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Risa en la oscuridad
  • Текст добавлен: 7 октября 2016, 14:43

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Автор книги: Владимир Набоков



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—¡La película! —Rex rió de nuevo.

—Sí, ya lo verás. Estoy segura de que va a ser un gran éxito. Tenemos que esperar. Yo estoy tan impaciente como tú, amor mío.

Él se sentó al borde del sofá y le rodeó el hombro con el brazo.

—No, no —dijo ella, temblando y cerrando ya los ojos.

—Solamente un besito pequeño.

—Muy pequeño.

La voz de Margot era ahogada.

Se inclinó sobre ella, pero de pronto se abrió una puerta en la distancia, y oyeron acercarse a Albinus: alfombra, suelo, alfombra otra vez.

Rex intentaba alzarse cuando advirtió que el botón de su chaqueta había quedado prendido en la puntilla del hombro de Margot, que trató de desenredarlo con dedos ágiles. Él dio un tirón, pero la puntilla se negaba a ceder. Margot gruñó de rabia mientras tiraba del nudo con sus agudas uñas brillantes. En aquel mismo momento, Albinus entró en la habitación.

—No, no estoy abrazando a FräuleinPeters —dijo Rex con frialdad—. Simplemente, la estaba acomodando, cuando mi botón se quedó prendido, ¿ve usted?

Margot estaba aún luchando con la puntilla, sin levantar la mirada. La situación era en extremo grotesca, y Rex se sentía enormemente divertido.

Albinus sacó en silencio un grueso cortaplumas con una docena de hojas, una de las cuales era una pequeña lima. Probó, a su vez, pero se le rompió una uña. La farsa se desarrollaba estupendamente.

—Por favor, no la apuñale —dijo Rex con arrobo.

—Fuera las manos —dijo Albinus.

Pero Margot gritó:

—No te atreverás a cortar la puntilla, ¿verdad? Corta el botón.

—¡Alto! El botón es mío —vociferó Rex.

Por un momento, pareció como si ambos hombres fueran a echarse encima de ella. Rex dio un tirón final, algo crujió y él quedó libre.

—Venga a mi estudio —dijo Albinus sombríamente.

«Ahora, firmes», pensó Rex; y recordaba una evasiva que en otra ocasión le ayudó a embaucar a un rival.

—Tenga la bondad de sentarse —dijo Albinus, frunciendo el ceño—. Lo que quiero decirle es bastante importante. Se refiere a esa exposición de White Raven. Antes me preguntaba si querría usted ayudarme. Como puede ver, estoy finalizando un artículo bastante involucrado y también bastante sutil; en él dispenso un rudo tratamiento a diversos expositores.

«¡Jo, jo! —pensó Rex—. De modo que por eso tenías esa expresión tan lúgubre. ¿Tinieblas en el erudito cerebro? ¿Las angustias de la inspiración? Delirante.»

—Ahora bien, lo que quisiera de usted —continuó Albinus– es que ilustrase mi artículo, sazonándolo con pequeñas caricaturas que den énfasis a las cosas que critico y satirizo: color y formas; es decir, lo que hizo usted una vez con Barcelo.

—Soy su hombre —dijo Rex—. Pero también yo tengo una pequeña petición. Estoy a la espera de diversos honorarios y he quedado escaso de dinero... ¿Podría usted hacerme un anticipo? Una tontería, digamos quinientos marcos, ¿le parece?

—Por supuesto. Y más si lo desea. De todos modos, fijará usted mismo el precio de sus dibujos.

—¿Es esto un catálogo? —preguntó Rex—. ¿Puedo echarle una ojeada? Chicas, chicas, chicas —continuó diciendo, con marcado disgusto, mientras consideraba las reproducciones. Chicas cuadradas, chicas oblicuas, chicas con elefantiasis...

—Pero, ¿cómo, por favor —preguntó Albinus pícaramente—, es que las chicas le hastían?

Rex le habló con toda franqueza.

—Bueno, supongo que eso es tan sólo una cuestión de gustos —dijo Albinus, que se enorgullecía de su amplitud de criterio—. Por supuesto, no le condeno a usted. En un tendero me repugnaría, pero en un pintor es del todo distinto, muy deleitable, en realidad, muy romántico; recordemos que la costumbre nos llega desde Roma. Sin embargo, puedo asegurarle que no sabe usted lo que se pierde.

—¡Oh, no, gracias! Para mí, una mujer es tan sólo un mamífero inofensivo, o una compañera agradable, a veces.

Albinus se rió.

—Bueno, en vista de que se muestra usted tan abierto sobre el asunto, déjeme que, a mi vez, le confiese algo. Aquella actriz, la Karenina, me dijo tan pronto como le vio que estaba segura de que el sexo débil le era a usted de todo punto indiferente.

«¡Magnífico!», pensó Rex.


20



Transcurrieron unos días. Margot tosía aún, Se quedó en casa y, sin otra cosa que hacer (la lectura no era su fuerte), se divirtió en la forma que Rex le había sugerido: descansando tranquilamente en un esplendoroso caos de cojines, consultaba la guía telefónica y llamaba a individuos desconocidos, a tiendas y a empresas comerciales. Encargó cochecitos de niños, violetas, y aparatos de radio, que debían ser enviados a direcciones escogidas al azar; tomó el pelo a probos ciudadanos y aconsejó a sus esposas que fueran menos crédulas; llamó al mismo número diez veces consecutivas, desesperando a los señores Traun, Baum & Käsebier. Le hicieron maravillosas declaraciones de amor y recibió denuestos aún más maravillosos. Albinus entró y se quedó mirándola afectuosamente, mientras ella encargaba un ataúd para cierta Frau Kirchof. Llevaba el kimono abierto, y movía sus pequeños pies con una alegría maliciosa y sus ojos oscilaban de un lado a otro, mientras escuchaba. Albinus, henchido de una ternura apasionada, se quedó inmóvil, un poco apartado, temeroso de acerase, temeroso de estropear el placer de su pequeña.

En aquel momento estaba relatando al profesor Grim la historia de su vida, implorándole que accediese a encontrarse con ella a media noche, mientras que, al otro extremo del hilo, el profesor debatía dolorosa y ponderativamente consigo mismo, tratando de dilucidar si aquella invitación era una burla o el resultado de su fama de ictiólogo.

Debido a los retozos telefónicos de Margot, Paul había tratado en vano, durante media hora, de ponerse en contacto con Albinus. Siguió llamando, y cada vez se encontraba con el mismo zumbido monótono.

Por último, se levantó, pero sintió un embate de vértigo y sentóse pesadamente de nuevo. Llevaba dos noches sin dormir; estaba enfermo y devorado por una tormenta de dolor; a pesar de ello, tenía que hacerlo, y lo haría. El persistente zumbido parecía dar a entender que el destino estaba resuelto a frustrar su intención, pero Paul era obstinado: si no podía de aquella forma ponerse en contacto con Albinus, probaría otra.

De puntillas, se acercó al cuarto de la niña, que estaba oscuro y, a pesar de la presencia de varias personas, silencioso. Vio la nuca de su hermana, su peineta y el chal de lana echado sobre sus hombros; y, súbitamente, se volvió con resolución, fue al recibidor, echó mano del abrigo (gimiendo y tragándose sus lamentos) y se marchó a buscar a Albinus.

—Espere —dijo al taxista al apearse delante del familiar edificio.

Empujaba ya la puerta de entrada cuando Rex llegó corriendo detrás. Ambos entraron a un tiempo. Se miraron el uno al otro y... (hubo un gran estallido de vítores cuando la pelota entró en la portería sueca).

—¿Va usted a ver a Herr Albinus? —preguntó Paul, descompuesto.

Rex sonrió y asintió con un gesto.

—Entonces permítame decirle que no recibirá visitas hoy. Soy el hermano de su esposa y tengo para él muy malas noticias.

—¿Quiere usted confiarme su mensaje? —requirió Rex afablemente.

Paul sufría deficiencia respiratoria. Se detuvo en el primer rellano. Con la cabeza gacha, como un toro, miró a Rex, que le miró a su vez, escrutando curiosa y ávidamente su empolvada cara, manchada de lágrimas.

—Le aconsejo que posponga su visita —dijo Paul, respirando con dificultad—. La niñita de mi hermano político se muere.

Continuó su ascensión y Rex le siguió. Oyendo aquellos impertinentes pasos a sus espaldas, Paul sintió que la sangre le subía a la cabeza, pero temiendo que su asma le jugase una mala pasada, se contuvo. Cuando alcanzaron la puerta del piso se volvió otra vez a Rex y anunció:

—No sé quién ni qué es usted, pero no logro entender su persistencia.

—Oh, mi nombre es Axel Rex, y aquí estoy como en mi casa —replicó Rex mientras extendía un dedo largo y blanco oprimiendo el botón del timbre.

«¿Le pego? —pensó Paul; y más tarde—: ¿Qué importa ahora...? Lo principal es acabar pronto.»

Un criado bajo, de cabellos grises (el Lord inglés había sido despedido), les hizo pasar.

—Dile a tu señor —empezó Rex con un suspiro– que a este señor le gustaría...

—¡Cállese usted! —dijo Paul, y, plantándose en mitad del recibidor, gritó tan fuerte como pudo—: ¡Albert! —Y luego otra vez—: ¡Albert!

Cuando Albinus vio la cara desencajada de su hermano político se acercó torpemente hacia él.

—Irma está gravemente enferma —dijo Paul, golpeando el suelo con su bastón—. Debes ir en seguida.

Sucedió un breve silencio. Rex los inspeccionó a los dos, ávidamente. La voz aguda de Margot sonó en la salita:

—Albert, tengo que hablarte.

—Voy en seguida —dijo Albinus con voz martilleante, yendo hacia la salita.

Margot estaba allí, esperándole en pie, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Mi hijita está gravemente enferma —dijo Albinus—. Salgo inmediatamente para verla.

—Te mienten —exclamó Margot, enfadada—. Es una trampa para atraerte otra vez a su lado.

—Margot..., ¡por el amor de Dios!

Ella le apresó la mano:

—¿Qué te parece si te acompaño?

—¡Margot, basta! Tienes que comprenderlo.. ¿Dónde está mi encendedor? ¿Dónde está mi encendedor?¿ ¿Dónde está mi encendedor? Paul me está esperando.

—Te engañan. No te dejaré ir.

—Me están esperando —dijo Albinus, con los ojos abiertos como platos.

—Si te atreves...

Paul estaba en pie en el recibidor, en la misma postura, con su bastón en la mano, golpeando el suelo con él, nerviosamente. Desde la salita le llegó el sonido de las voces excitadas. Rex le ofreció pastillas para la tos. Paul las apartó con el codo, sin mirarle, vertiéndolas. Rex reía. Luego, de nuevo, aquel estallido de voces.

«Espantoso...», se dijo.

Y se marchó. Al bajar las escaleras, las mejillas le temblequeaban.

—¿Y bien? —le preguntó la nurseen un susurro, cuando hubo regresado.

—No, no va a venir —contestó desolado Paul.

Se cubrió los ojos con las manos durante un momento, se aclaró la garganta y, como antes, entró de puntillas en el cuarto de la enferma.

Nada había cambiado allí. Suavemente, rítmicamente, Irma agitaba su cabeza aquí y allá, sobre la almohada. Sus ojos, entreabiertos, estaban empañados; de vez en cuando la sacudía un hipido. Elisabeth le alisaba las ropas de la cama: un gesto mecánico carente de sentido. De la mesilla de noche cayó una cuchara y su delicado tintineo permaneció durante mucho tiempo en los oídos de los que ocupaban la habitación. La nursedel hospital contaba las pulsaciones de la niña, parpadeaba y, cuidadosamente, como temerosa de herirla, volvía la manita bajo el cobertor.

—¿Tiene sed, acaso? —bisbiseó Elisabeth.

La nursenegó con la cabeza. Alguien, en la habitación, tosió con suavidad. Irma agitaba la cabeza; levantó una rodilla delgadísima bajo las ropas del lecho y volvió a extenderla otra vez con mucha lentitud.

Crujió una puerta, dando paso a la asistenta que fue a decir algo en el oído de Paul. Paul asintió, desapareciendo la recién llegada. Más tarde la puerta crujió de nuevo; pero Elisabeth no movió la cabeza...

El hombre que había entrado se detuvo a medio metro de la cama. Sólo pudo distinguir, muy vagamente, el cabello rubio de su esposa y su chal, pero el rostro de Irma lo vio con lacerante claridad, y sus diminutas y negras aletas nasales, y el brillo amarillento de su frente redonda. Estuvo en pie mucho tiempo; luego abrió la boca y alguien (un primo lejano) le tomó por debajo de los brazos, desde atrás.

Se encontró sentado en el estudio de Paul. En el diván del rincón había dos damas sentadas, cuyos nombres no lograba recordar, hablando en voz baja. Tuvo la extraña sensación de que si lograba recordarlo todo, se sentiría bien de nuevo. Arrebujada en un sillón, la nursede Irma lloraba. Un viejo y digno caballero de gran calva, en pie junto a la ventana, fumaba y de vez en cuando balanceábase sobre las puntas de los pies, como si quisiera alcanzar algo, Para desistir en seguida y recobrar su posición normal. Sobre la mesa brillaba un cuenco de cristal, con naranjas.

—¿Por qué no me han avisado antes? —murmuró Albinus, levantando las cejas, sin dirigirse a nadie en particular.

Frunció el ceño, meneó la cabeza e hizo crujir las coyunturas de sus dedos. Silencio. El reloj tictaqueaba sobre el mantel. Lampert llegó desde la habitación de la niña.

—¿Qué? —preguntó Albinus, ronco.

Lampert se volvió hacia el viejo y digno caballero, que, agitando suavemente los hombros, siguióle al cuarto de la enferma.

Transcurrió largo tiempo. Las ventanas estaban muy oscuras; nadie se había preocupado de descorrer las cortinas. Albinus cogió una naranja y empezó a pelarla lentamente. Fuera caía la nieve, y de la calle no llegaban sino ruidos apagados. De vez en cuando se percibía un tintineo en el radiador de la calefacción. Abajo, en la acera, alguien silbó cuatro notas del tema de Sigfrido; todo volvió al silencio. Albinus comía la naranja lentamente. Estaba muy ácida. De pronto entró Paul y, sin mirar a nadie, articuló una sola palabra, una palabra breve.

En el cuarto de la niña, Albinus vio a su esposa cuando ésta se inclinaba, inmóvil absorta, sobre el lecho, sosteniendo aún en la mano lo que parecía un espejo espectral. La enfermera le rodeó los hombros con el brazo y desapareció con ella en lo oscuro. Albinus se aproximó a la cama. Por un momento percibió la imagen vaga de una carita muerta, y un corto labio pálido, y unos dientes de leche desnudos, entre los que faltaba uno. Luego todo se tornó nebuloso ante su mirada. Se volvió redondo y, con mucho cuidado, tratando de no tropezar con nada ni con nadie, dejó la estancia. La puerta de la calle estaba cerrada, pero, tan pronto como llegó a ella, acercóse una dama muy pintada, que llevaba una mantilla española, y la abrió, dejando entrar a un hombre cubierto de nieve. Albinus consultó su reloj. Era más de medianoche. ¿Había pasado allí, realmente, cinco horas?

Estuvo caminando a lo largo del pavimento blanco, suave y crujiente. Dudaba aún de lo ocurrido. Creía ver a una Irma de sorprendente viveza, columpiándose en las piernas de Paul, o tirando una pelota a la pared, con las manos; pero los taxis hacían sonar sus bocinas como si nada hubiera pasado; la nieve relucía bajo las luces, como en Navidad; el firmamento estaba renegrido, y tan sólo en la distancia, más allá de la oscura masa de tejados, en dirección al Gedächtniskirche, donde estaban enclavados los grandes palacios de pinturas, se fundía el negro de la noche con unos tonos parduscos, sofocantes. Súbitamente recordó los nombres de las dos damas del diván: Blanche y Rosa von Nacht.

Llegó a casa. Margot descansaba en decúbito supino, fumando sin control. Albinus estaba vagamente consciente de haber disputado con ella de una forma horrible; pero no importaba. Ella siguió sus movimientos con la mirada, mientras él recorría la habitación arriba y abajo, secándose el rostro, mojado por la nieve. Todo lo que Margot sentía en aquellos instantes era un delicioso contento. Rex se había marchado unos momentos antes, contento también.


21



Acaso por primera vez en el curso del año que había pasado junto a Margot, Albinus fue consciente de la torpeza descendida sobre su vida. En aquel momento, con deslumbradora claridad, el destino parecía estar instándole a volver en sí; Albinus percibía sus atronadora recriminaciones y se daba cuenta de la preciosa oportunidad que le era ofrecida para erigir su existencia sobre las viejas bases; y sabía, con la lucidez del pesar, que, si regresaba junto a su esposa en aquellas circunstancias, la reconciliación, que en otro momento hubiera sido imposible, vendría casi por sí misma.

Determinadas rememoraciones de aquella noche le robaban la paz: recordaba la forma en que Paul se le acercó, con la mirada implorante, y luego, alejándose, le apretó levemente el brazo; recordaba cómo, a través del espejo, había captado un fugaz vislumbre en los ojos de su esposa, donde brillaba una expresión desgarradora, lastimosa, de criatura acosada, que sin embargo, guardaba similitud con una sonrisa.

Lo evocaba todo con profunda emoción. Sí, había de asistir al funeral de su niñita, se quedaría con su mujer para siempre.

Telefoneó a Paul, y la criada le dijo la hora el lugar en que se celebraría el entierro. A la mañana siguiente se levantó mientras Margot estaba aún durmiendo y ordenó al criado que le preparase su traje negro y su sombrero de copa. Después de beber apresuradamente un poco de café, entró en el cuarto que había pertenecido a Irma, ocupado ahora por una larga mesa de ping-pong. Con descuido tomó una pelotita de celuloide y la dejó botar, pero no se imaginó a su hija, sino a una muchacha graciosa, vivaz, descocada, que reía, sobre la mesa, con una mano en alto, esgrimiendo una pala de juego.

Era la hora de partir. Dentro de unos minutos estaría sosteniendo a Elisabeth por debajo del codo, ante una tumba abierta. Lanzó la pelotita sobre la mesa y se dirigió rápidamente al dormitorio para ver por última vez a Margot, durmiendo. Y, mientras permanecía junto al lecho, fijos sus ojos en aquella cara pueril de labios rosados y coloreadas mejillas, Albinus rememoró la primera noche que pasaron juntos y pensó, con horror, en el futuro al lado de su esposa, pálida y desvaída. Ese futuro se le antojaba como uno de esos largos y polvorientos corredores a cuyo fin encontramos una caja claveteada o un cochecito de niño, desvencijado.

Con un estuerzo, apartó los ojos de la durmiente, se mordió nervioso la uña del pulgar, se acercó a la ventana. Automóviles relucientes se abrían paso a través de los charcos; en la esquina, una mujerzuela desastrada vendía violetas; un perro aventurero de aguas seguía a un minúsculo pequinés, que se debatía y ladraba, sujeto por una correa; un brillante trozo de rápido cielo azul se reflejó en una vidriera que una doncellita de brazos desnudos limpiaba vigorosamente.

—¿Qué haces levantado, tan pronto? ¿Adónde vas? —preguntó Margot con voz perezosa truncada por un bostezo.

—A ningún sitio —dijo él, sin volverse.


22



—No estés tan deprimido, gatito —le dijo ella quince días más tarde—. Ya sé que todo eso es muy triste, pero ya han llegado a ser casi extraños para ti; tú mismo te das cuenta, ¿no es cierto? Y, desde luego, pusieron a la niñita en contra tuya. Créeme, comparto enteramente tu pesar, aunque, si yo pudiera tener hijos, preferiría un niño.

—En ti tengo ya una niña —dijo Albinus, dándole una palmada en el cabello.

Hoy, más que ningún día, tenemos que estar contentos —continuó Margot—. ¡Hoy, más que ningún día! Es el comienzo de mi carrera. Seré famosa.

—Cierto; lo había olvidado. ¿Cuándo es? ¿De verdad, hoy?

Rex apareció por el piso. Desde hacía tiempo les visitaba a diario, y Albinus le había abierto su corazón en varias ocasiones, refiriéndole cosas que no podía decir a Margot. Rex escuchaba con tanta amibilidad, hacía comentarios tan inteligentes y era tan simpático, que lo breve de sus relaciones le parecía a Albinus un mero accidente, en forma alguna relacionado con el tiempo interno, espiritual, durante el que su amistad había crecido, madurándose.

—No podemos construir nuestra vida sobre las arenas movedizas del infortunio —le había dicho Rex—. Ése es un pecado contra la existencia misma. Una vez, tuve un amigo que era escultor y cuya infalible apreciación de la belleza resultaba casi estremecedora. De la forma más súbita, impulsado por la conmiseración, se casó un día con una jorobada fea y vieja. No sé exactamente qué ocurrió, pero una mañana, poco después de su matrimonio, hicieron dos pequeñas maletas, una para cada uno, y se fueron a pie al manicomio más próximo. En mi opinión, un artista debe dejarse guiar exclusivamente por su sentido de la belleza: éste nunca le defraudará.

—La muerte —le dijo en otra ocasión– es tan sólo una mala costumbre que la NaturaIeza, en el presente, es incapaz de superar. Una vez, tuve un amigo muy querido; un bello muchacho lleno de vida, con la cara de un ángel y la musculatura de una pantera. Se cortó al abrir una lata de melocotón en conserva; ya sabe usted, de esos grandes, suaves y resbaladizos que se tragan como si nada. Murió, pocos días después, de un envenenamiento de sangre. Ridículo, ¿verdad? Y sin embargo..., sí, es extraño pero cierto: considerada como obra de aret, la forma de su vida no hubiera resultado tan perfecta de haberle sido dado envejecer. La muerte es, a menudo, la caída de este chiste que es la vida.

En tales ocasiones, Rex era apto para hablar sin cesar, infatigablemente, inventando historias acerca de amigos no existentes y proponiendo a la mente de su interlocutor reflexiones no demasiado profundas, disfrazadas por un estilo de oropel. Su cultura era dudosa, pero su mente, astuta y penetrante, y aquella pasión por embromar a sus semejantes equivalía casi al genio. Quizá lo único de real que había en él radicaba en su convicción innata de que todo cuanto había sido creado en el terreno del arte, de la ciencia o del sentimiento era tan sólo un truco más o menos inteligente. Por muy importante que fuera el tema de una conversación, siempre sabía encontrar algo ingenioso o chusco que decir sobre él, brindando, con exactitud, lo que la mentalidad o el genio de su interlocutor demandaban, aunque, al mismo tiempo sabía ser inconcebiblemente grosero y exasperante cuando su oyente le molestaba. Incluso al hablar con la mayor seriedad sobre un libro o una pintura, Rex experimentaba la agradable sensación de ser cómplice de una conjura, de algún charlatán aventajado; por ejemplo, el autor del libro o el pintor del cuadro.

Observaba con interés los sufrimientos de Albinus, que, en su opinión, era una acémila con pasiones simples y un conocimiento sólido en exceso, de la pintura; un idiota que creía, ¡pobrecillo!, haber alcanzado el pináculo de la desesperación humana, mientras que él reflexionaba, con agradable presentimiento, que, lejos de ser el límite, los padecimientos de Albinus eran sólo el primer acto del programa de una comedia delirante en la que a él, Rex, le había sido reservado un lugar en el palco privado del director de escena. El director de escena de esta representación no sería ni Dios ni el diablo. El primero era demasiado gris, venerable y anticuado, y su oponente estaba harto de pecados ajenos, se aburría a sí mismo, aburría a los demás y resultaba más átono que la lluvia..., eso, que la lluvia del alba en el patio de una prisión donde un pobre imbécil, agitado por la muerte, era puesto en manos del verdugo por haber asesinado a su abuela. El director de escena que Rex tenía previsto era un Proteo fantasmagórico, evasivo, doble, triple, mágico, la sombra de muchas bolas de cristal de color volando en elipse, el espectro de un juglar ante un telón rutilante... Esto, en cualquier caso, era lo que Rex barruntaba en sus muy raros momentos de meditación filosófica.

Tomaba la vida con ligereza, y el único sentimiento humano que nunca experimentara era su intensa pasión por Margot, que trataba de explicarse a sí mismo atribuyéndola a las formas de aquella diablesa, a algo contenido en el aroma de su piel, al epitelio de sus labios, la temperatura de su cuerpo. Pero esta explicación sólo era fragmentariamente cierta, el atractivo que se ejercían mutuamente estaba basado en una profunda afinidad de almas, por mucho que Margot fuera una pequeña y vulgar muchacha berlinesa y él, ¡bueno!, ¡un artista cosmopolita!

Cuando Rex les visitó aquel día, logró informar a Margot, mientras le ayudaba a ponerse la chaqueta, de que había alquilado una habitación, donde poder encontrarse sin que nadie les molestara. Ella le lanzó una mirada enfurecida, pues Albinus estaba palpándose los bolsillos apenas a diez pasos. Rex gorjeó añadiendo, sin apenas bajar la voz, que la esperaría allí todos los días, a una hora determinada.

—Estoy invitando a Margot a un rendez-vous, pero no quiere venir —dijo festivamente a Albinus mientras bajaban la escalera.

—Sus motivos tendrá —dijo Albinus pellizcando afectuosamente el carrillo de Margot—. Y ahora, vamos a ver qué clase de actriz eres —añadió poniéndose los guantes.

—Mañana a las cinco, ¿eh, Margot? —dijo Rex.

—Mañana la niña irá a elegir un coche —intervino Albinus—, razón por la cual no podrá ir a verle.

—Le sobrará tiempo durante la mañana. ¿Te va bien a las cinco, Margot? ¿O es que a determinadas señoritas no les rinde el negocio a esa hora?

De pronto, Margot se salió de madre.

—¡Vaya chiste idiota! —dijo entre dientes. Los dos hombres se rieron e intercambiaban miradas divertidas.

El portero, que estaba hablando con el cartero en la calle, los miró curiosamente al pasar.

—Y, parece increíble —dijo el portero cuando estuvo seguro de que ya no le oían—: la hija de ese caballero murió hace un par de semanas.

—¿Y quién es el otro? —preguntó su contertulio.

—No me lo pregunte a mí. Un querido de recambio, supongo. A decir verdad, me avergüenza que los otros vecinos puedan ver todo esto. Y, sin embargo, es un caballero rico y generoso. Lo que yo digo siempre: si quiere tener una fulana, bien pudo haber elegido una más alta y más gorda.

—El amor es ciego —declaró el cartero, pensativamente.


23



En la salita en que iba a ser proyectada la película ante una veintena de actores e invitados Margot sintió un estremecimiento gozoso a lo largo de la espalda. No lejos, advirtió al director cinematográfico en cuyo despacho hiciera una vez tan ridículo papel. El hombre, que, tenía un gran orzuelo en su párpado derecho, se acercó a Albinus, quien le presentó a Margot.

—Tuvimos una charla hace dos años —dijo con malicia.

—Cierto. La recuerdo a usted perfectamente —mintió, con una sonrisa cortés.

Tan pronto como hubieron apagado las luces, Rex, que estaba sentado entre Margot y Albinus, buscó a tientas la mano de ella y la apretó contra la suya. Dorianna Karenina, arrebujada en su suntuoso chaquetón de pieles, a pesar del calor que hacía en la sala, estaba sentada delante, entre el productor y el hombre del orzuelo, a quien trataba de hacerse simpática.

El título, y luego los nombres, se deslizaron con un retemblor tímido. La máquina ronroneaba suave y monótonamente, más bien como un aspirador distante. No había música.

Margot aparecía en la pantalla casi en el acto. Estaba leyendo un libro; lo dejaba caer y se abalanzaba hacia la ventana; su novio pasaba de largo, a caballo.

Margot quedó tan horrorizada que, de un tirón, liberó su mano de la de Rex. ¿Quién diablos era aquella criatura espantosa? Estaba torpe y fea. Con una boca hundida, extrañamente descompuesta, color negro sanguijuela, las cejas fuera de sitio y el vestido lleno de arrugas imprevistas, la chica de la pantalla miraba al frente como una salvaje, y luego se partía en dos, con el estómago apoyado en el alféizar y las nalgas vueltas al público. Margot rechazó la mano tanteante de Rex. Quería morder a alguien, o echarse al suelo y patear.

Aquel monstruo de la pantalla no tenía nada en común con ella, era horrible, horrible. En realidad, tenía el mismo aspecto que su madre, la portera, en su fotografía de boda.

«Quizá saldré mejor más adelante», pensó, con el ánimo oprimido.

Albinus se volvió hacia ella, abrazando casi a Rex al hacerlo, y musitó con ternura:

—Dulce, maravillosa; no tenía idea...

Estaba encantado de verdad: en cierta forma, aquello le recordó el pequeño cine «Argus», en que se vieron por primera vez, y le sorprendía que Margot actuase tan atrozmente, y, sin embargo, con aquel entusiasmo pueril, como una niña recitando un poema de onomástica.

También Rex estaba encantado. Nunca dudó que Margot sería un fracaso en la pantalla, y le constaba que se vengaría de Albinus por aquel fracaso. Al día siguiente, a guisa de reacción, asistiría a la cita. A las cinco en punto. Todo aquello era muy agradable. Su mano tanteó de nuevo, y, de pronto, sintió un pellizco violento.

Después de una corta ausencia, Margot reaparecía: iba deslizándose furtivamente por las calles, tanteando las paredes y mirando por encima del hombro (aunque, harto extrañamente sin causar la menor sorpresa a los transeúntes); entraba con sigilo en un café donde, según le habían dicho, podría encontrar a su amor en compañía de una vamp, Dorianna Karenina. Se introdujo en el local enseñando una espalda gorda y contrahecha.

«Voy a gritar dentro de un momento», pensó Margot.

Afortunadamente, habían introducido un cambio de plano, apareciendo ante los espectadores un pequeño velador del café, una botella en un cubo de hielo y el héroe, ofreciendo un cigarrillo a Dorianna y encendiéndoselo (gesto éste que, en la mentalidad de todos los productores, es un símbolo de recién nacida intimidad). Dorianna echaba atrás la cabeza, exhalaba el humo y sonreía por una comisura de la boca.

Alguien en la sala empezó a aplaudir y otros le imitaron. En ese momento apareció Margot, y los aplausos cesaron bruscamente. En la pantalla, Margot abrió la boca como nunca lo había hecho en la vida real, y luego, con la cabeza hundida entre los hombros y los brazos colgantes, pareciendo no tener huesos, salía a la calle otra vez.

Dorianna, la Dorianna auténtica de la fila anterior, se volvió y sus ojos brillaron alegremente en la semioscuridad.

—¡Bravo, pequeña! —dijo con su voz ronca.

Margot hubiera querido arañarle la cara.

A tal punto temía ahora su reaparición en la pantalla, que se sintió sin fuerzas, incapaz ya de rechazar y pellizcar la tenaz mano de Rex, quien sintió su cálido aliento en el oído cuando ella le dijo, con voz desmayada:

—Haz el favor de estarte quieto, o me cambiaré de asiento.

Él le dio unas palmaditas en las rodillas y retiró la mano.

La novia abandonada salió otra vez bajo el ojo impío de la cámara y, con cada uno de sus movimientos, Margot sentíase agonizar. Creyó encontrarse en el infierno, donde unos demonios alucinantes reproducían ante sus ojos la entraña insospechada de sus transgresiones terrenas. Aquellos gestos rígidos, desmañados, angulares... En su rostro abotagado le pareció reconocer la expresión de su madre cuando trataba de mostrarse gentil con algún inquilino importante.

—Una escena sumamente feliz —susurró Albinus inclinándose sobre ella de nuevo.


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