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Los huevos fatidicos
  • Текст добавлен: 15 сентября 2016, 02:11

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Автор книги: Mijaíl Bulgákov



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Con una uña puntiaguda subrayó el gran titular que llenaba la parte superior de la página: «Plaga avícola en la República.»

–¿Qué? —preguntó Persikov, con las gafas en la frente.

6

LAS blancas luces delanteras de los autobuses y las verdes del trolebús se deslizaban arriba y abajo de la plaza del Teatro. Sobre el antiguo «Muir y Murrilis», encima del décimo piso levantado allí, una mujer formada por bombillas eléctricas de colores saltaba arriba y abajo mientras tiraba letras que se unían para formar las palabras «Crédito de los Trabajadores». En la plaza de enfrente, ante el teatro Bolshoi y situada alrededor de la brillante fuente que soltaba chorros de agua multicolores por la noche, una muchedumbre se apiñaba y bullía. Y, sobre el Bolshoi, un altavoz gigante tronó:

«Las vacunas experimentadas en el Instituto Lefort de Veterinaria han dado excelentes resultados. El número de pollos muertos ha descendido, por el momento, a la mitad.»

Luego, el altavoz cambió de timbre; algo gruñó en su interior, se apagó y volvió a surgir, y el locutor se lamentó en un profundo bajo:

«La Comisión Especial elegida para combatir la plaga que afecta a los pollos, y que consta del comisario de Salud Pública del Pueblo, el comisario de Agricultura del Pueblo, el director del Departamento de la Crianza de Ganado, camarada Fowlin-Hamsky, el profesor Persikov y el camarada Rabinovich...» «Nuevas tentativas de intervención...»

El locutor se rió y lloró, y su risa fue como el llanto de una hiena.

«...En relación a la plaga que ataca a los pollos.»

La gente, amontonada, se apretaba contra las paredes cubiertas con anchos carteles iluminados con reflectores rojos.

«Bajo la amenaza de severas sanciones se prohíbe a la población consumir carne de pollo y huevos. Los comerciantes particulares que intenten venderlos en los mercados serán objeto de procesamiento criminal y les serán confiscadas sus propiedades. Todos los ciudadanos que tengan en su poder huevos de gallina deben llevarlos rápidamente a las jefaturas de policía.»

En el tejado de la Gaceta de los Obreros, los pollos eran amontonados hasta gran altura sobre la mampara, y los bomberos, vestidos de verde, temblorosos y brillantes, echaban queroseno sobre ellos con largas mangueras; en aquel momento se encendieron las letras de neón: «Quema de cadáveres de gallinas en la Codina.»

Entre los rabiosamente iluminados escaparates de las tiendas abiertas hasta las tres de la mañana (con dos descansos para comer y cenar), se abrían de par en par los viejos agujeros de las ventanas bordeadas de letreros, «Huevería. Calidad garantizada». Muy a menudo la policía de tráfico tenía que abrir el paso a coches que ostentaban la placa de «Departamento de Salud Pública de Moscú. Primera Ayuda», que aceleraban, con las sirenas a la máxima potencia, para adelantar a los pesados autobuses.

–Otro que ha ido y se ha hartado de huevos podridos —decía la gente.

Sobre el teatro del difunto Vsevolod Meyerhold. que murió, como es sabido, en 1927, durante la representación del Boris Godunovde Pushkin, cuando una plataforma de boyardos (desnudos) le cayó sobre la cabeza, relampagueaba un letrero móvil y multicolor que anunciaba una reposición teatral, El graznido de la gallina, escrita por el dramaturgo Erendorg y producida por un discípulo de Meyerhold, director honorario del Kukhterman. La puerta de al lado, perteneciente al Restaurante Aquarium, centelleaba por los anuncios eléctricos, y, en el interior del local resonaban los salvajes aplausos de los convidados que contemplaban, en el verdor del escenario, una revista del escritor Perezov titulada El hijo de la gallina. En el exterior, por la Tverskaya, marchaba una procesión de asnos del circo con linternas suspendidas de la cabeza y brillantes letreros que anunciaban la reposición de la obra de Rostand, Chantecler, en el teatro Korsh.

Los repartidores de periódicos gritaban entre el gentío: ¡Estremecedor hallazgo en una gruta! ¡Preparativos de Polonia para la guerra! ¡Experimentos del profesor Persikov!

Sin mirar a nadie, sin ver a nadie siquiera, insensible a los pequeños codazos y a las dulces y tiernas insinuaciones de las prostitutas, Persikov, inspirado y solitario, coronado de súbita fama, se dirigía por la Mokhovaya hacia el vistoso reloj del Manége. Una vez allí, siempre sin ver a nadie y absorto en sus pensamientos, se topó con un extraño individuo vestido con ropa pasada de moda, y se golpeó dolorosamente los dedos contra la pistolera que el hombre llevaba colgada del cinturón.

–¡Ay, maldita sea! —profirió Persikov—. Lo siento.

–Lo siento —contestó el extraño con desagradable voz, y luego ambos se separaron en el espeso río humano. Mientras volvía a la Prechistenka, el profesor olvidó completamente el encuentro.

No podemos asegurar a qué fue debido el éxito de las vacunas de la Veterinaria Lefort, si a la pericia de las unidades de contención de Samara, al efecto de las tajantes medidas aplicadas a los comerciantes de huevos o al eficiente trabajo de la comisión extraordinaria de Moscú; pero lo cierto es que dos semanas después de la última entrevista de Persikov con Alfred Bronsky, la crisis de los pollos en la Unión de Repúblicas Soviéticas era ya un hecho del pasado.

Habiendo alcanzado Arkángel y Syumkin, en el norte, la plaga se detuvo por sí sola ya que no podía ir más lejos; como es sabido, no hay gallinas en el mar Blanco. También hizo alto en Vladivostok, allá donde se extiende el océano. En el lejano sur desapareció por las ardientes estepas del Ordubat, Dzulfa y Karabulak. Y en el oeste se paró milagrosamente justo en las fronteras con Polonia y Rumania. La prensa extranjera discutió escandalosa y afanosamente la inaudita catástrofe, mientras que el Gobierno de las Repúblicas Soviéticas, sin ruido inútil, trabajó sin descanso para arreglar las cosas. La Comisión Extraordinaria para Luchar contra la Plaga de los Pollos cambió su nombre por el de Comisión Extraordinaria para el Resurgimiento y el Restablecimiento de la Crianza de Pollos en la República, y se vio aumentada por un nuevo Comité Extraordinario de los Tres, compuesto por dieciséis miembros. Se puso en funcionamiento una oficina «Buenas Aves» con Persikov y Portugalov como presidentes honorarios. Los periódicos publicaron sus retratos en la cabecera de artículos titulados así como «Grandes compras de huevos al extranjero» y «El señor Hugues quiere acabar con la campaña pro-huevos».

El profesor Persikov había trabajado hasta el límite de sus fuerzas. Durante tres semanas, los sucesos relacionados con los pollos habían desbaratado toda su rutina y habían doblado sus quehaceres y obligaciones. Cada tarde había tenido que asistir a conferencias de las Comisiones de los pollos, y a veces, incluso, fue obligado a sufrir largas entrevistas con Bronsky o con el grueso capitán Stepanov. Había tenido que trabajar con el profesor Portugalov y con los asistentes, profesores Ivanov y Bornhart, disecando y mirando a los pollos por el microscopio en busca del bacilo de la plaga. Incluso llegó a escribir apresuradamente —en tres tardes– un folleto sobre «Resultado de la plaga: Mutaciones en los pollos de Kidney».

Pero el hecho es que Persikov trabajaba en el campo de las gallináceas sin ningún entusiasmo, y se entiende fácilmente el porqué: su mente estaba en otro lugar, luchando a brazo partido con el problema más importante, con el problema capital del que había sido apartado por la catástrofe avícola, con el apasionante problema del rayo rojo.

Los últimos días de julio vieron un ligero apaciguamiento de la tensión hasta entonces reinante. El trabajo de la renombrada Comisión se redujo a un ritmo normal, y Persikov pudo volver a su interrumpido trabajo. Los microscopios fueron provistos de nuevas preparaciones y, bajo el rayo, huevas de pez y de rana se abrieron en la cámara con prodigiosa velocidad. Llegó desde Konisberg, por vía aérea, un cristal encargado especialmente, y durante la última semana de julio los mecánicos que trabajaban a las órdenes de Ivanov construyeron dos nuevas y amplias cámaras en las que el rayo alcanzaba la anchura de un paquete de cigarrillos en el orificio de salida, mientras que en su parte más ancha llegaba a abarcar algo más de un metro. Persikov, que se frotaba las manos por este éxito, empezó a preparar ciertos misteriosos y difíciles experimentos. Para empezar se puso al habla con el comisario de Educación del Pueblo, quien le dio las máximas seguridades sobre toda posible asistencia y colaboración. Después de esto, Persikov telefoneó al camarada Fowlin-Hamsky, director del Departamento de la Crianza de Ganado de la Comisión Suprema.

Fowlin-Hamsky hizo objeto a Persikov de sus más amables agasajos. El asunto había motivado una gran demanda de información por parte del extranjero, y Fowlin-Hamsky le comunicó que debía telegrafiar inmediatamente a Berlín y Nueva York. Al cabo de un rato inquirieron del Kremlin cómo marchaban los trabajos de Persikov, y una voz importante y afable preguntó al científico si le gustaría que se pusiera un coche a su disposición.

–No, gracias. Prefiero el trolebús —aseguró Persikov.

–Pero ¿por qué? —preguntó la misteriosa voz.

–Es más rápido —repuso Persikov.

Pasó otra semana, y el profesor, desentendiéndose más y más del asunto de las gallinas, se dedicó por completo al estudio del rayo. Debido a las muchas noches de insomnio y excesivo trabajo acabó sintiéndose en un estado de perenne mareo, y la cabeza parecía habérsele hecho ingrávida y transparente. El científico se pasaba casi todas las noches en el Instituto, y las enrojecidas ojeras ya nunca le abandonaban. En cierta ocasión salió de su refugio zoológico para dar una conferencia en la Sala Tsebuku de la Prechistenka sobre el rayo y sus efectos en las células del huevo. El excéntrico zoólogo obtuvo un éxito colosal. En el escenario, y en una mesa con la superficie de cristal que había próxima al conferenciante, se veía, sobre una especie de fuente, un húmedo sapo gris que respiraba con gran ruido.

Al terminar la conferencia, el presidente de la Tsebuku arrastró a Persikov otra vez sobre el escenario para que saludara al público, cosa que éste hizo irritado. Cientos de caras pálidas y de pecheras blancas oscilaron ante él en la penumbra, y, de pronto, la cartuchera amarilla de un revólver relampagueó un momento para desaparecer en seguida tras una columna. Persikov lo advirtió vagamente, pero lo olvidó al instante.

7

ERA un soleado día de agosto. El profesor, cerrando los porticones, se encargó de que las sombras le rodearan. Un «flexo» proyectaba su luz sobre la mesa de cristal, llena de instrumentos y plaquillas de microscopio. Recostado, al borde del agotamiento, contra la espalda de su sillón, Persikov fumaba. Sus ojos, exhaustos pero satisfechos, miraban a través de las columnas de humo a la entreabierta puerta de la habitación donde el rojo haz de su rayo yacía en calma, exudando su débil calidez en el aire, ya sofocante y viciado, del cuarto. En éstas, alguien llamó a la puerta:

–¿Sí? —preguntó Persikov.

La puerta chirrió levemente al dejar entrar a Pankrat, el conserje. Con los brazos caídos y pálido de terror reverencial ante el ser sobrehumano, dijo:

–Señor profesor, hay alguien ahí afuera que pregunta por usted. Su nombre es Porvenir.

La sombra de una sonrisa se extendió por las mejillas del científico, que entornó los ojos y musitó:

–Eso es muy interesante. Pero estoy ocupado.

–Dice que trae un certificado oficial del Kremlin —insistió Pankrat.

–¿Porvenir con un certificado? Extraña mezcla —repuso Persikov, y añadió—: Está bien, déjele pasar.

–Sí, señor —dijo Pankrat mientras se deslizaba hacia el vestíbulo como una anguila.

Unos segundos después la puerta volvía a chirriar y un hombre hacía su aparición en el umbral. El sillón de Persikov hizo ruido al moverse éste, que miró de hito en hito al visitante por encima del hombro y de sus gafas. Persikov estaba demasiado lejos de la realidad —no le interesaba en absoluto—, pero a pesar de todo se sintió impresionado por las notables y sobresalientes características del recién llegado.

Vestía de forma particularmente pasada de moda. Llevaba un abrigo de cuero con pequeña capa sobre los hombros, pantalones verde oliva, botines y polainas, así como una enorme pistola «Máuser», de anticuada fabricación, a la cintura, dentro de una agrietada cartuchera amarilla. La cara del visitante provocó en Persikov la misma impresión que le produjera cierto caballero extremadamente desagradable. Sus pequeños ojos miraban al mundo con asombro, pero, al mismo tiempo, con seguridad; además, había algo insolente y agresivo incluso en sus cortas piernas y pies planos. Iba muy bien afeitado y su cara tenía un tinte algo azulado.

Persikov frunció el ceño y dijo:

–Trae usted un certificado. ¿Dónde está?

El recién llegado estaba obviamente anonadado por lo que veía. De ordinario no era propenso a desconcertarse, pero en este caso lo estaba. A juzgar por la dirección de sus ojos, se encontraba aturdido sobre todo por la biblioteca de doce estantes que llegaba al techo, atestada de libros. Y luego, por supuesto, por las cámaras, en las cuales, como en el infierno, oscilaba el rayo escarlata difundido y aumentado por las paredes de cristal.

El visitante miró al profesor y el respeto que sintió hizo estremecer la usual firmeza de sus ojos. No sacó ningún papel, pero dijo:

–Soy Alexander Semionovich Porvenir.

–¿Sí? ¿Y qué?

–He sido nombrado gerente de la granja modelo del Soviet «Sovjós del Rayo Escarlata» —explicó el recién llegado.

–¿Y?

–Y así, he venido con un memorándum secreto, camarada.

–Interesante. Pero sea breve, por favor.

El visitante se desabrochó el abrigo y sacó una orden, impresa en excelente papel de barba. Se la tendió a Persikov y luego, sin esperar invitación, se sentó en un taburete giratorio.

–No empuje la mesa —dijo Persikov con odio.

El visitante miró con algo de temor a la mesa, en cuyo extremo más lejano, en un orificio oscuro, dos ojos sin vida brillaban como esmeraldas.

Cuando Persikov hubo leído el papel se levantó de un salto y corrió al teléfono. Unos segundos después hablaba apresuradamente y con extrema irritación:

–Perdone... No entiendo... ¿Cómo puede ser...? Yo... Sin mi consentimiento o consejo... ¡Pero sólo Dios sabe qué hará este hombre con eso!

El extraño, entonces, se dio la vuelta y le miró, ofendido en extremo.

–Perdone —empezó—. Soy el geren...

Pero Persikov le hizo una seña con el índice.

–Perdone, no puedo entenderlo... En suma, protesto enérgicamente. No puedo consentir ninguna prueba con huevos antes de que yo mismo experimente con... —seguía Persikov, enarbolando el teléfono.

Se oyeron quejas y chasquidos por el auricular, incluso desde lejos daba la impresión de que la voz que se oía, paciente y condescendiente, estaba dirigiéndose a un niño enfadado. AI terminar la conversación, Persikov, encarnado, colgó violentamente el teléfono y gritó al vacío:

–¡Yo me lavo las manos!

Volvió hacia la mesa, cogió el papel y, tras releerlo de arriba abajo, se encaró con el visitante.

–Muy bien... Me someto. No es de mi incumbencia. Y, además, no me interesa.

Porvenir no estaba tan ofendido como asombrado.

–Perdone, camarada... —empezó—, pero ¿usted está...?

–Camarada... Camarada... —le espetó—. ¿Es eso lo único que sabe decir? —exclamó hoscamente Persikov sin poderse contener.

«¡Bien!», parecía decir el rostro de Porvenir.

–Perd... —dijo éste de viva voz.

–Y ahora, si me hace el favor... —le interrumpió Persikov—. Este es el arco de la bombilla generadora. Con su ayuda se obtiene, manipulando el ocular —Persikov asió el objetivo de la cámara que parecía un aparato fotográfico—, un haz de rayos que pueden unirse moviendo el objetivo número 1 hasta aquí, y el espejo número 2.

Persikov apagó el rayo; a continuación volvió a encenderlo enfocándolo sobre el suelo de amianto de la cámara.

–Sobre el suelo puede disponer lo que quiera y proceder al desarrollo del experimento. Muy simple, ¿no cree?

Persikov quería expresar ironía y desprecio, pero el funcionario no lo advirtió, mirando la habitación, como estaba, con sus atentos ojillos.

–Pero le aviso —siguió Persikov—. Mantenga sus manos lejos del rayo, porque, según he observado, provoca un crecimiento del epitelio... y, por desgracia, todavía no he establecido si es maligno o no.

El visitante se llevó rápidamente las manos a la espalda.

–¿Y cómo lo hace usted, profesor?

–Puede comprar guantes de goma en Schwab, de Puente Kuznetsky —contestó irritado el profesor—. No tengo por qué ocuparme de eso.

Persikov miró de pronto a Porvenir, como si estuviera examinándole a través de una lupa:

–¿De dónde viene? Y, en general, ¿por qué? —le preguntó.

Porvenir se sintió verdaderamente ofendido.

–Perd...

–¡Después de todo, uno tiene derecho a saber bien de qué se trata! ¿Por qué se han agarrado a este rayo?

–Porque es un asunto de sumo interés.

–¡Ah! El sumo... En ese caso... ¡Pankrat!

Pero cuando Pankrat apareció dijo:

–Espere, tengo que pensar.

Y Pankrat desapareció, obediente.

–Hay una cosa que no consigo entender —dijo Persikov—. ¿Por qué esta precipitación y secreto?

–Usted me asombra, profesor —contestó Porvenir—. ¿Sabe que todos los pollos han muerto? ¡Hasta el último!

–¿Y qué tiene eso que ver? —chilló Persikov– ¿Van a intentar resucitarlos al momento? ¿Es eso? ¿Y por qué con la ayuda de un rayo que aún no ha sido estudiado debidamente?

–Camarada profesor —repuso Porvenir—, debo decir que usted me confunde. Le digo que tenemos que restablecer la cría de pollos porque en el extranjero están escribiendo toda clase de improcedencias sobre nosotros. Por eso.

–Me gustaría saber de quién fue la idea de criar pollos a partir de los huevos...

–Mía —contestó Porvenir.

–Hum... Ya veo... ¿Y por qué, si se puede saber? ¿Dónde aprendió usted las propiedades del rayo?

–Bueno, asistí a su conferencia.

–¡Todavía no he hecho nada con huevos! ¡Sólo estoy preparándome para hacerlo!

–¡Funcionará, juro que funcionará a la perfección! —gritó súbitamente Porvenir con convicción—. ¡Su rayo es tan famoso! Y usted puede hacer surgir elefantes con él, no ya pollos.

–Dígame —dijo Persikov—, usted no es zoólogo, ¿verdad que no? Lástima... Sería un muy audaz experimentador... Sí... Pero corre el riesgo de acabar... con... Y me está haciendo perder el tiempo...

–Le devolveremos sus cámaras.

–¿Cuándo?

–Tan pronto como críe el primer grupo.

–Habla usted con mucha confianza. Muy bien. ¡Pankrat!

–Traigo hombres conmigo —dijo Porvenir—, y guardias...

Por la tarde, la oficina de Persikov había quedado desmantelada y desolada. Sobre las mesas no se veía ningún objeto. Los hombres de Porvenir se habían llevado las tres cámaras grandes, dejando al profesor sólo la primera, la cámara pequeña de su propiedad, en la que había comenzado sus primeros experimentos.

En aquel crepúsculo de agosto, el Instituto se volvió gris; la tristeza y soledad fluctuaban por los corredores. Se oía el monótono ruido de unas pisadas en el estudio; Persikov se paseaba desesperadamente por la habitación, de la puerta a la ventana... Tenía lugar un extraño fenómeno: una inexplicable sensación de decaimiento se había abatido sobre el edificio y sus habitantes, tanto humanos como animales.

Sonó la campana del estudio de Persikov. Pankrat apareció en el umbral. Llevaba consigo una extraña fotografía. Perdido y solitario, el científico siguió sin inmutarse en el centro de la habitación y miró las mesas vacías. Pankrat tosió y permaneció inmóvil.

–Aquí, Pankrat —dijo Persikov señalando una de las mesas.

Pankrat se asombró. Le pareció qué los ojos del profesor brillaban en la oscuridad bañados en lágrimas. Era extraordinario y, a la vez, terrible.

–Ya sabes, mi buen Pankrat —continuó Persikov, volviéndose hacia la ventana—, que mi mujer... me abandonó hace quince años por un tenor... y ahora se dice que ha muerto... Qué historia, querido Pankrat... Me han enviado una carta...

Los sapos clamaron lastimeramente y pareció como si el crepúsculo envolviese al profesor. Pankrat, confundido y acongojado, se estaba con las manos caídas, rígido de miedo.

–Vaya, Pankrat —dijo pesadamente el profesor al tiempo que hacía una señal con la mano—, váyase a dormir ya.

8

VERDADERAMENTE, el mes que mejor sienta al campo es agosto, y sobre todo en la provincia de Smolensko. El verano de 1928, como es sabido, fue uno de los más agradables, ya que las lluvias de primavera habían llegado en su justo momento, el sol era caliente y despejado y se preveía una excelente cosecha. El hombre cambia cuando se halla en contacto con la naturaleza. E incluso Alexander Semionovich habría parecido menos antipático aquí que en la ciudad. Ya no llevaba el detestable abrigo de cuero. Su cara estaba bronceada por el sol; su camisa indiana, desabrochada, ponía de manifiesto un pecho cubierto por densos pelos negros; sus piernas estaban envueltas en pantalones de lona; y, además, sus ojos parecían más apacibles y amables.

Alexander Semionovich bajó rápidamente los escalones del pórtico de columnas sobre el que había puesto un rótulo que ostentaba las siguientes palabras:

«El Rayo Escarlata»

«Sovjós»

Una vez en el patio, se dirigió hacia el camión que le había traído, bajo guardia, dos cámaras oscuras. Todo el día estuvo Alexander Semionovich atareado con sus asistentes, acomodando las cámaras en el antiguo invernadero de los Sheremetyev. Al atardecer todo estaba listo. Una polvorienta bombilla blanca brillaba bajo el techo de cristal; las cámaras habían sido armadas sobre ladrillos, y el técnico que había llegado con las cámaras oprimió y dio la vuelta a los brillantes contactos y encendió el rayo rojo enfocándolo sobre el suelo de amianto.

Alexander Semionovich se movía nervioso de un lado a otro e incluso subió él mismo a la escalera para inspeccionar el tendido de los hilos.

Al día siguiente volvió el camión y trajo tres grandes cuévanos hechos de excelente madera contrachapada y cubiertos de yeso, con etiquetas y avisos en alemán y en letras blancas sobre fondo negro:

«¡Vorsicht: Eier!» («Cuidado: huevos».)

–Pero ¿por qué habrán enviado tan pocos? —se preguntaba Alexander Semionovich.

Sin embargo, se aplicó inmediatamente a desempaquetar los huevos. La labor fue llevada a cabo en el mismo invernadero con la participación de todos: el mismo Alexander Semionovich, su esposa, Manya, una mujer de extraordinario volumen, el antiguo jardinero tuerto, que servía de ordinario en el sovjós en la universalizada calidad de vigilante, el guarda, condenado a vivir en el sovjós, y la chica de servicio, Dunia. Aquello no era Moscú y todo resultaba más sencillo y amistoso. Alexander Semionovich dirigía el trabajo y miraba los cuévanos como si fuesen algo a lo que tuviese gran cariño.

–Con cuidado, por favor —pidió al guarda—, con cuidado. ¿Se da cuenta? iTenemos huevos aquí!

Los huevos habían sido empaquetados perfectamente bien: bajo la tapa de madera venía una capa de papel parafinado; luego, otra de papel absorbente; a continuación iba una espesa capa de virutas de madera; finalmente, aserrín, entre el que aparecían los blancos contornos de los huevos.

–Empaquetado extranjero —dijo admirado Alexander Semionovich mientras removía el aserrín—. No como hacemos nosotros las cosas. Manya, ten cuidado, los vas a romper.

–Pareces tonto, Alexander Semionovich —contestó su mujer—. Imagínate, una joya semejante... Como si nunca hubiera visto huevos. ¡Oh...! ¡Qué grandes!

–Eso es Europa —dijo Alexander Semionovich depositando los huevos sobre la mesa de madera—. ¿Acaso esperabas recibir nuestros pequeños y moteados huevos de pájaro? No entiendo, sin embargo, por qué están sucios —dijo reflexivamente—. Manya, ocúpate de todo. Haz que sigan desembalándolos: voy a telefonear.

Aquella misma tarde sonó el teléfono en la oficina del Instituto Zoológico. El profesor Persikov acudió al aparato.

–¿Sí? —dijo.

–Llamada de larga distancia, un momento —contestó por el sibilante receptor una voz de mujer.

–Diga, escucho —repuso el profesor Persikov sobre la negra boca del teléfono.

Hubo algunos tecleos y chasquidos y, luego, una voz masculina habló ansiosamente al oído del profesor:

–¿Deben lavarse los huevos, profesor?

–¿Qué? ¿De qué se trata? ¿Qué pregunta usted? —gritó Persikov irritado—. ¿Quién está al habla?

–Desde Nikolsky, provincia de Smolensko —contestó el aparato.

–No sé de qué está hablando. ¿Quién es usted?

–Porvenir —afirmó el receptor con decisión.

–¿Porvenir? Ah, sí... es usted... bueno, ¿qué pasa?

–Si han de lavarse... Me han enviado del extranjero un cargamento de huevos...

–¿Y bien?

–Parecen algo babosos.

–Qué absurdo... ¿Cómo pueden estar «babosos»? Bueno, claro, pueden tener algo de... quizá haya un poco de excremento sobre ellos...

–¿De modo que no han de ser lavados?

–¡Claro que no! Así que ¿ya está dispuesto a llenar las cámaras con ellos?

–Lo estoy —repuso el teléfono.

–Hum... —dijo Persikov con un bufido.

–Han colgado, señor —dijo una voz femenina.

El receptor tecleó y quedó definitivamente en silencio.

–¡Han colgado! —imitó Persikov con odio. Se volvió entonces al profesor asistente Ivanov—. Imagínese, Piotr Stepanovich, que es posible que el rayo produzca el mismo efecto en el deuteroplasma del huevo de gallina que en el plasma de los anfibios. Es probable pues, que las gallinas salgan del cascarón, pero ni usted ni yo podemos decir qué clase de gallinas serán. O quizá no sirvan para nada. Quizá se mueran en un día o dos. ¡Quizá, incluso, no resulten comestibles!

–Muy cierto —agregó Ivanov.

–¿Puede usted garantizar, Piotr Stenanovich, qué podrán traer al mundo las generaciones frituras?

–Nadie podría hacerlo —agregó Ivanov.

–¡Qué temeridad! —Persikov se encendió más aun—. ¡Qué insolencia! ¡Y me han ordenado que le dé instrucciones a ese bribón!

Persikov señaló el papel que Porvenir había traído, el cual yacía aún sobre la mesa del instrumental.

–¿Y cómo puedo instruir a ese ignorante cuando ni siquiera yo sé algo sobre ese problema?

–¿Era imposible negarse? —preguntó Ivanov.

Persikov se puso lívido, cogió el papel y se lo enseñó a Ivanov. Este último lo leyó y sonrió con ironía.

–Y luego, fíjese... Esperé mi envío durante dos meses y aún no hay el menor rastro de él, mientras que ese tipo recibe al momento los huevos y consigue, en general, cualquier colaboración.

–No llegará a ningún sitio con eso, Vladimir Ipatievich. Y acabarán teniendo que devolverle las cámaras —auguró Ivanov, tranquilizador.

–Si por lo menos no tardaran demasiado... Están interrumpiendo mis experimentos —proseguía el científico con desánimo.

–Es cierto. Eso es lo peor de todo. Yo también lo tenía todo a punto.

–¿Llegaron los trajes aislantes?

–Sí, hoy.

Persikov se calmó un poco.

–Hum... Creo que lo haremos de la siguiente forma: cerraremos bien las puertas del cuarto de operaciones y, abriremos la ventana...

–Desde luego —agregó Ivanov.

–¿Tres «astronautas»?

–Sí, tres.

–Bien, eso le incluye a usted y a alguien más; quizá uno de los estudiantes. Le daremos el tercer casco.

–Tendremos que estar despiertos toda una noche —siguió Persikov—. Y, otra cosa, Piotr Stepanovich, ¿ha comprobado ya el gas? Nunca se sabe con ésos de la Buenos Químicos; han podido mandarnos cualquier porquería.

–No, no —dijo Ivanov moviendo las manos—. Hice un ensayo ayer. Debemos reconocérselo, Vladimir Ipatievich; se trata de un gas excelente.

–¿Sobre qué lo probó? —inquirió todavía el profesor.

–Sobre sapos corrientes. Se les envía una pequeña ráfaga y mueren al instante. ¡Ah! Vladimir Ipatievich; también tenemos que hacer otra cosa. Escribir a la GPU y pedir que nos envíen un revólver eléctrico.

–Pero yo no sé cómo se maneja...

–Yo lo llevaré conmigo —contestó Ivanov—. Solíamos practicar en el Klvazma para divertirnos... Había un empleado de la GPU que vivía enfrente... Buena cosa. Extraordinaria, silenciosa y mata cabalmente a una distancia de cien pasos Solíamos disparar mientras había grajos... Creo que ni siquiera vamos a necesitar el gas.

–Hum... Inteligente idea... Mucho. —Persikov se fue a un rincón de la habitación, descolgó el teléfono y graznó—: Dígame, ¿cómo ha dicho que se llama...? Lubyanka...

9

LOS días eran insoportablemente calurosos. Se podía ver incluso el calor sobre los campos, de tan denso. Y las noches eran mágicas, llenas de misterio, verdes Al claro de luna era posible leer el Izvestiasin dificultad, con excepción de la columna de ajedrez. Pero, naturalmente, nadie lee el Izvestiaen semejantes noches... La criada, Dunia, se dirigió, paseando, hacia el soto que había detrás del sovjós. Y, casualmente, el mostachudo chófer del pequeño y desvencijado camión del sovjós se encontraba allí. Una lámpara alumbraba la cocina donde cenaban dos de los jardineros. Y la señora Porvenir, sentada en la balaustrada y luciendo un vestido blanco, soñaba mientras contemplaba la radiante luna.

A las diez de la noche, cuando se habían extinguido todos los ruidos del cercano pueblo de Kontsovka, resonaron en el idílico paisaje los delicados ecos de una flauta. Es imposible expresar lo apropiados que resultaban para la estampa que formaban las antiguas columnas del palacio de los Sheremetyev La frágil Lisa del Pique Dame unió su voz en un dúo con el apasionado Polina de la flauta, y la melodía fue flotando hasta el empinado camino del claro de luna como un fantasma del antiguo régimen, pero tan estremecedoramente encantador que incluso lograba hacer saltar las lágrimas.

Los matorrales seguían en completo silencio, y Dunia, fatal como una ninfa tallada, escuchaba con la cara contra la masculina mejilla, rasposa y rojiza, del chofer.

–Toca bien, ese pillo —dijo este último mientras estrechaba con su viril brazo la cintura de la doncella.

El ejecutante era el mismo director del sovjós, Alexander Semionovich Porvenir, y, a decir verdad, tocaba extraordinariamente bien.

La música que flotaba sobre las hojas y los matorrales del parque se vio súbitamente acompañada de un ruido que alteró su melodía. Los perros de Kontsovka, que por lógica tenían que estar ya dormidos a esa hora, rompieron de pronto en un ensordecedor coro de ladridos que se convirtió, gradualmente, en un angustiado aullido general. Extendiéndose y creciendo resonó sobre los campos, y ahora era contestado por un chirriante concierto a mil voces por parte de las ranas de todas las charcas. Todo esto fue tan misterioso que por un momento pareció que la tranquila noche se había excitado repentinamente.


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