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Los huevos fatidicos
  • Текст добавлен: 15 сентября 2016, 02:11

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Автор книги: Mijaíl Bulgákov



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Alexander Semionovich dejó su flauta y saltó por encima la baranda.

–¡Manya! ¿Oyes? Esos malditos perros... ¿Qué crees que puede ser lo que los ha puesto tan frenéticos?

–¿Y cómo voy a saberlo? —contestó mientras alzaba la vista para mirar a la luna.

–Mira, Manechka, vamos a echar una mirada a los huevos —sugirió Alexander.

–Realmente, Alexander Semionovich, estás chalado por completo con tus huevos y tus pollos. ¡Descansa un poco!

–No, Manechka, vamos.

Una luz muy viva se encendió en el invernadero Dunia llegaba en aquel momento, con la cara sonrojada y los ojos brillantes. Alexander Semionovich levantó poco a poco los cristales de observación y todos se asomaron expectantes a las cámaras. En el suelo de amianto, los huevos, con manchas color rojo encendido, yacían en filas iguales; las cámaras estaban en silencio mientras la bombilla de 15.000 voltios silbaba mansamente sobre las cabezas de los presentes.

–¡Ah, qué cantidad de pollitos sacaré de aquí! —exclamó Semionovich con entusiasmo.

–Sabe usted, Alexander Semionovich —dijo Dunia, sonriendo—; los campesinos de Kontsovka dicen que usted es el Anticristo y que ésos son huevos diabólicos, y que, según comentan, es un pecado empollar huevos con máquinas. Hablaron de matarle.

Alexander Semionovich se sobresaltó y miró a su mujer. Se le había puesto la cara amarilla.

–Bueno, ¿qué te parece eso? ¡Nuestra gente! ¿Qué se puede hacer con gente así? Manechka, tendremos que convocarlos a un mitin... Mañana llamaré a algunos trabajadores del partido del distrito. Yo mismo me encargaré de dar una charla. Tenemos que intentar arreglar esto... Un número elevado de parroquianos...

–Mentes oscuras —dijo el guarda, sentado sobre su abrigo a la puerta del invernadero.

10

EL día siguiente estuvo marcado por los más extraños e inexplicables sucesos. Por la mañana, cuando el sol brillaba sobre el horizonte, los bosques, que generalmente saludaban al día con el alto e incesante gorjear de los pájaros, se mantuvieron en absoluto silencio. Todos pudieron darse cuenta de ello. Era como si una tormenta estuviera a punto de estallar, aunque no había señales de que fuera a ocurrir tal cosa. Las conversaciones en el sovjós asumieron un tono ambiguo y poco usual, muy molesto para Alexander Semionovich, especialmente porque el viejo campesino de Kontsovka apodado Bocio de Cabra, conocido camorrista y sabelotodo, había hecho correr el rumor de que todos los pájaros se habían reunido en bandadas y habían marchado de Sheremetyev volando hacia el norte, lo cual era, simplemente, estúpido. Alexander Semionovich, apuradísimo, estuvo todo el día telefoneando al pueblo de Grachevka, de donde, finalmente, obtuvo la promesa de que le enviarían varios oradores al sovjós, en el espacio de un día o dos, para informar a los campesinos sobre dos asuntos: la situación internacional y la cuestión de la Compañía de Buenas Aves.

La tarde trajo consigo nuevas sorpresas. La mañana había sido testigo del silencio de los bosques, demostrando con la máxima claridad cuan funesta y opresiva puede ser para éstos la ausencia de sonido. Al mediodía todos los gorriones se habían ido de los patios del sovjós. Por la tarde el gran silencio se había extendido también a la balsa de Sheremetvev. Esto último era verdaderamente asombroso, porque todo el mundo, en cuarenta verstas a la redonda, estaba familiarizado con el famoso croar de las ranas de la citada balsa. Pero ahora todas las ranas parecían haber muerto. Y debe admitirse que Alexander Semionovich había perdido la serenidad.

–Es realmente extraño —decía éste a su mujer durante la comida—. No puedo entender por qué se han ido todos esos pájaros.

–¿Y qué sé yo? —contestó Manya—. Quizá sea debido al rayo.

–Estás completamente loca. Manya —dijo Alexander dejando caer su cuchara—. No eres mejor que esos campesinos. ¿Qué tiene que ver el rayo con todo esto?

–¿Cómo quieres que yo lo sepa? ¡Déjame sola!

Llegó la tercera sorpresa. Los perros de Kontsovka volvieron a aullar a la luna, y fue una actuación realmente salvaje. Los campos, iluminados por el satélite, vibraron con el incesante gemir, y con los angustiados e irritados lamentos.

Alexander Semionovich resultó, en cierta manera, sorprendido por un nuevo acontecimiento, esta vez agradable, que tuvo lugar precisamente en el invernadero: el sonido de unos continuos golpecitos llegaba de las cámaras donde se hallaban los huevos rojos. Primero de un huevo, y luego de otro, iba levantándose una cadena de toc-tocs que podía oírse desde el patio exterior. Aquel golpeteo de los huevos fue como una marcha triunfal para Alexander Semionovich. que se olvidó al momento del extraño fenómeno de los bosques y de la balsa El sovjós se reunió en el invernadero: Manya. Dunia el vigilante y el guarda, que dejó su rifle a la entrada.

–Bueno, ¿qué me dicen? —exclamó jubiloso el gerente de la granja.

Curiosos, todos aplicaron el oído a la puerta de la primera cámara.

–Son los pollitos que ya dan golpes con el pico —continuó Alexander Semionovich, radiante de felicidad—. ¿Quién dijo que yo no haría salir ni un pollo? —exclamó rebosante de emoción al tiempo que daba unas palmadas en el hombro al guarda—. voy a conseguir una nidada tal que vais a necesitar prismáticos para abarcarla con la vista. Y ahora, estad atentos. En cuanto empiecen a salir me avisáis sin perder un minuto.

–No se preocupe —contestaron a coro el vigilante, Dunia y el guarda.

El toe... toe... toe... era ya continuo en la primera cámara. Y, verdaderamente, el cuadro de una nueva vida naciente ante ellos mismos era tan interesante que todo el grupo se quedaba sentado durante largo rato sobre los cuévanos vacíos, mirando los huevos color frambuesa que se abrían bajo la misteriosa luz vacilante y tenue. No se fueron a la cama hasta bien entrada la noche. El sovjós y los campos de los alrededores estaban inundados de luz verdosa. La noche era espectral; incluso podría decirse que siniestra, debido quizá a que su absoluto silencio era roto de vez en cuando por las intermitentes e inexplicables explosiones de aullidos provenientes de Kontsovka, aullidos lastimeros que partían el corazón. Resultaba imposible decir qué era lo que hacía comportarse así a aquellos condenados perros.

Por la mañana un nuevo revés esperaba a Alexander Semionovich. El desconcertado guarda se llevaba la mano al corazón y juraba, poniendo a Dios por testigo, que no se había dormido, a pesar de lo cual no había advertido nada.

–Es algo misterioso —insistió el guarda—. No se me puede echar la culpa, camarada Porvenir.

–Gracias, mi más sincero agradecimiento —exclamó Alexander Semionovich—. ¿Qué se ha creído, camarada? ¿Para qué le han puesto ahí? ¡Para vigilar! Ahora, dígame, ¿dónde se han metido? Salieron, ¿no? Eso quiere decir que se han escapado. Eso quiere decir que usted dejó la puerta abierta y se marchó. ¿O quizá pretenderá que los pollos están aún aquí o algo por el estilo?

–¡No he ido a ninguna parte! ¿Acaso no sé yo cuál es mi trabajo? —el guarda acabó por sentirse ofendido—. ¡Me está echando la culpa sin razón, camarada Porvenir!

–Pero ¿dónde se han ido? —explotó el gerente.

–¿Cómo voy a saberlo? —dijo por último el interpelado—. ¿Quién podría saberlo? Y, además, ¿cuál es mi trabajo? Vigilar que nadie robe las cámaras, y eso es lo que hago. Aquí están sus cámaras. ¿Quién sabe qué clase de pollos sacará de aquí? ¡Quizá no se les pueda atrapar ni siquiera persiguiéndolos en bicicleta!

Alexander Semionovich se quedó un poco desconcertado; rezongó un poco más y cayó en un estado de completa perplejidad. Se trataba, verdaderamente, de un asunto extraño. En la primera cámara, que había sido cargada antes que las demás, los dos huevos colocados más cerca de la base del rayo estaban rotos. Uno de ellos incluso había rodado un poco, y algunos trozos yacían dispersos en el suelo de amianto que el rayo iluminaba.

–¡Maldita sea! —dijo Alexander Semionovich– ¡Las ventanas están cerradas y no pueden haber volado a través de la techumbre!

–¡Qué idea, Alexander Semionovich! —gritó Dunia con incredulidad—. ¿Quién ha visto nunca que los pollitos vuelen? Tienen que estar por aquí, en alguna parte.. Titas... titas... titas... —empezó a decir, buscando por los rincones Henos de polvorientos tiestos, tableros y otros desechos.

Pero no encontró pollito alguno. Y aunque todo el personal corrió por los patios del sovjós durante dos largas horas buscando a los picaros pollitos, nadie encontró nada.

El día pasó con una agitación extrema. La guardia fue doblada por la adición del vigilante, que había recibido órdenes estrictas de mirar por las ventanas de las cámaras cada quince minutos y llamar a Alexander Semionovich en cuanto notara algo raro. El guarda estaba sentado junto a la puerta, enfurruñado y con el rifle entre las rodillas. El mismo Alexander Semionovich se agotó corriendo de acá para allá y no comió hasta casi las tres de la tarde. Después de comer durmió una hora a la sombra fresca del viejo otomán del príncipe Sheremetyev, bebió un poco de sidra fabricada en el mismo sovjós y se convenció de que todo estaba ya en perfecto orden. El viejo vigilante permanecía arrellanado sobre un trozo de arpillera y miraba, parpadeando, por la ventana de observación de la primera cámara. El guarda estaba alerta en la puerta.

Pero nuevamente se presentó una extraña circunstancia: los huevos de la tercera cámara, la última que había sido dispuesta para el «empolle», empezaron a emitir extraños ruidos parecidos a gorgoteos reprimidos y pequeños cloqueos, dando la impresión de que alguien estaba sollozando en su interior.

–¡Oh, oh! Están madurando —dijo Alexander Semionovich, disponiéndose a salir—. ¿Ha visto? —le preguntó al vigilante.

–Es una maravilla, desde luego —dijo este último en un tono completamente ambiguo, al tiempo que movía la cabeza.

El gerente estuvo en cuclillas durante un rato junto a las cámaras, pero ni un solo huevo se abrió. Se levantó, se estiró, y declaró que ese día no saldría de la finca; tan sólo iría a la balsa para nadar un poco, y, si algo pasaba, tenían orden de avisarle al momento. Subió corriendo al dormitorio de la mansión; éste estaba amueblado con dos camas estrechas, con colchón de muelles, y cubiertas con arrugadas sábanas de lino. El suelo se hallaba lleno de manzanas verdes y de mijo, este último almacenado allí con vistas a las inmediatas nidadas. Cogiendo una toalla playera y, tras un momento de reflexión, su flauta, que se proponía tocar placenteramente sobre las mansas aguas de la balsa, Porvenir salió aprisa del edificio, cruzó el patio del sovjós y caminó por la avenida de sauces en dirección al estanque.

A su derecha se extendía un soto de bardas que golpeó suavemente al pasar, lo que al parecer motivó que se oyera un crujido en la maraña de anchas hojas flotantes; un ruido similar al que produciría alguien que arrastrara un pesado leño. Con un ligero escalofrío, Alexander Semionovich volvió la cabeza hacia el soto de malas hierbas y se puso a observarlo con extrañeza. La balsa hacía dos días que se mantenía en el más absoluto silencio. El susurro se detuvo. La lisa superficie del agua y el tejado gris de la caseta de baño brillaban tentadores más allá de las bardas; iba ya a dirigirse hacia las planchas de madera que llevaban hacia el agua cuando empezó de nuevo el ruido en el matorral, esta vez acompañado de un corto silbido parecido al que emiten las locomotoras al soltar vapor. Alexander Semionovich dio entonces un respingo y metió la cabeza por la gruesa muralla de las bardas.

–¡Alexander Semionovich! —llamó la voz de su mujer al tiempo que su blanca blusa aparecía y desaparecía en el campo de frambuesas—. ¡Espera, voy a nadar contigo!

La mujer se encaminaba de prisa hacia el estanque, pero Alexander Semionovich no le contestó, pues tenía toda su atención fija en los matorrales. Un tronco verde-grisáceo empezó entonces a salir de la barda, creciendo por momentos ante él. El tronco, según le pareció al gerente del sovjós, estaba salpicado de húmedas; manchas amarillentas. El caso es que empezó a ondularse y a oscilar, y Ilegó tan alto que pasó de sobras al pequeño y achaparrado sauce. Luego la cima del tronco pareció romperse y doblarse en ángulo. Y Alexander Semionovich se vio en presencia de algo que recordaba, por la altura y la forma, a un poste eléctrico de los de Moscú. Pero ese algo era tres veces más ancho que un poste y mucho más bonito, a causa, sin duda, de su rasposo tatuaje.

Sin entender nada, pero sintiendo que un rotundo escalofrío le invadía, Alexander Semionovich miró a lo alto del terrorífico poste y su corazón se aceleró notablemente. Le pareció que una fuerte helada había caído de pronto sobre aquel día de agosto, y su vista se oscureció como si estuviera mirando al sol a través de un grueso paño.

Al final del poste había una cabeza. Era plana, puntiaguda, y estaba adornada con una mancha redonda de color amarillo sobre el fondo verde oliva. Un par de ojos sin párpados, estrechos y fríos, brillaban muy abiertos con malicia absolutamente inaudita. La cabeza hizo un rápido movimiento hacia adelante, como para morder el aire; luego, el poste volvió a descender hacia las bardas y sólo quedaron los ojos que miraban sin parpadear a Alexander Semionovich. Este último, cubierto de pegajoso sudor, dejó escapar cuatro palabras absurdas por completo y causadas tan sólo por su terrible pavor (y, sin embargo, ¡qué hermosos eran aquellos ojos!).

—¿Quéclase de broma...?

Luego recordó que los faquires... sí... si... la India... un cesto y una flauta... encantan a...

La cabeza emergió de nuevo y el cuerno empezó a surgir tras ella. El gerente se llevó la flauta a los labios, hizo un ruido sordo y chirriante, y, parándose a cada instante para coger aliento, empezó a tocar el vals de Eugenio Oneguin. En el matorral, los ojos empezaron a arder inmediatamente de odio implacable hacia aquel sonido.

–Has perdido la cabeza, ¿tocando con este calor? —exclamó la alborozada Manya. A Alexander Semionovich se le cortó la respiración.

Acto seguido, un grito terrible rasgó el aire del sovjós y se elevó por el cielo mientras que el vals proseguía renqueando. La cabeza se había disparado hacia adelante y sus ojos apartados de Alexander Semionovich. Una serpiente, larga como de quince yardas y del grueso de un hombre, saltó del soto como un muelle de acero, y una nube de polvo, procedente del camino, cubrió a Porvenir. La serpiente pasó, como una flecha junto al gerente en dirección recta a la blusa blanca. Porvenir vio a Manya ponerse lívida al tiempo que sus largos cabellos se estiraban sobre su cabeza como si fueran de alambre. Ante sus ojos, la serpiente abrió por un momento las fauces y algo parecido a una horquilla chasqueó fuera; luego, asió a Manya, que se estaba desplomando sobre el camino, por los hombros y la levantó del suelo cosa de un metro. Manya repitió su desgarrador grito de muerte. La serpiente se enrolló alrededor de la mujer como un enorme sacacorchos mientras que su cola levantaba una tormenta de polvo y empezó a oprimir a Manya, quien no profirió más ruidos. Porvenir sólo oyó cómo crujían sus huesos.

La cabeza de Manya voló a considerable altura, apretada contra la mejilla de la serpiente. De su boca brotó sangre y pequeñas fuentecillas se abrieron paso por debajo de sus uñas. Luego, con peligro de dislocarse las mandíbulas, la serpiente abrió su enorme boca, puso rápidamente su cabeza frente a la de Manya y empezó a engullir el cadáver de la infortunada mujer. El aliento de la serpiente se dejó sentir y escaldó la cara de Porvenir: y su cola casi lo levantó del camino junto con una nube de polvo áspero y picante. Fue entonces cuando Alexander Semionovich encaneció. Primero la parte izquierda, y luego la derecha de su cabeza, negras hasta entonces como la pez, fueron poniéndose plateadas.

En medio de una terrible náusea salió finalmente del camino y, sin ver ni oír nada más, bramando como una bestia salvaje, se entregó a una precipitada fuga.

Shchukin, el agente de la Administración Política del Estado en la estación de Dugino, era un hombre valiente. Tras reflexionar con calma dijo a su asistente, el pelirrojo Politis:

–Bueno, está bien; creo que vamos a ir, ¿eh? Saque la motocicleta.

Después de un breve silencio añadió, volviéndose al hombre que estaba sentado en el banco:

–Déjenos ver la flauta.

Pero aquel tembloroso hombre de pelo gris que había entrado en la oficina de la GPU de Dugino no les entregó su flauta, sino que prorrumpió en un acceso de llanto y gemidos inarticulados. Shchukin y Politis se dieron cuenta de que tendrían que arrancarle la flauta de las manos. Los dedos del hombre parecían haberse helado y tenerla aprisionada con saña. Shchukin, individuo de enorme talla, que incluso podría haberse dedicado a «hombre fuerte» de circo, empezó a estirarle los dedos, uno a uno. Luego, puso la flauta sobre la mesa.

Todo esto tenía lugar en la mañana que siguió a la muerte de Manya.

–Usted vendrá con nosotros —dijo Shchukin a Alexander Semionovich—. Nos enseñará el camino.

Pero Porvenir levantó las manos y se cubrió la cara, horrorizado, como para hacer desaparecer una espantosa visión.

–Tendrá que enseñárnoslo —añadió Politis con firmeza.

–No; dejémosle solo —decidió el otro—. No se encuentra bien.

–¡Envíenme a Moscú! —suplicó Alexander Semionovich entre sollozos.

–¿Ya no quiere volver al sovjós?

En vez de responder, Porvenir se cubrió de nuevo la cara y el horror invadió sus pupilas.

–Está bien —repuso Shchukin—. Veo que realmente no está en condiciones de volver. El expreso pasa por aquí dentro de poco. Puede cogerlo.

Más tarde, mientras que el jefe de estación trataba de reanimar a Alexander con un poco de agua y éste mordía el borde de la taza azul haciendo rechinar los dientes, Shchukin y Politis mantuvieron una corta charla. Politis era de la opinión de que. en realidad, no había pasado nada y de que Porvenir era simplemente un hombre trastornado que había tenido una terrorífica alucinación. Shchukin, en cambio, tendía a pensar que una gran boa se había escapado del circo recién llegado a Grachevka. Al oír sus escépticos murmullos, Alexander Semionovich se levantó del banco y, tras recobrarse un poco, abrió los brazos a la manera de los profetas bíblicos y exclamó:

–¡Escúchenme! ¡Escuchen! ¿Por qué no me creen? ¡Allí estaba! Y si no, ¿dónde se encuentra mi mujer?

Shchukin calló y se puso serio, e inmediatamente envió un telegrama a Grachevka. Ordenó a un tercer agente que acompañara a Moscú a Alexander Semionovich sin dejarle solo ni un momento. Mientras tanto, él y Politis se prepararían para la marcha. Sólo disponían de un revólver eléctrico, pero eso sería, sin duda, suficiente. El modelo era de 1927; cincuenta disparos, orgullo de la técnica francesa y diseñado para ser usado a corta distancia, no alcanzaba a más de cien pasos pero cubría un campo de dos metros de ancho y mataba cualquier cosa que se hallase dentro de ese terreno. Era difícil fallar con aquello. Shchukin se metió en la cartuchera el brillante juguete eléctrico y Politis se armó de una ametralladora ordinaria de las de veinticinco disparos, así como de varias fajas de cartuchos. Hecho esto, montaron en la motocicleta y se dirigieron hacia el sovjós. La motocicleta cubrió las veinte verstas que había entre la estación y la granja en el breve tiempo de quince minutos (Porvenir había caminado durante toda la noche, agachándose de vez en cuando entre los arbustos de la cuneta víctima de paroxismos de pánico mortal).

El sol empezaba a hacerse insoportable cuando la mansión de color blanco destelló entre el verdor de la colina que dominaba los meandros del río Top. Un silencio mortal reinaba en la escena. La moto cruzó como un rayo el puente y Politis tocó el claxon para que alguien saliera Pero nadie respondió, si exceptuamos a los frenéticos perros de Kontsovka. Dejándose ir, la motocicleta llegó a las puertas guardadas por varios leones de bronce, verdosas por el tiempo y el abandono Los agentes, polvorientos, se apearon, haciendo bailar sus polainas amarillas. Amarraron con cadena y candado la moto contra la misma puerta de hierro y entraron en el patio. El silencio absoluto les sorprendió.

–Hola, ¿no hay nadie aquí? —llamó Shchukin en voz alta.

Al no responder nadie, los agentes dieron la vuelta al patio con creciente asombro. Politis arrugó el ceño. En cuanto a Shchukin, empezó a ponerse más y más serio frunciendo sus pobladas cejas. Miraron por la ventana de la cocina y vieron que se hallaba vacía, pero todo el suelo estaba lleno de pedacitos de porcelana blanca.

–Aquí ha tenido que pasar algo de veras. Ahora estoy seguro. Alguna catástrofe —dijo Politis.

–¡Maldita sea! —gruñó Shchukin—. ¡No ha podido tragárselos a todos a la vez! A no ser que se hayan ido. Vamos adentro.

La puerta de la mansión estaba abierta de par en par y el interior se hallaba completamente desierto. Los agentes subieron hasta el entresuelo llamando por todas partes y abriendo todas las puertas. Pero, al no descubrir nada en absoluto, volvieron al patio por el pórtico vacío.

–Vamos a la parte de atrás. Miraremos en el invernadero —planeó Shchukin—. Buscaremos allí y luego llamaremos por teléfono.

Los agentes se encaminaron hacia el patio posterior por entre los macizos de flores que había a los lados de un pavimentado pasillo, y, al llegar, vieron las brillantes ventanas del invernadero.

–Espera un momento —susurró Shchukin, sacando el revólver. Politis, expectante y tenso, quitó el seguro a su ametralladora.

Un extraño ruido llegó del invernadero y más concretamente de su parte trasera. Era como el silbido de una locomotora. Zau... zau... zau... s-ss..., silbaba.

–Vigila con cuidado —dijo Shchukin.

Y, esforzándose en andar sin hacer ruido, los agentes llegaron de puntillas hasta las ventanas y miraron al interior del jardín abierto.

Politis dio instantáneamente un salto hacia atrás y su cara adquirió un tinte palidísimo. Shchukin abrió la boca y se quedó atónito, con el revólver en la mano.

Todo el invernadero bullía como un puñado de gusanos. Enrollándose y desenrollándose, silbando y estirándose, deslizándose y moviendo la cabezacomo si se tratara de un péndulo, enormes serpientes se arrastraban por el suelo del invernadero donde las cáscaras de huevos, rotas y esparcidas por el piso, crujían bajo su peso. En el techo había encendida una bombilla de gran potencia que bañaba el interior del local con extraño brillo. En el suelo yacían tres cajas negras parecidas a enormes cámaras fotográficas. Dos de ellas, que estaban inclinadas, eran oscuras; en la tercera resplandecía una pequeña pero fuerte luz escarlata.

Serpientes de todos los tamaños reptaban siguiendo la dirección de los cables eléctricos y se abrían paso a través de las aberturas del tejado. De la misma bombilla llegó a colgarse una serpiente negra de varios metros de longitud, con la cabeza oscilando como un péndulo de reloj frente a la misma luz. El silbido era acompañado por curiosos cascabeleos y chasquidos, y el invernadero difundía un apestoso y singular olor parecido al hedor del agua estancada. Los agentes también vieron montones de huevos dispuestos en los polvorientos rincones, un exótico pájaro gigante que yacía inmóvil junto a las cajas y el cadáver de un hombre con un rifle, próximo a la puerta.

–¡Atrás! —gritó Shchukin, y empezó a retroceder tirando de Politis con la mano izquierda y levantando el revólver con la derecha. Alcanzó a disparar nueve veces con el arma, que silbaba y lanzaba relámpagos verdosos.

Los ruidos del interior crecieron violentamente en respuesta al fuego de Shchukin: todo el ámbito hervía con frenético nerviosismo, y planas cabezas, rápidas como dardos, surgían de cada abertura. Por el sovjós resonó una larga serie de detonaciones y sobre los muros se reflejó el fulgor de los rayos que lanzaba la pistola eléctrica. Politis, siempre retrocediendo, disparó por fin su ametralladora. De pronto, ovó un extraño y pesado andar de cuadrúpedo a su espalda y, con un horrible grito, cayó al suelo. Una criatura verde pardusca parecida a un lagarto de gran talla, de patas aplanadas y torcidas hacia afuera, con un hocico enorme y puntiagudo y el espinazo sobresaliendo por toda la cola, se había aproximado desde la cochera y mordió con saña el pie del agente haciéndole caer.

–¡Socorro! —gritó Politis antes de que su mano izquierda desapareciera en la boca del animal.

Tratando en vano de levantar la derecha, arrastró su arma por el suelo. Shchukin se volvió y empezó a moverse, presa del nerviosismo, sin ver qué podría hacer. Disparó una vez, pero erró a propósito por miedo a herir a su compañero. Su siguiente disparo fue en dirección al invernadero, porque la cabeza de una enorme serpiente verdosa había surgido de entre las menores y se precipitaba hacia él. El disparo acabó con ella, y de nuevo, saltando y dando vueltas alrededor de Politis. medio muerto ya entre las fauces del enorme cocodrilo.

Shchukin intentó afinar la puntería tiara matar a la horrible bestia sin tocar a su compañero.

Finalmente lo consiguió. El revólver eléctrico abrió fuego dos veces lanzando su verde luz sobre el animal, que dio un salto, se estiró, quedó tieso y soltó a Politis. Pero ya la sangre salía por la boca y la mansa vacía del agente, que, apoyándose en su brazo derecho, trataba de arrastrar lo que quedaba de su pierna izquierda. Sus ojos se apagaban por momentos.

–Corre... Shchukin... —sollozó.

Shchukin hizo fuego varias veces en dirección al invernadero, rompiendo los cristales de varias ventanas. Y entonces, un enorme resorte, verde y sinuoso, saltó de una oquedad que se abría a su espalda, reptó por el patio, ocupándolo con su tremenda longitud, v, en un instante, se enrolló en las piernas de Shchukin. Este cayó al suelo y el brillante revólver fue a parar lejos de su alcance. Shchukin dio un terrible grito y abrió desmesuradamente la boca para coger aire antes de que los anillos le cubrieran totalmente, dejando sólo libre la cabeza. Uno de los círculos se deslizó sobre el cráneo, desgarrando el cuero cabelludo con su increíble potencia, y la cabeza crujió.

No se oyeron más tiros en el sovjós. Todo quedó anegado en el constante silbido. Como respuesta, el viento trajo de la lejanía los aullidos de Kontsovka. Pero se había hecho imposible distinguir si el aullido era de perros o de hombres.

11

LA oficina del periódico Izvestiaestaba potentemente alumbrada y el grueso redactor jefe se dedicaba a ordenar la segunda página, que contenía despachos de la «Unión de Repúblicas». Uno de los informes atrajo su atención, así que lo miró a través de sus anteojos de nariz y rompió a reír.

A continuación llamó a los correctores y a los de la compaginación y les enseñó una de las pruebas tipográficas. La fina lámina de papel humedecido llevaba las siguientes palabras:

« Grachevka, provincia de Smotensko. Una gallina del tamaño de un caballo y que coceaba con la fuerza de un semental ha sido vista en el distrito. En vez de cola tiene un manojo de plumas de adorno como los de las damas burguesas.»

Los correctores se rieron de buena gana.

–En mis tiempos —dijo el editor entre francas risotadas– cuando trabajaba para el Ruscove Novode Vania Sitin, algunos se emborrachaban hasta el punto de creer ver elefantes. Y los veían. Pero ahora parece que lo que ven son avestruces.

Los correctores volvieron a reír.

–Es verdad; debe ser un avestruz —dijo el compaginador—. ¿Vamos a sacarlo, Iván Vonifatievich?

–¿Habéis perdido el juicio? —preguntó el redactor—. Me pregunto cómo el secretario lo ha dejado pasar Está bien claro que este mensaje lo ha enviado un borracho.

–Debió coger una buena cogorza —expresaron los de la compaginación, y uno de ellos retiró de la mesa la noticia de la gran gallina.

Por consiguiente, el Izvestiaapareció al día siguiente con su contenido usual de interesantes noticias, pero ni una palabra sobre el avestruz de Grachevka.

El profesor asistente Ivanov, que leía Izvestiaregularmente y a fondo, dobló en su despacho el periódico, bostezó, comentó «nada de interés» y empezó a ponerse su bata blanca. Un poco más tarde los quemadores crepitaban en calma en su habitación, y las ranas comenzaban a croar. Pero en la oficina del profesor Persikov reinaba una notable agitación.

El asustado Pankrat estaba atento, con los brazos caídos como de costumbre.

–Entiendo... Sí, señor —asentía.

Persikov le tendió un sobre sellado con cera y dijo:

–Va a ir directamente al Departamento de Crianza de Ganado y le dice a ese chalado de director Fowlin-Hamsky que es un completo cochino. Hágale saber que lo he dicho yo, el profesor Persikov. Y déle este sobre.

Persikov se enfurecía por momentos.

–¡Malditos sean! ¡Ni siquiera saben lo que tienen entre manos! —se quejaba paseándose por el cuarto mientras se retorcía las manos enguantadas—. ¡Es ultrajante! ¡Una burla que me infieren a mí y a la zoología! Envían montones de esos condenados huevos de pollo durante meses, pero de lo que yo había cedido, ¡nada! ¡Como si estuviéramos tan lejos de América...! Eterna confusión, eterno sinsentido... —y empezó a contar con los dedos—: Veamos, diez días, todo lo más, para reunirlos... o, bueno, quince, ¡Incluso veinte! Luego, dos días para el viaje en avión; un día de Londres a Berlín.. Seis horas de Berlín a Moscú... ¡Increíbles chapuceros!

Agarró con furia el teléfono y se puso a llamar a alguien. Su oficina estaba lista para un misteriosísimo y altamente peligroso experimento. Sobre la mesa se veían hojas de papel preparadas para sellar las puertas, cascos de buzo con tubos para el aire y varios cilindros brillantes con la etiqueta de «Compañía de Buenos Químicos», «No tocar», y adhesivos de la calavera y las tibias cruzadas.

El profesor necesitó más de dos horas para calmarse y poderse ocupar de asuntos de menor importancia. Estuvo trabajando en el Instituto hasta pasadas las once de la noche, y por consiguiente no se enteró de nada de lo que acontecía al otro lado de las paredes color crema. Ni el absurdo rumor sobre extrañas serpientes que se estaban acercando a Moscú, ni el despacho de los periódicos de la tarde, anunciado a voz en cuello por los vendedores, habían alcanzado al sabio; el profesor asistente Ivanov estaba en el Teatro del Arte contemplando El zar Fiador loanovich, y no había nadie más susceptible de poderle llevar la noticia a Persikov.


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