectadores invitados al estreno en el propio espectáculo.
Los protagonistas llegaron con Fisher Arnld, al menos con media hora de retraso. Su aparición provocó una algarabía hollywoodiense. Las quinceañeras, que habían respetado hasta entonces la alfombra roja extendida en la calle, la invadieron para acercarse a ellos. Federico Celada intentaba proteger a Andrea Rollán del asedio de sus fans, al tiempo que se defendía de las manos que intentaban tocarle, sin perder la sonrisa, hizo un gesto enérgico a los de seguridad cuando sintió que le arrancaban un botón de la chaqueta. Consiguieron por fin llegar a la entrada en medio del griterío de los admiradores, envueltos por las espaldas de los gorilas.
Ulises charlaba con Estanislao y Estela. Fisher Arnld se dirigió a él nada más verlo, le saludó como a un viejo amigo, también Federico le estrechó la mano con efusividad, y Andrea le dio un abrazo y un beso. Todos los objetivos de las cámaras, todas las miradas, se dirigieron al lugar donde se encontraban. Tú soltaste el brazo de Matilde, y te arrimaste a ellos. Ulises te vio llegar al grupo y buscó a Matilde con la mirada. Tú no lo viste, pero ella os observaba. Vio cómo Estanislao te presentaba a Fisher y cómo Estela miraba fascinada el vestido de Andrea. Ulises le indicó con un gesto que se acercara, Matilde negó con la cabeza, sonrió y se dio la vuelta.
Andrea Rollán, Federico Celada y Fisher Arnld se despidieron de ti, de Estanislao y de Estela, en el momento en que Ulises se despidió de ellos para ir en busca de tu mujer.
–Nos veremos después de la proyección —les había dicho cuando Matilde se negó a unirse a vosotros, sin dejar de mirarla.
En un rincón apartado, junto al bar, Aisha, Pedro, Yunes y Farida, ataviados con sus mejores galas, se divertían señalando a cada famoso que reconocían. Habían llegado los primeros al Union Royal. Se colocaron ante la puerta cerrada, cada uno con su tarjetón en la mano, formando los cuatro una fila india durante más de media hora. El remolino que se formó a su alrededor, según fueron llegando los invitados, les obligó a deshacer su orden. Se juntaron los cuatro, y Pedro se quedó el último para proteger a los demás de los empujones. Defendieron su lugar, y cuando abrieron la puerta, entraron los primeros. Buscaron el mejor sitio, para poder observar la entrada, y escogieron el rincón junto al bar, que les ofrecía una panorámica perfecta para no perderse ningún detalle. Matilde caminaba en dirección al grupo cuando sintió que alguien la cogía por los hombros.








