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Los huevos fatidicos
  • Текст добавлен: 15 сентября 2016, 02:11

Текст книги "Los huevos fatidicos"


Автор книги: Mijaíl Bulgákov



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–¿Qué es lo que desea? —preguntó Persikov con una voz que hizo que Pankrat desapareciera al instante tras la puerta—. Se le dijo que estaba ocupado.

–Mil excusas, mi muy estimado profesor —comenzó el joven con tenue voz aflautada—, por irrumpir en su casa y robarle su precioso tiempo; pero las noticias sobre su descubrimiento, capaces de conmover al mundo, en el que han resonado, impulsan a nuestro periódico a rogarle toda clase de explicaciones...

–¿Qué clase de explicaciones sobre lo que ha razonado? —chilló Persikov con voz de falsete y poniéndose amarillo—. No estoy obligado a dar ninguna explicación. Estoy ocupado..., terriblemente ocupado.

–Pero ¿en qué trabaja usted? —preguntó el joven, suavizando el tono, al tiempo que empezaba a hacer anotaciones en su cuaderno.

–Oh, pues... ¿por qué me hace preguntas? ¿Se proponen ustedes publicar algo?

–Sí —respondió el joven mientras se daba a un furioso garabateo sobre las páginas de su bloc.

–Pues, en ese caso... Primero, no tengo la intención de publicar nada hasta tanto no haya completado mi trabajo, y, particularmente, en esas hojas suyas... Segundo, ¿cómo sabe usted todo eso?

Persikov sintió de pronto que estaba perdiendo terreno.

–¿Es verdad que usted ha descubierto el rayo de la nueva vida?

–¿Qué nueva vida? —estalló groseramente el profesor—. ¿Qué clase de tonterías está usted barbotando? El rayo sobre el que estamos hablando está todavía lejos de haber sido investigado a fondo, y, de hecho, nada se sabe todavía. Es posible que pueda estimular los procesos vitales del protoplasma...

–¿Cuánto? ¿Cuántas veces? —inquirió el joven con prisa.

Persikov se había puesto muy nervioso.

–¿Qué clase de preguntas son ésas? Suponga que le digo... pues... ¡mil veces...!

Un pícaro destello de satisfacción cruzó por los sagaces ojos del visitante.

–Entonces, produce organismos gigantes —siguió, dispuesto a no perder la oportunidad.

–¡Nada de eso! Bueno, es cierto que los organismos que obtuve son mayores de lo normal... Poseen ciertas nuevas características. Pero lo importante no es el tamaño, sino la increíble rapidez de su reproducción —dijo Persikov para salir del mal paso, pero en seguida se desanimó al darse cuenta de su error. El joven había llenado ya una página completa—. Pero ¡no escriba! —suplicó con voz ronca el desesperado Persikov, sintiéndose ya completamente a merced del periodista.

–¿Es cierto que usted ha obtenido un millón de renacuajos a partir de las huevas de una sola rana y en el espacio de dos días?

–¿Con qué cantidad de huevas? —gritó Persikov, montando de nuevo en cólera—. ¿Ha visto usted una hueva alguna vez en su vida?

–¿De doscientos gramos? —preguntó el joven, impertérrito.

Persikov enrojeció.

–¿Cómo mide esto de esa manera? ¡Maldita sea! ¿De qué está hablando? Desde luego, a partir de doscientos gramos de huevas, se obtiene...

Las chispas volvieron a brotar en los ojos del joven, que cubrió de un tirón una nueva página.

–¿Es verdad que su descubrimiento causará una revolución en la crianza de ganado?

–¿Qué clase de preguntas de periódico arruinado son ésas? —aulló Persikov.

–Su fotografía, profesor. Se lo ruego urgentemente —dijo el joven, mientras cerraba con viveza el cuaderno.

–¿Qué? ¿Mi foto? ¿Para que salga con lo que ha escrito ahí? ¡No, no y no!

–Aunque sea vieja. Se la devolveremos al momento.

–¡Pankrat! —tronó el profesor encolerizado.

–Con mis respetos —dijo el joven antes de desaparecer.

Esta vez, en lugar de Pankrat, se abrió paso hasta el profesor el extraño ritmo crujiente de una máquina que se hallaba tras la puerta, el sonido de un metal golpeando el suelo; y en eso, un hombre de extraordinario volumen apareció en el estudio. Vestía camisa y pantalones de burdo tejido parecido al de las mantas. Su pierna izquierda era ortopédica y en la mano llevaba una cartera. Su afeitada cara redonda ostentaba una sonrisa llena de amabilidad. Se inclinó ante el profesor a la manera militar y luego se enderezó, maniobra que motivó que su pierna se enderezase bruscamente como si fuese una palanca. Persikov no se movió de su asiento ni hizo la menor indicación.

–Señor profesor —comenzó el visitante con una voz agradable y algo cascada—, perdone a este simple mortal que se atreve a invadir su retiro.

–¿Es usted periodista? —preguntó Persikov, quien, sin esperar la respuesta, gritó—: ¡Pankrat!

–De ningún modo, señor —contestó el hombre grueso—. Permita que me presente: capitán de Marina y colaborador del periódico Noticias de Industria, publicado por el Consejo de Comisarios del Pueblo.

–¡Pankrat! —gritó, ya histérico, el profesor. En ese momento se encendió la luz roja en el teléfono de la habitación y el aparato se puso a sonar suavemente—. ¡Pankrat! —repitió el profesor—. Diga, le escucho —añadió dirigiéndose esta vez a su interlocutor del otro lado del hilo.

—Verzeihen sie, bitte, Herr professor—graznó el teléfono en alemán—, dass ich store, Ich bin ein Mitarbeiter des Berliner Tageblatts...

–¡Pankrat! —aulló el profesor al auricular.

Al mismo tiempo, la campana de la puerta del domicilio del científico sonaba sin cesar.

–¡¡Extraño crimen en la calle Bronny!! —gritaban voces anormalmente roncas sumergiéndose y saliendo de entre la corriente de ruedas y de luces que se deslizaban sobre el templado asfalto—. ¡Repentino brote de plaga de los pollos en el patio de la diaconisa Drozdova, con su retrato! ¡Sorprendente descubrimiento del rayo de la vida por el profesor Persikov!

Al oír esto, Persikov retrocedió tan violentamente que le faltó poco para caer bajo las ruedas de un coche Se acercó al vendedor y le arrebató un periódico de las manos.

–¡Tres kopecs, camarada! —dijo con voz aguda el muchacho, antes de readentrarse en el gentío que llenaba la acera.

—¡Crepúsculo Rojo, descubrimiento del rayo X! —siguió vociferando.

El aturdido Persikov abrió el periódico y se apoyó en un farol. Desde un sucio recuadro de la segunda página le miraba de hito en hito un hombre calvo, de ojos huraños y fijos y mandíbula caída, fruto de los desvelos artísticos de Alfred Bronsky, con las palabras:

«V. I. Persikov, descubridor del misterioso rayo rojo.»

El artículo que le seguía bajo el encabezamiento «Suspense en todo el globo», empezaba de la siguiente forma:

«Hagan el favor de sentarse —nos dijo el venerable científico con afabilidad...» El artículo terminaba con la firma «Alfred Bronsky».

En eso, una luz verdosa destelló sobre el tejado de la Universidad y las vehementes palabras Diario habladocruzaron el espacio, con lo que Mokhovaya se llenó al momento de hormigueante muchedumbre.

«Hagan el favor de sentarse —aulló de súbito el altavoz del tejado, en el más repulsivo tono agudo, réplica exacta del de Alfred Bronsky, pero convenientemente ampliado– nos dijo el venerable científico con afabilidad. Esperaba con impaciencia el momento de poner al corriente al proletariado de Moscú sobre los resultados de mis experimentos.»

Un débil chirrido mecánico se oyó a la espalda de Persikov y alguien le tiró de la manga. Al volverse, el profesor vio la redonda cara amarilla del propietario de la pierna ortopédica. Los ojos de aquel hombre estaban húmedos y sus labios temblaban.

–Usted se negó a informarme de los resultados de su asombroso descubrimiento, profesor —dijo lúgubremente, con una mirada profunda—. Adiós a mis dos arreglos...

Y, dicho esto, se puso a mirar con tristeza hacia el tejado de la Universidad, donde el invisible Alfred bramaba por las brillantes fauces del altavoz. Por alguna razón, Persikov se sintió profundamente apenado por el hombre grueso.

–¡Yo nunca le dije a nadie que hiciera el favor de sentarse! —musitó cogiendo con rabia las palabras del aire—. ¡Ese tipo es simplemente un desvergonzado de extraordinarias proporciones! Perdóneme, por favor, ¿se hace cargo? Cuando estás trabajando y la gente te interrumpe... No hablo de usted, por supuesto.

–¿Quizá, señor, me daría finalmente una descripción de su laboratorio? —rogó el hombre con una mezcla de modestia y pesadumbre—. Después de todo, a usted ya le es lo mismo...

«En el espacio de tres días, sale tal multitud de unos pocos gramos de huevas, que es imposible contarla», rugía mientras tanto el altavoz.

–El muy pícaro... ¿Y bien? —siseó Persikov al hombre gordo, amblando de indignación—. ¿Qué dice usted a eso? Hay que ver; deberíamos compadecerle...

–Ultrajante —agregó el interpelado.

De pronto, una deslumbrante luz hirió los ojos del profesor y el fogonazo iluminó cuanto había a su alrededor: los postes, una porción del embaldosado pavimento, una pared amarilla, las caras expectantes...

–Eso es para usted, profesor —susurró extasiado el hombre gordo, y se colgó de la manga del profesor como una pesa de plomo. Algo chasqueó con rapidez en el aire y nuevamente quedó iluminada la escena.

–¡Al diablo con todos ellos! —exclamó Persikov desesperado, corriendo con su lastre por entre la multitud—. ¡Eh, taxi! ¡A Prechistenka!

El viejo y desvencijado coche, cosecha del 24, se acercó hasta donde se hallaba el profesor, que trató de subir al vehículo al tiempo que intentaba desembarazarse del hombre gordo.

–¡Me está molestando! —murmuró, cubriéndose la cara con las manos para protegerse de la luz.

Las voces que se levantaban de entre la multitud decían:

–¿Lo ha leído? ¿Qué están diciendo? ¡El profesor Persikov y sus hijos fueron encontrados con la garganta abierta en la calle Bronny...!

–¡No tengo hijos, hijos de perra! —gritó Persikov un segundo antes de advertir que una negra cámara le enfocaba y le estaba sacando de perfil con la boca abierta y los ojos furibundos.

4

EN un pequeño pueblo de provincias llamado oficialmente Troisk y corrientemente Steklovsk, en el departamento de Steklovsk de la provincia de Kostrona, una mujer con mantón y vestido gris con flores rosas, de algodón, salió a la escalera de una casita de la antigua catedral y estalló en lágrimas. Esta mujer, la viuda del diácono de la citada catedral, sollozó tan fuertemente que pronto otra figura femenina, cubierta con un blanco chal de lana, apareció en la ventana de la casa de enfrente y dijo:

–¿Qué es eso, Stepanovna? ¿Otra vez?

–¡La que hace sesenta! —contestó la viuda sollozando amargamente.

–¡Ay, pobrecita, pobrecita! —se lamentó la mujer del chal moviendo la cabeza—. ¡Qué desgracia, la cólera de Dios! ¿Se ha muerto?

–Ven a ver, Matrena —musitó la diaconisa entre sollozos fuertes y sentidos—, ¡ven a ver lo que ha pasado!

La puertecilla gris y combada se cerró de golpe. Los pies desnudos de la mujer pisaron los polvorientos baches de la calzada y la viuda, deshaciéndose en lágrimas, llevó en seguida a Matrena a su corral de gallinas.

A decir verdad, la viuda del reverendo Sawaty Drozdov, que había muerto en 1926 víctima de angustias antirreligiosas, no sólo no había perdido nunca su presencia de ánimo, sino que había fundado un floreciente negocio de aves. Tan pronto como los asuntos de la viuda empezaron a prosperar, el Gobierno la gravó con un impuesto tal que sus actividades estuvieron a punto de venirse abajo. Pero había gente buena en el mundo. Aconsejaron a la viuda que informara a las autoridades locales de que estaba organizando una cooperativa de obreros en la granja avícola. Los miembros de la cooperativa eran la propia Drozdova, su fiel sirvienta Matreshka y su nieta, que era sorda. Los impuestos fueron inmediatamente revocados y el negocio de pollos se extendió y floreció. Hacia 1928, de esta forma, la población del corral de la viuda, rodeado de filas de gallineros, se había elevado a doscientas cincuenta gallinas; contaba incluso con algunas de la especie cochinchina, Los huevos procedentes de la granja de la viuda aparecían en el mercado de Steklovsk cada domingo; también se vendían en Tambov y alguna vez llegaban a ser vistos en los escaparates de la tienda que antiguamente era conocida como Chickin, Quesos y Mantequilla. Moscú. Y ahora, una preciosa Brahmaputra, la favorita de todo el mundo, se había paseado de arriba abajo del corral, vacilando, vomitando y haciendo rodar sus melancólicos ojos hacia el sol como si estuviera viéndolo por última vez. Había abierto al máximo el pico estirando el cuello hacia el cielo. Luego, empezó a vomitar sangre.

–¡Divino Jesús! —gritó la vecina, dándose una palmada en el muslo—. ¿Qué pasa aquí? Nunca vi un pollo quejarse del estómago como si fuese un ser humano.

Y ésas fueron las últimas palabras que oyó el pobre animalito, pues, de pronto, cayó de lado, picoteó débilmente el polvo y cerró los ojos para siempre. Luego, rodó hasta quedar de espaldas, tensó sus patas como queriéndolas clavar en el cielo y quedó inmóvil.

–Stepanovna, quizá me equivoque, pero juraría que a tus pollos les han echado mal de ojo. ¿Quién ha visto nunca una cosa igual? ¡Caramba! Las gallinas nunca han enfermado así.

–¡Los enemigos de mi vida! —clamó al cielo la diaconisa—. ¿Es que acaso lo que quieren es llevarme de este mundo?

Sus palabras fueron contestadas por un recio quiquiriquí, tras el cual un gallo sucio y flaco voló oblicuamente desde un gallinero como un borracho escandaloso sale de una taberna. Miró con ojos desorbitados a las dos mujeres, anduvo como loco por un rincón del corral y extendió sus alas como si fuera un águila, pero no se elevó del suelo. En lugar de eso, empezó a correr en círculo por el patio. A mitad de la tercera vuelta se paró y dio muestras de estar muy enfermo; empezó, en efecto, a toser y a resollar, esparció a su alrededor varios escupitajos sanguinolentos, se desplomó y apuntó al sol con sus patas crispadas como garfios.

Una nueva explosión de gemidos femeninos llenó el ámbito, siendo esta vez contestada por ansiosos cloqueos, batir de alas y ruidosa algazara, proveniente todo ello de los gallineros.

–Bueno, ¿es o no es mal de ojo? —exclamó triunfalmente la vecina—. Llama al padre Sergy para que oficie un servicio.

A las seis de la tarde, cuando el sol, ya bajo, quedó como una faz hirviente entre las redondas caras de los girasoles, el padre Sergy, prior de la iglesia catedral, se quitaba los ornamentos tras haber completado su servicio. Cabezas curiosas aparecían sobre la vieja valla combada y se entreveían por las rendijas que dejaban entre sí las tablas que la componían. La afligida viuda había besado la cruz, vertido copiosas lágrimas sobre el desgastado rublo amarillo canario, y se lo había dado al padre Sergy; él, en respuesta, suspiró y murmuró algo a propósito de la cólera del Señor.

Después de eso la multitud de la calle se dispersó y, como las gallinas se retiran temprano, nadie se enteró de que tres de ellas y un gallo habían muerto en el mismo momento en el corral de la vecina más próxima a la Drozdova. Vomitaban, tal como hacían las de esta última, pero con la única diferencia de que sus muertes ocurrían en un gallinero cerrado, por lo que el ruido no trascendía al exterior. El gallo cayó de cabeza desde el palo, y murió en esa postura. Como ocurrió en el corral de la viuda, al atardecer todos los demás gallineros estaban mortalmente tranquilos, con las aves yacentes sobre el suelo, amontonadas, tiesas y frías.

A la mañana siguiente el pueblo se despertó como herido por un rayo debido a que el asunto había adquirido proporciones monstruosas. Hacia el mediodía, sólo tres gallinas quedaban aún vivas en la calle Personal; las que pertenecían a los dueños de la última casa, donde vivía el inspector financiero del departamento. Pero incluso éstas murieron hacia la una del mediodía. Al atardecer, la temida palabra «plaga» agitaba como una colmena al pueblo de Steklovsk. El nombre de Drozdova apareció en el periódico local El Guerrero Rojoen un artículo intitulado «¿Se tratará de una plaga avícola?». Y de ahí llegó a Moscú.

Mientras tanto, la vida del profesor Persikov había alcanzado un extraño estado de inquietud y desorden. Ya no era posible trabajar. Al día siguiente de haberse desembarazado de Alfred Bronsky se vio forzado a desconectar el teléfono de su oficina del Instituto arrancando de un tirón el hilo del receptor. Y por la tarde, mientras iba a su casa en el trolebús que circulaba a lo largo del polígono Okhotny, el profesor tuvo ocasión de contemplarse en un gran cartel, instalado en el tejado de un edificio, cuyo pie ostentaba un letrero negro con las palabras Diario de los Obreros. Visiblemente indignado, temblando de ira y con el rostro amarillento, el profesor aparecía subiendo a un taxi, y tras él, tirándole de la manga, avanzaba un globo ortopédico envuelto en tela de manta. El científico se cubría con las manos protegiéndose del campo de acción de la cámara que lo estaba fotografiando. Luego, apareció una leyenda dorada sobre el cartel:

«El profesor Persikov, en un taxi, explicando su descubrimiento a nuestro famoso reportero el capitán Stepanov.»

Esa misma tarde, cuando volvía a sus habitaciones en la Prechistenka, el ama de llaves, María Stepanovna, le dio al profesor, apuntados en un papel, setenta números de teléfono de la gente que había llamado durante su ausencia, además de la declaración verbal de que se hallaba completamente agotada. El profesor iba a romper la nota cuando sus ojos se posaron sobre las palabras «Comisario de Salud Pública del Pueblo».

–¿Qué es esto? —preguntó el sabio, absolutamente perplejo—. ¿Qué mosca les pica a todos?

Serían las diez y cuarto cuando sonó el timbre de la puerta. El visitante, un ciudadano muy bien vestido, consiguió permiso para entrar gracias a su carta de presentación, que declaraba —sin nombre ni iniciales—: «Jefe Plenipotenciario del Departamento de Asuntos con las Embajadas Extranjeras en la Unión Soviética.»

–¿Por qué no se va al diablo? —gruñó Persikov, tirando su lupa y algunos diagramas sobre el tapiz verde de la mesa.

Luego añadió, dirigiéndose a María Stepanovna:

–Haz pasar a mi estudio a ese «plenipotenciario».

Minutos después preguntaba en un tono que hizo sobresaltar al visitante:

–¿En qué puedo servirle?

Persikov se subió las gafas hasta la frente, luego se las puso otra vez sobre la nariz, y, para terminar, fijó la vista en el recién llegado que resplandecía con su vestimenta de piel auténtica y piedras preciosas. En su ojo derecho se asentaba un monóculo.

«¡Qué fisonomía más vil!», se dijo Persikov para sus adentros.

El individuo en cuestión empezó de manera indirecta. Pidió permiso para encender un cigarro, tras lo que Persikov, de peor humor que antes, le invitó a sentarse, y procedió entonces a ofrecer sus disculpas por lo avanzado de la hora, «pero es que el profesor es muy difícil de abordar... hi-hi... perdón, de encontrar, durante el día» (cuando reía, el visitante se parecía mucho a una hiena).

–¡Sí, estoy muy ocupado! —contestó Persikov tan taxativamente que el visitante se estremeció nuevamente.

Sin embargo, se había permitido molestar al famoso científico.

–El tiempo es dinero, como dicen por ahí... ¿Le molesta el cigarro, profesor? —trató de ser amable.

–Hum, hum, hum —contestó el profesor.

–Tenemos entendido que usted ha descubierto el rayo de la vida. ¿...?

–En nombre del cielo, ¿de qué vida? ¡Todo esto es sólo una historia de periodistas! —Persikov se animó un tanto.

–Oh, no, hi-hi-hi... Entiendo perfectamente que la modestia es el verdadero mérito de los auténticos hombres de ciencia... Pero ¿por qué andarse por las ramas? Hubo muchos comunicados... En muchas capitales del mundo, como Varsovia y Riga, ya lo saben todo acerca del rayo. El nombre del profesor Persikov está en los labios de todo el mundo, y el mundo le sigue con el aliento entrecortado. Pero todos conocen la difícil posición de los científicos en Rusia. Entre nous soit dit...¿no hay aquí nadie más? ¡Cielos! En este país no saben apreciar la labor del científico. Y así, él querría hablar de algunas cosas con el profesor. Cierto estado extranjero ofrecía, desinteresadamente, ayudar al profesor Persikov en sus investigaciones. ¿Por qué arrojar perlas aquí, como dicen las Sagradas Escrituras...? En ese estado conocen las penalidades que el profesor tuvo que soportar en 1919 y 1920, durante aquella... hi-hi... revolución. Bien, por supuesto, en la más estricta confidencia... el profesor podría informar a dicho estado sobre los resultados de sus trabajos, a cambio de financiar al profesor. Coja, por ejemplo, la habitación que él había preparado. Sería interesante que le acompañara para hacer los planos del acondicionamiento...

En ese momento, el visitante sacó del bolsillo interior de su chaqueta un deslumbrante legajo de blancos billetes...

–Un pequeño adelanto. Vea —dijo—, cinco mil rublos que pueden ser puestos a disposición del profesor en este mismo momento. Y, claro está, no es necesario recibo... por el contrario, el jefe plenipotenciario se sentiría ofendido si usted mencionara su necesidad.

–¡Fuera! —rugió súbitamente el profesor, de tal manera que el piano del gabinete resonó con sus notas más altas.

El personaje se evaporó tan rápidamente que Persikov, trastornado como estaba por la cólera, empezó a preguntarse si realmente había estado allí o no. ¿Había sido una alucinación?

5

PERSIKOV volvió a su estudio y a sus diagramas, pero no le dejaron concentrarse en su trabajo. El teléfono volvió a sonar y una voz femenina inquirió si al profesor le gustaría casarse con una atractiva y ardiente viuda, propietaria de un piso de siete habitaciones. No había hecho más que colgar, cuando el teléfono sonó de nuevo. Esta vez Persikov se azoró levemente; un conocido personaje le estaba llamando desde el Kremlin. Le preguntó por su trabajo con simpatía y gran interés, y expresó el deseo de visitar su laboratorio. Cuando se apartó del teléfono, Persikov hubo de enjugarse la frente. Luego, se acercó de nuevo y volvió a descolgarlo. Pero en ese momento hubo una súbita explosión de trompetas en el aire, seguida de los gritos de las Valkirias; el director del Sindicato de Manufacturas de la Lana, que vivía en el piso de arriba, había sintonizado con su aparato de radio una emisión del concierto de Wagner retransmitida desde el Bolshoi. Por encima de la algazara y del estrépito que se vertían desde el piso superior, Persikov gritó a María Stepanovna que demandaría al director, haría pedazos la radio, abandonaría Moscú y se iría a cualquier maldito rincón del mundo, porque resultaba obvio que la gente había decidido echarle de allí. Rompió la lupa y se echó sobre el sofá de su estudio. Se quedó dormido con el encantador murmullo de las notas de piano...

Las sorpresas continuaron al día siguiente. Cuando llegó al Instituto, Persikov se encontró a un ciudadano desconocido, con elegante sombrero hongo de color verde, situado a la entrada. Aquel ciudadano estuvo vigilando de cerca al profesor, pero, al no dirigirle pregunta alguna, Persikov le ignoró. No obstante, ya en el vestíbulo, el científico recibió la visita del aturdido Pankrat al que seguía un nuevo sombrero hongo, que le saludó con toda cortesía.

–Buenos días, ciudadano profesor.

–¿Qué desea? —preguntó Persikov en tono amenazador, mientras se quitaba el abrigo ayudado por Pankrat. Entonces, el sombrero hongo procedió a tranquilizar rápidamente al profesor, susurrando, con un suavísimo tono de voz, que no tenía por qué inquietarse. El, el sombrero hongo, estaba allí con el único propósito de que el profesor no fuese molestado por ningún visitante inoportuno...

–Hum... Diría que están ustedes bien organizados —murmuró Persikov: y añadió ingenuamente—: Y qué, ¿comerá usted aquí?

El sombrero hongo sonrió y explicó que sería relevado.

Después de este episodio transcurrieron tres días de magnífica calma. El profesor tuvo dos visitas del Kremlin. Los otros visitantes fueron sólo los estudiantes que acudían a buscar los resultados de sus exámenes. Eran, generalmente, suspendidos, y sus caras mostraban que Persikov se había convertido para ellos en objeto de terror supersticioso.

–¡Váyanse y métanse a chóferes! No sirven para estudiar Zoología —se oía desde la oficina.

–Severo, ¿eh? —preguntó a Pankrat el sombrero hongo.

–Un santo terror —contestó Pankrat—. Incluso los que han sido aprobados salen serios y pálidos. Pobres almas. Les hace sudar. Salen dando traspiés y, rápido, a la taberna.

Ocupado en estos asuntos menores, el profesor no se dio cuenta de que habían pasado ya tres días, y durante el transcurso del cuarto se le devolvió de nuevo a la realidad. La causa de esto fue una aguda voz de falsete que le llegó desde la calle.

–¡Vladimir Ipatievich! —irrumpió la voz desde abajo a través de la ventana abierta de la oficina.

La voz estaba de suerte. Encontraba a Persikov exhausto por los acontecimientos de los días anteriores. En ese momento estaba descansando en su sillón, con los débiles ojos enrojecidos, y fumando. Se hallaba demasiado cansado para poder proseguir con su trabajo. De ahí que mirase con cierta curiosidad por la ventana y viera a Alfred Bronsky en la acera. El profesor reconoció al momento al dueño titular de las tarjetas satinadas por su sombrero puntiagudo y su bloc de notas. Ante la ventana, Bronsky saludó con deferencia y simpatía.

–¡Ah! ¿Es usted? —dijo el profesor.

El siempre presente hongo de la esquina dirigió instantáneamente la totalidad de sus sentidos hacia el periodista, en cuya cara estaba apareciendo justamente la más desarmante sonrisa.

–Sólo un par de minutos, querido profesor —dijo Bronsky, forzando la voz desde la calle—. Sólo una pequeña pregunta puramente de zoología. ¿Me la permitirá?

–Adelante —contestó Persikov, breve e irónicamente, pensando para sí: «Después de todo, hay algo americano en este bribón.»

–¿Qué diría usted a propósito de para las gallinas querido profesor? —gritó Bronsky haciendo bocina con las manos.

Persikov estaba al borde del abismo. Se sentó en la ventana, luego se apartó, presionó un botón y gritó señalando con el dedo hacia la calle:

–¡Pankrat, deje entrar a ese tipo de la acera!

Cuando Bronsky apareció en la oficina, Persikov alargó su cortesía al extremo de espetar:

–¡Siéntese!

Por lo que Bronsky, con una arrebatadora sonrisa, se sentó en el taburete giratorio.

–Va a contestarme a una cosa —empezó Persikov—. Usted escribió para esos periódicos, ¿no es así?

–Sí, señor —contestó Alfred con gran respeto.

–Bien; hay algo que me resulta incomprensible. ¿Cómo puede usted escribir si ni siquiera habla correctamente? ¿Qué clase de expresiones son ésas, «un par de minutos», «a propósito de para las gallinas»? Probablemente querría decir «a propósito de las gallinas», ¿no?

A Bronsky se le escapó una leve y respetuosa risita.

–Valentín Petrovich lo aprueba —aclaró.

–¿Quién es Valentín Petrovich? —preguntó Persikov.

–El jefe del departamento de literatura —volvió a informar Alfred.

–Ah, está bien. Olvidemos a su Petrovich. ¿Qué era, en concreto, lo que quería saber sobre gallinas?

–Todo lo que pueda decirme, profesor.

Bronsky se armó de lápiz y papel, y chispas de felicidad brotaron en los ojos del científico.

–No debería haberse dirigido a mí; no soy especialista en el reino de las plumíferas. Mejor habría sido que fuera a ver a Emelyan Ivanovich Portugalov, de la primera Universidad. Yo, de hecho, sé muy poco...

Bronsky siguió con su sonrisa de adoración, como para indicar que había entendido la broma del profesor. «Broma: poco», apuntó en el cuaderno.

–Sin embargo, si está interesado... Muy bien. Gallinas, o Pectinates...Género: pájaros. Orden: gallinae. Subespecie: faisán...

Persikov recitó en alta voz, mirando, no a Bronsky, sino a algo situado más allá de él, donde un millar de personas estaban, presumiblemente, escuchando...

–Familia del faisán... Faisánidas. Pájaros de carnosa cresta y dos lóbulos sobre la mandíbula inferior... hum... a veces, por supuesto, sólo hay uno, en el centro del mentón... ¿Qué más? Alas: cortas y redondeadas... Cola: mediana, algo aserrada, con las plumas del centro dispuestas en orden creciente... Pankrat... tráigame el modelo número 705 de la sala de exposición. Se trata de un gallo seccionado transversalmente... Pero, espere, ¿no lo necesita? Déjelo, Pankrat... Repito, no soy un especialista. Vaya a Portugalov. En realidad yo estoy familiarizado con seis especies de gallinas salvajes... hum... Portugalov conoce más. En la India y en el archipiélago Malayo... por ejemplo: el gallo de Banki, hallado en las faldas del Himalaya, en la India, en Assam y Burma... Luego, existe el gallo de cola de frac o Gállus varius, de. Lombok, Sumbawa y Flores. En la isla de Java hay un notable gallo, el Gállus cneus. Al sudeste de la India, puedo alabar al muy hermoso gallo Zonnerat. Y en Ceilán encontramos al gallo Stanley, propio exclusivamente de esta isla.

Bronsky estaba en su asiento escuchando con gran interés y garabateando con furia.

–Me gustaría saber algo sobre las enfermedades de los pollos —musitó Alfred modestamente.

–Hum, no soy un especialista... Pregunte a Portugalov... Bien, están las lombrices del intestino, el trematodo hepático, las garrapatas, la sarna roja, los piojos de los pollos, los piojos de las aves de corral, o Mallophaga, las pulgas, el cólera de las gallinas, la inflamación grupo-diftérica de las membranas mucosas..., la neumonomicosis, la tuberculosis, la sarna de los pollos... Hay toda clase de enfermedades —brillaban chispas en los ojos de Persikov—. Puede haber envenenamiento, tumores, raquitismo, ictericia, reumatismo, y el Fungus achoritun Schoenleinii...una enfermedad muy interesante. Produce pequeñas manchas en la cresta, parecidas al moho.

Bronsky se secó la frente con un pañuelo vivamente coloreado.

–Y ¿cuál es en su opinión, profesor, la causa de la actual catástrofe?

–¿Qué catástrofe? —se extrañó el científico.

–Cómo, ¿no lo ha leído, profesor? —exclamó Bronsky con gran asombro al tiempo que sacaba de su cartera una hoja del Izvestia.

–No leo periódicos —contestó Persikov frunciendo el ceño.

–Pero ¿por qué, profesor? —preguntó Alfred con ternura.

–Porque escriben cosas sin sentido —contestó Persikov sin un segundo de vacilación.

–Pero ¿qué dice a esto, profesor? —susurró Bronsky mansamente al tiempo que desdoblaba la hoja.

–¿Qué es esto? —preguntó Persikov, estirándose incluso un poco en su silla; ahora las chispas brillaban en los ojos de Bronsky.


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