Текст книги "Retrato póstumo"
Автор книги: Alexandra Marinina
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—Ya lo entiendo —dijo Nastia, sin dirigirse a nadie.
—¿Qué es lo que entiendes?
—Ya lo entiendo —repitió, sonriendo como una boba—. Ya lo entiendo todo. Liosha, el pollo está increíble. Sírveme más, por favor.
KOROTKOV
Fue a ver a Smúlov en compañía de Gmyria y Anastasia. Los tres se habían estado preparando todo el día para el interrogatorio, elaborando la secuencia de preguntas y de trampas, rechazando una versión tras otra, desesperándose y retomando la tarea. Gmyria era partidario de un ataque frontal.
—Creo que lo mejor es preguntárselo directamente, nada más llegar. Al principio va a estar despistado.
—De eso nada, Boris Vitálievich. Al contrario, en cuanto nos vea, seguro que se pone en guardia y se prepara para cualquier sorpresa desagradable. Hay que conseguir que se calme, que se relaje, que se distraiga. —Nastia se iba acalorando—. Smúlov es un hombre de una inteligencia poco común, un hombre de mucho talento, nada corriente. Nos tendrá preparadas un montón de sorpresas si no damos en el blanco a la primera.
—¿Y por qué no vamos a dar en el blanco? —dijo el juez instructor, sorprendido—. ¿Qué tenemos de malo? ¿Es que nos falta puntería?
—Usted se lo toma a broma, pero me huelo que vamos a tener que idear algo...
Pero no era capaz de decir qué.
Encontraron a Smúlov en Sirius. Lo sorprendieron en un pasillo y, sonriendo amablemente, le preguntaron dónde podían hablar. «No va a ser largo, pero es fundamental que haya una mesa, porque necesitamos tomar notas.» El propio Andréi Lvóvich les facilitó la tarea al proponer el despacho de Stásov. Éste, como habían acordado, estaba en su puesto, esperando.
—¿Quieren que salga? —preguntó cortésmente.
—No hace falta, Vladislav Nikoláyevich, serán sólo cinco minutos, literalmente, y sin secretos. Siempre y cuando no le molestemos a usted... —Nastia sonrió de la manera más encantadora posible.
Se instalaron. Gmyria se sentó a la mesa y procedió a levantar acta, Smúlov y Korotkov se acomodaron frente a él, en unos sillones destinados a las visitas, mientras Nastia y Stásov se instalaron en un rincón, donde había otras dos cómodas butacas mullidas. El juez instructor comenzó a rellenar el impreso, copiando los datos de Smúlov de las actas anteriores.
—Andréi Lvóvich, ¿se sintió usted muy dolido con su madre cuando le preguntó si le quería y ella, por toda respuesta, se echó a reír?
Smúlov dio un respingo y se volvió hacia Nastia.
—¿A qué viene eso? —preguntó enfadado.
—Nada, no tiene importancia —respondió con calma—. Sencillamente, he visto todas sus películas y me he dado cuenta de que ese motivo se repite en todas sus obras. Incluso en aquellas que rodó antes de conocer a Alina. Pero después un colega nuestro ha hablado con su madre. De modo que fue ella, y no Alina, la que le hizo tanto daño. ¿Por qué nos ha engañado?
—Yo no he engañado a nadie. Por desgracia, Alina también me infligió otra herida parecida. Pero ese episodio de mi infancia lo tenía olvidado hacía mucho.
Sonrió y volvió a acomodarse en su asiento, con las piernas cruzadas. También cruzó los brazos, que hasta ese momento le descansaban cómodamente sobre las rodillas, y Korotkov se dio cuenta de que estaba en tensión: se estaba poniendo a la defensiva, y eso que hasta entonces no había detectado ningún peligro cada vez que había hablado con ellos.
—Algo le pasa a su memoria —intervino Gmyria, sin levantar la cabeza del acta—. Hace sólo dos meses visitó a su madre y volvió a sacar el tema de que ella nunca le había querido. Y usted le recordó ese episodio.
—¿A qué viene aquí mi madre? ¿Qué pretenden?
—Nosotros no pretendemos nada —respondió Nastia, sosegadamente, desde su rincón—. Sólo queremos comprender por qué miente usted sin parar. Entiéndalo: tenemos que hacerle varias preguntas y, como es natural, nos tememos que empiece otra vez a mentirnos.
—¿Y dónde está la mentira? Tenga la bondad de hablar claro.
—¡Por Dios, pero si no hace más que mentir! —Korotkov montó en cólera, como estipulaba el guión—. Fue usted quien engañó a Alina al decirle que había matado a Voloshin, cuando en realidad le había dejado el campo libre, y encima le mandaba dinero para que no volviera en una buena temporada. Fue usted quien nos contó que Alina tenía los nervios templados y que lo más fuerte que tomaba eran cosas como valeriana y agripalma. ¡Pero si miente usted continuamente!
A continuación, de acuerdo con el plan, tocaba una serie de preguntas «para despistar». Y, al responderlas, Smúlov lo iba a pasar mal cada vez que le recordaran a Voloshin. Iba a tener que decidir sobre la marcha: o bien mordía el anzuelo, o bien disimulaba, haciendo ver que no había estado atento, que no había oído, que no lo había entendido... De todos modos, no pensaban retomar la cuestión hasta que estuviera «maduro». No podían dejarle tranquilo ni aflojar la presión: si se sentía cómodo, era muy capaz de encajar el golpe repentino con dignidad, de prepararse rápidamente, de conservar la cabeza fría. Por el contrario, si se veía obligado a pensar en Voloshin, no iba a tener ocasión de serenarse, cada vez estaría más nervioso, dado que al mismo tiempo seguiría dándole vueltas a la inquietante frase de Korotkov —por mucho que la hubiera soltado a la ligera– y preparándose para las preguntas con las que le iba a bombardear Gmyria. Y sólo entonces, cuando estuviera extenuado y débil, le asestarían el golpe, desde un flanco que Andréi Lvóvich no se podía esperar.
—Díganos, por favor, ¿con qué dinero fue adquirido el apartamento donde vivía Alina Vaznis?...
—¿Con qué dinero compraron el coche?...
—¿Y el garaje?...
—¿No había vendido Alina las joyas de su madre?...
—¿Cuáles exactamente? ¿Cuándo? ¿A quién? ¿A qué precio?
—¿Cuánto cobraba Alina Vaznis por trabajar en sus películas?
—¿Quién redactaba los contratos? ¿Qué cantidades habían acordado? ¿Qué sumas declaró Alina Vaznis a la hora de pagar sus impuestos?
—¿En qué banco tenía Alina sus ahorros? ¿Por qué precisamente en ese banco? ¿Quién le aconsejó exactamente ese tipo de depósito?
—¿Por qué mató usted a Tatósov?
ANDREI SMULOV Y ALINA VAZNIS
Desde que podía recordar, odiaba a Mishka Tatósov.
En el colegio, Andriusha Smúlov fue siempre el primero de la clase. Era un niño muy capaz, con mucho talento, y se le daban bien los estudios. Los profesores le ponían constantemente como ejemplo para los demás, había ganado las olimpiadas interzonales y municipales de literatura e historia.
Mishka Tatósov andaba entre bien y notable en las asignaturas que no le interesaban, y sólo sacaba sobresaliente en química y en biología. También sacó algún sobresaliente en física, pero sólo en el breve periodo en que dieron óptica. Del resto de ramas de la física no sabía nada ni quería saberlo. A Andriusha Smúlov los profesores le elogiaban, a Mishka le adoraban, le mimaban y se lo perdonaban todo, hasta su manifiesta falta de interés por estudiar sus asignaturas.
Andriusha Smúlov era el chaval más guapo que había en las tres clases de su curso. Las chicas se lo comían con los ojos, le escribían notitas y esperaban temblando su respuesta. Siempre tenía donde elegir, pero cuando su exigente mirada se detenía en alguna pretendiente, todo acababa de forma inesperada e inexplicablemente repentina. Invitaba amablemente a la chica al cine, y en los últimos cursos a la discoteca, pero a los dos días ella dejaba de hacerle caso y parecía incluso que quería guardar las distancias.
Mishka Tatósov era el más bajito de la clase, y además era feo y pecoso. Naturalmente, nadie se fijaba en él ni le mandaba notitas. No obstante, si a Mishka le gustaba alguna chica, enseguida pasaba a la acción. Y nadie sabía cómo ni por qué, pero el caso es que en unos días la chica bebía los vientos por él, y así seguía hasta que cortaba con ella, después de haber seleccionado el nuevo objeto de sus atenciones.
A los cumpleaños de Mishka iba toda la clase. Una vez, Andréi también decidió celebrar su cumpleaños con sus compañeros. Les anunció a todos en voz alta que estaban invitados y le pidió a su madre que prepara toda la comida que pudiera. Pero después se pasó la noche sin pegar ojo, apretando los puños y ahogado por las lágrimas. Sólo se habían presentado dos chicas, una de las cuales estaba secretamente enamorada de él por aquella época y la otra era nueva en clase.
Todos esos años Andréi vivió atormentando por una pregunta: ¿por qué? ¿Por qué a Mishka Tatósov, que era feo y vulgar, le adoraba todo el mundo y a él, que era guapo y tenía un talento indiscutible, le daban de lado? ¿Por qué? Andréi le tenía envidia a Mishka, y la envidia le llevó a odiarlo. ¡Pensar que un tipo brillante y distinguido como él se veía obligado a odiar a un ser tan primitivo!
En noveno, Andréi se rompió un brazo y tuvo que quedarse en casa hasta que le quitaron la escayola. Sólo fue a visitarle una persona, Mishka Tatósov. Unos desgarradores sentimientos encontrados mortificaban a Andréi: el odio a Mishka y la gratitud por sus visitas. En cierta ocasión, Mishka se presentó a última hora de la tarde, cuando la madre de Andréi estaba en casa. Ella entró un momento, por pura cortesía, a ver a los chicos, llevándoles té y unos pasteles. Intercambió un par de frases intrascendentes con el amigo de su hijo y... acabó quedándose con ellos. Se pasó más de dos horas en la habitación de Andriusha, charlando distendidamente con Mishka, riéndose de sus bromas y contando ella misma algunas historias, más pendiente de Mishka que de su hijo.
Cuando llegó la hora de marcharse, acompañó al invitado a la puerta y después volvió a la habitación de Andréi.
—¡Qué encanto de chico! —le dijo—. ¿Por qué viene tan poco a casa? Dile que se pase más a menudo.
Andréi se descompuso.
—Nunca te pasas dos horas conmigo —le reprochó—. Ni me cuentas nada. ¿En qué es mejor que yo?
—Es muy cariñoso. Se le ve cariñoso, y muy buen chaval. Da gusto hablar con él.
—¿Y conmigo no?
—Hijo, es que tú no escuchas a nadie. Sólo piensas en ti.
Desde ese momento su odio se hizo cien veces mayor. Andréi estaba convencido de que Mishka Tatósov le había robado el amor de su madre. El padre los había abandonado hacía tiempo, la madre era una mujer joven y hermosa que, evidentemente, salía con otros hombres. Algunas veces los había llevado a casa, pero Andréi nunca había tenido celos de ellos. Una mujer adulta debía salir con un hombre adulto, de eso no cabía duda. Pero el elogio de Mishka no tenía nada que ver con eso. Para su madre no debería existir en el mundo otro chico que no fuera él. Y mucho menos Mishka Tatósov.
Al acabar la escuela, ingresaron en diferentes centros universitarios. Andréi en el Instituto Estatal Pansoviético de Cinematografía, Mijaíl en la facultad de medicina. Siguieron viviendo en el mismo barrio y coincidían a menudo por la calle o en las tiendas. A los veintiséis años, Smúlov se casó con una chica de la que estaba locamente enamorado, y en uno de aquellos encuentros casuales se la presentó a Tatósov. Mishka, que tenía la misma edad que él, ya había empezado a perder pelo por esa época, lo que unido a su escasa estatura y a sus profundas arrugas de expresión le hacían parecer un viejo. Pero sus ojos seguían brillando con la misma alegría de siempre, y tenía una voz aterciopelada y envolvente.
Un año y medio después de la boda, su mujer le comunicó a Andréi que le dejaba por Tatósov.
—Pero, ¿por qué? —gritó Smúlov, esforzándose por contener sus lágrimas de rabia—. ¿Qué tengo yo de malo? ¿En qué es Mishka mejor que yo?
—En todo —le respondió Galina, con desgana—. Tú eres frío y egoísta, sólo te interesa fascinar a la gente: fascinarla con tu belleza y con tu talento. Sólo quieres a las personas para eso. Las utilizas para mirarte en ellas como en un espejo y recrearte en tu superioridad. Te gusta que a la gente se le caiga la baba contigo, pero a ti los demás te traen al fresco. Esperas que te quieran, que te adoren, pero tú no estás dispuesto a dar nada a cambio.
—Y él ¿qué es lo que da a cambio?
—Todo. Él se entrega por completo. Está dispuesto a escuchar a la gente, a compadecerla, a consolarla, a ayudarla, aunque no la conozca de nada. Es cariñoso, cariñoso de verdad, ¿lo entiendes? Con él todo es sencillo, te hace sentir bien. Tú, en cambio, eres frío, eres negativo. Viviendo a tu lado, he acabado helada. ¿No eres capaz de entenderlo?
Pero no era capaz. Su mayor deseo consistía en vivir rodeado de gente que le amara, que se sintiera cautivada por él. Quería ser el centro de atención. Sin embargo, todo era vacío a su alrededor.
Galina se fue con Tatósov, y unos meses después Mijaíl la abandonó. Se había encaprichado de otra más guapa. Smúlov esperaba que Galina volviera con él, estaba dispuesto a humillarla al principio, a darle la lección que se merecía, para mostrarle después su generosidad y abrirle los brazos. Se alegró de no haber solicitado el divorcio. Pero, por la razón que fuera, ella no volvió.
Smúlov se presentó, con flores y bombones, en casa de los padres de Galina y le pidió que volviera con él.
—No —dijo sacudiendo la cabeza.
—Pero, ¿por qué?
—Quiero esperar. A lo mejor él me pide que vuelva.
—¡Ni lo sueñes! Ya tiene una chica nueva, y después vendrá la siguiente.
—Me da igual. Si me lo pide, volveré con él. Pero contigo no.
Pronto se le pasó el amor que sentía por Galina. El odio a Tatósov siguió vivo, echó raíces cada vez más profundas, floreció y se hizo más fuerte. Cuando rodó su primera película, volcó en ella todo su dolor. Los dos protagonistas eran sorprendentemente parecidos al propio Smúlov y a Mishka Tatósov. Un guaperas taciturno al que nadie entendía y del que todos sospechaban que había cometido un asesinato, y un tipo feo pero majo, simpático y bueno, al que todos adoraban y que al final de la película resultaba ser el verdadero asesino, cruel y profundamente inmoral. La película tuvo una buena acogida y le dio la fama a Andréi. Pero en su alma nada había cambiado. Seguía sin entender por qué no le quería nadie, por qué las mujeres le dejaban tan pronto y tan fácilmente, por qué a su alrededor únicamente había un vacío atronador. Y él deseaba tanto que le quisieran...
Cuando tenía treinta y seis años, Alina se cruzó en su vida. Al principio se enamoró de ella sólo porque era una mujer hermosa. No obstante, cuando se propuso que actuara delante de una cámara de la manera que a él le interesaba, no tuvo más remedio que empezar a preocuparse también por su mundo interior. Pero, de forma completamente inesperada, encontró en ella inspiración y gratitud. Justo lo que había sido incapaz de encontrar en otras mujeres. Se sentía feliz.
Alina, poco a poco, le fue revelando sus temores, le habló del hombre que la perseguía desde la infancia y que despertaba en ella tal terror que anulaba su capacidad de vivir y trabajar con normalidad. Para entonces, Andréi ya se había dado cuenta de que Alina Vaznis era «su» actriz, e hizo todo lo que estuvo en su mano para ayudarla a encontrar la paz espiritual. La amaba porque ella le amaba. Y le adoraba. Le miraba a la boca y apresaba cada una de sus palabras. Le consideraba un genio. El mejor. Pero su miedo persistía. Y Smúlov empezaba a desesperarse.
En cierta ocasión, Alina le confesó con amargura:
—Haces tanto por mí y me duele tanto que todo sea en vano... No vamos a conseguir nada.
—Qué cosas dices, amor mío —trató de disuadirla Smúlov—. Yo voy a estar siempre contigo y, estando yo a tu lado, ese hombre no se te va a acercar.
—Tú no puedes estar siempre a mi lado. Y, sabiendo que él anda por ahí, yo no voy a descansar.
Smúlov estuvo mucho tiempo dándole vueltas a aquella conversación. Entretanto, había llegado a la conclusión de que, mientras Mishka Tatósov siguiera vivo, él no iba a poder vivir en paz. El odio y la envidia le corroían, le quemaban por dentro, no le dejaban respirar, le nublaban la vista. Todo el mundo coincidía en que estaba acabado: Smúlov era un «director de una sola película». El odio a Mijaíl le obliga a volcar en sus películas, una y otra vez, todo lo que tenía guardado en el alma. Siempre la misma pregunta: ¿por qué? Y su infructuosa búsqueda de una respuesta. Sólo podría respirar tranquilo cuando Tatósov dejara de existir. Cuando no tuviera a quien envidiar, a quien odiar.
Alina le había indicado varias veces quién era el hombre que la acosaba:
—Mira, ahí está. Otra vez me está vigilando.
—Vamos a poner una denuncia —proponía en esos casos Andréi—. Le cojo ahora mismo y me lo llevo a la comisaría. Tú pones la denuncia y le encierran.
—¿Cómo le van a encerrar? Ninguna ley prohíbe lo que él hace.
—Tonterías, siempre se le puede acusar de vandalismo. Le darán una lección.
—¿Y qué tendría que poner en la denuncia?
—¿Cómo que qué? Pues lo que ha pasado.
—No —se asustó Alina—. Sería incapaz de contar esas cosas. Me da vergüenza.
Smúlov se había quedado con la cara de aquel tipo. Sabiendo que vivía cerca de casa de los padres de Alina, no le fue difícil dar con él.
—Escucha, cabrón —le dijo en voz baja, furioso—. Te voy a dar dinero y tú vas a desaparecer de aquí para siempre. ¿Me has entendido? Podría mandarte a la cárcel en dos segundos, pero me da pena de Alina. Le has destrozado los nervios, le has arrancado el alma. ¿Cuánto quieres a cambio de que ni ella ni yo te volvamos a ver nunca más?
No tuvieron que discutir mucho rato. Voloshin mencionó una cifra que estaba al alcance de Smúlov.
—Aquí tienes dinero para el billete —dijo Andréi sacando la cartera—. Y ahora lárgate y cómprate un pasaje para donde sea, lo más lejos posible. Mañana nos vemos aquí mismo y me lo enseñas.
Voloshin compró un billete a Krasnoyarsk para el 8 de noviembre. Y Smúlov empezó a trazar su plan. Estaban a 31 de octubre.
El 8 de noviembre, Smúlov fue hasta el aeropuerto para asegurarse de que Voloshin cogía el avión, y al día siguiente se dirigió al distrito de Zamoskvorechie, donde había pasado su infancia y donde aún vivía Mijaíl Tatósov. Se había hecho a la idea de que serían necesarios varios intentos hasta que las circunstancias fueran particularmente propicias. Pero tuvo suerte. Las circunstancias le fueron propicias el primer día. Smúlov se metió en el portal, pegó la espalda a la pared en un recoveco sin luz que había entre la primera y la segunda puerta y esperó a que Tatósov volviera del trabajo. Mijaíl llegó solo, en ese momento no había nadie más en el portal, y Smúlov le abrió la cabeza golpeándole con una piedra. Mijaíl era bastante más bajo que él, así que fue fácil acertar.
Se fue directamente a casa de Alina:
—Le he matado —confesó, dejándose caer en el sofá y cubriéndose la cara con las manos—. Ese canalla no volverá a asustarte. Ahora puedes vivir tranquila. Lo único que te pido, amor mío, es que, si se presenta la policía y pregunta dónde he estado hoy, les digas que vine derecho a tu casa del rodaje y me quedé contigo hasta la mañana siguiente. ¿De acuerdo?
—Claro —murmuró Alina con labios temblorosos—. Por el amor de Dios, Andriusha, ¡qué pecado más terrible has cometido! Has matado a un hombre.
—A un hombre no, a un animal que te había envenenado la vida. Dios me perdonará, porque lo he hecho por ti, por la mujer a la que amo.
La fidelidad de Alina no conocía límites. Andrei había dado ese paso por ella. Ahora estaba en deuda con él hasta el fin de sus días.
Dos semanas después, efectivamente, se presentó en su casa alguien de la policía, un tipo gracioso, con el cuello largo y fino.
—Intente recordar, por favor, si Andréi Lvóvich le dijo alguna vez que tenía una relación conflictiva con un hombre llamado Mijaíl Tatósov.
—No —respondió Alina con total seguridad—. Nunca he oído ese nombre.
—¿Y dónde estuvo Smúlov el 9 de noviembre?
—Estuvimos juntos todo el día. Al principio en el rodaje, después vinimos aquí. Pasó la noche en mi casa, y por la mañana fuimos de nuevo a rodar.
Hizo todo tal como se lo había pedido Andréi. Pensando que aquello no era más que una pequeña parte de lo que tendría que hacer por él como agradecimiento por haberla librado de su miedo atávico.
Y todo cambió. Afloró el amor que sentían el uno por el otro, fortalecido por el secreto de una vida y una muerte ajenas. Alina, liberada de quienes se interponían en su camino, empezó por fin a darlo todo en sus interpretaciones. Smúlov hizo una película que le dio la fama e inmediatamente se puso a trabajar en la siguiente, que prometía ser aún mejor...
Y en un instante todo se vino abajo. La noche del 14 de septiembre de 1995, Alina le llamó por teléfono.
—Quiero saber a quién mataste en realidad —le dijo entre dientes, como esforzándose por contener un grito histérico que quería brotar de su garganta.
—¿De qué me estás hablando? —Smúlov se quedó perplejo, y sintió un frío desagradable bajando por su espalda.
—Está vivo. No le mataste. Pero la policía vino a mi casa y me preguntó dónde habías estado. Necesitabas una coartada. Así que, de todas formas, mataste a alguien. Quiero saber a quién.
—Espera, espera...
La tierra se abría bajo sus pies antes de que le diera tiempo a tomar conciencia de lo ocurrido.
—Alina, te equivocas. No puede estar vivo. Yo le maté. Aclararemos todo esto, te lo prometo, pero no por teléfono. No vaya a ser que alguien nos escuche. Vete a la cama y no pienses en nada, son los nervios, ya lo verás. Por la mañana estarás más tranquila.
Por la mañana llegó al pabellón del rodaje pálida, con cara de cansancio y los ojos hinchados. Su trabajo fue un desastre. Como todo el rato había mucha gente en el plató, no hubo ocasión para las explicaciones. Durante las pausas, él la evitaba, llamaba por teléfono, hablaba con los miembros del equipo de rodaje. Había tomado la decisión aquella noche. Tenía que librarse de Alina. El asesinato de Tatósov no había sido resuelto, y ahora Alina era la única, aparte de él, que sabía la verdad. Le había bastado con oír su voz por teléfono la noche anterior para comprenderlo: no se resignaría, no le encubriría. Ella le veneraba como a un dios sólo porque había cargado con una terrible culpa para salvarla. Pero, si no era así, el amor y la admiración llegarían a su fin. No dudaría en denunciarle.
Cuando terminó el rodaje, se acercó a Alina acompañado de algunas personas (intencionadamente, para no tener que dar explicaciones).
—Hoy no pareces en forma. No podemos permitirnos repetir eternamente cada toma, sólo nos quedan dos días en este pabellón. Anda, vete a casa, cariño, tómate algo para relajarte y acuéstate. Tienes que dormir bien.
Se inclinó hacia ella, la besó en la mejilla y le susurró:
—Esta noche me paso por tu casa y hablamos de todo. No te preocupes por nada, todo está bien, te lo aseguro. Simplemente, te lo pareció.
Por la noche, alrededor de las once, fue a casa de Alina. Las cosas se pusieron aún peor de lo que había previsto.
—¡No te atrevas a insinuarme que estoy loca! —le gritó Alina—. No te atrevas a decirme que me lo pareció. Hoy he estado allí, le he visto, he hablado con él. Me ha contado que tú le convenciste de que se marchara, que le mandabas dinero. En realidad, a quien mataste fue a otro, a un tal Tatósov. Yo ni siquiera sabía cómo se llamaba el Loco. La policía me preguntó por Tatósov, y yo, tonta de mí, pensé que era él. ¡Te encubrí! ¡Me convertiste en tu cómplice! ¡Eres un canalla! ¡Un canalla frío y desalmado! ¡Tú me has utilizado, te has aprovechado de mi gratitud y mi fidelidad!
Nada más entrar en el apartamento, se había dado cuenta de que Alina había tomado pastillas. Sus movimientos eran lentos, como si algo los frenara, y al hablar perdía el hilo cada dos por tres. Cuanto más tiempo pasaba, más claro veía Smúlov que no había escapatoria. Tenía que matarla.
—Te odio —balbuceó, cansada de su largo discurso—. Dios, cómo te odio. Me das asco. Te tuve por un ser maravilloso mientras creí que habías hecho aquellopor mí. Pero tú... Te he aguantado todos estos años porque estaba en deuda contigo. Y ahora resulta que no te debo nada. Y me has hecho cómplice de un asesinato...
Aquello ya no pudo soportarlo. No retiró la almohada de la cara de Alina hasta que se quedó inmóvil, después de retorcerse por última vez.
Después recuperó el aliento, intentó dominarse. Miró a su alrededor. Lo primero que hizo fue buscar los diarios, sabía bien dónde estaban. Se puso los guantes de piel que había traído y hojeó con cuidado los dos cuadernos. Le echó un vistazo rápido al texto, escrito con letra grande y redonda, en busca de menciones a la muerte del Loco. Uno de los cuadernos era viejo, las anotaciones acababan en marzo, Smúlov no encontró nada que le comprometiera. El segundo cuaderno lo había empezado a mediados de abril. Alina había hecho anotaciones el día anterior y ese mismo día. Allí estaba todo. Destruiría el último cuaderno y se llevaría el viejo, siempre podía serle útil.
Smúlov inspeccionó escrupulosamente cada uno de los sitios donde Alina solía guardar los medicamentos, retiró todos los tranquilizantes y se los metió en el bolsillo. No le costó encontrar el sobre con el dinero que le había llevado Jaritónov. Las joyas no estaban ocultas, Alina no temía a los ladrones. En general no le tenía miedo a nada excepto a lo que estaba relacionado de un modo u otro con Voloshin. Limpió las huellas en algunas superficies, entre ellas los pomos de las puertas y el timbre. Fregó a conciencia dos tazas, cogidas al azar del estante de la vajilla. Aparentemente, ya estaba todo listo. Parecía enteramente que en el apartamento había estado un extraño, y luego había borrado las huellas de su paso por allí. Un extraño, no Smúlov, que visitaba continuamente a Alina y prácticamente vivía allí con ella. Sus huellas estaban por todo el apartamento, como no podía ser de otra forma. Todo el mundo sabía que Xenia Mazurkévich era muy aficionada a los medicamentos, que los consumía en grandes dosis. Que sospecharan de ella. Y de Jaritónov. Y de quien hiciera falta... Pero no de él, no de Andréi Smúlov.
Al volver a casa, quemó el último diario de Alina y tiró las cenizas por el retrete. El cuaderno viejo se lo endilgaría el lunes a Pasha Shalisko. Si los agentes de la policía secreta no llegaban hasta Pasha por sí solos, siempre podía «promover» su candidatura. Más adelante decidiría qué hacer con el dinero y los brillantes, por el momento bastaba con ocultarlos «ingeniosamente». Ya se vería cómo transcurría la investigación, a lo mejor convenía colocárselos a alguien. No había muchas joyas, Alina había vendido una buena parte cuando compró el apartamento, y también más tarde, cuando hizo obra. Pero, ¿por qué iban a saberlo los agentes? Si preguntaban, les haría una descripción completa: que pensaran que el asesino codiciaba bienes de gran valor.
El sábado y el domingo, Smúlov interpretó ante todo el mundo el papel de amante destrozado por el dolor. Sufría de verdad, porque quería a Alina, y sus palabras —le había dicho que le había aguantado todo ese tiempo sólo para saldar su deuda con él– le habían dolido profundamente. Todo había resultado inútil, infructuoso. Mishka Tatósov ya no estaba entre los vivos, y él seguía sin saber dónde estaba el secreto de su capacidad para ganarse el afecto de los demás. Seguía sin saber por qué a él no le quería nadie. Ni la mismísima Alina le había querido... Con lo mucho que había confiado en ella.
Quedaba Voloshin. A saber lo que le habría contado esa loca. No tenía más remedio que ocuparse de él.
El lunes fue a visitar a Voloshin. Previamente se había pasado por la redacción de la revista Kin ó y había metido el diario de Alina en la mesa de Shalisko.
—¿Para qué has regresado? ¿Quién te ha dado permiso para dejarte ver por aquí? ¿Qué demonios quieres?
—No soy capaz —susurró Voloshin—. Creía que podría aguantar. Pero esto va a perseguirme hasta el fin de mis días. He aguantado todo lo que he podido, estaba a punto de casarme, había encontrado una mujer allá en Siberia. Pero luego vi la foto de Alina en una revista y me di cuenta de que tenía que volver... Es una pesadilla. La estuve buscando, rondé su casa, pero no aparecía por ninguna parte. Pensaba que me iba a volver loco...
—¡Hace ya mucho que estás loco! ¡Eres un maniaco sexual! ¡Empezaste pervirtiendo a menores! Sólo tenía seis años cuando te dio por acosarla. ¡Estás enfermo! ¡Voy a hacer que te encierren en el psiquiátrico de Káshchenko, cerdo!
—No soy capaz —repitió quejumbroso Voloshin.
—Y ella, ¿qué te dijo? ¿Para qué quedó contigo el viernes?
—Se creía que yo estaba muerto. Se creía que me habías matado. Me preguntó por mi apellido... Me dijo que habías matado a un tal Tatósov... Yo no entendía nada. Yo sólo la miraba...
«Qué se le va a hacer», pensó Smúlov, con una extraña indiferencia. «Ella firmó tu sentencia de muerte. La culpa es suya.»
Salió del apartamento de Voloshin dejando detrás su cuerpo sin vida. Subió al desván y escondió las joyas de Alina y el sobre con el dinero de Jaritónov. Allí estaban bien, por si acaso. De todas formas, a él no le hacían falta y, si los encontraban en ese lugar, iban a terminar de hacerse un lío. Tal vez, con un poco de suerte, le atribuyeran al Loco la muerte de Alina. Sólo se quitó los guantes al salir del portal.
«Ya está —pensaba tristemente mientras recorría despacio las calles bañadas por el sol otoñal—. Se acabó un amor que durante cuatro años me hizo feliz. Se acabó el arte, porque ya no voy a ser capaz de crear. Alina ya no existe. Tampoco Mishka Tatósov, a quien podía odiar. Al menos, gracias al odio que me consumía, me sentía vivo. Ahora no queda nada. Sólo vacío a mi alrededor. Todo ha sido en vano.»
notes
[1] Sopa de verduras y carne, con la remolacha como ingrediente más característico.
[2] Variedad de nata agria usada en la cocina rusa.
[3] Grano de alforfón, muy consumido en Rusia como guarnición.
[4] 10 de noviembre.
[5] Tercera ciudad de Letonia, situada en el extremo occidental del país, en la costa del Báltico.
[6] Vanguelia Pandeva Gushterova (1911-1996), clarividente búlgara.
[7] Yevguenia Yuváshevna Davitashvili (1949), curandera y astróloga rusa.
[8] En Rusia hay costumbre de traducir las óperas.
[9] En Rusia, el pasaporte constituye el documento de identidad fundamental, en el que se registra, entre otras cosas, el estado civil.








