Текст книги "Tío Vania"
Автор книги: Антон Чехов
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Драматургия
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ELENA ANDREEVNA.– ¡Es que entiendo tan poco de ello!...
ASTROV.– No hay nada que entender. Lo que pasa es que, sencillamente, no es interesante.
ELENA ANDREEVNA.– Si he de serle franca, le diré que tengo el pensamiento tan ocupado con otra cosa... Perdóneme..., pero he de someterle a un pequeño interrogatorio... Me siento tan azorada, que no sé cómo empezar...
ASTROV.– ¿A un interrogatorio?
ELENA ANDREEVNA.– A un interrogatorio, sí... Sólo que bastante inocente. Sentémonos. (Ambos se sientan.) Se trata de un joven personaje. Hablaremos como hablan las personas honradas, como amigos, sin rodeos. Hablaremos y olvidaremos después lo que hemos hablado.
ASTROV.– De acuerdo.
ELENA ANDREEVNA.– Se trata de mi hijastra Sonia. ¿Le agrada?
ASTROV.– Sí. Siento gran estimaci6n por ella.
ELENA ANDREEVNA.– Y ¿Como mujer..., le gusta?
ASTROV (sin contestar inmediatamente).– No.
ELENA ANDREEVNA.– Dos o tres palabras más, y hemos terminado: ¿no ha reparado usted en nada?
ASTROV.– En nada.
ELENA ANDREEVNA (Cogiéndole una mano).– No la quiere usted. Lo leo en sus ojos. Ella sufre... Compréndalo, y deje de venir por aquí.
ASTROV.– Mis años pasaron ya... Además no tengo tiempo. (Encogiéndose de hombros.) ¿Qué tiempo es el mío? (Parece azorado.)
ELENA ANDREEVNA.– ¡Ah, Qué desagradable conversación!... Estoy tan agitada como si hubiera llevado sobre los hombros una carga de mil puds ... Bueno. Gracias a Dios, ya hemos terminado. ¡Olvidémoslo todo -como si no hubiéramos hablado– y márchese!... Es usted un hombre inteligente, y comprenderá... (Pausa.) ¡Hasta me he puesto toda colorada!
ASTROV.– Si hace unos dos meses me hubiera dicho eso..., quizá lo hubiera pensado, pero ahora... Encogiéndose de hombros.) ¡Claro que si ella sufre..., entonces!... Lo único que no comprendo es esto: ¿Qué necesidad tenía usted de interrogarme? (Mirándola a los ojos y amenazándola con el dedo.) ¡Es usted taimada!
ELENA ANDREEVNA.– ¿Qué quiere decir con eso?
ASTROV (riendo).– ¡Taimada!... Supongamos que, en efecto, Sonia sufre, cosa que estoy dispuesto a admitir. ¿Qué objeto tiene su interrogatorio? (Impidiéndole hablar y avivando el tono.) ¡No ponga cara de asombro! ¡Usted sabe muy bien por qué vengo aquí todos los días! ¡Por qué y para quién vengo, es algo que conoce usted perfectamente!... ¡Rapiñadora querida..., no me mire de ese modo! ¡Soy gorrión viejo!
ELENA ANDREEVNA (asombrada). -¿Rapiñadora?... ¡No comprendo en absoluto!
ASTROV.– ¡Lindo beso! ¡Necesita víctimas... ¡Heme ya aquí hace un mes sin trabajar, habiéndolo abandonado todo!... ¡Eso le gusta a usted sobremanera!... Pero bien... Estoy vencido... Es cosa que sabía de antemano, sin necesidad de interrogatorio. (Cruzando los brazos sobre el pecho y bajando la cabeza.) Me rindo. ¡Tome! ¡Cómame!
ELENA ANDREEVNA.– ¿Se ha vuelto usted loco?
ASTROV (entre dientes, riendo).– Es tímida.
ELENA ANDREEVNA.– ¡Oh!... ¡Sepa que soy mejor y estoy más alta de lo que usted me cree, ¡Se lo juro! (Intenta marcharse.)
ASTROV (cerrándole el paso).– Hoy mismo me marcharé. No volveré a frecuentar esta casa, pero... (Cogiéndole una mano y mirando a su alrededor.) ¿Dónde nos veremos?... Conteste pronto: ¿dónde?... Puede entrar alguien. (Apasionadamente.) ¡Es usted maravillosa! ¡Un beso! ¡Tan sólo besar su cabello perfumado!
ELENA ANDREEVNA.– Le juro...
ASTROV (sin dejarla hablar).– ¿Para qué jurar? ¡No se debe jurar!... ¡No hacen falta tampoco las palabras superfluas!... ¡Oh, qué linda es usted! ¡Qué manos las suyas! (Se las besa.)
ELENA ANDREEVNA.– ¡Basta y ... ¡Márchese! (Retirando sus manos.) ¡No sabe lo que dice!
ASTROV.– ¡Dígame... dígame dónde nos encontraremos mañana! (Le rodea el talle con el brazo) ¡Es inevitable! ¡Tenemos que vernos! (La besa en el preciso momento en que Voinitzkii, que entra con un ramo de rosas en la mano, se detiene ante la puerta.)
ELENA ANDREEVNA (sin advertir la presencia de Voinitzkii.).– ¡Tenga piedad! ¡Déjeme! (Reclinando la cabeza sobre el pecho de Astrov.) ¡No!... (Intenta marcharse.)
ASTROV (reteniéndola).– ¿Vendrás mañana al campo forestal, sobre las dos?... ¿Sí?... ¿Vendrás?
ELENA ANDREEVNA (reparando en Voinitzkii).– ¡Suélteme! (Presa de fuerte turbación, se dirige a la ventana.) ¡Oh, qué terrible!
VOINITZKII (tras depositar el ramo sobre una silla y pasándose nerviosamente el pañuelo por la cara y el cuello.) No importa... No... No importa...
ASTROV (Tratando de hablar en tono natural).– ¡Estimado Iván Petrovich!... ¡El tiempo hoy está bastante hermoso!... ¡Por la mañana había un cielo gris... , como si fuera a llover... , pero ahora ha salido el sol! ¡Dicho sea con franqueza: el otoño es una estación maravillosa y su sementera, bastante buena! Enrollando el cartograma, en forma de tubo.) ¡Sólo que los días son más cortos!... (Sale.)
ELENA ANDREEVNA (avanzando rápidamente hada Voinitzkii.) ¡Empleará usted toda su influencia para que mi marido y yo nos marchemos de aquí hoy mismo! ¿Lo oye? ¡Hoy mismo!
VOINITZKII (enjugándose el rostro).– ¿Qué?... ¡Ah, sí!... Bien ... ¡Heléne! ¡Lo he visto todo! ... ¡Todo!
ELENA ANDREEVNA (nerviosa).– ¿Lo oye? ¡Es preciso que me marche hoy mismo!
ESCENA II
Entran Serebriakov, Sonia, Teleguin y Marina.
TELEGUIN.– Yo tampoco, excelencia, me encuentro del todo bien... Ya hace dos días que estoy algo pachucho... La cabeza...
SEREBRIAKOV.– ¿Dónde están los demás?... ¡No me gusta esta casa! ¡Es un laberinto! ¡Con veintiséis enormes habitaciones, cuando la gente se desparrama por ellas, no hay manera de encontrar a nadie! (Oprimiendo el timbre con el dedo.) ¡Ruegue a María Vasilievna y a Elena Andreevna que vengan aquí.
ELENA ANDREEVNA.– Yo estoy aquí ya.
SEREBRIAKOV.– Tengan la bondad, señores, de sentarse.
SONIA (acercándose, impaciente, a Elena Andreevna)– ¿Qué dijo? ...
ELENA ANDREEVNA.– Después ...
SONIA.– ¿Estás temblando?... ¿Estás excitada?... Escudriñándole el rostro.) ¡Comprendo!... Dijo que no volvería más por aquí..., ¿verdad?... (Pausa.) ¡Dime! ¿Verdad que es eso? (Elena Andreevna hace con la cabeza un signo afirmativo.)
SEREBRIAKOV (a Teleguin).– ¡Todavía con la enfermedad puede uno reconciliarse, pero lo que no puedo soportar es el régimen de la vida en el campo! ¡Tengo la impresión de haber caído de otro planeta!... ¡Siéntense, señores! ¡Se los ruego! (Sonia, sin oírle, permanece de pie, con la cabeza tristemente bajada.) ¡Sonia! (Pausa.) ¿No me oyes? (a Marina.) ¡Tú también, ama, siéntate! (Esta, sentándose, empieza a hacer calceta.) ¡Se lo ruego, señores! ¡Sean todo oídos!
VOINITZKII (nervioso).– Tal vez no sea necesaria mi presencia... ¿Puedo marcharme?
SEREBRIAKOV.– No. Tu presencia es todavía más necesaria que la de los demás.
VOINITZKII.– ¿Qué desea usted?
SEREBRIAKOV.– ¿Usted?... ¿Estás enfadado? (Pausa.) Si en algo soy culpable contigo, perdóname, por favor...
VOINITZKII.– ¡Deja ese tono y vamos al grano! ¿Qué necesitas?
ESCENA III
Entra María Vasilievna.
SEREBRIAKOV.– Aquí tenemos también a maman . Empiezo a hablar. (Pausa.) Les he invitado, señores, a venir aquí con el fin de comunicarles que viene el inspector ... 4Pero, bueno... Dejemos a un lado las bromas; el asunto es serio. Les he reunido con el fin de solicitar su ayuda y consejo... , cosas ambas que, conocida su proverbial amabilidad, espero recibir. Soy hombre de ciencia, de libros... y, por tanto, me mantuve siempre ajeno a la vida práctica. No me es posible, pues, prescindir de las indicaciones de gente ducha en la materia..., por lo que te ruego, Iván Petrovich, y ruego a ustedes, Ilia Ilich y maman ... Es el caso que manet omnis una nox ..., o sea, que todos dependemos de la providencia de Dios... Yo soy ya viejo y estoy enfermo... , por lo que considero llegada la hora de ordenar mis bienes en cuanto éstos se relacionan con mi familia. No pienso en mí. Mi vida acabó ya, pero tengo una mujer joven y una hija. (Pausa.) Seguir viviendo en el campo es imposible. No estamos hechos para el campo. Ahora bien..., vivir en la ciudad, con los ingresos que produce esta finca, tampoco es posible. Suponiendo, por ejemplo, que vendiéramos el bosque, esta sería una de esas medidas extraordinarias que no pueden tomarse todos los años... Es preciso, por tanto, encontrar un medio que nos garantizará una cifra de renta fija más o menos segura. Así, pues, habiéndoseme ocurrido cuál podría ser uno de esos medios, tengo el honor de someterlo a su juicio... Pasando por alto los detalles, les explicaré mi idea en sus rasgos generales... Nuestra hacienda no rinde, por término medio, más del dos por ciento de renta. Propongo venderla... Si el dinero obtenido con su venta fuera invertido en papel del Estado, podríamos obtener de un cuatro a un cinco por ciento e incluso creo que podría conseguirse algún plus de varios millones de rublos, que nos permitirían comprar una dacha 4en Finlandia.
VOINITZKII.– ¡Espera!... ¡Me parece que el oído me engaña! ¡Repite lo que has dicho!
SEREBRIAKOV.– He dicho que se coloque el dinero en papel del Estado, y que con el plus restante se compre una dacha en Finlandia.
VOINITZKII.– No hablamos ahora de Finlandia. Dijiste algo más.
SEREBRIAKOV.-Propongo vender la hacienda.
VOINITZKII.– ¡Justo!... ¡Vender la hacienda!... ¡Magnífico! ¡Una idea maravillosa!... Y ¿dónde dispones que me meta yo con mi vieja madre y con Sonia?
SEREBRIAKOV.– ¡Eso ya se pensaría a su tiempo! ¡No puede hacerse todo de una vez!
VOINITZKII.– ¡Espera!... ¡Por lo visto, hasta ahora no he tenido ni una gota de sentido común!... ¡Hasta ahora he incurrido en la insensatez de pensar que esta hacienda pertenecía a Sonia!... ¡Mi difunto padre la compró para dársela como dote a mi hermana!... ¡Hasta ahora he sido tan ingenuo, que no entendía nada de leyes y pensaba que la hacienda, a la muerte de mi hermana, la heredaría Sonia!
SEREBRIAKOV.– En efecto, la hacienda pertenece a Sonia. ¿Quién discute eso?... Sin el consentimiento de ella no me decidiré nunca a venderla... Además, si propongo hacerlo es por su propio bien.
VOINITZKII.– ¡Increíble! ¡Increíble!... ¡O me he vuelto loco o... o...!
MARÍA VASILIEVNA.– ¡Jean!... No lleves la contraria al profesor... Créeme, él sabe mejor lo que es bueno y lo que es malo.
VOINITZKII.– ¡No!... ¡Deme agua! (Bebe.) ¡Decid lo que queráis! ¡Lo que queráis!
SEREBRIAKOV.– No comprendo por qué te excitas así... Yo no digo que mi proyecto sea el ideal; si todos lo encontraran mal, no pienso insistir. (Pausa.)
TELEGUIN (acorado).– Yo, excelencia..., tengo hacia la ciencia no sólo veneración, sino hasta un sentimiento como... de pariente... El hermano de la mujer de Grigorii Ilich -mi hermano– conoció a Konstantín Trofimovich Lakedemonov, el magistrado...
VOINITZKII.– ¡Espera, Vaflia!... ¡Estamos tratando de un asunto! ¡Espera!... ¡Después!... (A Serebriakov.) ¡Pregúntale a él! Esta hacienda le fue comprada a tu tío!
SEREBRIAKOV.– ¡Ah! ¡Qué tengo que preguntarle! ¿Para qué?...
VOINITZKII.– ¡En aquel tiempo la hacienda se compró en noventa y cinco mil rublos, de los cuales mi padre pagó solamente setenta mil, quedando, por tanto, con una deuda de veinticinco mil!... ¡Ahora escuchen!... ¡Esta hacienda no hubiera podido comprarse si yo no hubiera renunciado a mi parte de herencia en favor de mi hermana, a la que quería mucho!... ¡Por si fuera poco, durante diez años trabajé como un buey hasta conseguir pagar toda la deuda!
SEREBRIAKOV.– Lamentó haber entablado esta conversación.
VOINITZKII.– ¡Si ahora la hacienda está limpia de deudas y va bien, es gracias solamente a mi esfuerzo personal..., y he aquí que, de pronto, cuando soy viejo, pretenden echarme de ella!
SEREBRIAKOV.– No comprendo adónde vas a parar.
VOINITZKII.– ¡He dirigido esta hacienda durante veinticinco años, enviándole dinero como el más concienzudo administrador, y por todo ello, ni una sola vez durante ese tiempo me has dado las gracias! ¡Siempre -lo mismo ahora que en mi juventud– el sueldo que he recibido de ti no ha pasado de quinientos rublos anuales! ¡Mísera suma que nunca pensaste en aumentar ni en un rublo!
SEREBRIAKOV.– ¿Pero cómo podía yo saber eso, Iván Petrovich? ¡No soy hombre práctico y no entiendo, por tanto, de nada! ¡Tú mismo podías habértelo subido cuanto quisieras!
VOINITZKII.– ¿Por qué no robé? ¿Por qué no me desprecian todos ustedes por no haberlo hecho?... ¡Hubiera sido justo y ahora no sería yo pobre!
MARÍA VASILIEVNA (En tono severo).– ¡Jean!
TELEGUIN (nervioso). – ¡Vania! ¡Amigo mío!... ¡No hay que...! ¡No hay que...! ¡Estoy temblando! ¿Por qué alterar la buena armonía? (Besándole.) ¡No hay que...!
VOINITZKII.– ¡Durante veinticinco años, con mi padre, viví entre cuatro paredes como un topo!... ¡Todos nuestros pensamientos y sentimientos eran para ti solo! ¡De día hablábamos de ti, de tus trabajos!... Nos enorgullecíamos de ti, pronunciábamos tu nombre con veneración, y perdíamos las noches con la lectura de esos libros y revistas que ahora tan profundamente desprecio!
TELEGUIN.– ¡Vania! ¡No hay que...! ¡No puedo!
SEREBRIAKOV (con ira).– ¡No entiendo! ¿Qué es lo que quieres?
VOINITZKII.– ¡Eras para nosotros un ser superior y nos sabíamos tus artículos de memoria!... ¡Pero ahora se han abierto mis ojos!... ¡Todo lo veo!... ¡Escribes sobre arte y no entiendes una palabra! ¡Todos tus trabajos, que tan amados me eran, no valen ni un grosch! ¡Nos engañábamos!
SEREBRIAKOV.– ¡Señores! ¡Llévenselo de una vez de aquí! ¡Yo me voy!
ELENA ANDREEVNA.– ¡Iván Petrovich! ¡Le exijo que se calle! ¿Me oye?
VOINITZKII.– ¡No me callaré! (Cerrando el paso a Serebriakov.) ¡Espera!... ¡No he terminado todavía! ¡Tú fuiste el que malogró mi vida! ¡No he vivido! ¡No he vivido!... ¡Por tu culpa perdí mis mejores años! ¡Eres mi peor enemigo!
TELEGUIN.– ¡No puedo! ¡No puedo!... ¡Me marcho! (Sale, preso de fuerte agitación.)
SEREBRIAKOV.– ¿Qué quieres de mí? ¿Qué derecho, Qué derecho tienes para hablarme de ese modo?... ¡Lo que eres es una nulidad! ¡Sí la hacienda es tuya, quédate con ella! ¡No la necesito!
ELENA ANDREEVNA.– ¡Ahora mismo me marcho de este infierno! (Con un grito.) ¡No puedo resistir más!
VOINITZKII.– ¡Mi vida está deshecha! ¡Tengo talento, inteligencia, valor!... ¡Si hubiera vivido normalmente, de mí pudiera haber salido un Dostoievski, un Schopenhauer!... ¡No sé lo que digo!... ¡Me vuelvo loco! ¡Estoy desesperado!... ¡Madrecita!...
MARÍA VASILIEVNA (en tono severo).– ¡Obedece a Alexander!
SONIA (arrodillándose ante el ama y estrechándose contra ella).– ¡Amita!... ¡Amita!...
VOINITZKII.– ¡Madrecita!... ¿Qué debo hacer?... ¡No me lo diga! ¡Ya sé lo que tengo que hacer! (A Serebriakov.) ¡Te acordarás de mí! (Sale por la puerta del centro. María Vasilievna le sigue.)
SEREBRIAKOV.– ¡Pero, bueno!... ¿Qué es esto, en resumidas cuentas?... ¡Libradme de ese loco! ¡No puedo vivir bajo el mismo techo que él!... ¡Duerme ahí... (señalando la puerta del centro), casi a mi lado!... ¡Que se traslade a la aldea o al pabellón!... ¡Si no, yo seré el que se vaya allí, porque quedarme junto a él, en la misma casa, me es imposible!
ELENA ANDREEVNA (a su marido).– ¡Hoy mismo nos marcharemos de aquí!... ¡Es indispensable dar órdenes inmediatamente!
SEREBRIAKOV.– ¡Qué nulidad de hombre!
SONIA (a su padre, siempre de rodillas, nerviosa y entre lágrimas).– ¡Hay que tener misericordia, papá! ¡Tío Vania y yo somos tan desgraciados! (Conteniendo su desesperación.) ¡Hay que tener misericordia!... ¡Acuérdate de cuando eras joven y tío Vania y la abuela se pasaban las noches traduciendo para ti libros... copiando papeles!... ¡Todas las noches! ¡Todas las noches!... ¡Tío Vania y yo hemos trabajado sin descanso, con temor a gasta en nosotros mismos una kopeika para poder mandártelo todo a ti!... ¡No hemos comido gratis nuestro pan!... ¡No es eso lo que quiero decir! ¡No es eso... , pero tú tienes que comprender, papá!... ¡Hay que tener misericordia!
ELENA ANDREEVNA (nerviosamente a su marido).– ¡Alexander!... ¡Por el amor de Dios!... ¡Ten una explicación con él! ¡Te lo suplico!
SEREBRIAKOV.– Bien. Nos explicaremos... Sin culparte de nada ni enfadarme, coincidirán ustedes conmigo en que su comportamiento es por lo menos extraño... Pero, bueno..., voy a verle. (Sale por la puerta del centro.)
ELENA ANDREEVNA.– ¡Trátale con más blandura! ¡Cálmate! (Sale tras él.)
SONIA (estrechándose contra el ama).– ¡Amita!... ¡Amita!...
MARINA.– ¡Nada, nada..., nenita!... ¡Déjalos que cacareen como los gansos, que ya se callarán!
SONIA.– ¡Amita!
MARINA (acariciándole la cabeza). – ¡Tiemblas como si estuviera helando!... Bueno, bueno, huerfanita... Dios es misericordioso... Voy a hacerte una infusión de tila o de frambuesa y se te pasará... ¡No te aflijas, huerfanita!... (Fijando con enojo la mirada en la puerta del centro.) ¡Vaya nerviosos que se han puesto los muy gansos! ¡A paseo con ellos! (Detrás del escenario suena un disparo, oyéndose después el grito lanzado por Elena Andreevna. Sonia se estremece.)
SONIA.– ¡Vaya!
SEREBRIAKOV (entrando corriendo y tambaleándose de susto).– ¡Sujetadlo! ¡Sujetadlo! ¡Se ha vuelto loco!
ESCENA IV
Elena Andreevna y Voinitzkii aparecen forcejeando en la puerta.
Telón.
ELENA ANDREEVNA (luchando por arrebatarle la pistola).– ¡Entréguemela! ¡Entréguemela le digo!
VOINITZKII.– ¡Déjeme, Heléne! ¡Déjeme! (Logrando soltarse de ella, entra precipitadamente y busca con los ojos a Serebriakov.) ¿Dónde está? ¡Ah! ¡Está aquí! (Apuntándole y disparando.) ¡Pum!... (Pausa.) ¿No le he dado? ¿Me falló otra vez el tiro? (Con ira.) ¡Ah diablos! ¡Diablos!... (Golpea con la pistola sobre la mesa y se deja caer, agotado, en una silla. Serebriakov parece aturdido y Elena Andreevna, presa de un mareo, se apoya contra la pared.)
ELENA ANDREEVNA.– ¡Llévenme de aquí ¡Llévenme!... ¡Mátenme, pero no puedo quedarme un instante más! ¡No puedo!
VOINITZKII (con desesperación). -¡Oh! ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo?...
SONIA (en voz baja).– ¡Amita! ¡Amita!...
Telón.
ACTO CUARTO
Habitación de Iván Petrovich: su dormitorio y, a la vez, su despacho en la hacienda. Junto a la ventana hay una gran mesa, cubierta de libros de contabilidad y papeles de todas clases; una mesita, escritorio, armarios y balanzas. Otra pequeña mesa -utilizada por Astrov– aparece llena de instrumentos de dibujo y pinturas. A su lado, una carpeta, una jaula con un chorlito y, colgando de la pared, un mapa de África -por supuesto, absolutamente innecesario para cualquiera de los habitantes de la casa-. Hay también un enorme diván forrado de hule. A la izquierda, una puerta conduce a los demás aposentos; a la derecha, otra se abre sobre el zaguán. Al lado de ésta, un polovik.. 5Es un anochecer de otoño. Reina el silencio.
ESCENA PRIMERA
Marina, ayudada por Teleguin, devana una madeja para su calceta.
TELEGUIN.– Dese prisa, María Timofeevna... Van a llamarnos de un momento a otro para despedirse de nosotros. Ya han pedido el coche.
MARINA (esforzándose por devanar más velozmente).– Falta muy poco.
Sí..., se marchan a Jarkov y se quedan a vivir allí.
MARINA.– ¡Pues mejor!... ¡El susto que se llevaron!... ¡Ni una sola hora -decía Elena Andreevna– quiero seguir viviendo aquí! ¡Vámonos y vámonos!... ¡Viviremos -decía– en Jarkov!... ¡Cuando veamos cómo van las cosas, ya mandaremos por todo!...
TELEGUIN.– Los preparativos se han hecho muy a la ligera... Esto quiere decir, María Timofeevna, que su destino no es vivir aquí. ¡No es su destino!... ¡Obedece, sin duda, a una fatal predestinación!
MARINA.– ¡Pues mejor! ¡Hay que ver el alboroto que armaron... los tiros!... ¡Una vergüenza!
TELEGUIN.– Sí. El argumento es digno del pincel de Alvasovsky. 6
MARINA.– ¡Ojalá no los hubieran visto nunca mis ojos! (Pausa.) Ahora volveremos otra vez a vivir como antes..., como antiguamente... Por la mañana, pasadas las siete, el té... ; pasadas las doce, la comida... ; al anochecer, la cena... Todo con su debido orden; como gentes cristianas... (Con un suspiro.) ¡Cuánto tiempo hace ya, pecadora de mí, que no he comido tallarines!
TELEGUIN.– Hace mucho, en efecto, que en casa no se comen tallarines. (Pausa.) Hace mucho... Figúrese, Marina Timofeevna, que esta mañana, cuando iba por la aldea, el tendero me dijo al pasar: Oye tú, gorrón! ... ¡Sentí tal amargura!
MARINA.– ¡No te importe, padrecito!... ¡Todos somos gorrones en la casa de Dios!... ¡Lo mismo tú, que Sonia y que Iván Petrovich..., ninguno escapa al trabajo!... ¡Todos trabajan! ¡Todos!... ¿Y Sonia... dónde está?
TELEGUIN.– Con el doctor, en el jardín, buscando a Iván Petrovich . Tienen miedo de que vaya a quitarse de en medio.
MARINA.– ¿Y su pistola?
TELEGUIN (bajando la voz).– La tengo escondida en la cueva.
MARINA.– ¡Qué pecados!
ESCENA II
Por la puerta que da al exterior entran Voinitzkii y Astrov.
VOINITZKII.– ¡Déjame! (a Marina y a Teleguin.) ¡Váyanse de aquí! ¡Déjenme estar solo, aunque sólo sea una hora! ¡No aguanto la tutela!
TELEGUIN.– Al instante, Vania. (Sale de puntillas.)
MARINA.– Igual que los gansos: Go, go, go... (Recoge su lana y sale.)
VOINITZKII.– ¡Déjame!
ASTROV.– Con sumo gusto. Ya hace mucho tiempo que debía haberme marchado ele aquí; pero repito que no me marcharé hasta que me devuelvas lo que me has cogido.
VOINITZKII.– No te he cogido nada.
ASTROV.– Te estoy hablando en serio. No me detengas. Ya hace mucho que tenía que haberme marchado.
VOINITZKII.– No te he cogido nada. (Ambos se sientan.)
ASTROV.– ¿Sí?... Pues ¿Qué se le va a hacer? Esperaré un poco, y después... , perdona, pero tendré que emplear la fuerza. Te ataremos y te registraremos. Esto te lo digo completamente en serio.
VOINITZKII.– Como, quieras (Pausa.) ¡Hice el tonto! ¡Disparar dos veces y no dar ni una sola en el blanco! ¡No me lo perdonaré jamás!
ASTROV.– Pues si tenías ganas de disparar, haberte disparado a la propia frente.
VOINITZKII.– ¡Es extraño!... He intentado un homicidio y no se me detiene ni se me entrega a la justicia... Ello quiere decir que me consideran. (Con risa sarcástica..) ¡Yo estoy loco, sí...; pero no lo están, en cambio, los que, bajo la careta de profesor, de mago de la ciencia, ocultan su falta de talento, su necedad y su enorme sequedad de corazón!... ¡No están locos los que se casan con viejos para engañarles después a la vista de todo el mundo!... ¡Vi cómo la abrazabas!
ASTROV.– ¡Pues sí..., la abrazaba..., mientras tú te quedabas con un palmo de narices! (Le hace burla con los dedos.)
VOINITZKII (mirando a la puerta).– ¡No! ¡La que está loca es la tierra por sosteneros aún!
ASTROV.– No dices más que tonterías.
VOINITZKII.– ¿Y qué?... ¿No estoy loco?... ¡Ello me da derecho a decir tonterías!
ASTROV.– ¡Esa ya es vieja broma!... Tú no eres un loco, sino, sencillamente, un chiflado..., un bufón. Yo también, antes, solía considerar a los chiflados como enfermos, como anormales ... ; pero ahora opino que el estado normal del hombre es la chifladura. Tú eres completamente normal.
VOINITZKII (cubriéndose el rostro con las manos).– ¡Qué vergüenza!... ¡Si supieras qué vergüenza es la mía!... ¡Este agudo sentimiento de vergüenza no puede compararse a ningún dolor. (Con tristeza.) ¡Es insoportable! (Inclinando la cabeza sobre la mesa.) ¿Qué hago? ... ¿Qué hago?
ASTROV.– Nada.
VOINITZKII.– ¡Dime algo! ... ¡Oh Dios mío!... ¡Tengo cuarenta y siete años, y, suponiendo que viva hasta los sesenta, son todavía trece los que me quedan!... ¡Es mucho!... ¿Cómo vivir estos trece años... ¿Qué hacer?... ¿Cómo llenarlos?... ¡Oh!... ¿Comprendes?... (Estrechando convulsivamente la mano de Astrov.) ¿Comprendes?... ¡Oh, si pudiera vivir el resto de mi vida de una manera nueva!... ¡Despertarme en una tranquila y clara mañana sintiendo que empezaba a vivir otra vez y con todo el pasado olvidado y disuelto como el humo!... (Llora.) ¡Empezar una vida nueva! ... ¡Sóplame! ¡Dime cómo empezar!... ¡Con qué empezar!
ASTROV (con enojo).-¡Qué vida nueva ni qué monsergas!... ¡En nuestra posición, en la tuya y en la mía, no hay esperanza!
VOINITZKII.– ¿No?
ASTROV.– Estoy convencido ello.
VOINITZKII.– ¡Dame algo! (Elevándose la mano al corazón.) ¡Me quema aquí!
ASTROV (con un grito de enfado). – ¡Basta! (Apaciguándose.) Los que dentro de cien o doscientos años hayan de sucedernos en la vida, puede que hayan encontrado el modo de ser felices; pero nosotros -tú y yo– sólo tenemos una esperanza: la de que nuestras tumbas sean visitadas por gratas apariciones. (Suspirando.) ¡Sí, hermano!... En toda la región no habrá habido más que dos hombres inteligentes y honrados: tú y yo... Sólo que, en cosa de diez años, la vida despreciable, la vida cotidiana..., nos absorbió con sus putrefactas emanaciones, nos envenenó la sangre y..., nos volvimos cínicos como los demás. (En tono vivo.) Pero, bueno..., a todo esto, no desvíes la conversación y devuélveme lo que me has cogido.
VOINITZKII.– No te he cogido nada.
ASTROV.– Has cogido de mi botiquín un frasco de morfina. (Pausa.) Escucha... Si quieres suicidarte a toda costa..., vete al bosque y pégate allí el tiro... La morfina tienes que entregármela, porque si no, hará habladurías se harán conjeturas, y pensarán que fui yo el que te la di... Para mí ya es bastante el tener que hacerte la autopsia... ¿Crees que es interesante? (Entra Sonia.)
VOINITZKII.– ¡Déjame!
ASTROV (a Sonia).– ¡Sofía Alexandrovna!... ¡Su tío ha escamoteado de mi botiquín un frasco de morfina y no quiere devolvérmelo!... ¡Dígale que la cosa no tiene nada de inteligente por su parte!... Además, no tengo tiempo que perder. Ya es hora de que me marche.
SONIA.– ¡Tío Vania!... ¿Has cogido, en efecto, la morfina? (Pausa.)
ASTROV.– La ha cogido, sí. Estoy seguro.
SONIA.– ¡Devuélvela! ¿Por qué asustarnos? (Con ternura.) ¡Devuélvela, tío Vania!... ¡Yo no soy quizá menos desgraciada que tú, pero no me desespero!... ¡Resisto y resistiré hasta que mi vida acabe por sí misma!... ¡Resiste tú también! (Pausa.) ¡Devuélvelo! (Besándole las manos.) ¡Mi tío querido... mi amado tío... devuélvelo!... (Llorando.) ¡Eres bueno y te apiadarás de nosotros y lo devolverás!... ¡Resiste, tío, resiste!...
VOINITZKII (cogiendo un frasco de la mesa y entregándoselo a Astrov).– Toma... (A Sonia.) Hay que apresurarnos a trabajar, a hacer algo... De otra manera no podré ... no podré.
SONIA.– Sí, Sí... ¡A trabajar!... Tan pronto como hayamos despedido a los nuestros, nos pondremos al trabajo... (Removiendo nerviosamente los papeles.) ¡Lo tenemos todo abandonado!
ASTROV guardando el frasco en el botiquín y ajustan– do las correas).– Ahora ya puede uno ponerse en camino.
ELENA ANDREEVNA (entrando).– ¿Está usted aquí, Iván Petrovich?... Ya nos vamos...; pero vaya a ver a Alexander. Quiere decirle algo.
SONIA.– ¡Ve, tío Vania! (Cogiendo a Voinitzkii por el brazo.) ¡Anda, vamos! ¡Tú y papá tenéis que hacer las paces! ¡Es imprescindible! (Salen Sonia y Voinitzkii.)
ELENA ANDREEVNA.– Me marcho. (Tendiendo la mano a Astrov.) Adiós.
ASTROV.– ¿Ya?
ELENA ANDREEVNA.– Me prometió usted hoy que se marcharía de aquí.
ASTROV.– Lo recuerdo, en efecto. Me voy ahora mismo. (Pausa.) ¿Se ha asustado usted? (cogiéndole una mano.) ¿Tanto miedo tiene?
ELENA ANDREEVNA.– Sí.
ASTROV.– ¿Y si se quedara?... ¿Eh? ... Mañana en el campo forestal ...
ELENA ANDREEVNA.– No. Está decidido. Por eso le miro tan valientemente... , porque nuestra marcha está decidida... Sólo quiero rogarle una cosa: que tenga mejor opinión de mí... Quisiera que me estimara.
ASTROV (con un gesto de impaciencia).– ¡Ah... ¡Quédese! ¡Se lo ruego!... ¡Confiese que en este mundo no tiene nada que hacer!... ¡Que carece de objetivo en qué ocupar su atención y que, más tarde o más temprano, cederá inevitablemente al sentimiento!... Y entonces, ¿no sería mejor aquí, en plena naturaleza, que en Jarkov o en Kursk?... ¡Más poético, por lo menos, y hasta bonito!... ¡Aquí tenemos un campo forestal y una hacienda medio derruida al gusto de Turgueniev!...
ELENA ANDREEVNA.– ¡Qué gracioso es usted!... Aunque esté enfadada, me agradará recordarle. Es usted un hombre interesante y original. No hemos de volver a vernos y, por tanto, ¿por qué guardar el secreto?... Me sentí un poco atraída hacia usted... Bueno..., estrechémonos la mano y separémonos como amigos. No guarde mal recuerdo de mí.
ASTROV (Después de cambiar con ella un apretón de manos).– Sí... Márchese. (Pensativo.) ¡Parece usted una persona buena..., con alma...; pero, sin embargo, diríase que su ser contiene algo extraño!... Desde que con su marido llegó aquí, todos cuantos antes trabajaban y trajinaban abandonaron sus asuntos y se pasaron todo el verano ocupados solamente de la gota de su marido y de usted... Ambos nos contagiaron de ociosidad... Yo me sentía tan interesado por usted que estuve un mes entero sin hacer nada, aunque durante este tiempo la gente seguía enfermando y los mujiks llevando a pastar su ganado a mis bosques... Así, pues, usted y su marido -con sólo su presencia– llevan la destrucción por dondequiera que van... Hablo en broma; pero lo cierto es que es extraño, y que estoy convencido de que, si hubiera continuado aquí, el destrozo hubiera sido enorme... Yo hubiera sucumbido, pero tampoco usted hubiera resultado ilesa... Pero bien, márchese. ¡Finita la comedia! ...
ELENA ANDREEVNA (cogiendo de la mesa un lápiz y guardándoselo rápidamente).– Me llevo este lápiz como recuerdo.
ASTROV.– ¡Qué extraño!.. Nos conocimos, y de pronto, sin saber por qué, resulta que no hemos de volver a vernos. ¡Así son las cosas de este mundo! Ahora que no hay nadie aquí..., antes que venga el tío Vania con su ramo de flores..., permítame que le dé un beso. Como despedida... ¿Sí?... (La besa en la mejilla.) ¡Así, pues, ya está!
ELENA ANDREEVNA.– Le deseo cuanto mejor pueda desearse. (Mirando a su alrededor.) ¡Sea lo que sea! ¡Por una vez en la vida!... (De un súbito impulso le abraza,, separándose ambos en el acto rápidamente.) ¡Hay que marcharse!
ASTROV.– Váyase pronto. Si el coche está dispuesto, váyase en seguida.
ELENA ANDREEVNA.– Me parece que aquí vienen ya. (Ambos escuchan.)
ASTROV.– ¡Finita! .
ESCENA III
Entran Serebriakov, Voinitzkii, María Vasilievna con un libro entre las manos, Teleguin y Sonia.
SEREBRIAKOV (a Voinitzkii).– No lo recordemos más. Después de lo ocurrido en estas pocas horas, he sufrido y he meditado tanto, que creo hubiera podido escribir y legar a mis descendientes todo un tratado sobre el arte de vivir ... De buen grado acepto tus excusas y, a mi vez, te ruego me perdones. Adiós. (Él y Voinitzkii se besan tres veces.)








