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Los huevos fatidicos
  • Текст добавлен: 15 сентября 2016, 02:11

Текст книги "Los huevos fatidicos"


Автор книги: Mijaíl Bulgákov



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Sobre la medianoche Persikov volvió a casa por la Prechistenka, y al llegar se acostó. Durmió bien. Moscú, vivo y hormigueante hasta muy entrada la noche, también dormía. Sólo permanecía en vela el enorme edificio gris de la Tverskaya que se estremecía por el bramar y, zumbir de las máquinas de prensa del Izvestia. La oficina del redactor jefe parecía un pandemónium. Iván Vonifatievich, furioso y con los ojos rojos, se movía nerviosamente de un lado a otro sin saber qué hacer y mandando a todo el mundo al diablo. El compaginador, despidiendo olor a vino, le seguía, diciendo:

–Pero bueno, no es tan terrible; siempre podemos publicar mañana un suplemento extra. Después de todo, ya no podemos sacar de prensa la edición...

Los de la compaginación y confección no se fueron a casa, sino que pululaban en bandadas y se reunían para leer los telegramas que llegaban cada quince minutos, cada uno más fantástico y terrorífico que el anterior. El puntiagudo sombrero de Alfred Bronsky apareció como un rayo cortando la luz rosada de la imprenta, y el grueso capitán Stepanov rechinaba y cojeaba nervioso. Las puertas de entrada se abrían continuamente, y, durante toda la noche, llegaron corriendo reporteros de todas partes. Los doce teléfonos de la habitación de prensa estaban ocupados; la central contestaba ya casi automáticamente «comunica» a cada nueva llamada, y los timbres sonaban y sonaban ante las despiertas telefonistas.

Los confeccionistas se reunieron en torno al gordo. Stepanov, y el antiguo capitán de navío les decía:

–Tendrán que enviar aviones lanzagases.

–Seguro —contestaban a coro los confeccionistas—. Dios sabe qué estará pasando allí.

Impublicables juramentos cruzaban el aire, y una fina voz exclamó:

–¡A ese Persikov habría que pegarle un tiro!

–¿Qué tiene que ver Persikov con esto? —preguntó alguien entre la multitud—. ¡El culpable es ese hijo de perra del sovjós!

–¡Tendrían que haber puesto un guarda! —gritó otro.

–¡Pero si quizá no tiene nada que ver con los huevos!

El edificio temblaba y zumbaba a causa de las rotativas. El feo inmueble parecía despedir un extraño fluido eléctrico que el despuntar del día no disipó. Al contrario, lo que hizo fue intensificarlo, aunque las luces ya habían sido apagadas.

Una tras otra rodaban las motocicletas sobre el suelo de asfalto, alternándose con coches de vez en cuando. Todo Moscú se había despertado y los diarios se desparramaron sobre él como pájaros. Las hojas iban de mano en mano y, hacia las once de la mañana, los repartidores estaban sin ejemplares a pesar de que el Izvestiaalcanzó aquel mes una tirada de un millón y medio de ejemplares.

El profesor Persikov cogió el autobús en la Prechistenka para ir al Instituto. Allí le esmeraba una sorpresa: había tres cajas de madera en el vestíbulo, pulcramente forradas con láminas de metal y cubiertas con etiquetas escritas en alemán. Sobre las etiquetas había una sola línea en ruso, que rezaba: «Cuidado: Huevos.» El profesor estaba abrumado por la alegría.

–¡Por fin! —gritó—. ¡Pankrat, abra inmediatamente las cajas, pero tenga cuidado no vaya a romper los huevos! ¡Tráigalos a mi oficina!

Pankrat llevó a cabo la orden inmediatamente y quince minutos después la voz del profesor se alzaba con rabia en la oficina, que estaba cubierta de aserrín y de trozos de papel:

–¡Maldita sea! ¿Están jugando conmigo? —gritó el profesor con los huevos entre las manos, que movía furioso—. ¡Ese Fowlin-Hamsky es una bestia inmunda, pero no voy a consentir que me vuelva loco! ¿Qué es esto, Pankrat?

–Huevos, señor —contestó Pankrat, lúgubremente.

–¡Huevos de gallina! ¿Comprende? ¡De gallina! ¡El diablo se los lleve! ¡No me sirven para maldita la cosa! ¿Por qué no se los envían a ese bribón del sovjós?

Persikov corrió al teléfono del rincón, pero, antes de que hubiera tenido tiempo de marcar, la voz de Ivanov le llegó desde el pasillo:

–Vladimir Ipatievich. ¡Profesor Persikov!

Persikov se apartó del teléfono como una tromba, y Pankrat hubo de ladearse de un salto para dejarle paso libre. El profesor asistente corría a la habitación sin, como siempre había sido su educada costumbre, quitarse el sombrero que ahora llevaba inclinado hacia atrás sobre el cogote. Llevaba un periódico en la mano.

–¿Se ha enterado, Vladimir Ipatievich? —gritaba, moviendo ante los ojos de Persikov una hoja encabezada con las palabras suplemento extra y embellecida con una foto a todo color.

–No, pero escuche lo que han hecho —exclamó Persikov a su vez y sin querer atender—. Han decidido sorprenderme con más huevos de gallina. ¡Ese Fowlin-Hamsky es un completo idiota! ¡Eche una mirada!

Ivanov estaba totalmente confundido. Miró con horror los abiertos cajones, luego el periódico, y sus ojos estuvieron a punto de salírsele de las órbitas.

–¡Eso ha sido! —musitó sofocado—. Ahora lo entiendo... No, Vladimir Ipatievich, lea usted esto —abrió rápidamente el periódico y señaló una de las fotos con dedo tembloroso.

Se trataba de una enorme serpiente enrollada como una terrorífica manguera sobre un humeante fondo. El cauto fotógrafo la había tomado desde arriba, desde un aeroplano que había descendido en picado sobre la serpiente.

–¿Qué diría usted que es esto, profesor?

Persikov se llevó las gafas a la frente, luego volvió a bajarlas, miró la foto y dijo con gran asombro.

–¡Demonios! Es... vaya, es una anaconda, una boa de río.

Ivanov tiró el sombrero, se sentó pesadamente y dijo, puntuando cada palabra con un puñetazo sobre la mesa:

–¡Vladimir Ipatievich esa anaconda procede de la provincia de Smolensko! ¡Y es monstruosa! ¿Se da cuenta? ¡Ese bribón ha empollado serpientes en vez de pollos y se han multiplicado tan fenomenalmente como las ranas!

–¿Qué? —gritó Persikov con el rostro lívido—. ¡Está de broma, Piotr Stepanovich...! ¿De dónde han salido?

Ivanov se quedó sin habla durante un momento; luego recobró la voz y, señalando con el dedo una caja abierta donde los extremos de los huevos brillaban blancos entre el aserrín, dijo:

–De ahí.

–¿Quéee? —aulló Persikov. empezando a comprender.

Ivanov, moviendo sus cerrados puños de arriba abajo, dijo:

–Puede estar seguro. Enviaron su pedido de serpientes y avestruces al sovjós, y a usted le han mandado los huevos de gallina.

–¡Cielo santo..., cielo santo! —gimió Persikov al tiempo que se ponía rojo y se hundía en su silla giratoria.

Pankrat permanecía en la puerta, completamente aturdido, pálido y sin habla. Ivanov dio un salto, cogió el periódico y, subrayando una línea con su larga uña puntiaguda, dijo al oído del profesor:

–Ahora van a tener que solventar un bonito negocio. No puedo en absoluto imaginarme qué va a pasar después. Mire, Vladimir Ipatievich —y se puso a leer a voz en cuello el primer párrafo de la arrugada hoja que cayó bajo sus ojos—: «Las serpientes viajan en hordas hacia Mozhaisk dejando enormes cantidades de huevos a su paso. En el distrito de Dukhovsk se encontraron huevos... Cocodrilos y avestruces corren por la campiña. Unidades especiales de tropa contuvieron el pánico en Vyazma tras rodear el bosque con una barrera de fuego que impedía a los reptiles aproximarse al pueblo..»

Persikov, al llegar a este punto, se levantó de la silla con ojos de loco y empezó a gritar, jadeante y sofocado:

–Anacondas..., anacondas..., boas de río... ¡Señor!

Ni Ivanov ni Pankrat le habían visto nunca en semejante estado. Se quitó la corbata, se arrancó los botones de la camisa, se puso de un púrpura lívido, como el de un hombre con..., con un ataque de apoplejía, y vacilando, con los ojos muy abiertos y vidriosos, salió afuera Sus gritos reverberaron bajo las arcadas de piedra del Instituto:

–Anacondas..., anacondas... —retumbaba el eco.

–¡Coja al profesor! —gritó Ivanov a Pankrat, al que no llegaba la camisa al cuerpo—. Tráigale un vaso de agua... ¡Le ha dado un ataque!

12

MOSCÚ resplandecía aquella noche. Nadie dormía en la ciudad, que tenía una población de cuatro millones de habitantes, salvo los bebés, que no estaban al corriente de nada. En todas las casas, gente enloquecida comía y bebía, entregada al desenfreno, todo lo que encontraba a mano; por todas partes se oían gritos y a cada minuto caras descompuestas aparecían por las ventanas de los apartamentos, mirando al cielo que surcaban los focos.

El espacio zumbaba a causa de los aeroplanos que volaban bajo. La calle Tverskava-Yamskava era la peor de todas. Cada diez minutos llegaban trenes a la estación Alexander. Estaban compuestos por vagones de carga y de pasajeros de las tres clases, e incluso de tanquetas, todos ellos llenos de personas histéricas de miedo, que luego corrían por la Tverskaya-Yamskaya alocadamente. La gente iba en autobuses, sobre los techos de los troles, se empujaban unos a otros y caían bajo las ruedas de los vehículos.

En la estación, de vez en cuando, sonaban rápidos disparos al aire sobre las cabezas de la multitud Las unidades de tropa intentaban detener el pánico de los fanáticos que corrían por los carriles del tren que iba desde la provincia de Smolensko hasta Moscú. A veces, las ventanas de la estación saltaban hechas añicos con un ruido agudo que se extinguía al momento, y las locomotoras aullaban sin cesar.

Las calles estaban cubiertas de carteles pisoteados en los que nadie se fijaba. Lo que decían ya era sabido por todo el mundo, y nadie se tomaba el trabajo de leerlos. Proclamaban el estado de emergencia en Moscú, y, a la vez, amenazaban con sanciones a los que se dejaran llevar por el pánico e informaban de que unidades del Ejército Rojo, armadas con gases, se dirigían en masa hacia la provincia de Smolensko. Pero los carteles eran, naturalmente, incapaces de contener el tropel de gente despavorida.

Todas las estaciones que llevaban al norte y al este fueron acordonadas por una gruesa línea de infantería. Grandes camiones fueron cargados hasta los topes con cajas, ocupándose de esto soldados de puntiagudos cascos y armados con bayonetas que se erizaban en todas direcciones. Estaban acarreando las reservas de oro de los sótanos del Comisariado de Finanzas del Pueblo, así como enormes cajones marcados con: «Cuidado: Galería de Arte Tretyakov.» Sobre todo Moscú bramaban en precipitada carrera montones de automóviles.

En el lejano horizonte, el cielo se encendía con el resplandor de distantes hogueras, y la densa oscuridad de agosto se estremeció por el bronco tronar de los cañones.

Hacia la madrugada, una masiva columna de caballería se abría paso por el despierto Moscú, en el que aún no había sido apagada una sola luz. La hormigueante y ensordecedora muchedumbre pareció recobrarse a la vista de las apretadas filas que marchaban hacia delante, implacables, por entre el hirviente océano de locura. Las masas de las aceras empezaron a clamar con renovada esperanza.

–¡Viva la caballería! —gritaban frenéticas voces femeninas.

–¡Hurra! —añadían los hombres.

Paquetes de cigarrillos, monedas de plata y relojes de pulsera empezaron a volar sobre las filas, provenientes de las aceras. Ocasionalmente, las voces de los jefes de pelotón se elevaban sobre el incesante repicar de los cascos:

–¡Tened las riendas!

Una alegre y atolondrada canción se elevó de alguna parte, y las caras, bajo las vistosas capuchas escarlata, aparecían sonrientes a la movediza luz de los anuncios. De vez en cuando, alternándose con la columna de jinetes encapuchados, pasaban figuras que cabalgaban con cascos extrañamente coronados, con tubos echados sobre los hombros y cilindros atados con correas a la espalda. Tras ellos rodaban enormes camiones cisterna con las más largas mangueras, parecidas a lanzagranadas, y pesados tanques oruga que hacían crujir el pavimento, cerrados herméticamente y dejando escapar tan sólo una raya de luz por sus troneras.

Luego llegaron nuevas columnas montadas y, tras ellas, más vehículos con sólidos blindajes grises y tubos parecidos a los de los cascos saliéndoles hacia afuera y con calaveras blancas pintadas a los lados sobre las palabras «Gas» y «Buenos Químicos».

–¡Salvadnos, hermanos! —gritaba la gente desde la acera—. ¡Acabad con las serpientes...! ¡Salvad Moscú!

Una suave canción que amansaba y llegaba al corazón empezó a extenderse por las filas:

Ni élites, ni reyes, ni lacayos. Acabaremos con la sucia jauría de reptiles.

Estruendosos «burras» rodaron sobre la enredada masa humana en respuesta a los rumores de que, a la cabeza de las columnas, con la misma capucha escarlata que el resto de los jinetes, iba el ya cano comandante de caballería que había ganado legendaria fama diez años antes. La muchedumbre bramó y el griterío, ensordecedor, subió al cielo, llevando algún consuelo a los desesperados corazones.

El Instituto estaba en la penumbra. Los acontecimientos del exterior sólo le llegaban en forma de vagos y fragmentarios ecos. Una ráfaga de disparos dejó sus señales en abanico bajo el brillante reloj del Manége: los soldados estaban ejecutando a unos facinerosos que habían intentado robar un piso en la Volkhonka. Había poco tráfico de automóviles por allí ya que la mayoría de ellos se dirigían en masa hacia las estaciones de ferrocarril. En el estudio del profesor, iluminado por una simple bombilla, Persikov permanecía sentado, silencioso, con la cabeza entre las manos. En torno a él flotaban columnas de humo. Ya no había rayo en la cámara y las ranas del terrario estaban en silencio porque dormían. El profesor no trabajaba ni leía. Bajo uno de sus codos yacía la edición de las pocas noticias despachadas por la tarde: una estrecha hoja de papel que informaba que todo Smolensko estaba en llamas y que la artillería procedía a rodear sistemáticamente el bosque Mozhaisk, sector por sector, para destruir los montones de huevos de cocodrilo puestos en cualquier cavidad natural. Otro informe decía que un escuadrón aéreo había logrado considerable éxito en Vyazma al gasear casi todo el distrito, pero que el número de víctimas humanas en el área era imposible de calcular debido a que, en lugar de evacuar ordenadamente, la gente se había lanzado en grupos, divididos y enloquecidos por el pánico, en todas direcciones y sin contar con los planes establecidos por las autoridades.

Había también un informe sobre la División Especial del Cáucaso, emplazada junto a Mozhaisk, que había obtenido una brillante victoria sobre manadas de avestruces y había hecho pedazos y destruido impresionantes cantidades de huevos. La misma división había sufrido lamentables pérdidas. El Gobierno anunciaba que, si se demostraba la imposibilidad de detener a los reptiles a dos verstas de la capital, ésta debería ser evacuada de forma ordenada. A los trabajadores y empleados se les ordenaba conservar absoluta calma. El Gobierno tomaría las más drásticas medidas para prevenir una catástrofe como la de Smolensko. Allí, la gente, llevada al más desaforado pánico por el súbito ataque de una legión de varios miles de serpientes de cascabel, se había lanzado a una huida desesperada, abandonando cocinas encendidas que pronto hicieron de la ciudad una hoguera de enormes llamas.

Asimismo, se informaba que Moscú tenía suficientes provisiones como para resistir un mínimo de seis meses, y que el comandante en jefe aconsejaba tomar rápidas medidas a fin de fortificar y armar todas las casas para poder luchar contra los reptiles en cada calle de la capital en caso de que el Ejército Rojo y las Fuerzas Aéreas no consiguieran detener su espantoso avance.

El profesor no había leído nada de eso. Ahora miraba delante de sí, con ojos vidriosos, y fumaba. Sólo había dos personas más en el Instituto, Pankrat y el ama de llaves, María Stepanovna, que estaban junto a él. La mujer, de vez en cuando, rompía a llorar. La anciana no había dormido en tres noches al haberlas pasado en el estudio del profesor, debido a que éste se había negado a abandonarlo.

María Stepanovna, acurrucada sobre el sofá de hule, en un sombrío rincón, mantenía una silenciosa y afligida vigilancia, mirando cómo la tetera, con algo de infusión para el profesor, borbollaba sobre el trípode del quemador a gas.

El Instituto estaba silencioso y todo ocurrió de manera súbita.

En la acera se elevó un estallido de irritados gritos que hicieron que la pobre ama se sobresaltase y se pusiese a llorar. Destellaron focos y linternas y la voz de Pankrat se oyó en el vestíbulo del edificio. Pero todo este ruido significaba poco para el profesor. Levantó un momento la cabeza y murmuró:

–Se están volviendo locos... ¿Qué puedo hacer ahora?

Luego, volvió a abismarse en un estupor que le fue súbitamente interrumpido: las puertas de hierro del Instituto que daban a la calle Herzen resonaron con golpes violentos y las paredes del edificio temblaron ligeramente. El firme espejo que colgaba de la pared de la oficina contigua se partió en dos. La ventana del estudio del profesor voló en pedazos. El adoquín, tras pulverizar el vidrio, cayó sobre el cristal de la mesa de escritorio, destrozándolo por completo y atemorizando a los presentes. Las alarmadas ranas comenzaron a dar saltos en el terrario, produciendo un alboroto tremendo. María Stepanovna empezó a dar vueltas gritando:

–¡Corra, Vladimir Tpatievich, corra!

Este se levantó del taburete, se enderezó, v, levantando sentenciante su dedo índice, contestó, mientras sus ojos recobraban algo del poderoso resplandor del muy inspirado Persikov de antaño:

–No me voy a ningún sitio. Esto es estúpido —dijo—. Pululan al igual que maníacos como si todo Moscú se hubiese vuelto loco. ¿Adonde puedo ir yo? ¡Pankrat! —llamó, al tiempo que apretaba un botón.

Probablemente quería a Pankrat para que acabara con el desorden, que siempre había detestado. Pero Pankrat ya no podía hacer nada. Se terminaron los golpes cuando las puertas del Instituto se abrieron por la furia de los empujones; se oyó un cercano restallar de disparos y todo el edificio de piedra retumbó con el tronar de la gente que corría por sus pasillos vociferando y con el ruido de los cristales que se rompían. María Stepanovna sujetó fuertemente la manga de Persikov y empezó a arrastrarle, pero el profesor se deshizo de ella, se estiró en toda su estatura, y, tal como estaba, con su bata blanca, salió al corredor.

Las puertas se abrieron con un estampido y lo primero que apareció fue la espalda de un militar con gorra roja y una estrella en la manga izquierda. El oficial, al tiempo que era empujado hacia atrás por una muchedumbre furiosa, disparaba su revólver. Luego se volvió y, dando un salto, quedó tras Persikov, al tiempo que le gritaba:

–¡Sálvese, profesor, corra, no puedo hacer nada más!

Sus palabras fueron contestadas por un histérico chillido de María Stepanovna. El oficial saltó más allá de Persikov, que todavía estaba en pie como una estatua blanca, y desapareció en la oscuridad de los tortuosos corredores del otro lado. La gente avanzó entonces gritando:

–¡Cogedle, matadle...!

–¡Es un enemigo público!

–¡Nos ha lanzado las serpientes!

Por los pasillos llegaba un tropel de caras descompuestas. Alguien disparó. Los bastones eran enarbolados con saña. Persikov dio un paso atrás para obstruir la puerta del estudio, donde María Stepanovna se había arrodillado presa del terror, y abrió los brazos como un crucificado... Quería impedir que la gente entrase, y gritó con irritación:

–¡Esto es una verdadera locura...! ¡Sois unas bestias salvajes! ¿Qué queréis? —y luego exclamó—: ¡Fuera de aquí!

Completó su discurso con un agudo grito familiar:

–¡Pankrat! ¡Échelos de aquí!

Pero Pankrat ya no podía echar a nadie. Destrozado y pisoteado yacía inmóvil en el vestíbulo, donde la multitud seguía pateándolo sin prestar atención a los disparos de la milicia que había en la calle.

Un hombre bajo, de piernas torcidas y con una camisa hecha andrajos, se adelantó de repente a los demás, dio un salto hacia. Persikov y le abrió la cabeza de un tremendo bastonazo. El científico se tambaleó y cayó lentamente. Sus últimas palabras fueron:

–Pankrat... Pankrat...

María Stepanovna resultó muerta y despedazada en el estudio. La cámara, en la que el rayo se había extinguido hacía ya tiempo, y el terrario, fueron hechos añicos, y las enloquecidas ranas se vieron perseguidas y pisoteadas. Las mesas de cristal quedaron reducidas a trozos, al igual que los reflectores, y una hora después el Instituto era una enorme hoguera.

13

LA noche del 19 al 20 de agosto, una helada sin precedentes se abatió sobre el país, y ni siquiera los más viejos ciudadanos pudieron compararla con ningún caso anterior. Llegó y duró dos días y dos noches, haciendo bajar el termómetro a 18 ℃ bajo cero. Moscú cerró todas sus puertas y ventanas.

Hasta el tercer día los habitantes de la capital no se dieron cuenta de que el frío había salvado a la ciudad y a las vastas comarcas que gobernaba y que habían sido el escenario de la terrible catástrofe.

La caballería de Mozhaisk había perdido tres cuartos de sus hombres y estaba al borde mismo del agotamiento, y los escuadrones de gas no habían podido detener el avance de los repugnantes reptiles, que cercaban Moscú por el oeste, sudoeste y sur, en un semicírculo cada vez más próximo. Los reptiles debieron ser, pues, aniquilados por la helada.

Y, en efecto, dos días y dos noches a 18° bajo cero fueron demasiado para las abominables manadas. Cuando la helada levantó, no dejando más que charcos y barro sobre la tierra, húmeda la atmósfera y toda la cosecha perdida por el súbito helor, ya no quedaba, de hecho, nadie para luchar. Pero la catástrofe había concluido.

Durante mucho tiempo vastas extensiones de tierra estuvieron putrefactas por los innumerables cadáveres de cocodrilos y serpientes, llamados a la vida por el misterioso rayo que había nacido bajo los ojos del genio de la calle Herzen. Pero ya no eran peligrosos; las criaturas de las exuberantes y cálidas marismas tropicales habían perecido en dos días, dejando en el territorio de las tres provincias la terrible huella de su recién terminada existencia.

14

EN la primavera de 1929 Moscú vibraba otra vez con gran cantidad de luces. De nuevo se oía el crujir de carruajes mecánicos sobre el pavimento mientras que la luna, en cuarto creciente, colgaba, como suspendida de un hilo de araña, sobre la torre de la catedral. En el lugar del Instituto que había sido quemado en agosto de 1928 se elevaba ahora un nuevo palacio zoológico. Su director era el antiguo profesor asistente Ivanov. Persikov ya no estaba allí. El rayo y la catástrofe del año anterior fueron largamente discutidos en todo el mundo, pero, gradualmente, el nombre del profesor Persikov pasó a segundo plano y acabó hundiéndose en la oscuridad, como lo hiciera el rayo escarlata descubierto por él en una noche de abril.

A pesar de lo simple que había sido la combinación de las lentes y los reflejados haces de luz, nadie consiguió volver a obtenerlo, no obstante los esfuerzos de Ivanov. Evidentemente, se requería algo especial además del conocimiento; algo sólo poseído por un hombre en el mundo: el fallecido profesor Vladimir Ipatievich Persikov.


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