355 500 произведений, 25 200 авторов.

Электронная библиотека книг » Владимир Набоков » Risa en la oscuridad » Текст книги (страница 3)
Risa en la oscuridad
  • Текст добавлен: 7 октября 2016, 14:43

Текст книги "Risa en la oscuridad"


Автор книги: Владимир Набоков



сообщить о нарушении

Текущая страница: 3 (всего у книги 11 страниц)

—Un pequeño ruego —dijo a Margot cuando se encontraron—. Tomemos un taxi.

—Un taxi abierto —dijo ella.

—No, eso es demasiado peligroso. Te prometo comportarme bien —añadió mientras miraba con arrobo aquella cara infantil, vuelta hacia él, que parecía muy pálida bajo el despiadado alumbrado callejero.

«Escucha —empezó a decir cuando se hubieron instalado en el coche—. En primer lugar, no estoy enfadado contigo, por supuesto, porque me hayas llamado, pero te ruego, te imploro, que no lo repitas, mi querida, mi preciosa.

«Esto va mejor», pensó Margot. —Y, en segundo lugar, dime cómo averiguaste mi nombre.

Ella mintió, de la forma más innecesaria, diciéndole que una mujer a quien conocía les había visto juntos por la calle y le identificó.

—¿Quién es? —preguntó Albinus, aterrorizado.

—¡Oh!, nada más que una obrera. Creo que una de sus hermanas trabajó en tu casa como cocinera o criada.

Albinus sondeó su cerebro hasta exacerbarse.

—De todas formas, le dije que estaba equivocada. Soy una chica lista.

En el interior del coche, la oscuridad resbalaba y se veía hendida por la luz que penetraba a través de los cristales; pasó un cuarto de hora, media hora... Margot se había sentado tan próxima que él podía percibir el dulce calor animal de su cuerpo. «Me moriré o me volveré loco si no puedo poseerla», pensó Albinus.

—Y, en tercer lugar —dijo en voz alta—, búscate un apartamento. Por ejemplo, una o dos habitaciones, y una cocina; es decir, a condición de que me dejes visitarte de vez en cuando.

—Alberto, ¿has olvidado ya lo que te propuse esta mañana?

—Pero es que eso es muy arriesgado —gruñó Albinus—. Mañana, por ejemplo, estaré solo, aproximadamente, de las cuatro a las seis; pero nunca se sabe lo que puede ocurrir... —y empezó a imaginar cómo su esposa podía volver por algo que hubiera olvidado.

—Pero te he dicho que te besaría —dijo Margot suavemente—, y, por otra parte, no hay nada en el mundo que no pueda ser explicado, en un momento de apuro, de alguna forma.

De modo que, al día siguiente, cuando Elisabeth e Irma hubieron salido para tomar el té, envió a Frieda, la criada (la cocinera tenía día libre, afortunadamente) con un buen encargo: llevar un par de libros que había de entregar en el otro lado de la ciudad, a kilómetros de distancia.

En aquel momento estaba solo. Su reloj se había parado unos minutos antes, pero el de la cocina era exacto y, por otra parte, asomándose a la ventana, podía ver también el de la iglesia. Las cuatro y cuarto. Era un brillante y ventoso día de abril. Sobre la pared de la casa de enfrente, bañada por el sol, corría lateralmente la sombra de una columna de humo partiendo de la sombra de una chimenea. El asfalto se estaba secando a trozos después de un reciente aguacero, y las manchas húmeda dejaban un rastro de grotescos esqueletos pintados al través de la calle.

Las cuatro y media. Llegaría de un momento a otro.

Siempre que pensaba en la delgada y juvenil figura de Margot, en su piel sedosa, en el toque de sus graciosas manos mal cuidadas, sentía un embate de deseo, casi doloroso. En aquel momento imaginar el beso prometido le henchía de un éxtasis tal que se le antojaba casi imposible intensificar. Y, sin embargo, má allá de todo aquello, yacía aún inconquistada, bajo una perspectiva de espejos, la vaga forma blanca de su cuerpo, aquella misma forma que tantos estudiantes habían esbozado tan conscientemente y tan mal. Pero Albinus no sospechaba nada de aquellas torpes horas de estudio, aunque, por un sarcasmo del destino, había visto ya, sin advertirlo, su cuerpo desnudo: su médico de cabecera, el viejo doctor Lámpert, le había enseñado algunos dibujos al carbón hecnos por su hijo —entre ellos aparecía una muchacha con el pelo cortado al estilo paje, plegadas las piernas bajo el cuerpo, sobre la alfombra, su hombro y su mejilla casi unidos.

—No, creo que prefiero el jorobado —había dicho, volviendo una nueva hoja en que se había representado a un tullido barbudo—. Sí, es una gran pena que haya dejado el arte —añadió, cerrando la carpeta.

Las cinco menos diez. Llevaba ya veinte minutos de retraso.

«Esperaré hasta las cinco, y saldré luego», se dijo.

De pronto la vio. Cruzaba la calle sin sombrero ni abrigo, como si viviera a la vuelta de la esquina.

«Aún tengo tiempo de correr abajo y decirle que se está haciendo demasiado tarde.» Pero, en lugar de ello, Albinus fue de puntillas, jadeando, hasta el recibidor y, cuando oyó acercarse el infantil repiqueteo de sus pasos escaleras arriba, abrió la puerta sin hacer ruido.

Margot, luciendo su corta bata roja y sus desnudos brazos, sonrió al espejo y dio la vuelta en redondo sobre sus talones, mientras pasaba una mano sobre la nuca, alisándose los cabellos.

—Vives por todo lo alto —dijo recorriendo el recibidor con ojos ávidos ante los grandes cuadros, las cortinas color crema que sustituían el papel de pared, y el alto jarro de porcelana que campeaba en un rincón—. ¿Por aquí? —preguntó, abriendo una puerta de par en par—. ¡Oh! —exclamó.

Albinus pasó una mano temblorosa en torno a la cintura de la muchacha, y, a su lado contempló el candelero de cristal, como si también fuera un intruso. Pero todo lo veía a través de una bruma ondeante. Ella cruzó los pies y se balanceó suavemente, mientras seguía mirando con ojos errantes.

—¡Eres rico! —dijo cuando entraron en otra estancia—. ¡Cielos, qué alfombras!

El buffetdel comedor la dejó tan aturdida que Albinus pudo manosearle las costillas subrepticiamente y, por encima de éstas, un cálido músculo y suave.

—Sigamos —dijo afanosa.

Al pasar ante un espejo, Albinus vio a un grave caballero caminando junto a una colegiala endomingada. Golpeó el brazo de la muchacha con cautela y el espejo se estremeció.

—Vamos —insistía Margot.

Albinus quería llevársela al estudio. De esta forma, si su esposa regresaba antes de lo esperado, sería bien sencillo: una artista joven, necesitada de ayuda.

—¿Qué hay ahí? —preguntó ella.

—Ése es el cuarto de la niña. Ya lo has visto todo.

—Déjame ir —dijo ella moviendo los hombros.

Albinus tomó aire.

—Es el cuarto de la niña, querida. Tan sólo el cuarto de la niña. No hay nada que ver.

Pero ella se fue dentro, y Albinus sintió de súbito el extraño impulso de gritarle: «No toques nada, por favor.» Pero ella tenía ya en sus manos un elefante de felpa grana. Se lo arrancó de las manos y lo arrojó a un rincón. Margot reía.

—Tu hija esta aquí como un gallo de juguete. Abrió otra puerta.

—Ya está bien, Margot —suplicó Albinus—. Nos estamos alejando demasiado del recibidor; no oiremos la puerta. Es terriblemente peligroso.

Pero ella se lo quitó de encima, como si se tratara de un niño malo, y entró en el dormitorio a través del pasillo. Una vez allí se sentó en la cama, ante el espejo (los espejos tenían un día agitado), tomó en su mano un cepillo en dorso de plata, olfateó una botella con tapón dorado...

—¡Oh, por favor! —gritó Albinus.

Ella le esquivó limpiamente. Se subió la media como una niña e hizo restallar la liga, mientras le sacaba la lengua.

—...y luego me mataré —dijo Albinus de pronto, inaudiblemente; perdiendo la cabeza.

Se lanzó hacia ella con los brazos abiertos, pero ella se zafó y con un estallido de alegría salió corriendo del dormitorio y, jadeando, riendo, cerró desde fuera. (¡Oh, cómo había aporreado la puerta, cómo había pateado y gritado la gorda, la Levandovsky!)

—Margot, abre inmediatamente —dijo Albinus con suavidad.

Oyó sus pasos, alejándose.

—Abre —repitió en voz más alta.

Silencio.

—La zorra... —dijo para sí—. ¡Vaya situación absurda!

Estaba asustado. Estaba acalorado. No era, precisamente, costumbre suya la de correr por las habitaciones. Se sentía en una agonía de deseo frustrado. ¿Se habría ido de verdad? No, alguien estaba caminando por el piso. Probó algunas llaves que llevaba en el bolsillo; luego, fuera ya de sus casillas, golpeó la puerta violentamente.

—Abre en seguida. ¿Me oyes?

Los pasos se acercaron. No era Margot.

—Hola. ¿Qué pasa? —preguntó una voz insospechada. ¡La de Paul!– ¿Estás encerrado? Un momento.

La puerta se abrió. Paul estaba alarmado.

—¿Qué ha pasado, chico? —repitió, recogiendo el cepillo caído en el suelo.

—¡Oh!, una cosa ridícula... Te lo cuento en seguida. Tomemos algo, primero.

—Me diste un susto de espanto —prosiguió su cuñado—. No se me ocurría qué diantre pudiera haber pasado. Elisabeth me dijo que estaría en casa a eso de las seis. Suerte que llegué temprano. ¿Quién te encerró? La criada, que se ha vuelto loca, supongo.

Albinus estaba en pie, dándole la espalda, ocupado en servir el coñac.

—¿No has encontrado a nadie en la escalera? —preguntó, tratando de que su voz sonara distinta.

—Tomé el ascensor —contestó Paul.

«Salvado», se dijo Albinus, recobrando buena parte de su ánimo. (Pero ¡qué peligrosamente estúpido no haber recordado que también Paul tenía una llave de la casa!)

—No te lo creerías —dijo mientras apuraba el coñac—: ha entrado un ladrón. No se lo digas a Elisabeth, por descontado. Debió creerse que no había nadie en la casa. De pronto, oí algo raro en la puerta de entrada; salgo de mi estudio para ver qué pasa, y veo a un hombre entrando en el dormitorio. Le seguí y traté de asirle. Pero él se las arregló para escabullirse y me encerró dentro. Es una pena que se escapara. Pensé que pudiste haberlo visto.

—Estás bromeando —dijo Paul, impresionado.

—No, no en absoluto. Estaba en mi estudio, oí algo raro en la puerta, y...

—Puede haberse llevado algo; miremos, y habrá que informar a la Policía por si acaso —dijo Paul.

—¡Oh!, no tuvo tiempo de nada —dijo Albinus—; todo ocurrió en un segundo; el susto que le di le hizo salir corriendo.

—¿Cómo era?

—Un hombre sencillo, con una gorra. Un larguirucho. Parecía muy recio.

—¡Pudo haberte herido! ¡Qué asunto más desagradable! Vamos; tenemos que dar un vistazo..

Recorrieron las habitaciones. Examinaron los cerrojos. Todo estaba en orden. Al pasar por la biblioteca, una súbita sacudida de horror conmovió a Albinus; allí, en un rincón, entre los estantes, justamente detrás de un marco de anaqueles giratorios, asomaba el extremo rojo chillón del vestido de Margot. Por fortuna, Paul no lo vio, a pesar de que estaba metiendo las narices a conciencia. En la estancia contigua había una colección de miniaturas y se puso a escudriñar inclinado tras el cristal.

—Ya basta, Paul —dijo Albinus con voz ronca—. No tiene sentido seguir buscando. Está claro que no se llevó nada.

—¡Qué aspecto tan agitado tienes! —exclamó Paul mientras volvían al estudio—. ¡Pobre chico! Mira, tienes que hacer cambiar la cerradura, o echar siempre el pestillo. ¿Qué hacemos con la Policía? ¿Quieres que yo me encargue...?

—Chitón.

Oyeron voces cerca, y entró Elisabeth, seguida de Irma, la institutriz y una de las amiguitas de la niña, una criatura obesa que, a pesar de su cara de boba, sabía ser escandalosa en extremo. Albinus tuvo la sensación de que todo aquello era una pesadilla. La presencia de Margot en la casa era algo monstruoso, intolerable... La criada volvió con los libros; no había encontrado la dirección. La pesadilla se hizo más alucinante. Sugirió que podían ir al teatro aquella noche, pero Elisabeth dijo que estaba cansada. Durante la cena estuvo tan ocupado manteniendo sus oídos en alerta de cualquier sonido sospechoso que ni siquiera advirtió lo que comía (que, a propósito, era ternera fría con pepinillos). Paul seguía mirando en torno suyo, emitiendo tosecitas, profiriendo susurros —si al menos aquel tonto entrometido se estuviera en su sitio, pensó Albinus, sin dar vueltas por todas partes—. Pero existía otra espantosa posibilidad: que las niñas rompieran a correr por todas las habitaciones; y no se atrevía a ir a cerrar la puerta de la biblioteca; eso podría redundar en complicaciones inimaginables. Gracias a Dios, la amiguita de Irma se marchó pronto, y acostaron a la niña. Pero la tensión se mantenía. Tenía la impresión de que todos, Elisabeth, Paul, la criada y él mismo, estaban trotando por toda la casa en lugar de mantenerse agrupados, que es lo que tenían que hacer para que Margot tuviera una oportunidad de escaparse; naturalmente, si era ésa su intención.

Por último, a eso de las once, Paul se marchó. Como de costumbre, Frieda pasó la cadena y echó el cerrojo. ¡Margot no podría salir ya!

—Tengo un sueño horrible —dijo Albinus a su esposa, bostezando nerviosamente.

Se fueron a la cama. En la casa, todo estaba tranquilo; Elisabeth, a punto de apagar la luz.

—Duerme —dijo Albinus—. Yo leeré un rato.

Ella sonrió amodorrada, ajena a la inquietud de su esposo.

—No me despiertes cuando vengas —murmuró.

Todo estaba demasiado quieto para ser natural. Parecía como si el silencio estuviera creciendo, creciendo, y que de pronto fuera a sobrepasar su propio margen y estallar en una carcajada. Había saltado de la cama y caminaba silenciosamente en pijama, con sus zapatillas de fieltro, corredor abajo. La pesadilla se había disuelto, convirtiéndose en una aguda y dulce sensación de absoluta libertad, propia de los sueños pecaminosos.

Albinus deshizo el cuello de su pijama mientras avanzaba. Temblaba de arriba a abajo. «Dentro de un momento, dentro de un momento será mía», pensó. Abrió cautelosamente la puerta de la biblioteca y encendió con ansiedad la tenue luz.

—Margot, pequeña loca —susurró, febril.

Pero no era más que un cojín de seda escarlata que él mismo había llevado allí, unos días antes, para reclinarse mientras consultaba la Historia del Artede Nonnenmacher (diez volúmenes, tamaño folio).


7



Margot informó a su patrona de que pronto se marcharía. En su visita al piso de Albinus comprendió la solidez de los bienes de su admirador. Además, a juzgar por la fotografía de su mesita de noche, la esposa no era en absoluto lo que ella había imaginado: una mujer grande y augusta con expresión entristecida y un puño de hierro. Por el contrario, aparentaba ser una especie de criatura desvaída y apacible a quien podría sacarse de en medio sin demasiado trabajo. Todo iba espléndidamente.

Y Albinus le gustaba de verdad: era un caballero apuesto, que olía a polvo de talco y a tabaco. Desde luego, no debía esperar que se repitiese el arrobo de su primera aventura amorosa. Y no se permitiría a sí misma pensar en Miller, en sus hundidas mejillas, blancas como la tiza, en su negro cabello desgreñado, en sus manos hábiles.

Albinus podría consolarla y mitigar su fiebre, como aquellas frescas hojas de llantén que eran tan agradables de aplicar a una región inflamada. Y había algo más: no sólo era un hombre de buena posición, sino que pertenecía a un mundo con fácil acceso a escenarios y palcos. A menudo, cuando estaba sola, ensayaba toda clase de maravillosas expresiones ante el espejo de su cómoda, y retrocedía ante el tambor de un revólver imaginario. Estaba convencida de poder reír afectadamente y esbozar pretenciosas sonrisas igual a cualquier actriz de la pantalla.

Después de una escrupulosa y agotadora búsqueda, encontró un apartamento muy lindo y no menos agradablemente emplazado. Albinus se mostró tan confuso, después de su visita, que ella se afligió por él y puso nuevos inconvenientes a tomar el grueso fajo de billetes que él embutió en su bolso durante su paseo vespertino. Además, le dejó que la besara al amparo de un porche. El fuego de este beso fulgía aún a su alrededor, al igual que una aureola de colores, cuando regresó a casa... No pudo dejarlo aparte en el recibidor, como hizo con su sombrero de fieltro negro, y al entrar en el dormitorio pensaba que su esposa habría de advertir aquel halo.

Pero a la plácida Elisabeth, a la Elisabeth de treinta y cinco años, nunca se le ocurrió que su marido pudiera engañarla. Le constaba que tuvo pocas aventuras antes de su matrimonio, y recordaba que ella misma, cuando era una muchachita, estuvo enamorada en secreto de un viejo actor que solía visitar a su padre y animar la cena con bellas imitaciones de sonidos de corral. Había leído y oído que los maridos y las esposas se engañaban constantemente unos a otros; de hecho, el adulterio era tema de los chismes, de la poesía romántica, de las historias jocosas y de las óperas de nombre. Pero ella estaba convencida, de forma más simple e inconmovible, de que su matrimonio era un vínculo muy especial, precioso y puro, que nunca podría ser roto.

Las veladas que su marido pasaba fuera de que, explicaba él, transcurrían entre algunos artistas interesados en aquella idea cinematográfica suya, no le merecieron nunca la más leve sospecha. Su irritabilidad y su inquietud las atribuía al tiempo, de lo más insólito teniendo en cuenta que estaban en mayo. A ratos hacía calor, a ratos caían torrentes de lluvia gélida, mezclada con granizo, que se estrellaban contra los alféizares como si fueran diminutas pelotas de tenis.

—¿Quieres que hagamos un viaje a algún sitio? —propuso ella, casualmente, un día-¿El Tirol? ¿Roma?

—Ve tú si lo deseas —contestó Albinus—. Tengo un trabajo horroroso, querida.

—¡Oh, no!, no era más que una idea —dijo ella.

Y salió para ir al Zoo con Irma, a fin de ver a un elefantito, que resultó tener apenas tronco y espalda festoneada a todo lo largo por una franja de pelos erizados.

Con Paul la cosa fue distinta. El episodio de la puerta cerrada le produjo un extraño malestar. Albinus, además de no naber querido notificarlo a las autoridades, se mostraba realmente molesto cuando se volvía al tema. De forma que Paul no lograba dejar de reflexionar sobre lo ocurrido. Trató de recordar si había visto algún tipo sospechoso al entrar en la casa y dirigirse al ascensor. Era muy observador. Por ejemplo, advirtió un gato que saltó al pasar él escapando, con pasos vacilantes, por entre los barrotes del barandal del jardín; una colegiala vestida de rojo, a quien abrió la puerta para que pasara, y una carcajada radiofónica procedente del receptor del portero, que, como de costumbre, lo tenía conectado en su cabina. Sí, el ladrón tuvo que escaparse escaleras abajo al subir él en el ascensor. Pero, ¿qué le hacía concebir aquel sentimiento de desasosiego?

La felicidad del matrimonio de su hermana era, para él, una cosa sagrada. Cuando, unos días más tarde, le pusieron al teléfono con Albinus, mientras éste se hallaba aún hablando, y cogió al vuelo ciertas palabras (el método clásico del destino: la indiscreción), estuvo a punto de tragarse un palillo con que se estaba hurgando los dientes.

—No me preguntes; no tienes más que comprar lo que quieras.

—Pero no ves, Albert... —dijo una voz femenina vulgar, caprichosa.

Con una sacudida de repugnancia, Paul colgó el auricular como si, inadvertidamente, hubiera cogido una culebra.

Aquella noche, de sobremesa con su hermana y su cuñado, no sabía de qué hablar. Se limitó a quedarse sentado, consciente de sí mismo, inquieto, frotándose el mentón, cruzando una y otra vez sus piernas gordezuelas, consultando su reloj y devolviéndolo al bolsillo de su chaleco. Era uno de esos seres sensibles que se avergüenzan, por un sentido de culpabilidad cuando otra persona comete un despropósito.

¿Podía aquel hombre, a quien amaba y reverenciaba, estar engañando a Elisabeth? «No, no, es un error, un tonto equívoco», se repetía al mirar a Albinus, que estaba leyendo un libro con semblante impávido, aclarándose la garganta de vez en cuando y cortando cuidadosamente las hojas con un cortapapeles de marfil. «¡Imposible! Esa puerta cerrada del dormitorio, se me ha quedado fija en la imaginación. Las palabras que oí admiten, sin duda, alguna explicación que revele su inocencia. ¿Cómo podría nadie engañar a Elisabeth?»

Ella estaba apoltronada en un ángulo del sofá, relatando, lenta y minuciosamente, el tema de una obra teatral que había visto. Sus ojos, pálidos, con los tenues barros debajo, eran tan cándidos como lo habían sido los de su madre, y su nariz, sin polvos, brillaba patéticamente. Paul sacudió la cabeza y sonrió. Por lo que a él respectaba, era como si Elisabeth estuviera hablando en ruso. Entonces, súbitamente y sólo por un segundo, captó la mirada de los ojos de Albinus, que le escrutaban por encima del libro que tenía en la mano.


8



Entretanto, Margot había alquilado el piso y procedió a comprar varios artículos domésticos, empezando por un refrigerador. Aunque Albinus le daba el dinero con esplendidez, con una emoción placentera, se lo entregaba por pura confianza, pues no sólo no había visto el piso, sino que ni siquiera conocía la dirección. Ella le dijo que sería divertido que no viera el piso en tanto no estuviese dispuesto totalmente.

Pasó una semana. Imaginaba que Margot le telefonearía el sábado. Estuvo todo el día esperando junto al teléfono, pero el aparato permaneció mudo. El lunes estaba ya convencido de que Margot le había tomado el pelo y se había esfumado para siempre. Por la tarde vino Paul. Éstas visitas eran un infierno para ambos, a aquellas alturas. Y para que nada faltase, Elisabeth no estaba en casa. Paul tomó asiento en el estudio, frente a Albinus. Fumó, y miró la punta de su cigarro. Había adelgazado últimamente. «Lo sabe todo —pensó Albinus—. Pero, ¿qué importa? Es un hombre; tiene que comprender.»

Irma entró saltando y el semblante de Paul esbozó una sonrisa. La sentó en su regazo y emitió un gracioso gruñidito cuando ella le dio un golpe casi imperceptible, con su pequeño puño, mientras se acomodaba.

Más tarde regresó Elisabeth de su partida de bridge. Al pensar en la cena y en la larga velada que la sucedería, Albinus pensó, súbitamente, que era más de lo que podía soportar. Dijo a su esposa que no iba a cenar en casa; ella le preguntó, bondadosamente, por qué na lo había dicho antes.

Tenía un único deseo: encontrar a Margot inmediatamente, sin que importara el precio. No tenía derecho a estafarle el destino que tanto le prometiera. Estaba tan desesperado que decidió dar un paso muy atrevido. Sabía la dirección del piso en que Margot vivía con su parienta. Allí se dirigió. Al atravesar el patio trasero vio a una sirvienta que hacía una cama, junto a una ventana abierta en la planta baja, y le preguntó.

—¿ FräuleinPeters? —repitió la criada, sos teniendo la almohada que había estado ahuecando—. ¡Oh!, creo que se ha trasladado. Pero mejor haría en averiguarlo usted mismo. Quinto piso, la puerta de la izquierda.

Una mujer desaliñada, con ojos inyectados en sangre, entreabrió la puerta sin quitar la cadena, y le preguntó qué deseaba.

—Quiero saber la nueva dirección de FräuleinPeters. Vivió aquí con su tía.

—¿Ah, sí? – dijo la mujer no sin curiosidad y con súbito interés, desenganchando la cadena.

Le hizo pasar a una pequeña salita donde todos los objetos se movían y trepidaban al menor movimiento. Sobre un pedazo de paño americano, con pardas manchas circulares, aparecía un plato de patatas aplastadas, una bolsa rota, con sal, y tres botellas vacías de cerveza. Con una sonrisa misteriosa, la mujer le invitó a sentarse.

—Si yo fuera su tía —dijo con un guiño—, probablemente no conocería su dirección. No ,-añadió con una cierta vehemencia—, no tiene ninguna tía.

«Está borracha», se dijo Albinus, hastiado. Y dirigiéndose a la mujer dijo en voz alta:

—Escuche, ¿no puede decirme dónde ha ido?

—Me alquiló una habitación —contestó la mujer, mientras reflexionaba, con amargura, en la ingratitud de Margot al ocultarle su amigo rico y sus nuevas señas, aunque no tuvo demasiada dificultad en procurarse estas últimas.

—¿Qué puedo hacer? —exclamó Albinus—. ¿Puede usted sugerirme algo?

Eran las siete y media. Estaban encendiendo las luces y su suave resplandor naranja resultaba delicioso en el pálido atardecer. El cielo aún lucía muy azul, con una sola nube color salmón en la distancia, y todo este desnivelado equilibrio entre luces y sombras hizo a Albinus sentirse realmente atolondrado.

«Dentro de un instante estaré en el paraíso», se dijo mientras corría en un taxi sobre el asfalto murmurante.

Ante la gran casa de ladrillos donde Margot vivía crecían tres altos álamos. Junto a la puerta aparecía una placa de metal con su nombre, completamente nueva. Una mujer inmensa, con brazos como masacotes de carne cruda, fue a anunciarle. «Ya tiene una cocinera», pensó él amorosamente.

—Entre —dijo la mujer, regresando.

Albinus se alisó el cabello y entró.

Margot yacía, en quimono, sobre un horrible sofá cubierto con cretona. Tenía los brazos cruzados bajo la cabeza. En su estómago descansaba un libro abierto, con las tapas hacia arriba.

—Eres rápido —dijo ella lánguidamente, extendiendo la mano.

—No parece que te sorprenda verme. Adivina cómo he encontrado tu dirección.

—Te la escribí. —Margot dio un suspiro, alzando de nuevo los codos.

—Fue bastante divertido —continuó Albinus, sin prestar atención a las palabras de ella, pendiente tan sólo de los labios pintados, que dentro de un momento...– Bastante divertido, especialmente si tenemos en cuenta que me has estado tomando el pelo con esa tía tuya de confección casera.

—¿Por qué has ido allí? —inquirió ella de pronto, muy enojada—. Te escribí mi dirección en la parte superior, ángulo derecho, con toda claridad.

—¿Ángulo derecho?, ¿claridad? —Albinus alzó el rostro, perplejo—. ¿De qué demonios hablas?

Ella cerró el libro con un golpe seco y s incorporó en el diván.

—¿Habrás recibido mi carta, claro está?

—¿Qé carta? —preguntó Albinus y de pronto, se llevó la mano a la boca y sus ojos se abrieron como platos.

—Te envié una carta esta mañana —dijo ella, echándose de nuevo y estudiándole con curiosidad—. Calculé que la recibirías en el correo de la noche y vendrías a verme directamente.

—¡No es cierto!

—Claro que lo es. Y puedo decirte qué es lo que escribí: «Alberto, cielo, el nido de tu alondra está listo, y la pajarita espera. Cuida tan sólo de no abrazarme demasiado fuerte, si no quieres volver a tu niña más loca que nunca.» Eso, más o menos.

—Margot —musitó Albinus, ronco—, Margot, ¿qué has hecho? Salí de casa antes de poderla recibir. El cartero... no llega hasta las ocho menos cuarto. Y ahora es...

—Bueno, no es culpa mía. Verdaderamente, eres difícil de complacer. Una carta tan dulce...

Se encogió de hombros, tomó el libro caído en el suelo y se lo puso delante a Albinus. En la portada aparecía un estudio fotográfico de Greta Garbo.

Él se detuvo a pensar: «¡Qué extraño! Ocurre un desastre y, sin embargo, un hombre advierte una fotografía.»

Las ocho menos veinte. Margot yacía allí, su cuerpo curvado e inmóvil, como un lagarto.

—¡Has destrozado...! —empezó a decir, a voz en grito.

Pero no concluyó la frase. Salió corriendo, se echó escaleras abajo, se introdujo en un taxi y mientras permanecía sentado en el mismo borde del asiento, inclinado hacia delante, mantenía la mirada fija en las espalda del chófer, y aquella espalda no contenía ninguna esperanza.

Al llegar saltó del coche y pagó como lo hacen los hombres en las películas: echando una moneda al vuelo. Junto al barandal del jardín vio la familiar figura del cartero, flaco y patituerto, que hablaba con el corpulento portero.

—¿Alguna carta para mí? —preguntó, jadeante.

—Acabo de entregarla, señor —contestó el cartero con un gesto amistoso.

Albinus miró hacia arriba. Las ventanas del piso estaban brillantemente alumbradas en su totalidad, cosa desusada. Con un tremendo esfuerzo penetró en la casa y empezó a subir las escaleras. Alcanzó el primer descansillo, y el se gundo... «Dejadme que os explique... Una artista joven, necesitada... No está del todo bien de la cabeza; escribe cartas de amor a los extraños...» Absurdo. El juego estaba perdido.

Antes de alcanzar la puerta, se volvió en redondo súbitamente y bajó otra vez a toda prisa. Un gato cruzó la senda del jardín y se perdio ágilmente entre los barrotes de hierro.

A los diez minutos se hallaba de nuevo en la habitación que tan alegremente pisara poco antes. Margot continuaba acostada en el diván, en la misma postura (un lagarto aletargado); el libro, abierto aún en la misma página. Albinus se sentó a poca distancia de ella e hizo chasquear los nudillos.

—No hagas eso —dijo Margot sin levantar la cabeza.

Se detuvo, pero pronto empezó de nuevo.

—Bueno, ¿ha llegado la carta?

—¡Oh, Margot! —dijo él, carraspeando varias veces. Demasiado tarde, demasiado tarde —gritó con una voz desconocida, aguda.

Se puso en pie y recorrió la habitación, arriba y abajo; se sonó y sentóse de nuevo en la silla:

—Ella lee todas mis cartas.

Tenía la mirada puesta, a través de una húmeda bruma, en la punta de su zapato y trataba de ajustarla al trémulo diseño de la alfombra.

—Pues tenías que haberle prohibido que hiciera semejante cosa.

—Margot, tú no comprendes... Siempre ha sido así; una costumbre, un placer. Algunas veces las extravía antes de que yo las lea. Recibimos toda clase de cartas divertidas. ¿Cómo has podido hacer eso? No me imagino qué hará ahora. Si, por milagro, por esta sola vez... Quizás estuviera ocupada en algo..., quizá... ¡No!

—Bueno, trata de que no te vea cuando llegue. Hablaré con ella, en el vestíbulo.

—¿Quién? ¿Cuándo? —preguntó él, recordando embotadamente a una arpía borracha que había visto muchísimos años antes.

—¿Cuándo? En cualquier momento, supongo. Ahora tiene mi dirección, ¿no es eso?

Albinus no lograba aún comprender.

—¡Ah! ¿Es eso lo que quieres decir? —murmuró al fin—. ¡Qué tonta eres, Margot! Créeme, eso es imposible, completamente imposible. Cualquier otra cosa sí, pero no eso.

«Tanto mejor», pensó Margot, Y, de pronto, se sintió ensoberbecida en extremo. Cuando envió la carta, había supuesto consecuencias mucho menores. («Él se niega a enseñársela, la esposa se enfurece, patalea, tiene un ataque. De esta forma nacen las primeras sospechas, y eso facilita las cosas...») Pero la suerte la había ayudado y el camino quedaba despejado de un solo golpe. Dejó que el libro resbalase al suelo y sonrió al ver su cara abatida por el dolor. Era el momento de actuar.

Se desperezó, consciente de un agradable hormigueo en su cuerpo, y dijo, mirando al techo:

—Ven aquí.

Albinus fue hacia ella y se sentó en el borde del diván. Sacudía la cabeza con desespero.

—Bésame, —Margot cerró los ojos—. Yo te consolaré.


9



Berlín-Oeste, una mañana de mayo. Hombres de gorras blancas barrían las calles. ¿Quiénes dejaban viejas botas en el arroyo? Los gorriones revoloteaban junto a la hiedra. Un autocuba eléctrico se deslizó pastosamente sobre gruesos neumáticos. El sol reverberaba en las tejas verdes. El mismo aire joven no estaba acostumbrado al clamor del tráfico distante; el viento tomó dulcemente los sonidos y se los llevó con él, como si fueran algo frágil y precioso. En los arriates, extendidos ante las casas, florecían las lilas. Todas estas cosas rodeaban a Albinus cuando salió de la casa en que había pasado la noche.


    Ваша оценка произведения:

Популярные книги за неделю